18 jul. 2019

Con don Atienza

Servicio Cívico Voluntario: Pourquoi?

Bien la Asociación de Pensamiento Penal en la resistencia al "servicio cívico" a cargo de gendarmería. Si no se tratara de otro invento bobo, improvisado, mal fundado, y electoralista, habría que tomar más tiempo para criticarlo. Pero no es el caso.
http://www.pensamientopenal.org/app-expresa-su-rechazo-a-la-creacion-del-servicio-civico-voluntario-en-valores-a-cargo-de-la-gendarmeria-nacional/

16 jul. 2019

Socialismo

Estupenda "entrada" al tema "socialismo", vía Pablo Gilabert y Martin O'Neill, para la Stanford Encyclopedia of Philosophy. Aplauso y gracias a ambos, que le han puesto un enorme trabajo!!

https://plato.stanford.edu/entries/socialism/?fbclid=IwAR3PrQWbR-N3N8lgNysVLFW_CfsYt90x-NAFIRjcANUd5ZFARhkHl6oepis

11 jul. 2019

Elecciones: Con el FIT y con peros

https://www.laizquierdadiario.com/Mas-de-cien-intelectuales-docentes-y-artistas-impulsan-declaracion-en-apoyo-al-FIT-Unidad?utm_content=buffer081d3&utm_medium=social&utm_source=facebook.com&utm_campaign=buffer&fbclid=IwAR2pbRTVRWJHzC4ZlLJv6qNjUXNW84ejhPNkryIFmJcdkGAQ9XzXPfaNIS8

Incómodo frente al modo de funcionamiento interno, y con peros frente a algunos temas cruciales (i.e., Venezuela), vuelvo a apoyar al FIT (Frente de Izquierda y los Trabajadores), como opción de crítica y protesta frente a las dos principales alternativas hoy en juego, y persuadido siempre de que la salida es por izquierda. Esa salida requiere más democracia económica y más democracia política (como demanda, hoy, un claro sí en el tema del aborto, y una política diferente en materia de recursos naturales). Adherir, entonces, con convicción, sin ocultar reservas, y sin abdicar de la propia capacidad crítica.

10 jul. 2019

Atención este libro/ Gratis todavía

"Entendiendo la debilidad institucional"
De la colección de brevísimos de Cambridge, tres grandes jóvenes autores (los más grandes?) de la joven ciencia política: Vicky Murillo, Steve Levitsky y Dan Brinks (dos argentinos y un argentinólogo)
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Impresentables

1 jul. 2019

Discurso en el Honoris Causa






El derecho como conversación entre iguales

Quisiera tomar esta oportunidad que me otorgan, para abogar por un particular ideal regulativo en torno al derecho. Pienso en un ideal en donde el derecho aparece como la expresión y el resultado de una conversación entre iguales. Esta visión del derecho puede ayudarnos a pensar críticamente sobre nuestra disciplina; y contribuir también a que definamos cómo y en qué sentido modificar la práctica jurídica con la que estamos involucrados. Ante todo, concibo al ideal de la conversación entre iguales como un anhelo: el anhelo de dejar atrás la desesperanza en la que habitualmente nos sume la práctica efectiva del derecho.

Frente a esa desilusión a la que nos arroja, con mucha frecuencia, el derecho, me he encontrado muchas veces repitiendo, inconscientemente y para mis adentros, los versos del poeta Rafael Alberti. Desde el exilio en Francia, Alberti mostraba la impotencia que sentía en relación con la única arma que sabía manejar –el lenguaje- diciendo: “las palabras entonces no existen, son palabras.” Esta línea pertenece a su poema “Nocturno”, en donde el poeta escribió:

“Manifiestos, artículos, comentarios, discursos,
humaredas perdidas, neblinas estampadas,
¡qué dolor de papeles que ha de barrer el viento,
qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua…
Las palabras entonces no existen, son palabras…
Siento esta noche, heridas de muerte las palabras”

A pesar de todo: a pesar de las tristezas de tinta con que nos deja el derecho; a pesar de los libros que escribimos y que ha de borrar el agua; quisiera dedicar esta oportunidad a insistir otra vez. Quisiera volver a insistir por el derecho, una vez más, como si tuviéramos las fuerzas y las ilusiones todavía intactas. Propongo aquí, entonces, pensar en el derecho como una conversación entre iguales, y abogar por ello.

El derecho debiera resultar de una conversación entre iguales,  porque todos tenemos la misma dignidad moral; porque compartimos dudas semejantes sobre lo que está bien y lo que está mal; porque nos equivocamos frecuentemente; porque con el diálogo podemos ayudarnos mutuamente a reconocer y adoptar las difíciles decisiones acerca de cómo seguir viviendo juntos, de un modo respetuoso hacia los demás. Junto con mi maestro, Carlos Nino, diría que la conversación puede ayudarnos, sobre todo, en la tarea de educarnos cívicamente: educarnos en la obligación de atender y prestarle atención al otro; de escuchar y dejar hablar a nuestros pares; de pensar dos veces lo que vamos a decir antes de responderles; de reconocer que aún o sobre todo aquel a quien, por prejuicios, no escuchamos, puede tener algo de interés para contarnos.

