23 ene 2023

Lo que expresa el juicio político a la Corte

Publicado en LN, acá

https://www.lanacion.com.ar/opinion/juicio-politico-a-la-corte-una-iniciativa-caprichosa-y-boba-nid21012023/



Quisiera presentar algunas reflexiones constitucionales a partir de la iniciativa de juicio político a la Corte Suprema, impulsada por el Poder Ejecutivo. Ello así, porque considero que la iniciativa en cuestión representa una expresión extrema, de un momento político también extremo: una etapa de aciago delirio en la trágica comedia en que se ha convertido la historia argentina. Me preocupa, sin embargo, menos el juicio político en sí -una iniciativa caprichosa y boba, que tiene poco sentido tomarse en serio- que lo que la decisión de activar el juicio expresa, en este momento. Pienso en lo siguiente: el impulso dado al juicio nos refiere a una administración desorbitada, repudiada aún por sus integrantes, que se anima a tomar una medida extemporánea y carente por completo de consenso social (hay consenso en torno al mal funcionamiento de la justicia en todas las instancias, pero en absoluto a favor de la remoción de los miembros de la Corte), para la que (lo sabe) no va a encontrar respaldo institucional, y con el solo fin de ofender, embarrar y deslegitimar al máximo tribunal de la Nación. Ello, mientras ese mismo gobierno se muestra impávido e inmovilizado frente a una crisis (económica, social, política) difícilmente equiparable en la historia nacional. Esto es decir: el edificio social se cae a pedazos, y el gobierno usa las poquísimas energías políticas de las que dispone para agredir a aquellos (casi todos) a los que identifica como sus adversarios.

Pero, otra vez, no me interesa aquí examinar la iniciativa del juicio político en sí (una iniciativa -otra más- llamada a perderse en la alcantarilla de los trabajos sucios del gobierno) sino lo que dicha iniciativa torna evidente. Lo que la iniciativa del juicio revela es el alarmante estado en que se encuentra nuestra democracia constitucional, que hace posible que un gobierno -cualquiera- pueda adoptar iniciativas disparatadas; mientras la ciudadanía no puede sino mirar azorada, ya que no cuenta con ningún instrumento institucional apropiado para llamarle la atención al gobierno, o reprocharle por lo que hace o no hace. Nada. Como ciudadanos, la herramienta institucional que nos ha quedado, para ejercer nuestra autoridad democrática entre elección y elección, es ninguna. Lo que se ha ido imponiendo, en los últimos tiempos (como construcción política más que como legado de la historia) es la más pobre versión de la democracia constitucional que hemos visto, esto es decir, la democracia (kirchnerista) como sinónimo de “elecciones, y si no le gusta, arme un partido político y gáneme en la próxima”. Mientras tanto, todos los incentivos institucionales que ofrece nuestro aparato constitucional, aparecen orientados en la dirección equivocada; y nosotros -ciudadanos del común- no podemos hacer nada, salvo esperar la próxima elección, y luego prenderle alguna vela a algún santo, para rogar que los elegidos cumplan con las promesas que nos han hecho. 

Hoy por hoy, en efecto, todos los incentivos institucionales que ofrece el sistema de checks and balances trabajan en contra de los objetivos comunes (cualesquiera sean estos: progreso económico, justicia distributiva, paz social, etc.). En efecto, los mecanismos institucionales hoy vigentes i) alientan el conflicto, antes que la cooperación (ello así ya que, cuanto más concentrado está el poder, más importa obtener o retener los cargos ejecutivos, destruyendo a -antes que cooperando con- el adversario); ii) favorecen y auspician el trabajo de los lobistas, antes que la movilización social (ya que cualquier lobista tiene más chances de avanzar una demanda propia golpeando la puerta del despacho presidencial, que cientos de miles de lograr lo mismo, movilizándose por las calles durante días); y iii) promueven la corrupción político-empresarial, antes que la transparencia en la gestión (ello así, ya que los beneficios que pueden obtener políticos y empresarios pactando entre sí son extraordinarios; sobre todo cuando los principales mecanismos de control al poder han sido desmantelados -sólo como apostilla que nos habla del disvalor de nuestra dirigencia política, recuérdese que llevamos 15 años sin designar al Defensor del Pueblo!).

Dificultades como las señaladas nos muestran de qué modo nuestro sistema constitucional agudizó, con el paso del tiempo, problemas que eran propios del sistema de checks and balances, desde su nacimiento. Es cierto que, en su momento fundacional, el modelo constitucional que hoy tenemos fue el resultado de una diversidad de buenos propósitos (aunque no sólo esto). En un contexto marcado por luchas sangrientas entre facciones con intereses opuestos, la idea fue la de diseñar un aparato constitucional capacitado, a la vez, para integrar institucionalmente a todas esas facciones (la idea era que todos -“grandes propietarios” y “pequeños propietarios”; “mayoría” y “minoría”- ocuparan posiciones de gobierno); otorgarles a tales facciones un poder institucional equivalente; y obligarlas a negociar y acordar entre ellas, antes de convertir sus demandas en un decreto o en una ley. La idea era, en términos de Alexander Hamilton- la de usar la Constitución para favorecer la paz social, evitando las “mutuas opresiones”. Con la misma lógica a la que apelara en su momento Adam Smith, para pensar sobre la economía, James Madison pensó al constitucionalismo asumiendo que los funcionarios “egoístas” terminarían trabajando para el bien común (i.e., impidiendo los excesos de la rama de gobierno contraria) si se dotaba a cada sección del gobierno de los medios e incentivos institucionales apropiados (i.e., veto presidencial, juicio político, etc.).

Lamentablemente, y ya desde su origen, el sistema constitucional de los “frenos y contrapesos” apareció sujeto a problemas graves. Algunos de esos problemas fueron detectados en el propio tiempo de su creación y otros se tornaron evidentes mucho después. Entre los primeros se encontraba el siguiente: el problema de que las distintas ramas de gobierno no “negociaran” entre ellas, sino que ingresaran en una dinámica de “guerra” o de “bloqueo mutuo” -como admitiera el propio James Madison, pocos años después de haber ideado el sistema de checks and balances. El “juego” proyectado, de este modo, podía derivar en uno que ni favorecía la paz social, ni mucho menos la cooperación entre facciones diferentes: “guerra” o “bloqueo muto” constituían las dinámicas previsibles.

De los problemas menos previsibles, el más importante fue el derivado de la “explosión del multiculturalismo”. En efecto, cuando las sociedades modernas dejaron entenderse a sí mismas como lo hacían en el siglo xvii o xviii -esto es decir, como sociedades divididas en unas pocas facciones, internamente homogéneas (artesanos, comerciantes, grandes propietarios, etc.)- y pasaron a reconocerse como las reconocemos hoy, es decir, como sociedades fragmentadas en millares de grupos heterogéneos, todo cambió, y sin vuelta atrás. Hoy, el sueño institucional propio de un momento -el de lograr la representación plena de la sociedad, integrando a “todos” los grupos al sistema constitucional- se esfumó para siempre. En la actualidad, resulta simplemente irrealizable la aspiración de incorporar a la estructura de gobierno (no a 4, 5, 10 grupos sociales, sino) a millares de grupos de composición heterogénea. El resultado esperable, otra vez, es alarmante: los representantes políticos, una vez electos, previsiblemente representarán a muy pocos (y trabajarán -de modo previsible también- más en favor de los intereses del aparato partidario, que en nombre de intereses generales); mientras que la ciudadanía (desprovista de herramientas de control formal sobre el poder) carecerá de toda capacidad institucional formal para exigir políticas particulares o (re)orientar el rumbo de gobierno. Nada por hacer, salvo esperar la próxima elección y rezar.

