28 sept 2021

El debate con Ferrajoli sobre Democracia y Garantismo! (con descarga gratuita!)


 

Libro que recoge el debate que tuvimos con Luigi Ferrajoli sobre democracia y garantismo. Infinitas gracias a don Luigi, a Mica Alterio, y a la Suprema Corte de México. Bravo!!

Hoy presentamos la publicación sobre la primera sesión de la "Cátedra de Derechos Humanos: reflexiones contemporáneas sobre la persona y su sociedad".

Esta obra recoge las principales intervenciones de nuestros panelistas: @Rgargarella y Luigi Ferrajoli así como un texto introductorio a los temas debatidos en torno al deliberativismo y al garantismo, a cargo de @MicaelaAlterio

Asimismo, las y los lectores encontrarán una semblanza e introducción al pensamiento de Luigi Ferrajoli y @Rgargarell en formato de infografía.

En estas páginas, las personas podrán encontrar los principales postulados de dos teorías sobre los #DDHH cuyo impacto ha trascendido a las facultades de derecho, llegando también al interior de los órganos jurisdiccionales y legislativos en toda nuestra región.

¿Cuál es la relación de la judicatura con los #DDHH en una democracia? ¿Deben protegerse los derechos del control de las mayorías contingentes o, por el otro lado, deben formar parte de una conversación pública? ¿Qué tipo de límites imponen los derechos humanos a los parlamentos?

Con esta publicación, la @SCJN busca contribuir en la generación de debates relevantes sobre los grandes temas de derechos humanos y aportar un insumo para que el diálogo sobre las ideas discutidas en la Cátedra se mantenga vigente.

Libro azul

Descarga la obra en: 

https://www.scjn.gob.mx/derechos-humanos/sites/default/files/Publicaciones/archivos/2021-09/Catedra%20de%20DH_Digital.pdf

27 sept 2021

El Estado frente a las comunidades indígenas

Publicado hoy en Clarín, escrito con la gran Silvina Ramírez, acá https://www.clarin.com/opinion/comunidades-indigenas_0_p-2G7qnKy.html






Quisiéramos examinar a continuación un tema que viene siendo objeto de creciente atención (y preocupación) en la discusión pública argentina: los derechos de propiedad comunitaria indígena. El debate sobre la cuestión se ha tornado crecientemente polémico, en los últimos tiempos, a partir de algunos casos resonantes señalados como de ocupación y toma de tierras. El origen de muchas de las actuales controversias se encuentra en una “ley de emergencia” (la 26.160, del 2006, y con un plazo de vigencia de 4 años) dirigida a responder a la situación de crisis territorial que padecen las comunidades indígenas en el país, y que no ha sido respetada por las propias instancias del Estado. La norma fue prorrogada ya en 3 oportunidades -la última en 2017, y vence en noviembre de este año.

Desde su dictado, la ley fue objeto de numerosas críticas, por las razones más diversas. Se dijo que la misma vino a consagrar una “emergencia permanente”; que ella promovió la usurpación de tierras; que el relevamiento territorial que la misma dispuso, dentro de todo el país (destinado a verificar las situaciones de reivindicación de derechos territoriales por parte de las comunidades indígenas) resultó muy controvertido; que, a través de sus disposiciones, la ley puso en jaque al derecho a la propiedad privada consagrado por la Constitución; que, de ese modo también, la ley contribuyó a exacerbar situaciones de inseguridad jurídica; que quienes dicen ser indígenas no son tales, etc. La conclusión de toda esta catarata de críticas es que el derecho creado -incierto, impreciso, injusto y en tensión con nuestras normas constitucionales- ha terminado por alentar algunas situaciones de violencia y de ocupación ilegal, como las que se han hecho públicas en tiempos recientes.

Reconocemos la existencia de un problema público relevante, y también de una situación que irrita a muchos y de la que debemos hacernos cargo colectivamente. Por eso mismo, y para continuar con la conversación sobre el tema, quisiéramos, en lo que sigue, agregar algunas precisiones al debate en curso.

En primer lugar, querríamos subrayar que lo que está en juego aquí es una cuestión que involucra a los derechos constitucionales de las comunidades indígenas, y no un tema que meramente resulte de la ambición, los caprichos, o las acciones prepotentes de tales  comunidades Estamos hablando, en efecto, de un tema respecto del cual el Estado argentino, como casi todos los países de la región, asumió un compromiso constitucional abierto y enfático, al menos, desde la aprobación de la Constitución de 1994. Se trata de una innovación que no resultó marginal, sino central, en la nueva Constitución (en particular, a través del art. 75, inc. 17); y que encuentra apoyo, asimismo, en los tratados internacionales que el país ha suscripto (i.e., el Convenio 169 de la OIT, art. 14 inc.2). A través de estas normas, y entre varias otras cuestiones, el Estado se comprometió a admitir la personería jurídica de las comunidades indígenas existentes; a reconocer “la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan;” y a “regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano.” Insistimos, entonces: no se está debatiendo aquí en torno a los caprichos de un “grupo de violentos”, sino sobre una Constitución que ha asumido obligaciones explícitas, que hoy todavía incumple.

En segundo lugar, destacaríamos que la reivindicación que se hace del derecho a la propiedad privada reconocido por la Constitución de 1853 debe ir de la mano del cumplimiento de las garantías sociales incluidas en esa misma norma a mediados del siglo XX, y el respeto de los derechos a la propiedad comunitaria indígena incorporados a la Constitución Nacional en 1994. Tal como adelantamos, existe y está vigente en Argentina el derecho de las comunidades indígenas a gozar de sus territorios, lo que está contemplado en la Constitución e instrumentos jurídicos internacionales.  

Finalmente, señalaríamos que tampoco corresponde entender al problema, principalmente, como uno que tiene por causa las “acciones violentas” promovidas por comunidades indígenas, que terminan por destruir o poner en riesgo la flora y fauna de la región. Más bien, parece primar una situación contraria a la invocada. En efecto, más allá de que la violencia que existe es marginal y focalizada, sugeriríamos no perder de vista que normas constitucionales y convencionales como las arriba citadas reconocen y procuran reparar los graves abusos históricos (discriminaciones, muertes y usurpaciones de tierras) cometidos por el Estado, sobre comunidades que preexistían a él. Ello, sin entrar a considerar que, en la actualidad, si hay un riesgo impuesto sobre la fauna y flora patagónicas, el mismo emerge de las actividades extractivistas que legal o ilícitamente se vienen poniendo en marcha, desde hace años, con el aval estatal. Entiéndase bien: no decimos que las ofensas anteriores del Estado, o las faltas actualmente cometidas por empresas respaldadas por el Estado, justifican o minimizan acciones violentas como forma de respuesta. Decimos que aquellas gravísimas faltas históricas del Estado, con consecuencias injustas que se reproducen hoy, pueden y deben ser reparadas con el derecho en la mano, y tratando a sus principales víctimas -las comunidades preexistentes- con la debida consideración y respeto que se merecen.


Roberto Gargarella (Abogado y sociólogo, UBA/Di Tella) y Silvina Ramírez (Abogada especializada en derechos indígenas)



20 sept 2021

Irracionalidad, retorno al pasado y disposición suicida

 



En lo personal, seguí los cambios en el gabinete de gobierno con angustia y espanto, pero la cuestión que interesa no es lo que alguien -como uno- sienta al respecto, sino lo que esos cambios pueden representar en esta época. Y sobre ello sí me interesaría decir algo: sobre los datos estructurales o más permanentes que revelan estas acciones espasmódicas y de coyuntura. Ante todo, mencionaría 3 datos, vinculados entre sí, que lo recién ocurrido revelarían o reafirmarían: la irracionalidad en el gobierno; la apuesta por revivir el pasado; y la disposición destructiva o suicida de la ex Presidenta y su círculo más estrecho (en particular, digamos por ahora, la Cámpora).

Sobre lo primero, la irracionalidad. Contra el (ya insostenible) mito de la infalibilidad, destreza o lucidez estratégica de la Vice Presidenta, lo que se vuelve a reconocer es el nivel de irracionalidad asombrosa que expresan sus decisiones más importantes -una irracionalidad que se verifica en la llamativa cantidad de derrotas sufridas por ella o sus “elegidos,” en las urnas, desde el 2007. La última y notable muestra de esa irracionalidad está en la respuesta política propuesta para responder a la derrota reciente: recurrir a los socialmente defenestrados Aníbal Fernández, Juan Manzur o Daniel Filmus -dirigentes hoy repudiados, por lo demás, aún por los movimientos propios “pro-derechos” (el feminismo gubernamental, los movimientos sociales aliados, etc.). Aquí es donde el rumbo ocasionalmente escogido toca una fibra estructural, y muestra el insólito -nunca antes visto- nivel de desconexión que existe entre dirigencia y ciudadanía (ello así, en parte, gracias a un sistema institucional derruido; y una profunda, injusta y desconocida desigualdad, que lo permea todo).

Sobre lo segundo, la apuesta por el pasado. El recurso a funcionarios “viejos” -miembros del “núcleo duro” del pasado kirchnerista- ofrece otra constante en el pensamiento de la ex Presidenta, y la Cámpora que la secunda: la apelación a lo antiguo, a lo que tal vez sirvió décadas atrás. Es el tipo de irracional atraso que ofreció en su momento el “morenismo económico”, durante el gobierno de la ex Presidenta, esto es, tratar de enderezar la economía volviendo al 45, buscando re-encauzar las variables económicas dentro de una historia (de la post-guerra) ya evanecida hace décadas, y hacerlo -contra la naturaleza y el tiempo- a los martillazos, o con una pistola sobre el escritorio. Ese estilo de reacción-reflejo que busca responder a problemas de hoy con soluciones de hace más de medio siglo (soluciones que, por tanto, inevitablemente fracasan) es sintomática. Sintomática de un país cuyo sistema educativo se estancó o murió, y que se expresa también, en estos tiempos -triste y lánguidamente- a través de un funcionariado de formación universitaria (Kicillof, Frederic) que muestra niveles de desactualización y torpeza que sorprenden.

