29 nov. 2019

Una nueva Constitución para Chile


(publicado hoy en Clarín)

Jaime Guzmán, el temible jurista del pinochetismo, declaró en 1979, poco antes de que se aprobara la Constitución (militar) de 1980: “La Constitución debe procurar que si llegan a gobernar los adversarios, se vean constreñidos a seguir una acción no tan distinta a la que uno mismo anhelaría, porque…el margen de alternativas que la cancha les imponga a quienes juegan en ella, sea lo suficientemente reducido como para hacer extremadamente difícil lo contrario”. Pocas veces en la historia del constitucionalismo apareció una declaración semejante, de alguien que se animara a presentar a la Constitución de ese modo: como la cárcel de la democracia. La Constitución fue pensada entonces como una forma de impedir que la sociedad decidiera, democráticamente, sobre su propio destino: los adversarios sólo podrían jugar el juego si lo hacían de un modo aceptable para el gobierno militar de turno.

Dados los modos (procedimientos) no-democráticos con que se escribió la Constitución de 1980, y los contenidos (anti-democráticos) que abiertamente se le incorporaron, dicha Constitución debe cambiarse, y la actual crisis de la democracia chilena resulta una excepcional oportunidad para hacerlo. En lo que sigue (y pidiendo las disculpas necesarias, propias de un “extranjero” que habla del derecho de otro país), diré por qué es importante que Chile re-escriba su Constitución, dándole vida a una democracia que, todavía hoy, se encuentra “bajo custodia” constitucional.

Sobre la lista de derechos (una de las dos grandes partes de las que se compone cualquier Constitución) diría que la de Chile es tal vez la más deficitaria de toda América Latina. Ello así, tanto como por lo que ella incluye, como por lo que ella omite. Resulta notable, en la actual Constitución, no sólo la negación del carácter multicultural del país (como si le avergonzara serlo); sino también la virtual ausencia de compromisos fuertes en materia de derechos sociales y económicos, compromisos que cualquier país latinoamericano exhibe, orgullosamente, como trofeos. La Constitución chilena asombra por la virtual ausencia de herramientas participativas; las trabas a la negociación sindical (por ramas de actividad); la prohibición de la huelga de los empleados públicos; el bloqueo a las prestaciones plenamente públicas en salud. Mucho peor que eso, su lista de derechos enumera tales protecciones como si estuviera obligada a reconocer lo que el pueblo no merece, por lo cual rodea a la misma de negativas asombrosas (un ejemplo: en unos 20 casos, la Constitución usa la idea de “conductas terroristas” para justificar la limitación de derechos).

Sobre la organización del poder (la segunda parte fundamental de la cual toda Constitución se compone), encontramos un problema que ya es común a toda América Latina: una “sala de máquinas” que se preserva cerrada, y que mantiene intocados los rasgos de elitismo, exclusión, y concentración del poder que eran propios del constitucionalismo oligárquico de fines del siglo xviii. Un riesgo que se advierte al respecto es que, frente a los obvios déficits que muestra su declaración de derechos, Chile pase a reincidir en el otro defecto que es propio de todo el constitucionalismo regional, desde 1917 y hasta hoy: “reparar” las viejas Constituciones anexándoles generosas listas de derechos, pero sin cambiar de modo acorde la organización del poder. Como si fuera posible o deseable preservar ese constitucionalismo esquizofrénico, de declaraciones de derechos abiertas, progresivas, y democráticas, de la mano de una organización del poder elitista, verticalizada, autoritaria.

En este sentido, la Constitución chilena no sólo requiere adoptar una declaración de derechos propia del siglo xxi, sino que necesita acercarse a ella ajustando de forma acorde su organización del poder. Y ello demanda, al menos, dos cosas fundamentales. Primero, exige dejar de lado, de una vez por todas, esa “cancha” inclinada que diseñara Jaime Guzmán para impedirle jugar al contrario (un “dejar de lado” que requiere eliminar los últimos rastros los “enclaves autoritarios” del modelo anterior, visibles en los quórums desmesurados de la Constitución de 1980). Segundo, ello exige evitar el “error latinoamericano” en el que insistimos desde hace más de un siglo, que consiste en conceder (al decir de Rosalind Dixon) “derechos como sobornos”, esto es decir, responder a las presiones sociales con la “entrega” de derechos, que se “conceden” como mero medio para mantener una organización del poder cuasi-monárquica (algo agravado, en Chile, con un Presidente todo-poderoso; y una organización judicial -coronada por un Tribunal Constitucional- jerárquica y autoritaria como pocas en el mundo).

La reconstrucción de la organización del poder necesita realizarse, sobre todo, en los términos democráticos que aparecieron desdibujados en 1925; que resultaron sofocados en 1980; y que permanecen inertes desde entonces. Por ello, el principal problema que enfrenta el constitucionalismo chileno, en la actualidad, no es el de “reparar” su declaración de derechos (algo que debe hacer con urgencia); ni el de “remediar” la pobre y dañada estructura de controles (ídem); sino, primeramente, el de “revivir” el componente democrático del derecho, que hoy sigue “prisionero” del constitucionalismo. Más todavía: ese “renacimiento” democrático no podrá lograrse a través de golpes sobre la mesa, ni por algún pase de magia destinado a convertir en gesto democrático lo que viene a negarlo: la democracia no se realiza de un día al otro, ni con quórums super-mayoritarios, ni plebiscitando nada (mucho menos, una Constitución de cientos de artículos, lo que implica normalmente la “extorsión” de verse obligado a votar por lo que se rechaza, con el objeto de conseguir lo que se desea). La democracia merece realizarse de otro modo: conversando como ciudadanos iguales, sobre los detalles y matices de todo lo que debe ser discutido.



23 nov. 2019

La concepción elitista de la justicia

http://sociedadfutura.com.ar/2019/11/22/roberto-gargarella-la-concepcion-elitista-de-la-justicia/?fbclid=IwAR0CuC_aZ8JTmtE0tEYHV-8grara3CgSQ6jXTTX8FNIwpM6FNqnKGA-VPQk

El sistema judicial, tal como lo conocemos, nació bajo supuestos y principios propios de otra época. Supuestos sobre las dificultades de la ciudadanía para tomar control sobre sus propios asuntos; sobre los riesgos generados por los movimientos asamblearios; sobre la influencia negativa que podían ejercer las pasiones y los intereses en el proceso de toma de decisiones. Quisiera subrayar, de todos modos, y en particular, a dos criterios sin dudas relacionados con los anteriores, y relacionados también entre sí, como los determinantes a la hora de diseñar el esquema organizativo de la justicia.

El primer criterio en el que pienso es el que se resume en la idea de la “desconfianza democrática.” Los “Padres Fundadores” del constitucionalismo moderno, de modo bastante unánime, construyeron las instituciones luego incorporados en nuestras Constituciones, a partir de esa visión de la desconfianza. La idea era que, libradas a su suerte, las mayorías iba a tender a arrasar con los derechos de las minorías. También, que ellas tendían a ser guiadas por pretensiones coyunturales y localistas, antes que por los intereses generales. De allí la desconfianza: las mayorías debían ser “contenidas”, para evitar sus naturales excesos; debían ser “separadas” de sus representantes, para impedir que les impusieran a ellos sus demandas auto-interesadas, limitadas y de corto plazo; debían ser, finalmente, “reemplazadas” por los funcionarios electos, para que estos últimos -los gobernantes- decidieran no conforme a los reclamos mayoritarios, o siguiendo el rumbo marcado por esas demandas, sino tomando el lugar mismo de la ciudadanía. Como se sostuviera entonces: “es dable esperar que los representantes del pueblo disciernan mejor el interés nacional, que si lo decidiera el pueblo mismo, convocado para ese fin.” 

El segundo criterio al que quería referirme se relaciona con los modos en que, en esos momentos fundacionales, se pensó sobre la imparcialidad -sobre cómo favorecer la toma de decisiones correctas, en situaciones de conflicto, o frente a situaciones de desacuerdo. Se vinculó entonces a la imparcialidad con un procedimiento de reflexión individual, o de reflexión de unos pocos, con conocimiento técnico especializado, y aislados del resto. Esta visión de la imparcialidad, corresponde notarlo, difiere sustantivamente de otra concepción alternativa, que relacionaba la imparcialidad con procesos abiertos de reflexión colectiva. Para decirlo de un modo menos abstracto: al montarse sobre la primera de aquellas visiones (la visión elitista) la justicia comenzaba a tomar distancia de la discusión democrática.