Llegados a este punto, podemos volver a la cuestión inicial, sobre el juicio político, y entender mejor la naturaleza y gravedad de las dificultades que enfrentamos. Que el gobierno (cualquier gobierno) pueda, en un momento de crisis extrema (de cualquier tipo), quedarse indiferente e inmóvil, frente a la debacle, y optar por utilizar sus escasas fuerzas para agredir a quienes identifica como adversarios (empujado por los caprichos reales de cualquiera) no es sólo muestra de una dirigencia que ha perdido el rumbo. Se trata, sobre todo, de un accionar patológico que el sistema constitucional hace posible y alienta. Y eso es lo preocupante: no bastará con lo urgente - cambiar de elenco gobernante- en la próxima elección, porque el problema que enfrentamos no nace a partir de personas (cada vez peores, digamos), sino a partir de instituciones que nos resultan cada vez más ajenas.


11 ene 2023

La "casta política": qué sí y qué no

 

 https://www.clarin.com/opinion/necesidad-renovacion-institucional_0_pHuXoIVpbm.html



La idea de que vivimos gobernados por una “casta” no es argentina, ni sólo latinoamericana, y si ella se ha extendido tanto, por tantas partes, casi al mismo tiempo, es porque encierra algo que en demasiados lugares se reconoce como cierto. Ello, aunque lo que esa expresión oculta es todavía más importante que lo que muestra. Qué es lo que esa idea sugiere? Lo que sugiere es que muchos objetivos sociales compartidos (paz, justicia, libertad, etc.) se ven frustrados no como producto de catástrofes naturales o desgracias ocasionales, como la pandemia, sino como resultado de una clase dirigente, que gobierna en su propio provecho. Claro, la explicación gana particular atractivo, seguramente, tanto por su apelación conspirativa (“ellos son los que impiden que todos los demás estemos bien”), como por el modo en que nos libra a nosotros, los ciudadanos comunes, de toda responsabilidad en la generación de los males colectivos que padecemos (“los culpables son ellos”). Sin embargo, a pesar de que nos duela, la idea de una “casta” que gobierna a nuestras espaldas y reparte beneficios exclusivos entre sus miembros, involucra intuiciones socialmente muy extendidas. Desde hace décadas, y por razones muy diversas, el sistema de la representación política está en crisis, y quienes ocupan posiciones de poder en ella, encuentran medios institucionales e incentivos (todos los incentivos, diría) para beneficiarse a sí misma, a costa del resto. Qué razones han favorecido esa crisis? Muchas, seguramente, y entre ellas, la mayor heterogeneidad de la sociedad, con más y más variadas necesidades e intereses que satisfacer; la dificultad efectiva de “representar” a una sociedad plural y multicultural; la (consiguiente) pérdida de fuerza de los partidos de masas e ideológicos; la burocratización y profesionalización de la política (la vieja “ley de hierro de la oligarquía” de la que hablaba el sociólogo alemán Robert Michels); el modo en que se han ido corroyendo por dentro las viejas instituciones; etc.

Dicho lo anterior, debe subrayarse inmediatamente que la noción de “casta” también “oculta” algo importante, tanto o más relevante que aquello que visibiliza. Por un lado, dicha noción sugiere algo falso, esto es, que una persona (un “león”), o una “nueva dirigencia”, honesta y jovial, podrá resolver de una vez los problemas políticos que padecemos, cuando finalmente se haga cargo de la catástrofe institucional que hoy nos asfixia. Por otro lado, y lo que es más importante, la idea de “casta” invisibiliza lo que resulta crucial, y es que aquí no hablamos de un problema de individuos, personalidades o rasgos de carácter (los “honestos” que se juegan por el país, contra los “corruptos” entregados al extranjero), sino de cuestiones institucionales de carácter estructural -problemas que tienden a afirmarse y reproducirse con el paso del tiempo. Y es que son tantas las posibilidades de utilizar las palancas del poder para el propio beneficio (lo cual lleva, al grueso de la clase dirigente, a “pactar” entre sí la preservación común de esas ventajas), y tantos los incentivos para hacerlo (ante la falta de controles y la “colonización” de los organismos de supervisión existentes) que lo que resulta esperable es que los “nuevos sujetos” que ocupen los “viejos cargos,” una vez en funciones, repitan desde el poder los mismos vicios que denunciaban desde el llano. Ninguna sorpresa: esto mismo es lo que comprobamos, una y otra vez, luego de la llegada a la Presidencia o al Congreso de aquellos que prometían, durante sus campañas electorales, ser implacables frente a los “privilegios de la casta”: bastan unos pocos días en el poder para advertir que ya usufructúan, con naturalizada suficiencia, de las prebendas y canonjías de las que hasta ayer abjuraban. Pero, otra vez, el problema no es que “esta persona tampoco resultó buena/honesta”: el problema es el entramado de incentivos que permite y fomenta ese tipo de comportamientos.

En la actualidad, padecemos en el país a un elenco de gobierno que, seguramente, es el peor de la historia democrática argentina: un grupo de delirantes que se golpean entre sí, mientras lanza garrotazos al aire, buscando acertar a alguno de sus adversarios. Toda la energía política dedicada a ello: a intentar, con llamativa torpeza, la destrucción del otro. La mala noticia es que, dentro de este marco, el futuro no resulta particularmente prometedor. Tendremos gobiernos mejores (difícil empeorar al actual), pero los problemas de fondo están llamados a mantenerse. En todo caso, la esperanza reside en las lecciones que, ojalá, hayamos ido aprendiendo con el tiempo: que no hay buenas razones para confiar en un nuevo líder o en una nueva generación “salvadora”; que necesitamos de una renovación institucional que asegure mayores espacios ciudadanos para la decisión y el control del poder; que la democracia no es, como quiso enseñarnos el kirchnerismo, un sistema para la periódica elección de líderes (“forme su propio partido y gáneme”), sino algo más bien contrario a lo propuesto: la democracia es, y debe ser, lo que los ciudadanos construyamos políticamente, entre elección y elección.

 

 

 

 

 

14 dic 2022

Retiro 2022-La Plata

Y mientras el mundo sigue rodando, hicimos nuestro mágico Retiro Anual, esta vez en La Plata. Tuvimos todo un día de debates, tuvimos parrilla, y tuvimos las 3 ceremonias de cada año: i) la ceremonia del sorteo de libros (una veintena!); ii) la ceremonia del helado (se ve en la foto); y iii) la ceremonia del licor, cerrando el día. Un milagro que se repite cada año.


