13 nov. 2018

Consejo para tesistas: Comunidades de diálogo



A partir de mi experiencia en la evaluación de tesis doctorales, podría escribir algunas hojas, pero por el momento me urge insistir sobre un tema importante, que veo muchas veces desconocido o desafiado en la práctica. Se trata de un consejo personal, tal vez controvertido, pero asentado en cierta vejez y experiencia. Hablo del valor de reconocer cuál es la “comunidad de diálogo” con la cual uno conversa.1

Por razones diversas, que incluyen al apuro por terminar la tesis; la carencia de tiempo; la falta de guía o supervisión adecuadas; la ansiedad de leer e incorporar a la tesis todas las lecturas excitantes que se van encontrando; la pretensión de exhaustividad (querer dar cuenta de “todo” lo importante; incorporar todos los temas o ideas más novedosas; mostrarse al tanto de lo “último” recién publicado); etc., muchos tesistas convierten a su trabajo doctoral en una abigarrada, interminable, densa acumulación de citas y clasificaciones -referencias abrumadoras, finalmente desvinculadas entre sí. La tesis comienza a extenderse a lo largo y ancho, y a inundarse con citas de textos y autores: un amontonamiento innecesario y altamente amenazante sobre el valor del trabajo.

Normalmente -debe saberlo el tesista- dicha acumulación al infinito no refleja la “erudición” del doctorando, sino su falta de conocimientos –o, más precisamente, su carencia de herramientas teóricas apropiadas para incorporar y procesar los nuevos conocimientos (procesamiento que puede requerir, por ejemplo, la “eliminación” del “nuevo” tema o autor; o su postergación para eventuales tratamientos futuros).

El tesista debe escoger cuál es su “comunidad de diálogo”: con quién va a discutir; contra quién (contra qué autor) o sobre qué (sobre qué porción del conocimiento) es que va a argumentar. Debe tener en claro a qué aspecto asentado del saber académico va a desafiar.

De modo común, una buena tesis promete ofrecer al respecto un pequeño avance, un paso adelante –no “infinitos” o “múltiples” avances- en la conversación en curso (en alguna de tantas conversaciones posibles). Uno, habitualmente, se “incorpora” con su tesis a conversaciones que llevan ya años, décadas o aún siglos. Conversaciones, por ejemplo, sobre qué significa la idea de igualdad; cómo puede llevarse justificadamente a cabo el control judicial; cómo interpretar el derecho; etc. Se trata, comúnmente, de discusiones extendidas y bien asentadas, a las que uno recién llega.

Por ello mismo, uno debe asumir que mucho de lo que quiera decir ya estará dicho; y que lo que uno podrá aportar será poco, pero tal vez importante: por qué, por ejemplo, tal idea comúnmente aceptada es más frágil de lo que parece; por qué puede desafiarse tal argumento tan repetido; por qué la comunidad de referencia se equivoca al sostener tal cosa, o qué es lo que no toma en cuenta, etc. Elegir la “comunidad de diálogo” es muy importante, porque implica descartar otras, esto es decir, dejar de lado por el momento, temas y autores seguramente interesantísimos, pero que participan de otras “comunidades” con las que uno no va a conversar.

Cada “comunidad” suele caracterizarse por insistir sobre ciertos temas y autores. Cada una de ellas puede incluir a miles de temas vinculados entre sí, y a miles de autores que conversan entre ellos. Por ejemplo, dentro de la Filosofía Política Contemporánea puede encontrarse todavía una tremenda vitalidad, que se expresa en cantidad de discusiones sobre temas apasionantes (la igualdad, la libertad, la dignidad, la coerción, y tantos otros), y cantidad de autores que se critican y conversan entre ellos (siempre se habla, por ejemplo, acerca de cómo “explotó” la Filosofía Política luego de la aparición del libro “Teoría de la Justicia” de John Rawls: infinidad de discusiones nuevas estallaron desde ese momento). Tenemos allí una riquísima “comunidad de diálogo”. El marxismo, desde su nacimiento, generó otra conversación, igualmente rica y vital, que nos acompaña hasta hoy. O la filosofía de raíz francesa, asociada a veces con el “posmodernismo”.

En cada caso, los miembros de la “comunidad” se citan entre sí, refieren a artículos de otros miembros, y procuran avanzar algún paso en la conversación del caso. Rawls, por ejemplo, trabajó 50 años tratando de repensar “una idea,” referida a  los límites de la coerción estatal: 50 años golpeando la misma piedra, para poder decir algo con sentido, avanzar unos pasos en la discusión sobre teorías de justicia.

Por supuesto, es totalmente posible y saludable que los miembros de una “comunidad” citen a los de “otra,” y aprendan o se nutran de ella. Sin embargo, los “cruces” entre “comunidades” requieren de cuidados especiales: el “salto” entre “comunidades” es altamente riesgoso, sobre todo si se hace con poca conciencia de las diferencias existentes entre una “comunidad” y otra. Finalmente, el "salto" es riesgoso porque entre una "comunidad" y otra suele haber un abismo. Y es que, para bien o mal, cada “comunidad” tiene sus temas, preocupaciones, angustias, desafíos, “amigos” y “enemigos” con o contra cuales se discute. La dificultad, normalmente, reside en nosotros: como nuestro tiempo y conocimientos son siempre limitados, el riesgo de que “ingresemos” en una “conversación” de la que no entendemos lo fundamental que está en juego es muy alto. Así, el “salto” entre comunidades requiere de cuidados y, sobre todo, de muchos conocimientos.

Cuando Jurgen Habermas decidió discutir con Jacques Derrida, por ejemplo, se pudo escuchar una cierta “alarma” en el aire: un autor perteneciente a una determinada “comunidad,” tendía un puente con otro perteneciente a una muy diferente. Se trató de una muy buena noticia, con todos los riesgos implicados por ella. Lo mismo cuando autores vinculados a la “teoría crítica” desarrollaron sus objeciones contra aquellos pertenecientes a la “filosofía analítica”; etc. Encontramos muchos episodios interesantes de “cruces”, “encuentros” o “enfrentamientos” entre “comunidades de diálogo” diferentes: suelen ser bienvenidos. Pero, otra vez, se requiere de mucha maestría para hacerlo bien, para “pegar el salto” sin caer en la vanidad o el ridículo: los riesgos de estar hablando de temas que “los otros” tienen, descartados, resueltos o procesados ya, a su propio modo, y hace mucho tiempo, son altísimos.

Chantal Mouffe, por ejemplo, es una autoridad destacadísima en la discusión de Teoría Política contemporánea, proveniente de, o vinculada a, la tradición “continental”. Sus discusiones con la “filosofía rawlsiana” resultan, a mi entender, muy malas, por desconocer acuerdos básicos dentro de la “comunidad de diálogo rival”, lo que genera que comúnmente aparezca construyendo “enemigos de paja,” fáciles de derribar. Doy el ejemplo de Mouffe porque se trata de un caso relativamente exitoso –ella es una filósofa política consagrada- pero aun así, y finalmente, un caso muy inatractivo, por el modo en que se pretende descartar al “rival” del caso (Rawls y su entorno). Quiero decir: si este problema de “malentendidos” afecta a una autoridad consagrada como Mouffe, es dable esperar que resulte mucho más grave frente a alguien que recién comienza y está apenas formándose.

En la práctica efectiva, lamentablemente, la dificultad que enfrentamos es mucho más grave que la mencionada. Y es que muchos doctorandos no se contentan con explorar “qué se dice desde el otro lado de la cerca”, para salir a desafiar entonces a los acuerdos de la “otra comunidad.” Lo que ocurre, en los casos más comunes y complicados, es que los doctorandos “saltan” descuidadamente entre tradiciones y “comunidades de diálogo” diversas, múltiples, como si todos los autores a los que refieren en su tesis estuvieran participando de la misma conversación. Entonces, uno puede incorporar a su tesis el pensamiento de la “escuela rawlsiana”; y al “marxismo”; y a la dogmática jurídica tradicional; y a la “teoría crítica”; y al pensamiento “latinoamericanista”; y al “indigenismo”; y al “feminismo”, y a los “estudios alternativos” y al “posmodernismo”, y a los “estudios subalternos y pos-coloniales”; y así . El resultado: una ensalada, donde uno quiere discutir de todo y con todos, y no deja en claro –posiblemente porque no lo sepa- con quién es que se está conversando.

Actuando de ese modo, y como tesista, no demuestro mi “maestría” o mi "dominio" del "campo", sino mi falta de control sobre el tema elegido; no dejo en claro el carácter “interdisciplinario” de mi tesis, sino mi desorientación; no hago evidente frente a todos mis incontables lecturas, sino mi falta de criterios teóricos; no muestro mi capacidad de argumentar en todos los frentes, sino lo limitado de mi formación. Atención con eso! Estamos frente a un virus grave, peligroso y que se expande. En las tesis también, menos suele ser más: mejor poco y profundo, que un mar de superficialidad.

