15 nov 2012

Castigo penal y desigualdad


En un libro de reciente publicación, El castigo penal en sociedades desiguales , investigadores de seis países latinoamericanos (Argentina, Colombia, Chile, Ecuador, México y Paraguay) examinamos el estado de las políticas de castigo en nuestras sociedades. Nos concentramos en un período reciente, que va desde la era de ajustes económicos estructurales, en los años 90, hasta la actualidad.
Los resultados encontrados nos dicen que, más allá de la retórica, también en lo relacionado con el castigo las prácticas dominantes se parecen demasiado (si es que no han empeorado) a las que fueran propias de los años 90 . Ello así, por caso, si prestamos atención al número de personas procesadas y privadas de libertad; los niveles de hacinamiento existentes; los abusos y la tortura que siguen siendo moneda corriente en toda la región; los malos servicios médicos a los internos; la pésima alimentación; el trato degradante en definitiva. De todos modos, el libro en cuestión no se limita a hacer una descripción en torno de la galería del horror carcelario ya conocida, sino que se pregunta sobre la autoridad que tienen nuestros Estados para actuar de los modos en que hoy lo hacen.
El problema tiene un aspecto general: en cualquier contexto resulta complicado defender que el Estado castigue, entendiendo por castigo la “imposición deliberada de dolor” (¿es ésta la única y la mejor forma que tiene el Estado para reprochar inconductas graves?) .
Las cosas son, sin embargo, mucho más complicadas en contextos de grave desigualdad: en tales casos, la justificación del uso de la coerción estatal frente a quienes reclaman por injusticias resulta mucho más problemática. Y ello, por varias razones.
Partimos de la idea de que, en sociedades como las nuestras, cuando ciertas desigualdades graves se mantienen en el tiempo, el Estado debe ser considerado, al menos, como co-responsable de las mismas, ya sea por haber creado o mantenido tales desigualdades, o por no haberlas removido, pudiendo hacerlo. Si el Estado es co-responsable de injusticias graves, luego, resulta difícil de aceptar que el mismo se arrogue el derecho de reprochar, por ejemplo, a quienes se quejan o reaccionan frente a tales agravios (por caso, como los qom acampando en la 9 de Julio).
Más fuertemente aún, la autoridad del Estado para ejercer un reproche legítimo resulta socavada cuando él no es capaz de cumplir con las numerosas obligaciones a las que se ha comprometido constitucionalmente .
La Constitución argentina, por caso, incluye cantidad de obligaciones sociales que el Estado debe cumplir (en materia de vivienda, salud, trabajo, educación), y que el Estado no satisface o satisface de un modo muy imperfecto, porque decide utilizar sus recursos con fines que son, en términos de derechos, irrelevantes (pongamos, ensalzar su gestión o transmitir fútbol por TV).
Cuando el Estado elige hacer propaganda en lugar de garantizar los derechos de los desposeídos , sus faltas adquieren el carácter de inconstitucionalidades graves, y ello determina que pierda autoridad para exigirle luego a los más desaventajados, que cumplan con sus deberes de respeto hacia él (¿qué autoridad podría invocar un padre, por ejemplo, cuando abusa de su familia?).
Finalmente, la desigualdad persistente genera un riesgo extraordinario que amenaza con minar todo el valor y sentido del sistema penal: el riesgo de que los mejor situados tuerzan el sistema penal a su favor, de modo que el mismo resguarde sus privilegios , y a la vez persiga a quienes se animan a cuestionarlos.
Este escenario podría ser tildado de imaginativo o apocalíptico, si no fuera por el hecho de que la situación carcelaria en América Latina parece verificarlo en todos los casos: en países pluriclasistas y heterogéneos, las cárceles de la región resultan homogéneas en términos de clase y origen racial , mientras permanecen casi libres de funcionarios gubernamentales.
En la Argentina, las políticas y acciones penales del kirchnerismo sólo han agravado este escenario, transformando a la normativa penal en un mamotreto clasista , que protege los delitos de los funcionarios, y transforma a los pobres en delincuentes.
Finalmente, no se trata de que el Estado deje de tener autoridad coercitiva porque no cumple con sus

obligaciones legales del modo más perfecto. Se trata (como en el caso del padre que abusa de su '

familia) de que el Estado pierde el derecho de reclamar autoridad cuando comete faltas graves 

sobre los más débiles , de modo sistemático y sostenido en el tiempo.

