10 oct. 2021

Laarga entrevista en Perfil (gracias!)



https://www.perfil.com/noticias/periodismopuro/roberto-gargarellacomo-abogado-he-visto-a-alberto-fernandez-haciendo-lobby-por-cristobal-lopez-y-otros-grupos-economicos.phtml?fbclid=IwAR0Q4JAlXTZVxKpu5j3wpiOFehGl2xDUI-DJkvSqoANMWv4GfQGfGbJXlPY


Tiene credenciales académicas sobradas y una independencia de espíritu aptos para el debate. Ese punto de vista le permite establecer una taxonomía de quiénes son los responsables de la Justicia en el país: los abogados que también son Presidente y vicepresidenta, los diferentes ministros del área, los responsables de la Corte, los miembros de Comodoro Py. Considera que la conversación pública y el empoderamiento de la sociedad darán un salto de calidad en materia de derechos.


Roberto Gargarella. | 

Jorge Fontevecchia

Jorge Fontevecchia

Cofundador de Editorial Perfil - CEO de Perfil Network.

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—En tu blog, Seminario Gargarella, escribiste acerca de la implosión que produjeron las PASO en el Gobierno. Describiste tres datos que marcan la coyuntura: “La irracionalidad en el Gobierno, la apuesta por revivir el pasado y la disposición destructiva o suicida de la ex presidenta y su círculo más estrecho en particular, digamos por ahora La Cámpora”. ¿Lo racional sería el derecho? 


—Hay prácticas muy racionales dentro de un sistema institucional que tampoco ayudan a la cooperación, la racionalidad, el diálogo. Un sistema institucional podría dar incentivos para la cooperación, conversar colectivamente, hacer acuerdos. También puede generar dinámicas destructivas. En los años 80 era muy común en la ciencia política argentina y mundial la idea de que nuestro tipo de presidencialismo generaba dinámicas de suma cero.


—¿También el empate hegemónico? 


—Es un lío sociológico importante, pero intentaba referenciarlo a dinámicas empujadas por el propio sistema institucional. 


“Hay una cuestión estructural que promueve acciones irracionales.”


—¿Por el presidencialismo? 


—El hiperpresidencialismo no tiene válvula de escape. Además, los mandatos son fijos y no se puede hacer saltar la válvula del primer ministro en el medio. Es el típico caso de un sistema institucional que ayuda a la confrontación y no a la cooperación. 


—¿El derecho es un reaseguro de racionalidad frente a la irracionalidad de la política?


—Afirmarlo supondría que el derecho tiene un contenido fijo. El contenido del derecho se lo damos nosotros, los humanos, los miembros de la sociedad.


—O sea que podría haber un derecho irracional.


—Hay prácticas jurídicas en parte patológicas en Argentina, sin duda. 


—Escribiste que “la última y notable muestra de esa irracionalidad está en la respuesta política para responder a la derrota reciente. Recurrir a los socialmente defenestrados Aníbal Fernández, Juan Manzur o Daniel Filmus, dirigentes hoy repudiados por los demás, aun por los movimientos propios pro derechos, el feminismo gubernamental, los movimientos sociales, aliados, etcétera”. ¿Por qué hablás de “irracionalidad”?


—Me interesa separar los comportamientos corruptos e irracionales, que hay muchos, de las causas estructurales que los generan y las causas institucionales que los promueven. En muchas de mis intervenciones políticas, señalo que tal persona tiene un comportamiento corrupto o irracional. Es lo que sucedió en las PASO. Pero mi preocupación general de mediano y largo plazo es focalizar en los datos institucionales estructurales que promueven irracionalidades. Además de ello, percibo irracionalidad en la coyuntura.


 


—¿Esa irracionalidad deviene del tipo de relación entre la vicepresidenta y el Presidente o de la irracionalidad personal de alguno de los dos?


—En parte es un producto endógeno del tipo de proceso de toma de decisiones que crearon. Menem se caracterizaba por decidir rápido, en secreto o velozmente. La característica era tomar decisiones de mucho riesgo, la posibilidad de irse de pista rápidamente. Aquí tenemos otro tipo, marcado por la irracionalidad. No hay conversación con asesores, encuentros de ministros ni diálogo sistemático con la oposición. Así se decide con la lógica de un incendio, en cinco segundos.


—Alejandro Horowicz, en un reportaje de esta serie, describió la dinámica del poder actual como inmovilista, un dispositivo cuyo resultado es la inmovilidad. 


—Existe ese tipo de mecanismos, dado que hay muchos sectores que presionan sobre la coalición de gobierno, todos con capacidad de impedir. Y ninguno tiene la capacidad de imponerse sobre los demás. En ese bloqueo permanente, y en esa falta de puntos de encuentro, de asesores, de reuniones, de encuentro con la oposición, hay decisiones improvisadas a lo loco con el impulso del último minuto. Por eso, se los ve corriendo a tontas y a locas, con independencia de que la decisión la tome Juan P o Cristina X.


—¿Es algo sistémico?


—Sí. Pero el tipo de vínculo que generaron lo empeora y acentúa la irracionalidad. 


—Daniel Artana dijo que entre los profesionales de economía existían diferencias en el pasado, ortodoxia, heterodoxia, sobre nivel de grado de intervención que tenían que tener el Estado y el mercado, pero que a partir del Instituto Patria esas diferencias desaparecieron y todos estaban de acuerdo en criticarlo. ¿Sucede lo mismo en el campo del derecho?


—Eso quizá sea darle más relevancia al Instituto Patria de la que tiene.


—Actúa como significante.


—Tomo un ejemplo relevante: el de Raúl Zaffaroni. Hizo sin dudas contribuciones importantísimas para el derecho en América Latina en los últimos cincuenta años. Pero hace décadas que viene insistiendo sobre ideas que muestran una inercia y falta de lectura crítica asombrosas. Tiende a ser muy dañino, porque lo hace desde posiciones de poder.


“En la Argentina hay prácticas jurídicas patológicas.”


—¿Tiene que ver con una obsolescencia natural? Angela Merkel, después de 16 años, decide retirarse aceptando el paso del tiempo. La perpetuación de las mismas personas lleva naturalmente a la obsolescencia. En management se dice que todo el mundo es ascendido al punto inmediato superior a su nivel de eficacia.


—Está bien la observación. Laclau y Zaffaroni son dos intelectuales referentes regionales de peso. Y aún en sus casos es esto. Zaffaroni toda la vida reflexionó a partir de la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto, el genocidio. Está muy bien como motivador de la reflexión. Pero hace cincuenta años. No puede ser que cada nuevo fenómeno sea analizado en esos términos. Matan mapuches y se habla de genocidio por goteo. Pero no todo es genocidio. Son referentes de hace muchos años. Pero no nos hablan de los problemas de hoy ni de ideales a los que uno puede aspirar.


—¿Existe una teoría del derecho de izquierda y otra de derecha?


—Sí. Porque el derecho no es un fenómeno objetivo. Es una construcción en un sentido no meramente sociológico. 


—El consenso implica una subjetividad racional compartida.


—Sí, pero yo pienso en formas de consenso críticas. Una reflexión crítica sobre las prácticas que tenemos y las reglas con las que ordenamos nuestra vida en común. Las reglas pueden reforzar los peores rasgos de nuestras prácticas asentadas o pueden ayudarnos a cambiarlas críticamente. El gran ejemplo en la historia argentina que me lleva a ponerme de pie y emocionarme es el juicio a las juntas. Es un modo de operar el derecho que mostró de manera gloriosa, lo digo y me emociono, que es que la sociedad podía poner en el banquillo de los acusados a las personas que habían sido las más poderosas del país y que se podía hacer eso de un modo civilizado, respetuoso y de acuerdo con principios. Es una cosa única en la historia argentina y mundial. Muestra que el derecho puede servir no para reforzar los peores y más conservadores rasgos, sino para revisar críticamente lo que hicimos mal y caminar hacia adelante.


—¿Es un abuso decir que así como hay derecho de izquierda y de derecha, también hay derecho kirchnerista y macrista? 


—No es un abuso. Se puede hacer derecho para la igualdad y la justicia social o para la preservación de desigualdades e injusticias. Hay un derecho que puede servir a la igualdad, y en ese sentido podría ser de izquierda, y un derecho que sirve para la reafirmación de los privilegios de los poderosos. 


—¿Cómo describirías el pensamiento jurídico de tu colega como profesor de la UBA, del actual presidente Alberto Fernández?


—Me parecen asombrosos sus acercamientos al derecho por el nivel de descalabro. Pero luego, en su práctica de abogado, en el mismo momento de la carrera presidencial, además muy preocupante. Lo vi y lo supe haciendo lobby en los pasillos de la Corte Suprema para Cristóbal López u otro grupo. Es el tipo de ejercicio de la profesión que me genera reacciones viscerales. Alguien tendrá que hacerlo, pero qué pena que esa persona llegue a presidente, que llega vinculado a la preservación de privilegios y la defensa de crímenes comprobados de personajes del poder. Me resulta inconcebible su papel como abogado y sus expresiones sobre el contenido del derecho.


—¿Cuál es tu opinión sobre los últimos ministros de Justicia: Germán Garavano, Marcela Losardo y Martín Soria?


—Con Germán Garavano tuve una disputa pública personal fea. Miramos el derecho en lugares muy distintos y tuve esa polémica pública, un poco a disgusto de mi parte. Preferiría no opinar, pero no tengo buena opinión.


—Quiero leerte una opinión tuya respecto de la decisión de la Ciudad de Buenos Aires de modificar algunas causas que pasen por el Tribunal Superior de Justicia, vos escribiste en tu blog: “Sin embargo, y pese a todo lo anterior, entiendo que la Legislatura porteña no podía decidir lo que decidió del modo en que lo decidió y consideró que las faltas procedimentales en las que incurrió disparan una sospecha severa que afecta a la presunción de constitucionalidad o validez que, de otro modo, podría merecer la ley, como cualquier ley democrática. Las fallas procedimentales a las que me refiero abonan una presunción contraria a la deseada, una presunción de invalidez, y sugieren, mientras no haya demostración de lo contrario, que la decisión se tomó para promover intereses privados en lugar de intereses públicos, aquí las críticas que recibe la ley como dirigida a favorecer a la familia de Macri en la causa del Correo ganan verosimilitud, sean finalmente veraces o no”.


—Hice mi doctorado en Estados Unidos con un profesor que fue asesor de Obama, que vino a Argentina en algún momento, que era Cass Sunstein, que escribió estos libros sobre el empujón. En su primera época, en la que yo lo quería más, hizo una serie de trabajos sobre el derecho y el interés público y lo que digo ahí sobre la Ciudad es en realidad un reflejo de una mirada teórica sobre el derecho y la acción de los jueces que tiene Sunstein. Alude a una teoría sobre cómo pensar el control de constitucionalidad. Se aumenta la presunción de sospecha de invalidez en la medida en que se hayan dado menos razones para la ley, en que se haya hecho más a las apuradas. Son todas presunciones rebatibles, pero en la medida en que no se rebatan, si se ve una ley a las apuradas que ingresó de modo subrepticio, que no fue discutida públicamente, que se la saca a las corridas, son datos que disparan una sospecha y aumentan la presunción de inconstitucionalidad. El teórico le dice al funcionariado público: si quiere que le mantenga esta ley como válida, dígame de modo muy contundente cuáles son las razones públicas en las que se apoya. En principio, hay que verla como una forma de defender intereses.