 1. Agradezco especialmente a Julieta Lemaitre por sus siempre valiosas reflexiones al respecto.

11 nov. 2018

Sobre el nuevo libro de Claudia Hilb

Dos a Rosenkrantz

https://www.lanacion.com.ar/2190572-carlos-rosenkrantz-el-tema-del-impuesto-a-las-ganancias-no-es-la-consagracion

https://www.totalnews.com.ar/index.php/nacionales/19-politica/39336-carlos-rosenkrantz-juramos-por-la-constitucion-y-no-por-convicciones-morales-y-politicas

Interesante, como siempre muy discutible

pd1: Si la idea es pensar que los problemas de desconfianza de la justicia se generan por mala comunicación, y se solucionan con mejor explicación de las sentencias y problemas, estamos mal y vamos mal
pd2: Ahora, que alguien explique la catarata de entrevistas a Jueces de la Corte. Tengo mis hipótesis

8 nov. 2018

Bachianas Brasileiras 8: Grajeas de ternura

Hay algo, en el país donde gobernará Bolsonaro, que se parece demasiado al buen trato, que he sentido siempre que anduve por aquí, y que no necesito poner a prueba. Me pregunto, sin embargo: es qué estamos en una nueva época, donde la agresión pasa a dominar las relaciones personales? Es tiempo de insultos y discriminaciones en las calles? Seguro que las estadísticas muestran algún cambio, pero lo cierto es que el país donde gobernará Bolsonaro sigue estando lleno de personas excepcionales, sobre todo en las clases trabajadoras. Sin ánimo evaluativo alguno, desde que llegué se sucedió –una vez más- una cadena de hechos y comprobaciones enternecedoras. Cuento sólo las que viví en mis primeras dos horas. 



i) Aterriza el avión, en un lugar distante del aeropuerto, y hay que caminar –literalmente- kilómetros por dentro de ese laberinto, hasta llegar a la salida. Un carro móvil, de los que andan por el interior de la terminal, va trasladando unos viejos, me pasa muy cerca, por lo que le pregunto al conductor cuánto falta para la salida. Su única respuesta, riendo, es que me suba al carro, y ahí vamos, por dentro del aeropuerto, los viejos divertidos por mi incorporación, hacia la salida final.



ii) Me detengo en un café para re-armar mi agenda del día. Mi computadora ya no tiene casi baterías, así que busco un enchufe donde recargarla mientras escribo, pero no lo encuentro. A los pocos segundos somos tres personas –dos empleadas y yo- de rodillas en el piso, buscando el enchufe que no aparece.



iii) Camino cerca de la playa –es de noche- en dirección al hotel en el que me hospedo. De repente veo que un joven, con aspecto poco amigable, se me va acercando de modo amenazador. No reacciono, no corro, lo espero tranquilo. Llega a mi lado, se me enfría un poco la sangre, y él me susurra al oído. Me dice: “cuidado, que lleva la mochila abierta,” mientras se aleja cantando.



iv) Estoy en una librería, hojeando un libro de poesías de Carlos Drummond de Andrade. Me interesa lo que leo, así que me agacho un poco, cerca de la pared del fondo, para leer con algo más de detenimiento. Pienso: “ojalá no les moleste que me quede a disfrutar del libro entero”. Pasan apenas instantes y veo una mujer, empleada de la librería, que viene hacia mí. Tiene una silla en mano y,  sonriente, me dice que por favor me siente, así puedo leerlo más cómodo.


Bachianas Brasileiras 7: Mirar de afuera


Frente a ciertas gentes, que miran la tremenda desigualdad desde el lado de arriba, rodeados de confort y arrogancia, recuerdo el debate de textos entre el sociólogo de Brasil Roberto Da Matta (“¿Você sabe com quem está falando?”), y el abogado argentino Guillermo O Donnell (“¿A mí que mierda me importa?”). Pero pienso, sobre todo, en la amiga Rita Segato, y en su “pedagogía de la crueldad.” Y es que, aunque ella formuló su visión en términos más universales (entre sus primeros ejemplos estuvo el film “La naranja mecánica”), me parece claro, también, que su Brasil, en donde residió y enseñó durante más de 30 años, era protagonista y motivación que latía, al interior y a lo largo de todo su análisis. Hay en las clases acomodadas de aquí, unos modos naturalizados de la crueldad, que ayudan a entender este momento trágico (recuerdo con horror un programa de la tv local, en donde se bromeaba con un morocho, feo, petiso y gordo, al que se terminaba arrojando, celebratoriamente, al interior de un camión de basura). Será que en sociedades tan quebradas, tan desiguales, y como cantaba el poeta, “si no cambia todo, no cambia nada”?

Bachianas Brasileiras 6: Villa-Lobos siempre


El Congreso comienza inmejorablemente. Con traje y moño, un joven músico, con aspecto de viejo noble, entona y canta, con voz inconcebiblemente aguda, quebrada, triste: de Heitor Villa-Lobos, “Bachianas Brasileiras n. 5”, la gloria de la música clásica brasileña.
https://www.youtube.com/watch?v=pUCuEd1tjCg Yo la había conocido mucho atrás, a través de la estremecedora versión de Egberto Gismonti y su “Trenzinho do Caipira”
Supongo que existen músicas más maravillosas que ésta, aunque no estoy seguro de conocerlas.

Bachianas Brasileiras 5: Amor gratuito


Carlinhos debe estar jubilado ya, o jubilándose. Trabaja en una disquería que se encuentra dentro de un local que la trasciende largamente. La disquería es apenas un apéndice de un cuerpo mucho mayor, y allí la función de Carlinhos es indeterminada. No es el cobra, no es el que cuida, no es el que ordena. Carlinhos es un entusiasta de la música, que ama lo que hace y se apasiona recomendando discos. Ya lo había conocido en viajes anteriores: él no me recuerda pero yo lo recuerdo perfectamente. Me ve, como cliente nuevo, y viene hacia mí ansioso cuando me ve curioseando con interés. Le brillan los ojos, entonces, cuando me pregunta (sabiendo la respuesta): “Te gusta la música brasileña?” Enseguida, se lanza a revolver discos, haciéndome escuchar trozos de aquí y de allá, definiendo sus gustos (es un tradicionalista de la vieja guardia), diciéndome que éste y aquel son simplemente imperdibles. Siempre termino haciéndole caso, y llevándome varias compras. Es curioso, pero nadie registra nada: él no va a porcentaje, no saca rédito económico del entusuasmo que con su sola presencia genera. Su función se limita a transmitir el amor por la música que le brilla en los ojos.

Bachianas Brasileiras 4: Orquídeas


La primera imagen que vi en la calle, esta vez, apenas salí del hotel, fue la de una orquídea colgada de un árbol. Es un hecho natural en la ciudad, desde hace al menos 10 años, y los encargados de injertarlas allí arriba, de cuidarlas, de seguirlas mientras intentan crecer, abrazadas al árbol, son los porteros de los edificios. Milagros que dependen de personas anónimas, que trabajan mientras no las vemos, que ni sabemos que existen, de quienes ni conocemos las caras, a quienes ni podemos decirles gracias.

Bachianas Brasileiras 3: Felicidade


Estoy en una librería de las más bonitas y escondidas de la ciudad. Los dueños muestran mucho buen gusto, tanto en la selección de libros que han hecho, como en la música que van haciéndonos escuchar. En un momento, empieza a sonar una canción no tan conocida, pero tan bonita de Lupicinio Rodrigues, en la voz de Caetano Veloso. Caetano canta: “Felicidade foi-se embora.E a saudade no meu peito ainda mora. E é por isso que eu gosto lá de fora”. De repente, un angelical coro se suma, desde dentro de la librería: son padre e hija que, sin timidez alguna, corean acompañando a Caetano y continúan con el estribillo: “A minha casa fica lá detrás do mundo. Onde eu vou em um segundo quando começo a pensar.” Salgo de ahí, voy camino de vuelta, y en dirección opuesta a la mía, se acercan, en este caso, una madre que va de la mano de su hija. Ellas van cantando juntas “Garota de Ipanema”: “Olha que coisa mais linda. Mais cheia de graça”. Y sí, la felicidad se parece un poco a esto.

Bachianas Brasileiras 2: Votar al mal y sentarse a esperar




Terminando el evento, una Profesora me retorna a mi punto de partida: es mujer, abogada, joven, negra, activa. Votó a Bolsonaro. Me lo dice en voz baja, en una confesión que ocultó a casi todos los otros. Lo que cuenta resulta, para mí, iluminador sobre lo que entiendo fue una situación extendida, y a la vez confirmatorio de mucho de lo que escribí al respecto. Sostiene: “Lo que yo quiero es sólo ser capaz de volver a la noche, caminando a casa.” Agrega que no confiaba en “la mirada” de Haddad. Al mismo tiempo, considera “ruin” todo lo que le escuchó a su candidato, Bolsonaro, sobre las personas de su “nicho”: mujeres negras. Otros, pienso, lo sé, han hecho cosas parecidas: votaron asumiendo que Bolsonaro no era lo que alardeaba que era; votaron porque estaban cansados de la corrupción; votaron para obligar a un cambio. En todo caso, lo interesante está ahí. El voto masivo a un candidato racista, machista, homofóbico, y favorable a la violencia y el maltrato, no significa que Brasil se haya convertida en racista, machista, homofóbico y favorable a la violencia y el maltrato. Tal vez nada de eso, tal vez sólo un poco, tal vez sólo algunos, un poco. Brasil es más grande y diverso que eso. Bueno sería tener instrumentos democráticos que nos ayudaran un poco, a establecer algún matiz, uno solo al menos, en lugar de obligarnos al “todo o nada” para luego señalar acusatoriamente a quienes no han distinguido.