13 nov 2012

Desprocesan a Félix Díaz

La Cámara Federal de Resistencia acaba de revocar el procesamiento del dirigente qom (el fallo, acá, con cita incluida al trabajo de este Seminario)

Chile 2: Pan y libertad / Santiago Arcos




Chile ha sido y sigue siendo uno de los países más conservadores de América (definiendo el concepto de conservadurismo a partir de dos de sus rasgos centrales: elitismo político y perfeccionismo moral). Chile tuvo la que fue, posiblemente, la Constitución más conservadora de la historia regional (la Constitución de 1823). Aparte de ello cuenta, en la actualidad, con una de las Constituciones más espartanas de la región en términos de compromisos sociales, lo cual resulta especialmente notable teniendo en cuenta que el país está rodeado de países con documentos generosísimos en materia de derechos sociales.

Y sin embargo...y sin embargo es un país que a lo largo de toda su historia ha producido dirigentes, grupos, documentos de un radicalismo singular, completamente inhabituales en América Latina. Los tuvo a mediados del siglo xix, con la Sociedad de la Igualdad; los tuvo con el partido radical y el presidente Aguirre Cerda, a comienzos del siglo xx; los tuvo en los años 70, en los tiempos de don Salvador Allende; los tuvo en una clase obrera movilizada; los tuvo a partir de grupos de extrema izquierda activísimos.

De entre todos los documentos que conozco destaco dos. "El gobierno de la libertad," escrito por el notable Francisco Bilbao, desde su exilio peruano, en 1855, y ahora, y para esta nota, resalto en particular una carta escrita por Santiago Arcos (colega del anterior en la Sociedad de la Igualdad), desde la cárcel, y que es conocida como "El Manifiesto Comunista Chileno," en su proclama de "Pan y libertad". 

Reproduzco aquí algunos fragmentos aislados. Recomiendo tomar nota del énfasis en las libertades civiles, tanto como en la continuidad que ve entre ellas y las bases materiales de la sociedad, que Arcos encaraba desde una mirada fresca, y radicalmente igualitaria. Arcos veía una relación directa entre los derechos, deberes y poderes constitucionales. Por lo demás, y como tantos radicales de la época, no sólo tenía un entendimiento igualitario de las bases económicas, sino que no concebía la reforma política sino de la mano de la reforma económica. Muy diferente del modo en que se piensa hoy, cuando se piensa a la Constitución como teniendo dos partes independientes entre sí (derechos-poder), y se concibe a las esferas política y económica como esferas autónomas.

(la carta completa en http://escritoresyartistas.tripod.com/carta_stgo_arcos.htm)

Decía Arcos:

En todas partes hay pobres y ricos.  Pero no en todas partes hay pobres como en Chile…

Derechos del ciudadano

 Libertad del pensamiento que se manifiesta por:

 Libertad de la palabra escrita y hablada;
  Libertad de enseñanza;
 Libertad de cultos o sea separación de la Iglesia y del Estado.
 Derecho de reunión y asociación;
  Derecho de petición.

 Deberes del ciudadano

Todo ciudadano es Legislador.
      Jurado.
      Ejecutor.
        Todo ciudadano reconoce las asociaciones que forma la república para poseer y someter sus propiedades a las decisiones de la república que puede exigir de él una parte de sus rentas para cubrir los gastos del Estado y puede expropiarlo por causa de utilidad pública.
        Mas en este caso la república dará un equivalente al expropiado.
      Todo cuidadano es guardia nacional.
        Todo ciudadano debe admitir como igual y hermano a todo hombre que haya hecho acto público de adhesión al sistema republicano y reconozca como derechos inalienables, superiores al sufragio universal, los que la constitución reclama como tales.
      Todo ciudadano debe obediencia y protección a la ley...

