31 oct 2007

Por qué admiro a John Rawls 3: Rawls sobre Marx



Entre las razones que hacen que me interese el trabajo de Rawls está ésta: su capacidad para tomar en serio a quienes estudia, aunque (y sobre todo en los casos en que) no coincida plenamente con ellos; y la permanente reflexión crítica sobre su propio pensamiento. Este repaso que hace de algunas de sus diferencias con Marx dice mucho al respecto. Habla del respeto con que toma el pensamiento marxista, de su vocación por tomarlo siempre a su mejor luz, y de la permanente revisión crítica a la que somete a sus propias ideas (por supuesto, el párrafo debe leerse sabiendo que corresponde a un capítulo y una obra mucho más vasta, por lo cual incluye muchas ideas que remiten a otras páginas).

“Frente a la objeción de Marx según la cual algunos de los derechos y libertades básicas -los que para él están vinculados con los derechos del hombre (y a los que llamamos las libertades de los modernos)- expresan y protegen el egoísmo mutuo de los ciudadanos en un mundo capitalista, le replicamos que en una democracia de propietarios bien ordenada [es decir en una sociedad en donde la propiedad se encuentra distribuída democráticamente] esos derechos y liberrtades, adecuadamente especificados, expresan y protegen los intereses más importantes de ciudadanos libres e iguales. En esta sociedad, aunque la propiedad de activos productivos es permitida, tal derecho no constituye un derecho básico, sino que está sujeto a la exigencia de que, en las condiciones existentes, sea el medio más efectivo para asegurar principios de justicia.
Frente a la objeción según la cual los derechos y libertades políticas de un régimen constitucional son meramente formales, replicamos que por el valor equitativo de la libertad política (junto con la aplicación de otros principios de justicia) todos los ciudadanos, cualquiera sea su posición social, gozan de una oportunidad equitativa de ejercer influencia política. Este es uno de los rasgos igualitarios esenciales de justicia como equidad.
Frente a la objeción que dice que un régimen constitucional con propiedad privada sólo asegura las libertades negativas (las que implican la libertad de actuar sin ser molestado por los demás), replicamos que las instituciones básicas de una democracia de propietarios, junto con una equitativa igualdad de oportunidades y el principio de diferencia, u otros principos análogos, dan una adecuada protección a las llamadas libertades positivas (las referidas a la ausencia de obstáculos para realizar elecciones y actividades que lleven a la autorrealización).
Frente a la objeción que ataca a la división del trabajo bajo el capitalismo, replicamos que los rasgos estrechos y degradantes de la división del trabajo esperablemente, serán largamente superados cuando las instituciones de la democracia de propietarios lleguen a realizarse.”

Otra mas y no aguanto mas

En el aeropuerto de Guayaquil chequeo mi correo, y leo que Daniel Scioli, futuro gobernador de Buenos Aires, dice que su prioridad en la provincia va a ser la de resolver el problema de la inseguridad. Agrega de inmediato que el procurara que volvamos a confiar en la policia bonaerense. Mientras tanto, suena a todo volumen Alejandro Sanz. Aparece Ricardo Arjona y ya tomo la pastilla de cianuro.

Informe de mi amiga Juanica sobre la victoria del Polo Democratico en Bogota (o, sobre como lo que parecia ser una buena noticia termino no siendolo)

Angustiado por los resultados de las elecciones en otras partes del universo, intente consolarme con la victoria de Samuel Moreno en Bogota. Samuel Moreno forma parte del Polo Democratico, es decir del partido liderado por el gran Carlos Gaviria, de quien algun dia contare algunas buenas historias. Carlos, entre otras cosas, fue miembro del Tribunal Constitucional Colombiano en su mejor epoca (que no es esta), y hoy preside el principal partido de izquierda de Colombia. Satisfecho por la victoria de Moreno en Bogota (una victoria que enojo enormemente al actual presidente Uribe, otra agradable noticia), pregunte a mi fraternal amiga Juanica (o Juanilda, segun la ocasion) sobre su opinion al respecto. Sin embargo, oh sorpresa, su contundente informe volvio a dejarme desolado. Esta es la opinion que me enviara la buena Juanica:

"Hmmm, confieso que no voté del todo. Moreno era el candidato del Polo, que es la colectividad con la que simpatizo. Pero él es tan flojo y tan dudoso éticamente, que preferí abstenerme. Me preocupaba que una mala administración del Polo en Bogotá pudiera comprometer la opción de poder para las elecciones presidenciales del 2010. Eso le preocupaba a muchos de hecho. Moreno fue Senador durante mucho tiempo. Lo vi trabajar en el Senado y siempre pensé que era uno de esos blandos, más bien inofensivos, que se rodea de aves rapaces y les permite hacer de las suyas. Pero ya de Alcalde no me parece inofensivo. Así él no participe en actos de corrupción, me preocupa que se haga el ciego por complacer a sus amigos y deje al distrito en la inopia y al Polo en ridículo. Moreno es el nieto del único dictador oficial que hemos tenido: el general Rojas Pinilla. Rojas fundó un partido político llamado la ANAPO que en 1970 se disputó la elecciones presidenciales con Misael Pastrana, el papá de Pastranita nuestro presidente de 1998 a 2002. Rojas comenzó ganando los comisios. El conteo de votos mostraba que era el nuevo presidente. De repente, se cancela la señal de TV, se apagan todas las centrales eléctricas del país y al día siguiente, por arte de magia, el presidente es Pastrana. Fue el fraude electoral más grave de nuestra historia. Eso fue el 19 de abril. Por eso un grupo de militantes de la ANAPO decide armarse y crear lo que después se llamó el Movimiento 19 de Abril o M-19. Habrás oído hablar de ese grupo guerrillero. Fueron los que en 1984 se toman el Palacio de Justicia, ejecutan a toda la Corte Suprema por supuesta traición a la patria y destruyen los expedientes penales de Pablo Escobar y todo el cartel de Medellín. En el 90 y poco se reinsertaron a la vida política y muchos de ellos son senadores, gobernadores y alcaldes actualmente e inclusive, asesores del mismísimo Presidente Uribe (divertido, no?). Moreno no hizo parte de la guerrilla del M-19 pero si del que fue su origen político la misma ANAPO. A su madre le dicen la Capitana. Fue una dirigente populista de la ANAPO que colaboró en el gobierno de su padre con los programas sociales y a quien algunos le atribuyen la denominada masacre de la Plaza de Toros de 1956. Se sabe con bastante certeza que aunque la ANAPO tuvo siempre un corte social muy fuerte, también ha manejado una cultura clientelista igualmente fuerte. Uno de los buenos amigos políticos Moreno es un tipo de apellido Dussán que todos los que han estado en la administración pública consideran un bandido a destajo, incluidos mis padres. Moreno admitió en un debate hace una semana que compraría votos si fuera necesario para salvar a Bogotá de un alcalde hiper corrupto. Irónico y estúpido. Mockus le hizo la pregunta y Moreno cayó en la trampa. Aparte de ese lapsus, de todos modos considero a Moreno un tipo sin preparación administrativa y moral alguna. Es un hijo de clase politiquera: lo único que tiene es sus apellidos a decir verdad. Me entristeció mucho que el Polo continuara con el delfinismo del resto de la clase política. Pero eso es este país, sea la izquierda o la derecha y por eso me abstuve de votar. Peñalosa era peor, porque de él ya tenemos obras públicas y sociales malhechas, costosas y mediadas por arreglos torcidos a favor de su familia y amigos. Peñalosa es el malo conocido y Moreno es, desde muchos puntos de vita, el malo por conocer. Ojalá Moreno sorprenda con una buena administración. Nos conviene a todos. Ojalá sea limpia de escándalos, progresiva socialmente y medida en sus gastos. El populismo es demasiado peligroso para la chequera! Pero de todas maneras también debo confesar que aún a pesar de todo lo anterior, en el fondo me alegré con los resultados. Me parecía peor una alcaldía controlada por el uribismo. Pienso que la cohabitación es saludable por sí misma. Moreno es un hombre de partido, sin mucha iniciativa propia y eso para mí es importante porque significa que es el Polo el que tendrá que asumir las riendas y controlar a sus propios elementos nocivos. Hmmm, habría mucho más pare decir pero con esto te hago un pequeño resumen de mi decisión de no voto." Gracias Juanica, pena que todo esto sea cierto. Hmmmm digo yo tambien

29 oct 2007

De Arcadi Espada, sobre el argentino impasible

De una nota de Arcadi Espada, buen periodista espanol, que ademas lleva adelante un interesante blog en www.arcadi.espasa.com/ A pedido de Mariana, agrego este comentario de Arcadi sobre el argentino impasible en el subte catalan. Arcada tiene un punto

"En este vídeo destaca el desentendimiento del muchacho que contempla de reojo la escena, por si alguna hostia acabara correspondiéndole. Parece un cobarde, desde luego, pero lo que hay dentro sólo él lo sabe. Probablemente no pensó que media España (entre ella sus parientes, sus amigos, y tal vez su novia) estaría opinando ahora sobre su valor. El criminal tampoco pensó que acabaría en la cárcel. Las cámaras de seguridad que tanto disgustan a la izquierda orwelliana. A mi juicio, confortablemente sentado frente a un cielo que se abre con un excelente buen gusto, administrada una rebanada de pan recién horneado con aceite de Nicolás y otra untada con mantequilla y mermelada de albaricoque, bebido a grandes sorbos plácidos el primer nespresso y ya pensando en el segundo, cuando llegue mi mujer de sus primeras labores, en mi opinión, sostengo, dada una escena así, hay que levantarse e ir hacia el criminal resignada, inexorablemente, pensando en el marrón que a uno le ha caído, en la mala suerte, en por qué me apresté a correr si el tren ya se iba, en que quizá lleve una navaja y preparándolo, y al fin como un toro ciego que no tiene más remedio que embestir y embiste."

27 oct 2007

Elecciones, y nadie para salvarnos



Y nadie por quien uno quiera ser salvado

26 oct 2007

Servicio para Sunsteinianos 2: Recuperar los derechos sociales






Dado el interés que puede generar el trabajo de Sunstein, transcribo aquí un escrito que publiqué hace un tiempo en España, en donde, con la excusa de comentar su libro sobre los derechos sociales, hice un repaso general de la obra del autor. El texto se tituló “Recuperar los derechos sociales. Cass Sunstein y The Second Bill of Rights,” y apareció en Revista de Libros, n. 99-3 (2005), 17-21.


Roberto Gargarella

El último libro escrito por Cass Sunstein aparece como un producto casi natural de su producción anterior, y se dirige a defender el difícil “caso” de los derechos económicos y sociales. El “caso” de los derechos sociales es difícil, simplemente, porque a pesar de la obvia importancia de estos derechos, a pesar de estar consagrados en los principales instrumentos jurídicos internacionales, a pesar de estar explícitamente incluidos (en mayor o menor número) en casi la totalidad de las Constituciones modernas, y a pesar de estar arraigados en lo mejor de las tradiciones políticas e intelectuales de occidente, los derechos económicos y sociales siguen encontrando graves obstáculos para su implementación y protección, tanto a nivel político como judicial. Típicamente, una mayoría de democracias modernas se enorgullecen del modo en que defienden derechos civiles y políticos como el derecho de libertad de expresión, la libertad de cultos, el derecho a defensa en juicio, o el derecho al voto, pero empalidecen cuando se les pregunta por el modo en que protegen la salud de sus habitantes o la forma en que aseguran condiciones de vivienda digna para sus miembros más desfavorecidos. El caso de los Estados Unidos dista de ser una excepción en la materia, y por eso Sunstein hace bien en poner la cuestión sobre la mesa, una vez más. Ello, en particular, teniendo en cuenta al menos dos datos notables. Primero, que la Constitución norteamericana –tal vez por su vejez, tal vez por encontrarse inserta en una cultura liberal-individualista, tal vez por su carácter “pragmático”- es de las únicas en el mundo que no hace mención a los derechos sociales en su texto (del mismo modo en que no menciona otros derechos, como el derecho a la privacidad, que todos –jueces incluidos- tienden a categorizar como “implícitos” en la Constitución, y a alistar entre los más importantes que la Constitución reconoce). El otro dato notable es el lugar extremadamente marginal ocupado por el estudio de los derechos sociales dentro de la literatura jurídica norteamericana, es decir, dentro de una cultura jurídica pródiga en los estudios más diversos y, en ocasiones, insólitos. Hasta la aparición de textos como el de Sunstein, los únicos autores “de peso” que habían dedicado tiempo y esfuerzo a esta fundamental tarea (y sin pretender que esta lista sea en absoluto exhaustiva) eran Frank Michelman (el más constante e interesante de todos, y quien hizo del estudio de la cuestión de los derechos sociales el centro de su vida académica);1 William Forbath (con trabajos más bien dirigidos a la reconstrucción de las corrientes de pensamiento jurídico más sensibles a la cuestión social);2 Sortirios Barber (un politólogo que acaba de publicar un libro de relativo peso sobre el tema);3 James Balkin; Lawrence Sager; o Herman Schwartz (todos, pero sobre todo el último, con ocasionales trabajos sobre el lugar de los derechos sociales en la Constitución).4