2011: San Pedro
2012: San Antonio de Areco
2013 Chascomús. 
2014: San Miguel del Monte
2015: Suipacha. 
2016: Tigre
2017: Cañuelas-Uribelarrea
2018: Capilla del Señor
2019: San Isidro 
2020: La Flor, junto a la Facultad de Derecho (pandemia) 
2021: Plaza del Bellas Artes, frente a la Facultad de Derecho (pandemia) 
2022: La Plata (volvemos al ruedo)







7 dic 2022

Algunas consideraciones sobre el fallo Vialidad



 

Quisiera hacer unos breves comentarios sobre el histórico proceso judicial que culminó ayer. Más allá de omisiones y montos de penas, lo que ocurrió es ya, de por sí, de enorme importancia. Ante todo, i) la acusación y el fallo nos ayudan a entender mejor lo que pasó durante un período crucial, extendido y reciente de la historia argentina (la construcción de una matriz de corrupción, desde el Estado y con empresas privadas, durante el kirchnerismo); ii) desde el estrado judicial, además, se asignaron responsabilidades, dejando en claro quién, de entre los acusados, estuvo a cargo de qué; y iii) el proceso se llevó adelante con pleno respeto de todas las garantías de los acusados. Ello, más allá de las obvias y esperables quejas de los hoy condenados. Y todo eso con un plus: mientras que en el caso de Lula (el “caso-espejo” invocado por el kirchnerismo) el hoy Presidente electo de Brasil quedó injustamente proscripto, luego del fallo; en la Argentina de hoy, CFK (con independencia de sus caprichos y mohines) puede ser candidata, por varios años, a lo que quiera.

La segunda cuestión que plantearía sería la siguiente: Podrá estabilizarse la decisión? Es muy probable que sí. No hay razones jurídicas ni políticas para pensar que el fallo vaya a ser resistido, desde la justicia, en las instancias que faltan para que la decisión adquiera firmeza. Y socialmente? Entiendo que, asimismo, están dadas las condiciones para que el fallo gane arraigo social, y que las resistencias que encuentra (o va a encontrar el fallo), a pesar de ser intensas, resultan finalmente escasas. Si se compara esta decisión con la otra decisión histórica, ocurrida dentro de la vida judicial del país -el Juicio a las Juntas, de 1985- uno puede advertir que, entonces (en 1985), el acuerdo social en respaldo de la decisión era sólido y casi unánime. Hoy, en cambio, el compromiso social que se empieza a advertir, en torno al fallo, parece significativo pero, aunque mayoritario, resulta todavía muy parcial: la “construcción social” de ese acuerdo colectivo contra la impunidad, todavía está por construirse. Sin embargo, es cierto también -y resulta decisivo saber- que el “poder de fuego” o amenaza que guardaban entonces los pocos “enemigos” del fallo (sobre todo, las camadas jóvenes de oficiales del ejército) resultaba entonces, como recordamos bien, muy intenso. Hoy, en cambio, los grupos que se oponen intensamente al fallo (incluyendo a una minoría “trumpista”, en su delirio) aparecen políticamente divididos y socialmente desprestigiados.

Finalmente, me preguntaría si -tal como han señalado algunos miembros presentes de la oposición- puede decirse que “finalmente,” llega un “cambio de época”, en materia de impunidad (Estamos frente a un quiebre histórico, que nos lleva hacia el fin de la impunidad del poder?). Diría que no: estamos muy lejos de ello. Las condiciones favorables a la impunidad de los más poderosos son estructurales, y se encuentran plenamente intactas. Como podemos ratificar cada día, a través de las noticias que conocemos con horror, se advierte un acuerdo muy amplio, dentro de la clase dirigente (políticos, empresarios, sindicalistas, jueces) dirigido a asegurar beneficios mutuos y autoprotección. Y ese acuerdo trasciende ideologías (izquierda, derecha) y grupos políticos (kirchneristas, antikirchneristas), y encuentra apoyo en las mentes jurídicas más brillantes de nuestra comunidad (hoy, los grandes hacedores de la impunidad del poder). Lo que acaba de ocurrir, entonces, es el resultado (por un lado, sí), del hastío social, pero también, decisivamente, el producto del excelente trabajo de una minoría de fiscales y jueces (dentro de la cual destaca el brillante esfuerzo del fiscal Luciani y su joven grupo de asistentes). A ellos, entonces, y por tanto, nuestro mayor agradecimiento. Lo que han logrado, ya queda en la historia.


2 dic 2022

Pasolini ("una dulzura herida"): El fascismo de los antifascistas


Hoy, después de algunas semanas, me despido de Italia, con una serie de recuerdos y textos de Pasolini, quien fue el dueño de mis últimos días por acá. El recuerdo de Fellini, diciendo de Pasolini que tenía "una suerte de dulzura herida". El de Nanni Moretti, quien le ofreció a Pasolini un silencioso y sentido homenaje, en la última escena de Caro Diario (Moretti va a visitar Ostia, donde lo mataron, y sólo dice "no se por qué nunca antes había venido hasta acá", para cerrar luego su película). El recuerdo de la admiración de Pasolini por Gramsci (a quien Pasolini le dedicó su largo poema "Las cenizas de Gramsci", después de visitar su tumba, dejando en claro el modo en que lo conmovió esa búsqueda crítica, antijerárquica, e inconformista de Gramsci -aún hacia Marx). El recuerdo de la pasión, el dolor y la rabia con la que escribía poesía, ensayos o hacía películas.

Y este hermosísimo párrafo que lo muestra entero, autocrítico, hermoso, denunciando a sus propios pares -los antifascistas- y a él mismo, por la responsabilidad de no haber sabido entender a los fascistas, de no haber sido capaz de "hablar con ellos o a ellos." "Tal vez una sola palabra hubiera bastado"


El fascismo de los antifascistas

La responsabilidad es nuestra…No hicimos nada para que los fascistas no lo sean. Sólo los condenamos gratificando nuestra conciencia con nuestra indignación. Y cuando  más fuerte y petulante era nuestra indignación, más tranquila nuestra conciencia. En verdad, nos comportamos con estos jóvenes fascistas de modo racista. Quisimos creer, apresurada y despiadadamente, que ellos estaban predestinados racialmente a ser fascistas, y que frente a esta decisión de su destino no hubiera nada para hacer. Y, no nos lo escondamos, todos sabíamos, en nuestra verdadera conciencia, que cuando uno de esos jóvenes decidía ser fascista, eso era puramente casual, no era más que un gesto, inmotivado e irracional. Hubiera bastado una sola palabra de nuestra parte para que eso no sucediese. Pero ninguno de nosotros quiso hablar nunca con ellos o a ellos. Los aceptamos rápidamente como representantes inevitables del Mal. Y tal vez eran adolescentes, muchachos de dieciocho años, que no sabían nada de nada, que se arrojaban de cabeza en esa horrenda aventura, por simple desesperación...


31 oct 2022

XV. CRÓNICAS DE UN VIAJE. Finale: Italia-Conmoción



Italia conmoción

Sabía que iba a pasarme. 

Quería negarlo, pero lo sabía. 

Es que, no se trata de que Italia me guste, la valore, o me interese. 

Italia me derrumba, me revoluciona la sangre, me atraviesa.

Italia me saca de mi, me emociona hasta dejarme sin fuerzas. 

Italia en su desorden, el caos, aún sus mentiras. 

Italia que se pudre por dentro, Italia que está perdida. 

Italia, que es dura con quien considera extraños

Italia, que puede ser altanera y agresiva. 

Italia, que en ocasiones repudio, lamento o con la mano en alto enfrento. 

Italia, que me enturbia el ánimo, que me indigna. 

Sí, todo eso. 

Pero a Italia la amo hasta no saberlo, hasta pedirle disculpas por amarla tanto. 

Demasiado tal vez: hasta no poder llorar más, hasta decirle basta ya de todo esto.

Por mi infancia, por mis ancestros, por los recuerdos de un tiempo de olivos y pan, un tiempo que supo ser bueno. 