“El voto es un puente paupérrimo entre representantes y ciudadanos.”


—Es conocida la expresión de la vicepresidenta de “república de morondanga”, más allá del origen que morondanga es “morondo” y se refiere a alguien pelado y sin cabello, y que uno podría hacer la asociación con el jefe de Gobierno de la Ciudad. ¿Coincidís, más allá de la palabra utilizada, con la opinión de Cristina Kirchner respecto a esta cuestión? 


—No coincido con ella creo que en nada. Pienso la reflexión pública y la acción política en base a principios. En ese sentido me considero muy rawlsiano. Vos lo leíste mucho. Es otra figura que me emociona. Piensan a partir de principios. Es lo contrario de lo que hace la ex presidenta, que es la acción de acuerdo a la conveniencia de hace cinco minutos. Entonces, lo contrario a la reflexión en base a principios. Esto es una nueva muestra, porque todas las iniciativas que estuvo impulsando en el Senado, y que muchas veces critiqué, eran reflejo exactamente de lo mismo. 


—¿Proyecta lo mismo que hace? 


—Es un gran ejemplo para dar en un curso de la acción que no se ajusta a principio.


—En tu blog escribiste: “El poder gana y se autoprotege mientras que la ciudadanía se pelea tratando de dilucidar qué facción o qué dirigente representa el bien y quién el mal en medio de una fiesta obscena”. ¿Este tipo de críticas al elitismo se podría enmarcar dentro de lo que Milei interpreta como la casta política? 


—Respondería con independencia del personaje citado porque no me interesa darle lugar a alguien irrelevante, más allá de que le pueda ir bien en las elecciones. Hay un problema que trasciende a los críticos y al uso de la idea de casta en España. Es un problema, como mínimo, occidental. Es el centro de mi último libro. Creamos un sistema basado en una idea de desconfianza democrática. Como un traje viejo, quedó muy chico. Hoy vivimos en sociedades que, para bien o para mal, se caracterizan por lo contrario, que es el empoderamiento democrático. Hay efervescencia y empoderamiento colectivo en términos democráticos. Nos quejamos, salimos a la calle, protestamos. En países como el nuestro, el sistema estuvo preparado para todo lo contrario. El desajuste existe. Por en España, Estados Unidos y Argentina, podemos mirar el sistema institucional y preguntarnos por qué están ahí. ¿Qué tienen que ver conmigo y por qué les tengo que estar pagando?


—En “El derecho como una conversación entre iguales” planteás qué hacer para que las democracias contemporáneas se abran por fin al diálogo ciudadano. ¿Cómo sería ese diálogo entre iguales?


—Es la pretensión de trabajar sobre un ideal regulativo. No se trata de sacarle una foto a la sociedad de hoy, sino de tener un punto de mira desde donde criticarla. La situación de la conversación entre iguales no existe hoy, pero es el ideal al que aspiro como demócrata. El solo enunciado tiene mucha potencia para pensar lo que tenemos. Lo que hoy se da es una concentración de poder. Los que deciden son muy pocos. Lo hacen no por razones públicas, sino en base a intereses privados. El único puente entre ciudadanos y representantes es el voto. Como puente, paupérrimo; lo digo con cuidado pero consciente del término.


—¿Es insuficiente? 


—Sí, pero mucho peor. Es insuficiente, entre otras cosas, porque no nos da palabras. Es como tirar una piedra contra la pared. Es lo que llamo la extorsión electoral. Por ejemplo, Chile discute la reforma constitucional. Cerrarán esa reforma con un plebiscito, como ocurrió en Ecuador o en Bolivia. Una Constitución, como posiblemente salga, tendrá unos trescientos artículos. Y lo resuelven con un plebiscito. Si estuviera en Chile, podría decir que me encanta que hayan incorporado derechos económicos sociales. Era el único país en América Latina que no los tenía. Fantástico. Pero la preservación de este sistema político de elite me parece un horror. El plebiscito pone la disyuntiva en sí o no. Es mucho peor que no permitir expresarse. Me obliga a comprometerme con lo que repudio de modo habitual para empujar aquello que defiendo.


—Tu libro comienza diciendo: “Escribo este trabajo en un momento político difícil (y en buena medida, a raíz de ello). Vivimos en la época de la Primavera Árabe; del ‘Que se vayan todos’ argentino; del ‘Occupy Wall Street’ en los Estados Unidos; del surgimiento de Syriza en Grecia y de Podemos en España; de las movilizaciones y protestas masivas contra las autoridades de turno en Cataluña o en Ecuador; de millones de personas en la calle pidiendo la renuncia del presidente Piñera en Chile”. ¿Estamos viviendo una situación terminal? 


—Es una situación extrema, inédita. No sabemos si estamos cerca del final, si se termina aquí o algo nuevo comienza. Pero sin duda es un punto muy extremo de una degradación que venía desde el origen. En toda América Latina empeoramos un sistema institucional. El check and balance en Estados Unidos ya allí era problemático. En Argentina, por lo que también pretendían Juan Bautista Alberdi y compañía, por lo que fue el acto liberal conservador, empeoró. Y luego la práctica fue de desigualdad y de golpes de Estado. Se generaron adicionales que empeoraron el contexto. En términos jurídicos, cada golpe de Estado implicó un cambio en la Corte Suprema. Y hoy tenemos antecedentes y fallos para todos los gustos. En Argentina, cualquier juez de la Corte puede citar cincuenta fallos a favor de lo que quiere decir. Pero si quería decir lo contrario, cita cincuenta fallos contrarios; también los hay. Hay para todo. La práctica empeoró un diseño que ya era problemático.


“Se puede tratar los temas difíciles y divisivos de modo colectivo y abierto.”


—Vos colocaste también, hablando del contexto actual: “Las manías o desventuras de algún líder de esta coyuntura (digamos, Donald Trump, Jair Bolsonaro, Nicolás Maduro, Daniel Ortega, Viktor Orbán, Recep Erdogan) o con el circunstancial fracaso de un sistema institucional que hoy en día luce corrompido (el de la Argentina, Colombia, México o Perú, con decenas de parlamentarios y líderes políticos procesados)”. ¿Cuánto les cabe a las personas y cuánto al diseño?


—De lo que se trata es de sacar el tema de la dimensión subjetiva, algo muy común en la Argentina. El “Que se vayan todos” es ponerlo en la dimensión subjetiva. La idea de que, si vinieran todos otros distintos, la cosa cambiaría. Pero no, no es así. Mientras se mantenga, el problema permanecerá. Cuando Zaffaroni dice que la Corte funciona así porque son cinco personas, que deberían ser 12 o más, es una tomadura de pelo. Es lo mismo con nueve o seis personas más. Pensar en nombres distintos es olvidar el problema estructural. No creo en la omnipotencia del derecho. El derecho es parte del problema y puede ser parte de la solución. Aun sabiendo la modestia del derecho que, como decía James Madison, tiene una mordedura limitada. Aun así, hay que aprovecharla.


—Vos decís en el prólogo de tu libro que el problema es confundir los problemas del constitucionalismo con los de la democracia.


—En los últimos cinco años, incluyendo textos importantísimos como el de Steven Levitsky Cómo mueren las democracias, se escribieron decenas de libros, centenas de artículos, refiriéndose a la crisis y al tema de la erosión democrática. El 90% habla de problemas del constitucionalismo, básicamente norteamericano.


—¿Aludís a la excesiva importancia del presidente? 


—O a los excesos de Trump.


—Pero vos hablás de Trump, Bolsonaro, Maduro y Ortega.


—Pero hubo una sobreproducción de la academia, en particular la norteamericana, escandalizada por lo que pasaba con Trump. Pero es un problema de la democracia, más que el check and balance.


—¿De ilegitimidad, finalmente? 


—El nivel de desconexión entre ciudadanos y representantes es tal, y es extendido. Ahí está el problema democrático.


—¿No se soluciona con parlamentarismo y con coaliciones parlamentarias?


—Mi profesor Carlos Nino participaba de esa generación que leía el mundo en términos de presidencialismo y parlamentarismo. Hoy más claro que nunca. No es cuestión de un poquito más de presidencialismo o de parlamentarismo. Es un problema democrático. 


—En Italia se plantea el temor al fin de la democracia como la conocemos, no por el abuso de un líder autoritario al frente del Poder Ejecutivo, sino todo lo contrario. Juntando 500 mil firmas, la Constitución obliga a que se haga un plebiscito. Con las redes sociales, juntar 500 mil firmas se hace en 24 horas. Por lo tanto, puede pasarse a una democracia directa en la que todo se resolvería por referendos.


—Resisto mucho ese tipo de comentarios muy comunes, en particular en Italia. Tuve un debate con una gran autoridad jurídica italiana, Luigi Ferrajoli, que está en esa línea y alerta sobre la kalistocracia, el gobierno de los peores. Cuando defiendo la conversación entre iguales, defiendo intervención cívica en otros términos. 


“Los derechos son y deben ser vistos como producto del acuerdo democrático.”


—No sería pasar a la democracia directa.


—Algo más fuerte que sostener democracias plebiscitarias, que son la negación de la conversación entre iguales. La conversación entre iguales requiere sentarnos, hablar, discutir, cambiar de opinión, y no extorsiones que hacen elegir A o B con paquetes concretos. 


—¿Y cuál es la solución?


—Soy pesimista y escéptico, pero veo que en la práctica aparecen pequeñas luces atractivas desde hace muchos años, ejemplos de conversión posibles. Pienso en Irlanda cuando decide sobre el aborto, el matrimonio igualitario, con asambleas de ciudadanos escogidas al azar. Ejemplo maravilloso que funcionó espectacularmente bien. En Argentina, con el desastre institucional y sin ninguna reforma constitucional, reivindico el debate de 2018 sobre el aborto. Demostramos que podíamos hablar de un tema difícil, técnico, divisivo, en el que está metida la Iglesia, donde hay intereses de todo tipo y se nos juega la identidad. Pudimos hablarlo horizontalmente a lo largo de todo el país, en la escuela primaria, la secundaria, en la comunidad wichi, en todos lados. Fue una gran demostración de que son posibles los modos conversacionales de toma de decisión. El panorama es calamitoso, pero hay luces de esperanza, porque hay conciencia del déficit democrático.


—¿Hay algún país del mundo en que se cumpla este ideal?