Un lento avance

Tratando de recuperar para los derechos sociales el lugar de privilegio que (como objeto de estudio y como parte integrante de nuestra vida jurídica) les corresponde, el nuevo trabajo de Sunstein aparece construido a partir de varios de los argumentos que habían quedado anunciados o expuestos en sus obras anteriores. Ante todo, su pionera obra After the Rights Revolution5 aparece como un antecedente crucial de su nuevo libro. Ambos trabajos se muestran reunidos por una común reverencia frente al New Deal, y un consiguiente reconocimiento de la obra de Franklin D. Roosevelt (algo que también se advierte en muchos de los numerosos escritos de Sunstein sobre la libertad de expresión –tales como Democracy and the Problem of Free Speech- en donde aquél reclamaba por la adopción de un “New Deal” para la libertad de expresión).6 En sus pasados trabajos, Sunstein procuraba rescatar el viejo “estado regulador” creado por Roosevelt, tanto de las garras de sus enemigos como de los defectos propios de sus desarrollos anómalos. En este nuevo libro (y ya desde su primer capítulo), Sunstein procura recuperar el potente compromiso de Roosevelt con los derechos sociales, tal como éste lo había dejado en claro desde el “discurso del siglo” (del 11 de enero de 1944). Entonces, y desde su silla de ruedas, Roosevelt había vinculado el “encontrarse libre de temores” con el “encontrarse libre de necesidades” y había fijado, como principales objetivos públicos, no sólo la seguridad física contra los agresores, sino también, y de modo especial, la “seguridad económica, social y moral” de cada habitante del país. Sunstein pretende retomar estos compromisos -resumidos en el, así llamado, “segundo Bill of Rights”-7 y mostrar la capacidad de tales compromisos para generar un consenso general entre individuos y partidos políticos con ideas opuestas.

A Second Bill of Rights recupera, además, algunas de las conclusiones principales de The Partial Constitution.8 Así, y ante todo, la idea de que el derecho constitucional contemporáneo no es imparcial, sino que se encuentra sesgado a favor del status quo y, consecuentemente, tiende a tratar cualquier iniciativa que lo distancie del presente estado de cosas como una “toma de posición” o un accionar parcial. Sin embargo -presume hoy Sunstein como lo hacía entonces- cuando el status quo no es justo ni trata a todos por igual, es ese mismo respeto de la imparcialidad el que exige la introducción de reformas y un mayor “activismo” estatal.

El nuevo libro de Sunstein resulta, también, claramente tributario de Free Markets and Social Justice,9 pero más todavía del recientemente publicado The Cost of Rights, que co-escribiera junto con el politólogo Stephen Holmes.10 De dichas obras, Sunstein retoma aquí (sobre todo en los capítulo 2 y 11) varios temas: la idea de que todos los derechos (y no sólo los sociales) “cuestan” dinero; la idea de que no existen situaciones de “no intervención estatal” (sino sólo mejores y peores “intervenciones”); la idea de que el mercado y la riqueza dependen de la acción del gobierno; o la idea de que no hay una distinción significativa entre derechos “negativos” (supuestamente, los civiles y políticos) y “positivos” (supuestamente, todos los demás) –ideas todas ellas que, por lo demás, Sunstein asocia con la vieja crítica “realista” al “mercado libre.”

En otro libro reciente, Designing Democracy,11 Sunstein mostraba otros rasgos que también parecen distintivos de su nueva obra. Por un lado, el constitucionalista norteamericano tornaba visible su interés por las experiencias jurídicas de otros países (vale la pena recordar sus años de trabajo sobre el constitucionalismo en Europa del Este), y por otro lado, y muy en particular, su deslumbramiento por algunas recientes decisiones de la Corte Suprema sudafricana en materia de derechos sociales. La experiencia sudafricana parece haber ejercido una buena influencia en los escritos de Sunstein, al dejarle advertir con claridad algo que el profesor de Chicago no parecía ver reconocer en sus primeros textos, y es la capacidad de la Corte para tomar decisiones sobre derechos sociales manteniéndose, al mismo tiempo, respetuosa de la actividad del Parlamento (y por consiguiente, de su lugar en democracia), consciente de su necesidad de prestar atención a los “tiempos sociales,” y a la vez sensible a cuestiones básicas de justicia. Así, Sunstein dedica el capítulo 5 de su nuevo libro a examinar el caso de los derechos sociales en el constitucionalismo global; el capítulo 7 a rechazar la idea de que la cultura e historia norteamericanas son (en su tradicional individualismo) excepcionales en un sentido relevante; y, sobre todo, el capítulo 12 a mostrar de qué modo su propuesta de tomar más en serio las demandas por derechos sociales pueden ser puestas en práctica (enforced) por el Poder Judicial, sin ofensa ninguna hacia el sistema democrático.

En relación con este último punto –la justificación y alcances del control judicial dentro de un sistema democrático- el nuevo trabajo de Sunstein prosigue algunas de las reflexiones que avanzara ya en Legal Reasoning and Political Conflict,12 y en One Case At A Time.13 En tales trabajos, Sunstein recomendaba a los jueces una prudencia especial a la hora de enfrentarse con casos intrincados aún no saldados políticamente (avanzando minuciosamente y en los detalles: “un caso por vez”). Continuando aquellas discusiones, Sunstein insiste en que los jueces no impongan, a través de sus sentencias, sus propias visiones del mundo ni tampoco teorías abstractas y “abarcativas” sobre el resto de la sociedad política. Más bien, lo que los jueces deben hacer es utilizar en sus fallos “principios de nivel medio” (principios que no derivan de sólidas teorías sobre lo bueno y lo correcto, sino que son compatibles con varias de ellas) y recurrir a “acuerdos teorizados de modo incompleto” (de modo tal de contribuir en la forja de lo que John Rawls denominaría un “consenso superpuesto”). Los jueces deben, en su opinión, alentar -en lugar de ocupar el lugar de- la deliberación de las ramas políticas del gobierno y de la sociedad en general.

Derechos sociales: olvido y resurgimiento

Montado sobre aquel arsenal teórico, Sunstein muestra en su nuevo trabajo (en especial, en el cap. 9) de qué modo la Corte norteamericana estuvo a punto de “poner en marcha” el así llamado “segundo Bill of Rights.” En efecto, en los años 60 especialmente, y bajo la presidencia de Earl Warren, dicha Corte produjo fundamentales avances en tal dirección, en temas relacionados con la discriminación al momento de votar y litigar (en donde la Corte sostuvo, en casos como “Douglas” o “Gideon,” que las leyes podían ser no-discriminatorias en la superficie, pero groseramente discriminatorias a partir de los modos en que, en la práctica, terminaban operando); y también en cuestiones referidas a la distribución de subsidios de bienestar (casos como “Shapiro,” en donde la Corte declaró inconstitucionales las normas estatales destinadas a negar los beneficios económicos provistos por la ley a los recién llegados a los nuevos estados –muchos de los cuales habían decidido su cambio de domicilio exclusivamente atraídos por la existencia de tales beneficios sociales). De modo todavía más fuerte, en casos como “Goldberg v. Kelly,” resuelto en 1970, la Corte sostuvo que los beneficios de bienestar debían ser considerados una especie de “nueva propiedad” que gozaba de las protecciones aseguradas por la Constitución a la propiedad tradicional. Según expresara la Corte en dicho caso “desde su momento fundacional, esta Nación mantiene un compromiso con la promoción de la dignidad y el bienestar de todos quienes la habitan.” Los beneficios de “welfare” fueron considerados por la Corte, entonces, como beneficios que iban más allá de la “mera caridad,” a la vez que necesarios para “asegurar los beneficios de la libertad” a toda la ciudadanía.

Sin embargo, siempre según Sunstein, la Corte detuvo su avance en la materia de modo abrupto, hacia fines de los 60, para comenzar desde entonces, lentamente, a desandar su camino. Históricamente, el evento político más relevante para explicar dicho llamativo cambio es la angustiosa victoria electoral de Richard Nixon, que permitió que los sectores más conservadores de la sociedad impulsaran decisivos cambios al nivel de la Corte Suprema. Nixon, en nombre de aquellos, tuvo la oportunidad de nombrar a cuatro jueces que, desde su nuevo lugar, frenaron prontamente la tendencia que parecía mostrar la Corte hacia el reconocimiento de los derechos sociales y económicos. Fallos como “San Antonio v. Rodríguez” resultan claramente expresivos de esta nueva tendencia, a la que Sunstein denomina una “contrarrevolución judicial.” En el paradigmático caso “San Antonio,” la Corte sostuvo que no se afectaban los derechos constitucionales de los más pobres cuando éstos no tenían acceso a iguales o mejores escuelas que los más ricos, aún cuando se mostrara que dicha pauta se mantenía en el tiempo e implicaba, casi necesariamente, futuras desventajas laborales para los más desaventajados. La Constitución, según la Corte, sólo resultaba ofendida cuando se privaba a algún ciudadano del derecho a la educación.

Es muy importante que Sunstein marque la influencia de estos hechos políticos (y en particular de la ideología de los nuevos jueces) en la interpretación de la Constitución y, consiguientemente, en los cambios de la jurisprudencia de los tribunales (tema éste que forma parte de la nueva agenda de investigación del autor). Ello, sobre todo, cuando advertimos que, desde la teoría, resulta cada vez más difícil justificar un tratamiento judicial privilegiado para los derechos civiles-políticos, frente a los derechos sociales-económicos.

En efecto, las razones con que se pretende justificar este trato tan dispar entre unos y otros derechos son numerosas, pero en ningún caso muy convincentes (y Sunstein discute algunas de ellas en el capítulo 11 de su nuevo libro). Para algunos, los derechos civiles y políticos merecen primacía por su mayor arraigo en nuestra cultura (por algo se los denomina “derechos de primera generación,” contrastándolos con los sociales y económicos, “derechos de segunda generación”). Sin embargo, y más allá de lo dudoso de este reclamo empírico, lo cierto es que aún de ser cierta, dicha primacía temporal no les transfiere a los derechos civiles ninguna primacía normativa. Otros sostienen, según adelantara, que los derechos civiles y políticos “no nos cuestan nada,” requiriendo del gobierno meros actos omisivos (i.e., no torturar, no prohibir ninguna religión), mientras que los derechos sociales y económicos “cuestan mucho dinero,” y requieren de un intenso activismo estatal para su implementación (i.e., la construcción de viviendas). Pero, a pesar de la popularidad y difusión de estos argumentos, lo cierto es que aún derechos civiles básicos como el de defensa en juicio requieren de la puesta en funcionamiento de una amplia y costosísima maquinaria judicial.14 Del mismo modo, derechos políticos elementales como el derecho al voto requieren de una periódica convocatoria a elecciones, que exige a su vez de erogaciones públicas millonarias frente a cada comicio. Un argumento más sofisticado dice que los derechos civiles y políticos merecen primacía por ser “más básicos,” y que son “más básicos” porque su presencia permite el florecimiento de los restantes (i.e., si hay libertad de expresión garantizada, se crean las condiciones para exigir los derechos sociales eventualmente ausentes), lo que no parece ocurrir a la inversa (y aquí se cita habitualmente el ejemplo de los viejos países socialistas que aseguraban los últimos tornando imposibles los primeros). Este argumento puede justificar –si es que algo- la primacía teórica de los primeros derechos, pero en ningún caso el descuido o la desatención de los últimos. Más todavía, son muchas las razones de sentido común que nos llevan a sostener lo contrario a lo afirmado por el argumento anterior, y decir así que no hay nada más básico que derechos tales como el derecho a la salud y la alimentación, por ejemplo.