Sobre lo tercero, la vocación destructiva o suicida de la ex Presidenta y su círculo. La “carta” de la actual Vice al país, o -mucho mejor- los audios de Fernanda Vallejos, expresan de un modo espectacular algunos rasgos temibles, y permanentes, propios de este núcleo dirigencial, en este tiempo. Se trata de expresiones de un radicalismo suicida, que en pos del propio interés (pongamos: reasumir al poder sin intermediaciones molestas) se muestra dispuesto a que todo estalle. Nada importa: “por mí, que se vaya el gobierno al…”, como expresó con brutal claridad Vallejos. La idea que ambas manifestaciones expresan es la de la vuelta al poder (córranse, así volvemos nosotros, porque ustedes son “inquilinos” “atornillados” en el poder), a cualquier costo -el estallido, el colapso que arrase con todo y con quien se interponga en el medio. Este rasgo suicida es, sin dudas, el más preocupante de entre los rasgos que hoy deja entrever la política, porque se trata del suicidio de quienes pilotean la nave común -talibanes de la Argentina hundida.

En este punto, otra vez, cuando removemos la hojarasca de las bravuconadas altisonantes, nos encontramos con una serie de promesas, sobre lo que viene, que dan miedo. Y es que la dinámica que se ha desatado, de enfrentamientos dentro del círculo estrecho del poder, se distingue -como dijera- por la irracionalidad que la mueve, las opciones fallidas que sistemáticamente escoge, y los costos trágicos que está dispuesta a hacernos pagar para afirmarse. La dinámica desatada augura tiempos trágicos sobre todos nosotros, porque se muestra insaciable -nada la conforma- y extrema -nada, dentro del círculo que decide, la contiene. Sus protagonistas sufrirán nuevas derrotas políticas en el corto plazo -de ello quedan pocas dudas- pero lo trágico es el camino, y allí, caminando, estamos todos, agobiados y golpeados.

 

 

16 sept 2021

Pepe Mujica y el diálogo democrático



Pepe Mujica (más allá de lo que sabemos) en algunas cosas la acierta bien. Dijo de la crisis local: “La Argentina es maravillosa con los recursos que tiene, pero está desquiciada; el sistema político debe dialogar más y bajar los decibeles”.

“El sistema político debe discutir mucho más, no hay democracia sin diálogo, hay que conversar más, debe haber un programa mínimo de unidad nacional y después que hagan lo que quieran”, aseguró y destacó: “No se puede andar refundando el país cada dos o tres años”.

“Que se pasen un mes tomando mate y discutiendo, y después saquen una docena de cosas para el país”.

https://www.lanacion.com.ar/politica/jose-pepe-mujica-dijo-que-la-argentina-esta-desquiciada-y-le-dio-un-consejo-al-gobierno-en-medio-de-nid16092021/

(foto: danza entre lobos)

9 sept 2021

Entrevista en La Izquierda Diario sobre el apoyo al Frente de Izquierda

 https://www.laizquierdadiario.com/spip.php?page=voice&id_article=207357


Entrevista sobre la degradación democrática

 https://www.clarin.com/politica/roberto-gargarella-clase-dirigente-siente-impune-_0_MaH9bORwR.html



El sociólogo y abogado constitucionalista Roberto Gargarella intenta evitar meterse en el barro de la política, pero no puede evitar su marcado escepticismo sobre el actual Gobierno, las instituciones del país y las modificaciones que pueden provocar las elecciones. "Hay un desencanto extraordinario de lo que está haciendo el Presidente y no hay una válvula de escape", asegura.


Gargarella escribió más de 20 libros. Es investigador principal del CONICET y profesor en la UBA y en la Universidad Torcuato Di Tella. En diálogo con Clarín, el discípulo de Carlos Nino remite a la impunidad que tiene la "clase dirigente", cuyo síntoma es el presidente Alberto Fernández y sus acciones al margen de la ley.


-¿Qué expectativas tiene con las próximas elecciones parlamentarias?


-El voto marca una tendencia muy general, con un valor limitadísimo, que nos sirve con brochazos gruesos para decir “por acá no”, “por allá sí”, pero que no nos permite matizar nada, ni agregar una palabra para darle contenido. Es triste porque después de cada elección se dice “otra vez los argentinos se equivocaron”, cuando no tenemos herramientas para hablar. Hago un llamado a la recuperación de la palabra política. Y esto requiere espacios, foros, audiencias, asambleas, una esfera pública más fuerte. Pero no depende del activismo y la motivación ciudadana, sino de herramientas institucionales que hoy no tenemos, porque hay un sistemas de frenos y contrapesos, que en el mejor de los casos sirvió hace más de dos siglos para canalizar la guerra civil institucionalmente, pero no sirve para el fin contrario, que es promover el diálogo, ayudar a la conversación pública.


-Usted usa habitualmente el concepto de la "extorsión electoral".


-La última elección argentina tuvo mucho que ver con eso, más allá de los convencidos que votaron a los que querían. Pero muchísimos otros, yo diría millones, querían cambiar el plan económico de Macri y se vieron constreñidos a votar al único partido que lo podía reemplazar, aun a sabiendas de que había muchos casos de corrupción gravísimos. Luego decimos "los argentinos votan corruptos". ¿Pero qué alternativa tenía el votante que quería cambiar el plan económico, sino era hacer ese voto horrendo? Y esa es la extorsión electoral. Tenemos un sistema que no nos permite expresarnos y muchas veces nos pone en esta situación de extorsión, en donde para apoyar lo que queremos, tenemos que votar lo que repudiamos.


-En esa crisis de representación surgen voces disruptivas, como Javier Milei, que algunos asimilan al fenómeno de Jair Bolsonaro. ¿Ve una posibilidad de salida por ese lado?


-Esas son manifestaciones patéticas del mismo problema. Cuando no hay posibilidad de articular una conversación, hay más golpes sobre la mesa. Como entendemos que el voto no está sirviendo para expresar nada, que después todo sigue igual, entonces mucha gente adopta expresiones extremas para ver si así se dan cuenta. "Quiero la persona que tire la bomba atómica, que sea capaz de romper el vidrio, de pegar el grito". Pero son expresiones de reconocimiento de que esto que tenemos no está sirviendo. Algunos recurren a los extremos, del estilo Bolsonaro, para que haga el ruido más fuerte, porque con la piedra que yo tengo en la mano no me sirve para que me entiendan. Es muy probable que surjan estos candidatos disruptivos, con los que alguna gente se entusiasma, pero esa no es la solución, es mucho peor de lo mismo. Esa no es la salida.


Roberto Gargarella, en su oficina de la Universidad Torcuato Di Tella. Foto Constanza Niscovolos.

Roberto Gargarella, en su oficina de la Universidad Torcuato Di Tella. Foto Constanza Niscovolos.


-¿Cómo analiza el Olivosgate, donde el Presidente dicta una norma de cuarentena estricta y luego la viola?


-Es una muestra la clase dirigente que está en el poder, que siente que es impune, desde la política, las empresas, la Justicia. Sienten que son diferentes, que pueden hacer lo que quieren y que nadie los va a controlar ni reprochar por eso. Cuando Yabrán dijo “tener poder es tener impunidad”, dijo algo importantísimo. Ese es el modo en que se siente la clase dirigente, claramente la clase política, los miembros de este gobierno. Sienten que pueden actuar sin estar atados a las limitaciones que le ponen a todos los demás. Yo no quiero poner el acento en esa fiesta, porque entiendo que hubo 40 fiestas de ese tipo y cientos de eventos, que son la naturalización de la impunidad. Lo han hecho explícito, incluso, con un carácter normativo. "Nosotros los de la clase dirigente no tenemos que estar atados a hacer cuarentena". Esa sensación de impunidad, que se consagre aún normativamente, es la muestra del problema estructural.


¿Cuál es el rol de Alberto Fernández en una situación donde se ve que está desdibujado el presidencialismo?


-El presidencialismo fuerte es parte del problema. Y alguien que ejerza mal su rol presidencial agrava el viejo problema. En todo caso, lo que diría del presidente actual, es que es un síntoma de la situación en la que estamos, porque -como solía ocurrir en los problemas generados por el presidencialismo, que Carlos Nino había estudiado muy bien en los años 80-, genera una dinámica de suma cero, en donde todo pasa por la disputa por el sillón presidencial. Cuando algo va mal en el único lugar que importa, todo se cae. Lo que estamos viendo ahora es ese fenómeno, en donde hay un desencanto extraordinario de lo que está haciendo el Presidente y no hay una válvula de escape.


-¿Cómo se pueden recuperar las expectativas de cambio?


-Hay que referirse a las extraordinarias limitaciones del sufragio. Se tuvo la ilusión de que uno, con un solo voto, iba a poder condenar a alguno de los representantes que no le gustaba y sacarlo; premiar a los que habían actuado bien, marcar para futuro una política que uno quería seguir; marcar hacia el pasado lo que a uno no le gustaba y evitar que se repita. Pero el voto es incapaz de hacer todo eso. Cuando se lo concibió, el voto venía acompañado de otros instrumentos, como revocatoria de mandatos, instrucciones, rotación, que eran una batería de herramientas. Hoy el voto quedó solo y hay una expectativa de que haga todo. No podemos darle esa responsabilidad al voto y luego señalar a la ciudadanía diciendo que ha votado mal, cuando no le hemos dado ninguna herramienta para que hable. Las herramientas que tenemos, típicamente el voto, no nos dan voz. Es como si tirásemos una piedra contra la pared.


-En algún momento se pensó que la Justicia iba a tener un rol más fuerte. Habían avanzado causas para combatir la corrupción. Pero hubo un parate en todo eso.