Por su historia, que llega al principio y va hasta al final de los días. Por ese pasado, que es también el mío. 

Italia se escabulle en mí. Como el agua entre las paredes, se va deslizando hasta llegar a mis cimientos (ahora son arrasados, ahora dejo que cedan). Luego, me reconoce quizás, me abraza el pecho y me conmociona, así como ahora, por dentro: hasta hacerme por completo suyo, hasta hacerse enteramente mía. 

*** 




Imágenes de soledad, cuando el día parpadea (y luego se duerme). Un africano primero, luego una jovencísima rumana, con la mano extendida, diciéndome “capo”. El portero del hotel, solo, usando internet en su escritorio, en la medianoche del fin de semana. Una camarera que fuma, la mirada perdida en el horizonte, olvidándose momentáneamente de sus clientes. Los taxis uno detrás del otro, frente a la estación de autobuses, los conductores durmiendo, ordenados en fila, la cabeza contra el volante. Dos paquistaníes, en una plaza menor, a las 5 de la mañana, leyendo sus celulares. Las baldosas flojas con las que nos tropezamos todos, apenas nos bajamos del tren. Una joven robusta, en minifalda, volviendo a un departamento deshabitado, muy tarde en la noche del sábado (detrás otra igual, y todavía una tercera). Una calle comercial, paralela a la principal, negocios alineados, locales vacíos, los vendedores fuera, esperando. La Iglesia activando su plan de domingo: “Pietá and co.” El empleado de una tabaquería 24 horas, en la madrugada, esperando que llegue la hora que le permita irse. Un negro reluciente, perfectamente ubicado entre la recepción y el florero de ingreso. Una joven alta, delgadísima, que supo ser hermosa, durmiendo de pie, al sol, contra una columna (tiene los ojos cerrados, la luz es blanca, y la oscuridad que le ingresa lenta, por las venas). La ciudad es una máquina que en cada latido va arrojando a la calle turistas, en serie, y no hay uno solo con quien quiera sentarse a conversar.







***
Perdetevi a Bologna! Un grupo mixto de amigos, quinceañeros, muy tranquilos y hermosos, van llegando a Bologna, en el mismo tren en el que me encuentro. Una maestra que los ve así, tan rozagantes, tan lindos, tan compañeros entre ellos, les pregunta adónde van. Cuando se entera, enseguida los entusiasma: “Bologna, citta del quore”, los incita. “Girate, perdetevi, perdetevi!”: Piérdanse por ahí, les ordena. Les dice también que es la ciudad de Dalla. “Lucio Dalla, un cantante degli anni 60” -les aclara. “Eh, sí” -responde uno de los chicos, que lo conoce mejor que ella, y se pone a cantarlo un poco. La maestra se suma y lo acompaña en el canto: 
“Lungo l'autostrada da lontano ti vedró. ...Bologna, ogni strada c'è una buca. Per prima cosa mangio una pizza da Altero. C'è un barista buffo, un tipo nero. Bologna, sai mi sei mancata un casino”. 

***


Bologna, te digo un secreto. (Shh, vieni qua, vieni qua con me, ancora piu vicino). Bologna, te digo un secreto, pero no le digas a nadie. Un día (si lo puedo decir así, si no te ofende): un día serás mía, Bologna. Un día, Bologna, lo sé, un día estaremos juntos.






El mar de Paolo Conte, que a la noche se sigue moviendo.
Para cuando termine la estadía en Firenze, que todavía no empezó, queda un premio mayor, que no se si será el único, pero sí se el que es el que más me importa: ir a escucharlo a Paolo Conte. Si todo va bien, cuando lo haga habré cumplido al menos una, de la veintena de razones que puedo encontrar para seguir intentando. Quiero verlo a Conte; quiero escucharlo, en particular, cantando Genova per noi; quiero estar ahí cuando diga, frunciendo la nariz, “Ma quella faccia un po' così. Quell'espressione un po' così che abbiamo noi”. Pero quiero -sobre todo- que repita -me repita- por milésima vez, no importa, lo del mar. Sí. Qué miedo nos da, el mar oscuro, ese mar oscuro que nos asusta tanto, que se mueve también de noche, que no se queda quieto nunca (“ma che paura che ci fa quel mare scuro, che si muove anche di notte, non sta fermo mai”). Entonces ya podré irme, darme por satisfecho: todo lo hecho hasta entonces, todo lo que hizo posible que llegara hasta ahí, habrá valido la pena, todo habrá ganado el sentido que hoy, tal vez, no tenga.

***
Si me cantas Luna Rossa, Murolo. Creo que es la única canción que me animaría a cantar. Pero eso sí, que venga Murolo y la cantamos juntos. Empiezo yo: “Tante e cchiù sigarette aggio appicciato...Tanta tazze 'e café mme só' bevuto...”

Vaco distrattamente abbandunato...
Ll'uocchie sott"o cappiello annascunnute,
Mane 'int"a sacca e bávero aizato...
Vaco siscanno e stelle ca só' asciute...
E 'a luna rossa mme parla 'e te,
Io lle domando si aspiette a me,
E mme risponne: "Si 'o vvuó' sapé,
Ccá nun ce sta nisciuna..."
E i' chiammo 'o nomme pe' te vedé,
Ma, tutt"a gente ca parla 'e te,
Risponne: "E' tarde che vuó' sapé?!
Ccá nun ce sta nisciuna!..."
Luna rossa,
Chi mme sarrá sincera?
Luna rossa,
Se n'è ghiuta ll'ata sera
Senza mme vedé...
E io dico ancora ch'aspetta a me,
For"o barcone stanott'ê ttre,
E prega 'e Sante pe' mme vedé...
Ma nun ce sta nisciuna...
Mille e cchiù appuntamente aggio tenuto...
Tante e cchiù sigarette aggio appicciato...
Tanta tazze 'e café mme só' bevuto...
Mille vucchelle amare aggio vasato...
E 'a luna rossa mme parla 'e te

(198) Luna Rossa-Murolo.wmv - YouTube 


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El leopardo de Borges, y la stanza de Dante. Ah, el final. Final que es el comienzo. Termino acá mi viaje, porque es cuando comienza mi estadía. Termino en Firenze, donde viviré este tiempo, alquilando un cuarto en una casa donde viviera Dante Alighieri. Desde Buenos Aires me traje, por eso, este recorte, para llevarlo conmigo, para traerlo. Ahí figura un escrito de Borges -un relato que, en los últimos años, se ha convertido en mi preferido. El relato es éste que sigue, y trata sobre Dante, Borges, y el leopardo. Dice así (y con él, el final de todo esto).

Inferno, I, 32, Desde el crepúsculo del día hasta la el crepúsculo de la noche, un leopardo, en los años finales del siglo XIX, veía unas tablas de madera, unos barrotes verticales de hierro, hombres y mujeres cambiantes, un paredón y tal vez una canaleta de piedra con hojas secas. No sabía, no podía saber, que anhelaba amor y crueldad, y el caliente placer de despedazar y el viento con olor a venado, pero algo en él se ahogaba y se rebelaba y Dios le habló en un sueño: “Vives y morirás en prisión, para que un hombre que yo sé te mire un número determinado de veces y no te olvide y ponga tu figura y tu símbolo en un poema, que tiene su preciso lugar en la trama del universo. Padeces cautiverio, pero habrás dado una palabra al poema.” Dios, en el sueño, iluminó la rudeza del animal y éste comprendió las razones y aceptó ese destino, pero sólo hubo en el él, cuando despertó, una oscura resignación, una valerosa ignorancia, porque la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de una fiera. 

