18 may 2022

Reformar las instituciones, pero no de cualquier modo, no en cualquier dirección



 https://www.clarin.com/opinion/reformar-instituciones-cualquier-modo_0_M0XxTxo8YU.html


No hay dudas de que nuestra dirigencia política, en su casi totalidad, es parte importante de la crisis en la vida pública que afecta a nuestro país desde hace décadas. Sin negarlo, en este texto quisiera dar un paso atrás para mirar con más atención a los elementos institucionales que dan marco a las acciones de nuestra dirigencia, desalentando la cooperación, incentivando conductas indeseadas, o poniendo obstáculos a comportamientos más fraternales. Mencionaré a continuación, brevemente, varios rasgos defectuosos de nuestro sistema institucional. Algunas de las características que citaré pueden considerarse como “errores” de nuestros “padres fundadores” (pienso, en particular, y si se me permite, en los “errores” de Juan B. Alberdi); otros criterios pueden ser vistos como “malas” opciones de diseño institucional (por ser criterios que hoy tenderíamos a repudiar); y algunas otras elecciones pueden definirse como “vetustas”, luego de más de 200 años de adoptadas.

Comienzo por un rasgo tan relevante como poco examinado. Pensando en una Constitución nueva para el país, Alberdi propuso, para la Argentina, la adopción de una Constitución como la de los Estados Unidos, que tenía en su centro un sistema de “equilibrios y frenos” (una Cámara de Diputados que se “balanceaba” con la de Senadores; poderes políticos “equilibrados” por un Poder Judicial no elegido directamente por la política; etc.). Sin embargo, para tratar de “adaptar” a las peculiaridades nacionales un modelo que fundamentalmente se “importaba” de afuera, Alberdi sugirió combinar la Constitución norteamericana con (otra influencia “importada”) la de Chile, para fortalecer los poderes del presidente y permitirle al Ejecutivo que “asum(a) las facultades de un rey en el instante que la anarquía le desobedece como presidente republicano.” Aquí es donde se advierte el “error” alberdiano, derivado del razonable esfuerzo por adaptar lo foráneo a lo local: ahora, y con una mano, nuestra Constitución consagraba un delicadísimo sistema de “equilibrio de poderes” (basado en la regla estricta de que ninguna rama del poder fuera más poderosa que las demás), mientras que con la otra negaba, vaciaba de sentido, y finalmente pulverizaba dicho equilibro, a través de un Ejecutivo con poderes afines a los “de un rey”.

Otros “defectos” derivados de dicho “momento fundacional” resultan del modo en que los “liberales” y “conservadores” que participaron de la Convención de 1853 “acomodaron” sus diferencias. Procurando que ninguna facción se impusiera, y que ambas obtuvieran algo de (o casi todo) lo que pretendían, liberales y conservadores plagaron a nuestra Constitución de cláusulas contradictorias. Por ejemplo, el art. 14 consagró la libertad de cultos (como pedían los liberales) mientras que, al mismo tiempo, el art. 2 impuso al catolicismo como religión nacional (demanda de los conservadores). Asimismo, el art. 19 afirmó una defensa ultra-liberal de las “acciones privadas” en su primera línea, que directamente contradijo en la segunda línea de su texto (a partir de la demanda conservadora de no afectar “en modo alguno” ala “moral pública”).

Otras dificultades tienen que ver con visiones propias de nuestros “padres fundadores”, que hoy (mayoritariamente) tenderíamos a rechazar. Es lo que ocurre con los rasgos más aristocráticos que democráticos con los que se diseñó al Poder Judicial; la concepción de la representación política como “independencia de” (y no como “vínculo con”) los electores; un modelo que desalienta la participación colectiva de la comunidad; la radical desconfianza en la ciudadanía que permea a toda la Constitución de 1853; etc.

Finalmente, aludiría a los múltiples problemas derivados de una Constitución escrita -en sus rasgos centrales- hace casi 200 años, y pensada -por tanto- para una sociedad que ya no existe. Por mencionar sólo un caso importante: todo nuestro sistema representativo fue pensado teniendo en mente una comunidad relativamente poco numerosa, dividida en pocos grupos (comerciantes, propietarios, etc.), internamente homogéneos, y compuestos por sujetos egoístas (por eso, se asumía que con un Congreso que incluyera a algunos pocos representantes de cada grupo, “toda” la sociedad quedaba representada, y cada sector bien defendido). Hoy, nuestra sociedad no tiene nada que ver con aquella entonces imaginada: la de hoy se distingue por su pluralidad, su multiculturalismo, y el carácter heterogéneo de sus infinitos grupos componentes. No puede sorprender, ante tales cambios, la radical incapacidad de nuestras instituciones “representativas” para “captar” la diversidad propia de la actual sociedad -hecho en buena medida responsable de los déficits de representación que obviamente hoy exhibe nuestro sistema político.

Breves y provisionales conclusiones. Primera: no sólo necesitamos de mejores representantes, sino también de mejores instituciones. Segunda: por supuesto que necesitamos cambiar nuestras instituciones, pero no de cualquier modo (las reformas deben ser acordadas, antes que impuestas a las trompadas), ni en cualquier dirección. No se trata de “cambiar por cambiar,” ni (mucho menos) de “cambiar porque así le va mal a mi grupo”. Se trata de optar por instituciones que, a diferencia de las actuales (“capturadas” por elites partidarias y oligarquías corporativas), que dificultan la representación, la cooperación, la inclusión social y el debate público, se dirijan a favorecer algo diferente: una conversación colectiva, inclusiva, democrática, transparente, abierta, inacabada.




16 may 2022

De Waldron sobre Raz: "El gigante gentil de la filosofía"


 Muy lindo texto, acá

https://www.newstatesman.com/ideas/2022/05/philosophys-gentle-giant

Joseph Raz, a commanding figure in modern legal philosophy, died in London on 2 May aged 83. He was one of three or four philosophers who made towering contributions to our theoretical understanding of law. The others were Hans Kelsen (1881-1973), HLA Hart (1907-92) and Ronald Dworkin (1931-2013). They are all gone now. Analytic jurisprudence – and, in Raz’s case, the philosophy of law washing over into the study of practical reason generally – is their legacy.



Raz, born in Haifa in 1939, was a graduate of the Hebrew University in Jerusalem. After getting his law degree, he went to Oxford to do graduate work under Hart’s supervision. Then, having returned for a few years to Jerusalem following the completion of his doctorate, he came back to Oxford in 1972 to take up a fellowship at Balliol College. There he remained, in one capacity or another – tutorial fellow, professor of the philosophy of law, research professor – until his retirement from Oxford in 2009. But his work continued. He taught at Columbia Law School in New York City from 2002 until 2019 and at King’s College, London until his death. Over the years he also held visiting positions at places such as Berkeley Law, the Australian National University, the University of Toronto, and Yale Law School.


At each institution, Raz was a loving colleague and mentor to students, lecturers, and younger professors – intimidating them no doubt with the rigour of his analysis, but at the same time keeping them close, inspiring them with his example of how much could be achieved by trusting one’s own disciplined pathways of thought. Raz had an immense influence on the two or three generations of analytic legal philosophers who followed him. There is hardly a man or woman in the field who does not owe a debt to his friendship. He took on more than his share of graduate students and (as this writer knows) he took pains, too, to reach out to those for whom he was not formally responsible as a supervisor. Softly spoken, Raz was unpretentious, generous and sociable. He introduced scores of us to each other. I think he made us all better people.


Intellectually, what sort of influence did he have? As a student of HLA Hart, in 1994 he edited with his partner Penny Bulloch the second edition of Hart’s 1961 masterpiece The Concept of Law. That edition included a “Postscript” in which Hart defended his approach to jurisprudence against Ronald Dworkin; the “Postscript” was not complete at Hart’s death, but the editors helped piece it together from notes that Hart had left. Hart was a legal positivist. He didn’t believe that lawyers or judges needed to engage in moral thinking to find out what the law was or how to apply it. Raz believed this too, but he refined the position in a number of ways. Though he maintained that law was a matter of social facts about the exercise of power, Raz thought it was perfectly consistent to say that the question of what the law is, is a morally significant question. He explored some of that significance in his writing on the rule of law, for which he received the Tang Prize for the Rule of Law in 2018.


In analytic legal philosophy, we argue endlessly about what law is and whether positivism is true. Raz held his own in such conversations, but he was also interested in what all this conceptual analysis amounted to and why we engage in it. It’s an effort at self-understanding, he thought, since law is such a presence in our social environment.