Será entonces que los derechos civiles y políticos reciben una atención privilegiada por no “conspirar” contra los incentivos económicos (como sí lo harían, por ejemplo, el reconocimiento de garantías sociales de todo tipo, tal como ocurría en los países de Europa del Este?). El argumento resulta otra vez difícil de mantener. Primero, porque el mismo se basa en una disputable idea de los derechos, cuya lógica debería llevarnos a suprimir, por caso, las elecciones periódicas (que en su instrumentación y a partir de sus oscilantes resultados “amenazan” de modo más grave y permanente la inteligencia de la ortodoxia económica). Pero además, el argumento no es bueno porque presupone de antemano cuáles son los remedios requeridos por los derechos sociales y económicos cuando, como sostiene Sunstein, los mismos son “agnósticos” en lo que hace a cuáles son los mejores medios para implementarlos. Finalmente, alguien podría decir que los derechos sociales tienen relevancia constitucional pero que, sin embargo, no corresponde que sean desarrollados judicial, sino sólo políticamente. Ello así porque de tal modo se permitiría que los jueces (que no cuentan con prístinas credenciales democráticas) pongan en riesgo la confección del presupuesto nacional, democráticamente acordado por las mayorías políticas (piénsese, por ejemplo, en el caso de un juez que ordenase la inmediata construcción de viviendas para todos los que carecieran de ella). El argumento, sin embargo, vuelve a fracasar, porque en su apresuramiento ignora que los jueces tienen a mano una enorme variedad de herramientas, compatibles al mismo tiempo con el respeto de la autoridad democrática y con el cuidado de la delicadeza presupuestaria. Ellos pueden, por caso, ordenar la construcción de viviendas para tal o cual grupo, dejando a criterio del Congreso la instrumentación de tal medida; o pueden emplazar a los poderes políticos el cumplimiento de tales medidas, a riesgo de convertirse en violadores de la Constitución; o pueden fijar fechas dentro de las cuales ciertos derechos deben ser razonablemente satisfechos. Es decir, la intervención judicial no necesita ser irrespetuosa con la democracia.

Reconociendo que la teoría parece cada vez más abierta a la concesión de un “igual status” a los derechos civiles-políticos y económico-sociales, y que existen ya tanto una base jurisprudencial (abortada a comienzos de los 70) en la que ya apoyarse, como normas (sobre todo a nivel local) favorables a la implementación de varios derechos sociales, es que Sunstein proclama que, en buena medida, su país “vive ya bajo la Constitución soñada por Roosevelt.” Sin embargo, al mismo tiempo, considera que es todavía demasiado lo que queda por hacer a favor de los mismos, en razón de los “millones de jóvenes que reciben una educación inadecuada, los millones de desempleados, los millones seriamente afectados por el hambre, los millones que carecen de un seguro de salud, a raíz de lo cual muchos miles mueren, prematuramente, cada año” (p. 234).

Qué hacer, entonces, a favor de los mismos? Los derechos sociales, en opinión de Sunstein, no necesitan ser incorporados en la Constitución a partir de nuevas enmiendas, dado que, al menos varios de entre ellos, representan ya “compromisos constitucionales” básicos (cap. 4), mientras que otros merecen ser considerados como tales. Con la idea de “compromisos constitucionales” Sunstein se refiere a derechos que, sin ser mencionados por el texto de la Constitución, son capaces de contar con el respaldo en la comunidad, crean o constituyen valores sociales fundamentales, y gozan de una entidad tal que una violación de los mismos tiende a representar una violación en la confianza y expectativas de la gente. Entendiéndolos de este modo, los jueces podrían hacer con los derechos sociales lo que ya hicieron, por ejemplo, con los casos de discriminación en materia de género (p. 124). En tal respecto, nos muestra Sunstein, los jueces que en los 70 y 80 comenzaron a invalidar normas en razón de ser sexualmente discriminatorias no cambiaron por sí solos la historia, sino que simplemente se montaron sobre, y desarrollaron, un consenso social ya creciente. Respaldados en dicho difuso consenso social, los jueces comenzaron a mostrar de qué modo una Constitución habitualmente interpretada como dando cabida a discriminaciones de género pasaba a convertirse en otra que virtualmente prohibía tales discriminaciones. En definitiva, podría decirse, este tipo de (dramáticos) cambios interpretativos, judicialmente promovidos, forman parte de la historia constitucional de cualquier país. Para seguir con la historia norteamericana: en los Estados Unidos, la Constitución parecía permitir la segregación racial a comienzos del siglo XX, pero pasó a prohibirla drásticamente hacia 1970; autorizaba, aparentemente, la supresión de los discursos opositores hacia 1930 (en caso de que los mismos generan consecuencias dañinas o peligrosas), pero tornó dichas medidas casi impensables hacia 1970; sirvió para combatir las leyes que establecían límites horarios en el trabajo o fijaban salarios mínimos en 1910, pero pasó a ampararlas claramente en 1940; facilitó la regulación del commercial speech en 1960, pero ya hacia el año 200 consideró aceptables tales regulaciones sólo en caso de falsedad o engaño publicitarios; pareció absolutamente incompatible con cualquier resguardo hacia los actos de “sodomía” en 1970, pasó a decir que no protegía a los mismos en 1987, y dió su abierto respaldo a las actividades homosexuales en el 2004 (p. 124).

La historia de los derechos sociales, sugiere Sunstein, puede continuar este tipo de desarrollos. Para ello, los jueces no necesitarían “revolucionar” la Constitución existente sino que podrían, a partir de decisiones precisas y “estrechas” (narrow) retomar la línea de fallos inaugurada en casos como “Goldberg” y “Shapiro” y “pasar a tomar en serio las formas más significativas de las privaciones humanas” (p. 175). Como resultado de tales (parciales) cambios en la jurisprudencia, los individuos no pasarían a contar con un derecho a la salud o a la vivienda digna “a la carta,” sino con jueces “razonablemente comprometidos” a asegurar ambos derechos, y atentos a la voluntad de los poderes políticos en cuanto al establecimiento de prioridades (p. 229). En este sentido, concluye Sunstein, la presencia de este “segundo Bill of Rights” contribuiría a “promover, antes que a obstaculizar la deliberación democrática, al dirigir la atención política a intereses que, de otro modo, resultarían desconsiderados en la vida política ordinaria” (ibid.).

Los esfuerzos teóricos realizados por Sunstein en este libro son muy significativos. Ello así, especialmente, si consideramos que emergen en un contexto dominado por opiniones doctrinarias y judiciales que en la actualidad, y sobre todo en sus niveles más altos, parecen todavía indiferentes u hostiles frente a los derechos sociales. Más aún, y según se deriva de los recientes cambios políticos producidos en los Estados Unidos, contribuciones como la de Sunstein resultan un valioso modo de volver a llamar la atención sobre problemas cuya existencia tienden a menospreciar las autoridades nacionales. Lo dicho no niega, sin embargo, que los modos en que Sunstein se aproxima al tema susciten todavía controversias de peso. Sunstein mantiene aún un equilibrio muy inestable entre opiniones que eran propias de sus primeros trabajos, y que favorecían un importante activismo judicial en nombre de teorías de la justicia “comprehensivas y abstractas,” y opiniones que son más propias de sus últimos escritos, en las que aboga por un “minimalismo” judicial basado en “acuerdos teorizados de modo incompleto.” Defiende la presencia de una Constitución estable, que reconoce fuertes raíces en las tradiciones del país (descartando tanto el “originalismo” crudo como el “todo vale” interpretativo propio de corrientes neo-realistas), pero al mismo tiempo sugiere la adopción de interpretaciones que tienen un difícil anclaje en la historia original del país y –al menos- un muy disputado lugar en la voluntad de las mayorías dominantes. Sugiere, tratando de no acobardar a sus potenciales críticos, que los cambios que la implementación del “segundo Bill of Rights” requiere son relativamente menores (y es por ello que insiste en que el sueño de Roosevelt estaría casi realizado) pero, en definitiva, todo su libro se debe (y se justifica por) la tremenda distancia que aún separa a aquellos sueños de la realidad actual. Sunstein parece, al mismo tiempo, confiar y desconfiar irremediablemente tanto del activismo judicial como de las posibilidades de avanzar cambios políticos a partir de procesos de deliberación pública. Su reconstrucción de la historia judicial de su país (de la historia política prácticamente no se ocupa) torna a la misma claramente compatible con interpretaciones como las que él sugiere en el libro, pero lo cierto es que dicha reconstrucción resulta, para casi cualquier lector, muy polémica o exageradamente optimista (sensatamente podría sostenerse que la Corte Warren –y salvo, tal vez, alguno de sus miembros- estuvo bastante más lejos de lo que el autor sugiere de la implementación de los derechos sociales, llegando apenas a endurecer su posición en materia de discriminación, sobre todo racial). Lo notable es que Sunstein parece plenamente consciente de este tipo de objeciones, y en este libro (como en otros previos) reconoce los riesgos a los que se enfrente a la vez que incurre una y otra vez en ellos. Su lucidez y sus compromisos lo mantienen, de todos, y con justicia, en la vanguardia del pensamiento constitucional anglosajón.

25 oct 2007

Garland: victimas y victimarios



David Garland es un sociólogo escocés amable, inteligente, siempre equilibrado. Es profesor en NYU desde hace más de una década, en donde se ocupa de cursos sobre Law and Society y, sobre todo, de la sociología del castigo. Actualmente escribe sobre la pena de muerte, y dentro de poco va a publicar un voluminoso escrito al respecto. Sus libros son una demostración de la impresionante erudición y lucidez del autor. El último de ellos, “La Cultura del Control,” fue traducido, afortunadamente, al español (traducción de nuestro sociólogo del derecho penal, Máximo Sozzo). Aquí va un párrafo ilustrativo del magistral trabajo de Garland. “Como ya dije, el nuevo imperativo político mantiene que las vícitimas deben ser protegidas; sus voces deben ser escuchadas, su memoria honrada, su enojo expresado, sus temores reconocidos. El hecho de que las leyes y las medidas penales reciban el nombre de víctimas de algún crimen (la ley de Megan, la ley de Jenna, la ley de Sephanie, y el más reciente caso de la ley de Sara, promovido por la prensa inglesa), está dirigido a honrar a las víctimas , aunque aquí existe, sin dudas, un elemento de explotación, dado que el nombre de la víctima es utilizado para blindar a la ley frente a objeciones posibles dirigidas a normas que suele no ser otra cosa que una legislación de venganza destinada a la exhibición pública y la toma de ventajas políticas. Esta santificación de las víctimas tiende, también, a anular cualquier preocupación sobre los victimarios. La relación de suma cero que hoy se mantiene entre víctimas y victimarios asegura que cualquier muestra de compasión frente a los victimarios, cualquier invocación de sus derechos, cualquier esfuerzo destinado a humanizar sus castigos, sea fácilmente representado como un insulto a las víctimas y sus familiares.”

23 oct 2007

Servicio para Sunsteinianos

Sííí: Sunstein ya sacó sus dos libros de este año, así que ya puede dormir tranquilo por unos días (en realidad, acaba de publicar uno y ya sale el otro!).
En 1993 terminé mi doctorado en Chicago, dirigido por Cass Sunstein, para mi el mejor constitucionalista actual. Desde entonces me asombra y fascina su obra. Pero desde esos tiempos a hoy, Sunstein ha cambiado de posición tantas veces que su evolución empieza a resultarme algo preocupante. Y luego, esa pasión que tiene por publicar. Desde hace al menos una década publica un promedio de dos libros por año (2 en el 2007, 3 en el 2006, 2 en el 2005, 2 en el 2004), a lo que se suman cantidad de extensos artículos (que, debe decirse, escribe él y no subcontratados), intervenciones en diarios, tv y revistas culturales. No todos sus libros son buenos, obviamente, y muchos debieron haber quedado simplemente, y si es que en algo, en artículos cortos. De todos modos, reconozco que siempre aprendo mucho leyéndolo, y que su afán por estar siempre adelante de la vanguardia -sumado a lo más avanzado del conocimiento- ayuda a estar siempre actualizado. A pesar de seguir su obra cuidadosamente, a mí no me alcanza el tiempo para leer todo lo que él llega a escribir: me resulta imposible seguirle el ritmo. Así y todo, leí más o menos toda su obra (de la que escribí algún resumen no hace mucho), así que acá va un rapidísimo y prejuiciado repaso de la misma: una línea para cada libro.