¿Qué hacer?  Diré de una vez cuál es mi pensamiento, pensamíento que me traerá el odio de todos los propietarios, pensamiento por el cual seré perseguido y calumniado, pensamiento que no oculto porque en él está la salvación del país y porque su realización será la base de la prosperidad de Chile.
Es necesario quitar sus tierras a los ricos y distribuirlas entre los pobres.
Es necesario quitar sus ganados a los ricos para distribuirlos entre los pobres.
Es necesario quitar sus aperos de labranza a los ricos para distribuirlos entre los pobres.
Es necesario distribuir el país en suertes de labranza y pastoreo.
Es necesario distribuir todo el país, sin atender a ninguna demarcación anterior, en:
Suertes de  riego en llano;
Suertes de rulo en llano;
Suertes de riego en terrenos quebrados regables;
Suertes de rulo en terrenos quebrados de rulo;
Suertes de cerros; suertes de cordillera.
…..

Demos el grito de Pan y libertad y la Estrella de Chile será el lucero que anuncia la luz que ya viene para la América Española, para las razas latinas que están llamadas a predominar en nuestro continente.
       

Sí a la protesta (5). El poder debe respetar la protesta



(texto que publicara hoy, acá: http://www.lanacion.com.ar/1525898-el-poder-debe-respetar-la-protesta)
Toda protesta y, sobre todo, quienes protestan, merecen respeto. Pero respetar la protesta no es lo mismo que no reprimirla, como se jacta el Gobierno sin razón alguna para ello. Respetar la protesta tampoco implica someterse a cada una de las exigencias de sus integrantes, como temen los privilegiados. Respetar la protesta no es fácil: exige tomar en serio a los que se quejan, nunca burlarse de ellos ("ayer ocurrió algo importante: el Congreso chino"). Implica ponerse en el lugar del otro, sin denigrar a los miles de ciudadanos que, como suele ocurrir, se suman a la protesta poniendo lo mejor de sí, convencidos de que están haciendo algo bueno por su patria. No debería hacer falta decirlo: nunca puede tratarse a quienes protestan como inferiores a uno, mucho menos como infrahumanos ("avanzaban como zombis").
Respetar la protesta implica leerla a su mejor luz, preguntándose con una mano en el corazón qué dicen de importante los que se quejan. Esta actitud no es simple: los que le temen se apresuran a leerla en su peor versión imaginable ("son resabios de la ultraderecha que muere", "esto es como la recepción a Lonardi en 1955"). Los que se acercan de este modo denigratorio a la protesta demuestran sus años, revelan el conservadurismo que los amenaza por dentro.
Lo cierto es que siempre cualquier protesta podrá leerse como un ejercicio ruin, hecho por miserables. De los que se movilizaron en la Primavera de Praga podría haberse dicho: "son capitalistas", "quieren que volvamos a ser una sociedad desigual". Y de los jóvenes que se movilizaron en París del 68: "son burguesitos, niños bien", "no tienen un mensaje claro". Y de quienes participaron en la "primavera árabe": "los mueve el odio", "son fanáticos religiosos." Por supuesto, qué duda cabe, todas las protestas citadas son muy diferentes. Sin embargo, todas ellas tienen algo en común: miles y miles de personas que salen a las calles, de buena fe, asumiendo costos personales, exponiendo su cuerpo contra regímenes cada vez más amedrentados frente a la movilización popular, indispuestos a escuchar las quejas de quienes los cuestionan. Un buen test para saber qué camino escoge andar un gobierno es ver qué hace para escuchar a sus críticos: ¿facilita y promueve la creación de asambleas públicas, de medios independientes del Estado, de sindicatos cercanos a sus bases?, ¿o no lo hace, porque prefiere escucharlos a través de cada vez mejor financiados servicios de inteligencia? Todos necesitamos preguntarnos qué es lo importante que tienen para decirnos quienes protestan: necesitamos aprender de ellos. El Gobierno, sobre todo, necesita hacerlo.