His substantive contribution to these debates was striking and counter-intuitive. For Raz, positivism did not arise – as it did for Kelsen, and as it sometimes seemed to do for Hart – out of a difference in status between law and morality, with morality being the more subjective of the two. On the contrary, Raz thought morality ought to pervade all human decision-making. Everyone is subject to moral reasons, and it is incumbent on them – on judges as well as others – to figure those reasons out the best way they can. We have laws, however, when – for some reason – we want to displace that background role for morality and subject our decision-making to some particular control. (We may do this, for example, when moral disagreement is likely to lead to chaos or failures of coordination.) So moral reasoning is the default position; law operates in a minority of cases to block it, which is why finding out what the law is must be possible without engaging in the very reasoning that it is the law’s function to supersede. This is a typical Raz line of argument. It is hard to follow because its trajectory is unexpected. But it turns the table on the anti-positivist, assigning morality an initially greater role rather than a lesser one.


Another way of putting all this is to say that law claims authority, and the point of authority is that it is sometimes better for me to pay attention to someone else’s reasoning – better for the reasons that apply to me, including moral reasons – than to try to work things out on my own. Now, if law claims authority, it must be the sort of thing that can have authority of that kind, which, again, would not be possible if accessing law required one to make the very moral judgements that authority is supposed to supersede. Raz’s position remains controversial. Dworkin, for example, argued that Raz’s exclusive positivism was far too demanding: he said there is scarcely a legal provision in US constitutional law that can be applied without any trace of moral reasoning.


These points about authority illustrate the way in which, in Raz’s hands, technical arguments in jurisprudence overlapped with and illuminated issues in political philosophy. Authority had never received a convincing analysis in political philosophy – “deserves to be obeyed” is about as close as we got – until Raz turned his attention to it. And once he produced his analysis, drawing on deeper arguments about the reasons I might sometimes have for not acting on the balance of reasons as it appears to me, it was never the same again.


Sometimes the connections between Raz’s jurisprudence and his work in political philosophy were incidental, as in his theory of rights; his critique of the idea of equality, in which he basically argued that what was at stake was not numerical equality as such but uniform application of the same rules; and his 1990 essay on nationhood and cultural community with Avishai Margalit.


In other cases, however, the connections were deep and systematic. Raz’s greatest accomplishment was his book The Morality of Freedom (1986). The first section was devoted to his analysis of authority which, as we have seen, was important for his jurisprudence. But mostly the book was about personal autonomy and about autonomy’s role in people’s lives. It’s a lovely juxtaposition because authority is usually seen as a problem for autonomy and vice versa. Raz, however, offered a new account that did justice to both concepts and explain how they might work together in practical reasoning.


Still, his account of autonomy was disconcerting. Raz was a critic of Dworkin-style liberal neutrality about values and about the definition of the good life. He thought autonomy – the self-authorship of a person’s life – was worth nurturing only in the service of genuine values and worth respecting only in a life dedicated to the pursuit of what really mattered. In the 1980s we called this “liberal perfectionism”, and Neil MacCormick (another name to reckon with in jurisprudence) didn’t seem to be exaggerating when he wrote in a TLS review that Raz’s bookwas “as significant a new statement of liberal principles as anything since John Stuart Mill’s On Liberty”.


For philosophers working in areas other than jurisprudence, Practical Reason and Norms (1975) was the most influential of Raz’s early writings, partly because it introduced a sophisticated conceptual scheme for understanding how reasons work in a person’s practical deliberations. The idea of second-order reasons was particularly important, most notably exclusionary reasons – that is, reasons for not paying attention to other reasons. Raz’s work on the different levels at which reasons operate, and the way their operation reflected and helped to constitute values, enabled him to make decisive contributions in moral philosophy, and those contributions continued throughout his life, culminating in a last collection of essays, The Roots of Normativity, published in February this year. His work in these fields of often quite technical philosophy was relentlessly challenging and is highly respected by his peers.


It is hard to convey this in a short compass, but Raz’s legacy is a body of work united by dense and detailed tissues of understanding, spun between jurisprudence, political philosophy, ethics, and practical reasoning. Thumbing through The Roots of Normativity, where Raz is figuring out what matters in life – “Well-being consists in a wholehearted and successful pursuit of valuable relationships and goals” – I hear echoes of the later chapters of the English analytic philosopher GE Moore’s Principia Ethica, written more than a hundred years earlier in 1903. I mean that as praise. We look on Moore these days as fussy and unworldly – shocked, for example, to find that others didn’t have the intellectual interests he had. “Do you know, my dear,” said Moore to Mrs Moore in 1951 when he returned from his investment with the Order of Merit at Buckingham Palace: “The King had never heard of Wittgenstein?” Raz was a bit like that, a gentle giant, otherworldly. But he was grounded in an array of friendships, and grounded too by his family and by his camera (Joseph was a very talented photographer). We miss him. He is survived by his son Noam, by his long-time partner Penelope Bulloch, and by the intellectual community, now in mourning, that he nourished and sustained.

9 may 2022

La degradación a la que ha llegado nuestra conversación pública


Publicado hoy, acá: https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-degradacion-a-la-que-ha-llegado-nuestra-conversacion-publica-nid09052022/

Resulta obvio, a esta altura, reconocer que todo lo ocurrido en torno al fallo reciente de la Corte Suprema sobre el Consejo de la Magistratura (CM) -antes, durante, y sobre todo después de la decisión del máximo tribunal- expresa la degradación a la que ha llegado nuestra conversación pública. Procurando resistir un poco tal degradación, presentaré a continuación tres argumentos en torno a tal conflicto jurídico: i) uno sobre la representación de minorías en el CM; ii) el segundo, sobre la decisión de la Corte de invalidar una ley “reviviendo” la ley que regía con anterioridad; y iii) el tercero sobre la salvaguarda (judicial) que merecen los procedimientos del diálogo constitucional.

Comienzo por el primer argumento. Si nuestro derecho exige que en la composición del CM (u otros organismos similares) haya “equilibrio”, o se garantice la presencia de mayorías y minorías, o se asegure que todos los “bloques legislativos” principales queden representados en el organismo, ello no se debe a su mera preocupación por “completar las sillas vacías” u “ocupar todas las vacantes”. En absoluto: se trata de un valioso esfuerzo destinado a resguardar la diversidad propia de una sociedad plural, naturalmente compuesta por personas que piensan distinto. Por ello mismo (y como ejemplo hipotético), si en una sociedad fragmentada entre religiones diversas -pongamos, anglicanos, católicos, protestantes- el “bloque mayoritario anglicano,” se auto-dividiera en tres y reclamara ocupar los cargos que le corresponden a la primera, segunda y tercera minoría, dicha acción no debería verse como una demostración de la “pericia política” de los vencedores, sino como una monstruosa demostración del modo en que dicha mayoría arrasa con los derechos de quienes piensan distinto. Lo mismo si la Constitución de ese país imaginario quisiera asegurar el cuidado de los principales grupos raciales -pongamos, “blancos”, “afroamericanos” e “hispanos”- y el grupo mayoritario de los “blancos” se dividiera en dos, de forma de terminar ocupando todos los cargos disponibles. Otra vez, en dicho caso no estaríamos frente a una “avivada” demostrativa de la “genialidad política” de la mayoría blanca, sino ante una afrenta que revela su desprecio hacia los que no aceptan someterse a sus designios.

Que el oficialismo haya festejado y tratado de justificar la “picardía” de la ex Presidenta, admitiendo la comisión de una “trampa”, porque se trató de “una trampa que ya hizo antes la oposición,” habla del estado moral de nuestra elite política -una tristeza a la que (casi todos ellos) nos tenían acostumbrados. Ahora bien, que la comunidad jurídica no reaccione debidamente frente a lo ocurrido, alude al estado por completo descorazonador de nuestra conversación pública. Hoy, los grupos políticos dominantes tratan al resto de la ciudadanía como si todos estuviéramos escupiéndonos y maltratándonos mutuamente, y nos viéramos conminados a aceptar, por tanto, que “o somos culpables hoy, o fuimos culpables antes”. La vida constitucional del país no puede quedar de este modo sometida al cinismo de la elite dirigente, ni condenada a ser testigo de sus caprichos. Y algo más: el derecho no debe tolerar, sino invalidar de raíz tales “avivadas”. Es lo que hace y ha hecho históricamente el derecho, frente a “trampas” semejantes (el “gerrymandering”, la discriminación “oculta,” etc.): las fulmina sin miramientos ni contemplaciones de ningún tipo. Representan el paradigma de lo que nunca debe concedérsele al poder de turno. 

Significa lo anterior que la decisión de la Corte en el caso del CM fue impecable, o al menos jurídicamente irreprochable? No, en absoluto. No somos ingenuos, y sabemos dónde vivimos y de dónde venimos: la historia nos ha entrenado en el espanto. Que la justicia haya demorado 15 años en definir los destinos de ley 26.080, o que la Corte haya desempolvado dicho expediente 6 años luego de haberlo recibido, resulta muy preocupante, aunque forme ya parte de nuestra "rutina" de horrores. No se trata de que la Corte quiso “tomarse en serio” el asunto, o actuar de modo sensible al contexto: se trata de que subordina el resguardo de derechos cívicos, al resguardo de los intereses propios.