El sistema institucional que hoy tenemos es hijo directo de aquellas ideas. No se trató, por tanto, de afirmaciones meramente retóricas, propias de un tiempo pasado, y que quedaron arrasadas por el tiempo, sino de ideas que trascendieron, y terminaron incrustadas en las instituciones que nos rodean. La “separación” que hoy reconocemos -en la Argentina y en el mundo- entre representantes políticos y representados, no es meramente el producto de una coyuntura desafortunada, líderes excesivos, o una clase dirigente ocasionalmente corrupta. Los abusos de poder que advertimos no son, tampoco -pura y exclusivamente- el mero producto de gobernantes corruptos que han destruido los controles al poder. Si fuera así, bastaría con cambiar a algunos funcionarios por otros mejores; o reparar algunos controles “rotos,” para volver al inicio, al sitio ideal o deseado. Pero no es así. Quiero decir, el tipo de dificultades que confrontamos no responden a problemas de coyuntura, sino a dificultades y decisiones estructurales.

Lo mismo en el ámbito de la justicia. Parece extendida una “sensación” de “distancia” con los jueces; un sentido compartido de falta de vínculo de la ciudadanía con la justicia; en definitiva, una situación de “alienación” de la población en relación con el derecho (un derecho que “habla” y no lo entendemos; que lo “leemos” y nos resulta oscuro y ajeno; que nos lo “traducen” y nos cuesta identificarnos con sus propósitos y objetivo). Resulta un error grave, otra vez, ver a tales problemas, propios de la justicia, como si fueran el producto de coyunturas particulares. Por supuesto: nadie duda, en países como el nuestro, que hoy contamos con un personal judicial que deja mucho que desear, mal preparado, a veces corrupto, excesivamente sensible a las demandas del poder económico, y demasiado dependiente de los requerimientos de la política. Sin embargo, otra vez, los problemas que tenemos frente a nosotros trascienden largamente el momento coyuntural, y al elenco judicial que conocemos. Nuevamente: si cambiáramos el personal judicial, de un día al otro, y por completo, por otro personal más competente, las líneas fundantes del problema -sus razones de fondo- seguirían intactas.

En lo que aquí más me interesa remarcar: el sistema judicial seguiría estando construido sobre la idea de “separación” o “distancia”, y la decisión imparcial continuaría resultando alineada con una visión elitista, y por ello separada de la conversación pública. En efecto, acuerdo con el paradigma prevaleciente, el debate público ha quedado contrapuesto con la idea de justicia; y la idea de “decisión justa” ha sido expropiada del debate democrático. Por ello es que, en sistemas como el nuestro, la “última palabra” sobre las decisiones constitucionales fundamentales -desde la decisión sobre el aborto; a la validez de las medidas económicas; el significado de la idea de privacidad; los alcances de las políticas de seguridad; la posibilidad de una “ley de medios;” la constitucionalidad de las reformas sobre el poder judicial; los cambios en el sistema electoral; y un larguísimo etcétera, no quedan en manos de la discusión pública, sino en manos de la justicia.

Contra dicha visión, quisiera defender aquí, brevemente, una lectura alternativa sobre la cuestión, más en línea con la concepción que asume un vínculo estrecho entre justicia y debate público, entre constitucionalismo y democracia. Defendería, en tal sentido, un ideal regulativo particular, en la materia: el ideal de la conversación entre iguales. Conforme con esta lectura, los problemas colectivos deben ser resueltos colectivamente, por la política -entendida como discusión pública- antes que por la justicia. Vivimos en sociedades plurales y marcadas por nuestras diferencias de criterios, y enfrentamos problemas públicos que tienen su origen en esos razonables desacuerdos. De allí que, sobre nuestras diferencias, lo que debamos hacer es conversar para tratar de resolverlas. Ello, en lugar de trasferir esa decisión a la justicia -en lugar de permitir que se nos expropie, desde la justicia, el poder de definir el contenido de lo que más nos importa.

Alguien podría decir, al respecto: se trata de utopías, de fantasías ajenas al derecho, de propuestas desvinculadas de nuestra vida real. Afortunadamente, hoy contamos -aquí, en la Argentina misma- con buenos ejemplos prácticos para refutar a esa común línea de objeciones. Pensemos, por caso, en la “ley de medios”: lo más interesante que ocurrió, en torno a esa ley, no tuvo que ver con la decisión de la Corte al respecto, ni con el modo en que la política de un gobierno la implementó, o la política de otro gobierno la sacó de juego. Lo más interesante sobre dicha ley fue la discusión pública que dimos al respecto, en ámbitos diferentes, y desde visiones opuestas. A través de dicho debate colectivo demostramos que podíamos involucrarnos, responsable, comprometida e informadamente, en el debate sobre el tema. Más cerca todavía en el tiempo, contamos con un ejemplo mucho mejor. Pensemos, en este caso, en la reciente discusión del aborto. Otra vez, lo mejor que ha ocurrido en el área no es ni la decisión de la Corte (en F.A.L.), sobre el tema; ni lo que la política ha hecho y (sobre todo) ha dejado de hacer en la materia. Lo mejor que hemos tenido en la materia ha sido el debate público que hemos dado en torno al tema. Debate en las calles, en las aulas, y en los foros institucionales. Debate protagonizado, también, y de modo especial, por niñas adolescentes y mujeres jóvenes con pocos recursos. Nuevamente, demostramos allí que, a través del debate público, del diálogo colectivo, podíamos discutir razonablemente, y mejorar, matizar, y aún cambiar, nuestras posiciones iniciales al respecto.

Por lo dicho, entiendo que, de una vez por todas, debemos repensar no sólo la coyuntura de la justicia -cómo está compuesta, quiénes son sus miembros, cómo es que los jueces deciden los casos que hoy nos preocupan- sino sobre todo los criterios que siguen gobernando la organización y funcionamiento -los fines, contenidos y alcances- del Poder Judicial. Mi sugerencia es, a la luz de ejemplos como los citados, la de comenzar a pensar a la justicia de otro modo: no ya a partir de supuestos y principios elitistas, sino -finalmente, y de una vez por todas- a través del ideal de una conversación entre iguales.

Roberto Gargarella es abogado, sociólogo, jurista y especialista en temáticas de Justicia, Democracia, Republicanismo y Derechos Humanos.

22 nov. 2019

Es la democracia...! (no el constitucionalismo)





En los últimos dos años, académicos provenientes de las disciplinas más diversas, inundaron las bibliotecas con escritos referidos a un “nuevo fenómeno”, al que resumieron con la idea de la “erosión democrática”. La idea de la “erosión democrática” alude al “desgaste” que nuestros sistemas de gobierno sufren, “desde adentro”, provocando lo que, años atrás, el investigador argentino Guillermo O’Donnell denominara su “muerte lenta.” Esta “muerte lenta” de las democracias contrasta con la trágica práctica que fuera tan común en América Latina, hasta hace pocas décadas atrás: la “muerte súbita”, que era propia de democracias que se terminaban de un día al siguiente, a través de violentos golpes de estado, y que llevaban al abrupto reemplazo de gobiernos elegidos popularmente, por gobiernos militares.

Otro rasgo de esta “muerte lenta” o “erosión” tendría que ver con el vaciamiento del carácter democrático del sistema institucional, paso a paso, y a través de sucesivas medidas que se presentan como legales. Ejemplos: hoy, el Presidente pasa a dominar a uno de los órganos de control encargados de limitarlo (digamos, amplía el número de los miembros de la Corte Suprema, y llena las vacantes con personal “amigo”); mañana, deja de nombrar a uno de los funcionarios que podían llegar a desafiarlo (digamos, deja vacante el cargo de Defensor del Pueblo); pasado mañana, se arroga un derecho que no le correspondía (digamos, accede, gracias a los favores de la Corte renovada, a una nueva reelección); y así hasta vaciar de sentido al completo sistema de “frenos y contrapesos”. Al final del día, y a través de sucesivos pasos (“legales”, todos ellos), el poder se ha concentrado al extremo, y la estructura de los checks and balances ya no existe.

Sólo para dar alguna idea de la producción que se ha dado en el área, mencionaría que Tom Ginsburg y Aziz Huq dedicaron un libro al tema de “cómo salvar las democracias constitucionales”, frente la problema de la “erosión democrática” (un término que propusieron ellos); el conocido profesor Adam Przeworski (asiduo visitante de la Argentina) escribió un libro sobre las democracias que van “retrocediendo” de a poco (democratic backsliding); Steven Levitsky y Daniel Ziblatt publicaron lo que es ya un “best seller” mundial, sobre el problema de la “muerte de las democracias”; el belga David Van Reybrouck habló de la “fatiga democrática”. Los constitucionalistas Cass Sunstein y Mark Tushnet, cada uno por su lado, editaron sendos volúmenes sobre el tema, preguntándose si podía ocurrir en los Estados Unidos el fenómeno de deterioro grave de la democracia, que solía ocurrir “fronteras afuera”. 