Tomar en cuenta la voz de los que se quejan no implica considerar que todas o la mayoría de las demandas que enuncian los que protestan sean valederas. Pueden no serlo, y es labor del dirigente, sobre todo, distinguir cuáles demandas merecen ser dejadas de lado y cuáles no, y de qué modo. Todo eso a la luz de sus propias convicciones y los límites constitucionales de su mandato. En eso consiste, precisamente, el ejercicio de la democracia republicana. Pero no hablo aquí de republicanismo en el sentido vacuo en que lo presenta la máquina cultural del kirchnerismo bobo (el republicanismo ha sido, históricamente, la filosofía política de la democracia rousseauniana, participativa, de ciudadanos motivados por la virtud cívica). Hablo de democracia republicana en un sentido contemporáneo, es decir, democracia como una concepción que considera que las decisiones ganan en legitimidad y validez en la medida en que son discutidas por más personas que las que van a resultar afectadas por ellas.
Los que pensamos la democracia de este modo entendemos que no hay voz más necesaria que la de los críticos (que pueden representar, conviene saberlo, a la mayoría o una minoría de los ciudadanos). Por eso mismo exigimos que en el Congreso haya un debate real (en donde las partes se animen a escuchar y modificar sus posiciones) y no ficción de debate ("discutan lo que quieran, pero no cambiaremos una coma"). Por eso demandamos una aplicación palmariamente ecuánime de la ley de medios (que asegure la diversidad de voces, antes que la presencia de los empresarios amigos). Por ello mismo es que siempre, históricamente, demandamos un respeto especial por la voz de los piqueteros, los marginados, los desplazados de la sociedad. Es que asumimos que si las decisiones públicas (y, muy en particular, las normas penales) son escritas, aplicadas e interpretadas por unos pocos o con la exclusión efectiva de muchos, luego tales normas van a quedar ladeadas en contra de los excluidos (el estado de nuestras cárceles -de composición homogénea en el marco de una sociedad heterogénea- reafirma, simplemente, nuestros temores). Por eso, también, nos quejamos en su momento del modo en que Néstor Kirchner procesó las demandas promovidas por Blumberg: Kirchner se acercó a los que marcharon entonces sin hacer lugar para el genuino dolor de tantas familias destruidas y -tanto o más grave que eso- lo hizo tomando la peor versión posible de sus reclamos, para convertir en ley panfletos de mano dura, clasistas y, por lo tanto, inconstitucionales.
La concepción de la democracia que asume el Gobierno resulta, notablemente, la opuesta a la aquí defendida. De allí que, de la Presidenta hacia abajo, reclamen una y otra vez a los caceroleros, ambientalistas y piqueteros que se constituyan como partidos políticos y se animen a competir con ellos en elecciones. De allí que tantos kirchneristas (muchos, ex progresistas) insistan en equiparar la democracia con las elecciones. De allí que el Gobierno fuerce la genuflexión de sus propios legisladores, obligándolos a votar leyes infames que, apenas años atrás, ellos hubieran denunciado a voz en cuello (la ley antiterrorista, la reforma de las ART). De allí que diputados y senadores oficialistas no demuestren jamás generosidad -una mano tendida- en las cámaras legislativas. El kirchnerismo usa el territorio parlamentario para insultar a sus adversarios ("narcosocialistas"), no los escucha -no le interesó nunca hacerlo-, simplemente impone. Sus legisladores asumen que no hay nada que aprender de los demás.
Por partir de esa visión tan conservadora de la democracia, el kirchnerismo manda rápido la Gendarmería contra quien protesta, se burla de los ambientalistas, procesa a los piqueteros, barre a los qom de la 9 de Julio, llama extorsionadores a los sindicalistas en paro y vagos a los maestros en queja; encierra a mujeres y niños en Campo de Mayo, denuncia en público a los que se animan apenas a contrariarlos, usa los servicios de inteligencia para apretar a jueces infieles, envía la AFIP a perseguir a los que dudan de su proyecto, aplica el Proyecto X contra izquierdistas molestos. Difícil encontrar una concepción más conservadora de la democracia, una aproximación más pobre al ideal del debate inclusivo y robusto, una visión más limitativa de la protesta.