Dicho lo anterior, paso al segundo argumento. La pregunta es: en una democracia con división de poderes, no resulta una aberración (o un “golpe de estado”, como increíblemente reclamó el oficialismo) que, frente a una ley impugnada, la Corte le ponga “plazos” al legislativo para que dicte una nueva norma; y -ante la omisión de éste- anule la ley en cuestión, “reviviendo” así la ley que regía previamente? Respuesta: no, en absoluto. Se trata de un curso de acción justificable en ciertos casos, y muy común entre algunas de las mejores Cortes del mundo. Para empezar por esto último: apenas días atrás (el 21 de abril del 2022) la mejor y más respetada Corte latinoamericana, la Corte Constitucional de Colombia (ejemplo y caso de estudio a nivel mundial) invalidó, por razones procesales, al Código Nacional Electoral, y estableció además que hasta que el Congreso dicte un nuevo Código, las elecciones se desarrollarían conforme al Código viejo. Escándalo jurídico nacional? Vergüenza mundial? Por el contrario: aplausos doctrinarios y cívicos, casi unánimes, por decenas de razones. Señalo las mías: a) en una mayoría de casos los jueces deben verse impedidos de actuar (no deberían hacer casi nada de lo que normalmente hacen), pero -a cambio- los magistrados deben ser “activísimos” frente a violaciones procedimentales (como el árbitro de fútbol, el juez no debe impugnar o cambiar el resultado que no les gusta, pero sí, y sin duda alguna, invalidar el gol hecho con la mano); b) la peculiar “separación de poderes” que establecieron nuestras Constituciones (el “sistema de frenos y contrapesos”) no impide sino que exige la mutua “interferencia” entre las ramas de gobierno (se distingue así del sistema alternativo que nuestros constituyentes rechazaron: el sistema de la “separación estricta” entre ramas); c) la democracia no se ve afectada si los tribunales (en los pocos casos en que deben intervenir) actúan exigiendo al Congreso que tome una decisión en cierto tiempo (sólo como ejemplo: la jurisprudencia colombiana acaba de dictar un “exhorto vinculante”, para pedirle al legislativo que en dos años legisle en materia de unión de parejas homosexuales), y abiertos a que (i.e., frente a una “ley que revive”) el Congreso vuelva a legislar. Actuando de este modo (justificado), los jueces dejan que la ciudadanía o sus representantes mantengan la “última palabra” normativa. No invoco aquí, como algunos de nuestros doctrinarios, un simple “argumento de autoridad” del tipo, “lo hecho está bien, porque ya lo hizo la Corte argentina” (caso “Uriarte”); o “está bien porque ya lo hacen otros tribunales” (Colombia, Costa Rica). Se trata de que hay buenas razones, democráticas y constitucionales, para justificar dicho (limitado) papel para los tribunales.

El último argumento que quiero mencionar refiere a los procedimientos del diálogo, y su significado. Desde hace años, algunos juristas abogamos por una lectura de la Constitución como “manual de reglas para el diálogo democrático”, y hoy -afortunadamente- dicha lectura se ha extendido universalmente (de hecho, en el citado caso del Código Electoral, el magistrado ponente, Alejandro Linares, alegó la invalidez de dicho Código en razón de la “ausencia de un debate amplio, trascendente y participativo” en torno al mismo). Tomar en serio al diálogo nos exige, hoy, precisar “por qué, constitucionalmente, nos importa el diálogo”: no se trata de invocar al diálogo, meramente,  como nuevo talismán para calificar o descalificar lo que se nos viene en gana. Ocurre que en una sociedad multicultural, marcada por los desacuerdos razonables, la coerción estatal (la que impone impuestos o define las principales a ser aplicadas, etc.) no puede ejercerse legítimamente sin un profundo acuerdo entre todas las partes. Por eso nuestro sistema constitucional exige del diálogo igualitario, establece reglas para garantizarlo (i.e., asegurar la presencia de mayorías y minorías), y requiere invalidar cualquier medida que tome el poder de turno, destinado a hacerlo imposible.












4 may 2022

Covid: Vete de míiii

 



Tú que llenas todo de alegría y juventud
Y ves fantasmas en la luna de trasluz
Y oyes el canto perfumado del azul
Vete de mí...
No te detengas a mirar
Las ramas viejas del rosal
Que se marchitan sin dar flor
Mirá el paisaje del amor
Que es la razón para soñar
Y amar
Yo que ya he luchado contra toda la maldad
Tengo las manos tan deshechas de apretar
Que ni te puedo sujetar
Vete de mí...
Seré en tu vida lo mejor
De la neblina del ayer
Cuando me llegues a olvidar
Como es mejor el verso aquel
Que no podemos recordar
Vete de mí...
Seré en tu vida lo mejor
De la neblina del ayer
Cuando me llegues a olvidar
Como es mejor el verso aquel
Que no podemos recordar

Compositores: Virgilio Exposito / Homero Exposito

Memoria feliz con Joseph Raz (1939-2022)

                                                                                 


 


El 2 de mayo falleció, en Londres, el extraordinario filósofo Joseph Raz. Tuve la suerte de conocerlo en 1994, luego de que él aceptara asumir como supervisor de mis estudios post-doctorales, en el Balliol College de la Universidad de Oxford. Carlos Nino me había recomendado ir a trabajar con él, poco antes de morir, y Raz aceptó gustoso esa invitación, en buena medida como gesto de amistad hacia Nino. Mi tiempo en Oxford resultó muy feliz: había terminado mi doctorado en la Universidad de Chicago, unos meses antes, y -apenas luego de aprobar mi tesis- había dictado un primer curso como Profesor Visitante en la Universitat Pompeu Fabra, de Barcelona, por lo que llegaba a Oxford libre de cargas y obligaciones. Sólo quería seguir algunos cursos, y sentarme a leer y escribir. En ese tiempo, tomaría alguna clase con Raz, cursaría activamente una materia con Ronald Dworkin, asistiría a dos coloquios fuera de serie, irrepetibles (uno coordinado por Gerald Cohen y Ronald Dworkin, y otro -apoteótico show- liderado por Bernard Williams y Ronald Dworkin), pero sobre todo ocuparía mis estudios discutiendo con (aprendiendo de) el marxista Gerald Cohen. Tal vez por eso -porque no buscaba nada de Raz, porque sólo necesitaba conversar con él de tanto en tanto- trabé con él una relación muy diferente de la que la mayoría de sus discípulos y estudiantes establecieron con ese ogro bueno.

En efecto, escuché en estos días posteriores a su muerte unánimes relatos de experiencias difíciles y sufrientes, de (hoy agradecidos) estudiantes y profesores que llegaban temblando hasta su oficina para que él, amigable pero implacablemente, les explicara -de forma inevitable y contundente- por qué todo lo que decían estaba mal: en la forma, en el fondo, en los supuestos, en cada paso del razonamiento que presentaban. En mi caso, todo resultó muy diferente. Siempre que me reuní con él, para discutir textos o ideas, tuve encuentros felices, de los que me retiré gratificado. Salíamos a caminar por los jardines internos del Balliol College, cerca de su torre de marfil, conversábamos y nos reíamos, aunque él no dejaba de tomar en serio todo lo que le decía (en ese tiempo, yo estaba detrás de un proyecto afín al analytical marxism, que finalmente era la corriente de pensamiento que me había llevado primero a Chicago y luego a Oxford). De esos días recuerdo una enseñanza que guardo, que él me transmitió con convicción (una enseñanza que cultivo y transmito pero que, curiosamente, él no parecía aplicar sobre su propia escritura): que escribiera pensando en un lector que no sabía lo mismo que yo, que no tenía mis mismas lecturas, pero que era inteligente y estaba bien dispuesto a entender.

Durante un tiempo, pensé que la amabilidad persistente de Raz resultaba un tributo a la memoria de Nino, o un resultado de mi andar relajado por allí. Pero los años pasaron, y luego de un cuarto de siglo de amistad (¡!) el balance siguió siendo el mismo: encuentros distendidos, en donde comenzábamos hablando de academia, y terminábamos riéndonos de cualquier otra cosa (Releo uno de los mails que intercambiamos en los Estados Unidos, luego de una caminata juntos, luego de asistir a El Coloquio de Dworkin-Nagel en NYU, y de escuchar sus críticas durísimas sobre lo dicho por Dworkin en el evento. En el mail, Raz vuelve sobre el recuerdo que conservo de nuestras conversaciones. Me dice “It was lovely chatting with you today. looking forward to next time”, y luego me comenta que, por la noche, había disfrutado viendo un match tenístico entre Nadal y Murray, quien había jugado mucho mejor de lo que él había esperado. Agrega que se retractaba, entonces, de sus dichos, y que Murray había superado a Nadal en “court coverage, acute angles, serve action and more”).