El derecho debiera resultar de una conversación entre iguales, y en los términos en que lo enunciaba el filósofo Jurgen Habermas, debe esforzarse por incluir a “todos los potencialmente afectados” porque, sólo de ese modo –a través de ese esfuerzo inclusivo- es que se pueden construir decisiones efectivamente imparciales. El origen de esa conexión que Nino, Habermas, o tantos otros han establecido entre discusión, inclusión e imparcialidad se encontraba ya en Aristóteles, quien en la Política hablaba sobre la “sabiduría de la multitud.” Aristóteles apoyaba su idea al respecto en el hecho de que –según sus palabras- “cada individuo dentro del todo posee una parte de la excelencia y la sabiduría práctica,” por lo cual –agregaba- cuando todos se reúnen para decidir, ese actuar común impacta también en el carácter y en el pensamiento del conjunto: se agrega así diversidad y se expande de esta manera el conocimiento.

Más acá en el tiempo, el filósofo John Stuart Mill formuló de modo todavía más claro ese mismo punto, al afirmar que cada individuo debía ser tomado como el “último juez” en lo relacionado con sus intereses.  Mill postulaba una idea de sentido común, conforme a la cual la imparcialidad necesitaba alimentarse del punto de vista de cada individuo, por considerar que cada una de esas perspectivas resultaba irreemplazable: por más empatía que sintieran los demás en relación con uno, nadie podía comprender las propias necesidades y las propias búsquedas, mejor que uno mismo.

El derecho debiera resultar de una conversación entre iguales. En su forma ideal, esa conversación nos ayuda a definir no sólo qué es lo que deberíamos considerar derecho, sino también aquello que deberíamos considerar, en todo caso, derecho no justificado. En tren de tornar visible aquello a lo que me refiero, en lo que sigue voy a examinar tres anomalías o imperfecciones, y tres patologías o defectos graves que, de modos distintos, socavan el ideal de la conversación entre iguales. Me referiré primero a anomalías que afectan a alguno de los tres pilares sobre los que –a mi entender- se funda la conversación entre iguales. Pienso en los pilares de la igualdad, la inclusividad, y la deliberación. Luego, haré referencia a las situaciones en que esas anomalías se conviertan en patologías, esto es decir, me referiré a lo que ocurre cuando imperfecciones como las citadas sobrepasan el umbral de lo circunstancial o marginal, para convertirse en defectos graves, extendidos y estables.

La primera anomalía a la que voy a referirme es la que se produce cuando la conversación se lleva a cabo en comunidades insuficientemente igualitarias. Sostengo entonces que el derecho debiera resultar de una conversación entre iguales, pero enseguida también, que dicho diálogo se ve amenazado cuando el mismo se crea y despliega en contextos que desafían nuestra común igualdad. Piénsese, por ejemplo, en la concepción política que era compartida por muchos de los juristas y “padres fundadores” del constitucionalismo latinoamericano, a mediados del siglo xix. Juan Bautista Alberdi, en la Argentina, tanto como Andrés Bello en Chile, o José María Samper en Colombia, defendieron con ardor la conformación de sociedades capaces de igualar a sus miembros en relación con sus derechos civiles, pero sin embargo, al mismo tiempo, aceptaron la desigualdad política de su época como una anomalía a ser remediada sólo muy gradualmente. Alberdi sostuvo entonces que no participaba del “fanatismo inexperimentado, cuando no hipócrita, que pide libertades políticas a manos llenas para pueblos que sólo saben emplearlas en crear sus propios tiranos”. En cambio, agregó, resultaba imprescindible asegurar libertades civiles “ilimitadas y abundantísimas para nuestros pueblos” (Alberdi 1920, tomo xiv, 64-65). Lo mismo expresaba desde Chile Andrés Bello, cuando escribía que  “los pueblos son menos celosos de la conservación de su libertad política, que de sus derechos civiles.” Y agregaba: “Raro es el hombre que se sienta más herido cuando arbitrariamente se le priva, por ejemplo, del derecho del sufragio, que cuando se le despoja violentamente de sus bienes” (Jaksic 2001, 212). Quiero decir, Alberdi, tanto como Bello y muchas figuras públicas de la época, defendieron la construcción de sociedades progresivamente igualitarias, asumiendo que, por el momento, era necesario concentrar la preocupación igualitaria en la igualdad civil –la que permitía negociar, contratar, comerciar- antes que en la igualdad política. Alberdi, tanto como Bello y otros, defendieron de este modo anomalías circunstanciales a las que hoy no podemos ya resignarnos. Y ello así, no sólo porque ya ha llegado el tiempo de las libertades políticas que pre-anunciaba Alberdi, sino también porque en ningún caso podemos pensar adecuadamente sobre las libertades civiles o económicas, en ausencia de las voces de quienes, en nombre de esas libertades que tal vez padezcan, encuentran sus más básicos derechos políticos postergados.

El derecho debiera resultar de una conversación entre iguales. Sin embargo, ese ideal resulta desafiado, también –y ésta es la segunda anomalía a la que quiero referirme- cuando se afecta la condición de inclusividad que, en una sociedad democrática, debiera distinguir siempre al debate público. Piénsese, por caso, en las dificultades que son propias de una conversación sobre asuntos públicos que se limita tan solo a expertos o técnicos; o piénsese, sino, en los casos en que el diálogo se encapsula en representantes que actúan con plena independencia de los criterios de sus representados. Estas formas de deliberación que hoy podemos considerar tan imperfectas eran, precisamente, las que propiciaba uno de los más grandes pensadores políticos del conservadurismo de todos los tiempos, Edmund Burke. En su famoso discurso de Bristol, en 1774, y frente a la propuesta de sus adversarios más radicales, que concebían a los representantes como meros delegados de sus electores, Burke presentó una célebre defensa del valor de la deliberación. Fundó entonces su presentación en la importancia de que los representantes pudieran cambiar de opinión frente a los mejores argumentos que encontrasen en el debate, y más allá de las demandas particulares o ambiciones locales de sus electores. La de Burke resultó una defensa fuertemente elitista de la deliberación, que desde entonces distingue a una parte importante de la teoría política. Sostuvo Burke entonces:

“Su representante le debe a usted su juicio; y él le traiciona, en lugar de servirle, si sacrifica ese juicio por la opinión de quienes lo han elegido... el gobierno y la legislación son cuestiones de razón y juicio, y no de meras inclinaciones.” (Burke 1774).