Como ejemplos salientes de lo mencionado (democracias que son “erosionadas” desde adentro) tenemos a casos como los Donald Trump en los Estados Unidos; Viktor Orban en Hungría; o Recep Erdogan en Turquía. Ahora bien: ¿Hablan estos estudios acerca de problemas que tienen sentido también en América Latina? Por supuesto que sí. Baste pensar en ejemplos como los Jair Bolsonaro en Brasil; o Daniel Ortega en Nicaragua; o, de modo más extremo y aterrador (teniendo el cuento del número de muertos, presos políticos y torturados), el caso de Nicolás Maduro en Venezuela. En tales situaciones -diferentes entre sí- no se advierte la “muerte abrupta” que era clásica de los golpes de estado latinoamericanos, sino la “erosión” que se va produciendo “desde adentro” y lentamente, sobre el sistema democrático. 

Según entiendo, hay algo muy importante que estos estudios nos ayudan a observar, en relación con un tipo de problemas que décadas atrás se manifestaban de modos por completo distinto. De allí que, tiempo atrás, la recurrencia de esas “muertes abruptas” de la democracia nos llevara a pensar en formas de “flexibilizar” el sistema institucional, dotándolo de “válvulas de escape.” Hoy, en cambio, el problema del “deterioro lento, y desde adentro,” nos exige pensar en otro tipo de medidas de “remedio”. Por ejemplo, podemos pensar en iniciativas destinadas a “restaurar” el sistema de checks and balances, o a diversificar y fortalecer los controles ante el poder (sobre todo, controles ante el Poder Ejecutivo, quien aparece como el principal generador de “desajustes”). Reconocer esto es dar pasos adelante en una discusión relevante y actual.

Dicho lo anterior, sin embargo, quisiera llamar la atención sobre ciertos problemas de diagnóstico que advierto en enfoques como los citados -problemas que nos refieren a ciertos límites de los estudios citados, y que se traducen finalmente en el no-reconocimiento de la naturaleza y dimensión de los dilemas que hoy enfrentamos. Esencialmente: tales enfoques se proponen pensar sobre la crisis de la democracia, prestando atención, de modo casi exclusivo, a la crisis del constitucionalismo. Por supuesto, resulta crucial tomar en serio los modos en que el poder establecido socava los controles que se erigen en su torno; como lo es criticar el gradual sometimiento de los órganos judiciales; u objetar cada nuevo paso dado por el Ejecutivo, a favor de una nueva reelección. Necesitamos reparar el esquema de “frenos y balances” con urgencia. Sin embargo, los problemas de la democracia son, esencialmente, distintos de los problemas del constitucionalismo. 

Que la ciudadanía se sienta alienada de la política; que repudie -aquí o allí- a la clase dirigente; que descrea de la justicia; que festeje el cierre eventual del Congreso, no tiene que ver con cuestiones de nombres y apellidos; fallas ocasionales de un órgano de control; o crisis económicas coyunturales. Otra vez: tiene sentido remover a Trump o a Bolsonaro a través de un impeachment (por supuesto!); es necesario garantizar mayor independencia en los jueces; es urgente mejorar el elenco de nuestros representantes. Sin embargo, por más cambios de personas que se hagan, aquí o allí, la ciudadanía no recuperará su fe en la democracia. Quiero decir, ningún “ajuste” en las “tuercas” del sistema de frenos y controles, servirá para reparar la “maquinaria democrática”, que es la que hoy falla. 

Por ello, lo que el diverso pueblo de Chile necesita hoy (y reclama) es recuperar “voz” y autoridad en los procesos de toma de decisión que lo afectan e involucran de modo directo. Lo que la ciudadanía exige, entonces, no una nueva Constitución, cualquiera sea, sino una que sea producto de su voluntad, y que ayude a hacer efectiva a esa voluntad. De modo similar, lo que el diverso pueblo de Bolivia exige hoy es que nadie -ni un Presidente “salvador” ni ninguna dictadura que eventualmente lo reemplace- pretenda imponer su voluntad indiscutida sobre todo el resto. El problema, nuevamente, no se resuelve reeligiendo a Evo, ni removiéndolo, ni reemplazándolo por una junta ocasional: de lo que se trata es de devolver autoridad a la ciudadanía que resulta, de una u otra forma, siempre desplazada. Lo mismo en la Argentina: nuestros problemas y angustias no dependían de algunos importantes ajustes, aquí y allá, en el esquema de frenos y controles; ni se resolverán, en los años que vienen, con un mero cambio en el personal de gobierno. Nada cambiará realmente mientras quienes gobiernan puedan decidir sobre todo lo importante, según su exclusivo criterio (qué hacer en política ambiental; qué con la minería; qué con el aborto; qué con la economía), como si nosotros fuéramos meros espectadores, destinados a mirar, consentir o aplaudir. De todo esto hablamos cuando hablamos de democracia: de recuperar definitivamente nuestra capacidad colectiva de pensar, discutir y decidir acerca del modo en que organizarnos y tomar decisiones sobre nuestro propio destino.

20 nov. 2019

Impresentables, una vez más

Rita Segato sobre Bolivia

Nunca perder la mirada crítica, bajo la maldecida idea de "hacerle el juego al enemigo"
Gracias Rita
https://www.lavaca.org/portada/rita-segato-sobre-bolivia-es-el-momento-oportuno-para-pensar-a-bolivia-criticamente/?fbclid=IwAR0beYolMN34VBDknXufMwDGGsl814RqyOpv3Rt7tFw8g7VkW0rhYZp3OIE

"Evo está aquí prácticamente canonizado, lo cual es insoportable, entre otras cosas, porque nosotras sabemos cómo es el machismo de Evo, algo que aquí cuando lo cuento, lo explico, no me lo creen. Esa idea de que me jubilaré ‘y cuando me retire lo haré con mi charango, con mi coca y con mi quinceañera’, cuando lo digo, la gente me mira con sospecha. Entonces son muy importantes dos acciones por parte de nosotras mujeres. Primero, tratar de trabajar para que esas expresiones y el machismo en los gobernantes no sea más visto como un dato secundario, un problema menor, como son siempre vistos los crímenes contra nosotras. Tanto la justicia como la opinión pública ve la violencia y el maltrato, porque esa frase de Evo y muchas otras que ha dicho son formas de maltrato a nosotras las mujeres, son relativizadas y perdonadas como parte de una costumbre y que no hacen mal a nadie, al final. Y eso es un error muy grande, porque ahí se delata el autoritarismo de un gobernante y la pretensión de estar por encima del bien y del mal. Es un tema central: la agresión verbal, física, psicológica, moral a las mujeres es una agresión política, no una agresión basada en las intenciones de la libido, del deseo, de la punción masculina. Son agresiones políticas que delatan la voluntad de poder, la voluntad opresiva de los líderes que así se manifiestan. Falta mucha lucha para poner en el centro ese tipo de cuestiones."

18 nov. 2019

Georges Méliès viaja a la luna

El mago y director teatral Georges Méliès era vecino de los hermanos Lumiere, es invitado por ellos a asistir a un estreno, y termina (en 1902) gracias a eso, haciendo la primera película de ciencia ficción en la historia del cine (12 mins.)





15 nov. 2019

Qué buena la presentación!








(del muro de don Nico T.)

Ayer presentamos nuestra última obra colectiva "Constitución Nacional Comentada" coordinada por Roberto Gargarella y Sebastián Guidi en el lnstituto Gioja de la Facultad de Derecho de la UBA.

Acorde a nuestra forma de ver el derecho convocamos a una reunión abierta para charlar horizontalmente sobre democracia, constitucionalismo y derechos.

Fue un intercambio muy interesante, diverso, profundo y con mucho respeto donde nuestras distintas miradas del derecho pudieron dialogar.

Fue una alegría y un honor compartir la actividad con María Angélica Gelli, Mónica Pinto, Raúl Gustavo Ferreyra, Andres Gil Dominguez, Silvina Ramirez, Guido Risso, Marcelo Alegre, Gustavo Maurino, Jorge Saénz, Marcelo López Alfonsin, Juan Saénz, Demian Zayat, Ines Jaureguiberry, Ramiro Álvarez Ugarte, Matías Alejandro Sucunza Rusterholsz, Mariano Fernández Valle, Jonas Elfman, Eduardo Ferreyra, Nahuel Maisley, Sheila Hei, Vladimir Alexei Chorny Elizalde, José Miguel Ipohorski Lenkiewicz, Maximiliano Carrasco, Laura Saldivia Menajovsky, Emiliano Vitaliani, Mara Cerioli, Mariela Romanelli, Agustín Pardini, Rocío Giménez, Antonela Vallejos, Virginia Neyra, Cintia Zamponi, Lilen Reyes y muchas/os otros/as.