-Pertenecemos a la generación del Nunca Más y el Juicio a las Juntas. Y nacimos a la vida política con ese hecho extraordinario, que para muchos de nosotros fue el gran evento histórico en la Argentina del cual nos enorgullecemos, porque demostró que el derecho podía servir para poner en el banquillo de los acusados a los peores violadores de derechos. Pero lo que vimos, desde el Juicio de las Juntas a hoy, es la consagración de la impunidad. La Justicia frente a otros casos no fue capaz de sentar a los acusados más poderosos, sino que terminó contribuyendo al pacto entre élites. Las estructuras no nos están sirviendo, porque en general están al servicio de la impunidad. Eso no es hablar de cada uno, sino que el sistema judicial sirve fundamentalmente a la impunidad.


-¿Cómo se podría mejorar el sistema democrático para que dé respuestas a la sociedad?


-La buena noticia es que en todo el mundo hay situaciones comunes de crisis, desinterés, desapego democrático institucional . Y por lo tanto han ido apareciendo pequeñas luces de expectativa, que uno puede mirar. Hay asambleas ciudadanas, cabildos como los que convocó (Michelle) Bachelet antes de irse para la discusión constitucional. Hay audiencias públicas convocadas por las instituciones. Hay mucho de novedad dando vuelta, pero la nota común es que hay que salir a buscar a la sociedad y ayudarla a que se exprese e intervenga en el proceso de toma de decisiones. Yo tengo algunas de mis expectativas puestas ahí, porque el viejo sistema no está sirviendo y difícilmente pueda recuperarse.


-¿Cuál es la hipótesis que plantea en su último libro, que publicó hace dos semanas, “El derecho como una conversación entre iguales”?


-El sistema institucional de nuestras democracias representativas está socavado, afectado, de un modo que es incapaz de recuperarse. Hay que perder las esperanzas sobre la democracia electoral. Pero eso no quiere decir que uno tenga que abandonar las aspiraciones democráticas. Hay mucho para hacer, pero reconociendo que el viejo traje institucional es incapaz de satisfacer las demandas y expectativas de la sociedad. Estuvo pensado para sociedades pequeñas, divididas en pocos grupos, homogéneos. Y hoy el dato es la diversidad, el multiculturalismo. Hoy nuestras instituciones políticas son estructuralmente incapaces de recoger esa diversidad. Eso no se repara haciendo una nueva Ley de Partidos Políticos, ni una nueva Ley de Sistema Electoral. Es una maquinaria exhausta, que no es susceptible de ser reparada. Y hay que pensar de qué modo uno piensa alternativas institucionales para recoger voces, aspiraciones, diversidad, críticas.

2 sept 2021

El libro en el que junto todos los hilos: El derecho como una conversación entre iguales (con prefacio)


Bueno, acabo de recibir la edición, recién salida, así que ahora sí lo presento yo. Me interesa hacerlo porque se trata del libro más importante que escribí, y el que más feliz me ha hecho: el libro en el que junto todos los hilos que fui tendiendo en estos 40 años de pensar sobre el constitucionalismo democrático: teorías de la democracia, desigualdad, "sala de máquinas," derecho de protesta, constitucionalismo dialógico, revisión judicial, objeción democrática a la justicia, teorías de la interpretación, controles populares y frenos y contrapesos, crisis de representación, presidencialismo, derechos sociales, conversación entre iguales. Está todo ahí, atado, y trato de mostrar de por qué todo forma parte del mismo paquete. Escribí la obra "en trance", como cuento en el prefacio (ver abajo), como si el libro ya estuviera escrito en mi cabeza, y yo sin otra tarea que la de seguir el dictado. Una obra hecha de un tirón, y un producto que creo que refleja la felicidad de escribirla. Abajo de la foto de tapa, incluyo el prefacio del libro.  



PREFACIO Y AGRADECIMIENTOS

Concebí este libro en una noche sin sueño, en abril de 2019, en un par de horas excitadas y extrañas. Tuve la certeza, al pensarlo, de que el libro estaba ya definido y su contenido cerrado. Sólo me quedaba por delante la tarea de redactarlo. Se trataba entonces de empezar a escribir un libro que, en los hechos, ya tenía terminado. Curioso, nunca me había pasado. En ese momento inhabitual, de lucidez inesperada, supe también que debía aislarme de mi contexto, salir del país, y dedicarme exclusivamente a esa tarea de la escritura -por lo menos un mes- para sentar las bases del libro, y en todo caso completarlo a mi regreso.

La idea era escribir sobre un tema que me angustiaba, relacionado con el deterioro de las democracias constitucionales de nuestro tiempo, y hacerlo mirando hacia atrás, a partir de todo lo aprendido luego de 30 años de pensar sobre los pilares del constitucionalismo: ideas como las de representación, “frenos y contrapesos,” control judicial, minorías, protección de derechos, motivaciones. Quería hacerlo, además, con el norte o el sur orientado hacia un ideal concreto: el derecho como una conversación entre iguales. Por lo demás, me interesaba avanzar estos criterios sometiendo a crítica a la doctrina actual que viene ocupándose sobre el tema. En mi opinión, dicha doctrina confunde los asuntos del constitucionalismo con los problemas de la democracia, y busca por tanto remediar las falencias de aquel (controles judiciales que no funcionan; “frenos y contrapesos” deteriorados), asumiendo que soluciona de este modo los déficits democráticos que padecemos. Pero ello, obviamente, no ocurre ni puede ocurrir: operando sobre el constitucionalismo dejamos intactos los graves daños que padece el sistema democrático. Y nuestro problema principal, en la actualidad, se relaciona con la democracia.

La buena noticia al respecto -y dentro de un panorama general oscuro y preocupante (insisto: el que explicaba al libro)- se relaciona con la cantidad de ejemplos recientes, que nos ayudan a reconocer la realidad de dicha conversación entre iguales: ya no se puede decir -como se pretendió decir siempre- que un ideal semejante nos refiere solo a una mera utopía -una abstracción o ilusión, válida exclusivamente para los fines de un seminario a puertas cerradas. Conocemos ahora (y los examinaremos luego) los casos de las asambleas deliberativas que han tomado lugar en tantos países de Occidente, pero también (y de forma todavía más relevante para mi estudio) debates públicos inclusivos y profundos, como los que se dado en diversos países (por caso, en torno al aborto, en países de tradición católica como Argentina o Irlanda). Tales ilustraciones nos permiten reconocer no sólo el valor, el sentido, y la importancia de dialogar democráticamente -aún en sociedades divididas en razón de sus creencias o convicciones políticas- sobre cuestiones relacionadas con derechos básicos (algo que la doctrina, tan habitualmente, había rechazado, exigiendo una separación entre cuestiones de derechos y debates democráticos), sino también la posibilidad real de llevar a cabo tales conversaciones. Se trata de ejemplos que muestran a la discusión ciudadana como un hecho posible, efectivo, incluso en el marco de sociedades numerosas e institucionalmente deficitarias.

A comienzos de octubre de ese mismo año, terminadas mis clases y obligaciones principales, partí hacia los Estados Unidos. Allí encontraría el respaldo de exprofesores y colegas con quienes hablar, en caso de ser necesario; y una serie de bibliotecas amables (tres en particular: la de la Universidad de Columbia, “arriba”; la de la Universidad de Nueva York, “abajo”; y la Biblioteca Pública, en el “centro” de la ciudad), que me asegurarían la austera e intensa felicidad de esos días.

Sorpresivamente, al poco tiempo de llegar, y luego de veinte exageradas jornadas de trabajo completo, terminaba la primera versión del manuscrito. De forma inesperada, mucho antes de lo imaginado, y como si nada. El libro había sido escrito como si alguien me lo hubiera dictado. Sin necesidad de pensarlo, sin necesidad de “pelear” por los argumentos (como me dijera Jon Elster, confesando que a él también, en ocasiones, le ocurría: escribiendo “cuesta abajo” -downhill- es decir, deslizándose tranquilamente, y dejando de hacerlo cuando el ejercicio se tornaba “cuesta arriba” -uphill- y uno se sentía escribiendo de modo esforzado). Como si alguien me dictara el libro, y yo tratando de alcanzarle. Una situación de trance completo.

Una última aclaración sobre el libro. Éste es un libro que busca discutir ideas, en el que presento argumentos que he ido madurando -con más o menos fortuna- durante décadas. Para facilitar mi escritura y su lectura, decidí no cargarlo de citas eruditas, referencias y notas al pie. Esta elección facilitó enormemente mi escritura, haciéndola más fluida y ligera. Espero que ayude igualmente a su lectura y compromiso con las discusiones que presento.

Llegados aquí, quisiera agradecer, y sólo eso, a Carlos Díaz y a Caty Galdeano, por el afectuoso apoyo que hizo este libro posible. A Martín Abregú y a Mirna Goransky, por alojarme sin nada a cambio. A Vicky Murillo y familia, por estar siempre. A los amigos y colegas de allá: Christian Courtis; Jorge Contesse; César Rodríguez Garavito; Sergio Chejfec; Roberto de Michele; Patricio Navia; David Sekiguchi, por la compañía. A Sebastián Guidi, Fernando Bracaccini, Patricio Kenny; Brad Hayes! A Emiliano Catán, por la ayuda. A los profesores con los que discutí y conversé durante mi estadía: Adam Przeworski; Jon Elster; Owen Fiss; Robert Post; Hélène Landemore; Lewis Kornhauser; Joseph Raz; Jeremy Waldron. A Leonardo Filippini, por incitarme a perseguir esta idea. A las amigas y amigos en la Argentina, por quienes todo cobra sentido. A Paula, por la curiosidad, y por la mirada. A mis padres y hermanos; a mi familia, a mi sobrino Juan. A todos gracias.