A diferencia de otros colegas (y lo digo sin jactarme de ello), recuerdo a Raz en su actitud algo hippie, informal hasta la brutalidad o el mal gusto, tal vez por una decisión de marcar que, aún o sobre todo en el contexto de Oxford, alguien podía ser a la vez riguroso, serio y enemigo de las formas de manera exagerada. Lo recuerdo en verdad, medio hippie, levantando la clase más de una vez, para seguirla “afuera”, porque afuera había sol (eso sí: no me gustaba, de sus clases, cuando él se ponía a leer en un inglés bajito e incomprensible un texto complejísimo que nos hubiera podido anticipar para digerirlo tranquilos!). Tengo un recuerdo especialmente cariñoso de hace pocos años (cuando pasé una temporada con mi compañera, becado en Londres) y él vino a cenar pasta, a nuestro departamento (nosotros preocupadísimos porque teníamos una caldera a punto de estallar, y no queríamos ser responsables de la muerte insólita de un gran filósofo), y nos pidió permiso para sacarse la camisa, acalorado, para pasar luego toda la noche riendo, en musculosa (recuerdo lo gracioso de aquella escena: estar los tres parados ahí, mirando extasiados la caldera, con las manos en la cintura -Raz todavía en musculosa- sin la mínima idea de qué hacer para repararla). Lo recuerdo de ese tiempo, él ya viviendo en Londres, genuinamente preocupado y muy desencantado con la filosofía que encontraba a su alrededor, a cargo de jóvenes muy profesionales, ansiosos por publicar, y con poco interesante para decir y pensar. Él era bien consciente de que pertenecía a una generación única e irrepetible, y que ya casi toda se había ido (Williams, Dworkin, Parfit, Cohen, Griffin). Recordaré siempre a ese Raz severo e irónico, que conocí a través de los pequeños estallidos de su risa escondida y burlona, que se desplegaba en su cara de león despeinado.

Y recordaré a Raz, sobre todo, por las muchas caminatas que hicimos, sacando fotos (todavía lucen en mi casa dos de sus imágenes). En particular, queda conmigo una travesía que duró casi el día entero, en el marco de un seminario en Misiones, Argentina, que de algún modo él gestionó por las ganas que tenía de fotografiar las cataratas (recuerdo también que había que tenerle infinita paciencia, por el tiempo que podía tardarse para colocar los filtros necesarios antes de tomar una foto!). Raz sacaba fotos mientras se burlaba traviesamente de todos quienes lo rodeaban. Dentro de este mismo rubro, el de las fotos, recuerdo un encuentro cerca de la Universidad de Columbia, en su oficina, cuando me preguntó a qué lugar iría a tomar fotografías por la zona. Yo le contesté que sin dudas iría al “puente ferroviario de la 125”, y ahí me desplegó algunas de las fotos que él había tomado ahí mismo adonde yo le aconsejaba ir. Nos alegró a ambos la coincidencia. Finalmente, el universo que Raz abrió, a través de sus imágenes, está en perfecta sintonía con la profundidad y originalidad de su pensamiento filosófico, como si en ambos ámbitos él buscara y encontrara lo mismo: una luz que aparece de improviso y se distribuye de modo inesperado, formas complejas que se manifiestan de pronto sobre materias simples, una riqueza enorme que yace entre los oscuros enigmas de los detalles invisibles, rincones que de pronto quedan iluminados, se abren ante nosotros, y sugieren algo que hasta entonces no imaginábamos. Sus escritos, sus conversaciones y sus imágenes, quedan entonces unidas por ese lazo idéntico: un haz de claridad que de repente atraviesa la sala, se posa por instantes sobre algún misterio, y nos revela las capas múltiples que componen un tema, cuestión u objeto que ante nuestros ojos, y durante años, se mostraba asequible y sencillo.

 

(las dos fotos en blanco y negro son las que don Raz me regaló, luego de una caminata oxoniense, y conservo conmigo)


30 abr 2022

Una vez más, sobre los límites y alcances del control judicial (en relación contra el rechazo al amparo de L.Juez)



(sobre el rechazo al amparo: https://www.lanacion.com.ar/politica/rechazan-el-pedido-de-luis-juez-para-evitar-el-desembarco-de-donate-en-el-consejo-de-la-magistratura-nid30042022/)


Algunas razones sobre por qué es pésimo el fallo de P.Caysals contra el amparo de L.Juez (sobre la auto-división del FdT para quedarse con los lugares que corresponden a "mayoría" y "minoría") 

1) No se trata de "intromisión judicial" alguna: Al PJ le corresponde exactamente esa tarea, y no otra: asegurar el respeto de las reglas de juego (los procedimientos)  y no (lo que hace siempre) definir la validez del contenido de las políticas

2) Decidir el caso no "excede" la función judicial en absoluto: La Constitución Argentina (como la de USA) no suscribe una "separación estricta" de poderes, sino un sistema de "frenos y contrapesos" que EXIGE la mutua intromisión de cada rama del poder, sobre las restantes

3) En un país dividido entre "blancos", "negros" e "hispanos", sería monstruoso que el mayoritario grupo de "blancos" se auto-divida para ocupar los lugares que corresponden a "negros" e "hispanos", si la Constitución requiere que mayoría y minorías queden representadas: Obvio!

4) La primacía del principio democrático requiere deferencia hacia la ciudadanía, y no hacia el Congreso, y mucho menos hacia las elites políticas en el Congreso, de cualquier signo que sean. La última palabra ser la de la comunidad, y no la de la elite política

5) La primacía del ppio. democrático no requiere que el P. Judicial no actúe, sino que garantice que "el partido se juegue". Como en el fútbol, el árbitro no debe anular el gol no le gusta, pero está OBLIGADO a hacerlo si el gol fue con la mano: su tarea es que se cumplan las reglas

PD: El país no está dividido en 2, y las trampas de X no justifican las "trampas" de Y. Quien hable en esos términos ofende al constitucionalismo democrático, que no se agota en, sino que excede largamente, el binarismo bobo en que está encerrada parte de la dirigencia

28 abr 2022

Marx, crítico de Bolívar y del poder concentrado

 


Se reedita en estos días, en formato de libro, un pequeño, curioso y afilado trabajo que escribiera Karl Marx sobre -o contra- Simón Bolívar. El texto, publicado en España, cuenta con un prólogo inteligente y erudito del (ya fallecido) intelectual argentino, de origen marxista, José Aricó. El manuscrito en cuestión, que apareciera en 1858, fue redactado a partir de una invitación del entonces director del diario New York Daily Tribune, Charles Dana, quien instó a Marx (como luego, también, a Friedrich Engels) a que colaborara con él en una investigación sobre biografías e historia política que pensaba reunir, al poco tiempo, en un volumen enciclopédico. La reedición de este meditado y crítico panfleto de Marx sobre Bolívar resulta oportuna, por lo demás, en momentos en que, tanto en España como en América Latina, se ha vuelto a reflexionar sobre el valor y sentido de los gobiernos que concentran el poder, y los líderes que gobiernan discrecionalmente pero invocando un discurso emancipatorio, anti-imperialista, o con apelaciones populares. La reedición es pertinente, además, a la luz de las dificultades que han mostrado ciertos grupos (bien o mal) auto-denominados de izquierda, para reflexionar críticamente sobre los significados e implicaciones habituales del poder concentrado, en países tan desiguales e injustos como los nuestros.

Sobre el escrito de Marx cabe señalar que el mismo sorprende, de manera especial, por la impiadosa virulencia de la prosa de su autor, que se mantiene constante a lo largo de todo el trabajo. A lo largo de su muy breve obra, Marx le dedica a Bolívar los calificativos más duros. Marx describe al venezolano como “cobarde, brutal y miserable,” y desde las primeras páginas busca desmitificarlo, presentándolo como un traidor (Marx alude entonces, y por ejemplo, al modo en que Bolívar traiciona, aprisiona y entrega a Francisco de Miranda a los realistas), describiéndolo como un “aristócrata,” o designándolo a partir del mote con el que se mofaban de él (el “Napoleón de las retiradas”). En todo caso, resulta claro que lo que más indigna a Marx, frente a Bolívar, no son las pobres cualidades morales del venezolano (aunque el autor hace reiteradas referencias a las ambiciones y a la arrogancia del líder independentista), sino su persistente decisión de concentrar todo el poder en sus manos. Marx demuestra de qué modo Bolívar impulsó, una y otra vez, reformas legales (un Código de inspiración napoleónica) y constitucionales (desde la Convención de Ocaña) con el único objeto de expandir su autoridad, u “otorgar nuevos poderes al ejecutivo” para quedar investido, en los hechos, con “poderes dictatoriales”.

