13 nov. 2018

Consejo para tesistas: Comunidades de diálogo



A partir de mi experiencia en la evaluación de tesis doctorales, podría escribir algunas hojas, pero por el momento me urge insistir sobre un tema importante, que veo muchas veces desconocido o desafiado en la práctica. Se trata de un consejo personal, tal vez controvertido, pero asentado en cierta vejez y experiencia. Hablo del valor de reconocer cuál es la “comunidad de diálogo” con la cual uno conversa.1

Por razones diversas, que incluyen al apuro por terminar la tesis; la carencia de tiempo; la falta de guía o supervisión adecuadas; la ansiedad de leer e incorporar a la tesis todas las lecturas excitantes que se van encontrando; la pretensión de exhaustividad (querer dar cuenta de “todo” lo importante; incorporar todos los temas o ideas más novedosas; mostrarse al tanto de lo “último” recién publicado); etc., muchos tesistas convierten a su trabajo doctoral en una abigarrada, interminable, densa acumulación de citas y clasificaciones -referencias abrumadoras, finalmente desvinculadas entre sí. La tesis comienza a extenderse a lo largo y ancho, y a inundarse con citas de textos y autores: un amontonamiento innecesario y altamente amenazante sobre el valor del trabajo.

Normalmente -debe saberlo el tesista- dicha acumulación al infinito no refleja la “erudición” del doctorando, sino su falta de conocimientos –o, más precisamente, su carencia de herramientas teóricas apropiadas para incorporar y procesar los nuevos conocimientos (procesamiento que puede requerir, por ejemplo, la “eliminación” del “nuevo” tema o autor; o su postergación para eventuales tratamientos futuros).

El tesista debe escoger cuál es su “comunidad de diálogo”: con quién va a discutir; contra quién (contra qué autor) o sobre qué (sobre qué porción del conocimiento) es que va a argumentar. Debe tener en claro a qué aspecto asentado del saber académico va a desafiar.

De modo común, una buena tesis promete ofrecer al respecto un pequeño avance, un paso adelante –no “infinitos” o “múltiples” avances- en la conversación en curso (en alguna de tantas conversaciones posibles). Uno, habitualmente, se “incorpora” con su tesis a conversaciones que llevan ya años, décadas o aún siglos. Conversaciones, por ejemplo, sobre qué significa la idea de igualdad; cómo puede llevarse justificadamente a cabo el control judicial; cómo interpretar el derecho; etc. Se trata, comúnmente, de discusiones extendidas y bien asentadas, a las que uno recién llega.

Por ello mismo, uno debe asumir que mucho de lo que quiera decir ya estará dicho; y que lo que uno podrá aportar será poco, pero tal vez importante: por qué, por ejemplo, tal idea comúnmente aceptada es más frágil de lo que parece; por qué puede desafiarse tal argumento tan repetido; por qué la comunidad de referencia se equivoca al sostener tal cosa, o qué es lo que no toma en cuenta, etc. Elegir la “comunidad de diálogo” es muy importante, porque implica descartar otras, esto es decir, dejar de lado por el momento, temas y autores seguramente interesantísimos, pero que participan de otras “comunidades” con las que uno no va a conversar.

Cada “comunidad” suele caracterizarse por insistir sobre ciertos temas y autores. Cada una de ellas puede incluir a miles de temas vinculados entre sí, y a miles de autores que conversan entre ellos. Por ejemplo, dentro de la Filosofía Política Contemporánea puede encontrarse todavía una tremenda vitalidad, que se expresa en cantidad de discusiones sobre temas apasionantes (la igualdad, la libertad, la dignidad, la coerción, y tantos otros), y cantidad de autores que se critican y conversan entre ellos (siempre se habla, por ejemplo, acerca de cómo “explotó” la Filosofía Política luego de la aparición del libro “Teoría de la Justicia” de John Rawls: infinidad de discusiones nuevas estallaron desde ese momento). Tenemos allí una riquísima “comunidad de diálogo”. El marxismo, desde su nacimiento, generó otra conversación, igualmente rica y vital, que nos acompaña hasta hoy. O la filosofía de raíz francesa, asociada a veces con el “posmodernismo”.