31 ago 2021

Que la democracia se parezca a una conversación entre iguales

 


Publicado hoy en LN https://www.lanacion.com.ar/opinion/que-la-democracia-se-parezca-a-una-conversacion-entre-iguales-nid31082021/?utm_source=n_

Cuando los grupos socialistas más combativos tomaron la decisión de abandonar las barricadas, para optar entonces por la vía electoral, dieron un paso decisivo en la consolidación de la democracia electoral, tal como hoy la conocemos. Como dijera Adam Przeworski, los socialistas dejaron de lado las “piedras”, para reemplazarlas por los “votos” -las boletas electorales. Los “votos” se convirtieron así en “piedras de papel”: el “medio” a través del cual iban a expresar la insatisfacción con el estado de cosas, y señalar a su vez la orientación ideológica preferida. Esa ilusión es la que desde hace décadas mantiene viva la llama democrática: poco a poco, pero regularmente, y a través del voto, vamos precisando, colectivamente, cuál es la dirección hacia donde queremos que los sucesivos gobiernos se orienten, a la vez que damos forma a los contenidos de las políticas que pretendemos se adopten. Allí reside la “esperanza” democrática: ésa es la razón que justifica que sigamos apostando por esta forma de organizar nuestra vida política. 

La verdad, sin embargo, parece ser más complicada. La realidad se muestra mucho más dura y áspera, cada vez que se abre -como ahora, en nuestro país- un nuevo período electoral. La idea de que “ahora sí, a través de las elecciones que llegan, vamos a cambiar el rumbo” parece vana; y la expectativa de reordenar, de una vez por todas, la vida en común, se revela -una vez más- carente de sustento. Lo más probable es que, como siempre, todo siga como estaba (o en todo caso peor de cómo estaba), y que los que hoy llegan no hagan nada demasiado distinto de los que ya estaban. Nuestra posibilidad de controlar a quienes alcanzan posiciones de poder parece muy reducida. Nuestra chance de precisar los contenidos de sus programas de acción parece directamente nula. En buena medida, la democracia electoral, tal como la conocemos, y en relación con lo que razonablemente esperábamos que fuera, ha fracasado. Es importante, sin embargo, que reconozcamos ese hecho, a pesar del dolor que implica ese reconocimiento, y sin el temor paralizante de pensar que la única alternativa disponible (que estaría implícita en la crítica que hacemos) es el autoritarismo que nos avergonzó y humilló en el pasado. No. Es y debe ser posible criticar a la democracia electoral, por lo poco, y no por lo mucho: por no haber hecho lo suficiente, y no por haber llegado demasiado lejos.

Ése es, precisamente, el punto que me interesa subrayar: tenemos que reconocer, de una vez por todas, las extraordinarias limitaciones de la democracia electoral, y empezar a pesar cómo volver a dotarla de algún sentido, del que hoy, en la práctica, carece. El problema, cabe aclararlo, no es sólo argentino, sino propio de todo el mundo occidental, aunque -por supuesto- se agiganta en países como el nuestro, dados el volcán de desigualdades sobre el que construimos nuestra organización política, y la precariedad, consecuente, del sistema institucional que erigimos sobre ese terreno anegado.

Ante todo, entonces: no deberíamos sorprendernos de la incapacidad del sistema de elecciones para darnos lo que pretendíamos del mismo. Y es que, en buena medida, esperamos de él lo que nunca estuvo en condiciones de asegurarnos. Los “votos” son, en el sentido más dramático, “piedras de papel”: mucho menos por la contundencia que encierran, que por la tosquedad bruta de su contenido. Para continuar con la metáfora de Przeworski: los “votos” son “piedras”, también, en el sentido de que no son palabras, no son ideas, no son diálogos, no representan una “conversación entre iguales.” Se trata de una expresión opaca y tosca de lo que queremos decir: a través del voto no se nos permite hablar sino, en el mejor de los casos, arrojar una “piedra” contra la pared…y que alguien interprete luego lo que hemos dicho con ese “ruido”. Basta con reflexionar un instante sobre lo que esperamos de las elecciones, para reconocer la abrumadora torpeza de nuestras expectativas (ilusiones, tal vez, intencionadamente promovidas por quienes se benefician del sistema electoral). Adviértase lo siguiente -y sólo para comenzar. Se pretende que nuestro solo y único voto periódico nos sirva para propósitos múltiples y a la vez en tensión entre sí: esperamos que nuestro único voto sirva para “castigar” a los representantes que actuaron mal; “premiar” a los representantes que actuaron bien; “alentar” las políticas que nos gustan; “desincentivar” las políticas que no nos gustan; “controlar” a los funcionarios elegidos; “orientar” las acciones de los que llegan al poder. Con solo voto, puesto en una urna cada dos o tres años! Mucho peor: después del comicio, inexorablemente, parte de la clase dirigente va a apresurar por acusar al electorado por el resultado de las elecciones (“qué mal eligen los argentinos!”). Pero lo cierto es que el problema ya estaba puesto desde el comienzo: no había que esperar el resultado electoral para reconocerlo. Porque: cómo leer el resultado del comicio? Qué respuesta inferir del mismo, cuando no está en claro lo preguntado, ni las respuestas dadas en el comicio?

Tomemos, por caso, las últimas elecciones nacionales (aunque cualquier ejemplo que se nos ocurra sirve por igual). Qué es lo que quisimos decir, con el resultado que, colectivamente, produjimos: “nunca más al neoliberalismo?”; “la corrupción no nos importa demasiado?”; “sí al aborto?”; “no al endeudamiento?”; “sí al cierre de importaciones?”; “no al dólar libre”? Ahí reside la falacia de la idea de “el pueblo nunca se equivoca”: si no está claro qué se le pregunta al pueblo, luego no podemos saber si el pueblo acierta o se equivoca, una vez que “decide”. Es decir, cualquiera puede interpretar cualquier resultado como más le convenga (el kirchnerista podrá decir “ahí está el castigo al neoliberalismo”; el peronista podrá decir “ahí está el reclamo por la industria nacional”; el macrista podrá decir: “fíjense los millones de votos, luego de cuatro años de gobierno”).

Finalmente, lograr que la democracia se parezca, cada vez más, a una “conversación entre iguales”, requiere, ante todo, terminar con la ilusión de obtener, del sistema electoral, lo que el mismo -nunca, y de ningún modo- estuvo en condiciones de darnos. Simplemente: si queremos que el pueblo “controle”, démosle instrumentos para lo haga (ya que el voto es una herramienta muy tosca para lograrlo); y si queremos que el pueblo “hable”, dejémoslo ingresar en la conversación pública (en lugar de impedírselo, en los hechos, a través de consultas electorales que no pueden ser respondidas con palabras). Necesitamos abrir institucionalmente el diálogo público (como intentamos hacer, en la Argentina, durante el debate sobre el aborto? Como se intentó hacer en Chile, en los comienzos del debate constitucional?), en lugar de permitir que la dirigencia infiera lo que se le ocurre, luego de cada elección, y a partir de preguntas que se niega a plantearnos de modo franco y abierto. 






29 ago 2021

24 ago 2021

Aerolíneas/Aeropuertos Argentina 2000: "El distanciamiento es el otro"


 

Ayer, después de unos dos años, volví a tomar un avión, de Aerolíneas Argentinas. Luego del discurso del distanciamiento que nos hicieron en el Aeropuerto, subimos al avión. Nos encontramos con que:

1) La promesa de separar más las butacas, dentro del avión, por supuesto que no se había cumplido

2) La idea de dejar asientos (o, directamente, filas!) libres, entre pasajero y pasajero (o hileras de asientos libres) no se realizaba tampoco: todos amontonados, como en los viejos tiempos, sin espacio libre alguno, sin prevención alguna

3) Ninguna atención o supervisión sobre el uso de mascarillas, dentro del avión

4) Llegada a Aeroparque. Me imagino, obviamente, el uso de "mangas", dentro de un Aeropuerto fundamentalmente sin movimiento, con un 10 por ciento de los aviones de un día "normal". No, en absoluto: traslado desde el avión al edificio a través de autobuses, en donde somos "apiñados" como pocas veces lo he visto: unos encima de otros, a la fuerza. 

Discuto con la gente de Aerolíneas, que atribuyen toda responsabilidad al personal de "Aeropuertos A200", aunque reconocen que "sí, hay problemas". 

Los pasajeros no dan crédito de lo que viven, amontonados unos sobre otros en autobuses repletos, desbordantes de gente.

Finalmente, lo de siempre: discurso hueco, realidad para el lado contrario. La marca de una etapa: irresponsabilidad, chapucería y mentira.


13 ago 2021

"Lo sé cuando lo veo". Sobre "Breve Historia del Antipopulismo", de Ernesto Semán

 


(Publicado hoy, en Revista Ñ)

“Lo sé cuando lo veo.” Sobre Breve Historia del Antipopulismo (Siglo XXI, 2021), de Ernesto Semán

Ernesto Semán acaba de publicar un trabajo importante –Breve Historia del Antipopulismo (Siglo XXI, 2021)- que examinaré críticamente en las líneas que siguen. Antes de hacer un repaso del libro, y detallar alguna de las reservas que me genera la obra, quisiera dejar señaladas las virtudes que, genuinamente (y no como compensación o caridad) encuentro en el trabajo. Breve Historia del Antipopulismo es un libro breve sobre la vida política argentina, escrito por un autor culto e informado -un autor que conoce de historia y que está bien versado en las ciencias sociales. En su libro, Ernesto -colega y amigo- toca una fibra importante y poco estudiada que, por eso mismo, genera inmediato interés en los lectores. Como si fuera poco, el libro se lee con gusto y facilidad, porque está muy bien escrito, por un autor que tiene buena pluma, y que -como el buen periodista que ha sabido ser- sabe redactar (y titular), y lo hace de un modo atrayente. El libro (que cuenta, por lo demás, con una significativa tapa) es caracterizado en su contratapa por “una escritura precisa y conmovedora”. Quisiera ratificar que lo dicho es así, que algo de eso hay, y que ello se agradece enormemente. Mejor todavía, el trabajo aparece lleno de ideas (ideas, muchas veces, más chispeantes que de gran calado, pero ideas al fin), y ofrece la enorme gracia de saber combinar detalles y coloridas anécdotas históricas con hermosas y apropiadas referencias literarias (las alusiones del autor a Domingo Sarmiento, Miguel Cané, Ricardo Piglia o Juan Filloy resultan particularmente encantadoras). Finalmente, se trata de un estudio histórico relevante sobre la vida política argentina, presentado por un autor con quien, en lo personal, comparto generación y, en buena medida, pertenencia política y social (transitamos con él por muchos lugares similares: desde los alrededores del alfonsinismo, a la Revista La Ciudad Futura, o el Club de Cultura Socialista; desde la Universidad de Nueva York a parte de una vida en Bergen, Noruega). Ello hace que me acerque al libro y a su autor con simpatía y empatía -más allá de las observaciones que a continuación presente. 