Desde el punto de vista que aquí propongo, la postura de Burke resulta muy controvertida. Primero, porque la política difiere de la ciencia, en cuanto a que ella se desarrolla en un marco dominado por el pluralismo y los desacuerdos razonables, y no en un ámbito en donde la verdad puede ser develada a través de la investigación empírica. Segundo, porque para un representante siempre debe ser posible acomodar o matizar los criterios generales sostenidos por sus electores, con los mejores argumentos que encuentre en el foro político. Tercero –y esto es lo que más me importa señalar- la postura de Burke resulta poco aceptable, cuando tomamos en cuenta criterios como los ofrecidos por John Stuart Mill o Robert Dahl, relacionados con el supuesto de que cada quien es el mejor conocedor de sus propios intereses. Esta última postura contrasta radicalmente con la concepción epistémica elitista sostenida por Burke, y que concibe a la política como ciencia, y a la ciudadanía como incapaz de reflexionar críticamente sobre los asuntos públicos. Contra dicha visión, sostengo aquí que si en la deliberación no se escuchan las voces de todos los afectados, ella va a convertirse, previsiblemente, en vehículo de decisiones parciales, y así, irrazonables.

El derecho debiera resultar de una conversación entre iguales. Sin embargo, ese ideal se frustra –y ésta es la tercera anomalía a la que quiero referirme- no sólo cuando la conversación queda bajo el exclusivo control de una elite, sino también cuando la gran mayoría de los afectados participa dentro de un marco institucional que dificulta o impide el debate. Pensemos, por caso, en el ideal participativo avanzado por Jacques Rousseau. Según el cientista político Bernard Manin, quien ofreciera, contemporáneamente, uno de los estudios más iluminadores sobre la concepción Rousseauneana, el ginebrino favorecía las decisiones que reflejaban la "voluntad general", y que requerían la participación de todos los afectados; pero, al mismo tiempo, condenaba de modo firme todo “intercambio de argumentos” entre las partes. Para Rousseau, tales intercambios producían confusión y parcialidad, y por lo tanto hacían imposible la formación de la voluntad general. Por ese motivo –agregaba- la comunicación entre las partes debía evitarse (Manin 1987, 345). Desde la posición que aquí sostengo, el diálogo limitado a una elite resulta tan condenable como la participación masiva sin diálogo. Piénsese, sino, en plebiscitos como el implementado por la dictadura chilena, en 1988 –un plebiscito celebrado en un contexto de restricciones a la libertad de expresión; limitaciones severas sobre el libre funcionamiento de los partidos políticos y sindicatos; y un uso fundamentalmente discrecional de los poderes coercitivos del Estado. Lo que el ejemplo nos recuerda –más allá de sus resultados- es que la participación masiva tiene poco sentido, si no se aseguran al mismo tiempo las precondiciones elementales de la libre expresión, la crítica y el diálogo. Todavía más: el ideal de la deliberación entre iguales no requiere solamente la posibilidad de que discutamos sobre las decisiones públicas que van a recaer luego sobre nosotros; sino que podamos reflexionar y decidir también sobre los matices de lo votado. Por ejemplo, si se nos convoca a tomar una decisión sobre un Acuerdo de Paz o sobre un texto constitucional, necesitamos tener también la posibilidad de discernir entre un artículo y otro; la de escoger un derecho pero no los siguientes; la de matizar o reforzar cada uno de esos derechos que se nos presentan como ofrendas. Necesitamos impedir lo que Rosalind Dixon denominara el uso de “derechos como sobornos” que se produce cuando, por ejemplo, la ciudadanía es llamada a votar por la adopción de nuevos derechos sociales, que sólo puede obtener si vota, al mismo tiempo, en favor de la reelección presidencial o la mayor concentración del poder.

El derecho debiera resultar de una conversación entre iguales, pero a veces, como anticipara, queda afectado por patologías que frustran completamente dicha posibilidad.  Dentro de estas patologías me ocuparé, en primer lugar, del caso de la desigualdad que se enquista hasta convertirse en elemento constitutivo de una institución o práctica. Pensemos, por tomar un ejemplo, en el caso de una conversación que se da al interior de una familia dominada por un padre autoritario. Pudiera ocurrir que, dentro de ese marco, el padre convoque a los integrantes de su familia para conversar sobre algunos de los muchos asuntos comunes: el trato de unos a otros; los aportes de cada uno a la vida en común; la mayor o menor liberalidad de costumbres reclamada por algunos de los miembros de la familia; etc. En un contexto semejante, no resultaría sorprendente que en algún momento, y cansado de encontrarse con argumentos con los que disiente, o posturas que no está acostumbrado a escuchar, el padre ponga abrupto fin al diálogo por él mismo convocado, levantado la voz, o dando un golpe sobre la mesa: “Ya está, se terminó, me tienen cansado” –podría decir el padre. Por supuesto, no pretendo predecir la ocurrencia de tales reacciones, sino criticar las estructuras que permiten su recurrencia. Se trata de estructuras muy poco hospitalarias para la conversación –estructuras mal preparadas para el desarrollo de una conversación entre iguales, que en los hechos autorizan a una de las partes a pronunciar siempre la “última palabra”, desentendiéndose de las razones y de los reclamos de todos los demás. En sociedades multiculturales, marcadas por el “pluralismo razonable” (al decir de John Rawls), o por el “hecho del desacuerdo” (al decir de Jeremy Waldron), la presencia de autoridades a las que nos cuesta desafiar como ciudadanos; o de políticos con los que no podemos conversar institucionalmente; o de magistrados que guardan el poder de imponer sus decisiones sin ofrecernos derecho a réplica, ilustran las formas indebidas del diálogo entre desiguales.