Worst-Case Scenarios (Harvard University Press forthcoming 2007). LOS COMENTARIOS QUE RECIBI FUERON PESIMOS, PERO NO LO LEI
Republic.com 2.0 (Princeton University Press forthcoming 2007). NO LO CONOZCO
Are Judges Political? An Empirical Investigation of the Federal Judiciary (Brookings Institution Press 2006) (with David Schkade, Lisa Ellman, and Andres Sawicki). UNA SOLA IDEA, IMPORTANTE Y EMPIRICAMENTE APOYADA, CON OBJECIONES
Infotopia: How Many Minds Produce Knowledge (Oxford University Press 2006). NO LO VI
The Second Bill of Rights: Franklin Delano Roosevelt's Unfinished Revolution and Why We Need It More Than Ever (Basic Books 2006) (paperback edition). MUY BUENO PARA LOS INTERESADOS EN DERECHOS SOCIALES
Radicals in Robes: Why Extreme Right-Wing Courts Are Wrong for America (Basic Books 2005). MUY POBRE, NO DEBIO HABER NACIDO LIBRO
Constitutional Law 5th ed. (Aspen 2005) (with G. Stone, L.M. Seidman, P. Karlan, and M. Tushnet).SIEMPRE BIEN
The Laws of Fear: Beyond the Precautionary Principle (based on the Seeley Lectures 2004 at Cambridge University) (Cambridge University Press 2005). MUY POCO INTERESANTE
The Second Bill of Rights: Franklin Delano Roosevelt's Unfinished Revolution and Why We Need It More Than Ever (Basic Books 2004). (YA DIJE)
Why Societies Need Dissent (Harvard University Press 2003). MUY POBRECITO
Animal Rights: Current Controversies and New Directions (Oxford University Press 2004) (edited with Martha Nussbaum). OK
Risk and Reason (Cambridge University Press 2002) (translations forthcoming in Spanish, Chinese, and Farsi) (paperback 2004). NO ME INTERESA
The Cost-Benefit State (American Bar Association 2002). NO LO CONOZCO
Punitive Damages: How Juries Decide (University of Chicago Press 2002) (with Reid Hastie, John Payne and David Schkade). NO ME INTERESA
Republic.com (paperback edition 2002, with a new afterword) (multiple translations, including Spanish, Italian, Japanese, and Chinese) (paperback with new afterword, 2002). BIEN, PERO POR QUE UN LIBRO
Administrative Law and Regulatory Policy (1999; new edition 2002) (with Stephen Breyer, Richard B. Stewart, and Matthew Spitzer). NO LO CONOZCO
Free Markets and Social Justice (2002) (Chinese edition with new foreword, Japanese edition) (Japanese translation, 2002; Chinese translation, 2002). RECOPILACION DE ARTICULOS. ALGUNOS TEXTOS MUY BUENOS
Designing Democracy: What Constitutions Do (Oxford University Press 2001). MUY POCO INTERESANTE. EL ARTICULO SOBRE SUDAFRICA, DONDE CAMBIA DE POSICION SOBRE DERECHOS SOCIALES, OK
The Vote: Bush, Gore & the Supreme Court, University of Chicago Press (2001) (with Richard Epstein). NO SE
Constitutional Law (4th ed. 2001) (with Stone, Seidman, and Tushnet). (YA DIJE)
Behavioral Law and Economics (editor, Cambridge University Press, 2000; reprinted 2003). ALGUNOS ARTICULOS BIEN. SU ENTRADA EN LA MODA DEL BEHAVIORAL ECONOMICS, DISCIPLINA QUE VALE LA PENA
One Case At A Time: Judicial Minimalism on the Supreme Court (Harvard University Press 1999; paperback 2001; Chinese translation forthcoming, 2001). SU PRIMER GRANDISIMO CAMBIO. INTERESANTE, PERO MUY CRITICABLE
The Cost of Rights (1999), (W.W. Norton paperback 2000; translations forthcoming 2001) (with Stephen Holmes). UNA SOLA IDEA, MUY BUENA. PUDO SER UN MUY BUEN ARTICULO CORTO.
Clones and Clones: Facts and Fantasies About Human Cloning (with Martha Nussbaum, W.W. Norton 1998) (paperback 1999, multiple translations forthcoming). NO SE
Legal Reasoning and Political Conflict (Oxford University Press 1996; paperback 1998). ALGUNOS ARTICULOS ESTAN BIEN
Free Markets and Social Justice (Oxford University Press 1997; reprinted twice in hardcover; paperback 1999). ALGUNOS ARTICULOS ME PARECEN EXCELENTES
Democracy and the Problem of Free Speech (The Free Press 1993; paperback with a new afterword 1995). ME GUSTA MUCHO
The Partial Constitution (Harvard University Press 1993; paperback 1994, reprinted 1997). SUPO SER SU FAVORITO. NO ES INCREIBLE, PERO ES MUY BUENO
After the Rights Revolution: Reconceiving the Regulatory State (Harvard University Press 1990 paperback 1993). SU PRIMER GRAN TRABAJO, ME INTERESO MUCHO
Constitutional Law (Little, Brown & Co. 1st edition 1986; 2d edition 1991; 3d edition 1995) (co-author). (YA DIJE)
The Bill of Rights and the Modern State (University of Chicago Press 1992) (co-editor with Geoffey R. Stone and Richard A. Epstein). NO SE
Feminism and Political Theory (editor) (University of Chicago Press 1990). BIEN

21 oct 2007

Persépolis y las maneras de leer un film

El film Persépolis, de la iraní Marjane Satrapi, se llevó este año el Premio del Jurado en Cannes. Se trata de una película de animación, de tipo autobiográfica, con dibujos que parecen hechos a mano por la directora. En su film, la autora no reniega de Irán y, por el contrario, muestra hacia su país un enorme y dolido cariño. Allí es donde vuelve luego de una estancia difícil en Europa (en Austria), para volver a partir tiempo más tarde, ya definitivamente, hacia Francia. Saludablemente, Marjane nos muestra a los iraníes bastante parecidos a cualquiera de nosotros, aunque sometidos a una dictadura religiosa y fanática (nosotros, al menos, no estamos en manos de fanáticos religiosos). Sus compañeros hacen, con cierto cuidado, a escondidas, mucho de lo que cualquiera hace en su país, sólo que menos temerosamente. Los gustos musicales son más o menos idénticos a los de uno, como son más o menos los mismos los bailes, el alcohol, los encuentros o las separaciones. Saludablemente también, la autora reivindica su educación, en el seno de una familia de raíces comunistas, y liberal en las costumbras. Sobre todo reivindica a su tío, convencido y radical comunista, que muerte en las manos del gobierno autoritario. Por otra parte, Marjane deja en claro su natural anti-americanismo -una postura inducida por la certeza de que su país ha sido instrumentalizado por mercenarios económicos y políticos, en muchos casos asociados con los Estados Unidos. La película no es, de ningún modo, alguna de estas solas caras. Es todas ellas, y muchas otras, combinadas por una directora librepensante, a veces acomplejada y abrumada, a veces grandiosamente vital. La película cerró el Festival de Cine de NYC, y la autora fue ovacionada durante varios minutos, por una platea que aplaudía de pie, extasiada. Yo me preguntaba qué aplaudía la gente, aunque entiendo que cada uno podía estar aplaudiendo por cosas diferentes. Hoy tuve algún indicio sobre mis propios prejuicios, sin embargo, a partir de un reportaje que le hacen a la autora, en el New York Times. Sin ser escandaloso, el reportaje es simplemente esperable, y muestra una lectura del film de acuerdo a todos y cada uno de los estereotipos cantados. La periodista ya arranca preguntándole sobre el film, que trata -nos dice, le dice- “sobre el tema brutal de cómo crecer en Irán.” La directora aparece incómoda desde el principio (aunque esto amerita también un “maneras de leer un reportaje”). Luego, la reportera le pregunta por su religión musulmana, ella dice que no lo es; luego, por su feminismo, ella dice que no lo es. Finalmente le pregunta por el acto de “auto-denegación” que implica , para una mayoría de mujeres musulmanas, el tener que llevar el chador. Marjane ya se enoja, y le suelta: “En los países musulmanes tratan de cubrir a las mujeres, y acá en América tratan de que se parezcan a un pedazo de carne” (!!). La periodista le dice, descolocada, “estoy en desacuerdo,” y Marjane le da la estocada final diciéndole: “Pero acá también tenemos que mirar hacia nosotros mismos. Por qué es que todas las mujeres se hacen una cirugía plástica? Por qué? Por qué? Por qué todas tienen que parecer unas “freaks” con labios enormes como un ano? Qué es lo que eso tiene de sexy? Qué tiene de sexy que alguien tenga que parecerse al ano de un ganso?” Supongo que a la directora también le molestó que mirasen su película con el ojo de un ganso.
p.d.: me recomiendan un excelente link a algunos dibujos de la autora, en
http://satrapi.blogs.nytimes.com/?8qa

Alejandro Jodorowsky, otro chileno de la cabeza

Hoy vi “El Topo,” una vieja película de Alejandro Jodorowsky (Iquique, Chile, 1929). “El Topo” data de 1970, dura más de dos horas, y carga con el mito de ser la película favorita de Lennon y Yoko Ono, quienes además ayudaron a estrenar el film en los Estados Unidos. Una mezcla de Dalí y Buñuel enloquecidos, Jodorowsly filma algo así como un western lleno de sangre, protagonizado por un hippie que termina convirtiéndose en monje budista en medio del desierto. La película comienza con el actor principal (el propio Jodorowsky, quien además de protagonizarla y dirigirla, hizo la música del film) andando a caballo por el desierto, en compañía de su pequeño hijo desnudo; y termina con Jodorowski, ya monje, inmolándose con una lámpara de aceite que decide vaciarse en la cabeza (una escena que homenajea a los monjes budistas que en esos años se inmolaban en acción de protesta frente a la guerra de Vietnam). La película muestra algunos de los cielos y arenas más hermosos jamás filmados (en lo que a mí respecta, sólo recuerdo paisajes semejantes en los cielos que le filmó el argentino Diego Martinez Vignatti al mexicano Carlos Reygadas). Casi no hay cuadro de la película que no merezca ser separado del resto y exhibido como una pintura con vida propia. Entre otras escenas curiosas, “El Topo” incluye imágenes de un grupo de deformes escapando por entre las montañas; un padre pateando a su hijo para abandonarlo en el desierto; una ingesta de cangresos alucinógenos; una especie de monstruo humano conformado por una persona sin brazos enancando a otra sin piernas; mezclas raras de lesbianismo ensangrentado; un cura que, armado, incita al pueblo a jugar a la ruleta rusa; repetidas escenas de amor entre Jodorowsky y sus parejas (en la segunda parte del film, su pareja es una mujer enana y renga, a la que se muestra sin ropas frente a una multitud que ríe de ella); y escenas de unas viejas perversas violando a un esclavo africano que harían enrojecer al compatriota Jorge Polaco y su Margotita. Cuento esto y es un escándalo, pero "El Topo" se convirtió en objeto de culto, inauguró en los Estados Unidos el fenómeno de los films sólo pasados a la medianoche, y ganó entre sus adeptos a David Lynch, Marlyn Manson (quien estuvo por protagonizar la secuela de la película) y Dennis Hopper, por si a alguien le interesara esto. No me explico cómo pudo hacer Jodorowsky para filmar esta historia cuando lo hizo: sólo en las obras de Buñuel vi imágenes tan radicales, pero no tan bien filmadas como éstas. Cuando produjo “El Topo,” Jodorowsky debió estar alucinado o con el cerebro dañado: Qué genial! Qué delirio!

20 oct 2007

La fiesta del monstruo

Luego de una micro-polemica que se instalo por ahi abajo sobre borges, queria colgar un texto que se encuentra en la web, y que representa uno de los escritos mas politicos y polemicos de borges (con bioy): "La fiesta del monstruo," donde borges y bioy dan muestra, con formidable talento y manejo de la lengua popular, de su mirada anti-peronista mas furibunda. El texto es un manjar para quieren ver al borges mas anti-popular, pero tambien una muestra extraordinaria de su estilo mas filoso e ironico.

