21 feb. 2013

Dworkin 4: Sunstein sobre Dworkin

(traducciones de Leonardo GJ. Gracias don Leonardo¡)



El filósofo jurídico más importante de nuestro tiempo
Traducción de Leonardo García Jaramillo 
Ronald Dworkin, profesor en las universidades de New York y Oxford que falleció esta semana, fue uno de los filósofos jurídicos más importantes de los últimos 100 años. Bien podría incluso encabezar la lista. Realizó incontables y duraderas contribuciones a la filosofía y a la teoría jurídica. Entre las más grandes se encuentra una particular respuesta a una antigua pregunta: ¿los jueces hallan o crean el derecho? Su respuesta constituye una enorme mejoría respecto de las alternativas ordinarias que habían dominado los debates públicos.
Considere una cuestión sobre la cual las personas discrepan ferozmente: ¿la Constitución de los Estados Unidos exige que los estados reconozcan el matrimonio entre parejas del mismo sexo? Al responder esta pregunta, los jueces tienen que tratar con numerosos precedentes. Por ejemplo, la Corte Suprema resolvió que los estados no pueden penalizar los actos sexuales entre las personas del mismo sexo. La Corte también impidió a los estados que prohibieran los matrimonios interraciales. Al mismo tiempo, la Corte le permite a los estados prohibir los matrimonios polígamos.
Al resolver la controversia sobre el matrimonio entre parejas del mismo sexo ¿los jueces cómo deben abordar tales precedentes? En este punto Dworkin introduce una metáfora llamativa. Suponga que usted está participando en la escritura de una novela en cadena. Otras personas han escrito los primeros capítulos y ahora es su turno ¿Cómo debería proceder? La respuesta de Dworkin es que usted tiene que participar en un acto de interpretación. No puede ignorar lo que proviene con antelación. Si sus predecesores empezaron a escribir un romance no se puede convertir repentinamente en una obra de ciencia ficción sin ejercer violencia con lo que se ha hecho antes. Hay un deber de fidelidad con la obra.
El enfoque de Dworkin
Pero su tarea no es mecánica. Debe ajustar los materiales existentes y justificarlos al escribir un nuevo capítulo que haga a la nueva novela, tomada como un todo, lo mejor que pueda llegar a ser. Dworkin piensa que la labor de juzgar es en gran medida parecida a este ejercicio. Los precedentes son como los capítulos existentes y un nuevo caso es una oportunidad para sentar uno nuevo. Los jueces no pueden solo inventar el derecho. Al menos en los casos difíciles no pueden solamente “seguir el derecho” porque no hay nada que “seguir”. Lo que deben hacer es producir un principio que al tiempo se ajuste con, y justifique, los materiales jurídicos existentes. Esta es la concepción que sostuvo Dworkin del derecho como integridad.
Desde el enfoque de Dworkin sería ilícito que un juez decidiera que la Constitución confiere a los estados total libertad para definir el matrimonio. Tal decisión fallaría al procurar articularse con el derecho existente y, debido a que la Corte ha permitido la prohibición de los matrimonios polígamos, sería igualmente ilícito para un juez decidir que la Constitución le permite a las personas casarse con quienes quiera. 
Pero los jueces podrían considerar algunos principios que entran en conflicto. Quizá el mejor es este: “A no ser que estén discriminando sobre la base de la raza, la cuestión del matrimonio se encuentra dentro del control de los estados, en la medida en que estén actuando de conformidad con las comprensiones tradicionales de la institución del matrimonio”. O quizá el mejor es este: “Los estados podrían restringir la institución del matrimonio entre dos personas, pero debido al lugar central de la institución del matrimonio en nuestra sociedad, no podrían prohibir a los hombres gais o a las lesbianas el hecho de tener acceso a tal institución”.
Las afirmaciones más profundas de Dworkin no son acerca de resultados sino del método constitucional. Sustenta que los jueces, bien sean conservadores o liberales, necesitan preguntar cuál principio es el mejor de forma que se pueda articular con el entramado del derecho existente y hallar su mejor sentido. Cuando los conservadores y los liberales discrepan tales son los fundamentos legítimos del desacuerdo. ¿Sobre qué otra cosa podrían discrepar los jueces?
Originalismo inconsistente
Hay algunas respuestas tentativas. Una de ellas, asociada con los magistrados de la Corte Suprema Antonin Scalia y Clarence Thomas, es la originalista. Probablemente cuestiones constitucionales específicas deben resolverse preguntando: ¿cuál fue el significado público original de los términos de la Constitución en el momento de su ratificación? Dworkin no considera que cuando se ratificó la Constitución fue concebida para establecer respuestas específicas a cuestiones precisas y, de esta forma, cree que la versión del originalismo que defiende Scalia es autodestructiva, porque resulta inconsistente con la comprensión original.
Pero Dworkin tiene una objeción incluso más fundamental: ¿el originalismo encaja y justifica nuestras propias prácticas jurisprudenciales, incluyendo por ejemplo, la prohibición de la segregación escolar, de la discriminación sexual y el principio amplio de la libertad de expresión? A juicio de Dworkin el originalismo falla en encajar en nuestras prácticas y en este sentido no constituye un buen sentido de ellas. Desde este punto de vista, los originalistas también tienen que ayudar a escribir la continua novela en cadena estadounidense, y su propio capítulo no le otorga ningún servicio al proyecto.
Tuve mis propias discrepancias con Dworkin. En persona y por escrito sostuvimos numerosos debates sobre el derecho constitucional.Considero que le otorga un rol excesivamente grande a los jueces federales en la sociedad estadounidense. Pero me di cuenta, tal como todos los que se encontraron con él, que tenía una de las mentes más sofisticadas e inquisitivas del planeta y que si usted hubiese sido lo suficientemente afortunado como para perder una discusión con él (ganar estaba fuera de la cuestión), su propia comprensión del asunto habría mejorado enormemente. No solo era un gigante sino también una persona buena y simpática.
Sobre la Corte Suprema y la Constitución, démosle la última palabra: “tenemos una Institución que redirecciona algunas cuestiones desde el campo de batalla del poder político, hasta un foro de principios. Sostiene la promesa de que los conflictos más profundos y más fundamentales entre las personas y la sociedad se convertirán finalmente, en alguna parte, en cuestiones de justicia. Yo no denomino esto religión o profecía: lo denomino derecho”.

Otros dos textos. La reseña de Sunstein a "Justice in Robes" 

Y el texto "¿Deben nuestros jueces ser filósofos? ¿Pueden ser filósofos?", de Dworkin

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