El derecho debiera resultar de una conversación entre iguales, pero dicha conversación tampoco se obtiene cuando aparecen otras dos patologías, que suelen funcionar en espejo: la patología de la política capturada por grupos de interés; y la de la vida pública afectada por la exclusión sistemática de algunas voces. Cuando el proceso de creación legal queda, efectivamente, en las manos de una parcialidad, el derecho comienza a sesgarse, en línea con las pretensiones de la minoría que lo escribe, aplica o interpreta. Ello así, no por la acción conspirativa de esos pocos; ni necesariamente en razón de la mala fe de algunos sino, sobre todo, por la dificultades que mostramos los humanos para ponernos en los zapatos de los demás –la dificultad que cualquiera de nosotros muestra para reconocer o procesar debidamente los reclamos de aquellos a quienes no ha escuchado, o de aquellos con quienes no ha hablado. Se producen entonces hechos tan obvios como inesperados; tan previsibles como sorprendentes: Parlamentos compuestos exclusiva o casi exclusivamente por hombres, que muestran dificultades extraordinarias para lidiar con cuestiones relacionadas con la violencia marital o la salud reproductiva; sociedades multiculturales, plurales, heterogéneas, con poblaciones carcelarias por completo homogéneas; órganos políticos vacíos de representación indígena, que ignoran durante siglos las demandas históricas de una minoría aborigen. Se trata, en todos los casos, de resultados tan injustos como previsibles desde el primer instante -resultados que contemplamos con extrañeza, sin reconocernos en ellos; y sin advertir que, en buena medida, somos nosotros mismos los responsables o autores de semejantes agravios. Somos nosotros –en tales casos- quienes cargamos los dados institucionales de modo indebido, y los que finalmente construimos los injustos resultados que luego nos dejan perplejos.

El derecho debiera resultar de una conversación entre iguales. Sin embargo, de forma habitual, el derecho es creado bajo condiciones que excluyen, sistemáticamente a una parte significativa de la población, cuyas voces comienzan a resultar inaudibles para el resto, y cuyos puntos de vista resultan así, poco a poco, invisibilizados. El sistema institucional, de ese modo, no nos permite reconocer cuáles son los reclamos de aquellos que se sienten, por todos los demás, maltratados. Se expande, de tal forma, el riesgo de que decidamos inapropiadamente; de que no sepamos balancear de modo justo el peso de las demandas de los más desaventajados. De allí la importancia única que adquiere la protesta en democracia: necesitamos escuchar por qué es que se queja quien se queja; necesitamos saber qué tienen para decirnos quienes se muestran disconformes con lo que hacemos. Por ello, también, es que resulta tan desafortunado que una mayoría de nuestros jueces obre, comúnmente, en el sentido contrario al sugerido, y opte ligeramente por perseguir o procesar a quienes protestan. Nuestros magistrados debieran entender que no hay voz más importante, en una democracia que no es justa, que la voz de quien nos manifiesta su queja. Debemos proteger esa voz, como si fuera la propia, pero no por meras razones de compasión, solidaridad o altruismo, sino por la necesidad que tenemos todos de que no se tomen, en nuestro nombre, decisiones que nos benefician perjudicando indebidamente al resto.

El derecho debiera resultar de una conversación entre iguales, y la buena noticia es que la práctica constitucional contemporánea demuestra que el ideal por el que abogamos es un ideal asequible, y no meramente imaginario. En tal sentido, quienes consideren que la conversación entre iguales nos refiere a un objetivo fundamentalmente alejado de nuestra vida real, harán bien en recordar de qué modo, recientemente, ciudadanos del común mostraron capacidad y disposición a intervenir activamente en complejos debates constitucionales. Ello es lo que ocurrió, por tomar un caso reciente, en un país como Islandia, en el 2010. Quienes se apresuren a objetar ejemplos como el citado por considerarlo propio de tierras exóticas, despobladas, y de composición homogénea, harán bien en llamarse a la prudencia, para informarse acerca del modo en que actuaron las Asambleas Ciudadanas en otros ámbitos –ahora multiculturales y heterogéneos- como los propios de British Columbia y Ontario, en Canadá, abocadas al rediseño de los sistemas electorales. Quienes desmerezcan estos nuevos ejemplos, alegando que refieren a temas poco divisivos o demasiado técnicos, deberán revisar con detenimiento de qué forma, en un país tan religioso como Irlanda, la discusión ciudadana logró resolver, en tiempos recientes, asuntos tan polémicos, concretos y disputados como los relacionados con la salud reproductiva o el matrimonio igualitario. Quienes todavía se obstinen en dejar de lado ejemplos como los anteriores, aduciendo que ellos se vinculan a casos propios de países con poblaciones muy educadas, o culturas sofisticadas, deberán recordar de qué modo, en la Argentina de hoy, jóvenes en apariencia apáticos o políticamente desinteresados, nos dieron lecciones de compromiso público y conocimiento informado, en los extraordinarios debates sobre el aborto que se llevaron a cabo en los meses pasados. Y quienes se empeñen aún en descartar tales casos, aludiendo a la historia de movilización popular propia de países como la Argentina –una historia de movilizaciones que explicaría por qué allí pudo darse lo que no podría darse en otros casos- les convendrá volver a tomarse un tiempo, para rememorar de qué modo los “pingüinos” y los estudiantes secundarios, en Chile, permitieron oxigenar y llenar de vida discusiones públicas tan olvidadas, mal atendidas, y estancadas en el tiempo, como las referidas al derecho a la educación. Ejemplos tan maravillosos como los anteriores, contemporáneos, y provenientes de los confines más disímiles del planeta, nos ayudan a ver lo que ya deberíamos haber reconocido hace tiempo: i) primero, que los derechos fundamentales son creaciones humanas, sobre cuyo contenido y alcance debemos poder discutir; ii) segundo, que las personas se motivan para participar en los asuntos que les interesan, cuando advierten que sus demandas pueden ser tomadas en serio; iii) tercero, que no es cierto que las personas del común carezcan de la capacidad para comprender y decidir sobre temas complejos; iv) cuarto, que tiene sentido seguir apostando al diálogo, aún o sobre todo en contextos de polarización política; y v) quinto, que aún frente a cuestiones fundamentales, relacionadas con la identidad, la tradición o la fe, las personas se muestran abiertas y dispuestas a debatir, matizando o cambiando directamente sus posiciones iniciales. Tal vez haya llegado la hora de dejar de lado muchos de los infundados prejuicios que ayudaron a que no viéramos o a que negáramos aquello de lo que no queríamos hacernos cargo.