H. Bustos Domecq
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Te prevengo, Nelly, que fue una jornada cívica en forma. Yo, en mi condición de pie plano, y de propenso a que se me ataje el resuello por el pescuezo corto y la panza hipopótama, tuve un serio oponente en la fatiga, máxime calculando que la noche antes yo pensaba acostarme con las gallinas, cosa de no quedar como un crosta en la performance del feriado. Mi plan era sume y reste: apersonarme a las veinte y treinta en el Comité; a las veintiuna caer como un soponcio en la cama jaula, para dar curso, con el Colt como un bulto bajo la almohada, al Gran Sueño del Siglo, y estar en pie al primer cacareo, cuando pasaran a recolectarme los del camión. Pero decime una cosa ¿vos no creés que la suerte es como la lotería, que se encarniza favoreciendo a los otros? En el propio puentecito de tablas, frente a la caminera, casi aprendo a nadar en agua abombada con la sorpresa de correr al encuentro del amigo Diente de Leche, que es uno de esos puntos que uno se encuentra de vez en cuando. Ni bien le vi su cara de presupuestívoro, palpité que él también iba al Comité y, ya en tren de mandarnos un enfoque del panorama del día, entramos a hablar de la distribución de bufosos para el magno desfile, y de un ruso que ni llovido del cielo, que los abonaba como fierro viejo en Berazategui. Mientras formábamos en la cola, pugnamos por decirnos al vesre que una vez en posesión del arma de fuego nos daríamos traslado a Berazategui aunque a cada uno lo portara el otro a babucha, y allí, luego de empastarnos el bajo vientre con escarola, en base al producido de las armas, sacaríamos, ante el asombro general del empleado de turno ¡dos boletos de vuelta para Tolosa! Pero fue como si habláramos en inglés, porque Diente no pescaba ni un chiquito, ni yo tampoco, y los compañeros de fila prestaban su servicio de intérprete, que casi me perforan el tímpano, y se pasaban el Faber cachuzo para anotar la dirección del ruso. Felizmente, el señor Marforio, que es más flaco que la ranura de la máquina de monedita, es un amigo de ésos que mientras usted lo confunde con un montículo de caspa, está pulsando los más delicados resortes del alma del popolino, y así no es gracia que nos frenara en seco la manganeta, postergando la distribución para el día mismo del acto, con pretexto de una demora del Departamento de Policía en la remesa de las armas. Antes de hora y media de plantón, en una cola que ni para comprar kerosene, recibimos de propios labios del señor Pizzurno, orden de despejar al trote, que la cumplimos con cada viva entusiasta que no alcanzaron a cortar enteramente los escobazos rabiosos de ese tullido que hace las veces de portero en el Comité.A una distancia prudencial, la barra se rehizo. Loiácono e puso a hablar que ni la radio de la vecina. La vaina de esos cabezones con labia es que a uno le calientan el mate y después el tipo ?vulgo el abajo firmante- no sabe para dónde agarrar y me lo tienen jugando al tresiete en el almacén de Bernárdez, que vos a lo mejor te amargás con la ilusión que anduve de farra y la triste verdad fue que me pelaron hasta el último votacén, si el consuelo de cantar la nápola, tan siquiera una vuelta.
(Tranquila Nelly, que el guardaguja se cansó de morfarte con la visual y ahora se retira, como un bacán en la zorra. Dejale a tu pato Donald que te dé otro pellizco en el cogotito).
Cuando por fin me enrosqué en la cucha, yo registraba tal cansancio en los pieses que al inmediato capté que el sueñito reparador ya era de los míos. No contaba con ese contrincante que es el más sano patriotismo. No pensaba más que en el Monstruo y al otro día lo vería sonreírse y hablar como el gran laburante argentino que es. Te prometo que vine tan excitado que al rato me estorbaba la cubija para respirar como un ballenato. Reciencito a la hora de la perrera concilié el sueño, que resultó tan cansador como no dormir, aunque soñé primero con una tarde, cuando era pibe, que la finada mi madre me llevó a una quinta. Creeme, Nelly, que yo nunca había vuelto a pensar en esa tarde, pero en el sueño comprendí que era la más feliz de mi vida, y eso que no recuerdo nada sino un agua con hojas reflejadas y un perro muy blanco y muy manso, que yo le acariciaba el Lomuto; por suerte salí de esas purretadas y soñé con los modernos temarios que están en el marcador: el Monstruo me había nombrado su mascota y, algo después, su Gran Perro Bonzo. Desperté y, para haber soñado tanto destropósito, había dormido cinco minutos. Resolví cortar por lo sano: me di una friega con el trapo de la cocina, guardé todos los callordas en el calzado Fray Mocho, me enredé que ni un pulpo entre las mangas y las piernas de la combinación mameluco-, vestí la corbatita de lana con dibujos animados que me regalaste el Día del Colectivero y salí sudando grasa porque algún cascarudo habrá transitado por la vía pública y lo tomé por el camión. A cada falsa alarma que pudiera, o no, tomarse por el camión, yo salía como taponazo al trote gimnástico, salvando las sesenta varas que hay desde el tercer patio a la puerta de calle. Con entusiasmo juvenil entonaba la marcha que es nuestra bandera, pero a las doce menos diez, vine afónico y ya no me tiraban con todo los magnates del primer patio. A las trece y veinte llegó el camión, que se había adelantado a la hora y cuando los compañeros de cruzada tuvieron el alegrón de verme, que ni me había desayunado con el pan del loro de la señora encargada, todos votaban por dejarme, con el pretexto que viajaban en un camión carnicero y no en una grúa. Me les enganché como acoplado y me dijeron que si les prometía no dar a luz antes de llegar a Espeleta, me portarían en mi condición de fardo, pero al fin se dejaron convencer y medio me izaron. Tomó furia como una golondrina el camión de la juventud y antes de media cuadra paró en seco frente del Comité. Salió un tape canoso, que era un gusto cómo nos baqueteaba y, antes que nos pudieran facilitar, con toda consideración, el libro de quejas, ya estábamos traspirando en un brete, que ni si tuviéramos las nucas de queso Mascarpone. A bufoso por barba fue la distribución alfabética; compenetrate, Nelly; a cada revólver le tocaba uno de nosotros. Sin el mínimo margen prudencial para hacer cola frente al Caballeros, o tan siquiera para someter a la subasta un arma en buen uso, nos guardaba el tape en el camión del que ya no nos evadiríamos sin una tarjetita de recomendación para el camionero.
A la voz de ¡aura y se fue! Nos tuvieron hora y media al rayo del sol, a la vista por suerte, de nuestra querida Tolosa, que en cuanto el botón salía a correrlos, los pibes nos tenían a hondazo limpio, como si en cada uno de nosotros apreciaran menos el compatriota desinteresado que el pajarito para la polenta. Al promediar la primera hora, reinaba en el camión esa tirantez que es la base de toda reunión social pero después la merza me puso de buen humor con la pregunta si me había anotado para el concurso de la Reina Victoria, una indirecta vos sabés, a esta panza bombo, que siempre dicen que tendría que ser de vidrio para que yo me divisara aunque sea un poquito, los basamentos horma 44. Yo estaba tan afónico que parecía adornado con el bozal, pero a la hora y minutos de tragar tierra, medio recuperé esta lengüita de Campana y, hombro a hombro con los compañeros de brecha, no quise restar mi concurso a la masa coral que despachaba a todo pulmón la marchita del Monstruo, y ensayé hasta medio berrido que más bien salió francamente un hipo, que si no abro el paragüita que dejé en casa, ando en canoa con cada salivazo que usted me confunde con Vito Dumas, el Navegante Solitario. Por fin arrancamos y entonces sí que corrió el aire, que era como tomarse el baño en la olla de la sopa, y uno almorzaba un sangüiche de chorizo, otro su arrolladito de salame, otro su panetún, otro su media botella de Vascolet y el de más allá la milanesa fría, pero más bien todo eso vino a suceder ora vuelta, cuando fuimos a la Ensenada, pero como yo no concurrí, más gano si no hablo. No me cansaba de pensar que toda esa muchachada moderna y sana pensaba en todo como yo, porque hasta el más abúlico oye las emisiones en cadena, quieras que no. Todos éramos argentinos, todos de corta edad, todos del Sur y nos precipitábamos al encuentro de nuestros hermanos gemelos que, en camiones idénticos procedían de Fiorito y Villa Domínico, de Ciudadela, de Villa Luro, de La Paternal, aunque por Villa Crespo pulula el ruso y yo digo que más vale la pena acusar su domicilio legal en Tolosa Norte.
¡Qué entusiasmo partidario te perdiste, Nelly! En cada foco de población muerto de hambre se nos quería colar una verdadera avalancha que la tenía emberretinada el más puro idealismo, pero el capo de nuestra carrada, Garfunkel, sabía repeler como corresponde a ese fabarutaje sin abuela, máxime si te metés en el coco que entre tanto mascalzone patentado bien se podía emboscar un quintacolumna como luz, de esos que antes que usted dea la vuelta del mundo en ochenta días me lo convencen que es un crosta y el Monstruo un instrumento de la Compañía de Teléfono. No te digo niente de más de un cagastume que se acogía a esas purgas para darse de baja en el confusionismo y repatriarse a casita lo más liviano; pero embromate y confesá que de dos chichipíos el uno nace descalzo y el otro con patín de munición, porque vuelta que yo creía descolgarme del carro era patada del señor Garfunkel que me restituía al seno de los valientes. En las primeras etapas los locales nos recibían con entusiasmo francamente contagioso, pero el señor Garfunkel, que no es de los que portan la piojosa puro adorno, le tenía prohibido al camionero sujetar la velocidad, no fuera algún avivato a ensayar la fuga relámpago. Otro gallo nos cantó en Quilmes, donde el crostaje tuvo permiso para desentumecer los callos plantales, pero ¿quién, tan lejos del pago iba a apartarse del grupo? Hasta ese momentazo, dijera el propio Zoppi o su mamá, todo marchó como un dibujo, pero el nerviosismo cundió entre la merza cuando el trompa, vulgo Garfunkel, nos puso blandos al tacto con la imposición de deponer en cada paredón el nombre del Monstruo, para ganar de nuevo el vehículo, a velocidad de purgante, no fuera algún cabreira a cabrearse y a venir calveira pegándonos. Cuando sonó la hora de la prueba empuñé el bufoso y bajé resuelto a todo, Nelly, anche a venderlo por menos de tres pessolanos. Pero ni un solo cliente asomó el hocico y me di el gusto de garabatear en la tapia unas letras frangollo, que si invierto un minuto más, el camión me da el esquinazo y se lo traga el horizonte rumbo al civismo, a la aglomeración, a la fratellanza, a la fiesta del Monstruo. Como para aglomeración estaba el camión cuando volví hecho un queso con camiseta, con la lengua de afuera. Se había sentado en la retranca y estaba tan quieto que sólo le faltaba el marco artístico para ser una foto. A Dios gracias formaba entre los nuestros el gangoso Tabacman, más conocido como Tornillo sin Fin, que es el empedernido de la mecánica, y a la media hora de buscarle el motor y de tomarse toda la Bilz de mi segundo estómago de camello, que así yo pugno que le digan siempre a mi cantimplora, se mandó con toda franqueza su ?a mí que me registren?, porque el Fargo a las claras le resultaba una firme ilegible.