—No, pero hay prácticas que nos acercaron bastante. Por eso hablo de un ideal regulativo. La cuestión es cuánto nos acercamos y nos alejamos. Me involucré mucho en discusiones sobre cómo se había procesado el tema de los crímenes de lesa humanidad en América Latina. Uruguay generó, de modo muy horizontal y conversado, decisiones con las que no estoy de acuerdo, como la amnistía, la famosa ley de caducidad, pero a partir de un proceso que todavía hoy sigue abierto y que incluyó gente en las calles, escritos en los diarios, decisiones del Legislativo, presidenciales, de la Corte, de la Corte Interamericana, plebiscitos, consultas populares. Ante una tragedia, un tema que nos angustia, lo tratamos, lo ponemos sobre la mesa y lo discutimos porque nos importa mucho. En el camino cambiamos de opinión o de decisión. De eso se trata también. Podemos tratar un tema difícil y divisivo de modo colectivo y abierto. No hay un país, pero hasta en Argentina tuvimos buenas experiencias. Una idea muy instalada dice que democracia y derechos son cosas distintas. Mientras de los derechos se ocupan los jueces, la democracia se ocupa de las tonterías. De lo importante se ocupan los grandes técnicos. Mi visión del derecho: los derechos son y deben ser vistos como producto del acuerdo democrático. Podemos y debemos discutir sobre las cosas que más nos importan.


—¿Cuánto hay de cultural en ese ideal que vos te planteás? ¿Los acuerdos de Alemania en que pueden formar una coalición partidos tan disímiles como los liberales y los verdes junto a los socialdemócratas son un ejemplo?


—Alemania, como otros países europeos, es admirable por muchas razones. Pero forma parte de procesos de toma de decisiones burocráticos y elitistas, asentados sobre condiciones sociales económicas más igualitarias, que generan menores niveles de conflicto y mayores posibilidades de acuerdo. Hay una conciencia también extendida sobre que son procesos de toma de decisiones muy elitistas en Europa. El Brexit fue posible por este tipo de calamidad. El derecho también puede analizarse como un producto de burocracias que se autosatisfacen y se protegen mutuamente. Eso hace el derecho, y es repudiable. Puede y debe ser otra cosa


—¿Qué deber ser? 


—El derecho debe ser una conversación entre iguales. Debe apuntar a eso. A que los problemas que más nos importan, las tragedias que nos atraviesan los cuerpos, puedan discutirse. 


“Cristina Fernández hace todo lo contrario a obrar por reflexión y principios.”


—Me da la sensación de que de lo que estamos hablando es de legitimidad de esa autoridad, y quiero ir a John Rawls. El velo de la ignorancia nos plantea un sistema en el cual podíamos decidir, trasladar esa autoridad, sobre la base de un sistema que nos parecía el más adecuado, sin saber si íbamos o no a ser privilegiados o desventurados. ¿Cómo sería tu ideal?


—Mi ideal es tributario del pensamiento de Rawls, como también del de Jurgen Habermas. Rawls tiene una intuición maravillosa y emocionante: que nuestra vida debe depender no de las circunstancias que nos han tocado por suerte o desgracia, sino de nuestras elecciones y convicciones. Una sociedad puede considerarse justa cuando depende menos de estos hechos moralmente arbitrarios, como nacer mujer o varón o en tal o cual barrio.


—O de un lado o del otro del Muro de Berlín. 


—Claro. Entonces, mi vida depende esencialmente de hechos...


—Eso respecto de Rawls. ¿Y respecto de Habermas? 


—Que todos, a pesar de que uno es más inteligente o estudió más, tenemos igual dignidad moral. Así, los problemas comunes debemos discutirlos en común, fraternalmente. La buena noticia es que es posible. Pareció que formaba parte de la utopía. Hoy sabemos que forma parte de prácticas posibles. Tenemos todos los incentivos institucionales dirigidos en la dirección contraria, las pretensiones políticas de los grupos dominantes, pero hoy sabemos que es posible.


 


“Con Rosenkrantz y Rosatti tengo muchas diferencias, pero sin dudas se toman muy en serio su trabajo”

 


—¿Cuál es tu opinión, desde el punto de vista jurídico, sobre Carlos Rosenkrantz?


—Formamos parte del mismo equipo de trabajo de Carlos Nino, cuando empezaba a desarrollar la estrategia jurídica del juicio a las juntas. En el momento en que yo ingresaba al grupo, Carlos Rosenkrantz se iba a Estados Unidos a hacer su doctorado. Tuvimos un vínculo, desde el 85, de conocimiento. Representamos visiones distintas, en un punto opuestas. Tuvimos encontronazos fuertes en términos teóricos y prácticos. Discutimos en temas sobre la protesta social. Mi posición era reconocer lo importante que había en los eventos de protesta. Fue en los albores de 2001. Rosenkrantz privilegiaba las ideas de orden y paz social. Tuvimos y tenemos diferencias sobre casi todos los temas. Pero sin duda es una persona muy inteligente que se tomó muy en serio su función. Los desacuerdos se mantienen. Hablé muchas veces de los fallos que firmó. Y creo que siempre fui crítico. Pero lo respeto como juez. Hay otros jueces con los que no merece disentirse, porque hacen o están dispuestos a hacer cualquier cosa. Carlos tiene una idea del derecho. Interpretamos la justicia de modo distinto. Tenemos diferentes interpretaciones, pero es muy consistente.


—¿Quiénes serían esos jueces de absoluta inconsistencia?


—Para dar una respuesta más tranquila, los jueces de la mayoría automática menemista eran un ejemplo patético de eso. 


—¿Cuál es tu visión sobre la Justicia de Comodoro Py? 


—Es una calamidad, pero tiene que ver con el diseño del sistema judicial en Argentina. Un diseño muy problemático que en la práctica argentina detonó al infinito. Se permitió que la política, y en particular el presidente, colonizara la Justicia. El nivel de privilegios extraordinario que tomó y fue autoasignándose la Justicia permite que la mayoría de los miembros del Poder Judicial vivan en un nivel de opulencia y naden en privilegios escandalosos. Merecería estudiarse en detalle cada uno de ellos.


—Como no pagar impuesto a las ganancias.


—Exacto. Tienen la posibilidad de jugar al poder con el derecho. Los de Comodoro Py son quienes reciben las causas más sensibles. Tienen un poder de extorsión sobre la política extraordinario. Quienes quieren jugar ese juego maliciosamente para sacar beneficios económicos personales tienen la gran posibilidad de hacerlo.


—¿Cuál es tu opinión sobre los otros presidentes de la Corte, Ricardo Lorenzetti y Horacio Rosatti?


—Hago un paréntesis para hacer una defensa también emocionada de la llamada Corte Alfonsín. Tuvo cantidad de jueces gloriosos. Pienso en el noble Genaro Carrió, el primer presidente de la Corte en democracia, una persona única en la Argentina que en parte muere de depresión, por la tristeza que le causa la vida pública argentina. Julio Petra-cchi, otra figura que tuvo un desempeño como juez extraordinario, y Jorge Bacqué, otro juez extraordinario. Eso pasó en Argentina no hace tanto y es importante reivindicarlo.


—Alfonsín tuvo la ventaja de poder nombrar toda la Corte.


—Tuvo que negociarla con el peronismo, que nunca le dejó de mostrar los dientes porque controlaba el Senado. Lorenzetti es un pragmático, con todo lo interesante y lo preocupante que eso genera. Llega a la Corte en 2001, que era el momento de más baja legitimidad social del Tribunal. La gente se juntaba frente a Tribunales, creo que los miércoles. Se hacían manifestaciones frente a la casa de alguno de los jueces de la Corte para tirarle piedras.


—Él llega en 2003, un poco después de 2001. 


—Pero hace un ejercicio de recuperación de la legitimidad extraordinario. Era consciente de que en esas condiciones no se puede hacer justicia desde la Corte.


—¿Era el hombre adecuado en el momento adecuado?


—Por lo menos hizo un ejercicio importante de algo necesario: la reconstrucción de la legitimidad, entre comillas democrática, de la Corte. Fue muy importante. Luego se enamoró de ese rol del estratega. Eso genera múltiples problemas. Se corre el riesgo de que la letra del derecho importe menos que el impacto que uno puede generar con tal o cual decisión. En ese cálculo se abren riesgos que son preocupantes.


—¿Y Horacio Rosatti? 


—A varios los conozco. De Rosatti también tengo cierto conocimiento y vínculo. Lo respeto mucho. Disiento con él y tenemos miradas distintas de muchas cosas, pero me parece una persona respetable que se toma muy en serio su trabajo. Otra persona que pone una notable cantidad de horas al trabajo y se preocupa por hacer justicia de modo eficiente. Su equipo es el que más rápidamente decide, y atiende más causas, desde que llegó a la Corte. También es una persona muy política, pero le tengo aprecio personal.


 


“La decadencia del sistema educativo y universitario empobrece el debate político”

 


—En un posteo de tu blog hablaste de “economía morenista” y de “ideas que atrasan”. Escribiste: “Ese estilo de reacción reflejo (…) es sintomático. Sintomático de un país cuyo sistema educativo se estancó o murió y que se expresa también en estos tiempos triste y lánguidamente a través de un funcionariado de formación universitaria, Kicillof-Frederic, que muestra niveles de desactualización y torpeza que sorprenden”. ¿Qué ideas contemporáneas son las que no están viendo los intelectuales del kirchnerismo?


—Hay una pérdida completa de rumbo aun en los miembros, entre comillas, más ilustrados, dado que recibieron mayor educación universitaria, educación formal. Muestran un nivel de atraso, de falta de actualización, imaginación, falta de reflexión, muy notable. Eso, combinado con niveles de ideologización torpe.


—Ya hace un tiempo le dije a un embajador francés: “Bienvenido al país en el que la educación universitaria tiene a Francia como modelo, quizá como ningún otro país del mundo. Aquí se enseña a Jacques Lacan en grado, en Francia en posgrado. Foucault tiene una importancia en la Argentina que no tiene en Francia”. La respuesta fue: “Sí, pero es Francia años 70”. ¿Ese sector quedó atrasado en el tiempo? 


—Sí, pero es transversal. Hay niveles de atraso alarmantes en toda la dirigencia. No puede ser que si se piensa en forma de intervención cívica, la respuesta sea: “Entonces, plebiscito”. O en economía, que la respuesta sea la nacionalización de los depósitos. Ese tipo de reacciones que muestran falta de educación, falta de revisión crítica, repetición de lo que ya era viejo hace cincuenta años. Por eso la metáfora de la economía morenista de reencauzar las bases económicas a martillazos. 


—Si los hechos no coinciden con la teoría, el problema son los hechos.


—Exacto. Ahí tomamos acciones para que encajen a martillazos. 


—Ese no parece ser un problema solo de los intelectuales kirchneristas. John Keynes, en el siglo pasado, dijo que en líneas generales los que toman decisiones son prisioneros de algún economista fallecido y de algún mal escritor.


