23 ago. 2017

Curso en Devoto

El 6 de septiembre empezamos nuestro curso en el Centro Universitario Devoto, con Marcelo Alegre, Ornela Mazza y Gustavo Beade. Reportaremos.

Aparición con vida


El peronismo tiene su propia grieta

(de R. Zarazaga, en LN)

La inexistente interna kirchnerista podría haber reunido algo más del 40%. "Todos unidos triunfaremos", dice la ya algo en desuso marcha peronista, implicando que en la división está la derrota. Podría entonces atribuirse la debacle partidaria a la falta de capacidad de sus líderes para concertar alianzas y dirimir candidaturas internamente. No faltan ahora los peronistas notables que recorren los programas de televisión atribuyendo el fracaso al narcisismo y a la falta de humildad de sus candidatos. No es fácil impugnar la descripción, pero las causas podrían tener raíces más profundas que ciertas características humanas que, en todo caso, no son patrimonio exclusivo de los peronistas. Existe una grieta ideológica sobre la que se monta una pirotecnia verbal, pero bajo esa grieta subyace una fractura social que afecta especialmente al peronismo.

El conurbano, escenario de la contienda más importante de estas elecciones, presenta la peor tasa de desocupación (12%) entre los 31 centros urbanos del país que mide la Encuesta Permanente de Hogares (EPH). Concentra 5.500.000 ocupados, pero casi el 45% de éstos son informales. Estructuralmente, un abismo separa a los trabajadores formales de los informales y desocupados. Los que pierden un trabajo formal no sólo pierden los beneficios de la formalidad laboral -como obra social o jubilación-, sino también autoestima y horizonte de realización. Para muchos, perder el trabajo es caer en un precipicio; no es "tan fácil como comer y descomer". El problema del peronismo no se reduce a que el partido esté dividido: sus bases tradicionales lo están y forman dos mundos aparte. El taxista que despotrica contra el piquete que le impide circular y el desempleado en el piquete no son fácilmente asimilables en la misma expresión política, aunque ambos se digan peronistas. El obrero que viaja dos horas en tren desde el conurbano profundo para llegar a su trabajo mira con recelo a su vecino que pertenece a una cuadrilla liderada por un puntero, por más que tenga una foto de Perón en la pared.



El peronismo sufre su grieta propia. Los trabajadores formales reclaman la infraestructura que no llegó. El trabajador informal que sobrevive gracias a los subsidios de los años kirchneristas tiene otras urgencias. Tal vez ya no exista una representación política única de todos los sectores que antes se referenciaban en el peronismo, no por un problema de sus líderes, sino por la imposibilidad de liderarlos al unísono. Algunos trabajadores de la clase social que fue el núcleo del peronismo hoy son receptivos al discurso meritocrático y luminoso de Pro y cometen el "sacrilegio" de votar a Cambiemos. A Unidad Ciudadana le quedó el sector social que lucha por la supervivencia, al que los reclamos por la infraestructura todavía le quedan lejos. Prueba de esta nueva configuración social es el magro rol electoral del sindicalismo.

Este conurbano fragmentado, que sufre deficiencias pavorosas de infraestructura e ingresos en descenso, no atribuye de manera monocorde sus desgracias al gobierno actual. El kirchnerismo asumió que los pobres que votaron a Macri en 2015, en vista de su menesteroso presente, llegarían a la conclusión de que su fiebre amarilla fue un error y volverían al redil. Si algunos bonaerenses recordaron los años felices de consumo, a no pocos de ellos les pareció plausible que en los largos períodos de conducción peronista (del país y de la provincia) pudiera también estar la causa de las falencias estructurales que sufren. En la poderosa tercera sección electoral, que concentra más de 4.200.000 votantes en 19 municipios del sur del conurbano pobre, Cristina Kirchner obtuvo su mejor resultado: casi 1.300.000 votos. Sin embargo, la cosecha de votos de Cambiemos en esa misma sección no fue escasa: casi 900.000. En 2007, la brecha en la tercera sección entre Cristina Kirchner y su oponente más cercano había sido de 30 puntos porcentuales y en 2011, de 50. Ahora, sólo de 13.


En este escenario de fragmentación social que el peronismo encuentra difícil articular políticamente, cobra importancia la coalición de los poderes territoriales. Pero ahí hoy el peronismo no logra coordinar a sus intendentes y Cambiemos consigue hacer pie. En 2011 Cambiemos apenas tenía un intendente de los 33 que gobiernan en el conurbano. Actualmente tiene 12. En los 19 municipios liderados por peronistas, Cristina Kirchner obtuvo 1.600.000 votos, contra 1.000.000 de Esteban Bullrich. Importante diferencia. Pero en los 12 municipios con intendentes de Cambiemos Bullrich aventajó a Cristina Kirchner por 200.000 votos.