Comencé esta presentación recordando a un gran poeta; y quisiera concluirla citando a otro gran escritor. Empecé rememorando a Rafael Alberti, en el exilio, y remembrando su dolor frente a la impotencia de las palabras, en un mundo obstinado en hablar sólo el lenguaje de la violencia. Quisiera terminar esta presentación, entonces, como la he seguido, esto es decir, apostando  por el valor del diálogo, aún o sobre todo en el marco de comunidades más cerradas o endurecidas, empeñadas en hablar sólo con quienes están de acuerdo, y dispuestas a marginar a quienes consideran molestos. Por lo dicho, quisiera concluir homenajeando a un escritor chileno, Pedro Lemebel. Tuve la fortuna de escuchar a Lemebel, en Buenos Aires, en los días previos a su muerte. Decir que pude escucharlo, de todos modos, es exagerado, porque –aunque Lemebel estaba allí para leernos sus crudos textos- él se encontraba ya demasiado débil. Afectado por un cáncer de laringe, mostraba sólo jirones, apenas audibles, de su voz. La metáfora que se nos representó entonces no pudo ser más elocuente: al final de una vida en la que había recibido, una y otra vez, los más humillantes azotes del destrato, el escritor se ponía de pie, nuevamente, para usar la palabra como modo de expresar su disconformidad, dispuesto a enunciar nuevamente su dolorosa e imprescindible queja. Con la garganta desgarrada y una vocecita fina, final, ya casi muerta, Lemebel pedía una vez más lo más básico, esto es, afirmando su derecho a ser diferente, pedía se tratado como un igual. Casi imposibilitado de hablar, mostraba su fe obstinada en el valor de la palabra. Quisiera finalizar entonces, con él, reivindicando la capacidad crítica y transformadora de las palabras, aún o sobre todo cuando nos sentimos sin fuerza o sin mayor esperanza. A pesar de todo, quisiera reivindicar el valor de estas tristezas de tinta que tal vez, una vez más, barra el viento y borre el agua. Insisto entonces con lo que empezara: el derecho debiera resultar de una conversación entre iguales.

BIBLIOGRAFIA

Alberdi, J. B. (1920),  Obras Selectas, Ed. Joaquín V. González, Buenos Aires: La Facultad.
Bello, A. (1997), Selected Writings, ed. por I. Jaksic, Oxford: Oxford University Press.
Dahl, R. (1989), Democracy and its critics, New Haven: Yale University Press.
Everson, S. (1996), ed., Aristotle: The Politics and the Constitution of Athens, Cambridge: Cambridge University Press.
Manin, B. (1987), “On Legitimacy and Political Deliberation,” Political Theory, 13, 338-368.
Mill, J. [1859] 2003, On Liberty, London: Dover Publications Inc.
Nino, C. (1989), Ética y derechos humanos, Buenos Aires: Astrea.
Rawls, J. (1991), Political Liberalism, New York: Columbia University Press.
Waldron, J. (1999), Law and Disagreement, Oxford: Oxford University Press.

27 jun. 2019

Matrimonio igualitario/Corte de Ecuador/Pronunciamiento

Peronismo para todos los gustos

De Gustavo Sala, en Revista Barcelona


Alexy en Bolivia















Aquí en Santa Cruz, Bolivia, en el Primer Congreso Internacional de Derecho Constitucional, referido al "Constitucionalismo Democrático". El Congreso, multitudinario, concluirá con la entrega de un Honoris Causa a Robert Alexy ("Alexis" -escucho le dicen), quien además da el discurso inaugural de la Conferencia. La ceremonia, y su discurso en particular, me resultan muy llamativos -chocante diría. Para explicar por qué eso que siento -una combinación de decepción y molestia; de tristeza y enojo- agrego algunas notas previas, contextuales, y luego me refiero al discurso del homenajeado.