Bien me parece tener leído en uno de esos quioscos fetentes que no hay mal que por bien no venga, y así Tata Dios nos facilitó una bicicleta olvidada en contra de una quinta de verdura, que a mi ver el bicicletista estaba en proceso de recauchutaje, porque no asomó la fosa nasal cuando el propio Garfunkel le calentó el asiento con la culata. De ahí arrancó como si hubiera olido todo un cuadrito de escarola, que más bien parecía que el propio Zoppi o su mamá le hubiera munido el upite de un petardo Fu-Man-Chú. No faltó quien se aflojara la faja para reírse al verlo pedalear tan garufiento, pero a las cuatro cuadras de pisarles los talones lo perdieron de vista, causa que el peatón, aunque se habilite las manos con el calzado Pecus, no suele mantener su laurel de invicto frente a Don Bicicleta. El entusiasmo de la conciencia en marcha hizo que en menos tiempo del que vos, gordeta, invertís en dejar el mostrador sin factura, el hombre se despistara en el horizonte, para mí que rumbo a la cucha, a Tolosa.Tu chanchito te va a ser confidencial, Nelly: quien más, quien menos ya pedaleaba con la comezón del gran Spiantujen, pero como yo no dejo siempre de recalcar en las horas que el luchador viene enervado y se aglomeran los más negros pronósticos, despunta el delantero fenómeno que marca goal; para la patria, para el Monstruo; para nuestra merza en franca descomposición, el camionero. Ese patriota que le sacó el sombrero se corrió como patinada y paró en seco al más avivato del grupo en fuga. Le aplicó súbito un mensaje que al día siguiente, por los chichones, todos me confundían con la yegua tubiana del panadero. Desde el suelo me mandé cada hurra que los vecinos se incrustaban el pulgar en el tímpano. De mientras, el camionero nos puso en fila india a los patriotas, que si alguno quería desapartarse, el de atrás tenía carta blanca para atribuirle cada patada en el culantro que todavía me duele sentarme. Calculate, Nelly, qué tarro el último de la fila ¡nadie le shoteaba la retaguardia! Era, cuándo no, el camionero, que nos arrió como a concentración de pie planos hasta la zona, que no trepido en caracterizar como de la órbita de Don Bosco, vale, de Wilde. Ahí la casualidad quiso que el destino nos pusiera al alcance de un ónibus rumbo al descanso de hacienda de La Negra, que ni llovido por Baigorri. El camionero, que se lo tenía bien remanyado al guarda-conductor, causa de haber sido los dos ?en los tiempos heroicos del Zoológico popular de Villa Domínico- mitades de un mismo camello, le suplicó a ese catalán de que nos portara. Antes que se pudiera mandar su Suba Zubizarreta de práctica, ya todos engrosamos el contingente de los que llenábamos el vehículo, riéndonos hasta enseñar las vegetaciones, del puntaje senza potencia, que, por razón de quedar cola, no alcanzó a incrustarse en el vehículo, quedando como quien dice ?vía libre? para volver, sin tanta mala sangre, a Tolosa. Te exagero, Nelly, que íbamos como en onibus, que sudábamos propio como sardinas, que si vos te mandás el vistazo, el señoras de Berazategui te viene chico. ¡Las historietas de regular interés que se dieron curso! No te digo niente de la olorosa que cantó por lo bajo el tano Potasman, a la misma vista de Sarandí y de aquí lo aplaudo como un cuadrumano a Tornillo sin Fin que en buena ley vino a ganar su medallón de Vero Desopilante, obligándome bajo amenaza de tincazo en los quimbos, a abrir la boca y cerrar los ojos: broma que aprovechó sin un desmayo para enllenarme las entremuelas con la pelusa y los demás producidos de los fundillos. Pero hasta las perdices cansan y cuando ya no sabíamos lo que hacer, un veterano me pasó la cortaplumita y la empuñamos todos a uno para más bien dejar como colador el cuero de los asientos. Para despistar, todos nos reíamos de mí; en después no faltó uno de esos vivancos que saltan como pulgas y vienen incrustados en el asfáltico, cosa de evacuarse del carromato antes que el guarda-conductor sorprendiera los desperfectos. El primero que aterrizó fue Simón Tabacman que quedó propio ñato con el culazo; muy luego Fideo Zoppi o su mamá; de último, aunque reviente de la rabia, Rabasco; acto continuo, Spatola; doppo, el vasco Speciale. En el itnerinato, Monpurgo se prestó por lo bajo al gran rejunte de papeles y bolsas de papel, idea fija de acopiar elemento para una fogarata en forma que hiciera pasto de las llamas al Broackway, propósito de escamotear a un severo examen la marca que dejó el cortaplumita. Pirosanto, que es un gangoso sin abuela, de esos que en el bolsillo portan menos pelusa que fósforos, se dispersó en el primer viraje, para evitar el préstamo de Rancherita, no sin comprometer la fuga, eso sí, con un cigarrillo Volcán que me sonsacó de la boca. Yo, sin ánimo de ostentación y para darme un poco de corte, estaba ya frunciendo la jeta para debatir la primera pitada cuando el Pirosanto, de un saque, capturó el cigarrillo, y Morpurgo, como quien me dora la píldora, acogió el fósforo que ya me doraba los sabañones y metió fuego al papelamen. Sin tan siquiera sacarse el rancho, el funyi o la galera, Morpurgo se largó a la calle, pero yo panza y todo, lo madrugué y me tiré un rato antes y así pude brindarle un colchón, que amortiguó el impacto y cuasi me desfonda la busarda con los noventa kilos que acusa. Sandié, cuando me descalcé de esta boca los tamanguses hasta la rodilla de Manolo Morpurgo, l´ónibus ardía en el horizonte, mismo como el spiedo de Perosio, y el guarda-conductor-propietario, lloraba dele que dele ese capital que se le volvía humo negro. La barra, siendo más, se reía, pronta, lo juro por el Monstruo, a darse a la fuga si se irritaba el ciervo. Tornillo, que es el bufo tamaño mole, se le ocurrió un chiste que al escucharlo vos con la boca abierta vendrás de gelatina con la risa. Atenti, Nelly. Desemporcate las orejas, que ahí va. Uno, dos, tres y PUM. Dijo ?pero no te me vuelvas a distraer con el spiantaja que le guiñás el ojo- que el ónibus ardía mismo como el spiedo de Perosio. Ja, ja, ja.

Yo estaba lo más campante, pero la procesión iba por dentro. Vos, que cada parola que se me cae de los molares, la grabás en los sesos con el formón, tal vez hagas memoria del camionero, que fue medio camello con el del ónibus. Si me entendés, la fija que ese cachascán se mandaría cada alianza con el lacrimógeno para punir nuestra fea conducta estaba en la cabeza de los más linces. Pero no temás por tu conejito querido: el camionero se mandó un enfoque sereno y adivinó que el otro, sin ónibus, ya no era un oligarca que vale la pena romperse todo. Se sonrió como el gran bonachón que es; repartió, para mantener la disciplina, algún rodillazo amistoso (aquí tenés el diente que me saltó y se lo compré después para recuerdo) y ¡cierren filas y paso redoblado, marrr!¡Lo que es la adhesión! La gallarda columna se infiltraba en las lagunas anegadizas, cuando no en las montañas de basura, que acusan el acceso a la Capital, sin más defección que una tercera parte, grosso modo, del aglutinado inicial que zarpó de Tolosa. Algún inveterado se había propasado a medio encender su cigarrillo Salutaris, claro está, Nelly, que con el visto bueno del camionero. Qué cuadro para ponerlo en colores: portaba el estandarte, Spátola, con la camiseta de toda confianza sobre la demás ropa de lana; lo seguían de cuatro en fondo, Tornillo, etc.
Serían recién las diecinueve de la tarde cuando al fin llegamos a la Avenida Mitre. Morpurgo se rió todo de pensar que ya estábamos en Avellaneda. También se reían los bacanes, que a riesgo de caer de los balcones, vehículos y demás bañaderas, se reían de vernos de a pie, sin el menor rodado. Felizmente Babuglia en todo piensa y en la otra banda del Riachuelo se estaban herrumbrando unos camiones e nacionalidad canadiense, que el Instituto, siempre attenti, adquirió en calidad de rompecabezas de la Sección Demoliciones del ejército americano. Trepamos con el mono a uno caki y entonando el ?Adiós, que me voy llorando? esperamos que un loco del Ente Autónomo, fiscalizado por Tornillo Sin Fin, activara la instalación del motor. Suerte que Rabasco, a pesar de esa cara de fundillo, tenía cuña con un guardia del Monopolio y, previo pago de boletos, completamos un bondi eléctrico, que metía más ruido que un solo gaita. El bondi ?talán, talán- agarró p?al Centro; iba superbo como una madre joven que, soto la mirada del babo, porta en la panza las modernas generaciones que mañana reclamarán su lugar en las grandes meriendas de la vida... En su seno, con un tobillo en el estribo y otro sin domicilio legal, iba tu payaso querido, iba yo. Dijera un observador que el bondi cantaba; hendía el aire impulsado por el canto; los cantores éramos nosotros. Poco antes de la calle Belgrano la velocidad paró en seco desde unos veinticuatro minutos; yo traspiraba para comprender, y anche la gran turba como hormiga de más y más automotores, que no dejaba que nuestro medio de locomoción diera materialmente un paso.
El camionero rechinó con la consigna ¡Abajo chichipíos! y ya nos bajamos en el cruce de Tacuarí y Belgrano. A las dos o tres cuadras de caminarla, se planteó sobre tablas la interrogante: el garguero estaba reseco y pedía líquido. El Emporio y Despacho de Bebidas Puga y Gallach ofrecía un principio de solución. Pero te quiero ver, escopeta: ¿cómo abonábamos? En ese vericueto, el camionero se nos vino a manifestar como todo un expeditivo. A la vista y paciencia de un perro dogo, que terminó por verlo al revés, me tiró cada zancadilla delante de la merza hilarante, que me encasqueté una rejilla como sombrero hasta el masute, y del chaleco se rodó la chirola que yo había rejuntado para no hacer tan triste papel cuando cundiera el carrito de la ricotta. La chirola engrosó la bolsa común y el camionero, satisfecho mi asunto, pasó a atender a Souza, que es la mano derecha de Gouveia, el de los pegotes Pereyra ?sabés- que vez pasada se impusieron también como la Tapioca Científica. Souza, que vive para el Pegote, ews cobrador del mismo, y así no es gracia que dado vuelta pusiera en circulación tantos biglietes de hasta cero cincuenta que no habrá visto tantos juntos ni el Loco Calcamonía, que marchó preso cuando aplicaba la pintura mondongo a su primer bigliete. Los de Souza, por lo demás, no eran falsos y abonaron, contantes y sonantes, el importe neto de las Chissottis, que salimos como el que puso seca la mamajuana. Bo, cuando cacha la guitarra, se cree Gardel. Es más, se cree Gotuso. Es más, se cree Garófalo. Es más, se cree Giganti-Tomassoni. Guitarra, propio no había en ese local, pero a Bo le dio con “Adiós Pampa Mía” y todos lo coreamos y la columna juvenil era un solo grito. Cada uno, malgrado su corta edad, cantaba lo que le pedía el cuerpo, hasta que vino a distraernos un sinagoga que mandaba respeto con la barba. A ese le perdonamos la vida, pero no se escurrió tan fácil otro de formato menor, más manuable, más práctico, de manejo más ágil. Era un miserable cuatro ojos, sin la musculatura del deportivo. El pelo era colorado, los libros bajo el brazo y de estudio. Se registró como un distraído que cuasi se lleva por delante a nuestro abanderado, Spátola. Bonfirraro, que es el chinche de los detalles, dijo que él no iba a tolerar que un impune desacatara el estandarte y foto del Monstruo. Ahí nomás lo chumbó al Nene Tonelada, de apelativo Cagnazzo, para que procediera. Tonelada, que siempre es el mismo, me soltó cada oreja, que la tenía enrollada como el cartucho de los manises y, cosa de caerle simpático a Bonfirraro, le dijo al rusovita que mostrara un cachito más de respeto a la opinión ajena, señor, y saludara a la figura del Monstruo. El otro contestó con el despropósito que él también tenía su opinión. El Nene, que las explicaciones lo cansan, lo arrempujó con una mano que si el carnicero la ve, se acabó la escasez de la carnasa y el bife de chorizo. Lo rempujó a un terreno baldío, de esos que en el día menos pensado levantan una playa de estacionamiento y el punto vino a quedar contra los nueve pisos de una pared senza finestra ni ventana. De mientras los traseros nos presionaban con la comezón de observar y los de fila cero quedamos como sangüche de salame entre esos locos que pugnaban por una visión panorámica y el pobre quimicointas acorralado que, vaya usted a saber, se irritaba. Tonelada, atento al peligro, reculó para atrás y todos nos abrimos como abanico dejando al descubierto una cancha del tamaño de un semicírculo, pero sin orificio de salida, porque de muro a muro estaba la merza. Todos bramábamos como el pabellón de los osos y nos rechinaban los dientes, pero el camionero, que no se le escapa un pelo en la sopa, palpitó que más o menos de uno estaba por mandar in mente su plan de evasión. Chiflido va, chiflido viene, nos puso sobre la pista de un montón aparente de cascote, que se brindaba al observador. Te recordarás que esa tarde el termómetro marcaba una temperatura de sopa y no me vas a discutir que un porcentaje nos sacamos el saco. Lo pusimos de guardarropa al pibe Saulino, que así no pudo participar en el apedreo. El primer cascotazo lo acertó, de puro tarro, Tabacman, y le desparramó las encías, y la sangre era un chorro negro. Yo me calenté con la sangre y le arrimé otro viaje con un cascote que le aplasté una oreja y ya perdí la cuenta de los impactos, porque el bombardeo era masivo. Fue desopilante; el jude se puso de rodillas y miró al cielo y rezó como ausente en su media lengua. Cuando sonaron las campanas de Monserrat se cayó, porque estaba muerto. Nosotros nos desfogamos un rato más, con pedradas que ya no le dolían. Te lo juro, Nelly, pusimos el cadáver hecho una lástima. Luego Morpurgo, para que los muchachos se rieran, me hizo clavar la cortapluma en lo que hacía las veces de cara.
Después del ejercicio que acalora me puse el saco, maniobra de evitar un resfrío, que por la parte baja te representa cero treinta en Genioles. El pescuezo lo añudé en la bufanda que vos zurciste con tus dedos de hada y acondicioné las orejas sotto el chambergolino, pero la gran sorpresa del día la vino a detentar Pirosanto, con la ponenda de meterle fuego al rejunta piedras, previa realización en remate de anteojos y vestuario. El remate no fue suceso. Los anteojos andaban misturados con la viscosidad de los ojos y el ambo era un engrudo con la sangre. También los libros resultaron un clavo, por saturación de restos orgánicos. La suerte fue que el camionero (que resultó ser Graffiacane), pudo rescatarse su reloj del sistema Roskopf sobre diecisiete rubíes, y Bonfirraro se encargó de una cartera Fabricant, con hasta nueve pesos con veinte y una instantánea de una señorita profesora de piano, y el otario Rabasco se tuvo que contentar con un estuche Bausch para lentes y la lapicera fuente Plumex, para no decir nada del anillo de la antigua casa Poplavsky.Presto, fordeta, quedó relegado al olvido ese episodio callejero. Banderas de Boitano que tremolan, toques de clarín que vigoran, doquier la masa popular, formidavel. En la Plaza de Mayo nos arengó la gran descarga eléctrica que se firma doctor Marcelo N. Frogman. Nos puso en forma para lo que vino después: la palabra del Monstruo. Estas orejas la escucharon, gordeta, mismo como todo el país, porque el discurso se transmite en cadena.
Pujato, 24 de noviembre de 1947.