Años después, Dante se moría en Ravena, tan injustificado y tan solo como cualquier otro hombre. En un sueño, Dios le declaró el secreto propósito de su vida y de su labor; Dante, maravillado, supo al fin quién era y qué era y bendijo sus amarguras. La tradición refiere que, al despertar, sintió que había recibido y perdido una cosa infinita, algo que no podría recuperar, ni vislumbrar siquiera, porque la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de los hombres.”













XIV. CRÓNICAS DE UN VIAJE. Torino, donde todo comienza


Torino, donde todo comienza. La alegría (que es también conmoción, según diré) de este reencuentro con Italia, llega a través de Torino, que es por donde ingreso esta vez, por autobús, desde Grenoble-Francia. A partir de Torino, puede decirse entonces, comienza todo. Ciudad arquetípica del Piamonte, sus habitantes reivindican ese perfil tan propio, tan del norte italiano: cierta austeridad, cierta elegancia, cierta seriedad, cierta cerrazón, cierta frialdad, cierto racismo. Debo decir, también, que hay demasiado de lo bueno por esta zona. Algún amigo la llama capital cultural, otro la cuna del helado (Marchetti, Grom...); también origen del chocolate (Venchi), o donde nace la gianduia (Gianduiotto), o la ciudad de los cafés más bonitos (Mulassano, Fiorio, Baratti, Elena, Torino: preciosísimos, joyerías del café, todas distintas)...Y ya que estamos, también, ciudad que crea el café Bicerin, el vitel toné, el Bonet, los agnolottis, la Bagna Cauda. Y si a alguien le interesa saberlo, Torino es la inventora del Sambayón (prefiero no hablar del sambayón al marsala que sirven, caliente, en Fiorio o en Marchetti). Para que quede claro: todo vendría a indicar que mucho de lo bueno que hay en el mundo empezó en Torino, que aparentemente ese comienzo estaría relacionado con el Ducado de Saboya y -conforme parece- todavía seguiría por acá, pero sólo en sus mejores versiones.







Gramsci: Lo viejo no termina de morir, lo nuevo no termina de nacer.1 En mis primeros años en el “Grupo Nino”, el fraternal amico Robertino dM me llamaba “Gramsci,” por mi afición al filósofo marxista italiano (marxista que, en buena medida, renovó a la izquierda europea por su enfoque, más que dirigido a la economía o a la política, centrado sobre la cultura, la construcción de consensos, la hegemonía. Por ello, se lo considera antecedente fundamental en la construcción del eurocomunismo europeo, alejado de las formas más ortodoxas del marxismo). En esos años iniciales de mi formación, cuando yo terminaba de estudiar Sociología (donde Gramsci tenía su lugar), tuve la suerte de completar un maravilloso seminario sobre el filósofo italiano, dictado en el subsuelo de la librería Gandhi (que entonces llevaba el negro Tula -con perdón del Inadi- en la calle Montevideo). Lo maravilloso del seminario se debió a que el docente a cargo era el enorme intelectual que fuera José Aricó, quien introducjo, tradujo y divulgó el pensamiento de Gramsci, en América Latina, y que -ayudado por las lecturas de Gramsci- ayudó a recrear una vital socialdemocracia, en la Argentina (la hermosa biblioteca de Aricó se preserva bien -milagros hay- en la Universidad de Córdoba, y constituye una de las pocas grandes perlas de la ciudad). Con Aricó, Portantiero, De Ípola y tantos otros, formé parte también, en ese tiempo, de “La Ciudad Futura” (revista que retoma el nombre de una revista que publicó Gramsci -La Citta Futura- y que pudo circular en un solo número). Vuelvo a Gramsci, a esta altura de mi viaje, por su íntima relación con Torino, donde me encuentro ahora. Nacido en la miseria, en Cerdeña, Gramsci estudió y vivió parte de su corta vida (muere a los 46 años, enfermo, maltratado, y por entonces con arresto domiciliario) en esta ciudad piamontesa, que lo recuerda con sus propios olvidos, y a la que Gramsci supo querer y desear («Partí para Turín como si fuese en estado de sonambulismo. De cien liras recibidas en casa tenía solo 55 liras en la bolsa, ya que había gastado 45 en el viaje en tercera clase»).

1.La frase de Gramsci, que aparece en sus “Cuadernos de la cárcel,” dice: La crisi consiste appunto nel fatto che il vecchio muore e il nuovo non può nascere: in questo interregno si verificano i fenomeni morbosi più svariati.  



Menefreguismo radical. Aunque me jacto de ser buen sociólogo, y he andado por acá más de una vez, no alcanzo a comprender bien a cierta parte de la juventud italiana. Jóvenes que, por un lado, se muestran menefreguistas (“non me ne frega niente”, “me ne frega un catzo”), que están hartos de todo, y a los que parece darles lo mismo mucho de lo que les pasa alrededor. Y jóvenes que, a la vez, y por otro lado, son radicales en algunas de sus opciones -políticas, sexuales, de consumo de drogas. Posiblemente, más que las dos caras de la misma moneda, se trate de la misma cara, que todavía no distingo con suficiente claridad. Será el radicalismo de quien piensa que nada -siquiera la propia vida- tiene mucho sentido: todo es una gran merda. Por ahí, tal vez, se encuentra alguna de las puntas del hilo: la fase superior del connsumo, la de quien ya consumió lo más alto, y vio que tampoco eso servía, y aún así, y también por eso, apuesta a ir todavía más allá. Acepta asumir -antes que lucha por conseguir-la opción radical.



Amor y anarquía. Lo que sugiero en el párrafo anterior es algo que se reconoce muy bien en el libro “Amor y anarquía,” de Caparrós (para mí, que no lo he leído todo de él, el libro que más disfruté de los que escribió, junto con “El interior”). “Amor y anarquía” trata de una historia completamente real, que Caparrós documenta bien: la de Soledad Rosas, una joven argentina de 23 años, de Barrio Norte (ocupación: paseadora de perros), que viajó a Italia en junio de 1997, para suicidarse seis meses después (luego del suicidio de su pareja). Eso, mientras cumplía arresto domiciliario, acusada de liderar una banda armada de subversivos ecoterroristas. En seis meses! Seis meses, luego de trabar vínculo con un grupo de okupas y activistas, en Torino. El libro vale al menos ser visto, en su tapa y contratapa. De un lado, Soledad, la paseadora de perros, aparece vestida como colegiala de un Colegio inglés de Barrio Norte. Del otro, la Soledad de apenas seis meses después: rapada, esposada, arrastrada por la policía, haciéndole el gesto de fuck you a los fotógrafos que pretendían retratarla.

El colibrí. Veo “El colibrí,” la película italiana más comentada del año, con grandes actores: Favino, Bérénice Bejo, el propio Nanni Moretti. Película pretenciosa, un supuesto drama sicológico (ay!), organizada en torno a una idea que finalmente está bien. La idea es la que le da el título, la del colibrí, que usa toda su energía -una energía infinita, agotadora, extenuante- para lograr quedarse, para mantenerse siempre en el mismo lugar. 