Además de los más prósperos municipios del Norte, otros que supieron de hegemonías de barones peronistas, como Lanús, Tres de Febrero, San Miguel, La Plata y Morón, aportaron victorias o, al menos, empates al oficialismo. En el conurbano los intendentes mueven votos y fiscales. En estos municipios sus intendentes comprendieron la importancia de los referentes y asumieron, incluso, a aquellos que venían del peronismo. Un puntero de la zona oeste, histórico peronista, festejaba el triunfo de Cambiemos repartiendo choripanes mientras explicaba: "Vidal es de las nuestras, es de Desarrollo Social...es peronista". La estructura territorial ya no es patrimonio exclusivo del peronismo, algunos otros han aprendido.

sabe la tierra
Cambiemos, como partido nacional con posibilidades de gobernar por ocho años, es el hecho más relevante de estas elecciones, pero debemos ser cuidadosos en su lectura. Cambiemos es un partido nacional en cuanto ostenta el Estado, tanto como lo fue el FPV mientras lo tuvo. En la fragmentación social actual, los partidos parecieran impotentes para articular propuestas nacionales; sólo el Estado lo logra y, por propiedad transitiva, el partido que lo administra. Si los pobres que hoy apoyan a Cambiemos no ven mejoras en el tiempo, pivotearán de nuevo hacia al arco peronista, y una derrota electoral podría devolver a Pro a la ciudad de Buenos Aires. De todos modos, el riesgo hoy está más en que, a la cabeza del Estado, Cambiemos se vaya transformando en el sistema, como ocurrió con el peronismo, sin que haya verdadero balance partidario. Claro, la responsabilidad de construir una oposición seria no le cabe al Presidente. En todo caso, debería aprender de la historia y ser cuidadoso antes de desafiar a que armen un partido y ganen las elecciones.

Sacerdote jesuita, doctor en Ciencia Política y director del CIAS (Centro de Investigación y Acción Social)

19 ago. 2017

Cuchi

Viejo documental sobre el Cuchi, personaje genial, inolvidable

https://www.youtube.com/watch?v=ChX6ZZ7p3Uo

17 ago. 2017

Pensar luego de las elecciones

Un poco de aire fresco (aunque la pifie en sus referencias a Rawls y a Sen)
https://www.pagina12.com.ar/56997-el-macrismo-no-es-un-golpe-de-suerte

16 ago. 2017

Prisión domiciliaria para M.Sala

https://www.clarin.com/politica/piden-acelerar-prision-domiciliaria-milagro-sala_0_rkeqz6-OZ.html

En todo caso corresponde seguir revisando si es que le corresponde prisión (por esta causa). Como ya fundamenté, mi posición es enfáticamente negativa.

14 ago. 2017

El 30 en la Corte: Educación religiosa en las escuelas públicas de Salta

Junto con el amigo M. Alegre, el día 30 de este mes estaremos en la Corte Suprema, para defender nuestro Amicus Curiae, en la causa sobre la educación religiosa en escuelas públicas de Salta, "Castillo, Carina Viviana y otros c/ Provincia de Salta Ministerio de Educación de la Prov. de Salta s/ amparo”.

El conteo de votos (con addenda)

La victoria general del gobierno, en las elecciones, resulta indudable, y un motivo de reflexión para todos los que lo presentaban como "dictadura" o "gobierno hambreador": tal vez habría que replantear esa penosa estrategia de crítica ciega e hipócrita, que llegó hasta el extremo de lo inaceptable, una y otra vez (i.e. llorar por la desaparición de Santiago M., pero ignorar las de J. López o L. Arruga).1 Nada de eso justifica las maniobras del oficialismo en el conteo de votos, propias de la "vieja política" a la que también él representa en la práctica (demoras injustificadas, festejos anticipados, ocultamiento de información que tal vez lo muestre derrotado en donde se presentó como victorioso).

1. Se trata de casos que analizara en otro post y otros lugares como "la ruptura del Pacto del Nunca Más" (http://www.lanacion.com.ar/2040424-el-contrato-del-nunca-mas-ya-no-rige-nuestra-vida-politica): en su momento, la muerte nos unificaba, no importaba de donde viniera (M. Ferreyra, Kosteki y Santillán, etc.), pero con la polarización política, pasó a depender de "la conveniencia" de la facción de cada uno (entonces, Nisman no importó si preocuparse por él perjudicaba a Cristina; ni las muertes del Once, ni hoy Maldonado: las muertes sólo importan si sirven para fortalecer a la causa política de cada uno. Si no es así, la muerte no interesa, sino hay que directamente matar al muerto).

11 ago. 2017

SAAP/ C.Hilb


Qué bueno que en el último Congreso de la SAAP (Sociedad Argentina de Análisis Político) se reservó el discurso inaugural para Claudia Hilb. Felicitaciones a ellos, un gran acierto, un merecido reconocimiento! CH como siempre, provocativa, molesta, a contra-mano del pensamiento políticamente correcto, en un tema urticante, crucial y actual. Retomo un par de párrafos de su ponencia, que espero empiece a circular pronto:

Claudia hizo una presentación que giró en torno a los derechos humanos (desde el kirchnerismo a la actualidad), a través del examen de tres casos/ejemplos principales: "el primero, el discurso leído en nombre de los organismos de derechos humanos en la Plaza de Mayo, el 24 de marzo pasado. El segundo, la decisión de la Corte Suprema de Justicia de fallar a favor del pedido de aplicación de la ley del 2x1 en el caso Muiña. El tercero, la ley votada en la provincia de Bs.As. según la cual todos los documentos oficiales deberán preceder la mención a los desaparecidos de la cifra de 30 mil, y referirse a la dictadura como dictadura cívico-militar."