En primer lugar, leo y estudio a Alexy, desde hace más de 30 años (con Nino, en los 80, estudiábamos los "presupuestos del discurso" a través de la obra de Alexy). Admiro, además, la influencia que ha tenido en el mundo, y en nuestra región en particular, desde hace décadas. Me queda claro que la obra de cualquiera de nosotros está a años luz de la suya, en rigor e impacto, siendo simplemente incomparable con la del profesor alemán.

En segundo lugar, la academia jurídica boliviana, en lo que conozco, está tanto o más golpeada que muchas de las academias jurídicas regionales, por razones finalmente objetivas: falta de inversión en educación superior; pocos profesores de tiempo completo; escasas becas y apoyos a la investigación; una tradición dogmática de larga data. Son hechos que ocurren, de modo similar, en muchos otros países, y que cuando aparecen combinados, como aquí, afectan mucho al desarrollo de la reflexión crítica.

Finalmente, menciono el problema político-constitucional que aquí domina la escena. El problema en cuestión incluye a un tribunal superior (el Tribunal Plurinacional) que consideró que la consulta popular convocada por el mismo Evo Morales (!!), para extender su mandato a un nuevo período, y que terminó con la derrota del Presidente (!!), violaba sus derechos humanos (!!). Dos de los tres presentadores que antecedieron a Alexy, aludieron a ese problema jurídico gravísimo que, sin dudas, es el gran elefante dentro del cuarto que habita el derecho boliviano.

Dentro de ese contexto político y legal angustiante, Alexy hace su presentación coronado por tres fórmulas matemáticas sucesivas, de complejidad creciente (el público rió por lo bajo, entre sorprendido y molesto, cuando aparecieron las fórmulas -único soporte del orador- en la pantalla). Como última estación de un curso extenso, podrían haber servido. Como primer paso en una presentación de dos horas, frente a un auditorio no-experto que, posiblemente, escuche su teoría por primera vez, resultaron fuera de lugar por completo. Finalmente, las fórmulas no referían a nada demasiado nuevo (y nada que no pudiera explicarse con palabras): está hablando sobre su "fórmula del peso", y de cómo aplicar un análisis de proporcionalidad en relación con los principios del derecho. Por supuesto que no está mal que Alexy insista con sus temas habituales, pero uno se pregunta, por qué ir a su formulación más abstracta y compleja, en un contexto como éste. Ello generó una tensión que pocas veces he visto, entre un auditorio con formación jurídica especialmente frágil (por razones como las antedichas), y una presentación especialmente abstracta y compleja.

Difícilmente lo siguiera de cerca alguno de los casi 500 oyentes-no especialistas presentes: porque era demasiado complejo; porque no tenía el menor vínculo con la realidad local; porque nadie tenía la obligación de estar informado sobre los detalles de una teoría compleja; porque el discurso se hizo exageradamente largo. Algunos se sonreían; otros hacían algún comentario irónico por lo bajo; quien estaba a mi lado se preguntaba "quién puede animarse a preguntarle algo"; los de enfrente se miraban haciendo burlas sobre la exposición; la mayoría estaba en lo suyo, desenganchada ya. Alexy -y esto va a su favor- aparece muy comprometido con lo que dice, pero -y esto va en contra- por completo ajeno a su audiencia: A quién le habla? Y por qué así, por qué de este modo?

En cuando a la forma: el buen trato y el respeto hacia la audiencia requieren que uno asuma la inteligencia y disposición a entender de quienes escuchan, pero no que presuponga que todos son especialistas del área en la que uno es especialista. Éso no es buen trato. La presentación hubiera tenido sentido, tal vez, en un contexto por completo distinto -pongamos, en un seminario de especialistas en la Universidad de Frankfurt (aunque la hubiera objetado por su autorreferencialidad y falta de novedad)- pero ninguno aquí. 

En cuando al contenido: quien presenta en un encuentro como éste tiene derecho a exponer sobre lo que uno viene trabajando, que suele ser lo que más le interesa a uno. Pero cuando es invitado (homenajeado) por una comunidad completamente diferente a la propia, hace bien si muestra esfuerzos por entender lo que le interesa a los demás: hablo de empatía. Empatía para tratar de reconocer por qué a esos demás tan distantes les importa lo que uno hace. No digo, para nada, que uno deba "traducir" lo propio para adaptarlo a los gustos o necesidades de la audiencia; ni que uno deba ponerse a estudiar la "realidad" del otro, para hablar de ella, con el riesgo de equivocarse en todo. No. Pido mucho menos: reclamo que el expositor deje en claro que tiene frente a sí a seres humanos que no son los que lo rodean a uno en seminarios de especialistas. Reclamo el reconocimiento del otro: el reconocimiento de que los otros están allí (en buena medida, por uno).

Para peor, ocurre esto: luego de que escuchamos, de parte de los primeros oradores locales, acerca de la catástrofe que vive el derecho constitucional boliviano, a partir de los abusos del poder dominante, Alexy ilustra su morosa exposición, exclusivamente, con casos del tribunal constitucional alemán, empezando por una aparentemente crucial decisión que se diera en el caso (literal) de los "conejitos de chocolate, papá noel y el arroz inflado" (!!!) (el tribunal consideró que era desproporcionada la prohibición total de la venta de los conejitos de arroz inflado -conejitos de arroz que habían dejado "devastado" a un niño que pensaba que iba a comer conejitos de chocolate). El otro ejemplo central es el de los cazadores de halcones en Alemania.