Solo como un perro (como dos perros) en Torino






29 oct 2022

XIII. CRÓNICAS DE UN VIAJE. Ginebra: Borges en Ginebra, Ernaux en Annecy

 



GINEBRA

La famosa impuntualidad suiza. Me acerco a la pantalla con los horarios, para mirar a qué hora es que llega mi autobus suizo. Mientras me dirijo hacia ahí, pienso en la maravillosa puntualidad helvética. Pero, cuando miro hacia arriba, en la televisión, me encuentro con que mi autobús se encuentra clamorosamente atrasado: 63 minutos!! No “20 minutos” ni “más de una hora”: 63 minutos exactos, precisos! Qué maravilla los suizos: ni un minuto menos. Puntualísimos, hasta para el más estrepitoso retraso.

Ginebra, Italia. Caminando por Suiza recuerdo dos buenas anécdotas de mi viejo amigo C.B., compañero destacado en los tempranos tiempos del “grupo Nino.” La primera historia es de cuando, estando en España, tomó el tren a Génova, Italia, queriendo ir a Geneve, Suiza (peor fue la historia del chino que queriendo ir a la Universidad de Palermo, en Italia, se fue a la Universidad de Palermo, en la Argentina). La otra anécdota la protagonizó C.B. en el aeropuerto de Ezeiza. Cándido para los viajes, fue la única persona que conozco, en la historia de los aeronavegación contemporánea, que acudió presuroso a la Oficina de Controles, cuando desde los autoparlantes se pidió que se reportaran “todos aquellos que hubieran dejado a cargo de otros el armado o cuidado de sus valijas.” Es que, a C.B., la valija se la había preparado su madre, antes de partir. 

Sobre los riesgos de andar sin mapa. Uno de los puntos (altos) del viaje por libre es el de andar sin objetivos, sin planes ni mapas. El problema es cuando uno sufre del mal de la desorientación agresiva, como en mi caso (ya dejé en claro, en viajes anteriores, que me oriento, cuando lo consigo, yendo al lugar contrario de aquel adonde la intuición me lleva. El problema persiste, en todo caso, si es que uno piensa demasiado...). Paseando por Ginebra, ocurrió algo curioso -una de dos, en verdad: i) o es que anduve toda la tarde en círculos, yendo una y otra vez a los mismos lugares, repitiendo cafeterías sin quererlo, encontrando a la misma gente, viendo los mismos rostros, caminando las mismas calles adoquinadas, inclusive preguntándole las mismas cosas a la misma gente, sin quererlo; o ii) es que Ginebra es un planeta extraño, habitado por extraterrestres reproducidos/clonados a semejanza de los humanos, que se repiten en unos pocos modelos, unas cuantas veces, y que se ubican todo el día en la misma área, para lograr confundirlo a uno. Me inclino por lo segundo, pero todavía tengo dudas.

***



Borges en Ginebra, Ernaux en Annecy. Entre Ginebra y Annecy hay muy poco más de una hora de viaje, en autobús. Y como estoy parando en Annecy por unos días, voy a Ginebra cuando puedo. Por lo demás, para practicar mi francés, vengo leyendo a Annie Ernaux (premio nobel de este año, 2022), en estos días, y a Borges (pero éste es un dato sin fecha). Curiosamente, Ernaux se vinculó afectivamente con Annecy, en donde residió por un tiempo; como Borges estuvo, durante su vejez sobre todo, atado emocionalmente a Ginebra, hasta morir en ella.

Sin ánimo irónico o mordaz, llama la atención lo que leo en Ernaux sobre Annecy, sobre todo al comparar sus dichos con lo que lee de Borges sobre Ginebra. Tengo en mis manos “Una mujer,” de Ernaux, y Annecy aparece mencionada dos veces, brevemente (recordemos que los libros de Ernaux son todos brevísimos). La primera dice: “Nos instalamos en Burdeos, después en Annecy, donde mi marido había conseguido un puesto de ejecutivo administrativo.” Y la segunda: “En verano, subía con los dos niños a la colina de Annecy-le-Vieux, los llevaba a la orilla del lago, colmaba su deseo de caramelos, de heelados y de vueltas en tiovívo. Sentada en un banco, se hacía amiga de personas con las que volvía a encontrarse regularmente, hablaba con la panadera de la calle, recreaba su universo. Y leía Le Monde y Le Nouvel Observateur, iba a casa de una amiga a tomar el té (riéndose, no me gusta pero no digo nada!”), se interesaba por las antiguedades (“esto seguro que vale mucho”)”. Quiero decir: una descripción, más o menos como cualquier otra (“Composición, tema la vaca”).


(foto: El Hotel de Ville, que le gustaba a Jorge Luis)


Las alusiones de Borges a Ginebra son escuetas, pero muy diferentes, en tono, forma, substancia. Creo que las conozco a todas ellas. Está la famosa referencia en su poema "La Luna" - "Cuando, en Ginebra o Zürich, la fortuna / quiso que yo también fuera poeta"; y una nota introductoria al poema “Signos”: "Hacia 1915, en Ginebra, vi en la terraza de un museo una alta campana con caracteres chinos. En 1976 escribo estas líneas"; también el final de su prólogo a Los Conjurados: "Dicto este prólogo en una de mis patrias, Ginebra". Y el bonito, más conocido, párrafo, que trascendió como su oda a Ginebra. Transcribo:

“De todas las ciudades del planeta, de las diversas e íntimas patrias que un hombre va buscando y mereciendo en el decurso de los viajes, Ginebra me parece la más propicia a la felicidad. Le debo, a partir de 1914, la revelación del francés, del latín, del alemán, del expresionismo, de Schopenhauer, de la doctrina del Buddha, del Taoísmo, de Conrad, de Lafcadio Hearn y de la nostalgia de Buenos Aires. También la del amor, la de la amistad, la de la humillación, y la de la tentación del suicidio. En la memoria todo es grato, hasta la desventura. Esas razones son personales; diré una de orden general. A diferencia de otras ciudades, Ginebra no es enfática. París no ignora que es París, la decorosa Londres sabe que es Londres, Ginebra casi no sabe que es Ginebra. Las grandes sombras de Calvino, de Rousseau, de Amiel y de Ferdinand Hodler están aquí, pero nadie las recuerda al viajero. Ginebra, un poco a semejanza del Japón, se ha renovado sin perder sus ayeres. Perduran las callejas montañosas de la Vieille Ville, perduran las campanas y las fuentes, pero también hay otra gran ciudad de librerías y comercios occidentales y orientales. Sé que volveré siempre a Ginebra, quizá después de la muerte del cuerpo.”

Voilá! Es la diferencia entre una escritura en donde cada párrafo, de tan rico e intenso, puede ser separado del resto y exhibido; y la escritura que prefiere apelar a un sentido general (suponiendo que ganará sentido, cuando se lea el texto completo). Es decir, también: no hay una sola línea escrita por Borges donde no se lo vea, donde no se lo escuche, donde no se lo sienta. No hay una sola línea que no esté pensada, trabajada como en masilla, moldeada una vez y otra, y una vez más, como el alfarero de las letras que fue. La forma impresiona; la substancia se admira; el tono lo deja a uno en un lugar diferente, mejor que antes, siempre.