En cada caso, los miembros de la “comunidad” se citan entre sí, refieren a artículos de otros miembros, y procuran avanzar algún paso en la conversación del caso. Rawls, por ejemplo, trabajó 50 años tratando de repensar “una idea,” referida a  los límites de la coerción estatal: 50 años golpeando la misma piedra, para poder decir algo con sentido, avanzar unos pasos en la discusión sobre teorías de justicia.

Por supuesto, es totalmente posible y saludable que los miembros de una “comunidad” citen a los de “otra,” y aprendan o se nutran de ella. Sin embargo, los “cruces” entre “comunidades” requieren de cuidados especiales: el “salto” entre “comunidades” es altamente riesgoso, sobre todo si se hace con poca conciencia de las diferencias existentes entre una “comunidad” y otra. Finalmente, el "salto" es riesgoso porque entre una "comunidad" y otra suele haber un abismo. Y es que, para bien o mal, cada “comunidad” tiene sus temas, preocupaciones, angustias, desafíos, “amigos” y “enemigos” con o contra cuales se discute. La dificultad, normalmente, reside en nosotros: como nuestro tiempo y conocimientos son siempre limitados, el riesgo de que “ingresemos” en una “conversación” de la que no entendemos lo fundamental que está en juego es muy alto. Así, el “salto” entre comunidades requiere de cuidados y, sobre todo, de muchos conocimientos.

Cuando Jurgen Habermas decidió discutir con Jacques Derrida, por ejemplo, se pudo escuchar una cierta “alarma” en el aire: un autor perteneciente a una determinada “comunidad,” tendía un puente con otro perteneciente a una muy diferente. Se trató de una muy buena noticia, con todos los riesgos implicados por ella. Lo mismo cuando autores vinculados a la “teoría crítica” desarrollaron sus objeciones contra aquellos pertenecientes a la “filosofía analítica”; etc. Encontramos muchos episodios interesantes de “cruces”, “encuentros” o “enfrentamientos” entre “comunidades de diálogo” diferentes: suelen ser bienvenidos. Pero, otra vez, se requiere de mucha maestría para hacerlo bien, para “pegar el salto” sin caer en la vanidad o el ridículo: los riesgos de estar hablando de temas que “los otros” tienen, descartados, resueltos o procesados ya, a su propio modo, y hace mucho tiempo, son altísimos.

Chantal Mouffe, por ejemplo, es una autoridad destacadísima en la discusión de Teoría Política contemporánea, proveniente de, o vinculada a, la tradición “continental”. Sus discusiones con la “filosofía rawlsiana” resultan, a mi entender, muy malas, por desconocer acuerdos básicos dentro de la “comunidad de diálogo rival”, lo que genera que comúnmente aparezca construyendo “enemigos de paja,” fáciles de derribar. Doy el ejemplo de Mouffe porque se trata de un caso relativamente exitoso –ella es una filósofa política consagrada- pero aun así, y finalmente, un caso muy inatractivo, por el modo en que se pretende descartar al “rival” del caso (Rawls y su entorno). Quiero decir: si este problema de “malentendidos” afecta a una autoridad consagrada como Mouffe, es dable esperar que resulte mucho más grave frente a alguien que recién comienza y está apenas formándose.