Luego, Alexy nos recuerda el modo en que distintos tribunales citan su trabajo, y la seria advertencia que él debió hacerles a varios miembros de esos tribunales: que utilicen su fórmula como criterio analítico, pero que no la transcriban en sus sentencias, como ya lo han hecho! (lo dice con el índice levantado, enojado). Nos cuenta de "la única palabra en inglés" que él creó ("argumeter", que combina argumentos y métrica); avanza sin mostrar una mínima consideración hacia el público, sin hacer el mínimo esfuerzo por conectar sus preocupaciones con las de cualquiera de los presentes; y finalmente se excusa por la notable extensión del discurso, señalando a la traductora (consecutiva) y alegando que el tiempo que necesitó, por ello (por ella) se terminó duplicando.

Me alegra ver a Alexy, a esta altura, tan comprometido con su trabajo. Me disturba verlo tan ajeno al público que ha venido a escucharlo: no es aceptable hacer aquí la misma presentación que podía haber hecho en un seminario de especialistas en Alemania, China u Oxford. No está bien.

20 jun. 2019

Honoris

Para los amigues en Chile, si pasan por ahí


18 jun. 2019

Mañana, ante última sesión del seminario: Constitucionalismo Abusivo!


Y otro libro que llega!

"Authoritarian Constitutionalism: Comparative Analysis and Critique" (Edward Elgar) edited by H Alviar García and G Frankenberg with contributions by R Gargarella, D Kennedy, H Yamamoto, N Sultany, among others http://bit.ly/2FgLG1C 

10 jun. 2019

Moro, Lava Jato, Cuadernos


https://elpais.com/internacional/2019/06/10/actualidad/1560128085_319045.html

Según una investigación del periodista estadounidense Glenn Greenwald, para el diario The Intercept Brasil, el ahora Ministro Moro, y entonces Juez instructor de la causa del Lava Jato, mantuvo conversaciones privadas con el fiscal, destinadas a asegurar la prisión para Lula.

Las revelaciones, de ser ciertas, terminan de manchar la ya opaca trayectoria del ex Juez, y aconsejan su retiro de la vida pública (y, por supuesto, sería mucho peor que fuera al STF con estos antecedentes).

Tales datos tiñen de oscuro, también, la prisión de Lula, cuya condena debería ser revisada. Si lo que se revela es cierto, tal como parece, él no debería estar en la cárcel.

Sin embargo, de ningún modo, como sugieren algunos -sólo porque lo desean- lo dicho significaría que los datos del caso sean falsos; o que parecían culpables sean inocentes; o que los condenados no deban serlo, por ésta y otras causas. En Brasil, por lo menos desde el "mensalao", y por el mismo, buena parte de la dirigencia más importante del PT debía ser penalmente sancionada. Lo que la revelación hace es socavar el proceso llevado a cabo contra Lula, y lo que cae duramente, además, es la ya alicaída imagen del Ministro ex Juez.

Lo mismo para la Argentina: Contra los deseos de los fanáticos, las dudas que genera el dúo Bonadío-Stornelli (fiscal que no se explica cómo no declara en la causa para la que se lo ha citado) no vienen a afirmar que la causa de los Cuadernos sea falsa, ni que los procesados no deban ser procesados, ni que los encontrados culpables no lo sean. Mi impresión es que la causa es esencialmente verdadera, y que los presuntos culpables son efectivamente culpables.

La mafia no deja de existir, ni sus crímenes desaparecen, si la condena a Al Capone se demuestra injusta (evasión de impuestos), o procesalmente mal llevada. Al Capone, en ese caso, debería ser liberado, por supuesto, pero de ningún modo, por ello, lo verdadero se convierte en falso, y el demonio en ángel.


6 jun. 2019

Jurado en un concurso de helados: Breves sobre la sociología del helado, y apuntes sobre el gelato



(Tal vez por mi carácter de hijo de heladeros itálicos, fui invitado como jurado a un Concurso de Helados, así que cuento sintéticamente algunas impresiones)

Breves sobre el Campeonato Latinoamericano de Helado Artesanal, del que fui parcial jurado, gracias a la generosa invitación de Damián A. Digo que fui parcial jurado (que no es lo mismo que jurado parcial), porque –mi malentendido- había aceptado la invitación pensando que el evento se hacía el miércoles anterior, en que no tenía Seminario, pero el Campeonato era hoy, así que tuve que abandonar mi silla en algún momento, para correr hacia la Universidad. Lo siento!!

De lo breve que diría: probé sólo buen helado, lo que es decir mucho, ya que el helado que circula en el país es, en la actualidad, predominantemente malo, en parte porque algunos “maestros heladeros” quedaron durmiendo en los laureles (“el helado argentino es el mejor del mundo”); y otros aprovechan la fama construida en el pasado (por ellos o por otros), para vender cualquier cosa, y sacar los amplísimos márgenes de ganancia que el helado permite sacar.

El helado que probé fue argentino, aunque de base abiertamente italiana -así se auto-presentaban (aclaro esto porque es independiente de la “Copa Latinoamericana” en la que participé parcialmente como jurado). El heladero artesanal argentino sigue teniendo al italiano como modelo casi excluyente (aunque ahora alguno ensaye una que otra versión extraña, tipo helado tailandés o japonés o chino). Pero, otra vez, el helado artesanal, que pretende ser de calidad (artesanal y de calidad no son sinónimos), no se presenta como exótico, sino –todavía- como italiano. El helado argentino de calidad pretende ser entonces gelato. Sin embargo, como diré, helado y gelato son dos productos diferentes, y los nuestros volvieron a hacer helado.