La obra tuvo como autores a Roberto Gargarella, Marcelo Alegre, Hernán Gullco, Julián Rotenberg, Federico Apostolidis, Fede Orlando, Sheila Heimenrath, Horacio Etchichury, Leonardo Limanski, Juan Saénz, Andrés Rossetti, Magdalena Álvarez, Delfina Beguerie, Ramiro Álvarez Ugarte, Julio Rivera (h), Vladimir Chorny, Nahuel Masley, Laura Menajovsky, Damián Azrak, Maximiliano Carrasco, Jonás Elfman, Matías Sucunza, María Victoria Ricciardi, María Gracia Andía, Clara Raffo, Daniela Pearce, Martín Aldao, Liliana Ronconi, Laura Clérico, Celia Lerman, José Ipohorsky, Gustavo Maurino, María Luisa Piqué, Ana Clara Piechestein, Gustavo Beade, Fernando Bracaccini, Sergio Giuliano, Silvina Ramírez, Marta Masó, Gabriel Bouzat, José Elías, Sebastián Guidi, Roberto Saba, Carla Maenza, Francisco Quintana, Demian Zayat, Florencia Saulino, Verónica Tarzia, Lucas Grosman, Eduardo Ferreyra, Francisco Verbic, Miguel Ángel Benedetti, Ornela Mazza Gigena, Gustavo Arballo, Víctor Bazán, Juan Nieto, Brenda Dvoskin, Samanta Biscardi, Leonardo Filippini, Tatiana Podliszewski, Inés Jaureguiberry, Guido Risso, Ángeles Ahumada Aguirre, Justina Uriburu, Nicolás Dassen, Sergio Vergara, Melissa Viola, Eugenia Artabe, Leonel Gonzalez, Laura Cirulnik y Nicolás Tauber con la colaboración de Pato Mendez Montenegro, Emiliano Vitaliani.

Por mucha más construcción conjunta de un derecho al servicio de la democracia, la igualdad, la libertad y la fraternidad.

11 nov. 2019

9 nov. 2019

Crónicas columbianas 20 (Y es el final!): Latinos de la Secta del Fénix





En un cuento brevísimo, La secta del Fénix, Borges habla de un grupo al que vincula y diferencia de los gitanos (a quienes describe como “chalanes, caldereros, herreros y decidores de la buenaventura”). Dice de aquellos que aparecen reunidos sólo por un Secreto. Los integrantes de la secta, agrega Borges, no comparten “un libro sagrado que los congregue como la Escritura a Israel,” carecen de “una memoria común,” y aparecen “desparramados por la faz de la tierra.” A todos ellos -concluye- “una sola cosa ­el Secreto­ los une y los unirá hasta el fin de sus días.”

Pensaba en ese cuento, pensando en los Latinos que estamos por aquí arriba, en los Estados Unidos. A diferencia de los sectarios del Fénix, nosotros sí compartimos el color de piel y algunos rasgos, y a todos nos reúne, ante todo, el Idioma: el lenguaje compartido sienta las bases morales de nuestro Secreto.

Al Secreto lo custodiamos entre todos, reforzándolo cada vez que nos vemos. Y mientras la vida se desliza suave por el piso de encima, por aquí abajo tramitamos el conflicto en las formas nuestras. En la zona gris en la que nos encontramos, sin guiñarnos el ojo, sin tocarnos para alguna seña, sin pasarnos por detrás de la espalda la clave, nos reconocemos: simplemente, todos nosotros lo sabemos. Me ocurrió ayer otra vez, en alguna tienda. Un patrono hosco y malhablado, cobrando de más a los cándidos parroquianos, y murmurando injurias a sus empleados. Me acerco a uno de los nuestros, poseedor del Secreto, nos miramos, nos decimos cuatro o cinco gracias en el Idioma común, nos reímos discretos, y de allí me vuelvo, yo con lo mío, él con su parte: nos entendemos. Hace unos días también, en el lugar de comidas, todos de prisa, retándose el uno al otro, en sus apuradas, y ahí nos vemos. Nos sonreímos por lo bajo, nos decimos no con la cabeza (no dábamos crédito a esos excesos), y resolvemos la cuestión por el costado izquierdo, sin decir otra cuestión que nada. O también, entonces: ella en la Caja, yo con la mercancía que se torna difícil, y de repente nos vemos, se enciende la luz, y la mercancía ingresa. Y nadie más ha sabido nada. El Secreto, en esos casos, no se habla ni entre los propios.

Los que saben el Secreto, y residen aquí, se han ubicado ya, estratégicamente, en cada posición ordenada, en cada recoveco. En el último vericueto de este mundo, por cada rincón, aún el más oculto: “desparramados.” Los poseedores del Secreto podrían considerarse, en los hechos, los dueños de todo, pero no les interesa pensar en ello, mucho menos anunciárselo al resto. Son los que manejan las palancas definitivas de la maquinaria de infierno. Entiéndase bien, si quisieran, si se pusieran de acuerdo, pudieran frenarla. Pero no lo hacen, pudiendo hacerlo. Sin que lo admitan, sin que lo hagan explícito, optan por mantener la rueda girando. A la vez la horadan, a la vez la giran. Ésa es la idea. No es la filosofía de la revolución, tampoco es la mía, pero una parte del Plan, la más conocida, es ésa. Preservar y minar. Conservar y socavar. Hasta que un día. Hasta que un día se revele o rebele el Secreto. La Historia con mayúsculas, en tanto, sigue por allí, como abstraída, distraída en sus pensamientos, tan ajena a todo. Entonces se dice: “mande Señor,” “como Usted diga” o -en el lenguaje de ellos- “yes Sir,” “come here please.” Mientras el protocolo avanza, mientras nos encontramos de perfil, y sin que nadie lo advierta, nos miramos. Calladamente asentimos, atisbándonos apenas, sin que se note sonriendo. Hasta que un día.


Crónicas columbianas 19: Cena de despedida trinacional

Con el power-trío de los derechos sociales: Christian Courtis (Argentina); César Rodríguez-Garavito (Colombia); Jorge Contesse (Chile)! Gracias por la compañía!!








P.D.: Tiramisú casero, que se termina; mientras se sacude el Pandoro

Crónicas columbianas 18: Ganó MacKinnon!!!??

Ayer hubo un gran debate sobre libertad de expresión en Columbia, con la presencia de F. Schauer, J.Waldron, V. Blassi, C. MacKinnon, y R. Post. MacKinnon volvió a sostener -de modo muy contundente, como hacía mucho no la escuchaba- su posición dura sobre la limitación a la libre expresión, en casos como los relacionados con la pornografía.

Yo estaría de acuerdo con ella en varios puntos básicos:
1) En leer el derecho desde una visión "sustantiva" y no formal o abstracta de la igualdad
2) En reivindicar una lectura de no-subordinación, no-sometimiento y no-jerarquía, también sino especialmente en temas de género
3) En criticar a la jurisprudencia prevaleciente, como reforzadora del status quo y las posiciones de los sectores dominantes
4) Incluso, en considerar a la pornografía como un daño

Sin embargo, agregaría:

5) No todo daño debe ameritar restricciones en materia de derechos; y además, 
6) Daños como los que ella describe, merecen ser atacados a través de sus causas, en lugar de querer reparar la desigualdad, la subordinación o el sometimiento, restringiendo la expresión. Porque, si vamos a utilizar esa herramienta, deberíamos limitar ante todo a las telenovelas románticas (que reproducen como nada la desigualdad de género), y los filmes de violencia.

Sin embargo, ella termina de hablar, y

Blassi no le sugiere nada
Schauer le hace una pregunta a partir de cualquier otro tema
Waldron reconoce que la pornografía es un daño, y
MacKinnon celebra la victoria, diciendo que por fin, luego de décadas, todos admiten el daño de la pornografía, y lo liberador que era ello

Como no hubo espacio para preguntas, a la salida lo busqué a Waldron si pensaba que entonces debían suprimirse o limitarse las telenovelas, etc....y para mi perplejidad dijo que sí, que había que indagar una a una, abiertos a ello. Increíble!!

(perdón la foto movida, pero es la única que salió!)


8 nov. 2019

Crónicas columbianas 17 (se acaba!): En Yale, contra la teoría de la "erosión democrática"



 En una gran reunión en Yale, el lunes pasado, presenté un texto que fue comentado por dos muy queridos profesores amigos: Robert Post y Helene Landemore. El buen Owen Fiss nos acompañaba desde la tribuna (en la última foto se lo ve), siempre cercano (el caso más exitoso de paternalismo justificado).

Presenté algunos argumentos contra el modo en que parte de la teoría está mirando el problema de la “erosión democrática”. Por “erosión democrática” se entiende al hecho, que se asume distintivo de nuestro tiempo, de democracias que van perdiendo sentido y contenido, socavadas desde adentro. Cuando antes se entendía que las democracias (típicamente, en América Latina) “morían de un golpe” (en su forma más grave, a través de golpes de estado) ahora ellas van siendo desmanteladas desde adentro, pieza a pieza, y siempre a través de pasos “legales.” Mientras, la ciudadanía se muestra relativamente apática, y no controla, sino que muchas veces avala, esos excesos.