Horrorizados frente a las críticas de Marx hacia el líder independentista, algunos quisieron descalificar su trabajo sobre Bolívar como “europeísta” y desinformado acerca de las realidades latinoamericanas, y otros acusaron al pensador alemán por haberse basado, exclusivamente, en fuentes muy sesgadas contra Bolívar. Sin embargo, y como reconoce con honestidad brutal José Aricó en su prólogo (a pesar de que él tampoco simpatizaba con la lectura de Marx sobre Bolívar), lo cierto es que el escrito en cuestión se basó en una investigación exhaustiva y que -lo que resulta más notable, y cito aquí a Aricó- “Marx redactó su diatriba no siguiendo el juicio de sus contemporáneos sino contrariándolo”: Marx había leído, sobre todo, textos favorables a Simón Bolívar, pero tales lecturas no le impidieron reconocer lo que le resultaba obvio: para una concepción ideológica como la que él defendía, la conducta despótica y antidemocrática de Bolívar resultaba naturalmente indigerible. La sorpresa, en verdad, es la contraria. Quiero decir, reconocer de qué forma la defensa que muchos intentan de un guerrero que gobernó inequívocamente de modo autoritario, los lleva a minimizar o desconsiderar decenas de prácticas aberrantes, propias del personaje que reivindican. Piénsese, para el caso de Bolívar, en su decisión de crear una Constitución aristocrática y a su medida (una Constitución que establecía el poder permanente y vitalicio del presidente); o la de suprimir las asambleas y las elecciones populares; o la de mantener la propiedad latifundista; o la de despojar a los indígenas de sus tierras; o la de prohibir las enseñanzas de las doctrinas radicales de Bentham (a las que reemplazó por cursos de religión católica).

El ejemplo de lo ocurrido con Bolívar resulta, por lo dicho hasta aquí, profundamente contemporáneo. Ello así, en primer lugar, por la asombrosa decisión de tantos que -todavía hoy- prefieren “no ver” u “ocultar” las conductas inaceptables de los líderes políticos que, por otras razones, defienden. Asimismo, lo ocurrido con Bolívar ilustra bien las dificultades que evidencian ciertos sectores de izquierda para reconocer -como, sin dificultad alguna, lo reconocía Marx- que el radicalismo democrático no se lleva bien con el poder concentrado, ni con los mandones aristocráticos del momento: más bien todo lo contrario.

 

23 abr 2022

"Los libros que inspiran a los Constituyentes" (El Mercurio 22 abril 2022)


“La reforma de 2005 fue el último intento de apropiarse de la Constitución de 1980, pero fue un caso que se reveló rápidamente como autoengaño, no de apropiarse de la Constitución, sino de tratar de convencerse de que la trampa no era la trampa. Por eso 2005 es el año en que la pérdida de la inocencia constitucional comienza”. Lo anterior es un extracto del libro “La Constitución tramposa”, escrito en 2013 por el abogado y convencional Fernando Atria (Frente Amplio) como un análisis crítico de la Constitución de 1980. Ahora, el concepto —“Constitución tramposa”— es usado una y otra vez por sus colegas constituyentes en los debates, ya sea para referirse a la Constitución vigente o a la propuesta que se está redactando. Es que algunos textos parecieran estar en la biblioteca obligada de los convencionales. Ocurre con “La casa de todos” (2015),del académico de la U. Católica Patricio Zapata, o con “La sala de máquinas de la Constitución: dos siglos de constitucionalismo en América Latina (1810-2010)” (2014), de Roberto Gargarella, ambos frecuentemente citados. 

Por eso, en el contexto del Día Internacional del Libro, que se conmemora mañana, “El Mercurio” preguntó a los convencionales qué libros los inspiran. Territorio y feminismo Amaya Alvez (Frente Amplio) rescata la obra de Gargarella “pues ayuda a comprender la historia constitucional de la región poniendo el acento en un centralismo autoritario, la concentración del poder y la existencia de derechos sociales desde inicios del siglo XX”. Agrega que si bien “es una de las metáforas que más se usan, se refiere muchas veces a la comisión de Sistema político, pero Gargarella dice que la comprensión moderna es más bien la forma jurídica del Estado, o al menos ambas dada la histórica concentración del poder que ha llevado a un centralismo nocivo en América Latina”. Hay libros que han servido para inspirar la redacción de normas o defender su aprobación en comisiones y plenos. Han sido citados textos como “El Federalista” (1788) o “El espíritu de las leyes” (1748). 

El lunes, en el debate del tercer informe de la comisión de Principios constitucionales, Tammy Pustilnick (INN) destacó la importancia del derecho a una vida libre de la violencia de género, ya que “por años se nos dijo que la violencia que sufríamos dentro del hogar era un asunto donde el Estado no podía ni debía intervenir (...). No por nada, Miguel Lorente escribe hace más de 20 años ‘Mi marido me pega lo normal’”. Para Pustilnick hay al menos dos obras “que han influido en mi percepción, comprensión de la vida y me han guiado en el trabajo profesional: ‘El segundo sexo’, de Simone de Beauvoir, y ‘Una habitación propia’, de Virginia Woolf. Ambos recogen de una significativa e intensa forma la importancia del rol de la mujer y su independencia, sentando las bases del feminismo y la erradicación de los estereotipos de género”, explica. En cuanto al debate de Sistema político, Hernán Larraín (Independientes-RN-Evópoli), miembro de esa comisión, destaca que “para un primer acercamiento”, algunas obras que ha consultado son “Cinco repúblicas y una tradición”, de Pablo Ruiz-Tagle; “Diez miradas sobre el sistema de gobierno”, que recopila conversaciones realizadas por diversos centros de estudios en el CEP durante 2021, y “El costo de los derechos. Por qué la libertad depende de los impuestos”, de Stephen Holmes y Cass Sunstein. Guillermo Namor (INN), de la misma comisión, acude a “Por qué fracasan los países”, de Daron Acemoglu y James A. Robinson, e “Ingeniería constitucional comparada”, de Giovanni Sartori. El primero, dice, “da una perspectiva histórica sobre la importancia de los procesos de construcción, del contrato social, de tener instituciones sólidas, y desconcentrar el poder político y económico”, y el segundo sirve para la construcción de un sistema político “observando de forma comparada la experiencia internacional”. 

Elisa Loncon (mapuche) enumera la plurinacionalidad, el lenguaje, el feminismo y la modernidad como los temas de los libros que ha estudiado para la Convención, en autores como Rita Segato, Salvador Millaleo y Enrique Dussel. También recurre a un trabajo que realizó junto a Francesco Chiodi, “Por una nueva política del lenguaje”. Algo similar señala Constanza Hube (Unidos por Chile), quien relee “La Constitución en disputa”, en la cual aportó con un ensayo. Los estilos son varios: a Malucha Pinto (Colectivo Socialista) la inspira “Recado confidencial a los chilenos”, del poeta Elicura Chihuailaf; Carolina Videla (PC) señala que el texto “Rompiendo el cerco: el movimiento de pobladores contra la dictadura” sirve para entender la importancia de la demanda por el derecho a una vivienda digna; mientras que Cristóbal Andrade (independiente) tiene a la Biblia como libro de cabecera para enfrentar el proceso, aclara.







19 abr 2022

Hannah Arendt y los problemas del constitucionalismo americano

 


 Publicado hoy en LN, acá: https://www.lanacion.com.ar/opinion/arrancar-de-raiz-las-estructuras-que-aparecen-dispuestas-a-arrasar-con-todo-nid19042022/

 