19 oct 2007

Ovejitas

Me había comentado mi amiga Carolina -y hoy lo vuelvo a leer en Página- que la campaña del Partido del Pueblo Suizo, el SVP, venía tomando un color más oscuro, si es que vale la expresión. Parece que la ciudad (Ginebra en el caso que me comentaban) está inundada con carteles en donde unas tiernas ovejitas blancas aparecen pateando a una oveja negra fuera del país, y fuera de la bandera rojiblanca suiza. Según Página, el “poster fue descripto por un comité controlador de la ONU como ´abiertamente racista’ y se cree que fue el factor que catalizó las protestas contra el SVP en la capital suiza, Berna, hace tres semanas." El millonario y ministro suizo de Justicia, Christoph Blocher, líder del Partido del Pueblo, dijo en una entrevista esta semana: “La expresión ‘oveja negra’ existe en todos los idiomas. ¿Cómo puede alguien pensar seriamente que estábamos señalando con el dedo a los africanos? Todos saben que ‘oveja negra’ quiere decir los delincuentes extranjeros que deben ser expulsados”. El cartel, como nos comentan abajo, puede verse en: www.svp.ch (una experiencia fuerte)

17 oct 2007

El poema favorito de mi amigo Felix O.

Itaca, de Constantin Cavafis

Cuando inicies tu viaje a Ítaca,
ruega que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de conocimiento.
No temas a los Lestrigonios
y los Cíclopes y al furiosos Poseidón.
Jamás encontrarás tales cosas en tu camino,
si tus pensamientos se mantienen elevados, si una bella
emoción toca tu cuerpo y tu espíritu.
Jamás encontrarás a los Lestrigonios,
a los Cíclopes y al fiero Poseidón,
si no los llevas contigo dentro de tu alma,
si tu alma no los alza frente a ti.
Ruega entonces que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas de verano,
en que entres a puertos por primera vez vistos
¡con qué placer, con qué alegría!
Detente en los mercados fenicios,
y compra mercadería fina,
nácar y corales, ámbar y ébano,
y perfumes agradables de toda especie.,
compra tantos perfumes agradables como puedas;
visita una multitud de ciudades egipcias,
para aprender y aprender de aquellos que tienen conocimiento.
Mantén siempre Ítaca fija en tu mente.
Llegar allí es tu meta última.
Pero no apresures el viaje para nada.
Es mejor dejarlo durar por largos años;
e incluso anclar junto a la isla cuando ya estés viejo,
rico con todo lo que has ganado en el camino,
sin esperar que Ítaca te dé riquezas.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te habrá defraudado.
Con la gran sabiduría que habrás ganado, con tanta experiencia,
ya habrás entendido para entonces lo que estas Ítacas significan.

16 oct 2007

Trompeta

Mientras tanto, el millonario Donald Trump anuncia, a página completa en el NYT, su nuevo libro, Think Big and Kick Ass, realmente interesante, al menos por lo que el título sutilmente nos sugiere. El libro se publicita con una frase del autor, diciendo “Es lo mejor de todo lo que he escrito”(...) Y luego “Los secretos de mi éxito. Ahora puede hacerlos suyos.” En la portada del libro, el autor grita desbocado, logrando al menos que su peluquete color de oro no se mueva. Demasiadas emociones juntas.

Tiempos demasiado peligrosos

Perilous Times: Free Speech in Wartime From the Sedition Act of 1798 to the War on Terrorism By Geoffrey R. Stone
730 pages. W.W. Norton & Company.

En su libro “Tiempos Peligrosos,” el ex decano de la facultad de derecho de Chicago, Geoffrey Stone da cuenta de una historia interesante: muestra el modo en que, en los momentos en que más se la necesitaba, la libertad de expresión fue sistemáticamente coartada. Consistentemente, en tiempos de guerra, la voz de los disidentes resultó restringida, de distintas maneras. De modo habitual, tales iniciativas tomadas por el poder político fueron certificadas y legitimadas por la Corte Suprema (aunque, cabe notarlo, no siempre estos actos llegaron a los estrados del máximo tribunal).
Stone distingue 6 períodos fundamentales, que vienen a probar su tesis.
1)Durante la presidencia de John Adams, el partido en el poder dictó las vergonzantes Sedition Acts de 1798, que prohibieron que cualquier persona escribiera, publicara o utilizara frases de naturaleza “falsa, escandalosa y maliciosa” contrarias al gobierno -algo que sistemáticamente se utilizó para fortalecer el poder de los Federalistas en el gobierno.
2)Durante la Guerra Civil, el Presidente Lincoln suspendió el derecho a un habeas corpus en 8 ocasiones, al tiempo en que se arrestó a individuos que desarrollaron discursos contrarios al gobierno.
3)Durante la Primera Guerra Mundial, el gobierno de Wilson persiguió a más de 2000 personas por su opisición a la guerra. El Espionage Act de 1917 y la Sedition Act de 1918 permitieron condenar a opositores por períodos de hasta 10 o 20 años.
4)Durante la Segunda Guerra Mundial, 120,000 japoneses o descendientes de japoneses fueron internados en virtuales campos de concentración. El Alien Registration Act de 1940 (the Smith Act) prohibió, por su parte, los discursos destinados a derrocar al gobierno, mientras que un comité legislativo comenzó a investigar las actividades anti-americanas, y a quienes supuestamente las desarrollaban.
5)Durante la guerra fría, el Presidente Truman creó un programa de lealtad al gobierno para todos los empleados públicos; y el Un-American Activities Committee citó a más de 135 personas por actividades aparentemente contrarias al gobierno. Este fue el período en donde el famoso senador Joseph McCarthy desarrolló sus cuestionadas actividades de investigación sobre personas y asociaciones. La Corte acompañó condenando a líderes de partidos o agrupaciones de izquierda, como Eugene Debbs, bajo la vaga y no comprobada acusación de conspirar contra el gobierno.
6)Durate la guerra de Vietnam, el FBI desarrolló un programa destinado a neutralizar y disrumpir las actividades de los disidentes. El gobierno procuró por todos los medios impedir la publicación de los famosos “Pentagon Papers,” y al mismo tiempo persiguió a aquellos críticos que quemaban o faltaban el respeto a la bandera nacional o destruían sus cartas de reclutamiento. En 1968, la Corte condenó a un individuo por la quema de bandera, rechazando la idea de que esta fuera una expresión protegida. Cabe decir, sin embargo, que la Corte sí permitió la publicación de parte de los “Pentagon Papers.” Esta fue, según Stone, LA PRIMERA VEZ EN LA HISTORIA NORTEAMERICANA EN QUE LA CORTE SE PUSO DE PIE, EN EPOCA DE GUERRA, PARA TOMAR UNA DECISION PROTECTIVA DE LA LIBERTAD DE EXPRESION.
El período que queda para el análisis actual es el que nace luego del 11 de Septiembre, enmarcado por la vigencia de la Patriotic Act.
(El post resume las opiniones de varios sitios sobre el libro. El texto me fue recomendado por Adam Przeworski)

15 oct 2007

Una pelicula sobre el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria chileno)

Esta tarde (ultimo dia del festival de cine de ny), vi la pelicula "Calle Santa Fe," escrita, dirigida y protagonizada por Carmen Castillo. La pelicula cuenta la historia de la autora, dirigente historica del MIR, Movimiento de Izquierda Revolucionaria chileno (se pueden ver fotos y documentos del MIR en el sitio del movimiento:
http://www.mir-chile.cl/ ). Castillo fue la pareja del principal lider de la organizacion, Miguel Enriquez, muerto en un tiroteo el 5 de octubre de 1974, en la casa donde cohabitaban, en la calle Santa Fe. Ella pudo sobrevivir al hecho, y milagrosamente fue expulsada del pais, con vida, posiblemente gracias a que estaba embarazada, y a que su caso tuvo inmediata resonancia internacional. Varias cosas me conmovieron de la pelicula. Entre ellas, enumeraria
* La radicalidad de la directora/militante, para enfrentarse -dandole un debido lugar en la pelicula- a las criticas de algunos jovenes, sobre todo los participantes del "proyecto hogares." Notablemente, a traves de este proyecto muchos militantes (y Carmen misma) entregaron sus hijos a un proyecto comunitario, mientras ellos volvian a la militancia, desde el exilio. En su caso, ello implico separarse de su hija por mas de una decada, y desde la mas temprana edad de la chica. Una de las jovenes a las que entrevista le dice, sobre su madre, y con los ojos lagrimeantes: "Yo, despues de mucho tiempo, llegue a entender a mi madre, yo la entiendo. Pero lo se, que en el fondo de mi, todavia no puedo superar lo que hizo conmigo." Devastador.
* En un episodio similar, Carmen relata a un joven su proyecto de recuperar la casa donde ella viviera en la clandestinidad, un anio, con Miguel -la casa donde el encontro la muerte. Ella le pregunta su opinion a un joven, actual militante de izquierda radical, quien le dice, con una sinceridad abrumadora "es que estamos un poco cansado de los homenajes, los recuerdos, que vuelvan con el dolor y las fechas...Por eso es que el proyecto, la verdad, no nos calienta demasiado." Carmen queda golpeada por lo que le dicen. Finalmente, no recuperara la casa, pero dejara una placa frente a ella. (Y algo llamativo tambien: ninguno de los jovenes aparece al final de la pelicula, cuando vuelven con nombres, datos e imagenes los rostros de cada uno de los militantes que hablan en la pelicula)
* Tambien hay autocritica en Carmen, a pesar de su dureza, a pesar de nunca mostrar sus lagrimas, a pesar del caracter rasposo, duro, que le ha dejado una vida de esas caracteristicas. En un momento se pregunta "por que habremos causado tanto dolor." Y se queda en silencio. Mas tarde, cuenta que en sus primeras vueltas a Chile odiaba a su pais y a su gente: "para mi eran todos asesinos o traidores." Luego, en la propia filmacion de la pelicula, se encontrara con algunas sorpresas. Primero, un vecino rengo y maltrecho, que admite haber sido el que le salvo la vida, primero llamando a la ambulancia, con el unico telefono que habia en el vecindario, y luego subiendose a ella, y acompaniandola hasta el hospital, donde le salvaron la vida. Luego, el calor de sus padres, compartieran o no sus ideas; el recuerdo de medicos y enfermeros generosos, que le dieron calor y amparo cuando a ella ya no le importaba nada; el recuento con viejos militantes, en las poblaciones o villas de emergencia chilenas -gente que todavia seguia llena de ideales, militando, comprometida. Es curioso, pero otra vez Chile me sorprende con ejemplos de militancia extraordinaria (ya me habia pasado esto con los maravillosos documentales de Patricio Guzman), como pocas veces he visto. Lo mismo diria Carmen, al final de la pelicula, ante las preguntas del publico. Que explicara esos niveles de compromiso emocionantes, incondicionales, en medio de un pais que ella, en esas mismas preguntas, describio como frio, aburrido, sin vida.
* Entre los muchos momentos conmovedores del film, aparecen viejos retazos de imagenes de los 70. Entre ellas, dos tomas de tierra, encabezadas por campesinos pauperrimos y desdentados, con armas en la mano, a los gritos. Sorprendente, enmudeci y se me helo el estomago. Tambien una filmacion de un asalto con armas a un camion transportador de pollos, en medio de una "poblacion" hambrienta. Militantes del MIR, con capuchas y armas en la mano, tiraban los pollos desde el camion a la gente. Imagenes duras de tragar tambien, en todo sentido.
Ahora dejo de escribir, estoy contento, pero me duele un poco el estomago.