—Algo de eso hay. Pero también incide la decadencia del sistema educativo y la del universitario. En un punto es peor, porque no solamente dejan de leer. Lo que se lee y repite era ya una versión absurda hace cincuenta años. Por ejemplo, para poner la versión más avanzada, Ernesto Laclau era un ejemplo del seguir pensando en términos de líder y masa. Son cosas que pudieron tener sentido para la reflexión política en los años 50. Aun en la versión más sofisticada también fue tomado de un modo bobo. Se ve torpeza aun en la versión más avanzada. Pero no es un fenómeno kirchnerista. Es un fenómeno de lo que expresa el sistema educativo argentino. Se ve en que Ciencias de Comunicación en La Plata le otorgue premios de libertad de expresión a Rafael Correa. Es una muestra de que no hay la mínima preocupación por la reflexión crítica. Es la afirmación ideologizada y muy torpe, innecesaria y provocativa. Son simplemente ilustraciones patéticas de un fenómeno muy extendido y preocupante.


 


Producción: Pablo Helman y  Natalia Gelfman.

2 oct. 2021

La reforma de la justicia en CABA, y Morondanga



Normalmente no me pronuncio sobre lo que hacen las legislaturas locales. Obviamente, y como no estoy obligado a opinar sobre todo, el que no diga nada al respecto de modo alguno significa "avalar" lo que eventualmente haga alguna de tales legislaturas, tan lejanas. Más bien lo contrario: mi presunción sobre sus acciones y omisiones es muy negativa, en general, por razones estructurales. Y es que, dados los niveles de opacidad/falta de transparencia de tales legislaturas; el habitual dominio extremo de los oficialismos locales sobre tales organismos; la completa ausencia de controles populares frente a los representantes; y los masivos recursos -económicos, coercitivos- que controlan dichas legislaturas, hacen que tales instituciones se conviertan en un "campo fértil" para el abuso político y la corrupción económica. (Vivo, por otro lado, en la Provincia de Buenos Aires, y me avergüenzo de modo habitual por el accionar de la Legislatura de la Provincia, aunque no hable casi nunca del tema -me horroriza, por ejemplo, todo lo que sé que hizo y no hizo dicha legislatura, en materia de educación, durante la pandemia).

Hecha tal aclaración, quisiera agregar algún breve comentario sobre esta área de la acción legislativa que me resulta tan distante como poco interesante, a partir de la ley que acaba de aprobar la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, en materia de reforma de la justicia (alguna información al respecto, acá: https://www.perfil.com/noticias/politica/aprueban-proyecto-de-ley-que-reforma-la-justicia-en-la-ciudad-de-buenos-aires.phtml). Lo hago, a decir verdad, dado el modo en que dicha ley ha quedado inserta (por sus propios deméritos) en la disputa kirchnerismo-antikirchnerismo (y presa del famoso lema "Ah, pero Macri...").

Es cierto que las controvertidas competencias atribuidas por la Legislatura al máximo tribunal de la Ciudad (TSJ), se enmarcan 1) en una demoradísima transferencia de competencias desde la Justicia Nacional a la Ciudad, por cuyo cumplimiento y concreción viene urgiendo la Corte Suprema de la Nación, desde hace tiempo; y 2) el fallo "Bazán," de 2019, en donde la Corte (vía Maqueda-Lorenzetti-Rosatti, y no Rosenkrantz-Highton) sostuvo que “…de ahora en más, será el [TSJ] el órgano encargado de conocer en los conflictos de competencia que se susciten […] entre dos órganos jurisdiccionales con competencia no federal con asiento en [la Ciudad]” (Sebastián Guidi y Martín Haissiner explican muy bien todo esto -y a ellos me remito- en el artículo "La doble vida del fallo Bazán").

Sin embargo, y pese a todo lo anterior, entiendo que la Legislatura porteña no podía decidir lo que decidió, del modo en que lo decidió. Y considero que las fallas procedimentales en las que incurrió, disparan ("trigger") una "sospecha" severa, que afecta la "presunción de constitucionalidad" o "validez" que, de otro modo, podría merecer la ley, como cualquier ley democrática. Las fallas procedimentales a las que me refiero abonan una presunción contraria a la deseada (una "presunción de invalidez"), y sugieren, mientras no haya demostración en contrario, que la decisión se tomó para promover intereses privados, en lugar de intereses públicos (aquí, las críticas que recibe la ley como dirigida a "favorecer a la familia Macri en la causa del Correo", ganan en verosimilitud, sean finalmente veraces o no tales acusaciones).

Las fallas procedimentales, según entiendo, fueron dobles. Ante todo, se produjo un fracaso procedimental más estricto, relacionado con la incorporación subrepticia y de último momento de las cuestiones más controvertidas de la ley (la posibilidad de que el TSJ intervenga frente a fallos de juzgados nacionales con sede en la Capital Federal). Por otro lado, se advirtió una notable falta de discusión pública en torno a temas que, por una parte, son de primera importancia pública y, por otra, exceden al electorado de la Ciudad. De modo adicional, el fracaso procedimental se produjo también en lo que llamaría cuestiones de "debido proceso sustantivo", al aprobarse una ley que (auto)expande los poderes de la Ciudad, frente a la Nación, en modos que debieron haber sido acordados públicamente en un acuerdo general, con las autoridades nacionales (de modo paralelo a los "recortes" presupuestarios impuestos por la autoridad ejecutiva, sobre la Ciudad, de modo inconsulto, y sin acuerdo con la Ciudad).

Expuesta la crítica anterior, sólo agregaría que resulta, más que gracioso, patético, que la ex Presidenta y actual presidenta del Senado haya criticado la ley aprobada en la Ciudad, refiriéndose a la oposición como "republicanos de Morondanga" ( https://www.pagina12.com.ar/372005-republicanos-de-morondanga-la-definicion-de-cristina-kirchne). Y es que, en el mejor de los casos, la actividad legislativa del Senado de la Nación, que ella preside, ha resultado muy escasa, frustrante, y fundamentalmente auto-interesada (es decir, dirigida casi exclusivamente a defender a la ex Presidenta, frente a las contundentes causas judiciales que lleva encima). Quiero decir, hoy tenemos un poder del estado básicamente orientado a salvaguardar los intereses de una sola persona, esto es, la persona que lo preside. La vergonzosa actividad del Senado ha incluido, por supuesto, al Senado ingresando en áreas que no le corresponden (i.e., https://www.lapoliticaonline.com.ar/nota/129059-los-jueces-bruglia-bertuzzi-y-castelli-faltaron-al-senado-y-el-kirchnerismo-busca-removerlos/); o impulsando proyectos de ley que fueron subrepticiamente cambiados (de manera gigantesca) directamente a escondidas de la oposición (como nos lo recuerda este conocido debate https://www.infobae.com/politica/2020/08/28/reforma-judicial-los-cambios-de-ultimo-momento-provocaron-un-cruce-tenso-entre-cristina-kirchner-y-martin-lousteau-y-la-reaccion-de-la-oposicion/).

En todo caso, la triste situación política que se ha desatado, una vez más, insiste sobre problemas gravísimos que afectan a nuestro sistema institucional, y que son trasversales a la clase dirigente: los niveles de elitismo y aislamiento de la dirigencia, y la falta de controles populares sobre ellos -dificultades estructurales muy serias, que padecemos desde hace décadas- han decantado en prácticas de reparto de privilegios cruzados, mutua protección e impunidad de los poderosos. El poder gana y se auto-protege, mientras que la ciudadanía se pelea tratando de dilucidar qué facción o qué dirigente representa el bien, y quién el mal, en medio de esa fiesta obscena.



28 sep. 2021

El debate con Ferrajoli sobre Democracia y Garantismo! (con descarga gratuita!)


 

Libro que recoge el debate que tuvimos con Luigi Ferrajoli sobre democracia y garantismo. Infinitas gracias a don Luigi, a Mica Alterio, y a la Suprema Corte de México. Bravo!!

Hoy presentamos la publicación sobre la primera sesión de la "Cátedra de Derechos Humanos: reflexiones contemporáneas sobre la persona y su sociedad".

Esta obra recoge las principales intervenciones de nuestros panelistas: @Rgargarella y Luigi Ferrajoli así como un texto introductorio a los temas debatidos en torno al deliberativismo y al garantismo, a cargo de @MicaelaAlterio

Asimismo, las y los lectores encontrarán una semblanza e introducción al pensamiento de Luigi Ferrajoli y @Rgargarell en formato de infografía.

En estas páginas, las personas podrán encontrar los principales postulados de dos teorías sobre los #DDHH cuyo impacto ha trascendido a las facultades de derecho, llegando también al interior de los órganos jurisdiccionales y legislativos en toda nuestra región.

¿Cuál es la relación de la judicatura con los #DDHH en una democracia? ¿Deben protegerse los derechos del control de las mayorías contingentes o, por el otro lado, deben formar parte de una conversación pública? ¿Qué tipo de límites imponen los derechos humanos a los parlamentos?

Con esta publicación, la @SCJN busca contribuir en la generación de debates relevantes sobre los grandes temas de derechos humanos y aportar un insumo para que el diálogo sobre las ideas discutidas en la Cátedra se mantenga vigente.

Libro azul

Descarga la obra en: 

https://www.scjn.gob.mx/derechos-humanos/sites/default/files/Publicaciones/archivos/2021-09/Catedra%20de%20DH_Digital.pdf

27 sep. 2021

El Estado frente a las comunidades indígenas

Publicado hoy en Clarín, escrito con la gran Silvina Ramírez, acá https://www.clarin.com/opinion/comunidades-indigenas_0_p-2G7qnKy.html






Quisiéramos examinar a continuación un tema que viene siendo objeto de creciente atención (y preocupación) en la discusión pública argentina: los derechos de propiedad comunitaria indígena. El debate sobre la cuestión se ha tornado crecientemente polémico, en los últimos tiempos, a partir de algunos casos resonantes señalados como de ocupación y toma de tierras. El origen de muchas de las actuales controversias se encuentra en una “ley de emergencia” (la 26.160, del 2006, y con un plazo de vigencia de 4 años) dirigida a responder a la situación de crisis territorial que padecen las comunidades indígenas en el país, y que no ha sido respetada por las propias instancias del Estado. La norma fue prorrogada ya en 3 oportunidades -la última en 2017, y vence en noviembre de este año.

Desde su dictado, la ley fue objeto de numerosas críticas, por las razones más diversas. Se dijo que la misma vino a consagrar una “emergencia permanente”; que ella promovió la usurpación de tierras; que el relevamiento territorial que la misma dispuso, dentro de todo el país (destinado a verificar las situaciones de reivindicación de derechos territoriales por parte de las comunidades indígenas) resultó muy controvertido; que, a través de sus disposiciones, la ley puso en jaque al derecho a la propiedad privada consagrado por la Constitución; que, de ese modo también, la ley contribuyó a exacerbar situaciones de inseguridad jurídica; que quienes dicen ser indígenas no son tales, etc. La conclusión de toda esta catarata de críticas es que el derecho creado -incierto, impreciso, injusto y en tensión con nuestras normas constitucionales- ha terminado por alentar algunas situaciones de violencia y de ocupación ilegal, como las que se han hecho públicas en tiempos recientes.