Aunque comparto la preocupación de fondo (central en el libro que he venido a escribir), critico por varias razones el modo en que la teoría jurídica y política está pensando el problema. Pienso en varias razones, de distinto nivel de importancia, y a continuación enumero algunas de ellas.
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     1) El tema más importante: la teoría está confundiendo los temas de constitucionalismo (problemas en los “checks and balances”, falta de control judicial, etc.), con los temas de la democracia (“fatiga democrática”, alienación jurídica, sentir compartido de “extrañamiento” con los representantes). Solucionando, en el mejor caso, los problemas en los frenos y balances, mantenemos intactos los problemas más importantes del momento, que son problemas democráticos.
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    2) Sobre la cuestión democrática y el problema del “hastío”. Es crucial dejar de ver la cuestión como hoy se lo hace, esto es, vinculando a la cuestión con a) una mala coyuntura; b) desajustes en las instituciones; c) desajustes debidos a malos gobernantes; y d) ciudadanos apáticos. Se trata de problemas estructurales, que trascienden la coyuntura y las personas, y que tampoco se resuelven (por tanto) ajustando tuercas aquí o allá (sobre el tema de la apatía vuelvo en seguida). En lo que hace a los problemas estructurales: tenemos un sistema institucional fundado en una visión elitista de la democracia, y pensado para una sociología política que ya no existe (sociedades pequeñas, divididas en pocos grupos, internamente homogéneos, y miembros auto-interesados, lo que daba la ilusión de que con unos pocos representantes, de aquí y de allá, todos quedábamos representados). 

      3) El tema no es sólo que se pensó al sistema para una sociedad que ya no está sino, sobre todo, que hoy vivimos un momento de “empoderamiento democrático”, que lleva a que nos asumamos (con razón) dueños de los problemas que nos afectan, y con derecho a ser consultados o a decidir sobre ellos. Esto es lo que genera lo que vengo llamando el problema de la disonancia democrática: instituciones que -como un traje estrecho- ya no encajan en las sociedades multiculturales, y democráticamente empoderadas de hoy. El resultado: plena disconformidad, y una sociedad que desborda a sus instituciones, por todas partes.
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     4) Otro error importante, se advierte en el modo en el que se piensa a la “apatía ciudadana”. Primero, porque no hay que dar como un dato algo que está lejos de serlo (baste mirar los levantamientos ciudadanos en Chile, Ecuador, Bolivia, España…). Segundo, la apatía, en todo caso, debe verse como un producto endógeno del sistema institucional, y no como un fenómeno exógeno, externo al mismo. Otra vez: no ver esto lleva a que no pensemos en las reformas institucionales que necesitamos, mientras “levantamos el dedo acusador” contra la ciudadanía. Tercero: no hay por qué partir, como lo hace la teoría dominante, de una “teoría minimalista de la democracia.” Aquí, me interesa defender una aproximación a la democracia como “conversación entre iguales”.
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       5) Un tema menor: desde Guillermo O’Donnell y la “muerte lenta de la democracia” (más de 20 años atrás), estamos hablando del tema: el tema no es nuevo, y no empezó ni con Trump ni en Estados Unidos.
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      6) Otro tema menor: desde que Alberdi propuso combinar híper-presidencialismo (estado de sitio, intervención federal, etc.) y “checks and balances”, convivimos en América Latina con la “erosión democrática”. A veces de “muerte lenta,” a veces de “muerte rápida.”
      
       Conclusión: el problema está ahí, pero el diagnóstico se está errando. De este modo, podremos       mejorar algunos, pero sin tocar un centímetro de la cuestión de fondo. El problema democrático de      nuestro tiempo




























Lula libre

Un par de temas sobre la libertad de Lula. Entiendo que él es responsable de un delito grave (el mensalao), por el que no está condenado. Está condenado por otro delito, que aparece casi como una excusa para detenerlo. En lo personal, tomé por bueno que la misma Corte que hoy le abre la puerta a su salida, hubiese evaluado, en su momento, y aprobatoriamente el procedimiento que se siguiera para condenarlo. Pero no hay por qué ser dogmático con esto: es claro -luego de las acciones de Moro, y las revelaciones grabadas- que esta segunda condena resulta hoy -a la luz de lo que ahora conocemos- procedimentalmente inapta. El mensalao, en cambio, todos sabemos que existió, fue un crimen grave, y hay condenados por eso. Pero a Lula no lo han detenido por ello, así que es claro que merece la libertad.

7 nov. 2019

Crónicas columbianas 16: Coney Island


A dos días de la partida, un saludo a Coney Island, lugar querible como pocos. Y de ahí a Little Odessa. Incredible.















6 nov. 2019

Crónicas columbianas 15: Actitud Przeworski







En lo que me quede de vida académica, espero acercarme a/ y no perder nunca, la actitud Przeworski ante esa vida. La actitud Przeworski es la que se ve en la foto (y aclaro, el polaco tiene 79 años! y en estos días se retira para siempre de la docencia). Así es como se lo ve: comiéndose el mundo, muerto de curiosidad, ansioso por aprender, excitado por los argumentos nuevos que encuentra, dispuesto a cambiar de opinión, interesadísimo por cualquier historia política o cualquier idea que uno pudiera acercarle. (Días atrás, le comentaba sobre los debates ciudadanos, acá y allá -hablé, también, del debate sobre el aborto en la Argentina. El tema le pega a él en cuestiones importantes que ha dicho siempre, sobre identidad, conflicto, no-cambio de preferencias cuando hay intereses involucrados. Me dijo convencido que lo persuadía, aunque se trataba de una cuestión central en sus reflexiones).

Cuando el honoris causa que se le entregó en Tucumán, y que le organizó Julio, dije algo de esto. Siempre me lo encontraba a él, en estos últimos años, cerca de su Facultad, normalmente en el mismo bar. Llegaba yo, y ahí lo veía conversando con algún estudiante doctoral. La escena era siempre idéntica: uno de los dos hablando, y el otro con los ojos abiertos de la sorpresa, gigantes, tratando de absorberlo todo, escuchando. Siempre, el que escuchaba era Adam, y quien hablaba era el otro. Tiene  79 años, y sigue curioso, aprendiendo.

Viernes y sábado de la semana anterior, se hizo un pequeño Congreso de homenaje a él y a Manin (en la foto se lo ve a Manin, por allá atrás, a Paquale Pasquino, y tapado a John Ferejhon -otro peso pesado del mismo estilo. De este lado estaba Jon Elster, sentado atrás de todo. Adam tiene el libro de Julia Maskivker adelante :). Adam se retira como empezó: una topadora en el trabajo, lleno de historias y de ideas, con comentarios agudos para todos. Admirando los argumentos de los otros (bueno, puede también derrumbarlos con su cara escéptica y negando con la cabeza -muy habitual en él). De los pocos que ha podido llegar y ha sabido quedarse en la primera línea, y al mismo tiempo, en la ciencia política formal, la empírica, la teórica: en todos los ámbitos lo respetan como a pocos. Viajando anualmente, para no perderse nada, a China, a España, a América Latina (a la Argentina, todos los años, para caminar en la Patagonia). 

Mucho de lo mejor de él se encuentra en esta extraordinaria entrevista que le hiciera Gerardo Munck
Ahí Adam tiene un párrafo extraordinario, sobre los chicos que le llegan de las mejores Universidades del mundo (cita a Di Tella y San Andrés), con un excelente nivel, comparable a las Universidades de primera línea en los Estados Unidos. Pero llegan sin preguntas. Hablan de artículos y libros, pero no del mundo. Mucho menos de cambiar el mundo (cito el párrafo abajo 1).

Aprendiendo, aprendiendo. Actitud Przeworski, curiosidad sin límites.
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1.I get students from Bogazici or Bilkent, Turkey’s elite private universities, and from Di Tella and San Andrés, Argentina’s elite private universities. And they are indistinguishable from the daughters of doctors from Iowa. These kids absorb education and all the skills easily, but when the moment arrives when they are supposed to start asking questions, they have nothing to ask. They want to be professionals, and they think of their task as writing articles and books, rather than saying something about the world, not to speak of changing it.





5 nov. 2019

Crónicas columbianas 14: La premiación antes del cierre


Va cerrando la estadía en el exterior. El primer manuscrito del libro está terminado. Aleluya: fue hermoso mientras duró. Hago el recuento de "aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas"

La serie: No veo series, pero vi una gran película, de 10 horas, como si fuera una serie: una hora por día, 10 días. Vi La Flor, de Mariano Llinás, que quería encotrar hace tanto y que conseguí en versión pirata. Se que él quiere que su peli se vea en pantalla grande. Pero me puso muy contento verla, me alegró en parte la estadía: disfruté muchísimo de esa libertad mental del autor, de esa sensación que transmite, de "haber llegado a un estado en donde puede decir y hacer lo que se le dan las ganas". Con el talento intacto, con capacidad y deseos de decir cosas.