“I know when I see it”

Quisiera mencionar desde un comienzo cuál es el principal problema que encuentro en el libro, haciendo alusión a una conocida anécdota jurídica. En una de las líneas más célebres y resistidas, aparecidas alguna vez en un fallo de la Corte Suprema de los Estados Unidos (Jacobellis v. Ohio, de1964), el Juez Potter Stewart ofreció su propio test para censurar a una publicación en razón de su contenido “obsceno”. Sostuvo entonces: “lo sé cuando lo veo” -“I know when I see it”. Es decir, con solo ver a la imagen en cuestión -reclamaba el Juez- él podía distinguir sin problemas cuándo es que ella superaba el umbral de impudicia tolerado por el derecho de libre expresión, para resultar entonces pasible de censura. En su libro, Ernesto Semán pone en práctica su propia versión del “I know when I see it”: pareciera resultar algo más o menos obvio cuándo es que nos encontramos frente a un caso de “antipopulismo.” Así, como si no estuviéramos hablando de un concepto esencialmente controvertido, sino de algo que, finalmente, “reconocemos cuando lo vemos.” De hecho, Ernesto llega a afirmar, hablando del “populismo” (para mí, de modo sorprendente): “todos entendemos lo mismo y sabemos con claridad qué significa y qué no significa un término presuntamente tan ambiguo” (p. 245).1 Aquí radica mi principal y central objeción frente al valioso trabajo de Ernesto: el problema que afecta al libro es conceptual. Lamentablemente, el concepto que falta -o, más bien, los conceptos que faltan definir, esto es, básicamente, los de “populismo” y “antipopulismo”- no son marginales sino centrales en la obra. Sin ellos -es decir, sin poder determinar con precisión a qué nos estamos refiriendo- toda la estructura construida tambalea y, lo que es más grave, queda a la merced de un riesgo serio: que el autor invoque o remueva la categoría indefinida, conforme a su voluntad, convicciones o prejuicios.

Conceptos como “armas” para el combate político

El problema conceptual referido resulta agravado, en un libro como Breve Historia…, en razón de que el autor escoge pivotear justamente en torno a categorías como las de “populismo” o “antipopulismo” que, aún en (o a partir de) la eterna opacidad que muestran, se encuentran ya sobre-cargadas de sentido político, a la vez que llevan sobre sus espaldas una enorme carga emotiva: se trata de “conceptos de combate”, y así han sido utilizado en estos últimos años, en la discusión política local. El mismo Ernesto lo reconoce bien, al comienzo de su libro, cuando señala que el concepto de “populismo” - aparece “usado como arma más que como categoría de análisis” (p. 12). La dificultad que aparece entonces es que, tomando ventaja de la imprecisión propia de los conceptos centrales de la obra, el libro sirva para llevar adelante la propia batalla, y participar así en la disputa política diciendo lo que quiere decirse, con independencia de lo que la investigación del caso autorice a afirmar.3  De ese modo, la tesis que se explora en el libro puede pasar a entenderse no como el resultado de un largo trabajo de investigación, sino como premisa o punto de partida (o prejuicio) a partir de la cual se va ordenando y clasificando la historia que se examina -cual lecho de Procusto.

Ofrezco un breve ejemplo de aquello a lo que me refiero: Donald Trump. El autor de Breve Historia…rechaza la posibilidad de asociar a Trump con el “populismo”: Ernesto está pensando, de modo especial, en los líderes socialmente progresistas latinoamericanos, y por tanto, aquella asociación de Trump con el populismo -como la de Jair Bolsonaro y populismo- no encaja con lo que el libro quiere afirmar. La pregunta es, sin embargo: se encuentra la obra en cuestión en condiciones de demostrar por qué alguien como Trump no sería un “populista,” sino un “antipopulista”? Entiendo que no. Alguien podría preguntarle a Ernesto -basándose en los propios rasgos que él mismo elige subrayar, a la hora de hablar de líderes “populistas”: “Pero cómo así? No es que alguien como Trump era un caudillo, despreocupado u hostil frente a la cuestión institucional, que buscaba un vínculo directo con las masas, que tenía un discurso anti-establishment, y que era votado por los sectores subalternos más marginados y molestos (los desempleados, los huérfanos de la industria automotriz, el campesinado empobrecido, los “feos, sucios y malos” del sistema norteamericano)? No pasa por allí, acaso, la definición más común del “populismo”? (en el libro de Semán, rasgos tales aparecen, por caso, en la página 12, según veremos enseguida) Parece que no. Semán hace algunos esfuerzos importantes, en este caso (el de Trump) para demostrarnos por qué -a pesar de las apariencias- Trump no merece ser considerado como un “populista” (Notablemente, mientras que Casullo, en su libro, clasifica a Trump como un “populista neoliberal”, p. 132; Semán lo encasilla en el bando contrario, y como formando parte de la “derecha antipopulista”, p. 253). Así, el autor se apresura a aclararnos por qué, pese a que Trump pareció apoyarse en “marginales apremiados por la globalización”, debe considerarse que el ex Presidente se apoyó, en verdad, en un “grupo de fanáticos” compuesto sobre todo por “CEOs”, “abogados de firmas prestigiosas” y “fuerzas armadas”; y por qué ,aunque Trump pareció expresar la “rebelión de los de abajo contra el sistema” el trumpismo debe ser visto, en verdad, como expresando “una calculada manipulación desde arriba”; o por qué, aunque el discurso de Trump parecía mostrar un “carácter antiinstitucional”, el trumpismo se encontraba comprometido, en verdad, con “la mismísima constitución” (pp. 260-1). En este tipo de párrafos encontramos la versión menos atractiva del libro escrito por Semán. Lo que hallamos aquí es a un autor intentando de modo ansioso de “descontaminar” su “tesis” de contra-ejemplos molestos -tratando de encajar la historia con sus preferencias, “por la razón o la fuerza -especialmente la fuerza”.

La historia argentina como la historia del peronismo

En el párrafo conceptualmente más cuidado del libro (en la introducción, p. 12), Ernesto Semán define al “populismo” latinoamericano de un modo localizado y específico, asociado a la coyuntura político-económica posterior a la Segunda Guerra. Esta definición variará o se reemplazará por varias otras, más adelante. Semán hablará, por ejemplo, de “populismo como reacción a la injusticia”, (p. 97); o de “populismo” como “desorden” y “desobediencia a las jerarquías establecidas” (p. 245); de “populismo” como concepto asociado centralmente a “la noción de derechos sociales”; y de “populismo” en referencia a un “mundo plebeyo amenazante”, (p. 13); pero también de “populismo” entendido como sociedad ordenada en torno al líder (cap. 6), y de “populismo” como “obstáculo ingobernable” (p. 16).(Habrá que decir: peor será la suerte del término “antipopulismo”, porque, según queda claro desde el comienzo, para el libro resulta obvio que “no hay un antipopulismo, hay antipopulismos”, p. 11. Y los hay para todos los gustos: “frontales, conciliadores, defectuosos, aspiracionales, democráticos, violentos, violentísimos, efímeros” -enumera Semán, borgeanamente). 

En todo caso, y volviendo a la definición de “populismo” introductoria: en este caso (p.12), el más esmerado de todos, el “populismo” queda entendido como “la forma dominante de inclusión de las clases populares (obreros urbanos y campesinos) en la política de masas entre los años treinta y los sesenta del siglo XX”. Coincido con esa definición: el populismo como un concepto localizado en el tiempo, y vinculado con una peculiar coyuntura política y económica (los años de posguerra, la sustitución de importaciones, líderes políticos autoritarios, un período de inclusión de la naciente clase obrera, etc.). Para la Argentina (y parte del mundo) hablar de dicha idea es hablar del peronismo, como el autor nos aclara. El problema del libro es que, luego de localizar bien al fenómeno “populista” en relación con un período concreto y estrecho (digamos, los 30 años citados), el autor amasa y extiende el concepto (estira “la masa” obrera, digamos) hasta conseguir abarcar toda la historia del país y, con algo de esfuerzo, la historia del mundo. Ese concepto-lente (“populismo”) pasa a ser el punto de mira y comprensión de todo lo ocurrido en estos últimos doscientos años. Pero es claro que, de ese modo, aquel concepto más o menos preciso, relacionado con la incipiente clase obrera, una industria mediana, y la sustitución de importaciones, pasa a navegar por entre medio de situaciones -política, económica, socialmente- por completo diferentes. La secuencia “gaucho-compadrito-cabecita negra-choriplanero”, en la que Semán insiste, como hallazgo, implica vincular -como formando parte de la misma familia- a lo que es demasiado diverso. Por supuesto, existen vasos comunicantes entre tales categorías sociales (“gaucho, compadrito…”): la condición de “grupos subalternos”; el estatus de “grupo temido” por (ciertas franjas dentro de) la elite; su carácter como los “feos, sucios y malos” dentro de la historia contada por “los que ganan”. Sin embargo, cuando se examinan dicho categorías como sustrato del populismo, o del proto-populismo, o del post-populismo, las analogías imaginadas y los vínculos establecidos estallan: es demasiado lo que hay que forzar, para que todo quede incorporado dentro de la antítesis “populismo-antipopulismo”.