Hannah Arendt y los problemas del constitucionalismo americano. En su importante libro Sobre la Revolución, publicado en 1963, Hannah Arendt reafirmó su admiración hacia el modelo constitucional de los Estados Unidos -un modelo que, en buena medida, se reproduciría luego en toda América Latina. En dicha obra, Arendt consideró al constitucionalismo norteamericano como más atrayente y efectivo que el derivado de la otra gran “revolución” del siglo 18, esto es decir, de la Revolución Francesa. Lo cierto es, sin embargo, que dicho encantamiento hacia Estados Unidos y su Constitución no habría de durarle toda la vida, aún cuando sigue asociándose a Arendt, entre otras cosas, con una encendida defensa del modelo americano. De hecho, y como pensadora “libre” y autocrítica que siempre fue, Arendt se desdijo de algunos de los juicios más categóricos que había escrito al respecto, en Sobre la Revolución, apenas 10 años después. Ello así, luego de la conmoción que le causara el desarrollo de la causa de Watergate. En una conocida e interesantísima entrevista que le hiciera Roger Ferrara, en 1973, en Nueva York, Arendt habló entonces de lo que consideraba la primera “crisis constitucional” grave que reconocía en los Estados Unidos, y relacionó a la misma con un “choque frontal entre los poderes legislativo y ejecutivo”. Fue entonces cuando admitió -contradiciendo a sus posturas previas en la materia- que “la propia Constitución” era, “de algún modo, culpable” de lo que había ocurrido. Si podía llegarse a tal conclusión -continuó Arendt- ello era porque los autores de la Constitución norteamericana no habían contemplado “en modo alguno la posibilidad de que surgiera una tiranía a partir del poder ejecutivo”, cuando -en verdad - el riesgo de un gobierno tiránico se derivaba “naturalmente” y “con más frecuencia” de los excesos del poder concentrado en el ejecutivo. En efecto, preocupado por resguardar los “derechos de las minorías” frente a los potenciales abusos de la “mayoría,” el sistema constitucional norteamericano se había blindado bien ante las potenciales arbitrariedades del legislativo, pero había hecho poco por aventar los riesgos propios de la concentración del poder en manos de una elite. Contra esta última realidad, Arendt se pronunció entonces (como ya lo había hecho otras veces) en favor de un “debate público” robusto (para “todos los asuntos que no admiten un cálculo seguro”), y por una organización del poder diferente, capaz de mantener al poder más “al ras de la tierra”, y en línea con el viejo adagio de potestas in popolo.

Los problemas del constitucionalismo, en la actualidad. Medio siglo después de aquella auto-crítica de Arendt, el problema descripto, vinculado con los riesgos generados por el poder concentrado, sigue mostrándose tan actual como entonces. Ello así, con algunas diferencias relevantes, que convierten a la situación presente en más preocupante que a la del pasado. En primer lugar, en todas partes -y de manera especial en América Latina- vemos la consolidación de aquel temido escenario de poder concentrado en unos pocos, y ciudadanos constitucionalmente “maniatados” (esto es decir, ciudadanos con enormes dificultades para actuar, responsabilizar y decidir institucionalmente). Por lo demás, la “consolidación” de esa situación institucional implica también -y sobre todo- que los protagonistas de la misma han aprendido a utilizar las herramientas de que disponen (formales e informales; vinculadas con el uso de la coerción y derivadas del uso del dinero) para mantener y expandir sus propios privilegios. Lo que es peor, hoy nos cuesta muchísimo reconocer que una parte no menor del problema en juego la tiene “la propia Constitución” y, en general, nuestro sistema de organización institucional. Frente a cada crisis, entonces, prestamos atención -con razón- a la economía, al tejido social deshecho, a una dirigencia política auto-interesada y de miras cortas, pero descuidamos toda consideración sobre el entramado institucional. Todo lo relacionado con esto último nos resulta complejo, y por lo tanto ajeno, y por ello -finalmente- irrelevante: pura “jactancia de los intelectuales”. Arendt entendía bien que este razonamiento era erróneo: los arreglos institucionales (o, más precisamente, ciertos arreglos institucionales) resultan fundamentales para la preservación de derechos y libertades. No se trata de “meros lujos” propios de países ricos.

Potestas sine populo, en la Argentina. Para tornar las cosas aún más complicadas, en países como la Argentina, cada vez que alguien invoca o promueve una reforma constitucional sobre su parte “orgánica” -sobre su “sala de máquinas”- lo hace a partir de las malas razones, o a través de los malos medios. Es cierto, por ejemplo -y como sostenía Arendt- que la Constitución debe trabajar, de manera muy especial, para asegurar la protección de los derechos individuales; como es cierto que -por lo mismo- deben ponerse límites institucionales a los posibles “excesos mayoritarios.” Sin embargo, es un gravísimo error pensar que los derechos individuales resultan primariamente amenazados o recurrentemente violados por el poder de las “mayorías”, y no por el poder concentrado. A consecuencia de este grave error de diagnóstico, nuestras Constituciones se muestran -aun hoy- muy resistentes ante la formación y expresión de la voluntad ciudadana, pero a la vez totalmente permeables frente a los abusos del poder concentrado: como si el problema (de la violación de derechos) sólo pudiera originarse en la ciudadanía. El resultado: “manos atadas” para la ciudadanía (que carece de herramientas institucionales para controlar efectivamente al poder, o para discutir y decidir por sí misma sobre los asuntos públicos que más le importan), y “manos libres” para la elite en el poder (que puede pactar con sus pares una expansión de sus privilegios -sueldos extraordinarios, aumentos salariales de excepción, no-pago de ganancias- y transferir alegremente los costos de tales decisiones sobre todo el resto).

Peor todavía: reconociendo la presencia -“en el aire”- de variadas y repetidas demandas de cambio institucional en una dirección más “democrática” (reformas más sensibles a los reclamos ciudadanos), muchos miembros de la elite de gobierno promueven cambios en beneficio propio, aunque invocando, por supuesto, el objetivo último de la “democratización” del poder. Algunas de las facciones políticas hoy prevalecientes, terminaron por especializarse en esa falsía de “medios viles en nombre de fines nobles”. Conocimos entonces proyectos para “democratizar la justicia”, “democratizar el Consejo de la Magistratura”, “democratizar el Ministerio Público”, destinados siempre al mismo fin: reforzar el propio poder, incrementando la propia capacidad de control sobre el órgano “reformado”. Eso sí, siempre en nombre de la democracia y del pueblo.

Lamentablemente, el problema es de larga data, y no se limita tampoco a un solo grupo político. La propia reforma constitucional del 94 mezcló impulsos “viles” (i.e., la reelección presidencial) con iniciativas valiosas y “nobles” (i.e., modernizar la declaración de derechos). Sin embargo, en todos los casos, predominó una idea “vieja” del constitucionalismo, que confundía “democratización” con “politización”, y colapsaba la idea de “lo político” en la noción de “partidos políticos.” La peor ilustración en la materia es la que nos brinda hoy un joven y decadente “Consejo de la Magistratura”. Incorporado en la Constitución Argentina a partir de la reforma del 94, el Consejo tuvo como uno de sus fines más importantes el de dotar de mayor transparencia y vitalidad democrática al Poder Judicial, pero lo hizo -esperable y lamentablemente- favoreciendo una mayor injerencia de la política partidaria en los asuntos de la justicia. Otra vez: demasiado lejos de cualquier idea aceptable de “democratización”. El resultado es el que vemos hoy: las desagradables disputas y contubernios que años atrás tenían lugar en el Senado, a puertas cerradas, hoy se reproducen a puertas abiertas, en modos todavía más degradados. En nombre del pueblo, la vieja política sólo busca asegurar nombramientos que le garanticen favores, o presionar sobre jueces ya designados, hoy a cargo de causas sensibles: impunidad y auto-protección por encima de todo.

Frente a la danza de la vergüenza en la que hoy aparece involucrada nuestra dirigencia, tal vez valga la pena retornar a Arendt para volver, con ella, a pensar en modificaciones institucionales capaces de lograr lo que las instituciones de hoy nos niegan: cambios que pongan el poder “a ras de la tierra,” cambios que arranquen de raíz a unas estructuras que aparecen dispuestas a arrasar con todo.

 

 

 


17 mar 2022

Ucrania y...para qué sirve la democracia?

 


(Publicado hoy, acá:https://www.clarin.com/opinion/cuestiones-cruciales-dejar-solo-manos-gobierno_0_DP8Gl6L1LZ.html )

La abominable guerra desatada por Rusia frente a Ucrania, nos ayuda e insta a pensar sobre una diversidad de temas, personales y políticos. Entre los últimos, que son los que aquí me interesa evaluar, los hay de los más diversos: cuestiones relacionadas con el papel que puede o debe jugar la fuerza, en el orden internacional; preguntas sobre el rol y sentido de la OTAN; críticas relacionadas con los alineamientos de Europa y América Latina frente a la encrucijada; temores sobre el riesgo que para todos representa la presencia de países con armamento nuclear, o la existencia de centrales nucleares poco controladas, etc. En lo que sigue, de todos modos, no me referiré a cuestiones semejantes, sino que me centraré en un tema algo diferente y más específico, referido al estado de nuestras democracias. Más precisamente: qué cosas nos fuerza a pensar la tragedia bélica que hoy atraviesa a la humanidad, en cuanto a nuestra forma democrática de gobierno? La reflexión podría estar dirigida a países diferentes del nuestro, pero aquí, por razones obvias, me concentraré en un análisis sobre la situación argentina.