Reconocemos la existencia de un problema público relevante, y también de una situación que irrita a muchos y de la que debemos hacernos cargo colectivamente. Por eso mismo, y para continuar con la conversación sobre el tema, quisiéramos, en lo que sigue, agregar algunas precisiones al debate en curso.

En primer lugar, querríamos subrayar que lo que está en juego aquí es una cuestión que involucra a los derechos constitucionales de las comunidades indígenas, y no un tema que meramente resulte de la ambición, los caprichos, o las acciones prepotentes de tales  comunidades Estamos hablando, en efecto, de un tema respecto del cual el Estado argentino, como casi todos los países de la región, asumió un compromiso constitucional abierto y enfático, al menos, desde la aprobación de la Constitución de 1994. Se trata de una innovación que no resultó marginal, sino central, en la nueva Constitución (en particular, a través del art. 75, inc. 17); y que encuentra apoyo, asimismo, en los tratados internacionales que el país ha suscripto (i.e., el Convenio 169 de la OIT, art. 14 inc.2). A través de estas normas, y entre varias otras cuestiones, el Estado se comprometió a admitir la personería jurídica de las comunidades indígenas existentes; a reconocer “la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan;” y a “regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano.” Insistimos, entonces: no se está debatiendo aquí en torno a los caprichos de un “grupo de violentos”, sino sobre una Constitución que ha asumido obligaciones explícitas, que hoy todavía incumple.

En segundo lugar, destacaríamos que la reivindicación que se hace del derecho a la propiedad privada reconocido por la Constitución de 1853 debe ir de la mano del cumplimiento de las garantías sociales incluidas en esa misma norma a mediados del siglo XX, y el respeto de los derechos a la propiedad comunitaria indígena incorporados a la Constitución Nacional en 1994. Tal como adelantamos, existe y está vigente en Argentina el derecho de las comunidades indígenas a gozar de sus territorios, lo que está contemplado en la Constitución e instrumentos jurídicos internacionales.  

Finalmente, señalaríamos que tampoco corresponde entender al problema, principalmente, como uno que tiene por causa las “acciones violentas” promovidas por comunidades indígenas, que terminan por destruir o poner en riesgo la flora y fauna de la región. Más bien, parece primar una situación contraria a la invocada. En efecto, más allá de que la violencia que existe es marginal y focalizada, sugeriríamos no perder de vista que normas constitucionales y convencionales como las arriba citadas reconocen y procuran reparar los graves abusos históricos (discriminaciones, muertes y usurpaciones de tierras) cometidos por el Estado, sobre comunidades que preexistían a él. Ello, sin entrar a considerar que, en la actualidad, si hay un riesgo impuesto sobre la fauna y flora patagónicas, el mismo emerge de las actividades extractivistas que legal o ilícitamente se vienen poniendo en marcha, desde hace años, con el aval estatal. Entiéndase bien: no decimos que las ofensas anteriores del Estado, o las faltas actualmente cometidas por empresas respaldadas por el Estado, justifican o minimizan acciones violentas como forma de respuesta. Decimos que aquellas gravísimas faltas históricas del Estado, con consecuencias injustas que se reproducen hoy, pueden y deben ser reparadas con el derecho en la mano, y tratando a sus principales víctimas -las comunidades preexistentes- con la debida consideración y respeto que se merecen.


Roberto Gargarella (Abogado y sociólogo, UBA/Di Tella) y Silvina Ramírez (Abogada especializada en derechos indígenas)



20 sep. 2021

Irracionalidad, retorno al pasado y disposición suicida

 



En lo personal, seguí los cambios en el gabinete de gobierno con angustia y espanto, pero la cuestión que interesa no es lo que alguien -como uno- sienta al respecto, sino lo que esos cambios pueden representar en esta época. Y sobre ello sí me interesaría decir algo: sobre los datos estructurales o más permanentes que revelan estas acciones espasmódicas y de coyuntura. Ante todo, mencionaría 3 datos, vinculados entre sí, que lo recién ocurrido revelarían o reafirmarían: la irracionalidad en el gobierno; la apuesta por revivir el pasado; y la disposición destructiva o suicida de la ex Presidenta y su círculo más estrecho (en particular, digamos por ahora, la Cámpora).

Sobre lo primero, la irracionalidad. Contra el (ya insostenible) mito de la infalibilidad, destreza o lucidez estratégica de la Vice Presidenta, lo que se vuelve a reconocer es el nivel de irracionalidad asombrosa que expresan sus decisiones más importantes -una irracionalidad que se verifica en la llamativa cantidad de derrotas sufridas por ella o sus “elegidos,” en las urnas, desde el 2007. La última y notable muestra de esa irracionalidad está en la respuesta política propuesta para responder a la derrota reciente: recurrir a los socialmente defenestrados Aníbal Fernández, Juan Manzur o Daniel Filmus -dirigentes hoy repudiados, por lo demás, aún por los movimientos propios “pro-derechos” (el feminismo gubernamental, los movimientos sociales aliados, etc.). Aquí es donde el rumbo ocasionalmente escogido toca una fibra estructural, y muestra el insólito -nunca antes visto- nivel de desconexión que existe entre dirigencia y ciudadanía (ello así, en parte, gracias a un sistema institucional derruido; y una profunda, injusta y desconocida desigualdad, que lo permea todo).

Sobre lo segundo, la apuesta por el pasado. El recurso a funcionarios “viejos” -miembros del “núcleo duro” del pasado kirchnerista- ofrece otra constante en el pensamiento de la ex Presidenta, y la Cámpora que la secunda: la apelación a lo antiguo, a lo que tal vez sirvió décadas atrás. Es el tipo de irracional atraso que ofreció en su momento el “morenismo económico”, durante el gobierno de la ex Presidenta, esto es, tratar de enderezar la economía volviendo al 45, buscando re-encauzar las variables económicas dentro de una historia (de la post-guerra) ya evanecida hace décadas, y hacerlo -contra la naturaleza y el tiempo- a los martillazos, o con una pistola sobre el escritorio. Ese estilo de reacción-reflejo que busca responder a problemas de hoy con soluciones de hace más de medio siglo (soluciones que, por tanto, inevitablemente fracasan) es sintomática. Sintomática de un país cuyo sistema educativo se estancó o murió, y que se expresa también, en estos tiempos -triste y lánguidamente- a través de un funcionariado de formación universitaria (Kicillof, Frederic) que muestra niveles de desactualización y torpeza que sorprenden.

Sobre lo tercero, la vocación destructiva o suicida de la ex Presidenta y su círculo. La “carta” de la actual Vice al país, o -mucho mejor- los audios de Fernanda Vallejos, expresan de un modo espectacular algunos rasgos temibles, y permanentes, propios de este núcleo dirigencial, en este tiempo. Se trata de expresiones de un radicalismo suicida, que en pos del propio interés (pongamos: reasumir al poder sin intermediaciones molestas) se muestra dispuesto a que todo estalle. Nada importa: “por mí, que se vaya el gobierno al…”, como expresó con brutal claridad Vallejos. La idea que ambas manifestaciones expresan es la de la vuelta al poder (córranse, así volvemos nosotros, porque ustedes son “inquilinos” “atornillados” en el poder), a cualquier costo -el estallido, el colapso que arrase con todo y con quien se interponga en el medio. Este rasgo suicida es, sin dudas, el más preocupante de entre los rasgos que hoy deja entrever la política, porque se trata del suicidio de quienes pilotean la nave común -talibanes de la Argentina hundida.

En este punto, otra vez, cuando removemos la hojarasca de las bravuconadas altisonantes, nos encontramos con una serie de promesas, sobre lo que viene, que dan miedo. Y es que la dinámica que se ha desatado, de enfrentamientos dentro del círculo estrecho del poder, se distingue -como dijera- por la irracionalidad que la mueve, las opciones fallidas que sistemáticamente escoge, y los costos trágicos que está dispuesta a hacernos pagar para afirmarse. La dinámica desatada augura tiempos trágicos sobre todos nosotros, porque se muestra insaciable -nada la conforma- y extrema -nada, dentro del círculo que decide, la contiene. Sus protagonistas sufrirán nuevas derrotas políticas en el corto plazo -de ello quedan pocas dudas- pero lo trágico es el camino, y allí, caminando, estamos todos, agobiados y golpeados.

 

 

16 sep. 2021

Pepe Mujica y el diálogo democrático



Pepe Mujica (más allá de lo que sabemos) en algunas cosas la acierta bien. Dijo de la crisis local: “La Argentina es maravillosa con los recursos que tiene, pero está desquiciada; el sistema político debe dialogar más y bajar los decibeles”.

“El sistema político debe discutir mucho más, no hay democracia sin diálogo, hay que conversar más, debe haber un programa mínimo de unidad nacional y después que hagan lo que quieran”, aseguró y destacó: “No se puede andar refundando el país cada dos o tres años”.

“Que se pasen un mes tomando mate y discutiendo, y después saquen una docena de cosas para el país”.

https://www.lanacion.com.ar/politica/jose-pepe-mujica-dijo-que-la-argentina-esta-desquiciada-y-le-dio-un-consejo-al-gobierno-en-medio-de-nid16092021/

(foto: danza entre lobos)

9 sep. 2021

Entrevista en La Izquierda Diario sobre el apoyo al Frente de Izquierda

 https://www.laizquierdadiario.com/spip.php?page=voice&id_article=207357


Entrevista sobre la degradación democrática

 https://www.clarin.com/politica/roberto-gargarella-clase-dirigente-siente-impune-_0_MaH9bORwR.html



El sociólogo y abogado constitucionalista Roberto Gargarella intenta evitar meterse en el barro de la política, pero no puede evitar su marcado escepticismo sobre el actual Gobierno, las instituciones del país y las modificaciones que pueden provocar las elecciones. "Hay un desencanto extraordinario de lo que está haciendo el Presidente y no hay una válvula de escape", asegura.


Gargarella escribió más de 20 libros. Es investigador principal del CONICET y profesor en la UBA y en la Universidad Torcuato Di Tella. En diálogo con Clarín, el discípulo de Carlos Nino remite a la impunidad que tiene la "clase dirigente", cuyo síntoma es el presidente Alberto Fernández y sus acciones al margen de la ley.


-¿Qué expectativas tiene con las próximas elecciones parlamentarias?


-El voto marca una tendencia muy general, con un valor limitadísimo, que nos sirve con brochazos gruesos para decir “por acá no”, “por allá sí”, pero que no nos permite matizar nada, ni agregar una palabra para darle contenido. Es triste porque después de cada elección se dice “otra vez los argentinos se equivocaron”, cuando no tenemos herramientas para hablar. Hago un llamado a la recuperación de la palabra política. Y esto requiere espacios, foros, audiencias, asambleas, una esfera pública más fuerte. Pero no depende del activismo y la motivación ciudadana, sino de herramientas institucionales que hoy no tenemos, porque hay un sistemas de frenos y contrapesos, que en el mejor de los casos sirvió hace más de dos siglos para canalizar la guerra civil institucionalmente, pero no sirve para el fin contrario, que es promover el diálogo, ayudar a la conversación pública.