En la práctica efectiva, lamentablemente, la dificultad que enfrentamos es mucho más grave que la mencionada. Y es que muchos doctorandos no se contentan con explorar “qué se dice desde el otro lado de la cerca”, para salir a desafiar entonces a los acuerdos de la “otra comunidad.” Lo que ocurre, en los casos más comunes y complicados, es que los doctorandos “saltan” descuidadamente entre tradiciones y “comunidades de diálogo” diversas, múltiples, como si todos los autores a los que refieren en su tesis estuvieran participando de la misma conversación. Entonces, uno puede incorporar a su tesis el pensamiento de la “escuela rawlsiana”; y al “marxismo”; y a la dogmática jurídica tradicional; y a la “teoría crítica”; y al pensamiento “latinoamericanista”; y al “indigenismo”; y al “feminismo”, y a los “estudios alternativos” y al “posmodernismo”, y a los “estudios subalternos y pos-coloniales”; y así . El resultado: una ensalada, donde uno quiere discutir de todo y con todos, y no deja en claro –posiblemente porque no lo sepa- con quién es que se está conversando.

Actuando de ese modo, y como tesista, no demuestro mi “maestría” o mi "dominio" del "campo", sino mi falta de control sobre el tema elegido; no dejo en claro el carácter “interdisciplinario” de mi tesis, sino mi desorientación; no hago evidente frente a todos mis incontables lecturas, sino mi falta de criterios teóricos; no muestro mi capacidad de argumentar en todos los frentes, sino lo limitado de mi formación. Atención con eso! Estamos frente a un virus grave, peligroso y que se expande. En las tesis también, menos suele ser más: mejor poco y profundo, que un mar de superficialidad.

 1. Agradezco especialmente a Julieta Lemaitre por sus siempre valiosas reflexiones al respecto.

11 nov. 2018

Sobre el nuevo libro de Claudia Hilb

Dos a Rosenkrantz

https://www.lanacion.com.ar/2190572-carlos-rosenkrantz-el-tema-del-impuesto-a-las-ganancias-no-es-la-consagracion

https://www.totalnews.com.ar/index.php/nacionales/19-politica/39336-carlos-rosenkrantz-juramos-por-la-constitucion-y-no-por-convicciones-morales-y-politicas

Interesante, como siempre muy discutible

pd1: Si la idea es pensar que los problemas de desconfianza de la justicia se generan por mala comunicación, y se solucionan con mejor explicación de las sentencias y problemas, estamos mal y vamos mal
pd2: Ahora, que alguien explique la catarata de entrevistas a Jueces de la Corte. Tengo mis hipótesis

8 nov. 2018

Bachianas Brasileiras 8: Grajeas de ternura

Hay algo, en el país donde gobernará Bolsonaro, que se parece demasiado al buen trato, que he sentido siempre que anduve por aquí, y que no necesito poner a prueba. Me pregunto, sin embargo: es qué estamos en una nueva época, donde la agresión pasa a dominar las relaciones personales? Es tiempo de insultos y discriminaciones en las calles? Seguro que las estadísticas muestran algún cambio, pero lo cierto es que el país donde gobernará Bolsonaro sigue estando lleno de personas excepcionales, sobre todo en las clases trabajadoras. Sin ánimo evaluativo alguno, desde que llegué se sucedió –una vez más- una cadena de hechos y comprobaciones enternecedoras. Cuento sólo las que viví en mis primeras dos horas. 



i) Aterriza el avión, en un lugar distante del aeropuerto, y hay que caminar –literalmente- kilómetros por dentro de ese laberinto, hasta llegar a la salida. Un carro móvil, de los que andan por el interior de la terminal, va trasladando unos viejos, me pasa muy cerca, por lo que le pregunto al conductor cuánto falta para la salida. Su única respuesta, riendo, es que me suba al carro, y ahí vamos, por dentro del aeropuerto, los viejos divertidos por mi incorporación, hacia la salida final.



ii) Me detengo en un café para re-armar mi agenda del día. Mi computadora ya no tiene casi baterías, así que busco un enchufe donde recargarla mientras escribo, pero no lo encuentro. A los pocos segundos somos tres personas –dos empleadas y yo- de rodillas en el piso, buscando el enchufe que no aparece.



iii) Camino cerca de la playa –es de noche- en dirección al hotel en el que me hospedo. De repente veo que un joven, con aspecto poco amigable, se me va acercando de modo amenazador. No reacciono, no corro, lo espero tranquilo. Llega a mi lado, se me enfría un poco la sangre, y él me susurra al oído. Me dice: “cuidado, que lleva la mochila abierta,” mientras se aleja cantando.