El cuestionamiento que propongo tiene su centro en la presentación que hiciera el Presidente argentino durante la apertura de sesiones, en el Congreso, pero se remonta a varios días antes (desde que se desatara la guerra), y se extiende hasta varios días después de aquel discurso (hasta estos mismos días). La cuestión sobre la que propongo reflexionar comienza con los hechos siguientes. Durante el discurso de apertura del 1º de Marzo, muchos ciudadanos esperamos con expectativas y algo de temor las palabras presidenciales: Confirmaría entonces el Presidente la postura de la Argentina frente la guerra? De qué modo se posicionaría ahora el Ejecutivo argentino, cuando apenas 20 días antes del comienzo de la guerra, había encabezado, con el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, una (innecesaria, embelesada y obsecuente) visita a la Rusia de Putin? Será que la Argentina quedará, nuevamente, del lado del “eje del mal” -otra vez, como en los tiempos de la Segunda Guerra? 

Adviértase lo siguiente (que puede entenderse mejor teniendo en mente el ejemplo citado, y lo sucedido durante los años 40): la decisión sobre el “posicionamiento argentino” tiene (como tuvo y tendrá) consecuencias extraordinarias sobre la vida y la economía de cada uno de los habitantes del país. Dependiendo de la posición que el gobierno adopte, el país podrá ser “recompensado” o “castigado” económicamente, en los años sucesivos. Pero -en mi opinión, de modo más relevante- la postura que asuma la Argentina también nos acarreará elogios o sanciones “morales”, e implicará pronunciamientos públicos que podrán enorgullecernos o avergonzarnos por los tiempos que sigan (como todavía nos avergüenza la simpatía demostrada por el peronismo hacia las “potencias del Eje” -su embelesada y obsecuente germanofilia- durante los inicios de la Segunda Guerra Mundial).

Por lo dicho, interesa formular preguntas como las siguientes: Qué dicen, hechos semejantes, sobre el estado de nuestra democracia? Qué dice el hecho de que (todavía hoy) debamos estar expectantes y temerosos, esperando que el Presidente -por favor- no ratifique su alianza con Putin? Qué dice el hecho de que todavía hoy, ciudadanos informados, no podamos entender cuál es la posición que la Cancillería argentina (y sus empleados -nuestros empleados) toma(n) en la materia? Qué dice el hecho de que muchos estemos rogando que no prevalezca -particularmente en materia internacional- la posición de la Vicepresidenta, quien mostrara en estos años alineamientos simplemente aberrantes, que fueron de Gadafi a Maduro, y de Ortega a Putin? (quedará para otra oportunidad la reflexión sobre “el deber de lealtad que corresponde a los Vicepresidentes,” sobre el cual, durante los años de Julio Cobos, teorizaron con bruta contundencia, analistas y periodistas políticos que hoy no saben dónde ocultar sus antiguos dichos). Lo que tales hechos ratifican, ante todo, es algo muy grave, en términos constitucionales: vivimos en un sistema democrático que, simple y directamente, nos ignora o excluye. Vivimos en el marco de un sistema institucional que permite que nuestras autoridades tomen las decisiones más importantes y extremas -las que van a marcar nuestros destinos, el de nuestros padres e hijos, durante los años por venir- sin consultarnos en absoluto, sin tomar en cuenta nuestra voz: desconociendo por completo nuestra presencia. Como si no existiéramos; como si la ciudadanía agotara su función luego de haber depositado su voto; como si los asuntos más importantes de la vida pública fueran “cosa de ellos” (de las elites dirigentes); como si los asuntos internacionales fueran demasiado complejos para “nosotros” (y por tanto debieran quedar exclusivamente en manos de “ellos,” los que sí entienden); como si la democracia no requiriera (no exigiera) de nuestra permanente y activa tarea de participación y control.

Para que se entienda bien lo que aquí se sugiere. La “moraleja” de este escrito no se limita a señalar (algo así como) que “la próxima vez que Rusia invada a un país vecino, por favor, tomen en cuenta lo que la ciudadanía piensa.” Lo que he querido señalar es otra cosa, mucho más exigente, contundente y abarcativa que la señalada. Me interesó decir que la democracia no es esto, ni merece ser nunca reducida a esto: un gobierno ejercido en nombre del pueblo, para pocos, y sin el pueblo. 





21 feb 2022

Lecture de Steven Levitsky

 

2021-2022 Jorde Symposium Lecture by Professor Steven Levitsky

  • Monday, February 21, 2022 at 4:00PM - 5:30PM
  • Online
  • Open To The Yale Community
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Description

Title: “The Third Founding: The Rise of Multiracial Democracy and the Authoritarian Reaction Against It.”

Organizado por la Escuela de Derecho de la Universidad de Yale, fue hoy este evento: Grande Steve!

Distinguished lecturer: Steven Levitsky, Professor of Government, Harvard University

Commentators: Roberto Gargarella, Senior Researcher, National Research Council, CONICET, Argentina; Richard Pildes, Sudler Family Professor of Constitutional Law, NYU School of Law

Description: Professor Levitsky's lecture will reflect on the rise of multiracial democracy in the United States and the authoritarian reaction against it, calling for a set of constitutional and electoral reforms to “democratize our democracy” and prevent entrenched rule by the minority.

Sponsoring Organization(s)

Brennan Center Center for Justice, California Law Review, Berkeley Law

1 feb 2022

Algunas reflexiones sobre la "marcha contra la Corte"

 


Algunas reflexiones -críticas y autocríticas- sobre la marcha convocada para hoy en Tribunales.

*1) Contra quienes la promueven. No voy a participar en la marcha “contra la justicia,” en primer lugar, porque tomo en cuenta quiénes son quienes la promueven. La marcha aparece impulsada por el “Instituto Patria”, y personas allegadas a dicho instituto, esto es decir, por algunas de las más encumbradas figuras políticas del país (incluyendo a la ex Presidenta y su ex Vice Presidente), involucradas en gravísimos casos de corrupción. No participo, entonces, porque la marcha tiene entre sus motores motivacionales más importantes, la impunidad de (algunas de) las personas más poderosas del país cuando, en lo personal, y como tantos, desde hace años reclamo por lo contrario: pretendo que se llame a rendir cuentas y que se haga responsables a quienes se han enriquecido a través del uso indebido del aparato del estado.

*2) Contra las principales razones de la marcha. La segunda explicación de por qué no iré a la marcha (y por qué la rechazo) tiene que ver con las razones que se invocan en su defensa, y en particular las dos primeras que se suelen mencionar: “echar a la Corte,” y “terminar con el lawfare” (una tercera razón sería la “democratización de la justicia”, sobre la que volveré luego). La propuesta de “echar a la Corte”, más que anti-republicana, resulta boba o hipócrita, y la de “terminar con el lawfare” parece gravemente equivocada, o simplemente cínica. “Echar a la Corte” es una propuesta “boba” porque, si se cambia a todos los actuales integrantes de la Corte, manteniendo intacta a la estructura en la que tales funcionarios se desempeñan, se asegura la reproducción del mismo problema que se denuncia. Y es una propuesta hipócrita, en la medida en que dicho reclamo deja entrever lo que se sugería en 1, esto es, que la principal motivación, para muchos de sus promotores, es la de cambiar “jueces molestos” por “jueces propios.” La propuesta de “terminar con el lawfare,” mientras tanto, parece “gravemente equivocada” por “mirar con un solo ojo” a un problema que es histórico en Latinoamérica. Me refiero a la dependencia política de la justicia que genera un sistema de poder concentrado en el Ejecutivo. Allí es cuando la idea de “lawfare” puede resultar, simplemente, cínica: cuando la preocupación efectiva no es la de que la justicia carezca de independencia, sino -en verdad- que la justicia no dependa de los “propios” (como en la idea de “el lawfare es el otro” o “el lawfare como persecución que lleva adelante mi adversario, pero no yo mismo, cuando estoy en la cumbre del poder”).