La banda de sonido: Veo que me repito, pero así como en mi primer libro de penal había sido central el tema de Bob Dylan "I shall be released", cantado por Nina Simone, acá Nina volvió a copar la parada, y a estar sobre-presente en mi lugar de trabajo, en mi cabeza o en la calle. El tema principal fue "You can have it," pero también "Ain't got no. I got life" (tema este último que reivindicaba días atrás Vicentico, como parte de su nuevo álbum). Paolo Conte, también, siempre está.

La película: Vi, al menos, una gran película, "The Irishman" de Scorsese, ésta en cine.

La computadora: La pequeña Lenovo, que me vi forzado a comprar antes de venirme, me salvó en esta temporada de trabajo, caracterizada por mi condición itinerante y a la intemperie (una computadora con gran autonomía para funcionar con baterías propias durante horas y horas y horas).

El café: El café fue el gran combustible de toda la temporada. El que hacía cada mañana en casa, y los varios que tomaba afuera, cada día: Orens arriba, Grumpy en el medio, Jack's abajo. O Blue Bottle, o Third Rial, o Everyman Espresso.

El Hungarian: Un milagro que existan lugares así, acá en NYC: donde te reciban bien, no te saquen nunca, no te apuren, te den "re-fill" al infinito, no te pidan la silla. El Hungarian es, para el área de la U. de Columbia, lo que Café Reggio para NYU: pequeños espacios de tranquilidad, y con su propio ritmo, que sobreviven -resisten haciendo lo suyo- en una ciudad en donde todo cambia, una ciudad que puede ser cruel para quienes quieren sobrevivir como siempre lo hicieron.

Las bibliotecas/La biblioteca pública: Volveré sobre ellas, pero fueron en estos días la puerta de entrada a la felicidad, y la puerta de salida también, cuando la ciudad se ponía difícil. Refugio pleno para una estancia de escritura y sin techo fijo.


4 nov. 2019

3 nov. 2019

Crónicas columbianas 13: Polaroids de locura ordinaria



Polaroids de locura ordinaria

En la ciudad más vibrante del mundo, conviven la vida más intensa, excitante; y la muerte indigna, así nomás, en cualquier esquina. No ha de ser fácil sobrevivir en ella. Entre esos dos extremos (vinculados con lo que, alguna vez, el marxista Gerald Cohen, definió como la ambición de tenerlo todo, y el miedo asociado a perderlo), las tensiones que se generan producen daños. Daños. Heridas abiertas sobre el cerebro. Daños mentales. Personas heridas. No importa cómo valoremos lo que ellas hacen, o el sentido último de lo que se propongan. Recojo, por tanto, y sólo para recordarlas, algunas postales: polaroids de locura ordinaria.

* Un joven, inocuo y bien vestido, está sentado sobre los pilares de una entrada, cualquiera de tantas. Está solo, no piensa en nadie: ladra. Ladra. No le importa quién lo mira ni quién lo escucha. Está en lo suyo: ladra.

* El homeless de mi pequeño barrio. El que actúa su espectáculo agresivo, cada mañana, mientras sentado tomo mi café de temprano. Estoy frente a la ventana, sentado solo, y lo busco y lo encuentro, con la mirada. Antes de ayer, él iba y venía enloquecido, sin saber yo por qué, en un radio de unos 20 metros. Ayer, se paraba frente al poste de la compañía eléctrica, y señalaba, letra a letra, el grabado en relieve que mostraba ese mástil, con los datos de la compañía: él iba posando su dedo índice sobre el relieve de hierro, hablándole a esas palabras. Hoy, se la tomó en cambio con el dueño del puesto de diarios, que parece ya acostumbrado a este tipo de reclamos. Estuvo 10 minutos allí, delante de él, violentamente gritándole. El diariero inmutable, mientras tanto, iba acomodando revistas, agregando publicidades al interior de los diarios, ocupado impertérrito en su tarea cotidiana.

* Un músico que parece ucraniano, toca con delicadeza el piano, en medio de la plaza. Suelta una melodía suave que parece imposible allí, en ese contexto anárquico, en medio de ese bullicio incontrolado. Me quedo a escucharlo un rato y, como entrando en una pieza a oscuras, al rato empiezo a ver los detalles. Menciono uno que me resultaría curioso: padre e hijo tratando de conciliar el sueño, bajo esas caricias de música, allí mismo, acostados y abrazos entre sí, debajo del mismo piano.

* Me encuentro tomando algo, por la mañana, y un hombre robusto ingresa al lugar, impulsivo, vehemente. Pienso que está bajo los efectos de algún sicofármaco, pero no podría asegurarlo. Me alisto a temerle: le temo. Educado en las prácticas de mi país, me pongo en guardia, tenso, esperando que lo peor ya llegue. Pero no. Mientras él hace su discurso, alucinado, la gente conversa, ríe, celebra. Quienes están a cargo del local -allí, a centímetros de donde él predica su odio en voz alta- ni siquiera se molestan en mirarlo, en decirle algo: que se vaya. No. Se trata de esperar un poco. Al rato, el discurso de odio termina, y el hombre robusto se marcha.

* Camino en dirección de la biblioteca, y me doy vuelta, escucho a alguien que me habla. Pero no. Se trata de un improvisado músico que camina a buen ritmo, moviendo los brazos, improvisando su rap, auriculares puestos, con la voz imposiblemente más alta. Aunque nadie lo advierta, más que yo mismo, el rap es muy bueno.

* En la cuadra siguiente me cruzo, como si nada, con un hombre vestido de árbol. A esta altura, ya ni me doy vuelta a mirarlo: en cualquier momento del año, a cualquier hora, en cualquier espacio, y sin necesidad de razón alguna, la gente se disfraza de lo que se le ocurre y anda, como si tal cosa. Bienvenido ello.

* Llego de noche a la biblioteca pública. En el horario nocturno, el ambiente bibliotecario se rarifica un poco más de lo acostumbrado. Buscando refugio o calor, con excusa alguna o ninguna, el espacio abierto se llena de marginales. Esta noche, frente a mí, veo sentado a un negro, en silencio, serio y con sombrero. Luego lo miro mejor. Tiene traje y pantalones cortos. La manga del saco está cortada a lo largo, de lado a lado. Miro el libro que lee, y el libro está abierto en un mapa. Junto a él tiene una amplia página en blanco, y parece dispuesto a algo así como a reproducir el mapa. Ahora se ríe. Se ríe muchísimo (se lo ve en la foto). Ahora mueve la cabeza, como si hubiera dado con el detalle buscado. Ahora sí, parece decir, y marca algunos puntos, con birome, en el mapa que ofrece el libro, sobre el que ahora dibuja. Luego, reproduce parte de ese trazado sobre su propia hoja. Parece su hallazgo, parece que lo ha encontrado: ríe. Ríe porque en apariencia -y sea lo que fuera lo que esperaba- lo ha logrado. Se da por satisfecho, se acomoda el sombrero, y feliz se marcha.


2 nov. 2019

Crónicas columbianas 12: EL DEBATE CON WALDRON/ NICOLINO LOCCHE EN MANHATTAN






El debate con Waldron resultó, para mí, extraordinario. Él es, según entiendo, el constitucionalista vivo que más y mejores aportes ha realizado al debate contemporáneo, en dos de las áreas que más me interesan: la que se relaciona con los derechos (basta leer su notable Liberal Rights) y, sobre todo, la vinculada con la relación control judicial-democracia (basta leer su incomparable Derechos y desacuerdos). Hace unos 30 años que leo sus trabajos con devoción: he aprendido muchísimo de ellos, a la vez que -según entiendo- he ido matizando mis posiciones de un modo que en parte ha sido influido por sus escritos, que han evolucionado, también, de un modo paralelo a los de él (casi en los mismos tiempos). En los últimos años, además -y como le explicara en el debate- he comenzado a tener más y más disidencias con lo que él dice. En todo caso: para mí es la principal referencia viva, en mi área, y debatir con él era algo que no había soñado (así que gracias a Patricio y el equipo de graduados que organizó la discusión! Increíble!).

Mi sensación fue un poco la de Nicolino Locche yendo a Tokio a pelear por el título mundial. Digo lo de Locche, obviamente, como un chiste, recordando con cariño al boxeador argentino, estilo “mosca”, salido de la nada, y que con su bolsito a cuestas se va afuera del país a disputar unos rounds con el Campeón Mundial. Sólo por eso (uno, obviamente, no es campeón de nada, tampoco peso mosca, y aunque elude bastante bien los golpes, queda lejos de ser el “Intocable”).

Volviendo al debate: sólo alegría y reconocimiento. Waldron, quien puede ser en muchos sentidos difícil, se portó fantásticamente bien: amigable, elogioso, humilde, generoso. También reconoció varias veces sentirse “tocado” por algunas críticas (alguna entrada de Nicolino).