-Usted usa habitualmente el concepto de la "extorsión electoral".


-La última elección argentina tuvo mucho que ver con eso, más allá de los convencidos que votaron a los que querían. Pero muchísimos otros, yo diría millones, querían cambiar el plan económico de Macri y se vieron constreñidos a votar al único partido que lo podía reemplazar, aun a sabiendas de que había muchos casos de corrupción gravísimos. Luego decimos "los argentinos votan corruptos". ¿Pero qué alternativa tenía el votante que quería cambiar el plan económico, sino era hacer ese voto horrendo? Y esa es la extorsión electoral. Tenemos un sistema que no nos permite expresarnos y muchas veces nos pone en esta situación de extorsión, en donde para apoyar lo que queremos, tenemos que votar lo que repudiamos.


-En esa crisis de representación surgen voces disruptivas, como Javier Milei, que algunos asimilan al fenómeno de Jair Bolsonaro. ¿Ve una posibilidad de salida por ese lado?


-Esas son manifestaciones patéticas del mismo problema. Cuando no hay posibilidad de articular una conversación, hay más golpes sobre la mesa. Como entendemos que el voto no está sirviendo para expresar nada, que después todo sigue igual, entonces mucha gente adopta expresiones extremas para ver si así se dan cuenta. "Quiero la persona que tire la bomba atómica, que sea capaz de romper el vidrio, de pegar el grito". Pero son expresiones de reconocimiento de que esto que tenemos no está sirviendo. Algunos recurren a los extremos, del estilo Bolsonaro, para que haga el ruido más fuerte, porque con la piedra que yo tengo en la mano no me sirve para que me entiendan. Es muy probable que surjan estos candidatos disruptivos, con los que alguna gente se entusiasma, pero esa no es la solución, es mucho peor de lo mismo. Esa no es la salida.


Roberto Gargarella, en su oficina de la Universidad Torcuato Di Tella. Foto Constanza Niscovolos.

Roberto Gargarella, en su oficina de la Universidad Torcuato Di Tella. Foto Constanza Niscovolos.


-¿Cómo analiza el Olivosgate, donde el Presidente dicta una norma de cuarentena estricta y luego la viola?


-Es una muestra la clase dirigente que está en el poder, que siente que es impune, desde la política, las empresas, la Justicia. Sienten que son diferentes, que pueden hacer lo que quieren y que nadie los va a controlar ni reprochar por eso. Cuando Yabrán dijo “tener poder es tener impunidad”, dijo algo importantísimo. Ese es el modo en que se siente la clase dirigente, claramente la clase política, los miembros de este gobierno. Sienten que pueden actuar sin estar atados a las limitaciones que le ponen a todos los demás. Yo no quiero poner el acento en esa fiesta, porque entiendo que hubo 40 fiestas de ese tipo y cientos de eventos, que son la naturalización de la impunidad. Lo han hecho explícito, incluso, con un carácter normativo. "Nosotros los de la clase dirigente no tenemos que estar atados a hacer cuarentena". Esa sensación de impunidad, que se consagre aún normativamente, es la muestra del problema estructural.


¿Cuál es el rol de Alberto Fernández en una situación donde se ve que está desdibujado el presidencialismo?


-El presidencialismo fuerte es parte del problema. Y alguien que ejerza mal su rol presidencial agrava el viejo problema. En todo caso, lo que diría del presidente actual, es que es un síntoma de la situación en la que estamos, porque -como solía ocurrir en los problemas generados por el presidencialismo, que Carlos Nino había estudiado muy bien en los años 80-, genera una dinámica de suma cero, en donde todo pasa por la disputa por el sillón presidencial. Cuando algo va mal en el único lugar que importa, todo se cae. Lo que estamos viendo ahora es ese fenómeno, en donde hay un desencanto extraordinario de lo que está haciendo el Presidente y no hay una válvula de escape.


-¿Cómo se pueden recuperar las expectativas de cambio?


-Hay que referirse a las extraordinarias limitaciones del sufragio. Se tuvo la ilusión de que uno, con un solo voto, iba a poder condenar a alguno de los representantes que no le gustaba y sacarlo; premiar a los que habían actuado bien, marcar para futuro una política que uno quería seguir; marcar hacia el pasado lo que a uno no le gustaba y evitar que se repita. Pero el voto es incapaz de hacer todo eso. Cuando se lo concibió, el voto venía acompañado de otros instrumentos, como revocatoria de mandatos, instrucciones, rotación, que eran una batería de herramientas. Hoy el voto quedó solo y hay una expectativa de que haga todo. No podemos darle esa responsabilidad al voto y luego señalar a la ciudadanía diciendo que ha votado mal, cuando no le hemos dado ninguna herramienta para que hable. Las herramientas que tenemos, típicamente el voto, no nos dan voz. Es como si tirásemos una piedra contra la pared.


-En algún momento se pensó que la Justicia iba a tener un rol más fuerte. Habían avanzado causas para combatir la corrupción. Pero hubo un parate en todo eso.


-Pertenecemos a la generación del Nunca Más y el Juicio a las Juntas. Y nacimos a la vida política con ese hecho extraordinario, que para muchos de nosotros fue el gran evento histórico en la Argentina del cual nos enorgullecemos, porque demostró que el derecho podía servir para poner en el banquillo de los acusados a los peores violadores de derechos. Pero lo que vimos, desde el Juicio de las Juntas a hoy, es la consagración de la impunidad. La Justicia frente a otros casos no fue capaz de sentar a los acusados más poderosos, sino que terminó contribuyendo al pacto entre élites. Las estructuras no nos están sirviendo, porque en general están al servicio de la impunidad. Eso no es hablar de cada uno, sino que el sistema judicial sirve fundamentalmente a la impunidad.


-¿Cómo se podría mejorar el sistema democrático para que dé respuestas a la sociedad?


-La buena noticia es que en todo el mundo hay situaciones comunes de crisis, desinterés, desapego democrático institucional . Y por lo tanto han ido apareciendo pequeñas luces de expectativa, que uno puede mirar. Hay asambleas ciudadanas, cabildos como los que convocó (Michelle) Bachelet antes de irse para la discusión constitucional. Hay audiencias públicas convocadas por las instituciones. Hay mucho de novedad dando vuelta, pero la nota común es que hay que salir a buscar a la sociedad y ayudarla a que se exprese e intervenga en el proceso de toma de decisiones. Yo tengo algunas de mis expectativas puestas ahí, porque el viejo sistema no está sirviendo y difícilmente pueda recuperarse.


-¿Cuál es la hipótesis que plantea en su último libro, que publicó hace dos semanas, “El derecho como una conversación entre iguales”?


-El sistema institucional de nuestras democracias representativas está socavado, afectado, de un modo que es incapaz de recuperarse. Hay que perder las esperanzas sobre la democracia electoral. Pero eso no quiere decir que uno tenga que abandonar las aspiraciones democráticas. Hay mucho para hacer, pero reconociendo que el viejo traje institucional es incapaz de satisfacer las demandas y expectativas de la sociedad. Estuvo pensado para sociedades pequeñas, divididas en pocos grupos, homogéneos. Y hoy el dato es la diversidad, el multiculturalismo. Hoy nuestras instituciones políticas son estructuralmente incapaces de recoger esa diversidad. Eso no se repara haciendo una nueva Ley de Partidos Políticos, ni una nueva Ley de Sistema Electoral. Es una maquinaria exhausta, que no es susceptible de ser reparada. Y hay que pensar de qué modo uno piensa alternativas institucionales para recoger voces, aspiraciones, diversidad, críticas.

2 sep. 2021

El libro en el que junto todos los hilos: El derecho como una conversación entre iguales (con prefacio)


Bueno, acabo de recibir la edición, recién salida, así que ahora sí lo presento yo. Me interesa hacerlo porque se trata del libro más importante que escribí, y el que más feliz me ha hecho: el libro en el que junto todos los hilos que fui tendiendo en estos 40 años de pensar sobre el constitucionalismo democrático: teorías de la democracia, desigualdad, "sala de máquinas," derecho de protesta, constitucionalismo dialógico, revisión judicial, objeción democrática a la justicia, teorías de la interpretación, controles populares y frenos y contrapesos, crisis de representación, presidencialismo, derechos sociales, conversación entre iguales. Está todo ahí, atado, y trato de mostrar de por qué todo forma parte del mismo paquete. Escribí la obra "en trance", como cuento en el prefacio (ver abajo), como si el libro ya estuviera escrito en mi cabeza, y yo sin otra tarea que la de seguir el dictado. Una obra hecha de un tirón, y un producto que creo que refleja la felicidad de escribirla. Abajo de la foto de tapa, incluyo el prefacio del libro.  



PREFACIO Y AGRADECIMIENTOS

Concebí este libro en una noche sin sueño, en abril de 2019, en un par de horas excitadas y extrañas. Tuve la certeza, al pensarlo, de que el libro estaba ya definido y su contenido cerrado. Sólo me quedaba por delante la tarea de redactarlo. Se trataba entonces de empezar a escribir un libro que, en los hechos, ya tenía terminado. Curioso, nunca me había pasado. En ese momento inhabitual, de lucidez inesperada, supe también que debía aislarme de mi contexto, salir del país, y dedicarme exclusivamente a esa tarea de la escritura -por lo menos un mes- para sentar las bases del libro, y en todo caso completarlo a mi regreso.

La idea era escribir sobre un tema que me angustiaba, relacionado con el deterioro de las democracias constitucionales de nuestro tiempo, y hacerlo mirando hacia atrás, a partir de todo lo aprendido luego de 30 años de pensar sobre los pilares del constitucionalismo: ideas como las de representación, “frenos y contrapesos,” control judicial, minorías, protección de derechos, motivaciones. Quería hacerlo, además, con el norte o el sur orientado hacia un ideal concreto: el derecho como una conversación entre iguales. Por lo demás, me interesaba avanzar estos criterios sometiendo a crítica a la doctrina actual que viene ocupándose sobre el tema. En mi opinión, dicha doctrina confunde los asuntos del constitucionalismo con los problemas de la democracia, y busca por tanto remediar las falencias de aquel (controles judiciales que no funcionan; “frenos y contrapesos” deteriorados), asumiendo que soluciona de este modo los déficits democráticos que padecemos. Pero ello, obviamente, no ocurre ni puede ocurrir: operando sobre el constitucionalismo dejamos intactos los graves daños que padece el sistema democrático. Y nuestro problema principal, en la actualidad, se relaciona con la democracia.