Bachianas Brasileiras 1: El "momento Bolsonaro" y la desgracia que ya ocurrió


Vine a Brasil por muy poco tiempo, para dos tareas principales: abrir un Congreso de Derecho (en celebración de los 30 años de la Constitución de Brasil), y cerrar otro de Ciencias Políticas (sobre la situación de la justicia en esta etapa). Llego en el “momento Bolsonaro,” con la tristeza y el dolor de lo que eso significa, del daño que ya se ha producido: el discurso público ya se ha contaminado de modo grave, por la naturalización del maltrato que Bolsonaro trajo consigo, y la normalización del agravio hacia los otros, que ese maltrato discursivo torna efectivo. Si en cada uno de nosotros cohabitan sentimientos de empatía y hostilidad tensionados, la humillación que propagandiza el poder ayuda a que aflore en cada uno, y queden legitimados, los peores demonios que contenemos. Un desastre, una enorme pena por lo ya acontecido.

6 nov. 2018

MAÑANA GRAN SESION DEL SEMINARIO: MOVIMIENTOS SOCIALES Y DERECHOS

CON LA COLABORACION DE INES JAUREGUIBERRY Y RAMIRO A. UGARTE
1530, AULA 234. PARA NO PERDERLO!

5 nov. 2018

Mucho más que un cambio de estilo




El pasado 9 de octubre, muy poco después de asumir su puesto como nuevo presidente de la Corte Suprema, el juez Carlos Rosenkrantz pronunció un discurso en el que delineó los principios que guiarían su futura tarea en el tribunal. Como el discurso fue importante –de los que merecen ser discutidos- procuraré en lo que sigue estudiarlo críticamente. Resumiré entonces los puntos principales de su doctrina anunciada, para luego presentar algunos argumentos críticos frente a ella.

El juez sostuvo que "sin reglas no hay desarrollo equitativo y sustentable posible, por la sencilla razón de que solo las reglas pueden estructurar la cooperación.” Remarcó la idea de que "sólo en casos excepcionales cabe declarar que una ley es inconstitucional", afirmando un fuerte principio de self-restraint o deferencia al legislador. Enfatizó el valor de la independencia e imparcialidad judiciales, que extendió a la independencia de las “propias convicciones ideológicas, políticas, religiosas.” Aclaró que el texto de la ley debía jugar un papel primordial en la interpretación del derecho, y que lo sostenido por dicho texto sólo podía ser “expandido o contraído conforme al modo en que la comunidad entendió las reglas a lo largo de la historia, y los cánones que creó a lo largo del tiempo”. Como contracara, alegó que  "no todo lo que nos gusta que suceda" (a los jueces) puede considerarse "válido o exigible" legalmente. Señaló, además, la contradicción que existe entre la  “tendencia creciente a la judicialización de absolutamente todos los asuntos” y la  crítica habitual que se realiza sobre la falta de legitimidad democrática de los jueces para resolver todos esos asuntos. Finalmente, enfatizó el valor de "crear las condiciones apropiadas y necesarias para que los órganos con representación popular decidan por sí mismos sobre los problemas en cuestión".

Son muchas las observaciones que conviene hacer, frente a la riqueza de su presentación. En primer lugar, señalaría que el debate acerca de si la Constitución requiere de jueces “activos” o “auto-limitados” resulta viejo y mal orientado, del mismo modo en que lo sería el debate acerca de si el reglamento del fútbol pide árbitros más o menos “intervencionistas.” En partidos tranquilos o de fair play, esperamos que la presencia del árbitro ni se note (el resultado del partido debe depender sólo de lo que hagan los jugadores en la cancha) del mismo modo en que demandamos el protagonismo del árbitro cuando uno de los equipos se empeña en agredir al contrario, o busca “sacar de la cancha” indebidamente a los jugadores rivales.

Asimismo, en contextos como el nuestro, marcado por injusticias y desigualdades injustificadas, podemos considerar que las obligaciones del juez resultan mayores: para que el “partido” pueda jugarse se requieren precondiciones tales como que “la cancha no esté inclinada” a favor de uno de los equipos que juegan. En situaciones de injusta desigualdad, por lo demás, el principio de deferencia hacia el legislador resulta dudoso. Primero, porque el legislador es corresponsable de las injusticias creadas y duraderas; y segundo, porque “aplicar las reglas”, en países con Constituciones “robustas” como la nuestra, demanda tomar en serio esas exigencias sociales incorporadas en la Constitución, en lugar de actuar como si no estuvieran escritas, o como si la tarea judicial se limitara al respeto de la división de poderes (el caso podría ser diferente, tal vez, en países con Constituciones más “espartanas” o “negativas”, como los Estados Unidos).

Alguien podría objetar lo anterior diciendo: “pero ocurre que, en democracia, no son los jueces, sino el Presidente y los legisladores, quienes deben definir el programa económico” (o “la política es la que debe definir cómo poner en práctica la larga lista de derechos”). Este tipo de afirmaciones, sin embargo, encierran varios errores. Primero, porque el sistema de “frenos y contrapesos” no rechaza sino que exige la “mutua corrección” entre los poderes (entonces, que el juez “interfiera” con lo decidido por los legisladores no resulta una afrenta a la división de poderes sino, dependiendo del caso, una exigencia constitucional). Segundo, porque los programas políticos resultan constitucionalmente irreprochables sólo en la medida en que no conlleven la violación seria de derechos fundamentales (un programa de “ajuste económico” que implique, en la práctica, socavar derechos como los de salud, vivienda o trabajo, debe verse como constitucionalmente “sospechoso”, por más que se proponga “ajustar mucho ahora, para tener menos pobreza en el futuro”). Tercero, porque las formas que puede asumir la “intervención” judicial son diversas: algunos de tales modos resultan democráticamente inaceptables (i.e., el Poder Judicial que le “ordena” a la política seguir un cierto plan económico), mientras que otros modos -más “dialógicos”- pueden resultar impecables o directamente necesarios en términos democráticos (el Poder Judicial, por caso, puede marcarle a la política los límites que no puede atravesar; inducir al gobierno a actuar cuando su “omisión” de actuar genere violaciones masivas de derechos; obligarle a justificar sus decisiones, cuando ellas aparezcan como “presuntivamente inconstitucionales”).

Finalmente, la “teoría interpretativa” ofrecida por Rosenkrantz también resulta muy controvertible. Aunque se nos presenta diciendo que sólo pretende “aplicar el texto” legal, antes que interpretarlo, cada paso que sugiere implica, en los hechos, “interpretaciones” muy cuestionables. Por ejemplo, decir que el texto sólo puede “expandirse o contraerse” conforme a la historia y prácticas comunitarias, es decir nada y todo al mismo tiempo. Porque: qué dice la historia argentina frente a los “recortes jubilatorios”; o la relación Iglesia y Estado; o el juicio a los genocidas? A lo largo de nuestra historia, hemos dicho y hecho, enfáticamente, una cosa y la contraria, reiteradas veces (i.e., sí a los juicios a los militares, no a los juicios, impunidad, leyes de perdón, anulación de las leyes de perdón, vuelta a los juicios). Con lo cual, el juez que nos dice “aplico el texto, y si no, me ato a la historia,” se autoriza a sí mismo, en los hechos, para decir lo que quiere, bajo la excusa de “no estar aplicando sus propias ideas, sino obedeciendo a la práctica comunitaria.”

En definitiva, nos encontramos hoy con los esbozos de una “teoría sobre el control judicial” interesante y renovada –lo cual debe agradecerse- pero también plena de problemas. Resulta importante, entonces, que nos preparemos para el análisis crítico, dadas las significativas y preocupantes consecuencias que prometen seguirse de ella.


1 nov. 2018

Moro con Bolsonaro

Que el juez Moro haya aceptado trabajar como Ministro de Justicia de Bolsonaro me parece inaceptable e injustificable. No porque no se pueda pasar de la Justicia a la Política, ni porque no se puede intentar "cambiar las cosas desde adentro." Pero...no él, no ahora, no con él. La decisión no invalida la investigación anterior, ni la condena a Lula, pero genera lo que en Argentina genera el "factor Bonadío": contamina gravemente una investigación que tiene apoyo "material" y razones jurídicas, al punto de generar sospechas graves y razonables sobre hechos de corrupción ciertos. Algunos insisten con "Moro inocente, Lula culpable," otros con "Lula inocente, Moro culpable." Para mí, como suele ocurrir, todo lo malo es cierto: cierta la corrupción de la política, cierta la "animosidad" injustificada de la justicia. Sopa otra vez.