iv) Estoy en una librería, hojeando un libro de poesías de Carlos Drummond de Andrade. Me interesa lo que leo, así que me agacho un poco, cerca de la pared del fondo, para leer con algo más de detenimiento. Pienso: “ojalá no les moleste que me quede a disfrutar del libro entero”. Pasan apenas instantes y veo una mujer, empleada de la librería, que viene hacia mí. Tiene una silla en mano y,  sonriente, me dice que por favor me siente, así puedo leerlo más cómodo.


Bachianas Brasileiras 7: Mirar de afuera


Frente a ciertas gentes, que miran la tremenda desigualdad desde el lado de arriba, rodeados de confort y arrogancia, recuerdo el debate de textos entre el sociólogo de Brasil Roberto Da Matta (“¿Você sabe com quem está falando?”), y el abogado argentino Guillermo O Donnell (“¿A mí que mierda me importa?”). Pero pienso, sobre todo, en la amiga Rita Segato, y en su “pedagogía de la crueldad.” Y es que, aunque ella formuló su visión en términos más universales (entre sus primeros ejemplos estuvo el film “La naranja mecánica”), me parece claro, también, que su Brasil, en donde residió y enseñó durante más de 30 años, era protagonista y motivación que latía, al interior y a lo largo de todo su análisis. Hay en las clases acomodadas de aquí, unos modos naturalizados de la crueldad, que ayudan a entender este momento trágico (recuerdo con horror un programa de la tv local, en donde se bromeaba con un morocho, feo, petiso y gordo, al que se terminaba arrojando, celebratoriamente, al interior de un camión de basura). Será que en sociedades tan quebradas, tan desiguales, y como cantaba el poeta, “si no cambia todo, no cambia nada”?

Bachianas Brasileiras 6: Villa-Lobos siempre


El Congreso comienza inmejorablemente. Con traje y moño, un joven músico, con aspecto de viejo noble, entona y canta, con voz inconcebiblemente aguda, quebrada, triste: de Heitor Villa-Lobos, “Bachianas Brasileiras n. 5”, la gloria de la música clásica brasileña.
https://www.youtube.com/watch?v=pUCuEd1tjCg Yo la había conocido mucho atrás, a través de la estremecedora versión de Egberto Gismonti y su “Trenzinho do Caipira”
Supongo que existen músicas más maravillosas que ésta, aunque no estoy seguro de conocerlas.

Bachianas Brasileiras 5: Amor gratuito


Carlinhos debe estar jubilado ya, o jubilándose. Trabaja en una disquería que se encuentra dentro de un local que la trasciende largamente. La disquería es apenas un apéndice de un cuerpo mucho mayor, y allí la función de Carlinhos es indeterminada. No es el cobra, no es el que cuida, no es el que ordena. Carlinhos es un entusiasta de la música, que ama lo que hace y se apasiona recomendando discos. Ya lo había conocido en viajes anteriores: él no me recuerda pero yo lo recuerdo perfectamente. Me ve, como cliente nuevo, y viene hacia mí ansioso cuando me ve curioseando con interés. Le brillan los ojos, entonces, cuando me pregunta (sabiendo la respuesta): “Te gusta la música brasileña?” Enseguida, se lanza a revolver discos, haciéndome escuchar trozos de aquí y de allá, definiendo sus gustos (es un tradicionalista de la vieja guardia), diciéndome que éste y aquel son simplemente imperdibles. Siempre termino haciéndole caso, y llevándome varias compras. Es curioso, pero nadie registra nada: él no va a porcentaje, no saca rédito económico del entusuasmo que con su sola presencia genera. Su función se limita a transmitir el amor por la música que le brilla en los ojos.