Para que se entienda lo dicho: el problema al que apunto sería similar al que enfrentaría un historiador francés que quisiera leer toda la historia francesa a partir de categorías igualmente localizadas en el tiempo, como las de jacobinismo (o “antijacobinismo”) o bonaportismo (o “antibonapartismo”). Sin duda, tales conceptos nos remiten a eventos históricos cruciales en la historia de aquel país, que expresan tendencias de cierto modo latentes o manifiestas en la vida política de Francia. Sin embargo, parece obvio que la pretensión de explicar toda la historia francesa a partir de cualquiera de tales categorías implicaría un ejercicio forzado, que requeriría aplanar toda la historia, para eliminar singularidades y diferencias manifiestas entre períodos históricos (digamos, para la Argentina, ese “aplanamiento” lleva a Semán clasificar a la provincia de Formosa del 2017, por ejemplo, como “populista”, mientras que a San Luis como “antipopulista”, p. 254). Del mismo modo, el problema que aquí señalo se reproduciría si el “martillo” conceptual que utilizáramos, para leer toda la historia (argentina) fuese el más promisorio, preciso, estudiado y universalizable concepto de clases. Con él, la secuencia que entusiasma a Ernesto (“gaucho, compadrito…”) se entendería mejor, pero igual -dada la opción por una sola, y limitada, herramienta de análisis- se nos dificultaría innecesariamente la comprensión de otros conflictos nacionales de importancia crucial (conflictos religiosos, geográficos, etc.).

Y una vuelta de tuerca todavía más grave: dado que, para la historia argentina, la única referencia histórica real y acordada del concepto de “populismo” aparece en relación con el peronismo, el riesgo que se genera entonces es el de “peronizar” toda la historia nacional, como si la misma pudiera ser re- construida, de punta a punta, a partir de los vínculos y enfrentamientos que pudieran darse entre “líderes populares” y “pueblo desobediente”. La cuestión, entonces, pasa a ser cuán parecido o distante, cuán idéntico o disímil resulta, cada período escogido, en relación con el peronismo -la esencia de la historia nacional. La historia nacional puede ser re-clasificada, en conclusión, como la pre-historia peronista, seguida por el largo período peronista, y luego por el post-peronismo. Parece claro, sin embargo, que la vida política del país trasciende al (decisivo) peronismo, y no puede ser reducida o atada al decurso de su existencia.

Una nota final

El importante libro de Ernesto Semán presenta una mirada renovada y refrescante en torno de la historia argentina. Sobre ese análisis histórico-político (que, salvo en relación con los últimos años, comparto casi en su totalidad) Ernesto injerta, como si fuera ajena al libro, una controvertida tesis central, referida a las tensiones entre “populismo” y “antipopulismo”. Dicha tesis, según entiendo, no termina de integrarse a la obra, aun cuando el autor pretenda transformarla en el eje que la articula. Ello, entre otras razones, porque -como sostuve antes- los conceptos centrales del trabajo terminan siendo “blancos móviles” que nunca se terminan de definir con precisión. En todo caso, el libro puede leerse (y, en lo personal, es así como prefiero leerlo) como un buen y novedoso ensayo sobre la historia nacional, con independencia de (o poniendo entre paréntesis) la tesis sobre el “antipopulismo” que parece haber motivado al autor a escribirlo. Más allá de las críticas que -con la admiración y el respeto que me genera la obra- me interesaron presentar en los párrafos anteriores, entiendo que debemos agradecerle a Ernesto Semán por el saludable y más que bienvenido aporte que ha hecho, a través de la original relectura de una historia que, en más de un sentido, compartimos. 


[1] En otros casos, mientras tanto, el autor afirma (de un modo que se encuentra en tensión con lo señalado recién) que conceptos como los de “populismo” o “antipopulismo” pueden llegar a “significar cualquier cosa” para “el observador desprevenido”, pero no para “la mirada atenta” (del lector cultivado?) que sí sería capaz de detectar “los sentidos precisos y certezas compartidas” sobre los significados en juego (p. 244).

[2] Notablemente, el “descuido conceptual” que caracteriza al libro de Semán, en relación con los términos centrales de su obra, contrasta con el esforzado trabajo conceptual que procura hacer María Esperanza Casullo -principal referente e interlocutora de Semán en el área, según él mismo comenta- en su libro Por qué funciona el populismo? (Siglo XXI, 2019). En mi opinión, la definición por la que se inclina Casullo, a la hora de presentar al “populismo” (una definición que ata al término a la idea de “discurso mítico”), es equivocada e inatractiva (el “populismo” merece ser entendido como fenómeno no sólo discursivo y político, sino también -sino sobre todo- sociológico y económico, algo que Casullo directamente descarta, p. 43). Casullo confunde, desde mi punto de vista, una dimensión de interés, pero finalmente secundaria, en la caracterización del “populismo”, con un rasgo esencial del mismo. Sin embargo, el empeño y cuidado que pone Casullo en la clarificación conceptual del término (podría decirse que todo su libro está dedicado a ello) es muy valioso, y como tal, digno de encomio.

[3] La bienvenida, refrescante y controversial “mirada propia” del autor, sobre la historia argentina, se extrema y torna más difícil de aceptar, cuando Semán se involucra en el análisis político de los últimos años (particularmente con los años del “macrismo”). Allí se advierte, más que en ningún otro caso, el uso del libro como “arma de combate” político. Ilustro lo dicho con un par de afirmaciones. Por ejemplo, la idea según la cual post 2019, y durante la crisis pandémica- millones de personas, en la Argentina, abrazaron las banderas de “muerte” y “libertad económica”, resultan más asombrosas que polémicas (p. 261). En la Argentina, a diferencia de lo ocurrido en Estados Unidos o parte de Europa, el movimiento anti-vacunas se mostró (notablemente) inexistente. De manera similar, la idea según la cual, desde 1983, el “antipopulismo que se hizo dominante…se convirtió en el depositario de las esperanzas más recalcitrantes que habían movido al régimen militar”, no es sólo injusto frente a millones de opositores al actual gobierno sino, sobre todo, palmariamente falso (p. 204). En la Argentina, a diferencia de otros países de la región, el rechazo masivo a la dictadura (en particular, dentro de la clase política) resultó, desde 1983, casi unánime.

[4] Adviértase que no se trata sólo de un concepto al que se lo define de modo diferente: ocurre que cada una de esas definiciones diferentes tiende a entrar en conflicto con cualquiera de las otras: los derechos sociales nos remiten a un mundo jurídico eminentemente judicializado; la idea de “desorden” nos remite a lo contrario; la apelación a la justicia social nos remite a una sociedad que se empodera, pero el poder concentrado en el líder nos remite a lo opuesto, etc.


3 ago 2021

Paglieta

 En Paglieta (Abruzzo), el pueblito de mi papá



28 jul 2021

Impunidad: fin de partida


 

https://www.clarin.com/opinion/impunidad-hija-desigualdad_0_lLWP1Kf-c.html

En América Latina, la desigualdad se expresa de muchas maneras diferentes: en el área económica, principalmente, a través de la marginación social de millones de personas; y en el ámbito de la Justicia con su contracara, esto es, a través de la impunidad que logran para sí los poderosos.


Quiero decir -y es en esto en lo que me interesa centrarme: la extraordinaria impunidad del poder que hoy nos insulta, en la Argentina, es hija directa de la desigualdad que corroe las entrañas de nuestro sistema institucional.


De allí la ansiedad, propia de quienes defienden esa impunidad, o se benefician de ella, por gritar lo contrario: los persiguen a ellos, no por los delitos que han cometido, sino por su “abnegado trabajo” en beneficio de los más pobres (como explicara exaltada ante los tribunales, recientemente, la ex presidenta).


Por supuesto, y como es habitual, la historia se mueve en dirección opuesta a la que ellos, de modo altanero y con su dedo índice en alto, nos señalan: la impunidad que consiguieron para sí los privilegiados de la Argentina -la impunidad que nos avergüenza a todos los que estamos vinculados con el Derecho – resulta de la posición de privilegio extraordinario que forjaron para sí, frente a la masa de postergados y humillados que ellos mismos fueron marginando hacia el costado del camino.


La construcción de la impunidad viene de lejos: desde nuestro mismo origen como Nación independiente y desigual.


En términos institucionales, la obra comenzó con la opción por un sistema representativo que permite que los funcionarios elegidos se “independicen” (en lugar de quedar “dependientes”) de sus electores.


Siguió con la adopción de un sistema de controles al poder centrado en los mecanismos “internos” (vetos ejecutivos, control de constitucionalidad, juicio político) y no en los controles “externos” (de los que sólo se mantuvo el voto periódico).


Se continuó con la eliminación de todas las herramientas existentes o imaginadas de responsabilización “popular” (por ejemplo, instrucciones obligatorias, rotaciones, revocatorias de mandatos); exigió el gradual debilitamiento de los mecanismos para la intervención directa de la ciudadanía (asambleas ciudadanas); y culminó con la concentración de poderes en la rama ejecutiva (claramente, cuanto más se verticaliza la toma de decisiones, menos posibilidades tiene “el pueblo mismo” para decidir por sí sobre sus asuntos y sobre cómo fiscalizar a sus autoridades).


La consolidación de esta estructura de impunidad deja a la clase dirigente, en su conjunto, en posición privilegiada para privatizar los beneficios comunes y, a la vez, pactar los modos de la protección mutua. Es decir, nuestros principales dirigentes no son los principales perjudicados del sistema institucional, sino quienes construyen y usan en beneficio propio los privilegios vigentes.


En términos políticos, la maquinaria de la impunidad es puesta en marcha, a su modo, por cada gobierno cuando inaugura su mandato. Aquí, los mecanismos son los que escoge cada administración, aunque se multiplican y acumulan con cada gobierno nuevo.


Para ilustrar lo dicho: el gobierno de Menem se especializó en “jueces de servilleta” y -como remedio para cuando la “servilleta” no funcionaba- con ascensos o premios que permitían quitar de en medio a los jueces molestos. Néstor Kirchner era fanático de otro método: desde un comienzo mostró preferencia por los “aprietes” de jueces y fiscales a través de los servicios de inteligencia.