La buena noticia al respecto -y dentro de un panorama general oscuro y preocupante (insisto: el que explicaba al libro)- se relaciona con la cantidad de ejemplos recientes, que nos ayudan a reconocer la realidad de dicha conversación entre iguales: ya no se puede decir -como se pretendió decir siempre- que un ideal semejante nos refiere solo a una mera utopía -una abstracción o ilusión, válida exclusivamente para los fines de un seminario a puertas cerradas. Conocemos ahora (y los examinaremos luego) los casos de las asambleas deliberativas que han tomado lugar en tantos países de Occidente, pero también (y de forma todavía más relevante para mi estudio) debates públicos inclusivos y profundos, como los que se dado en diversos países (por caso, en torno al aborto, en países de tradición católica como Argentina o Irlanda). Tales ilustraciones nos permiten reconocer no sólo el valor, el sentido, y la importancia de dialogar democráticamente -aún en sociedades divididas en razón de sus creencias o convicciones políticas- sobre cuestiones relacionadas con derechos básicos (algo que la doctrina, tan habitualmente, había rechazado, exigiendo una separación entre cuestiones de derechos y debates democráticos), sino también la posibilidad real de llevar a cabo tales conversaciones. Se trata de ejemplos que muestran a la discusión ciudadana como un hecho posible, efectivo, incluso en el marco de sociedades numerosas e institucionalmente deficitarias.

A comienzos de octubre de ese mismo año, terminadas mis clases y obligaciones principales, partí hacia los Estados Unidos. Allí encontraría el respaldo de exprofesores y colegas con quienes hablar, en caso de ser necesario; y una serie de bibliotecas amables (tres en particular: la de la Universidad de Columbia, “arriba”; la de la Universidad de Nueva York, “abajo”; y la Biblioteca Pública, en el “centro” de la ciudad), que me asegurarían la austera e intensa felicidad de esos días.

Sorpresivamente, al poco tiempo de llegar, y luego de veinte exageradas jornadas de trabajo completo, terminaba la primera versión del manuscrito. De forma inesperada, mucho antes de lo imaginado, y como si nada. El libro había sido escrito como si alguien me lo hubiera dictado. Sin necesidad de pensarlo, sin necesidad de “pelear” por los argumentos (como me dijera Jon Elster, confesando que a él también, en ocasiones, le ocurría: escribiendo “cuesta abajo” -downhill- es decir, deslizándose tranquilamente, y dejando de hacerlo cuando el ejercicio se tornaba “cuesta arriba” -uphill- y uno se sentía escribiendo de modo esforzado). Como si alguien me dictara el libro, y yo tratando de alcanzarle. Una situación de trance completo.

Una última aclaración sobre el libro. Éste es un libro que busca discutir ideas, en el que presento argumentos que he ido madurando -con más o menos fortuna- durante décadas. Para facilitar mi escritura y su lectura, decidí no cargarlo de citas eruditas, referencias y notas al pie. Esta elección facilitó enormemente mi escritura, haciéndola más fluida y ligera. Espero que ayude igualmente a su lectura y compromiso con las discusiones que presento.

Llegados aquí, quisiera agradecer, y sólo eso, a Carlos Díaz y a Caty Galdeano, por el afectuoso apoyo que hizo este libro posible. A Martín Abregú y a Mirna Goransky, por alojarme sin nada a cambio. A Vicky Murillo y familia, por estar siempre. A los amigos y colegas de allá: Christian Courtis; Jorge Contesse; César Rodríguez Garavito; Sergio Chejfec; Roberto de Michele; Patricio Navia; David Sekiguchi, por la compañía. A Sebastián Guidi, Fernando Bracaccini, Patricio Kenny; Brad Hayes! A Emiliano Catán, por la ayuda. A los profesores con los que discutí y conversé durante mi estadía: Adam Przeworski; Jon Elster; Owen Fiss; Robert Post; Hélène Landemore; Lewis Kornhauser; Joseph Raz; Jeremy Waldron. A Leonardo Filippini, por incitarme a perseguir esta idea. A las amigas y amigos en la Argentina, por quienes todo cobra sentido. A Paula, por la curiosidad, y por la mirada. A mis padres y hermanos; a mi familia, a mi sobrino Juan. A todos gracias.


31 ago. 2021

Que la democracia se parezca a una conversación entre iguales

 


Publicado hoy en LN https://www.lanacion.com.ar/opinion/que-la-democracia-se-parezca-a-una-conversacion-entre-iguales-nid31082021/?utm_source=n_

Cuando los grupos socialistas más combativos tomaron la decisión de abandonar las barricadas, para optar entonces por la vía electoral, dieron un paso decisivo en la consolidación de la democracia electoral, tal como hoy la conocemos. Como dijera Adam Przeworski, los socialistas dejaron de lado las “piedras”, para reemplazarlas por los “votos” -las boletas electorales. Los “votos” se convirtieron así en “piedras de papel”: el “medio” a través del cual iban a expresar la insatisfacción con el estado de cosas, y señalar a su vez la orientación ideológica preferida. Esa ilusión es la que desde hace décadas mantiene viva la llama democrática: poco a poco, pero regularmente, y a través del voto, vamos precisando, colectivamente, cuál es la dirección hacia donde queremos que los sucesivos gobiernos se orienten, a la vez que damos forma a los contenidos de las políticas que pretendemos se adopten. Allí reside la “esperanza” democrática: ésa es la razón que justifica que sigamos apostando por esta forma de organizar nuestra vida política. 

La verdad, sin embargo, parece ser más complicada. La realidad se muestra mucho más dura y áspera, cada vez que se abre -como ahora, en nuestro país- un nuevo período electoral. La idea de que “ahora sí, a través de las elecciones que llegan, vamos a cambiar el rumbo” parece vana; y la expectativa de reordenar, de una vez por todas, la vida en común, se revela -una vez más- carente de sustento. Lo más probable es que, como siempre, todo siga como estaba (o en todo caso peor de cómo estaba), y que los que hoy llegan no hagan nada demasiado distinto de los que ya estaban. Nuestra posibilidad de controlar a quienes alcanzan posiciones de poder parece muy reducida. Nuestra chance de precisar los contenidos de sus programas de acción parece directamente nula. En buena medida, la democracia electoral, tal como la conocemos, y en relación con lo que razonablemente esperábamos que fuera, ha fracasado. Es importante, sin embargo, que reconozcamos ese hecho, a pesar del dolor que implica ese reconocimiento, y sin el temor paralizante de pensar que la única alternativa disponible (que estaría implícita en la crítica que hacemos) es el autoritarismo que nos avergonzó y humilló en el pasado. No. Es y debe ser posible criticar a la democracia electoral, por lo poco, y no por lo mucho: por no haber hecho lo suficiente, y no por haber llegado demasiado lejos.

Ése es, precisamente, el punto que me interesa subrayar: tenemos que reconocer, de una vez por todas, las extraordinarias limitaciones de la democracia electoral, y empezar a pesar cómo volver a dotarla de algún sentido, del que hoy, en la práctica, carece. El problema, cabe aclararlo, no es sólo argentino, sino propio de todo el mundo occidental, aunque -por supuesto- se agiganta en países como el nuestro, dados el volcán de desigualdades sobre el que construimos nuestra organización política, y la precariedad, consecuente, del sistema institucional que erigimos sobre ese terreno anegado.

Ante todo, entonces: no deberíamos sorprendernos de la incapacidad del sistema de elecciones para darnos lo que pretendíamos del mismo. Y es que, en buena medida, esperamos de él lo que nunca estuvo en condiciones de asegurarnos. Los “votos” son, en el sentido más dramático, “piedras de papel”: mucho menos por la contundencia que encierran, que por la tosquedad bruta de su contenido. Para continuar con la metáfora de Przeworski: los “votos” son “piedras”, también, en el sentido de que no son palabras, no son ideas, no son diálogos, no representan una “conversación entre iguales.” Se trata de una expresión opaca y tosca de lo que queremos decir: a través del voto no se nos permite hablar sino, en el mejor de los casos, arrojar una “piedra” contra la pared…y que alguien interprete luego lo que hemos dicho con ese “ruido”. Basta con reflexionar un instante sobre lo que esperamos de las elecciones, para reconocer la abrumadora torpeza de nuestras expectativas (ilusiones, tal vez, intencionadamente promovidas por quienes se benefician del sistema electoral). Adviértase lo siguiente -y sólo para comenzar. Se pretende que nuestro solo y único voto periódico nos sirva para propósitos múltiples y a la vez en tensión entre sí: esperamos que nuestro único voto sirva para “castigar” a los representantes que actuaron mal; “premiar” a los representantes que actuaron bien; “alentar” las políticas que nos gustan; “desincentivar” las políticas que no nos gustan; “controlar” a los funcionarios elegidos; “orientar” las acciones de los que llegan al poder. Con solo voto, puesto en una urna cada dos o tres años! Mucho peor: después del comicio, inexorablemente, parte de la clase dirigente va a apresurar por acusar al electorado por el resultado de las elecciones (“qué mal eligen los argentinos!”). Pero lo cierto es que el problema ya estaba puesto desde el comienzo: no había que esperar el resultado electoral para reconocerlo. Porque: cómo leer el resultado del comicio? Qué respuesta inferir del mismo, cuando no está en claro lo preguntado, ni las respuestas dadas en el comicio?

Tomemos, por caso, las últimas elecciones nacionales (aunque cualquier ejemplo que se nos ocurra sirve por igual). Qué es lo que quisimos decir, con el resultado que, colectivamente, produjimos: “nunca más al neoliberalismo?”; “la corrupción no nos importa demasiado?”; “sí al aborto?”; “no al endeudamiento?”; “sí al cierre de importaciones?”; “no al dólar libre”? Ahí reside la falacia de la idea de “el pueblo nunca se equivoca”: si no está claro qué se le pregunta al pueblo, luego no podemos saber si el pueblo acierta o se equivoca, una vez que “decide”. Es decir, cualquiera puede interpretar cualquier resultado como más le convenga (el kirchnerista podrá decir “ahí está el castigo al neoliberalismo”; el peronista podrá decir “ahí está el reclamo por la industria nacional”; el macrista podrá decir: “fíjense los millones de votos, luego de cuatro años de gobierno”).

Finalmente, lograr que la democracia se parezca, cada vez más, a una “conversación entre iguales”, requiere, ante todo, terminar con la ilusión de obtener, del sistema electoral, lo que el mismo -nunca, y de ningún modo- estuvo en condiciones de darnos. Simplemente: si queremos que el pueblo “controle”, démosle instrumentos para lo haga (ya que el voto es una herramienta muy tosca para lograrlo); y si queremos que el pueblo “hable”, dejémoslo ingresar en la conversación pública (en lugar de impedírselo, en los hechos, a través de consultas electorales que no pueden ser respondidas con palabras). Necesitamos abrir institucionalmente el diálogo público (como intentamos hacer, en la Argentina, durante el debate sobre el aborto? Como se intentó hacer en Chile, en los comienzos del debate constitucional?), en lugar de permitir que la dirigencia infiera lo que se le ocurre, luego de cada elección, y a partir de preguntas que se niega a plantearnos de modo franco y abierto. 