Cito, por ahora, sólo sus conclusiones: 

"como lo he dicho repetidamente, que las condiciones para el debate público sobre el pasado reciente y nuestro modo de tratarlo deben sostenerse sobre la escena compartida del Nunca más, fundadora de nuestra recuperación democrática –más allá de todos los problemas de nuestra democracia, que son muchos. Entiendo que quienes tenemos por profesión la actividad de reflexionar sobre los asuntos políticos tenemos en esto una responsabilidad particular, que se condensa en los tres puntos que he recorrido: nuestra responsabilidad por contribuir a una escena pública de debate y por sustraerla a su apropiación partisana. Nuestra responsabilidad por exhibir, en ella, las preguntas incómodas que la apropiación interesada prefiere dejar ocultas. Y por fin, nuestra responsabilidad de pensar con libertad, con rigor, con honestidad intelectual, sin dejarnos amedrentar por la estigmatización de quienes prefieren callar, –y vuelvo al principio de mi intervención- sin subsumir el esfuerzo de pensar bajo nuestras convicciones in-interrogadas o nuestros intereses facciosos, manteniéndonos abiertos al acontecimiento. 

Entonces, para concluir, si bien puede parecer más cómodo no exponernos a quedar catalogados como antisemitas, como Butler, o como agentes voluntarios o involuntarios de la dictadura criminal que sufrimos entre 1976 y 1983; si bien es, como también lo dije, bastante más difícil intentar mantener el espacio abierto para objetar la versión progresista políticamente correcta de nuestro pasado cuando nos hallamos en presencia de un gobierno, como este, del cual podemos sospechar que si algún interés tiene en la crítica de aquella versión, este no coincide probablemente con el nuestro; si bien, observando el estado actual de empobrecimiento del debate público sobre el pasado reciente, pero no solo sobre él, tal vez las condiciones no sean las mejores, quiero cerrar de todos modos mi exposición invitándonos, a todos y todas, a que durante este encuentro seamos merecedores, en nuestras intervenciones, en nuestra escucha, en nuestros comentarios, como sin duda lo seremos, del legado de aquellas pensadoras y pensadores que han hecho, por convicción y por coraje, de la práctica de pensamiento un ejercicio de responsabilidad permanente, con el convencimiento de que, cuando de pensar se trata, la ética de la convicción es inseparablemente una ética de la responsabilidad."

9 ago. 2017

8 ago. 2017

3 ago. 2017

Volver sobre (contra) el híper-presidencialismo

El constitucionalismo latinoamericano no siempre sirvió a los mejores o más dignos propósitos. Sabemos, por ejemplo, que muchas veces se cambió la Constitución sólo o fundamentalmente para permitir una reelección presidencial: todo lo demás no importaba, o era moneda de cambio. Contra dicha visión, en su momento, Juan Bautista Alberdi propuso pensar el constitucionalismo de otro modo; esto es, en respuesta a los principales problemas o “dramas” de la época. Por eso, elogió a las primeras Constituciones de la región (que muchos de sus colegas repudiaban) aduciendo que habían contribuido a la lucha por la independencia. Luego, ya en su época, él propuso dedicarlas a confrontar otros grandes males: el atraso económico y la despoblación (“el desierto”).

En años recientes –pienso en los años ‘80- el argentino Carlos Nino, el español Juan Linz, el norteamericano Alfred Stepan, entre tantos otros, hicieron su propia gran contribución a la línea de pensamiento abierta por Alberdi. Ellos también se plantearon las dos preguntas fundamentales alberdianas: 1)¿Cuál es el gran “drama” institucional de nuestra época?, 2) ¿Hay algo que la Constitución pueda hacer, para ayudar a remediarlo?

Los juristas y cientistas políticos de la época, reunidos en un inusual consenso, contestaron lo siguiente. Frente al primer interrogante, respondieron que, sin duda alguna, el gran mal institucional (o “drama”) del siglo XX lo constituían los sangrientos golpes de estado que venían azolando sistemáticamente a la región. A la segunda pregunta la respondieron por la afirmativa, para sostener que la Constitución era en parte responsable de dicho problema, al crear un “hiper-presidencialismo”, que llevaba a todos los partidos a pelear centralmente por ese cargo, desatando una peligrosa dinámica de no-cooperación o de “suma cero”, para colmo sin “válvulas de escape” (como las que podía ofrecer un primer ministro). Los golpes de estado –concluyeron, de la mano de numerosos estudios empíricos- eran co-responsables de la inestabilidad democrática regional (que antes se manifestaba en golpes de estado, y hoy con mandatos interrumpidos antes de tiempo).