Por su lado, Macri mostró predilección por el espionaje y las escuchas telefónicas. Ninguno de los viejos métodos, sin embargo, se perdió en el camino: una vez inaugurados, cada uno de esos modos de la presión a favor de los propios siguió activo, acumulándose así, sobre los ya existentes.


Lo dicho hasta aquí ayuda a reconocer los grotescos excesos del discurso oficial. Ante todo: nuestros principales dirigentes no tienen derecho a considerarse políticamente vulnerables, cuando hablamos de una estructura institucional que ellos han diseñado conforme a sus necesidades, y respecto de la cual se sitúan ocupando la posición dominante.


Tal dirigencia no sólo no está sometida a la maquinaria de controles, sino que es quien está en mejores condiciones de someter y direccionar a esa maquinaria.


La historieta del “lawfare” tampoco consigue asidero. El partido o coalición que llega al gobierno (en este caso, el Frente de Todos) no merece ser considerado víctima sino, en todo caso, verdugo del sistema de justicia -es quien toma las riendas y quien tiene poder de azote principal frente a los funcionarios judiciales (por ejemplo, a través del control del Consejo de la Magistratura y los mecanismos del juicio político).


La clase política tampoco tiene derecho a afirmar casi nada de lo que más grita -por ejemplo: “nos persiguen porque quisimos defender a los pobres”.


De modo habitual, se trata de lo opuesto a lo predicado: el cuerpo político se ha mostrado capaz de eludir toda responsabilidad jurídica -una vez, y otra, y otra, y otra- gracias a los privilegios que a costa de los más desamparados (los desamparados del sistema de justicia, es decir, los que pueblan de modo homogéneo las cárceles) se arroga.


En definitiva, y aunque duela en el alma admitirlo, los poderosos parecen haber ganado la partida: son impunes, y no hay razones para pensar que no lo serán, por el tiempo que nos resta. Si no es molestia, si no es mucho pedir: que no nos pidan que nos sumemos a sus festejos.

27 jul 2021

Chile: Diseñando la Sala de Máquinas/ Proceso constituyente

 Para la Revista Política de la U. de Chile

"Constitución y derechos. Diseñando la Sala de Máquinas"

https://revistapolitica.uchile.cl/index.php/RP/article/view/64154/67678

El castigo, esa bestia (de EK)


 

Basta de mano dura, basta de Kicillof



La política de Kicillof en materia de seguridad debió ser denunciada desde el primer minuto, cuando designó a Berni como su Ministro en el área. Su política difiere de la de Bullrich sólo en las formas y la soberbia. Sin embargo, desde el instante inicial se la encubrió, asumiéndose (cínica o ingenuamente) que colocaba al vergonzoso Berni como Ministro de Seguridad sólo para disimular una política de derechos humanos sustantiva. Ya está claro lo que desde el comienzo era claro: su política en el área (una de las más importantes en la Provincia de Buenos Aires) es una política de violencia bruta, antes que de derechos humanos, y no hay retórica en esto. Y las actuales respuestas de Berni, desde ayer, frente al caso de Chano (defender a la policía, sin pruebas; imputar a la víctima, sin pruebas; redoblar la apuesta con el reclamo por pistolas Taser) no dejan margen para el silencio (Berni sobre el tema, acá). Que, por favor, nadie nunca más (me) defienda al gobernador como opción de avanzada frente a nada. Políticamente es un autoritario, que desconoce desde siempre al derecho (como suele ocurrirle a los economistas: no le interesa, o le causa gracia), que descuida o miente las estadísticas (como lo hizo cuando era Ministro de Economía), que se guía por fantasías auto-generadas (pasó a la historia su temprano decreto hablando de "lawfare") y trata a la cuestión de seguridad con la variable del orden y la disciplina social, y no la justicia (recordar caso Guernica). Por los derechos humanos: basta de mano dura, basta de Kicillof.

(para quienes, desde la mala fe, sugieran que denunciamos esto, pero no a Macri-Bullrich por el caso Chocobar, van varios links -algunos en medios entonces oficialistas- que ratifican multiplicadamente lo contrario: 

https://pablorossi.cienradios.com/ni-delincuentes-ni-policias-exceden/

https://www.facebook.com/radiomitre/posts/2109620712411366

https://ar.radiocut.fm/audiocut/entrevista-a-roberto-gargarella-sobre-caso-chocobar/

https://revistacrisis.com.ar/notas/gobernar-es-gatillar

https://www.utdt.edu/ver_nota_prensa.php?id_nota_prensa=15238&id_item_menu=6 )

19 jul 2021

Sobre el principio de no-intervención, democracia y derechos

 Publicado en LN, acá https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-diferencia-entre-no-intervencion-y-lavarse-las-manos-nid19072021/



El principio de no-intervención, repetido irresponsablemente por autoridades nacionales e internacionales, merece ser dejado de lado, de una vez por todas, al menos tal como se lo entiende hoy, es decir, en tanto caprichoso modo de pensar las relaciones entre países marcados por la desigualdad y la injusticia. La razón fundamental de este reclamo debiera ser obvia. En el marco de injusticias y desigualdades en el que nos movemos, los derechos humanos (como todos los derechos) pueden resultar violados tanto por acción (promover el encarcelamiento sin proceso de opositores, torturarlos, etc.), como por omisión (permitir que otros sean secuestrados y torturados, pudiendo evitarlo). En contextos de graves y sistemáticas violaciones de derechos humanos, el “dejar hacer” –el “lavarse las manos”, finalmente– de aquellos que están en condiciones de impedir o minimizar la violación de derechos, los torna cómplices, antes que neutrales, frente a las violaciones cometidas. Cuando se proclama –como lo hicieran nuestro presidente o su canciller– “no sé lo que está pasando allá afuera”; “es problema de ellos”; “no nos corresponde involucrarnos”, no asumimos un papel respetuoso –“neutral”– frente a los iguales derechos de los ciudadanos de otras naciones, sino que pasamos a ser corresponsables de la miseria y las opresiones que ellos padecen. Curiosísimo, además, que esa súbita proclamación de neutralidad internacional se repita en un gobierno cuyo elenco se ha apresurado siempre, innecesaria e indebidamente, a descalificar la idea misma de “neutralidad” (“la neutralidad no existe,” “no somos neutrales”, “tenemos que tomar partido”).


Filosóficamente, la cuestión es bastante clara. Por eso mismo, en la Argentina, autores como Carlos Nino proponían distinguir entre posiciones conservadoras e igualitarias, directamente, a partir del modo en que tales posturas se plantaban frente a la cuestión de las acciones y las omisiones. Para los conservadores –decía Nino– los derechos sólo se violan a través de “acciones”: por eso es que los conservadores favorecen un “Estado mínimo” –un “Estado” que no garantiza “derechos positivos”, sino sólo “derechos negativos” (“que no nos maten,” “que no nos roben”, etc.)–. Para el igualitarismo, en cambio, los derechos pueden violarse no sólo a través de “acciones” (la tortura, el robo), sino también a través de “omisiones”. Por lo tanto –concluía Nino– un Estado comprometido con la igualdad debía trascender el “Estado mínimo” y la idea de “dejar hacer, dejar pasar”. De allí que el Estado igualitario pretenda impedir las violaciones de derechos que puedan producirse tanto por acciones como por omisiones (no proveer a los demás de lo que necesiten para vivir una vida decente). En este sentido, el Estado igualitario es un Estado fundamentalmente “no neutral” (Nino, valga aclararlo, llegaba a estas conclusiones siguiendo a Kant, y el principio de tomar a los demás como “fines en sí mismos”).


En el ámbito de las Relaciones Internacionales, el principio de “no-intervención” (que implica la “no interferencia” en los asuntos internos de los demás países, porque “se trata de asuntos que no son nuestros”) también refleja una concepción, más que vieja, perimida y cómoda. Finalmente, ninguna sorpresa: pura expresión de una clase dirigente poco estudiosa y envejecida (más allá de su edad), que sigue creyendo que la ciudadanía piensa, se emociona y motiva por las mismas imágenes y doctrinas que los movían a ellos, o a sus referentes, medio siglo atrás. En lo que nos interesa aquí, la antigua Doctrina Monroe (“América para los americanos”), no representaba, pese a las apariencias, un principio de no intervención, sino más bien lo contrario. Se trataba de una proclama dirigida contra el intervencionismo colonialista de los europeos, en América, que venía a decirle a la dirigencia de Europa que, si Europa se aventuraba en el continente americano, EEUU iba a intervenir para impedirlo (peor todavía, el principio dio base y justificación a una briosa etapa de intervencionismo norteamericano en América Latina).


Otras concepciones también consideradas como paradigmáticas en la defensa del principio de no-intervención, como la Doctrina Calvo o la Doctrina Drago, tampoco pueden ser entendidas como afirmando el principio del “no involucrarse” o, mucho menos, el de “lavarse las manos”, con el que torpemente, parte de la dirigencia nacional, identifica a la idea de “no intervención”. Se trataba de doctrinas que pretendieron terciar en la discusión sobre cómo resolver problemas fundamentales y acuciantes de su época. La Doctrina Calvo (elaborada por el diplomático argentino Carlos Calvo), tanto como la Doctrina Drago (también enunciada por un argentino, Luis María Drago, en 1902, frente a los incumplimientos norteamericanos en torno a la propia Doctrina Monroe), nacieron como reflexiones en torno al no pago de deudas, por parte de los americanos, en casos que involucraban a potencias extranjeras. La primera sostuvo que los inversores extranjeros debían primero agotar sus reclamos en los foros locales, frente al no-pago de los americanos, en lugar de recurrir a presiones diplomáticas o –mucho menos– intervenciones armadas. La Doctrina Drago fue enunciada frente a preocupaciones similares (en este caso, frente al bloqueo naval que varias potencias europeas habían impuesto a Venezuela, ante el incumplimiento del pago de los servicios de deuda). Más restringida que la anterior, la nueva doctrina vino a decir que la deuda pública no podía dar lugar a la intervención armada, ni menos a la ocupación material del suelo de las naciones americanas por una potencia europea. Subrayo: nada más lejos que la tontera de “no pregunto, no sé, no me meto” con que hoy algunos dirigentes encumbrados identifican a tales doctrinas.