12 nov 2012

Sì a la protesta (4)/ Plataforma 2012


De la amiga Diana Kordon, de Plataforma 2012, un excelente texto publicado hoy 
(y agrego un reportaje a la sociólogo Alicia L., también interesante y sobre el mismo tema, acá: http://www.elpais.com.uy/suplemento/economiaymercado/la-gente-quiere-algo-mas-que-decidir-entre-candidatos-y-listas-electorales/ecoymer_675152_121112.html)

Hay momentos en los que la contundencia de los hechos sacude relatos enmascaradores. La presencia masiva de hombres y mujeres de diversa extracción social en las calles, dispuestos a no delegar protagonismo sino a hacerse escuchar, portando creativas y ocurrentes pancartas con demandas sectoriales o generales, de evidente confección doméstica, nos interpela.
No es un dato menor el pasaje de la expresión de vivencias de irritación, enojo, desencanto, del ámbito privado a la presencia colectiva en la escena pública. Se cuestionaron contenidos y formas en la acción de gobierno. Inflación, inseguridad, corrupción, impunidad, no re-reelección, entre otras, constituyen legítimas demandas de contenido. El clima emocional y las banderas argentinas daban cuenta del deseo de conformar un espíritu de conjunto. Pero además el estado de ánimo tuvo un fuerte componente de hartazgo hacia las formas. La soberbia y el maltrato del Gobierno, que exige subordinación complaciente, acatamiento y obsecuencia, es fuente de la necesidad subjetiva de explicitar colectivamente el malestar, de plantarse ante el arrollamiento y descalificación.
La campaña oficial desplegada en los días previos, definiendo al pronunciamiento como destituyente o golpista, fue desmentida por la naturaleza de los reclamos y la composición social mayoritaria de quienes concurrieron. El carácter espontáneo de las voces y su heterogeneidad demuestran que nadie puede arrogarse para sí la paternidad de la protesta. Esto, a pesar también de las pretensiones de capitalización por parte de sectores opositores de derecha, que se ubican en espejo respecto del oficialismo.
El Gobierno, mientras no afecta los intereses de las grandes corporaciones y avanza en su escandaloso crecimiento económico como grupo, utiliza el argumento de descalificar a las capas medias, sobre la base del prejuicio, de la culpabilización, como si éstas fueran las responsables de los padecimientos de los sectores más desprotegidos de la sociedad.
En su reacción posterior, la Presidenta de la Nación parece seguir en la misma tesitura. Ninguna reflexión, ninguna autocrítica. El Gobierno sólo inscribió los reclamos en una marcación de pertenencia: un "ellos", los "otros" que no tendrían propuestas ni representación. Efectivamente la pretensión de la jornada fue la protesta, y ello en sí mismo sería un indicador para tener en cuenta, de alto valor simbólico y de diagnóstico de situación.
Los negociados y la corrupción, las mentiras del Indec y del costo de la vida, el trágico saldo de Once, los asesinados por la represión a la protesta en los últimos dos años, la ley antiterrorista, el colapso del sistema público de salud y la crisis educativa, las responsabilidades en el embargo de la Fragata Libertad como parte de las hipotecas que aceptaron en relación con la deuda externa son ejemplos de una acción de gobierno ciega al carácter nacional y popular que el relato oficial proclama. Acción que tiene continuidad de sentido en los acuerdos con ciertos sectores opositores con los que se critican mutuamente, pero con los que converge muchas veces en la práctica. Es el caso de la reciente sanción de la ley de las ART o de leyes en la ciudad dirigidas a garantizar la especulación inmobiliaria.
Los caminos que asuman estas expresiones de descontento son hoy impredecibles. Mientras tanto, surgen nuevas convergencias entre organizaciones de trabajadores y de otros movimientos sociales que protestan y exigen en defensa de sus derechos. La confluencia en la construcción de un entramado que amplíe y profundice el protagonismo popular es una posibilidad y una necesidad.