30 oct. 2018

Justicia dialógica

 En tiempos de desolación política, desde Ecuador, dos importantes trabajos del colega don Paul Córdova Vinueza. Mis más sinceras felicitaciones a él!



29 oct. 2018

Cantar al miedo

De Carlos Drummond de Andrade (gracias J.A.C.!)

Congreso internacional del miedo

Provisionalmente no cantaremos al amor,
que se ha refugiado más abajo de los subterráneos.
Cantaremos al miedo, que esteriliza los abrazos,
no cantaremos al odio porque ese no existe,
existe tan sólo el miedo, nuestro padre y nuestro compañero,
el miedo enorme de las regiones agrestes, de los mares, de los desiertos,
el miedo de los soldados, el miedo de las madres, el miedo de las iglesias,
cantaremos el miedo de los dictadores, el miedo de los demócratas,
cantaremos el miedo de la muerte y el miedo de después de la muerte,
después nos moriremos de miedo
y sobre nuestas tumbas nacerán flores amarillas y miedosas.

28 oct. 2018

El pánico y la extorsión democrática

Un solo comentario, frente a la tragedia en Brasil (y dejando para más adelante otros, relacionados, por caso, con las responsabilidades -no asumidas- de los gobiernos previos en la creación de las tempestades que hoy nos azotan). Quiero concentrarme en una crítica, vinculada (otra vez) en el apuro de muchos, ansiosos por reafirmar su posición elitista: “la gente no sabe votar,” “actúan como rebaño”, “todos manipulados (menos nosotros).” Lo cierto es que estamos a la merced de una “extorsión del sistema democrático”, que virtualmente nos impide conversar, nos autoriza una mínima expresión cada tantos años, nos obliga a sintetizar de un modo irracional decenas de demandas, que luego interpreta –quien gana- del modo en que más le conviene.

A poco de nacer, el sistema democrático fue vaciado de contenido efectivo, y de las herramientas que en algún momento tuvo, o que se habían pensado para él. Originariamente, el voto periódico fue concebido como un “puente” entre muchos otros, reales-existentes o imaginables, entre electores y elegidos (instrucciones obligatorias, mandatos revocables, rotación obligatoria, elecciones anuales, asambleas comunales-cabildos, etc.). Con las “revoluciones” triunfantes, en Estados Unidos y América Latina, el único puente que quedó en pie fue el voto periódico: los otros puentes se quemaron, fueron “volados.” Con lo cual, se cargó sobre la espalda del voto una responsabilidad extraordinaria, que el voto no está en condiciones de cumplir. Así, quedamos todos bajo una situación de extorsión permanente: en cada votación podemos querer expresar miles cosas, pero podemos decir sólo una, y quedamos entonces a merced de esa creada impotencia. 

Frente a cada votación, de manera usual, pueden converger en nuestro voto ideas como las de “basta de inseguridad,” o “corrupción nunca más,” o “más seguridad social”, o “no más aumentos,” pero tenemos una sola herramienta de comunicación institucional, plana o de una sola dimensión, frente a la cual el principal intérprete es “el poder.” Entonces, quien gana la elección puede luego leer –interpretar- mi voto, diciendo lo que quiere escuchar: “ah, has dicho fascismo”, “ah, reclamas homofobia”, “ah, has pedido machismo.” Ello, cuando muchos quisieron decir “inseguridad no, homofobia tampoco,” o “basta de machismo, pero por favor mejoras sociales, y basta de corrupción”  y así al infinito. A partir de las herramientas que (no) tenemos, no podemos discernir nada; decir más de una cosa; establecer matices; pedir “esto sí, pero aquello no”; exigir “este funcionario sí, pero aquel no;” responsabilizar de modo discriminado; repartir con nuestro voto premios y castigos: nada. 

Como si estuviéramos todavía en la época de las cavernas, seguimos sin posibilidad de llevar adelante una “conversación democrática”: sólo tenemos la capacidad de arrojar algunas piedras contra la pared, cada tanto tiempo, con la esperanza de que se entienda nuestro “mensaje arrojado.” Seguimos careciendo de palabra política. Estamos forzados a ranquear nuestras preferencias y demandas (digamos, seguridad frente a dignidad; honestidad presunta frente a autoritarismo), escoger una sola de ellas (votando, por caso, al candidato que favorece seguridad, pero que deja dudas sobre su carácter democrático), y confiar en que se va a saber de-codificar el mensaje que ofrecimos. Entonces, no es cierto que el pueblo sea tonto, que vote tan mal, ni que sea tan manipulable. Sin eliminar su responsabilidad de nada, lo cierto, lo más importante, es que padecemos un sistema democrático vaciado, que hace que vivamos –nosotros, como votantes- extorsionados, y a la merced del amplio poder del poder de turno.

No al fascismo, no a la vergüenza, no al machismo, no a la homofobia, no al cualunquismo

No a Bolsonaro en Brasil

27 oct. 2018

Teatro de guerra

Muy impresionante la película de lola arias (también hay una obra de teatro) sobre la guerra de Malvinas, con actuación de veteranos ingleses y argentinos. Con obtener una sola de las escenas que ella logró, me habría dado largamente por hecho. Más allá de las resistencias que me genera su exploración de las (auto)biografías, la auto-indagación, la revelación del "yo interior," la obra (me) resulta extraordinaria, en su radicalidad y en la emoción que encuentra y ayuda a exponer, con un tema tan sensible como enterrado en la memoria. 

25 oct. 2018

Por qué habríamos de expulsar al extranjero disidente?

El derecho a la crítica no merece ser ejercido de cualquier modo, ni debe ser usado como excusa para agredir al otro. Sin embargo,
a) se trata del derecho que sostiene a los demás derechos, por lo cual merece una protección especial
b) lo cual implica, entre otras cuestiones, que no debemos apresurarnos a sancionar o perseguir a quienes lo ejercen, aún con excesos: en democracia, la mano de quien protesta es la última que debemos soltar
c) el extranjero, como cualquier otro, tiene derecho a protestar, y aún a equivocarse en los modos en que ejerce sus derechos. Ellos no deben ser tratados como minusválidos o ciudadanos de segunda en el modo en que asignamos y protegemos derechos
d) la mayoría de los extranjeros que llegan al país lo hacen como lo hicieron los extranjeros que hicieron crecer al país: escapando de las desgracias sufridas en sus lugares de orígenes. Cuál es el motivo para apresurarnos a expulsarlos, frente a la primera falta grave que cometen, y muy en particular a la luz de las dificultades habitualmente padecidas por ellos en sus lugares originarios? Quiero un respeto especial, antes que un maltrato especial, a los exiliados político-económicos que llegan a nuestro país. Qué tipo de crueldad es ésta que pretende ejercer el Estado, en nuestro nombre? No en mi nombre, por favor.

24 oct. 2018

El "momento Bolsonaro," anticipado por el cine brasileño contemporáneo



Muy habitualmente, la buena literatura, como el buen teatro o el buen cine, lo son porque saben dar cuenta de un estado de situación, ánimos colectivos, temores y ambiciones compartidos dentro de segmentos relevantes de la sociedad. En algunas manifestaciones recientes del cine de Brasil, pueden encontrarse pinturas notables sobre la vida pública y los conflictos sociales del país -retratos que ningún manual de sociología latinoamericana había sabido ofrecer. Miradas lúcidas, llenas de interrogantes y destellos de luz, que ayudan a entender la desgracia política que hoy emerge en sus peores formas.

Pienso, en particular, en los filmes de dos extraordinarios cineastas contemporáneos, que exhiben una obra que, en ambos casos, parece hallarse todavía en sus comienzos. Uno de tales directores es Klever Mendonca Filho, y el otro es José Padilha, y ambos son autores de películas de éxito marcado, tanto en Brasil como en el exterior. Voy a detenerme, en particular, en la obra más conocida de Kleber Mendonca –el film “Aquarius,” del 2016, protagonizado por la mítica Sonia Braga- aunque mucho de lo que quiero decir puede encontrarse también, o entenderse mejor, a través de otras de las obras en juego. Pienso, por un lado, en la maravillosa “O som ao redor” (2012), de Kleber Mendonca; y por otro en tres filmes muy destacados de Padilha: “Bus 174” (2002) –para mí, uno de los mejores manuales de sociología brasileña, en décadas- y sus dos grandes y polémicos éxitos –“Tropas de Elite”, en versión 1, del 2007, y 2, del 2010.  