Bachianas Brasileiras 4: Orquídeas


La primera imagen que vi en la calle, esta vez, apenas salí del hotel, fue la de una orquídea colgada de un árbol. Es un hecho natural en la ciudad, desde hace al menos 10 años, y los encargados de injertarlas allí arriba, de cuidarlas, de seguirlas mientras intentan crecer, abrazadas al árbol, son los porteros de los edificios. Milagros que dependen de personas anónimas, que trabajan mientras no las vemos, que ni sabemos que existen, de quienes ni conocemos las caras, a quienes ni podemos decirles gracias.

Bachianas Brasileiras 3: Felicidade


Estoy en una librería de las más bonitas y escondidas de la ciudad. Los dueños muestran mucho buen gusto, tanto en la selección de libros que han hecho, como en la música que van haciéndonos escuchar. En un momento, empieza a sonar una canción no tan conocida, pero tan bonita de Lupicinio Rodrigues, en la voz de Caetano Veloso. Caetano canta: “Felicidade foi-se embora.E a saudade no meu peito ainda mora. E é por isso que eu gosto lá de fora”. De repente, un angelical coro se suma, desde dentro de la librería: son padre e hija que, sin timidez alguna, corean acompañando a Caetano y continúan con el estribillo: “A minha casa fica lá detrás do mundo. Onde eu vou em um segundo quando começo a pensar.” Salgo de ahí, voy camino de vuelta, y en dirección opuesta a la mía, se acercan, en este caso, una madre que va de la mano de su hija. Ellas van cantando juntas “Garota de Ipanema”: “Olha que coisa mais linda. Mais cheia de graça”. Y sí, la felicidad se parece un poco a esto.

Bachianas Brasileiras 2: Votar al mal y sentarse a esperar




Terminando el evento, una Profesora me retorna a mi punto de partida: es mujer, abogada, joven, negra, activa. Votó a Bolsonaro. Me lo dice en voz baja, en una confesión que ocultó a casi todos los otros. Lo que cuenta resulta, para mí, iluminador sobre lo que entiendo fue una situación extendida, y a la vez confirmatorio de mucho de lo que escribí al respecto. Sostiene: “Lo que yo quiero es sólo ser capaz de volver a la noche, caminando a casa.” Agrega que no confiaba en “la mirada” de Haddad. Al mismo tiempo, considera “ruin” todo lo que le escuchó a su candidato, Bolsonaro, sobre las personas de su “nicho”: mujeres negras. Otros, pienso, lo sé, han hecho cosas parecidas: votaron asumiendo que Bolsonaro no era lo que alardeaba que era; votaron porque estaban cansados de la corrupción; votaron para obligar a un cambio. En todo caso, lo interesante está ahí. El voto masivo a un candidato racista, machista, homofóbico, y favorable a la violencia y el maltrato, no significa que Brasil se haya convertida en racista, machista, homofóbico y favorable a la violencia y el maltrato. Tal vez nada de eso, tal vez sólo un poco, tal vez sólo algunos, un poco. Brasil es más grande y diverso que eso. Bueno sería tener instrumentos democráticos que nos ayudaran un poco, a establecer algún matiz, uno solo al menos, en lugar de obligarnos al “todo o nada” para luego señalar acusatoriamente a quienes no han distinguido.

Bachianas Brasileiras 1: El "momento Bolsonaro" y la desgracia que ya ocurrió


Vine a Brasil por muy poco tiempo, para dos tareas principales: abrir un Congreso de Derecho (en celebración de los 30 años de la Constitución de Brasil), y cerrar otro de Ciencias Políticas (sobre la situación de la justicia en esta etapa). Llego en el “momento Bolsonaro,” con la tristeza y el dolor de lo que eso significa, del daño que ya se ha producido: el discurso público ya se ha contaminado de modo grave, por la naturalización del maltrato que Bolsonaro trajo consigo, y la normalización del agravio hacia los otros, que ese maltrato discursivo torna efectivo. Si en cada uno de nosotros cohabitan sentimientos de empatía y hostilidad tensionados, la humillación que propagandiza el poder ayuda a que aflore en cada uno, y queden legitimados, los peores demonios que contenemos. Un desastre, una enorme pena por lo ya acontecido.