A pesar del enorme aporte hecho por aquellas teorías en todos estos años, lo cierto es que, con el paso del tiempo, el excepcional acuerdo anti-presidencialista de los ‘80, terminó por disolverse. Algunas de las críticas que aparecieron desde entonces resultaron entendibles, y permitieron enriquecer el debate. Menciono dos. Primero: las causas institucionales de la inestabilidad latinoamericana son más complejas (el híper-presidencialismo sigue siendo parte de aquella historia, pero no el único gran protagonista en dicha tragedia). Segundo: la crítica al (híper) presidencialismo no debe llevarnos necesariamente (como llevara a Nino, Linz y cía.) a defender sistemas parlamentarios: finalmente, el mundo institucional no se divide en sólo esos dos campos (presidencialismo-parlamentarismo). En tiempos más recientes, aparecieron otras críticas –muy reiteradas pero mucho menos interesantes- contra el híper-presidencialismo.

Autores como Andrés Malamud vienen insistiendo con que el concepto citado es “vacío” o retórico; y que datos como la persecución o pérdida de libertad de tantos líderes regionales (de Fujimori a Humala o Lula) confirman que los “híper-presidentes” no lo eran tanto. Sobre tales críticas, diré simplemente tres cosas como respuesta. Primero, el concepto de “híper-presidencialismo”, que acuñara Carlos Nino en su momento, no pretendía adjetivar, sino describir un hecho: el hecho de que las Constituciones latinoamericanas delegaban a sus presidentes, poderes y capacidades que no se encontraban en la Constitución norteamericana, que era el que les había servido de modelo.

Típicamente, se encontraban en las Constituciones de la región poderes tales como el de “intervención provincial” (que hubiera horrorizado al pensamiento federalista norteamericano), o el de declarar el “estado de sitio,” que servía para expandir aún más los poderes presidenciales, y limitar de los peores modos los derechos de los ciudadanos. A esas facultades formales se les agregaron otras (poderes legislativos; poderes en el manejo del presupuesto; influencia crucial en la distribución de los recursos hacia las provincias, entre tantas), que la práctica sólo ayudó a radicalizar (a través de la capacidad de presión económica y el uso de la violencia a disposición del primer mandatario). Así, el “sistema de frenos y contrapesos” inicial terminaba convirtiéndose en otro “desbalanceado y con pocos frenos”; y la estabilidad democrática quedaba directamente bajo amenaza. Quien no quiera ver de qué modo medidas como las citadas influyeron sobre la historia latinoamericana, afectando al sistema democrático y favoreciendo la masiva violación de derechos, haría bien en leer algún libro de historia regional, aunque sea un poco largo.

Segundo, de modo realmente notable, críticas como las citadas sólo refuerzan las predicciones de los viejos críticos del híper-presidencialismo: ellos no dijeron que los híper-presidentes no enfrentarían problemas gravísimos, sino exactamente lo contrario. El juego de “suma cero” que denunciaban era repudiado justamente por ello: por generar una dinámica destructiva, que terminaba por arrojar por la borda al presidente de turno, poniendo en riesgo de quiebre al mismo sistema de gobierno.

Finalmente, y sólo para cerrar, diría que aquellos “viejos críticos” no entraron al debate intelectual como a una tienda de vanidades, para mostrar sus mejores galas o hacer pito catalán contra el adversario. Entraron motivados por las recurrentes crisis democráticas latinoamericanas, hartos de ver muertos en las esquinas, y convencidos de que los cambios constitucionales podían ayudar (aunque sea de forma modesta) a evitarlos. Propondría que retomemos el debate pensando menos en nosotros y más en ellos.

Roberto Gargarella es profesor de Derecho Constitucional y Filosofía (UBA-UTDT)

2 ago. 2017

Hoy a las 11, debate con A. Rosler sobre el 2 x 1, en el Congreso de la SAAP


XIII Congreso Nacional de Ciencia Política organizado por SAAP en la Universidad Di Tella

Av. Pres. Figueroa Alcorta 7350


Miércoles 2 de Agosto

11:00 - 12:50 | SUM

A propósito del 2x1: dos lecturas por un fallo.

Mesa organizada por la Maestría en Ciencia Política y Sociología de FLACSO

Coordinador/a: Strasser, Carlos (FLACSO)
Gargarella, Roberto
Rosler, Andrés 

El Secretario General de la OEA sobre la fraudulenta Constituyente en Venezuela & Comunicado del CELS sobre las violaciones de derechos humanos en el marco de la Constituyente

29 jul. 2017

El CELS y la cautelar por M.Sala

http://www.cels.org.ar/web/2017/07/la-cidh-concedio-una-medida-cautelar-a-favor-de-milagro-sala/

27 jul. 2017

Guimaraes Rosa: genio del Sertao

Joao Guimaraes Rosa, genio nordestino. Conoció el norte de Brasil como pocos, conoció sus historias, la gente y su lenguaje, andando a caballo, como médico rural. De ahí sale todo lo que escribió, que es muchísimo y nada: una única, gran, extensísima novela (traducida como El Gran Sertón), algún cuento muy largo (Mi tío el jaguareté), y muchas historias cortas, escritas en un idioma propio, mezcla de lenguas populares y su propia, original voz. Su gran novela es considerada el "Ulises" de Brasil, y él, una mezcla entre Joyce y Rulfo. Otro genio de la cultura vecina, alguien para no olvidar. 