Reconstruyo a continuación el debate, en 3 rounds (¡), y a partir de cómo es que el mismo fue armado: Primero, una presentación mía, de unos 30 minutos; en el segundo round su réplica (él se tomó, llamativamente, mucho tiempo, unos 40 minutos), y luego algunas réplicas mías. Por suerte (y a diferencia del “debate que no fue” -Cossio vs. Kelsen), éste quedó grabado y filmado, así que espero que tengamos la versión completa más adelante. Mientras tanto, una salvedad crucial: puedo reconstruir bien lo que le dije al comienzo, que lo tenía bien apuntado; pero ya menos la réplica de él; y, con menos energías, lo que dije en el “tercer round”, es decir en mi réplica a su réplica (ya bastante contento estaba de haber llegado ahí bien indemne -por algo me dicen el “Intocable.”

(En la secuencia de fotos que aparece en un post anterior, se detecta bien el derrotero: primero, yo con pulóver, concentradísimo en lo que digo; luego -todavía nervioso- estructurando argumentos, ya sin pulóver (peléandola); y al final, cuando veo que su réplica es amigable, ya relajado y riendo)


1er Round, ataco

Comienzo anunciando 3 cosas

a)      * Voy a defender una visión del derecho como “Una conversación entre iguales”
b)     *Lo voy a hacer presentando el desarrollo de esa posición, a lo largo del tiempo (el debate estaba organizado bajo el título “debates y desarrollos recientes en materia de revisión judicial”). Lo que intentaré hacer es mostrar mi propia evolución en el tema, en diálogo con la doctrina -y, en particular, con el trabajo del propio Waldron (chicanéandolo un poco, le digo que voy a mostrar ese “diálogo distante” entre mi trabajo y el suyo, como un diálogo entre el centro -él- y la periferia -nosotros. Él, en su réplica, lo primero que haría es responder graciosamente a esta chicana). Digo que voy a dividir ese desarrollo en tres etapas: a) la más mayoritarista; b) la más deliberativa; c) la actual, más preocupada por la cuestión de la inclusión, o la “deliberación inclusiva”
c)     *Inscribo toda mi posición bajo una misma nota: el análisis del problema -en particular, el del control judicial- bajo la preocupación por la llamada “objeción democrática”, y en una clave muy similar a la que presenta Waldron cuando se apoya, para reconstruir su postura, en el “dirty little secret” del que hablara Unger, acerca de los modos en que nuestro derecho se monta en una “disconformidad hacia la democracia” (me pareció que Waldron sonreía cuando dije esto). PRESENTO ENTONCES LAS TRES ETAPAS DE LAS QUE HABLÉ EN EL PRIMER ROUND


1A) Mayoritarismo. En esta primera etapa defiendo -como Waldron- la crítica más fuerte y más cruda al control judicial. Waldron hablaba entonces del control judicial como una “ofensa” y un “insulto” a nuestros ánimos democráticos. Yo, en esta etapa (que anclo a comienzos de los 90), escribía mi primera tesis doctoral, y todavía no había leído a Waldron sobre el control judicial, por razones obvias: él publica su primer gran texto en la materia en 1993 (“A Rights-Based Critique…), y yo había defendido mi tesis en el 91. Acá yo me siento muy influido no sólo por el trabajo de Nino (de quien Waldron va a decir “siento una gran admiración por su trabajo”), por los Critical Legal Studies, por Ackerman, por John Ely. Admiraba mucho, entonces -como todavía- el ejemplo de la “radical” Constitución de Pennsylvania, de 1776, escrita por el radical inglés Thomas Paine, que ayuda a demostrar mi punto: es posible mostrar preocupación por los derechos sin vaciar de su contenido democrático al derecho; no es necesario, para proteger derecho, desarrollar un sistema contra-mayoritario (al poco tiempo, yo publicaría, en un libro editado por Przeworski-Elster, un artículo sobre el tema: “Una lectura mayoritaria sobre el rule of law“).

Le comento también, a Waldron, que en esta etapa -y cuando pasé a conocer su trabajo (él publica en 1999 su gran libro Law and Disagreement), sólo tenía acuerdos con su postura de crítica radical -radical como la postura de Mark Tushent, quien publicara entonces su “Taking the Constitution Away from the Courts”, también en 1999. Mis acuerdos con Waldron son plenos: su crítica “rights-based”; su noción sobre los “desacuerdos”; su propósito de fundar la crítica al control judicial en una idea de igualdad; su defensa de la participación como “el derecho de los derechos”. Waldron asiente.

1B) Deliberación. En esta etapa, mi posición inicial se matiza un poco. Pensando en las exigencias de una teoría deliberativa en materia de control judicial, llego a la conclusión de que hay formas de intervención judicial posibles, que son plenamente consistentes con las demandas -aún- de una concepción exigente de la democracia, como la democracia deliberativa. Le digo que mi posición tiene mucho que ver con mis discusiones con Nino, y también con ciertos desarrollos jurisprudenciales: desde “Grootboom”, en Sudáfrica 2001; a “Mendoza” en la Argentina.

Le comento a Waldron que en esta etapa, veo que él también matiza su postura inicial, lo cual se advierte en su artículo “The Core of the Case,” o aún en su trabajo sobre “Modos de diálogo entre Tribunales y Legislaturas” -los mismos matices aparecen en el trabajo de Tushnet, quien pasa de su “Taking…Away” a “Cortes débiles, Derechos fuertes”. Le digo, además, que aparece aquí mi primer desacuerdo/ disagreement (Waldron se ríe), a partir de su crítica al trabajo de Nino, en un libro que se escribe en honor de Carlos, al poco de su muerte (libro increíble, en el que escriben Waldron, Dworkin, Fiss, Scanlon, Gutman…). Rechazo la defensa que hace Waldron del “voto” por encima de la “deliberación” pero -le aclaro- no me parece todavía que se tratase de una disputa seria (ahora ya sí).

1C) Inclusión. En esta etapa -le digo- me siento más preocupado por el “drama de la democracia (en crisis)”, que por lo que era el centro en la etapa anterior (digamos así, de post-guerra): el “drama de los derechos.” Señalo el énfasis que ahora pongo en los procesos de “discusión inclusiva,” y elogio los desarrollos de las nuevas “asambleas deliberativas”: Irlanda, Islandia, Australia, Holanda, y destaco en particular, por lo que diré, el caso de Canadá y sus reformas al sistema electoral. Lleno de elogios al proceso de discusión sobre el aborto, en Irlanda y en la Argentina (Waldron mira con atención y asiente).

Le digo que aquí también encuentro muchos puntos de encuentro con sus nuevos trabajos, y en particular con “5 contra 4” o, sobre todo, su libro “Political Political Theory” (PPT): me gusta su visión aristotélica sobre la “sabiduría de la multitud,” su reivindicación -contra Berlin- del estudio de las instituciones, su preocupación por los procedimientos legislativos y cómo regularlos. Sin embargo, le digo que en esta etapa reconozco ya desacuerdos más fuertes. 

En primer lugar, le leo una cita larga, que (digámoslo así) me “noquea” de la sorpresa, en su momento y -le digo- siento que la escribió para mí (contra mí) (se ríe): página 135 de PPT, en donde defiende a las mayorías en el Congreso como “primera opción”, contra los que “esperaban que yo defendiese el voto directo del pueblo como primera opción”. Se me derrumba Waldron. En todo caso, me apoyo en esa cita para montar varias objeciones contra su última línea de trabajo. Menciono mis desacuerdos (ya más fuertes e importantes), diciéndole que él:

·      *Hace el mismo “truco” que le critica a los que objetan al Congreso comparando al “Congreso en su peor versión con los tribunales en su mejor versión”. Él hace lo mismo con su comparación entre (la peor versión de) la democracia participativa, con (la mejor versión de) la democracia representativa.
·       *Toma como única alternativa razonable-posible a la democracia representativa, a una (mala) versión de la democracia directa, plebiscitaria, a la California (critico acá, duramente, a los “plebiscitos sin deliberación” como el de Colombia o el Brexit.
·         *No advierte que -contra lo que dice en citas como la que le menciono- a veces la representación en el Parlamento es MUCHO PEOR en términos de imparcialidad, y de modo obvio (por eso el ejemplo de Canadá me gusta: se dieron cuenta, allí, que la reforma del sistema electoral no encuentra peor lugar que el Congreso, en donde los que lo reforman no van a querer “cortarse las propias piernas,” y por eso en Canadá le pasan la decisión a una asamblea de ciudadanos elegidos por azar.
·         *Le doy mi “famoso” ejemplo del “fumar en un seminario” (él va a hacer un chiste con el ejemplo, que aprueba, hablando de la Smoking Restoration Act, o algo así), para insistirle sobre la importancia de escuchar a CADA UNA de las voces, de TODXS los afectados (el órgano representativo que va a decidir sobre si se puede fumar o no, puede representar bien por clase, género, raza, etc., pero no puede ni aún así, reconocer lo más importante: que hay una sola persona entre nosotros 500 fumadores, que tiene una crisis pulmonar si nos ponemos a fumar). Moraleja: necesitamos escuchar al que se queja, y diseñar mecanismos para que hasta el último afectado pueda hablar y quejarse. Cualquier alternativa, en principio, es una pérdida (por eso: el parlamento no es una opción preferida, sino un segundo mejor, o recontra mal, tal vez necesario)
·        *Contrasto su defensa de Aristóteles con mi defensa de Mill y la idea de “cada uno como el mejor juez de sus intereses,” que -le digo- él debería aprobar (y asiente)


2do Round, Waldron responde

Waldron da una respuesta larguísima (arriba de 40 minutos), muy interesante, muy amable y muy generosa. En parte por diplomacia, y en parte -espero- porque lo cree, arranca con una serie de elogios a mi trabajo sobre el “diálogo judicial” que me avergüenzan (blande mi artículo “We the People Outside of the Constitution”, diciendo que le encanta; y dice que mis escritos en la materia son de lo mejor que hay, y que superan por mucho a lo que se hizo mismo desde Canadá -la cuna del “dialogic…”). Yo ahí ya me relajo, me saco el pulóver, sonrío.