“Aquarius,” de Kleber Mendonca, habla, entre otras cosas, de la zozobra social que genera la modernización, en particular la modernización desatada, sin límites y sin controles, como suele serlo la que toma lugar en sociedades muy desiguales. Dicha modernización urgente y a los empujones no tiene empacho en arrasar con tradiciones y formas de vida; socavar los lazos comuniarios; derribar casas, edificios y barrios históricos; y aún acorralar –como en el caso del filme- a quienes se oponen a ella. El desarrollo irrespetuoso o inhumano, acompañado del desgarro social que deja a su paso, son los primeros datos que definen el contexto de estos filmes.

Son muchos, de hecho, los rasgos del momento político y social que quedan reflejados en “Aquarius” y las otras películas señaladas. Mencionaría, ante todo, la tensión entre el “afuera” y el “adentro”, siendo el “adentro” la casa, el trabajo, el status o la propia clase social. En “Tropa de Elite 1,” dicho conflicto se expresa con el foco puesto en la “amenaza” representada por los más marginados y habitantes de las favelas. En “Bus 174”, el enfrentamiento se manifiesta con la metáfora de un ya crecido menino da rua, arrasado por las drogas, que “irrumpe” enloquecido sobre la tranquilidad de un viaje en autobús, una mañana cualquiera. En “O som o redor”, se trata del modo en que la violencia de los de “afuera” golpea las puertas de los habitantes de un rico condominio en Recife. En “Aquarius,” el apremio cambia de clase, para comprometer a una mujer liberal e ilustrada, tratando de defenderse ante la “invasión” irrefrenable de los “emprendedores” que, a toda costa, quieren tomar control de su propiedad, y consolidar así su propio proyecto desarrollista.

En lo anterior aparece ya enunciado otro elemento social de relieve, común a estas obras: el sentimiento de “inseguridad” y “paranoia” que se vertebra en el encuentro entre el “afuera” y el “adentro”. Así, en el terror infinito ante la amenaza brutal de lo “distinto”, en el Bus 174; el pánico ante la radicalidad de los enfrentamientos de la “Tropa”; el temor constante ante la intrusión imaginada en el condominio de Recife; y el miedo creciente en “Aquarius,” ante la certeza de una nueva incursión enemiga en el terreno más sagrado, el de la propia casa.

Cada uno de los eventos citados aparece punteado, además, por otro elemento motor: las diferencias extremas en las condiciones de clase. Son esas diferencias, tan acentuadas en Brasil, las que convierten al otro en desconocido; al desconocido en enemigo; al enemigo en algo temible; y a lo temido en violencia: la vida pública aparece entonces como una “guerra,” en la que uno se involucra para preservar lo propio –la última frontera, la del hogar o la propia vida- frente “al otro” que, real o imaginariamente, está dispuesto a todo para quitárnoslo todo.

Allí también se tornan evidentes, entonces, otras características de época: el nivel extremo del enojo social; la “traición” que se advierte en quien podía estar de nuestro lado; el carácter radical de las reacciones de furia de unos contra otros; la violencia, como el lenguaje natural de las relaciones personales; y, sobre todo, la venganza. Me detengo un instante en la venganza, porque representa un componente de algún modo novedoso, dentro de una constelación de partes más conocidas. La venganza se encuentra detrás de la “justicia por mano propia” -una justicia radical, definitiva- y es la que quiere justificar el ajusticiamiento del “enemigo”. Darle, de una vez por todas, su merecido a los criminales que se esconden en las favelas; al delincuente armado que desciende del autobús secuestrado; o a quien osa ingresar en nuestro “territorio sagrado.” En este sentido, filmes como “Tropa de Elite 2” o “Aquarius” aparecen con variaciones interesantes, frente a las primeras películas de sus respectivos autores. En el cine de Padilha, ahora, la “guerra” tiene como protagonista al Capitán Nascimento –un sujeto híper-violento pero “no corrupto”, lo que también resulta notable para pensar la nueva escala de valores. La “guerra” se desata en este caso contra quienes gozan de privilegios superiores -es decir, ya no, como en “Tropa de Elite 1”, contra los excluidos y marginados. El “enemigo ahora está adentro”, como se anuncia en el título inglés de la segunda película de la serie. En el cine de Kleber Mendonca, mientras tanto, el “afuera” que estaba “abajo” en “O som ao redor”, pasa a estar “arriba” en “Aquarius.” Quiero decir: la venganza con violencia extrema puede ir de ricos a pobres y de pobres a ricos, como pueden darse situaciones, también, en donde “el enemigo está adentro.”

La experiencia de “Aquarius” resulta, en este respecto, la más trágicamente reveladora. Los emprendedores, que ya no saben qué hacer para obligar a la protagonista a abandonar su morada, se animan a sembrar “termitas” en el edificio en el que ella vive, para alejarla. La metáfora del “invasor” –del “otro”, del de “afuera”- invadiendo la “casa propia”, para lograr su objetivo, a través de medios tan radicales y extremos, resulta tremendamente expresiva del momento: “el otro” invade mi “territorio sagrado” a través de un operativo terrorífico, que termina carcomiéndome implacablemente las propias paredes, por dentro y hasta quebrarlas. Pero si la aterradora metáfora de las “termitas” nos dice mucho sobre un estado de cosas, tanto o más nos dice la venganza de la propietaria –una intelectual, algo bohemia, de clase media ilustrada. Ella, construida como personaje con quien podemos identificarnos, es la que decide encarnar la venganza –la de todos nosotros contra quienes nos han “invadido”- y lo hace a través de los mismos medios utilizados por quienes la han agredido. La venganza contra quienes se animaron a llegar tan lejos, invadiendo nuestra intimidad de ese modo, resulta igual de brutal, y desvela otra parte del secreto: el vengador privilegia “devolver el golpe” –darle al “agresor” su atroz merecido- aunque ello implique que uno deba cargar, en consecuencia, y sobre el propio cuerpo, con los costos de la represalia. Si esta situación no nos habla del “momento Bolsonaro,” no sé cuál otra podría hablarnos de ella. Lo dicho, a su vez, nos sugiere una revelación y una paradoja.

La revelación sería ésta: el “momento Bolsonaro”, que nos muestra a las clases altas y medias dispuestas a dispararse en el pie para que el “enemigo” (en buena medida el Partido dos Trabalhadores) reciba su “merecido” violento, nos deja apreciar de manera notable la dimensión de la herida. Tanta y tan grave, parece ser, la agresión que sintieron las clases más acomodadas en la última década. El embate sufrido pudo ser semejante al que pueden representar miles de “termitas” carcomiendo por dentro, de modo implacable, las paredes de la “casa propia,” hasta derribarlas. Que parte de quienes apoyaran al oficialismo, en Brasil, como en latitudes cercanas, no reconozca la dimensión del daño infringido por sus allegados; minimice la corrupción que en los hechos avalaron; se ría de quienes les critican hablando de la honestidad perdida; o busquen consuelo diciendo que “son todos iguales”, sugiere también que el problema viene a quedarse por un tiempo: la obcecación caprichosa, tanto como la irracionalidad política, o la ceguera frente a los agravios causados, se mantienen.

La paradoja aludida, mientras tanto, es la que nos refiere al carácter reversible de los relatos narrados. En verdad, Kleber Mendonca no supo del “fenómeno Bolsonaro” al momento de escribir su película; pensó a su film como un manifiesto por la justicia social (en su momento, el director comparó “Aquarius” con “Yo, Daniel Blake,” de Ken Loach); y protestó en Cannes, junto con todo su equipo, contra lo que denunció como el “golpe de estado” liderado por Michel Temer. Mucho más que eso: “Aquarius” fue vista, elogiada y repudiada por muchos, en los tiempos de su estreno, como metáfora de la derecha que quitaba del lugar que le correspondía, a la Presidenta Dilma Rousseff, a través de medios feroces, ilegítimos y reñidos con la legalidad. Sin embargo, en línea con lo que decía más arriba, las condiciones político-sociales que dan cuenta de la furia, la traición, la venganza y la violencia extremas se encuentran dadas, y no tienen una dirección necesaria o fija: pueden ir de un sector social hacia el otro…o de reversa. De allí que el director de “Aquarius” haya podido hacer su film antes de saber nada acerca de la remoción de Dilma (y, de algún modo, anticiparla); o que su película pudiera ser leída como “metáfora del golpe”; mientras refería a hechos sociales idénticos a los que, finalmente, dan cuenta de la llegada de Bolsonaro, y que, en buena medida, permiten explicarlo. Un dato notable que ratifica lo dicho es que “Tropa de Elite” –de los filmes más vistos en la historia de Brasil- fuera escrito y en parte filmado “por izquierda”, pero luego leído y retomado “por derecha.” Ello así, al punto que el Capitán Nascimento pasara a convertirse en “héroe torturador”, y su rostro deviniera en la máscara más popular entre los niños, durante el Carnaval que siguió al estreno del film. De más está decir, por lo demás, que el Capitán Nascimento representó entonces a una figura con rasgos afines a aquellos que muchos proyectan hoy en Bolsonaro: un “justiciero,” violento, capaz de administrar tortura pero, a fin de cuentas, digno y enemigo de los corruptos.