26 jul. 2017

6 razones para expulsar del Congreso al responsable de la tragedia del Once

Por qué votar por la expulsión de De Vido?
Porque, nos guste o no, se trata de una facultad constitucional. A través del art. 66, la Constitución deja un buen margen de maniobra para que el Congreso decida sobre su vida interna y la suerte de sus integrantes. En relación con sus miembros, el Congreso puede "hasta excluirle(s) de su seno," sin ninguna condición anexa.

Porque la objeción según la cual no puede expulsarse a funcionarios "electos por la voluntad popular", simplemente, no aplica: ése es el presupuesto de todo lo que dice la Constitución sobre el tema.

Porque tampoco es cierto que de este modo se sienta un mal precedente. La facultad constitucional es clara, y el mensaje del texto es que cada rama del poder sea, en principio, soberana puertas adentro. Podemos discutir la sabiduría del principio (en lo personal, propondría otro que deje mayor poder a la propia ciudadanía), pero el poder es indiscutible.

Porque si el temor fuera que se mal-emplee la herramienta, para separar a congresistas por razones ideológicas, podría hacerse una aclaración explícita, que deje un mensaje futuro al Poder Judicial para el incierto caso en que deba tratar un tema semejante. 

Porque el argumento según el cual “se trata de electoralismo oportunista” es tan cierto como insignificante. Lamentablemente, ésa es la lógica con la que se creó nuestro sistema institucional: representantes auto-interesados que buscan su reelección. Cada vez que denunciemos “oportunismo”, acertaremos, pero oportunistas fueron también la AUH o la política de derechos humanos de Kirchner. Lo importante es “tomar” las iniciativas (obviamente oportunistas) que coincidan con nuestros principios y metas de largo plazo.

Porque se trata de un caso extremo: De Vido es a Kirchner lo que M.J.Alsogaray a Menem, esto es, el símbolo de la corrupción de una época. Y se trata, además, de un contexto extremo, de sistemática inmovilidad judicial. Tiene sentido, en ese marco, que el Congreso deje en claro un mensaje contra la impunidad.

Expulsar a De Vido: La izquierda se equivoca, 2

El sistema institucional que tenemos (y hasta que no lo cambiemos) tiene como "motores" al auto-interés, el oportunismo y el corto plazo: los políticos quieren ser reelectos, y con ese solo interés, proponen aquello en lo que no creen, con el objetivo de sacar provecho inmediato, y en general con miopía, esto es, con independencia de los efectos de mediano o largo plazo de lo que proponen. Esto sería aplicable a todas las políticas que conocemos: desde las AUH, a la reforma constitucional, a la política k sobre derechos humanos. Lo que sea. Por eso, si uno va a denunciar: "oportunismo", "mentira," "electoralismo", va a acertar siempre, pero también va a decir algo obvio y vacuo. El arte de la política, dentro de este horrible esquema, es "aprovechar" esas urgencias de la política mayoritaria, y "tomar" las propuestas que sirvan a los propios principios y compromisos propios, de mediano y largo plazo. En este caso: dar una señal que la justicia se niega a dar, por ejemplo, que la híper-corrupción no siempre "paga."

25 jul. 2017

Expulsar a De Vido: La izquierda se equivoca

Como no somos k, podemos adherir a una agrupación política -el FIT- y criticarla cada vez que sea necesario. El FIT no dio hasta hoy buenas razones para no expulsar a De Vido (símbolo de la corrupción de la década, símbolo de la tragedia de Once). Todos estaríamos con ellos (incluso la justicia) si se intentara expulsar del Congreso a uno de sus miembros. Son esos errores de los que se hablará durante años, dándole una buena excusa a quienes quieren señalar a la izquierda como insuficientemente crítica: se puede votar por la expulsión; y defender a Pepsico; y pelear para que no haya "distracciones" que permitan tomar medidas antiobreras. La expulsión es un buen modo de "golpear" sobre la vieja clase política, y decir que no todo es impunidad. Hay razones de principio para expulsarlo, y razones de conveniencia electoral para no dejar de hacerlo. Lamentablemente -es obvio- su "no" va a ser aprovechado para (injustamente) acusar a la izquierda de ser parte de la vieja clase política. El precio de no quedar cerca de las nuevas mafias, va a ser el de quedar pegado a la vieja. Todos saben que no tienen nada que ver con quienes están hoy en el poder, y es importante que quede en claro la disposición a enfrentar también a los que se fueron. Una pena!

Reivindicando a Jeremy Waldron: Waldron en Colombia



Venía leyendo una cantidad de textos de Waldron que no estaban a la altura de su merecida fama: Su “visión escéptica” sobre el constitucionalismo; sus escritos en torno a la religión (y la igualdad o la dignidad); su reciente libro sobre la propiedad; su último libro sobre la igualdad. En todos los casos, textos decepcionantes, sobre todo, a la luz de lo que él mismo había escrito sobre esos mismos temas, años atrás (gloriosos textos sobre la desigualdad; grandes trabajos sobre la propiedad; etc.).