6 nov. 2018

MAÑANA GRAN SESION DEL SEMINARIO: MOVIMIENTOS SOCIALES Y DERECHOS

CON LA COLABORACION DE INES JAUREGUIBERRY Y RAMIRO A. UGARTE
1530, AULA 234. PARA NO PERDERLO!

5 nov. 2018

Mucho más que un cambio de estilo




El pasado 9 de octubre, muy poco después de asumir su puesto como nuevo presidente de la Corte Suprema, el juez Carlos Rosenkrantz pronunció un discurso en el que delineó los principios que guiarían su futura tarea en el tribunal. Como el discurso fue importante –de los que merecen ser discutidos- procuraré en lo que sigue estudiarlo críticamente. Resumiré entonces los puntos principales de su doctrina anunciada, para luego presentar algunos argumentos críticos frente a ella.

El juez sostuvo que "sin reglas no hay desarrollo equitativo y sustentable posible, por la sencilla razón de que solo las reglas pueden estructurar la cooperación.” Remarcó la idea de que "sólo en casos excepcionales cabe declarar que una ley es inconstitucional", afirmando un fuerte principio de self-restraint o deferencia al legislador. Enfatizó el valor de la independencia e imparcialidad judiciales, que extendió a la independencia de las “propias convicciones ideológicas, políticas, religiosas.” Aclaró que el texto de la ley debía jugar un papel primordial en la interpretación del derecho, y que lo sostenido por dicho texto sólo podía ser “expandido o contraído conforme al modo en que la comunidad entendió las reglas a lo largo de la historia, y los cánones que creó a lo largo del tiempo”. Como contracara, alegó que  "no todo lo que nos gusta que suceda" (a los jueces) puede considerarse "válido o exigible" legalmente. Señaló, además, la contradicción que existe entre la  “tendencia creciente a la judicialización de absolutamente todos los asuntos” y la  crítica habitual que se realiza sobre la falta de legitimidad democrática de los jueces para resolver todos esos asuntos. Finalmente, enfatizó el valor de "crear las condiciones apropiadas y necesarias para que los órganos con representación popular decidan por sí mismos sobre los problemas en cuestión".

Son muchas las observaciones que conviene hacer, frente a la riqueza de su presentación. En primer lugar, señalaría que el debate acerca de si la Constitución requiere de jueces “activos” o “auto-limitados” resulta viejo y mal orientado, del mismo modo en que lo sería el debate acerca de si el reglamento del fútbol pide árbitros más o menos “intervencionistas.” En partidos tranquilos o de fair play, esperamos que la presencia del árbitro ni se note (el resultado del partido debe depender sólo de lo que hagan los jugadores en la cancha) del mismo modo en que demandamos el protagonismo del árbitro cuando uno de los equipos se empeña en agredir al contrario, o busca “sacar de la cancha” indebidamente a los jugadores rivales.

Asimismo, en contextos como el nuestro, marcado por injusticias y desigualdades injustificadas, podemos considerar que las obligaciones del juez resultan mayores: para que el “partido” pueda jugarse se requieren precondiciones tales como que “la cancha no esté inclinada” a favor de uno de los equipos que juegan. En situaciones de injusta desigualdad, por lo demás, el principio de deferencia hacia el legislador resulta dudoso. Primero, porque el legislador es corresponsable de las injusticias creadas y duraderas; y segundo, porque “aplicar las reglas”, en países con Constituciones “robustas” como la nuestra, demanda tomar en serio esas exigencias sociales incorporadas en la Constitución, en lugar de actuar como si no estuvieran escritas, o como si la tarea judicial se limitara al respeto de la división de poderes (el caso podría ser diferente, tal vez, en países con Constituciones más “espartanas” o “negativas”, como los Estados Unidos).