*3) “Sí” a la democratización de la justicia (y, por tanto, “no” a lo que hoy se reclama, en nombre de la democratización). Desde mediados de los años 80, en que empecé a trabajar con Carlos Nino, abogo por la “democratización de la justicia” (de eso trató mi tesis doctoral, finalmente). Por supuesto, la cuestión no es obvia, como no es fácil determinar qué implica democratizar la justicia. Por el momento, diría que no se trata de una cuestión de “esencias” o de “naturaleza jurídica” (“qué es ‘verdaderamente’ democratizar la justicia”): todo dependerá de lo justificado o no que se muestre lo que propongamos o digamos en relación con la idea de “democratizar”. Al respecto, tengo mis propias ideas, pero por ahora no necesito enunciarlas: debe bastar, por el momento, con mucho menos. Entiendo que tanto nuestra “política” como nuestra “justicia” deben democratizarse, en el sentido de (al menos) ser más sensibles a las necesidades y demandas de la sociedad. Y creo que hay muchas maneras razonables (algunas más atractivas, otras menos) de democratizar al poder: fortaleciendo los controles ciudadanos sobre los funcionarios públicos; transparentando y “abriendo” los modos de selección de magistrados (al estilo del decreto 222); creando más foros públicos de debate colectivo; fomentando las asambleas ciudadanas; etc. Lo que me parece claro es que las propuestas que hoy se hacen en favor de la “democratización” de la justicia son, una vez más, una fachada destinada a conseguir exactamente lo contrario de lo que se enuncia (como lo fuera, en su momento, el proyecto de “democratización de la justicia”). Luego, aparecen otras propuestas de reforma judicial -impulsadas por otras figuras promotoras de la marcha- pero que resultan inatractivas, limitadísimas (sino, directamente conservadoras) en su alcance, y de ningún modo interesantes en términos de democratizar la justicia. Pienso, por ejemplo, en las propuestas que hiciera Zaffaroni, acá  https://lateclaenerevista.com/por-que-no-pensar-el-poder-judicial-por-e-raul-zaffaroni/, propuestas a las que ya me ocupara de criticar acá: https://www.clarin.com/opinion/marcha-corte-democratizacion-justicia_0_guwv6BXeZf.html (o, para quienes no acceden, acá: http://seminariogargarella.blogspot.com/2022/01/marcha-contra-la-corte-por-la.html ).

*4) El derecho también se hace “en las calles”. Habiendo dejado en claro las razones de mi rechazo a la marcha de hoy, quisiera agregar algunas aclaraciones “necesarias”, porque la cuestión que aparece hoy en juego nos invita a reflexionar sobre el modo en que, colectivamente, entendemos al derecho. Ahí, me parece, se advierte una (otra) ruptura preocupante, entre quienes asumen que vivimos en una democracia representativa estilo siglo xix, en donde cualquier reclamo contra las autoridades podía ser considerado como “sedicioso” (invocando en su respaldo el art. 22 CN); y quienes pensamos que (como decía Robert Cover) el derecho se nutre (y debe nutrirse) de modo (en absoluto único, pero sí) fundamental, a partir de lo que sucede en las calles y por tanto, a través de un “diálogo” (formal e informal, ordenado y disruptivo, institucional y extrainstitucional) con la ciudadanía (consideraciones éstas que también tienen un amplio respaldo constitucional, en el derecho a expresarse, en el derecho de reclamar a las autoridades, en el derecho a intervenir en política, y en los amplios compromisos asumidos por la Constitución del 94 con formas más directas de democracia). Si algo nos enseñaron (o debieron habernos enseñado) las marchas contra la guerra y los reclutamientos forzados; o las demostraciones encabezadas por Martin Luther King en favor de los derechos de las minorías raciales; o las décadas de movilización de grupos feministas; o las marchas contra la impunidad y por los derechos humanos, en América Latina, es que, para mejorar, el derecho necesita (y necesita aprender) de tales reclamos “en las calles”. Forman parte de la “salud” del derecho (de lo que lo mantiene, en el mejor sentido, “vivo”) y no de su “enfermedad” (no son su “patología”).

*5) Protestar contra las autoridades no es “golpismo”. En base a las razones señaladas en 4, y siendo un académico y jurista que repudia la marcha de hoy, rechazo también algunas de las principales razones que ofrecen otros críticos de la marcha, en oposición a ella. Enfatizo esto, una vez más porque, más allá de la coyuntura (la burda lucha del kirchnerismo por la impunidad de los poderosos “amigos”), está en juego algo importante y de más profundo calado. Otra vez: se trata de cómo entendemos el derecho, en particular, y la vida pública, en general. En este sentido, diría que siempre, pero muy en particular en momentos de “crisis democrática” como el actual, es muy importante que se proteja y preste atención a los reclamos que haga la ciudadanía en contra de sus autoridades. Quiero decir: en este tiempo, más que nunca, es muy importante que cuidemos el derecho a la protesta. Ello así, no porque necesariamente los que protestan “tengan razón” o “toda la razón”: pueden tenerla o no. O puede ocurrir, aún, y como diría John Stuart Mill, que quienes protestan tengan razón a veces, y sólo en una pequeña parte. Eso sólo (esa sola porción de razón, en manos de quienes no piensan como nosotros), ya nos daría razones para escucharles (Mill iba todavía más lejos, y decía que aún quienes se equivocan “por completo” merecen ser escuchados y protegidos, porque es importante que nos obliguen a dar fundamentos de lo que sostenemos, en lugar de permitirnos que sigamos sosteniendo lo que sostenemos, sólo por inercia).

Por lo dicho es que no estoy nada de acuerdo con las autoridades del principal grupo de oposición (Cambiemos), cuando dice de la marcha que “no solo es ir en contra de lo que la Constitución establece, sino que se trata lisa y llanamente de una actitud golpista, como lo sería pretender la renuncia del Presidente o de un miembro del Congreso por fuera de los mecanismos que establece la Constitución" (https://www.clarin.com/politica/documeto-juntos-cambio-marcha-corte-trata-lisa-llanamente-actitud-golpista-_0_kJ7LzfR1NP.html ). Estoy en desacuerdo, por lo dicho más arriba: es muy importante que la ciudadanía se exprese, a favor o en contra de sus autoridades -cualquiera de ellas, y en particular las más relevantes. Marchar, además, no implica “remover” a nadie de modo inconstitucional. Inconstitucional sería si los funcionarios del caso fueran removidos por medios no constitucionales, pero no es el caso (los medios que se utilizan para protestar son constitucionales, y nadie va a ser removido porque se produzcan una o cien marchas, a través de esas mismas marchas).

De manera similar, y contra lo que dicen algunos, resulta saludable que la ciudadanía se exprese a favor o en contra de ciertas decisiones judiciales, sin que debamos replicar, en contra de tales manifestaciones, que se trata de intentos de presión inadmisibles (ver, por ejemplo, el documento firmado por varios profesores de la Facultad de Derecho, acá: https://www.memo.com.ar/opinion/marcha-echar-corte-nacion-repudio/#:~:text=Los%20firmantes%2C%20profesores%20de%20derecho,de%20Justicia%20de%20la%20Naci%C3%B3n, o también hoy, en La Nación: https://www.lanacion.com.ar/opinion/golpismo-siglo-xxi-nid01022022/ Se trata, más bien, de formas cívicamente saludables, e irreprochablemente constitucionales, de intervenir en la construcción de las decisiones comunes.

Finalmente, y por todo lo dicho, me resulta completamente desmedido hablar de “golpismo”, para casos como el de hoy: necesitamos ir “paso a paso”, como decía el filósofo. Por un lado, no tiene sentido calificar de “golpista” a toda actitud o decisión que no compartamos. Por otro lado, no tiene sentido recurrir a categorías tales (y tan exageradas), cuando lo que está en juego es un razonable desacuerdo sobre la orientación que deben tomar nuestras políticas públicas; y -más todavía- cuando los medios que se emplean no son impermisibles constitucionalmente (prueba de ello es que a nadie se le ocurre prohibir o pedir que se prohíba una manifestación como la que hoy se llevará a cabo).

*6) Leer lo que dicen nuestros adversarios sin ingenuidad y “a su mejor luz”. Termino esta revisión con un par de precisiones sobre lo dicho hasta aquí. Propongo “leer” los reclamos que hoy se hacen, “a su mejor luz,” pero a la vez sin ingenuidad, y con conciencia histórica acerca de “de dónde venimos” y “con quiénes lidiamos”. Entiendo que, entre los convocantes a la marcha, se encuentran muchos de los peores ejemplares de nuestra clase política, procesados con justa causa, y causantes de algunos de los peores males que hoy padecemos (entre ellos, la agravada desigualdad en la que vivimos, desde el 2005/6). Por ello es que (como lo dije y reiteré) no participaré de ella, y por eso mismo me opongo a los motivos que sus defensores enuncian. Lo anterior, de todos modos, no implica negar que pueden extraerse, de entre los varios reclamos que hoy se presentan, demandas razonables. Así, sobre todo, cuando miramos esos reclamos a “su mejor luz.” Por ejemplo, todos estamos de acuerdo en que la justicia funciona mal, es lenta, o es demasiado sensible al poder. Muchos reconocemos también que, en un sentido importante (que no es el invocado por “los procesados”) la justicia merece ser “democratizada.” Defendemos, además, el derecho a protestar y reclamar “en las calles” ante nuestras autoridades, aún las judiciales, sin que tales manifestaciones merezcan la calificación de “golpistas”.

Todo lo dicho hasta aquí, finalmente, no implica aceptar “cualquier” razón que se invoque, en una protesta, ni cerrar los ojos a la mala fe que pueda mover a algunos o muchos de sus convocantes, ni desconocer las motivaciones “políticas”, y aún “político-partidarias” que, por definición, tiene y tendrá cualquier marcha “política” o “político-partidaria”.