Leo ahora, sin embargo, alguno de los textos que va a presentar en su próximo viaje a Colombia, en torno al control judicial y la crítica democrática, y me encuentro, finalmente, con un artículo de interés. El texto, que supongo estará al alcance enseguida, se llama Judicial Review and Political Legitimacy. Lo positivo comienzo con un detalle no menor: Waldron escribe el texto para Colombia, en razón de su visita, y en reflexión crítica sobre el discurso auto-satisfactorio/ auto-celebratorio del constitucionalismo colombiano sobre sí mismo, y sobre la naturaleza de su Corte Constitucional. Ese sólo punto de partida es muy importante -lo que uno podía esperar de la visita de un académico anglófono a un país latinoamericano, y no, lo habitual, esto es, un refrito sobre lo que ha dicho siempre, apetecible para el paladar de los aborígenes latinos. El texto está pensado especialmente para la ocasión, y no es complaciente hacia el discurso auto-celebratorio local. Bien ahí!

En la sustancia, el texto no innova demasiado, pero sí afirma algunos puntos de interés (qué diría Waldron, el gran crítico de la judicial review, sobre la super-Corte Constitucional Colombiana?). Ello, vínculandose en la discusión con, al menos, algunos temas y autores caros al constitucionalismo local (en particular se involucra con Manuel Cepeda, a quien le discute bastante, en parte en razón de su merecida fama, y en parte por la razón menos interesante de que es de los pocos grandes constitucionalistas locales traducidos sustantivamente al inglés (debemos hablar en poco de su gran Casebook Colombiano, coeditado con David Landau).

En todo caso, el escrito de Waldron pasea por las cercanías de temas como los que enseguida enumero, diciendo cosas como las que enseguida, brevemente, menciono:

* Destaca desde un comienzo que hay formas diversas de control judicial, que pueden ser justificadas en mayor o menor grado (contra la idea que se le atribuye de presentar una crítica sin matices al control judicial)

* Describe al modelo colombiano como uno que combina una Corte “strong” con formas “weak” de control, como las de las “decisiones modulativas” (...)

* Pone todo el acento del artículo en la cuestión de legitimidad, y la legitimidad democrática. Con un matiz sobre el que insiste y repite: la cuestión democrática no agota nuestras preocupaciones sobre la legitimidad, pero la cuestión democrática no puede ser desplaza sin ser tomada en serio.

* Presenta una definición interesante de legitimidad, que pone un acento particular en la capacidad del sistema institucional de generar apoyo a las decisiones públicas, en particular, por parte de aquellos que se oponen a las mismas. En ese sentido, subraya, apropiadamente, el lugar que la ciudadanía debe tener en este proceso; y el carácter “deliberativo” y “conversacional” del mismo. 

* Pero, otra vez: las fuentes de la legitimidad son diversas. Ellas incluyen la legitmidad institucional; la “competencia” y decencia atribuidas habitualmente a los jueces -incluyendo su formalismo, su conservatismo, su vocación “de clase” y protectiva de la propiedad -referencias críticas inhabituales e interesantes en Waldron (habla del “frankly class-based legitimacy of courts, protecting property...the rights of the one percent”).

* Confiesa que en los 30 años que lleva discutiendo estos temas aprendió que para muchos la cuestión democrática que a él le interesa, no resulta la central; o de qué modo se enfatizan otras fuentes de legitimidad, etc.). Pero, otra vez, la cuestión democrática no puede desaparecer

* Rechaza el uso de la expresión “objeción contramayoritaria”, en parte por razones que comparto (los jueces también recurren a la regla mayoritaria), y razones que no comparto (la legislatura también sería vulnerable a esa objeción, que nos lleva a hablar en un lenguaje colectivista, rousseauniano, y a apelar a una difícilmente reconocible “voluntad del pueblo”)

* Rechaza (muy bien) la pretensión de moderar la crítica democrática al control judicial, aludiendo a estrategias (que considera comunes en Colombia, por lo que conoce): i) hablar de la decepción frente a la clase política, como que no es realmente representativa en términos democráticos; ii) hablar del carácter democrático de la justicia

* Críticamente, rechaza también ideas como la de que (dada la existencia de la actio popularis, etc.), i) “los jueces interpretan mejor el sentimiento mayoritario”, o ii) los jueces son también (o mejores) representantes de la voluntad popular

* Deja de lado, también, la idea de que la objeción democrática se salva por (y ésta es una réplica que le atribuye a Cepeda) el derecho de la población a modificar la Constitución (entre otras razones, Waldron rechaza este argumento, en particular en Colombia, donde es claro que la reforma está sujeta al control de la Corte; y además que el rechazo puede ser no a lo que dice la Constitución, sino al modo en que la Corte ha leído esa parte de la Constitución)

*Reivindica, frente a tales defensas del control judicial, el carácter específico de la representación política