Alguien podría objetar lo anterior diciendo: “pero ocurre que, en democracia, no son los jueces, sino el Presidente y los legisladores, quienes deben definir el programa económico” (o “la política es la que debe definir cómo poner en práctica la larga lista de derechos”). Este tipo de afirmaciones, sin embargo, encierran varios errores. Primero, porque el sistema de “frenos y contrapesos” no rechaza sino que exige la “mutua corrección” entre los poderes (entonces, que el juez “interfiera” con lo decidido por los legisladores no resulta una afrenta a la división de poderes sino, dependiendo del caso, una exigencia constitucional). Segundo, porque los programas políticos resultan constitucionalmente irreprochables sólo en la medida en que no conlleven la violación seria de derechos fundamentales (un programa de “ajuste económico” que implique, en la práctica, socavar derechos como los de salud, vivienda o trabajo, debe verse como constitucionalmente “sospechoso”, por más que se proponga “ajustar mucho ahora, para tener menos pobreza en el futuro”). Tercero, porque las formas que puede asumir la “intervención” judicial son diversas: algunos de tales modos resultan democráticamente inaceptables (i.e., el Poder Judicial que le “ordena” a la política seguir un cierto plan económico), mientras que otros modos -más “dialógicos”- pueden resultar impecables o directamente necesarios en términos democráticos (el Poder Judicial, por caso, puede marcarle a la política los límites que no puede atravesar; inducir al gobierno a actuar cuando su “omisión” de actuar genere violaciones masivas de derechos; obligarle a justificar sus decisiones, cuando ellas aparezcan como “presuntivamente inconstitucionales”).

Finalmente, la “teoría interpretativa” ofrecida por Rosenkrantz también resulta muy controvertible. Aunque se nos presenta diciendo que sólo pretende “aplicar el texto” legal, antes que interpretarlo, cada paso que sugiere implica, en los hechos, “interpretaciones” muy cuestionables. Por ejemplo, decir que el texto sólo puede “expandirse o contraerse” conforme a la historia y prácticas comunitarias, es decir nada y todo al mismo tiempo. Porque: qué dice la historia argentina frente a los “recortes jubilatorios”; o la relación Iglesia y Estado; o el juicio a los genocidas? A lo largo de nuestra historia, hemos dicho y hecho, enfáticamente, una cosa y la contraria, reiteradas veces (i.e., sí a los juicios a los militares, no a los juicios, impunidad, leyes de perdón, anulación de las leyes de perdón, vuelta a los juicios). Con lo cual, el juez que nos dice “aplico el texto, y si no, me ato a la historia,” se autoriza a sí mismo, en los hechos, para decir lo que quiere, bajo la excusa de “no estar aplicando sus propias ideas, sino obedeciendo a la práctica comunitaria.”

En definitiva, nos encontramos hoy con los esbozos de una “teoría sobre el control judicial” interesante y renovada –lo cual debe agradecerse- pero también plena de problemas. Resulta importante, entonces, que nos preparemos para el análisis crítico, dadas las significativas y preocupantes consecuencias que prometen seguirse de ella.


1 nov. 2018

Moro con Bolsonaro

Que el juez Moro haya aceptado trabajar como Ministro de Justicia de Bolsonaro me parece inaceptable e injustificable. No porque no se pueda pasar de la Justicia a la Política, ni porque no se puede intentar "cambiar las cosas desde adentro." Pero...no él, no ahora, no con él. La decisión no invalida la investigación anterior, ni la condena a Lula, pero genera lo que en Argentina genera el "factor Bonadío": contamina gravemente una investigación que tiene apoyo "material" y razones jurídicas, al punto de generar sospechas graves y razonables sobre hechos de corrupción ciertos. Algunos insisten con "Moro inocente, Lula culpable," otros con "Lula inocente, Moro culpable." Para mí, como suele ocurrir, todo lo malo es cierto: cierta la corrupción de la política, cierta la "animosidad" injustificada de la justicia. Sopa otra vez.