Las dimensiones institucionales de la tragedia, expresadas por películas como las mencionadas, también son claras: las acciones y omisiones del gobierno son las que aparecen permitiendo primero y reforzando luego, la presencia de desigualdades e injusticias gravísimas; las autoridades políticas y judiciales no son en absoluto confiables, y son reconocidas, en todo caso, como cómplices de los atropellos; ante la agresión que llega de la política, la “salvación” aparece ofrecida por la policía, el ejército o los parapoliciales; la venganza ante la injusticia social es privada, o se da por fuera de la ley, porque no hay canales institucionales capaces de proveer remedios a las tensiones. En definitiva, la vida pública expresada o supuesta en estos filmes se muestra corroída por dentro, y marcada por las peores irregularidades. Dentro de este marco, la política y el sistema institucional no se muestran como solución a los problemas en juego, sino como parte esencial del mismo. De este modo, además, y conforme a la representación que se exhibe, “el enemigo” parece haber pasado de afuera a adentro (“el enemigo está adentro”); la “putrefacción” ha llegado a carcomer las “paredes interiores” del sistema de gobierno; y el conflicto social adquiere la dimensión de una “guerra”. Más ricos o más pobres da lo mismo: la inconformidad social se transforma en furia política, y ella se dirige contra un sistema que ha traicionado sus promesas, y al que hay que darle por tanto su merecido, con la misma violencia que se le atribuye, como al peor enemigo.


23 oct. 2018

Murió Horacio Cardo

Paren de morir gente!
Perdón por los inconvenientes. Estamos trabajando para usted

Sanción para Arato


Días atrás contábamos de un seminario con Bruce Ackerman, en donde el amigo Arato (marido de Jean Cohen) estuvo a punto de explotar en apasionado enojo. Vivimos esos enojos varias veces: Arato se apasionaba con los temas que discutía, porque creía visceralmente en lo que decía, y se involucraba a fondo con cada uno de los temas en los que argumentaba. Sí, se enojaba frecuentemente, pero por convicción política y compromiso académico. En todo caso, nada de aquello tenía que dar lugar a reacciones como éstas: Arato impedido de entrar en su Universidad, salvo para dar clases; impedido de interactuar con colegas y estudiantes, sin estricta supervisión. A las ofuscaciones del amigo, la desmesura habitual como respuesta. Una pena
Dos notas sobre el tema, acá, y acá

22 oct. 2018

ESTE MIERCOLES EN EL SEMINARIO: TODO WALDRON

IMPERDIBLE, ESTE MIERCOLES A LAS 1530, PARA QUIENES CONOCEN POCO DE UN AUTOR QUE CAMBIO EL EJE Y EL NIVEL DE LA DISCUSION SOBRE EL CONTROL DE CONSTITUCIONALIDAD

21 oct. 2018

En los pliegues de la revolución

En los pliegues de la revolución quedó “el beduino,” durmiendo en el piso, con la cabeza apoyada sobre una bolsa de papas (una rata pequeña, de ojos negros, enormes y tristes, le husmeaba de tanto en tanto los agujeros de sus zapatillas). En los pliegues de la revolución quedó la Nara, arrastrando ella sola el arado, sin siquiera un gallo que le gritara su desesperación por las mañanas. En los pliegues de la revolución quedó Paquito, ordenando una pila interminable de discos de pasta, acompañado por el aceite que repiqueteaba sobre la voz candorosa de un tal Carlos Gardel. En los pliegues de la revolución quedó el maestro Leyrado, leyendo una traducción viejísima de El jugador, de Dostoievski, a la que le faltaban las 20 páginas del medio –pero él igual avanzaba. En los pliegues de la revolución quedaron Mara, Farabute, Carlos “el indio,” Marenka con su hijo a cuestas (el hijo que sólo dormía durante el día), Cabellani. En los pliegues de la revolución quedó Francisco, limpiando otra vez las maderas de un bote que no podía simular más su desolación. En los pliegues de la revolución quedó el friulano, que jugó a los dados su último diente enchapado. Todos alcanzaron a bañarse en las aguas limpias de la revolución, supieron de su perfume a jazmines y madreselvas. Me pregunto si la revuelta armada, rebelde única, majestuosa irredenta, habrá preguntado alguna vez por alguno de ellos, en las tardes de huracanados inviernos, como éste, cuando llega la noche y asusta tanto el viento.

Levitsky sobre Bolsonaro

17 oct. 2018

Se cierra la causa del Correo

https://www.infobae.com/politica/2018/10/16/se-cerro-el-caso-administrativo-por-presuntas-irregularidades-en-el-tramite-por-la-deuda-de-correo-argentino/
Por estas cosas, luego todo estalla, y se torna justificado el fastidio social. Los vientos que traen tempestades, una vez más.

16 oct. 2018

MAÑANA SEMINARIO/ FEMINISMO JURIDICO-ABORTO/ AULA 234

HOLA, RECUERDEN PARA LOS QUE YA VINIERON O QUIERAN VENIR, MAÑANA TENEMOS LA SEGUNDA SESION DEL SEMINARIO DE TEORIA CONSTITUCIONAL.

EL AULA ASIGNADA, DESDE MAÑANA EN ADELANTE, ES LA (MUCHO MAS AMPLIA) 234, FAC. DERECHO. UBA.

LA REUNION DE MAÑANA ESTARA LIDERADA POR UNA GRAN EXPERTA EN EL TEMA (FEMINISMO JURIDICO/ABORTO) AGUSTINA RAMON MICHEL.

LES ESPERAMOS!

(Para los oyentes, entrada libre y gratuita, no hace falta haber venido a la reunión anterior, sólo ganas de escuchar, discutir y aprender)


 Introducción al feminismo jurídico. El caso del aborto. Pensar el derecho con una perspectiva de género. Debates jurídicos en torno al aborto. Siegel, Reva (2016). "La constitucionalización del aborto" en El aborto en el derecho transnacional, Cook et. al. (eds)., Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México. Caso “F.A.L  s/ Medida autosatisfactiva. Corte Suprema de Justicia de la Nación,” 13 de marzo de 2012. (Fallo 259: XLVI). Disponible online. Bergallo, Paola (2018). "Del fracaso del giro procedimental a la inviabilidad del modelo de causales" en Bergallo, Jaramillo y Vaggione (comp.), El aborto en América Latina, Siglo XXI Editores, Buenos Aires. https://www.redalas.net/
Lecturas recomendadas: Álvarez, Silvina (2018). "Los argumentos sobre la moralidad del aborto" en La reproducción en cuestión. Investigaciones y argumentos jurídicos sobre aborto, A. Ramón Michel y P. Bergallo (comp.), Eudeba, Buenos Aires. Disponible online. Lemaitre, Julieta. "El sexo, las mujeres, y el inicio de la vida humana en el constitucionalismo católico", en R. Cook et al (eds.) El aborto en el derecho transnacional: Casos y controversias, Fondo de Cultura Económica, México (2016). A. Ramón Michel y M. Cavallo, “El principio de legalidad y las regulaciones de aborto basadas en los médicos” en Bergallo Jaramillo y Vaggione (comp.), El aborto en América Latina, Siglo XXI Editores, Buenos Aires (2018); S. Ariza,  "La objeción de conciencia sanitaria: un estudio exploratorio sobre su regulación" en La reproducción en cuestión. Investigaciones y argumentos jurídicos sobre aborto, Ramón Michel y Bergallo (comp.), Eudeba, Buenos Aires, https://www.academia.edu/37140825/La_reproduccio_n_en_cuestio_n_investigaciones_y_argumentos_jur%C3%ADdicos_sobre_aborto
Se pueden consultar notas en los diarios y presentaciones en las reuniones informativas de la Cámara de Diputados durante el debate de la ley de interrupción legal del embarazo. Para una selección pueden visitar: http://www.redaas.org.ar/; http://www.abortolegal.com.ar/

12 oct. 2018

Disintiendo con En Disidencia: Crítica a una versión inconcebible de la "interpretación constitucional"


(publicado en En Disidencia en versión abreviada, acá: http://endisidencia.com/2018/10/disintiendo-con-en-disidencia/ )

Escribo esta breve nota en respuesta a algunos comentarios que he venido leyendo en el excelente blog En Disidencia (http://endisidencia.com), cuya reciente creación celebro y aplaudo. Aunque los distintos autores que participan en el blog suscriben concepciones muy diferentes sobre el derecho (conozco, aprecio y admiro a casi todos ellos), se advierte en muchos de los trabajos publicados una cierta insistencia sobre un modo determinado de entender la interpretación constitucional, que resulta más bien sorprendente, y que implica dejar de lado o ignorar más de medio siglo de teoría constitucional. Subrayo desde ya que me refiero a una nota común que encuentro en varios trabajos, pero que por supuesto no implica a todos los escritos que se han publicado en el blog, ni puede todavía reconocerse con claridad en todos sus rasgos: tenemos apenas (repetidas) noticias –algunas pistas e indicios- sobre dicho curioso acercamiento a la interpretación constitucional.