Resumidamente: Waldron insiste mucho en temas en los que estamos de acuerdo; se obstina en algunas cuestiones en las que (digo yo) está muy errado; me adjudica una posición (de cierta defensa del control judicial) que rechazo (y, en relación con ella, insiste con sus temas clásicos, de defensa del mayoritarismo parlamentario, y la dignidad de la legislación); y concede algunos puntos abiertamente.

De lo que recuerdo y llegué a anotar:

·         Arranca respondiendo mi chicana “centro-periferia”, diciendo que él es más periferia que yo, porque viene de Nueva Zelanda (cuenta un encuentro reciente con Ackerman, donde Ackerman lo seguía cargando por esa proveniencia)

·       Dice que es un honor hacer este debate, blabla (música para mis oídos), y que mis comentarios y puntos de crítica son profundos y detallados
·         
       Dice (contra mi crítica dura a los referéndums), que él esperaba que si se tomaba una decisión sobre el Brexit (como si Escocia tomaba una decisión sobre su independencia) ello DEBIA SER vía referéndum.
·         
        Me concede que en su argumentación suele hacer “tricks” que no debe hacer (ríe) y se compromete a comparar para el futuro “Bad (Congresos o sistemas representativos) con Bad (Cortes o democracias directas)
·      
          Ahí arranca un largo excurso en defensa de algo que yo no niego, pero que para él ha sido central desde siempre: Las declaraciones de derechos no pueden decir mucho sobre la sustancia de los “50 o 60 problemas fundamentales que tenemos que resolver”: no dictan resultados concretos.
·    
       Vuelve a su ejemplo clásico, en el que compara la discusión de la Corte norteamericana en Roe v. Wade, con el debate parlamentario inglés, sobre el tema. Dice que éste último es mucho más interesante, menos legalista-formalista, mucho más claro
·
          Dice que las Cortes -dialógicas- tienen que aprender a “listen y learn” de los legisladores, y no sólo dar órdenes

       En un momento, recordando un ejemplo que yo debía recordar, me dice "porque vos y yo debemos tener la misma edad". Yo le digo, asombrado, que tengo 55 años (él tiene 11 más que yo!), él se ríe y dice, "no, no, nada que ver entonces" (qué viejo debo parecer!! Es la primera vez que alguien me da -muchos- más años de los que tengo!).

·        Vuelve sobre su lindo ejemplo de los “números” (las Cortes también deciden por mayoría, entonces qué queremos: mayoría de 9, de 700 legisladores, de todo el pueblo? -se pregunta)
·         
      Insiste con una idea errada: la de que siempre nos dividimos, finalmente, entre “mayorías y minorías”, y entonces hay que votar
·         
      En este sentido, también, reivindica su crítica a Nino (a quien dice -como anticipara- que admira), por el hecho de que muchos deliberativistas han desmerecido el hecho de que “eventually, al final siempre tenemos que decidir, votar”
·      
           Rechaza la idea de separar como antagónicos Voto y Deliberación; Intereses y Principios
·         
      Deja en claro que la deliberación no debe verse como la deliberación del seminario (por eso vuelve sobre el tema de los intereses, y la necesidad de la decisión en un Congreso bien representativo)
·         
     Me concede también que él ha tendido a construir “strawmen” con el tema de las decisiones judiciales, dejando poco lugar al caso de Cortes y decisiones como las que presento (“Grootboom” o “Mendoza”)

·          Me atribuye una posición de defensa renovada y razonable del control judicial -la dialógica (y acá se confunde en parte, como le digo después)

·          Reivindica su(s) escrito(s) dialógicos (“Some Models of Dialogue…)
·    
         Comenta que él entiende que hay ciertos contextos en donde las ramas políticas se encuentran muy degradadas (él mismo, salvando las distancias, se dice muy crítico del unicameralismo sin frenos de NZ), la Corte puede aparecer como “la última institución con dignidad.” Sin embargo, dice que, por eso mismo (y está pensando en Colombia) ella pasa a ser “target” o “blanco” central por parte de los grupos políticos en el poder.

·     Reivindica la necesidad de “cierta abstracción” que da la representación en el Congreso (y, ay, consciente de quién es, cita a Richard Posner, y una crítica burlona a la participación permanente de la ciudadanía)
    
      Presenta sus dudas sobre las Asambleas Ciudadanas, en forma de “sí, pero..”. Él tema que, si no se asegura su renovación, se conviertan simplemente en lo que ya conocemos: Parlamentos con todos sus problemas conocidos
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3er Round, Locche arremete
Le digo que voy a hacer 6 réplicas, y a contar una historia (cuento el cuento de Augusto Monterroso y el dinosaurio, que lo hace reír, para hablar de que la objeción democrática “todavía está ahí). En dos líneas, mis 6 respuestas
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     1) Insisto en mi rechazo al referéndum, salvo que venga precedido de un proceso amplio de discusión, como en Canadá, Irlanda o Uruguay (cuento mi clásico caso “Gelman”, que le interesa)
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      2) Golpeo duramente (acá boqueó el contrincante) sobre su insistencia en “estamos finalmente divididos en mayorías y minorías, y hay que votar”. Le digo que se pierde todo lo importante, que está en la posibilidad de MATIZAR las posiciones que ya tenemos, y que reconocer eso nos permite reconocer el valor y sentido del debate. Lo admite

·  3) Golpeo también con lo que es mi principal crítica a Waldron3: el Waldron que deja afuera, explícitamente, a “the people at large.”
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     4) Digo (y acá se ríe con ganas) que ya que están grabando, necesito que por favor no quede registrado que él dice que yo defiendo el control judicial. Ya fuera del chiste, le digo que mi defensa de las formas “dialógicas” se monta en una crítica radical al esquema institucional desde el cual esas formas emergen, y que permitan que los nuevos “diálogos” queden A MERCED COMPLETA DE LA VOLUNTAD DISCRECIONAL DE JUECES O LEGISLADORES, y digo que eso es inaceptable (por lo que aplaudiré toda solución dialógica, sin ninguna fe que, tal como están las cosas, esos diálogos se conviertan en prácticas estables)
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     5) Le pongo un freno (como hacía Nicolino, siempre trabando y eludiendo) con relación a la idea de diálogo que presenta. Insisto con mi texto “Why do we care about dialogue?”
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      6) Doy una seguidilla de golpes (yo creo haberlo visto en la lona, en este punto, no sé, tal vez me equivoque), sobre la cuestión de “representación vs. democracia directa”. Le digo que a) el Congreso fue pensado para una sociología política que ya no existe (pocos grupos, internamente homogéneos); b) que vivimos en sociedades multiculturales donde “cada uno es un millón de personas”, y que por tanto ya hay un problema estructural para la representación: tenemos que abandonar toda esperanza de recuperar ese viejo carácter representativo del Congreso; y c) aprendimos, vía la historia, sobre los modos de “captura” y burocratización del Congreso. Por qué negar esas lecciones y querer insistir como si eso no existiera? Conclusión: (criticándole su ejemplo de Posner, insisto en la necesidad de salir a buscar “inclusividad” con formas más abiertas y conversacionales de la democracia)

FIN DE LA PELEA. GANADOR, POR PUNTOS…?

PD: No, la verdad es que no fue una pelea en ningún sentido, placer total, creo que para ambos -así lo puso él en un tweet, al día siguiente, con la foto que acompaña este post:
 "An affable and productive debate yesterday with Prof. Roberto Gargarella of Buenos Aires, on judicial review, constitutional dialogue, and deliberative democracy. Thanks to Patricio Enrique Kenny for organizing and Alma Diamond for chairing. Above all, thanks to Roberto."