Foto: Lago con patos, de Enraux en Annecy

XII. CRÓNICAS DE UN VIAJE. Charles Mungiu: Cuando la conversación es imposible

 


La conversación imposible. Charles Mungiu y R.M.N.
Cuando presentaba mi libro sobre “la conversación entre iguales,” días atrás, en Oxford, una de las autoridades del instituto planteó algunas dudas y dudas sobre las posibilidades de la discusión, en el marco de sociedades deeply divided (“profundamente divididas” por razones religiosas, étnicas, etc., como Israel o India). Un clásico. De hecho, el tema se ha hecho común en estos años, dentro de la discusión académica, ámbito en donde, por lo demás se han publicado algunas cosas importantes, más o menos recientemente (hay un libro de Adrian Guelke, “Politics in deeply divided societies”, y en mis seminarios acostumbramos a discutir -con el auspicio de la autora- el libro “Making constitutions in deeply divided societies”, de Hanna Lerner).



Pero aquí quiero acercarme al tema de la imposibilidad de la conversación a partir de una película que vi, en Chambery, esta noche: “R.M.N.”, de Cristian Mungiu. Mungiu es un gran cineasta rumano, conocido entre otras obras por “4 meses, 3 semanas, 2 días”. Vi casi todo -lo último, al menos- del autor, a quien respeto más allá de que sus films me aburran un poco. Pero esta noche, con “R.M.N.” fue diferente, sobre todo durante 20 minutos situados casi al final de la película. Durante ese largo lapso el autor filma un debate público o audiencia pública (ficticia) descomunal, lucidísima, carente de toda ingenuidad, dolorosa y ácida. Allí, los habitantes de un pueblo de Transilvania -marcado por exilios, inmigraciones e emigraciones de las más diversas (desde húngaros, gitanos, franceses a trabajadores de Sri Lanka, que son los que desatan el conflicto) aparecen alzados mayoritariamente contra las personas de color que van a trabajar en la fábrica de pan principal, en la comunidad. El tremendo debate muestra los testimonios totalmente creíbles, burlones, agraviantes y graciosísimos, con los que los locales, especialmente, resisten cualquier argumento -racional o simplemente humanitario- de los pocos defensores del pluralismo. Desde los clásicos “que se vuelvan a su país,” “no pertencen,” o “cada uno en su casa, como pedía Dios,” hasta los más específicos, relacionados con que ahora iban a tener que “comer el pan que amasan estos inmigrantes con sus sucias manos” (y ante la réplica de que la masa va luego al fuego, la contrarréplica inmediata porque, una vez cocinado, vuelven a manipularlo: “los he visto”). Luego, el médico del pueblo ratificando los dichos (la necesidad de expulsar a los extranjeros, de la fábrica), por razones técnicas (“en su país han tenido la fiebre porcina, el sida, y montones de enfermedades que nosotros no”). Y después el cura bregando porque se comprendan los sentimientos profundos de los vecinos de siempre (solidarios, cristianos), que habitan en la comunidad. Es duro, además, ver cómo caen los argumentos de los dueños de la fábrica, uno a uno: “No son ilegales”. Respuesta: “Pero no son nuestros”. “Tienen certificado de salud”: Respuesta: “Los de aquí no los necesitamos, estamos sanos”. “Ofrecimos trabajo a los de aquí y no vinieron”. Respuesta: “Es que pagan poco” (Y más: “a mí no me pagaron las horas extra cuando estuve ahí” -apoya otro, desde atrás). “Los nuestros también van a trabajar al exterior”. Respuesta: “Pero los nuestros cuando van afuera no molestan”. “Recuerden los conflictos que tuvieron, en Alemania”. Respuesta: “No eran los nuestros, eran gitanos.” Y todo mucho peor que eso. Toda la discusión resulta coloreada (como suele ocurrir, en sociedades como las nuestras) por permanentes burlas efectistas, respuestas rápidas e hirientes, sobre el contrario (Aparece un joven progresista, francés, de una ONG que se ocupa de la no extinción de las especies locales. Sus comentarios a favor de la tolerancia son respondidos con bromas que son azotes -”callate, Liberté, Egalité”; o “tu ONG quiere convertir a nuestro pueblo en un zoológico”). Y más difícil aún: apenas el debate se enreda (porque los intolerantes ven argumentos aceptables del otro lado), se pide “votación democrática ya” (recordemos que sólo intervenían en el debate, convocado por los indignados, un puñado de personas con la posición contraria). Quiero decir, lo entiendo, aunque me pese: todo nos viene a decir que no se puede, no se puede, no se puede, que en ciertas ocasiones, contextos, la conversación no puede. Es la conversación imposible.

La imposibilidad de la deliberación en sociedades profundamente divididas: Es realmente así? Salí de la película golpeadísimo, por la “realista” y demoledora presentación que hace el autor -sin tomar partido, con dolor, se advierte- sobre la imposibilidad de conversar, o llegar a decisiones razonables (racionales, tolerantes, respetuosas de los demás) en sociedades profundamente divididas. Ahora bien, ya repuesto del embate, me pongo de pie otra vez y pregunto: Es realmente así? Es que en el marco de divisiones sociales profundas no se puede, o no tiene sentido, discutir? No es difícil hilvanar algunas primeras respuestas, para llegar a la conclusión de que la situación que se muestra y denuncia en el film, es menos grave de lo que en principio parece.

Los problemas anteceden a la deliberación, no son creados por ella. Ante todo, y como cuestión inicial, importante: hay que dejar en claro que el problema en juego “no es un problema de la deliberación,” sino uno que precede a la deliberación, que ya estaba ahí, y que -tal vez- ni siquiera la deliberación pueda remediar. O sea, en primer lugar: no imputarle a la discusión, dificultades que son esencialmente ajenas a ella, y que en todo caso ella intentará remediar.

La conversación como como de poner en marcha la resolución de problemas que por otros medios no se han resuelto (y no lo han sido, por deferencia hacia el stutus quo). La experiencia muestra que, contra lo que algunos críticos de la deliberación sugieren, los mecanismos deliberativos, implementados en situaciones difíciles, activan soluciones que parecían imposibles, a la luz de otros medios. Piénsese en las situaciones de ocupación ilegal de tierras y la amenaza de desalojos violentos; o en los problemas ambientales (i.e. limpieza de ríos) u otros relacionados con demás derechos fundamentales (i.e., salud) que durante años aparecían irresueltos, y frente a los cuales, típicamente, el poder político no se involucraba (i.e., para no afectar ciertos intereses, u obedeciendo al reclamo de inmovilismo exigido por los mismos), y el poder judicial se lavaba las manos (i.e., alegando falta de legitimidad democrática, o autoridad para movilizar recursos presupuestarios). En casos como los citados, ciertos mecanismos deliberativos ayudaron a poner en marcha los procesos de resolución, que en los otros casos ni siquieran resultaban activados. Quiero decir, en esas situaciones difíciles (en este caso, por la intensidad de las demandas contrapuestas de los sectores en juego), ciertos mecanismos deliberativos (meaningful engagement, como en Sudáfrica; audiencias públicas, en Colombia), iniciaron caminos de resolución, o consiguieron resolver problemas, que hasta entonces permanecían intocados (esto es decir, al servicio del status quo).

El punto es demasiado central, porque -aún en las disputas académicas- la “acusación” aparece y reaparece (Larry Alexander, por ejemplo, escribiendo en el Harvard Law Journal sobre la idea de que no puede estar “deliberándose hasta el infinito”; o que el derecho es “autoridad” y “decisión”). 

La importancia de matizar, no sólo de resolver. Tercero, conviene recordar que, para la mayoría de los problemas que enfrentamos, y muy en particular para los problemas más graves, el tema no es si un determinado instrumento, medio o institución “lo resuelve o no”. Normalmente, de lo que se trata (pongamos, en temas dificilísimos como aborto o eutanasia) es de matizar o mejorar un poco la situación inicial, de trabazón o inmovilismo. Y para eso, el debate público ayuda, más que otros medios alternativos (o ninguno).