En Disidencia, y una mirada común

La mirada predominante que hasta hoy se entrevé en el blog, en materia interpretativa –mirada binaria y algo tosca, hasta el momento- pareciera caracterizarse por rasgos como los siguientes:
i) En términos descriptivos, habría dos campos prevalecientes en el área. El primero de ellos, que sería sostenido por varios de los participantes del blog, abogaría por una “estricta aplicación del derecho”; propondría recuperar el carácter “autoritativo” del derecho; y alentaría una re-orientación del mismo, para concentrarlo en la tarea excluyente de “resolver conflictos.” En este sentido, en la misma página introductoria del blog se puede leer que el sitio reúne –cito- a un “conjunto de profesores e investigadores interesados en defender aquella vieja idea del derecho como un sistema institucional autoritativo, cuya tarea principal es la de resolver conflictos, siempre democráticamente al amparo del Estado de Derecho.”[1] Por eso mismo, también, otro de los autores que, dentro del blog, suscribe esta postura crítica sobre la interpretación, nos remite a las palabras de Luis María Boffi Boggero, invitándonos a que no nos olvidemos de “que la verdadera función de un juez es la aplicación del derecho.”[2]

ii) El campo jurídico contrario, mientras tanto, reuniría a una gran masa de jueces, doctrinarios y practicantes del derecho, definidos a partir de un espejo invertido con el primer campo. En este lado quedarían situados, según parece, aquellos miembros de la comunidad jurídica despreocupados de las cuestiones técnicas; indiferentes frente a la tarea jurídica de “resolver conflictos”; y, sobre todo, entusiastas de la “interpretación”. Lo más importante y notable de la descripción referida aparecía en este punto, porque la idea de “interpretación” a la que se alude en muchos trabajos no remite a una práctica jurídica establecida, necesaria y cotidiana –en la Argentina, en el mundo, desde hace centenares de años- sino más bien a una técnica a través de la cual se busca hacerle decir al derecho aquello que el intérprete tiene ganas de leer en él. A partir de estos llamativos supuestos, es que en el blog se nos habla de  “un fantasma” que “recorre la teoría y la práctica del derecho: …el interpretativismo”. Por ello mismo se resalta en el sitio, también, la presencia de “un rasgo cada vez más extendido de la sensibilidad interpretativista: La interpretación moral del derecho es una ocasión para seguir la batalla política y moral en otro ámbito y por otros medios.” [3] En otras palabras: quienes estaríamos alineados en este campo (“los interpretativistas”) haríamos un llamado a la interpretación constitucional cada vez que nos sentimos molestos con lo que el derecho “dice”, y queremos reemplazarlo por aquello que tenemos ganas que el derecho diga. De allí que de la “interpretación constitucional” sólo puedan esperarse –como se nos dice- “perplejidades” o, en otras palabras, pura “magia.”[4]

iii) En términos evaluativos, la cuestión parecería ser entonces la siguiente. En el primero de los campos referidos nos encontraríamos con los “profesionales” y “técnicos” del derecho. Mientras tanto, en el segundo campo –para decirlo mal y pronto- hallaríamos a un conjunto de farsantes, impostores -aprovechadores en definitiva- que buscan obtener ventajas haciéndole decir al derecho “cualquier cosa.” La descripción anterior puede parecer algo cruda, pero ella es, sin embargo, la que se deriva de lo que se nos dice, de manera bastante explícita, en el blog. El “fantasma” o “virus” del interpretativismo se habría extendido de modo tal que hoy todos o casi todos –cito- estaríamos consintiendo “sin mayor dificultad o cuestionamiento, que los jueces no deciden aplicando el derecho, sino en función de lo que ellos consideran que es la solución justa para el caso. Los argumentos legales solamente se acomodan a la solución del caso con posterioridad.”[5] Según parece, entonces, ese ánimo manipulativo –y el “virus” de la interpretación- se habría extendido a tal punto en nuestra comunidad jurídica, que sólo una pequeña minoría heroica (los autores del blog?) habría quedado como “reserva moral” de aquella noble, anciana, venerable, humilde tarea jurídica de “aplicar el derecho.”

iv) Los grandes “monstruos” o culpables, dentro de esta telenovela, serían los teóricos del derecho o “interpretativistas” –simbolizados en autores como Ronald Dworkin- interesados según parece en reemplazar a los jueces por filósofos; y dispuestos siempre a “inventar” alguna triquiñuela nueva, con el fin de sustituir al derecho realmente existente, por el derecho que ellos quieren o necesitan hallar. La situación a la que estaríamos sujetos resultaría, de todos modos, mucho “peor” que la sugerida: en la Argentina –en América Latina, me animaría a señalar- y de la mano del “neoconstitucionalismo”, esta habitual práctica manipulativa conocería sólo su versión más degradada: ocurre que, aquí, ni a Dworkin tenemos. Otra vez, estas crudas afirmaciones no buscan más que reflejar e iluminar las propias palabras de algunos de los autores del blog. Ellos nos dicen, por ejemplo, que “hemos convertido al Poder Judicial en una especie de juez Hércules de Dworkin (aquel que siempre llegaba a la respuesta correcta), pero con la particularidad de que en este caso los Hércules locales no tienen ni el tiempo, ni el acceso, ni, en algunos casos, el conocimiento del ideal (que no real) dworkiano y, por ende, rara vez llegan a la solución “correcta”…Esta indiferencia por el texto de la Constitución y de la ley se disfraza con distintos ropajes. Desde la invocación de un conjunto de valores, pasando por la valoración social, hasta llegar a la complacencia por una corriente de opinión supuestamente mayoritaria, o a la Constitución como orden de valores.” Otra vez: nos encontramos con el interpretativismo como mera farsa.

Problemas de la “mirada común”, y una alternativa extendida

La posición prevaleciente sobre la cuestión interpretativa –una posición de aroma Schmittiano- que hoy se advierte en el aire de En Disidencia, se halla todavía en elaboración: sus contornos, como ya dije, no se encuentran aún bien definidos. De todos modos, rasgos como los examinados en la sección anterior ya nos dicen bastante: hay notas insistentes que se advierten en varias de las breves notas con las que por ahora ilustran al blog; subrayados muy gruesos; y términos y descalificaciones muy duras hacia los rivales teóricos. Esto sólo ya nos sitúa frente a un primer problema: el de tomar la peor versión posible de la posición contraria. Claramente, la “división del mundo” jurídico que nos proponen, esto es, la división entre técnicos/profesionales e interpretativistas/manipuladores, es falsa, sino directamente ridícula. Por ello mismo, aquí no voy a detenerme demasiado en ella. Me interesará, más bien, referirme a una alternativa más realista, más justa, y menos extraña, que la que en el blog se nos presenta como alternativa dominante y excluyente (el “interpretativismo”).

En mi opinión, desde hace bastante más de medio siglo, el estado de la discusión teórica sobre la interpretación constitucional –una discusión siempre abierta, siempre difícil- es muy diferente de la esbozada en el blog. Permítanme ofrecer algunos rasgos de la discusión que, según entiendo, tiende a primar en materia interpretativa

i) En primer lugar, el derecho en general, y la Constitución en particular, por su propia naturaleza, exigen de parte de los miembros de la comunidad jurídica, un permanente esfuerzo interpretativo. Ello así, por un lado, por el propio carácter del lenguaje del derecho (que, como como es propio de todo lenguaje, se distingue por la presencia de ambigüedades, vaguedades, imprecisiones, etc.); y muy en particular por algunos rasgos muy propios del –connaturales al- lenguaje constitucional. Ocurre que cualquier Constitución del mundo, aún las más austeras o espartanas, aparece siempre comprometida con valores socialmente compartidos (“igualdad”, “libertad de expresión”, “dignidad,” etc.) que, por un lado, exigen respeto de parte de la ciudadanía, y que, por el otro, dejan a aquella frente a preguntas muy difíciles. Por ejemplo, en los Estados Unidos, la prohibición que pesa sobre los “castigos crueles e inusuales”: impide o ampara la pena de muerte? O, en la Argentina, el concepto de “privacidad” del artículo 19 de la Constitución protege a la homosexualidad, o la pone bajo desafío, a partir de su referencia a las conductas que no “ofendan la moral pública”? Quiero decir, la presencia, inevitable, de conceptos valorativos tan complejos (“libertad,” “privacidad”, “crueldad”), nos deja enfrentados a problemas interpretativos muy serios y difíciles de resolver, pero que a la vez, desde el derecho y a través del derecho, estamos obligados a solucionar.