Tres más sobre la sociología del helado artesanal argento, pretendidamente gelato: El mundo del helado artesanal está siguiendo hoy el camino del vino, el café, el chocolate o el aceite. Por lo que se vio, vamos a una nueva segmentación “gourmet”, con expertos y maestros; modernos y divertidos; jóvenes y cancheros –pero lo que necesitamos es retomar la calidad perdida. Bienvenido, entonces, ese nuevo desembarco, aunque –como en los demás casos- esos orígenes sociales y esa socialización de los “nuevos dueños” conlleva riesgos peligrosísimos, como en los demás casos (el peor: arrogantes presentado un mal producto con ínfulas de primer mundo). Ya le pasó a la primera oleada de nuestros maestros heladeros: los heladeros que bajaron de los barcos –en el primer desembarco (como mi padre, que se hizo heladero al poco llegar de Italia)- sentaron estándares de calidad altísimos, que prontamente fueron fagocitados por los que vieron allí una gran fuente de ganancias rápidas.

Sobre la socialización, debería mencionar también -pero lo haré sólo al pasar- el carácter machista, misógino, rudo, poco sofisticado pero a la vez pretensioso, propio del empresario medio argentino (al empresario alto lo conozco menos, pero en lo que lo conozco, es igual o peor, y sobre todo más peligroso, por su capacidad de presión sobre el poder político).

Finalmente: por lo que escuché de los “maestros artesanos” que nos dieron “clase” –los "maestros" dieron las “instrucciones al jurado”- todavía habitan en ellos los mitos auto-sostenidos del estilo: “tenemos el mejor helado del mundo”; “mejoramos al original”; “por lejos, y gracias a nuestras raíces italianas, superamos al helado que se hace en el resto de América Latina”. Poco de eso es cierto, aunque haya sido cierto en algún momento que nuestra base itálica nos permitía sacarle larga ventaja a los demás países de la región. Hoy, por nuestro “dormirnos en los laureles” y también por la híper-especialización que ya llegó a algunos países vecinos (en parte como consecuencia de la desigualdad creciente que lleva a la existencia de “pretensiones de consumo top” -Brasil es el caso principal, no diría el único) se encuentra excelente helado de calidad –genuino gelato- en países vecinos, y muy poco en la Argentina –cuando pudo ser la regla.

Termino con algunas claves para distinguir el helado que prefiero –el gelato- del helado que consumimos habitualmente.

i)                    La grasa: el gelato se hace en base a leche, el helado en base a crema. El gelato tiene entre un 3 y un 10 por ciento de grasa; el helado puede tener tranquilamente un 20, 25% de grasa. Por eso, el actual helado de calidad argentino es pesadísimo (y no como el gelato, ligero y suave). En la misma línea: así como importa evitar el helado grasoso, hay que escapar del helado que nos bombardea a azúcar para ganar en inmediatez: esto no
ii)                  El aire: El aire es una parte importante del helado, pero también una vía al abuso, porque así se puede aumentar fácilmente el volumen (i.e., grasas hidrogenadas). La Argentina oscila hoy entre el helado grasoso-pesado-tipo “Freddo” nueva ola-“de calidad”, y el helado tipo “Grido”, aireado en lugar de pesado, realmente malo (más allá de la deshonestidad de la marca citada –bandada de evasores conspicuos)
iii)                El color: Si el pistacho tiene color verde; y la crema del cielo azul, huir. El buen helado no está pintado, sino que tiene colores suaves, que se mueven en una paleta limitada de colores cercanos al ocre. El “pintado” es el primer gran indicio para no detenerse o no en una heladería
iv)                La vainilla o americana: como sabemos, el helado test, porque “revela” cómo es la base de la heladería de turno. En la Argentina es, también, el mínimo común denominador, dado que todo es americana, con colores o agregados (i.e., pistacho: no tiene pistacho en absoluto, sino que es americana pintada de verde; crema del cielo: americana pintada de azul)
v)                  Los cristales: ya sea porque el helado no es sedoso; ya sea porque no está bien cuidado en su temperatura, es señal de que cabalgamos mal, y estamos frente a un mal producto final (entonces cae agua-hielo dentro del helado, con los cambios de temperatura, por ejemplo cuando se abre y cierra la “tapa” que lo cubre, en los viejos stands de helados –hoy los “modernos” exhiben desnuda y sin tapa su mercadería, lo que en todo caso, en principio, está bien)
vi)                Los productos naturales, o no. En general, distinguimos al helado artesanal del que no lo es, no sólo por la cadena industrial en que está metido el último, sino por la ausencia de los productos naturales que son los que caracterizan al buen helado. El gelato monta buena parte de su fama en esta base –el chocolate viene del chocolate, el pistacho del pistacho, la frutilla de la frutilla; y no de productos químicos, colorantes, etc. Un buen dato adicional: si la heladería rota, o no, sus ofertas de helados, conforme la temporada de que se trate (i.e., no tiene frambuesa porque no es temporada: buen dato, no malo)
vii)              Cucurucho: otro “proxy” importante del buen helado. Si tenemos al barquillo auténtico, empezamos bien; si van a servirnos en el cono tipo-plástico-anti-humedad, o pedimos que nos sirvan en envase de plástico directamente o, mejor, nos vamos

Y eso ha sido todo por hoy. Viva el helado!




5 jun. 2019

Aguanta el Seminario!

Impresionante el seminario de este año, con tanta concurrencia. No es condición necesaria para que funcione, pero alegra ver tanta gente tan interesada en temas de relevancia pública, pero también abstractos, y que nos permiten respirar de la pelea política cotidiana. Se agradece! Y gracias al Instituto Gioja, que debe tener poderes mágicos!