Doctrinas como las citadas están lejos de agotar la discusión teórica y política sobre la materia, pero son las que –aplastadas hasta su insignificancia– aparecen como referencia habitual de nuestra embrutecida dirigencia, para justificar lo que ellos mismos saben injustificable. Para tal dirigencia, entonces, agrego dos de entre las muchas aclaraciones que podrían hacerse, antes de concluir este escrito. Ante todo, un punto sobre los derechos: el rechazo a la noción dominante de “no intervención” no significa “entonces intervengamos bélicamente” ni “que decida EEUU.” Significa que debemos comprometernos en la defensa de los derechos humanos que hoy se violentan, aquí o allá. Significa rechazar la idea boba de neutralidad, que hoy tantos enuncian, y tomar partido. ¿Cómo? De distintos modos: primero, condenando en voz alta y clara las violaciones de derechos, ocurran donde ocurran (sin “borrarse”); y luego, colaborando con las poblaciones oprimidas, y dejando de colaborar (por acción u omisión) con los gobiernos que las oprimen. Finalmente, mencionaría un punto sobre la democracia. Resulta, más que absurdo, irrespetuoso, invocar el “principio de autodeterminación”, frente a poblaciones muertas de miedo por gobiernos que las reprimen y encierran; o alegar el principio de la “soberanía del pueblo”, cuando nos referimos a regímenes que criminalizan la protesta y bloquean toda expresión crítica. Tales pueblos no pueden “autodeterminarse” ni decidir “soberanamente” en la medida en que sus gobiernos les impiden salir a la calle a reclamar a viva voz por los derechos que tienen, que no se les reconocen, y por los que viven luchando. Por todo eso, es nuestro deber –moral, jurídico, humanitario– comprometernos con una vida democrática y respetuosa de los derechos, aquí y ahora, pero también mañana y más allá de nuestras fronteras.

12 jul 2021

La extorsión democrática



Basta con mirar los recientes procesos electorales en la región: Perú, México, Bolivia, Chile, Ecuador. O pensar en los que vienen: Brasil, Colombia o nuestro país. De modo más o menos dramático, de forma más o menos acentuada, todos esos procesos nos llaman la atención sobre lo mismo, esto es, la “fatiga” de nuestras democracias, la exagerada degradación que las afecta. Decir esto, por supuesto, no supone plantear un elogio a las formas no-democráticas, que siguen siendo “peores”. Pero la resignación frente al “menos malo” de los sistemas políticos no se justifica, y sirve a quienes sacan provecho de sus innecesarias fallas. La democracia puede y debe ser distinta de lo que han hecho de ella.

Veamos algunos de los principales “problemas democráticos” que vacían de sentido a nuestras instituciones. Podemos comenzar por el problema de la “puerta de entrada,” esto es, el hecho de que, como ciudadanos, se nos permita elegir y votar entre distintas opciones, pero luego se nos deje allí -en la “puerta de entrada” del sistema democrático- y a la merced de lo que los funcionarios públicos dispongan. Como si la democracia se agotara fundamentalmente en el comicio; como si la democracia no fuera, esencialmente, aquello que sucede entre elección y elección. Esta estrechísima versión de la democracia (una versión menos que minimalista, defendida en la Argentina, de modo explícito, por la ex Presidenta, entre otros) nos ofrece un temprano ejemplo de lo que es inaceptable e innecesario: no hay ninguna razón para reducir la democracia, simplemente, a aquello que los gobernantes deciden hacer con nuestras vidas, una vez que ellos han tomado el control de sus puestos. Este modo limitado de pensar a la democracia resulta, en parte, el producto de un sistema que ha ido degradándose con el paso del tiempo, pero es resultado, sobre todo, de una opción así pensada ya en sus inicios: así se concebía, hace más de dos siglos, la representación política. En efecto, la representación política fue concebida (en términos de Bernard Manin) como “distinción” o “independencia”, antes que como “vínculo” entre ciudadanos y funcionarios electos. Era tanta la “desconfianza” en el pueblo, y tanto el temor de que los representantes quedasen “sometidos” a las presiones de sus electores, que se optó por un esquema de “separación”, destinado a dotar a los “elegidos” de los mayores “márgenes de maniobra” posible. Importaba, ante todo, “independizar” a quienes habían ganado: dejarles libertad de acción, “manos libres”.

No se trata, por supuesto, de un problema anclado en, y propio del siglo xviii. La “separación” inicial (entre electores y funcionarios) ha generado condiciones para una “separación” cada vez mayor. El poder judicial auto-expandió su poder (i.e., arrogándose facultades que no tenía inicialmente, como la de invalidar las leyes), y lo mismo hicieron las ramas políticas -en particular un Poder Ejecutivo que fue ganando poderes formales e informales, hasta convertirse en “híper-presidente” (i.e., vía el manejo discrecional de fondos reservados y servicios de inteligencia –“la “bolsa y la “espada” en versión moderna). La fiebre regional de “gobernar por decreto” o a través de “facultades delegadas” es sólo la expresión más reciente de dicha visión elitista, que parte del desprecio de la voluntad popular, y prefiere apoyarse en la “voz” de las elites de “expertos” (hoy, la voz de epidemiólogos aliados, antes que la de los “más afectados”).

Un segundo problema al que debemos prestar atención tiene que ver con la falta de controles ciudadanos sobre el poder. Esta dificultad nos remite, también, a un problema “creado” o “buscado” antes que derivado de la disfortuna o de males de época (“una era de funcionarios corruptos”). Otra vez, nos encontramos aquí con la “preferencia” que nuestros antecesores mostraron por los “controles endógenos” o “internos”, antes que por los “controles populares” o “externos”. Los controles “internos” son los que conocemos: controles de una rama del poder frente a las otras (como el “veto” Ejecutivo; el impeachment legislativo; la invalidación judicial de las leyes; etc.). Ellos nos refieren al famoso sistema de “frenos o contrapesos” o checks and balances. Por cuestiones de espacio, no impugnaré aquí la naturaleza y los modos de esos mecanismos de control “internos”, sino que me limitaré a subrayar una preocupación sobre ellos, en términos de degradación democrática. En efecto, si se eligió privilegiar a los controles “entre las ramas del poder”, por sobre los que proviniesen de la propia ciudadanía ello se debió, otra vez, a la “desconfianza” en la ciudadanía., y la asunción de que ella no estaba preparada para autogobernarse. Se trataba de un razonamiento muy propio del “momento elitista” del constitucionalismo, pero completamente injustificado e inaceptable en nuestro tiempo. Aparece, entonces la tentación que gana a los poderosos, de utilizar las propias ventajas para fortalecer la “distancia” con el electorado, y salvaguardar los privilegios propios. No es extraño, entonces, que nos encontremos con leyes y proyectos como los que han abundado en la Argentina, desde hace años, y aún en tiempos de pandemia (“democratización de la justicia”; “control sobre los fiscales”; politización del “ministerio público”; postergación de las elecciones; auto-incrementos salariales como el que acaba de darse el legislativo; etc.). Priman las propias ventajas y la mutua protección al interior de la “clase”: privilegios e impunidad, en definitiva. Nada que sorprenda.

Mencionaría, finalmente, y de modo especial, la forma en que este esquema de elecciones y controles vino a reemplazar y dificultar la “conversación entre iguales”. El sistema de “frenos y contrapesos” sirvió, en su mejor versión, para “canalizar la guerra civil”, pero se muestra cada vez más inhábil e indispuesto a favorecer el “diálogo entre iguales”. Otra vez, ninguna novedad: bueno para evitar la guerra, malo para promover el diálogo. Dadas las herramientas escogidas, quedamos institucionalmente mudos, privados de palabra. Nuestro único medio de expresión política es el voto periódico, que hoy se asemeja mucho al acto de arrojar una piedra contra el muro: sirve para hacer ruido, pero no para comunicar lo que pensamos; no para definir matices; no para precisar y aclarar por qué queremos esto, pero no esto otro. Podemos llamarlo “extorsión democrática”. Y es que, habitualmente, para votar por lo que preferimos, se nos obliga a respaldar aquello que repudiamos. Preguntémosles a nuestros colegas peruanos, en estos días, si saben de qué se trata la “extorsión democrática”. Para evitar que gane x, deben votar por z, a quien por muchas razones repudian, y sin poder marcar un solo matiz, sin poder hacer la mínima precisión (“lo voté, pero de ningún modo me olvido de tal cosa o apoyo tal otra”): Es “todo o nada”, y sin posibilidad de aclaración alguna. Millones de argentinos padecieron lo mismo en las últimas elecciones, y volverán a padecerlo en las próximas: en pos de un cambio económico votaron (millones de ellos) por políticos que sabían corruptos, sin la posibilidad de marcar el menor matiz (“cambien el rumbo económico, pero por favor no repitan lo hecho”). “Todo o nada” fue, y “todo o nada” será, con las consecuencias previsibles: quien gane podrá leer, otra vez, la victoria como se le ocurra (“me absolvió la historia”), mientras que los votantes serán acusados aún por lo que repudian, pero se les impide aclarar. El poder los acusará, luego, con suficiencia y autoindulgencia: “total, a los argentinos les gusta votar corruptos”; “pasa que millones de brasileños apoyan el racismo presidencial”. Se trata de la peor versión de la extorsión democrática: impedidos de hablar; obligados a votar sin posibilidad de hacer distinciones; y acusados luego por aquello que se nos impide aclarar. De esa trampa viven, y en ese encierro nos dejan. Lo sabemos nosotros: la democracia es, sobre todo, aquello que nos impiden que hagamos: participar, discutirles, disputarles, exigirles, reclamarles y removerlos. Y lo saben ellos: el tiempo, este tiempo que usufructúan, se les está agotando, y bienvenido sea.