12 oct 2007

El enemigo

Durante decenas de años, supo tratarse a la tortura como uno de los "puntos fijos en el universo moral" -una de aquellas categorías contra la cual se contrastaba todo lo demás. El amigo Rawls, por tomar un caso vecino, construyó su Teoría de la Justicia a partir de una estrategia de "equilibrio reflexivo" en donde la idea de tortura aparecía como contrincante permanente. Así, si algún paso de su construcción era compatible con la justificación de la tortura, entonces concluía que algo debía estar mal con el razonamiento desarrollado, y consideraba que había una buena razón para dejar de lado esa construcción específica, y volver a empezar con otra. Así, hasta llegar a una teoría que estuviera atrincherada contra ese tipo de resultados. Desde hace unos años, dentro del derecho, comenzaron a surgir una serie de escritos que vinieron a abrirle lentamente la puerta a aquella práctica detestada. Tal vez el mejor y más sofisticado ejemplo al respecto sea el reciente libro de dos de sus principales predicadores, Eric Posner (el hijo de Richard), y el peligrosísimo Adrian Vermeule. En "Terror in the Balance" dicen, por tomar un párrafo:
"Parece sensato limitar los interrogatorios coercitivos del mismo modo en que limitamos el uso mortal de la fuerza. La regla podría ser 'los agentes de policía podrán usar medios coercitivos de interrogación sólo cuando tengan la certeza razonable de que un individuo posee información suficiente capaz de prevenir un crimen inminente capaz de matar al menos a un número N de gente' donde N es es un número que refleja el balance de ganancias y pérdidas esperables de los interrogatorios coercitivos (mil? cien? uno?). Para el consecuencialista, N puede ser un número relativamente bajo; para el pensador deontológico, N podría ser un número muy alto (el escenario-catástrofe); pero, más allá de ello, ambos pensadores deberían aprobar nuestra regla."

10 oct 2007

La frase más temida

Desde que vine, hace un mes, por unos meses, a los Estados Unidos, no hay nada que tema más que la palabra “Sir.” La cuestión es más o menos así. Yo voy caminando, y de repente escucho a mis espaldas –siempre a mis espaldas: “Sir.” Yo sigo caminando como si no escuchara nada. Y de nuevo, “Sir.” Yo sigo, mientras un hilo frío ya me recorre la espalda. “Sir,” más fuerte. Sigo. “Sir,” ya en tono enojoso. Entonces acelero, lo que no siempre es posible, o me doy vuelta cerrando los ojos por dentro, sabiendo que lo peor está por llegar. Ahí, mordiéndome los labios, pongo la cara más inocente que me queda, mientras me miro de frente con el portero de la biblioteca, un guardia, el jefe de la aduana en el aeropuerto, un policía, el encargado del local, el reponedor del supermercado, o quien sea. El problema es que siempre, SIEMPRE, estoy en falta. Para contar lo comentable. En el aeropuerto, todo lo mío está mal, todo lo que leo genera dudas (antológicamente, una vez me pusieron contra la pared mientras, a los gritos, me preguntaban qué hacía con tantos libros de derecho constitucional!), y siempre estoy volviendo de algún país sospechoso (la anteúltima vez que volví de Colombia fui a parar al salón de deportados, y fui rodeado por guardias temiblemente musculosos). Cuando escucho música, lo hago a través de medios heterodoxos. En la Universidad, siempre entro por donde no debo entrar, y salgo por donde no se debe salir. En la biblioteca, el carnet me falla, así que tengo uno arreglado provisionalmente, que me genera crisis de vez en vez. En el mercado, bien puede ocurrir que no haya pagado una fruta. En la impresora, abuso con toneladas de copias, y me muevo cada día en la delgada línea que separa lo indecoroso de lo ilegal. En la calle, cruzo mal, no respeto los semáforos, tiro la basura hogareña en los cestos para papeles (lo cual se penaliza con multas astronómicas). No tengo problemas de admitir mis pequeñas faltas, pero debo decir –lo denuncio- que, aquí, como en tantos lados, buena parte de la normalidad de uno genera sospecha o se criminaliza. Así no vamos a ir lejos.

Por qué admiro a John Rawls, parte 2

Rawls abre su último libro preguntándose: cuál es la audiencia de la filosofía política? Para quién hablamos? Cuál es nuestra audiencia en una democracia constitucional? Y también: cuáles son las credenciales de la filosofía política? Cuáles son sus reclamos de autoridad? Las preguntas me parecen cruciales, y su respuesta –abiertamente democrática- me resulta siempre muy buena.
Para él, la “en una democracia, la tradición (de la filosofía política) refiere siempre al trabajo conjunto de autores y lectores. El trabajo es conjunto, dado que autores y lectores, de manera colaborativa, producen y en todo caso valoran los trabajos de la filosofía política a lo largo del tiempo. Y siempre le corresponde a los votantes decidir si quieren incorporar tales ideas en sus instituciones básicas. Así, en una democracia, los autores de la filosofía política no tienen más autoridad que la de ninguno de los demás ciudadanos, y tampoco deben reclamarla.” Al mismo tiempo, los filósofos políticos, tanto como cualquier ciudadano, invocan la autoridad de la razón humana. Cualquier ciudadano “que, al referirse a cuestiones políticas o de otro tipo, se dirige a los demás ciudadanos hablando de modo razonable y consciente” invoca la autoridad de la razón humana. Y qué significa buscar la autoridad de la razón humana? Significa “tratar de presentar nuestros puntos de vista de modo fundado, razonable e inteligible, de manera tal que los demás pueden juzgar lo que decimos…Cualquier pensamiento razonado y consciente (en definitiva) busca la autoridad de la razón humana.”
Algunos trabajos (y cita, por ejemplo, la Declaración de la Independencia; el preámbulo de la Constitución; el discurso de Gettysburg de Lincoln; el “Segundo Tratado” de Locke, y el libro “Sobre la libertad,” de Mill) han tenido esa capacidad de trascender hasta llegar a ser parte de la cultura pública de la sociedad civil.

9 oct 2007

Aviso para amigos con Blackberry

Si
por casualidad estás leyendo este blog,
sos mi amigo/a, y
tenés una Blackberry
te aviso por este medio que no voy a responder más tus mensajes de mail.
No quiero ni pensar en la situación de que estás con tus hijos, en situación amatoria con tu pareja, o jugando a las damas, y por mi culpa mirás la maquinita, pateás al costado a tu hijo o pareja y te ponés prestamente a responderme un mensaje absolutamente inútil. No lo tolero. Yo te avisé.

8 oct 2007

Amigables con el poder



A veces me pregunto qué explica que tantos colegas tomen posiciones amigables o complacientes con el gobierno. Con éste gobierno o con los anteriores, o con cualquiera y, muy en especial, con gobiernos que conviven despreocupadamente con ambivalentes situaciones de opulencia y miseria. Me pregunto entonces por la misión de quienes dedicamos nuestra vida a estudiar, a escribir y a pensar en dicho contexto. Me pregunto por qué tantos de mis colegas comienzan a justificar aquello que cualquier marioneta de cualquier gobierno tendría dificultades o pudor de justificar.

Si uno les habla de la Constitución violada, ellos le miran a uno socarronamente, como si fuera un sobreentendido que hablar de la Constitución es hablar de un documento más o menos irrelevante. Pero no, debiera uno decirles, no es un sobreentendido, hay gente que ha perdido su vida, y hay gente que va presa, y hay derechos que se pelean, en nombre de la Constitución. Y si uno les dice de los niveles de corrupción existentes, se sonríen, como si fuera obvio que siempre han habido y nunca habrán de terminarse los delitos asociados con el Estado. Pero no, habría que decirles, ello no es obvio, porque siempre ha habido corrupción, pero sus niveles han variado en el tiempo, de país en país, de gobierno en gobierno. La corrupción, sin embargo, como las violaciones de normas, son para algunos detalles, aunque haya quienes se beneficien y haya quienes se perjudiquen extraordinariamente por esos detalles. La vida se nos va en los detalles.

Si uno les habla de la desigualdad, ellos responden inmediatamente, hablando de los modos en que se ha reducido la pobreza. Pasan así por alto el hecho de que este récord histórico de desigualdades se de en un marco de crecimiento con pocos precedentes; descuidando el hecho de que la desigualdad económica luego derrama sobre todos los dominios de la vida pública; olvidando que tales niveles de desigualdad son el germen de normas legales sesgadas a favor de unos pocos, y ciudadanos desinteresados por la suerte de los demás –ciudadanos que, previsiblemente, comienzan a pedir, como hoy lo hacen, medidas cada vez más drásticas destinadas a desplazar a quienes no piensan como ellos, o interfieren con la satisfacción plena de lo que quieren ellos. Acabar con la desigualdad les parece un lujo, como suele parecerlo cuando se mira la desigualdad desde los beneficios de la desigualdad.

Entusiasmados por la aparición de recaudaciones y superávits económicos históricos, respaldan la vocación no distributiva del gobierno, aunque ello implique tomar a algunos de sus compatriotas como meros medios; aunque ello conlleve pasarle por encima a derechos que podrían ser fácilmente resguardados –derechos sin rostro conocido, pero con cuerpo, familias y necesidades básicas insatisfechas. Con esa misma lógica con la que piensan la relación superávit-gasto, un día nos podrán decir que no es un problema que un gobernante no celebre una elección, dada la necesidad de preservar intactas las arcas el tesoro nacional. Para ellos, la inflexibilidad monetaria es una muestra de seriedad, y por lo mismo, la atención de necesidades fundamentales resulta un mero sentimentalismo. Para ellos, la realidad es la recaudación, y por ello, la distribución es fantasía pura, la negación de esa realidad.

Me pregunto por qué es que tantos colegas no utilizan sus conocimientos para convertirse en guardianes de los derechos de los que tantos no son conscientes. Me pregunto por qué no ponen sus destrezas al servicio de los que menos pueden, en lugar de ponerlas a disposición de los más aventajados. Me pregunto por qué no emplean su capacidad de influencia para denunciar -en lugar de cotidianamente encubrir o dejar pasar- lo que otros están demasiado lejos para ver. Me pregunto por qué, con la información privilegiada de la que disponen, no se dedican a criticar abusos y faltas, en lugar de elogiar lo que el poder hará por sí mismo, y sin necesidad de su poco útil ayuda. Me pregunto por qué se comportan de ese modo, y qué se les va con ello.

Si lo que buscan es ayudar a que nos tomemos el país en serio, habrá que decirles que en su ignorancia de las obligaciones constitucionales, contribuyen a que el país lo sea cada vez menos. Si lo que buscan es hacer un tributo a la realidad política, habrá que decirles que la realidad política se nos impone brutalmente, sin la necesidad de sus serviciales esfuerzos. Si lo que pretenden es darle estabilidad al crecimiento, habrá que recordarles que hace tiempo que de ese modo estabilizan la violación de derechos. Pero mis colegas amigables con quienes están en el poder se desinteresan por todo esto.

Curiosos los tiempos. Curioso que escribir este texto aparezca como un modo de buscar la aprobación fácil. Hablar de corrupción es abandonar lo importante para “hacer política.” Mencionar la palabra capitalismo es pecar de ideología. Pedir justicia es caer en la demagogia. Decir pueblo es atrasar medio siglo. Sin embargo, al mismo tiempo, la discusión está lejos de haber terminado. Y es que nos han privado aún de las palabras que necesitamos para empezarla.