*Ahora bien, se pregunta: si partimos de la objeción democrática, y contamos o queremos defender un papel importante para la Corte, podemos hacer algo, de modo tal de “mitigar” la objeción democrática. Sí, dice Waldron, hay muchas formas, comenzando por (vamos todavía!) los “mecanismos dialógicos”. Agrega además referencias a las concepciones (que podemos llamar) “departamentalistas” (con las distintas ramas participando de la interpretación constitucional); o la incorporacíón de “cláusulas super-mayoritarias” (como en Nebraska o North Dakota) que exigen votaciones muy mayoritarias al interior de los tribunales colegiados; refiere a la “presunción de constitucionalidad” de largo peso en la historia norteamericana; y alude también al deber de los jueces de argumentar de modo diferente, retomando de modo abierto la cuestión de la legitimidad

* Contra tales exigencias, no basta decir (como encuentra en algunos doctrinarios colombianos -Cepeda otra vez) que la Corte está abocada a una interpretación “sustantiva” y no meramente formalista. Si (como dice Cepeda) la interpretación hoy requiere tomar en consideración principios, y valores, y derechos, y balancearlos de modo apropiado, por qué no reconocer, entonces, el carácter político de lo que están haciendo (y, agreguemos, cuál es el foro más apropiado para hacer ese balance político)

* Waldron termina su texto con una discusión simple, pero adecuada, sobre la idea (que yo llamo “ferrajoliana” en nuestro ámbito) de separar las esferas de los derechos y la de la democracia; la sugerencia de que ciertas cuestiones (tortura, esclavitud, siempre como primeros candidatos) deben estar fuera del debate democrático. Waldron argumenta bien por qué esa distinción no corresponde; y por qué no es justo, entonces, “demonizar” a quienes sostienen la posición contraria en cuestiones de derechos, sin reconocer que ellos también pueden tener algo importante que decir en la materia, y sin advertir la diferencia entre “perder” una discusión, luego de una votación por ejemplo; y “estar equivocado”, que parece implicar que el contrincante estaba sosteniendo lo que de ningún modo podía ser sostenido.

21 jul. 2017

La teoría crítica de Rainer Forst

Termino una hermosa semana en Alemania, entre Berlín y Frankfurt participando en algunos seminarios, y encontrándome con grandes amigos, como el jurista Gunter Frankenberg (casi argentino), mi ex compañera de LLM en Chicago, Brigitte Haar (ahora vice presidenta de la Univ. de Frankfurt!), otro excepcional jurista, el maestro Dieter Grimm (trataré de volver sobre él pronto), y tal vez la voz más importante de la Teoría Crítica Alemana del momento, Rainer Forst. Sobre éste último quiero detenerme un poco.

Orgulloso discípulo de Habermas y Rawls (a cuyas teorías, de algún modo, busca presentar en síntesis), Forst acaba de ser traducido al español en uno de sus mejores libros (http://www.katzeditores.com/fichaLibro.asp?IDL=175).

En Frankfurt, inauguramos juntos la Escuela de Verano, y su presentación, que precedió a la mía, resultó espectacular. Resumo simplemente algunas de las ideas que presentara en su charla, con las que no pude estar más de acuerdo:

*Defendió una teoría procedimentalista de la democracia, pero “más que meramente procedimentalista”
* Se trata de una teoría informada por una visión sobre la justicia que tiene su anclaje en la genial idea Rawlsiana sobre la injusticia de ser tratado diferente por cuestiones “arbitrarias”.
* Su visión sobre la democracia se pronuncia (y piensa) en contra de toda forma de “dominación”
* La clave de la misma es que los individuos sean coautores del orden normativo al que están sujetos.
* Si las personas no son iguales -no tienen una igual participación- en la construcción del orden en el que viven, ese orden debe considerarse injusto.
* Ello, porque lo que importa para pensar la justicia de ese orden tiene que ver con lo que uno es, y no lo que uno recibe (who you are, not what you get).
* Por tanto resulta un insulto cuando uno es tomado como mero objeto, y no sujeto de justificación
* De allí que si un cierto orden social, le asegurase a uno los beneficios propios de la teoría de la justicia que uno prefiera (ahí bromeó sobre las visiones “luck egalitarians”), por ejemplo a través de un dictador benevolente, dicho orden no tendría NADA que ver con la justicia.
* Otra vez, se trata de que uno co-determine, junto con los demás, y como iguales, el contenido de ese orden. Se trata de que uno tenga una parte activa en la construcción de la “estructura básica”
* Hizo aquí entonces una reivindicación de los enfoques epistémicos en torno a la democracia (imposible mejor!). La primera cuestión de la justicia es -dijo- el debate democrático. La justicia tiene que ver -dijo- con lo que hacemos junto con los otros, desde una posición igual (equal standing).
* Una y otra vez criticó -para reivindicar el enfoque de la “teoría crítica” lo que llamó los enfoques "positivistas", que toman el estado de cosas como dado, en lugar de abrirlo a la discusión crítica (aunque se trate de "positivistas de la lucha" que toman y recuperan todas las formas de lucha -dijo).
* Reivindicó las actividades de resistencia (aunque se acercó a ellas con cierto cuidado, y discutió un poco conmigo al respecto), como forma de acercarse a la práctica, y como lugar desde donde empezar a pensar en los problemas de justicia (no desde la abstracción, sino desde la práctica). La justicia -dijo- es una pelea inacabada (a struggle that is never over). (En su conversación conmigo dijo que estábamos fundamentalmente de acuerdo, aunque él quería subrayar la existencia de “umbrales de respeto al otro, que corresponden también al resistente).
* De allí su reivindicación de los enfoques de la no-dominación (aunque, aclaró, no tanto en el sentido neo-republicano que defiende P. Pettit, sino en el sentido descripto, que requiere el que seamos co-autores del orden normativo al que estamos sujetos -bromeó también sobre Pettit). Defendió, en este sentido, una visión del republicanismo que asoció con Kant y Rousseau.
* La búsqueda de la justicia nos lleva a / nos obliga a perseguir y someter a crítica las formas de dominación que encontramos, y a pensar en modos de erigir un contra-poder democrático frente a la misma, para asegurar la transformación del orden marcado por la dominación. Dijo, citando a Haberma: “hay que rodear los círculos de poder y cuestionar su justificabilidad
* Defendió de modo interesante la existencia de una “esfera de privacidad” (se justifica el derecho a la libertad personal -enfatizó), que debe ser protegida para que el ingreso a ella, por parte del Estado, no se convierta en un “arma para la dominación”. 