El valor civilizatorio de la hipocresía. Cuarto, aún en el film podían advertirse los efectos “civilizadores” de la discusión pública: hay ciertos argumentos que, en público, no pueden hacerse; y es obligatorio buscar razones públicas para respaldar lo que uno dice. Esto es en extremo difícil en algunos casos -casos tan radicalmente extremos como el del racismo, pero aún así -y es un mérito de la deliberación pública- interesa ver que, todavía en esas zonas más bien patológicas, lo que Elster llamó “el valor civilizatorio de la hipocresía” se mantiene. La discusión pública, entonces, es de las pocas ayudas con las que contamos en las situaciones más extremas,

La centralidad de la cuestión procedimental. Quinto, el film ratifica, finalmente, lo que es un tema  central en los estudios sobre el debate público (y mis propios trabajos sobre “la conversación entre iguales”): la prioridad de los procedimientos. Muchos, tratamos de enfatizarlo siempre: no se trata de decir “dialoguemos” (ni de proclamar, simplemente, “que dialoguen las ramas del poder”, como si la maquinaria fuera a ponerse en marcha luego de que uno lo proclama), ni de defender cualquier conversación entre las personas (o entre las ramas del poder) con independencia de la forma en que esa conversación está organizada. Una charla de café, en una tribuna de fútbol, en la plaza pública, o aún en el Congreso, tiene valor o no (más allá de su contenido) de acuerdo con las reglas formales e informales que la organizan. Procedimientos que permiten el anonimato, que premian el insulto o la agresión, que autorizan la posibilidad de que se diga cualquier cosa en cualquier momento (como los que priman en la televisión o en las redes sociales) construyen resultados horrorosos, de los cuales, al menos, no podemos sorprendernos, una vez que ocurren: son hijos directos de esos procedimientos de espanto. Por el contrario, procedimientos que obligan a atender los puntos de vista diferentes, que lo fuerzan a uno a revisar las razones de una parte y la otra, a dar el propio nombre, a mirar a los ojos a quienes piensan diferente, a esperar que el otro cumpla con su tiempo (en lugar de interrumpirlo o burlarlo), como los del jurado, por ejemplo, son en buena medida los que construyen mejores resultados (de ahí que, en promedio, en todas partes, los jurados tiendan a tomar decisiones más parsimoniosas y moderadas que los propios jueces profesionales). Es decir: no se trata de que uno defiende la deliberación, porque es fanático del diálogo; o porque le parece bien que la gente hable; o porque tiene una mirada naif de la vida; o porque, mientras haya algún intercambio entre las partes, de cualquier tipo (en lugar de meras imposiciones) uno ya está satisfecho. No, en absoluto: defendemos la conversación, de un cierto tipo (horizontal, con centro en lasa propias personas), y organizada (procedimentalmente) de un cierto modo (con formas de publicidad, transparencia, orden, información, como la que se propone en los jurados).





28 oct 2022

XI. CRÓNICAS DE UN VIAJE. Francia: L' amour est declaré

 


La reconciliación con Francia. No es que me hubiera peleado con Francia, pero me siento reconciliado con ella. Tengo cantidad de cosas que me enojan, de este país, como de buena parte de la Europa de este tiempo, empezando por el racismo y cierta arrogancia, y siguiendo por lo que Gerald Cohen llamó (en un texto que definió como “no publicado e impublicable”) charlatanismo académico o, siguiendo a H.Frankfurt, “bullshit” (“Why One Kind of Bullshit Flourishes in France”). Pero quiero concentrarme aquí en lo contrario.  Termino el recorrido francés (la grieta por donde entra la luz en Lyon; la turísitica Chamonix; la atractiva, aunque no emocionante, Chambery; la -para mí- desconocida perla de Chapareillan; la ciudad noble y de porte seguro que es Grenoble), y lo hago contento y reconciliado con el país. Es que todo el trayectó por el costado este de Francia resultó hermoso y feliz. Bueno (y me lo digo a mí) hay que saber perdonar, y hay que tener el coraje de la reconciliación. En ese espíritu amical, enumero libremente, sin orden y sin pretensión de exhaustividad ni de mayor precisión, las cosas que me encantan (en el sentido de “encantamiento”) de Francia, y que me vinculan con ella. Algunas de las cosas que menciono (será evidente) vienen desde siempre, y otras resultan más propias de este recorrido.

L' amour est declaré. Lo que me encanta de Francia -lo que más- son los mercados que se abren en calles y plazas, en cada ville, varias veces por semana (y, por supuesto, y en particular -ya lo he dicho- los vendedores con enormes mostachos). Punto altísimo y permanente de mi viaje, de la historia de Francia, y de su historia conmigo (cómo no hay algo idéntico en la Argentina!). Me encantan también los saludos, en particular el de bon courage: qué bueno despedir a alguien pudiéndole decir algo así! (agrego que, en el viaje que acabo de hacer, en un autobús interurbano, subieron/bajaron una treintena de personas, y no hubo una sola que no descendiera del autobús, por la puerta trasera, saludando desde atrás y en voz alta al conductor, que respondió a cada saludo, de manera amable). Me encanta que, en cada pueblito al que fui, hubiera un carrousel restaurado y en movimiento. Me encantan los croissants aux amandes, desde siempre (y en general la presencia de las boulangeries en la vida de cada día). Me encanta ver a la gente circulando con una baguette (y a veces el diario) bajo el brazo (en un viaje anterior, en un pueblito mínimo y hermoso, La Buille, tuve que estacionarme frente a la panadería de la villa, para contemplar fascinado la interminable ceremonia de todo un pueblo entrando a buscar su baguette del día). Me encanta que el país esté repleto de inmigrantes -árabes, marroquíes, africanos- capaces de aportarle al país la riqueza y vitalidad que de otro modo podrían faltarle. Me encanta Zidane, y todo lo que supo representar, como capitán del seleccionado francés, y profundamente extranjero (y me emocionó y alegró muchísimo el jovencito Antoine Griezmann, principal figura de la última Francia campeona del mundo, atendiendo la conferencia de prensa final encapotado con una gigantesca bandera del Uruguay, en nombre de su amigo uruguayo: Arriba la celeste! Vamo Uruguay!). Me encantan las epiceries (podría considerar, incluso, ser un epicere, si es que se tratase de una epicerie bien abarrotada) Me encanta la proliferación de cines, aún en las villas más pequeñas, aún en este tiempo post-pandémico, y la cultura cinéfila que se arma en torno a ellos: Bravo (en francés)! Me encanta la cultura sindical que se preserva. Me encanta poder encontrar cus-cus, o tajines marroquíes, y comidas africanas, en cada barrio.  Me encantan la cidra, el vino dulce (tipo Sauternes), los higos (verlos abiertos más que comerlos), la manteca que nunca como, las confitures como la de St.Dalfour. Me encanta el idioma y (hacer el intento de) hablar en francés. Me encanta, encanta, el fundamentalismo de los quesos, y me encanta que cuenten con 400 variedades, cada una -por supuesto- completamente diferente de las restantes. Quiero decir, entonces, L' amour est declaré!

(buscaba un título para esta sección, justo cuando se me apareció esa precisa vidriera).





Foto: Oh, la diversidad cultural