Sobre las dificultades generadas por el lenguaje y la naturaleza del derecho, y como modesto respaldo a lo dicho en el párrafo anterior, citaría lo que sostiene uno de los principales teóricos del constitucionalismo de nuestro tiempo, Jeffrey Goldsworthy, en la primera línea misma de su capítulo sobre “Interpretación Constitucional” (el único dedicado al tema) en el Oxford Handbook of Comparative Constitutional Law,. Allí, Goldsworthy deja en claro que “las provisiones de las Constituciones nacionales, como las de las leyes, resultan normalmente ambiguas, vagas, contradictorias, insuficientemente explícitas, si no es que directamente hacen silencio acerca de disputas constitucionales sobre las cuales los jueces deben decidir”. Es decir, y éste es el primer punto que quiero subrayar, todos los operadores del derecho –aún los “técnicos” y “profesionales”- deben involucrarse en un ejercicio “interpretativo”, que obviamente trasciende la ingenua idea de la “mera aplicación” del derecho. “Interpretativistas”, en última instancia, somos todos.

ii) En segundo lugar, y dada la apremiante necesidad de desentrañar el significado del derecho frente a las difíciles circunstancias que mencionamos en la sección anterior, los operadores del derecho apelan, habitualmente, a “técnicas interpretativas” diversas. Subrayo otra vez: no se trata de la “preferencia” de algunos (los irresponsables miembros del  “club de los interpretativistas”), sino de una necesidad propia de todos los que nos tomamos el derecho en serio. En este sentido, y por ejemplo, en la entrada que se dedica al tema del “Constitucionalismo” en la extraordinaria enciclopedia online www.plato.stanford.edu , se da cuenta de algunos de los diferentes elementos que los intérpretes de la Constitución suelen tomar en cuenta, a la hora de desentrañar el significado de la Constitución. Entre tales elementos, se enumeran los siguientes: “el significado textual o semántico; la historia política, social y jurídica; la intención de sus autores; el entendimiento originario; y la teoría moral y política.” Cómo se combinan estos elementos depende (se agrega en la misma entrada) de cómo es que “concebimos a la Constitución y a su papel de limitar al poder del gobierno”.   

De modo más específico, en un excelente repaso sobre el estatus actual de la discusión existente en materia de interpretación constitucional, Adrian Vermeule y Cass Sunstein dan cuenta de las muchas teorías interpretativas que parecen competir al respecto, en nuestro tiempo. Ellos examinan, entonces, las teorías de la integridad; de la intención, dinámica; sobre el propósito; pragmática; etc. Estas teorías representan el “pan de todos los días” de jueces y juristas, y –va de suyo- de ningún modo pueden considerarse reservadas a manipuladores y oportunistas. Todos los que trabajamos en el derecho, de modo habitual, debemos involucrarnos en ese ejercicio interpretativo, que implica que nos enfrentemos a un “menú” de opciones –teorías interpretativas- que preferiríamos que no fuese tan amplio. Esta situación es –parece claro- muy diferente de la que se describe, por caso, en la página de presentación del blog, ya que allí la “interpretación” aparece constreñida a casos aparentemente excepcionales en donde “el significado de las normas jurídicas no es claro,” situación frente a la cual se recomienda –de modo para mí asombroso, casi grotesco-  “buscar [el] espíritu” de la norma (¡!).

iii) En tercer lugar, destacaría también que la tarea interpretativa en la que estamos obligados a tomar parte nos exige, de modo especial, de un ejercicio de reflexión teórica, y de carácter colectivo. Se trata de un ejercicio reflexivo propio de sociedades marcadas por el “hecho del pluralismo” (al decir de John Rawls), y caracterizadas a la vez por el “hecho del desacuerdo” (al decir de Jeremy Waldron). Frente a las diferencias, no podemos sino razonar, pensar, discutir, argumentar, para luego tomar una decisión que –esperamos ahora- sea lo más respetuosa posible de nuestras diferencias. Dicho ejercicio colectivo requiere de argumentos y contra-argumentos, y finalmente de razones públicas –razones que todos podamos razonablemente aceptar. Por ejemplo, determinar si la idea constitucional de “libertad de expresión” es compatible o no con una “ley de prensa;” o si el art. 32 de nuestra Constitución (“El Congreso federal no dictará leyes que restrinjan la libertad de imprenta o establezcan sobre ella la jurisdicción federal”) exige o niega la posibilidad de regular los medios de comunicación, nos exige ir bastante más allá de la mera “aplicación autoritativa del derecho”: necesitamos desarrollar un ejercicio interpretativo complejo, que seguramente deberá incluir instancias de discusión y reflexión colectivas (dicho ejercicio interpretativo, por caso, puede asumir la forma que asumió en la Argentina –y que incluyó el recurso a audiencias públicas auspiciadas tanto por la Corte Suprema como por el Congreso- a la hora de decidir sobre la Ley de Servicios Audiovisuales). Lo mismo ocurre, por caso, cuando debemos determinar el significado preciso del artículo 2 de la Constitución argentina, cuando afirma que el Estado “sostiene” a la religión católica. Ninguna decisión que se tome en la materia (avalar el sostén económico de la Iglesia Católica; denegar la separación entre la Iglesia y el Estado), puede implicar, meramente, la “aplicación” del derecho: necesitamos apelar entonces a la reflexión colectiva (y la decisión política).

En este sentido, y por ejemplo, en  la conclusión de su libro Constitutional Interpretation. The Basic Question, Sotirios Barber y James Fleming refieren también a un punto común que reconocen en enfoques interpretativos como los hasta aquí mencionados. Ellos sostienen que “hemos demostrado que…ningún acercamiento responsable a la cuestión del significado de la Constitución puede evitar la reflexión filosófica y la elección”. Cito estos testimonios, en todo caso, no como “argumentos de autoridad,” sino simplemente para sugerir, frente al buen entendedor, que “el actual estado de la discusión académica,” en materia de interpretación constitucional, se parece bastante poco al que en las páginas del blog, sin mayor respaldo, se describe como la situación prevaleciente en la materia.

Breves reflexiones finales

Para no extenderme más en este escrito, que pretendo breve, querría aclarar simplemente algunas cuestiones. Ante todo, coincido con algunos de los autores del blog en que, en países como la Argentina, la teoría interpretativa se encuentra seriamente sub-desarrollada. Añadiría, por lo demás, que ese sorprendente, imperdonable sub-desarrollo teórico, da pie a reiteradas situaciones de abuso legal que sufrimos cotidianamente. Asimismo, me parece claro que dichas situaciones de abuso se acompañan o encuentran respaldo, muchas veces, en  iniquidades que refieren al modo en que se interpreta el derecho (hablé alguna vez, por ello, del “cualunquismo interpretativo”).[6]
Ahora bien, junto con lo dicho hasta aquí, señalaría que los abusos y manipulaciones que abundan en nuestro derecho, no son característicos de un grupo, ni mucho menos propiedad exclusiva del denominado sector de los “interpretativistas” (como si existiera algo así como una “conspiración de los interpretativistas”). Nos enfrentamos, más bien, a un mal extendido –el del uso manipulativo del derecho- que distingue, no sólo, pero muy en particular, a las comunidades jurídicas más frágiles, inestables y desiguales. En tales comunidades, el derecho suele responder a la voluntad de los mejor situados en la pirámide de la desigualdad; dentro de un marco legal en el que aparecen normas, decisiones e interpretaciones “para todos los gustos” (i.e., debido a la radical variación en la composición de los tribunales; a los golpes de estado; a la falta de independencia de la justicia; etc.). En otros términos: vivimos dentro de condiciones propicias para el uso discrecional del derecho, que nos afectan a todos –especialmente, a quienes pretendemos tomarnos en serio a la Constitución.
Concluyo mis reflexiones, por tanto, con una invitación particularmente dirigida a algunos amigos miembros del blog En Disidencia. Los invito a que sofistiquen su aproximación a la teoría constitucional, para dejar atrás lo que hasta hoy aparece como una visión innecesariamente maniquea, simplista, errada y desactualizada sobre los modos en que se interpreta el derecho. Nuestra conversación constitucional no puede ni merece mantenerse en términos semejantes.






[1] http://endisidencia.com/2018/09/en-disidencia/
[2] http://endisidencia.com/2018/10/la-interpretacion-constitucional-un-debate-ausente/
[3] http://endisidencia.com/2018/09/acerca-de-los-jueces-legisladores/
[4] http://endisidencia.com/2018/09/el-aborto-y-la-magia-de-la-constitucion/
[5] http://endisidencia.com/2018/10/la-interpretacion-constitucional-un-debate-ausente/
Por todo ello y, sobre todo, por razones democráticas, siempre sostuve una posición crítica frente a los modos tradicionales del control judicial (al tema dediqué mi libro La justicia frente al gobierno); y a la vez una postura favorable a prácticas (que hoy evaluamos como formando parte del “constitucionalismo dialógico”) en donde la política recupera su poder para pronunciar la “última palabra” en materia constitucional. No necesito aquí, de todos modos, abundar acerca de cuál es mi propia posición en la materia. La cuestión requiere de numerosas precisiones que he tratado de presentar, por ejemplo, en “We the People’ Outside of the Constitution: The Dialogic Model of Constitutionalism and the System of Checks and Balances” Current Legal Problems, Volume 67, Issue 1, 1 ( 2014), 1–47.