20 jul. 2017

Quitar lo indebido del Congreso

Nos guste o no, el art. 66 de la Constitución deja un buen margen de maniobra para que el Congreso decida sobre su vida interna y la suerte de sus integrantes. Puede i) "corregir" a sus miembros por "desorden de conducta", dejando la duda sobre qué significan ambos términos (y son dudas que el mismo Congreso, por sí solo y en principio, resuelve); puede ii) "removerlo(s)" por "inhabilidad física o moral sobreviniente" (y esto no es un juicio penal, o sea que no hace falta el tipo de pruebas que allí resultan condición excluyente); y puede iii) "hasta excluirle(s) de su seno," sin ninguna condición anexa. En todos los casos, eso sí, con la alta condición de los "dos tercios de votos".

La objeción frente a las remociones no puede ser la de que esos funcionarios son "electos por la voluntad popular". Ése es el presupuesto de todo el artículo: de ese tipo de funcionarios está hablando la Constitución en este caso.

Tampoco es un argumento el de que, de este modo, se siente un mal precedente. Otra vez: la facultad constitucional es clara, y el mensaje del texto, que es el de toda la Constitución en esta materia, también lo es: cada rama del poder es, en principio, soberana puertas adentro. Podemos discutir la sabiduría del principio, pero el propósito es prístino: darle un amplia libertad de acción, a cada poder, para que decida acerca de su vida interna.

Los límites son dos, uno es significativo y el otro simbólico. El simbólico o moral es que esa facultad se ejerza razonable y no arbitrariamente (i.e., porque no me gusta la ideología del otro): en caso de ejercicio irrazonable, puede esperarse, se generaría un escándalo político que la ciudadanía castigaría, de algún modo, en una próxima oportunidad. Para casos extremísimos de ese tipo (i.e., "lo expulsamos porque es de izquierda"), yo aconsejaría un restrictivo y muy de última instancia control judicial, en cuanto "ruptura de las reglas elementales del juego". Un caso como el que hoy está bajo análisis (JdV) no se inscribe dentro de ese rango de problemas, ni parece en absoluto difícil: la sociedad entera tiene buenas razones para considerarlo uno de los mayores símbolos de la corrupción del último siglo (insisto, no necesita el Congreso prueba judicial de ello, aunque los multi-procesamientos que hoy cargan sobre JdV ayudan a fundar la razonabilidad del embate).

El límite significativo son los dos tercios de votos, una marca difícil de alcanzar. Para casos en que se alcance la cifra, y salvo situaciones de escándalo visibles para cualquier persona razonable (expulsar al que nos molesta con sus argumentos), hay que reconocer, simplemente, que el "mandato constitucional" (leído como cualquier persona sensata lo puede leer hoy) es el de dejar que el Congreso actúe, puertas adentro, conforme lo crea mejor -y nuevamente, en la medida en que respete las reglas básicas escritas (que aquí, insisto, resultan expresamente muy amplias).

Hasta hoy, este tipo de facultades del Congreso se ejercieron de manera híper-limitada, lo que es una buena noticia, y tal vez sugiera (entre otras cosas menos atractivas) que a) se advierte que se trata de un arma riesgosa, que no se quiere usar ligeramente (cualquiera puede temer que se aplique luego contra sí mismo), y b) se reconoce que el umbral numérico a pasar es alto. La historia habla a favor de aplicaciones "excepcionales" de la cláusula, como la que aquí estaría en juego.

Es el tipo de diseño constitucional que alguien (yo por ejemplo) sugeriría como diseño ideal sobre el tema? No. Creo que el control debería ser mucho más amplio y fuerte, y estar en manos de la propia ciudadanía (de forma tal de que los Temer, los Maduro, o los De Vido del caso puedan ser desafiados y aún expulsados popularmente, esto es, por los mismos que los pusieron en su lugar electivo, cuando se convencen de que es hora de hacerlo). Pero ése es, por ahora, otro cantar.