24 ago. 2021

Aerolíneas/Aeropuertos Argentina 2000: "El distanciamiento es el otro"


 

Ayer, después de unos dos años, volví a tomar un avión, de Aerolíneas Argentinas. Luego del discurso del distanciamiento que nos hicieron en el Aeropuerto, subimos al avión. Nos encontramos con que:

1) La promesa de separar más las butacas, dentro del avión, por supuesto que no se había cumplido

2) La idea de dejar asientos (o, directamente, filas!) libres, entre pasajero y pasajero (o hileras de asientos libres) no se realizaba tampoco: todos amontonados, como en los viejos tiempos, sin espacio libre alguno, sin prevención alguna

3) Ninguna atención o supervisión sobre el uso de mascarillas, dentro del avión

4) Llegada a Aeroparque. Me imagino, obviamente, el uso de "mangas", dentro de un Aeropuerto fundamentalmente sin movimiento, con un 10 por ciento de los aviones de un día "normal". No, en absoluto: traslado desde el avión al edificio a través de autobuses, en donde somos "apiñados" como pocas veces lo he visto: unos encima de otros, a la fuerza. 

Discuto con la gente de Aerolíneas, que atribuyen toda responsabilidad al personal de "Aeropuertos A200", aunque reconocen que "sí, hay problemas". 

Los pasajeros no dan crédito de lo que viven, amontonados unos sobre otros en autobuses repletos, desbordantes de gente.

Finalmente, lo de siempre: discurso hueco, realidad para el lado contrario. La marca de una etapa: irresponsabilidad, chapucería y mentira.


13 ago. 2021

"Lo sé cuando lo veo". Sobre "Breve Historia del Antipopulismo", de Ernesto Semán

 


(Publicado hoy, en Revista Ñ)

“Lo sé cuando lo veo.” Sobre Breve Historia del Antipopulismo (Siglo XXI, 2021), de Ernesto Semán

Ernesto Semán acaba de publicar un trabajo importante –Breve Historia del Antipopulismo (Siglo XXI, 2021)- que examinaré críticamente en las líneas que siguen. Antes de hacer un repaso del libro, y detallar alguna de las reservas que me genera la obra, quisiera dejar señaladas las virtudes que, genuinamente (y no como compensación o caridad) encuentro en el trabajo. Breve Historia del Antipopulismo es un libro breve sobre la vida política argentina, escrito por un autor culto e informado -un autor que conoce de historia y que está bien versado en las ciencias sociales. En su libro, Ernesto -colega y amigo- toca una fibra importante y poco estudiada que, por eso mismo, genera inmediato interés en los lectores. Como si fuera poco, el libro se lee con gusto y facilidad, porque está muy bien escrito, por un autor que tiene buena pluma, y que -como el buen periodista que ha sabido ser- sabe redactar (y titular), y lo hace de un modo atrayente. El libro (que cuenta, por lo demás, con una significativa tapa) es caracterizado en su contratapa por “una escritura precisa y conmovedora”. Quisiera ratificar que lo dicho es así, que algo de eso hay, y que ello se agradece enormemente. Mejor todavía, el trabajo aparece lleno de ideas (ideas, muchas veces, más chispeantes que de gran calado, pero ideas al fin), y ofrece la enorme gracia de saber combinar detalles y coloridas anécdotas históricas con hermosas y apropiadas referencias literarias (las alusiones del autor a Domingo Sarmiento, Miguel Cané, Ricardo Piglia o Juan Filloy resultan particularmente encantadoras). Finalmente, se trata de un estudio histórico relevante sobre la vida política argentina, presentado por un autor con quien, en lo personal, comparto generación y, en buena medida, pertenencia política y social (transitamos con él por muchos lugares similares: desde los alrededores del alfonsinismo, a la Revista La Ciudad Futura, o el Club de Cultura Socialista; desde la Universidad de Nueva York a parte de una vida en Bergen, Noruega). Ello hace que me acerque al libro y a su autor con simpatía y empatía -más allá de las observaciones que a continuación presente. 

“I know when I see it”

Quisiera mencionar desde un comienzo cuál es el principal problema que encuentro en el libro, haciendo alusión a una conocida anécdota jurídica. En una de las líneas más célebres y resistidas, aparecidas alguna vez en un fallo de la Corte Suprema de los Estados Unidos (Jacobellis v. Ohio, de1964), el Juez Potter Stewart ofreció su propio test para censurar a una publicación en razón de su contenido “obsceno”. Sostuvo entonces: “lo sé cuando lo veo” -“I know when I see it”. Es decir, con solo ver a la imagen en cuestión -reclamaba el Juez- él podía distinguir sin problemas cuándo es que ella superaba el umbral de impudicia tolerado por el derecho de libre expresión, para resultar entonces pasible de censura. En su libro, Ernesto Semán pone en práctica su propia versión del “I know when I see it”: pareciera resultar algo más o menos obvio cuándo es que nos encontramos frente a un caso de “antipopulismo.” Así, como si no estuviéramos hablando de un concepto esencialmente controvertido, sino de algo que, finalmente, “reconocemos cuando lo vemos.” De hecho, Ernesto llega a afirmar, hablando del “populismo” (para mí, de modo sorprendente): “todos entendemos lo mismo y sabemos con claridad qué significa y qué no significa un término presuntamente tan ambiguo” (p. 245).1 Aquí radica mi principal y central objeción frente al valioso trabajo de Ernesto: el problema que afecta al libro es conceptual. Lamentablemente, el concepto que falta -o, más bien, los conceptos que faltan definir, esto es, básicamente, los de “populismo” y “antipopulismo”- no son marginales sino centrales en la obra. Sin ellos -es decir, sin poder determinar con precisión a qué nos estamos refiriendo- toda la estructura construida tambalea y, lo que es más grave, queda a la merced de un riesgo serio: que el autor invoque o remueva la categoría indefinida, conforme a su voluntad, convicciones o prejuicios.

Conceptos como “armas” para el combate político

El problema conceptual referido resulta agravado, en un libro como Breve Historia…, en razón de que el autor escoge pivotear justamente en torno a categorías como las de “populismo” o “antipopulismo” que, aún en (o a partir de) la eterna opacidad que muestran, se encuentran ya sobre-cargadas de sentido político, a la vez que llevan sobre sus espaldas una enorme carga emotiva: se trata de “conceptos de combate”, y así han sido utilizado en estos últimos años, en la discusión política local. El mismo Ernesto lo reconoce bien, al comienzo de su libro, cuando señala que el concepto de “populismo” - aparece “usado como arma más que como categoría de análisis” (p. 12). La dificultad que aparece entonces es que, tomando ventaja de la imprecisión propia de los conceptos centrales de la obra, el libro sirva para llevar adelante la propia batalla, y participar así en la disputa política diciendo lo que quiere decirse, con independencia de lo que la investigación del caso autorice a afirmar.3  De ese modo, la tesis que se explora en el libro puede pasar a entenderse no como el resultado de un largo trabajo de investigación, sino como premisa o punto de partida (o prejuicio) a partir de la cual se va ordenando y clasificando la historia que se examina -cual lecho de Procusto.

Ofrezco un breve ejemplo de aquello a lo que me refiero: Donald Trump. El autor de Breve Historia…rechaza la posibilidad de asociar a Trump con el “populismo”: Ernesto está pensando, de modo especial, en los líderes socialmente progresistas latinoamericanos, y por tanto, aquella asociación de Trump con el populismo -como la de Jair Bolsonaro y populismo- no encaja con lo que el libro quiere afirmar. La pregunta es, sin embargo: se encuentra la obra en cuestión en condiciones de demostrar por qué alguien como Trump no sería un “populista,” sino un “antipopulista”? Entiendo que no. Alguien podría preguntarle a Ernesto -basándose en los propios rasgos que él mismo elige subrayar, a la hora de hablar de líderes “populistas”: “Pero cómo así? No es que alguien como Trump era un caudillo, despreocupado u hostil frente a la cuestión institucional, que buscaba un vínculo directo con las masas, que tenía un discurso anti-establishment, y que era votado por los sectores subalternos más marginados y molestos (los desempleados, los huérfanos de la industria automotriz, el campesinado empobrecido, los “feos, sucios y malos” del sistema norteamericano)? No pasa por allí, acaso, la definición más común del “populismo”? (en el libro de Semán, rasgos tales aparecen, por caso, en la página 12, según veremos enseguida) Parece que no. Semán hace algunos esfuerzos importantes, en este caso (el de Trump) para demostrarnos por qué -a pesar de las apariencias- Trump no merece ser considerado como un “populista” (Notablemente, mientras que Casullo, en su libro, clasifica a Trump como un “populista neoliberal”, p. 132; Semán lo encasilla en el bando contrario, y como formando parte de la “derecha antipopulista”, p. 253). Así, el autor se apresura a aclararnos por qué, pese a que Trump pareció apoyarse en “marginales apremiados por la globalización”, debe considerarse que el ex Presidente se apoyó, en verdad, en un “grupo de fanáticos” compuesto sobre todo por “CEOs”, “abogados de firmas prestigiosas” y “fuerzas armadas”; y por qué ,aunque Trump pareció expresar la “rebelión de los de abajo contra el sistema” el trumpismo debe ser visto, en verdad, como expresando “una calculada manipulación desde arriba”; o por qué, aunque el discurso de Trump parecía mostrar un “carácter antiinstitucional”, el trumpismo se encontraba comprometido, en verdad, con “la mismísima constitución” (pp. 260-1). En este tipo de párrafos encontramos la versión menos atractiva del libro escrito por Semán. Lo que hallamos aquí es a un autor intentando de modo ansioso de “descontaminar” su “tesis” de contra-ejemplos molestos -tratando de encajar la historia con sus preferencias, “por la razón o la fuerza -especialmente la fuerza”.

La historia argentina como la historia del peronismo

En el párrafo conceptualmente más cuidado del libro (en la introducción, p. 12), Ernesto Semán define al “populismo” latinoamericano de un modo localizado y específico, asociado a la coyuntura político-económica posterior a la Segunda Guerra. Esta definición variará o se reemplazará por varias otras, más adelante. Semán hablará, por ejemplo, de “populismo como reacción a la injusticia”, (p. 97); o de “populismo” como “desorden” y “desobediencia a las jerarquías establecidas” (p. 245); de “populismo” como concepto asociado centralmente a “la noción de derechos sociales”; y de “populismo” en referencia a un “mundo plebeyo amenazante”, (p. 13); pero también de “populismo” entendido como sociedad ordenada en torno al líder (cap. 6), y de “populismo” como “obstáculo ingobernable” (p. 16).(Habrá que decir: peor será la suerte del término “antipopulismo”, porque, según queda claro desde el comienzo, para el libro resulta obvio que “no hay un antipopulismo, hay antipopulismos”, p. 11. Y los hay para todos los gustos: “frontales, conciliadores, defectuosos, aspiracionales, democráticos, violentos, violentísimos, efímeros” -enumera Semán, borgeanamente). 

En todo caso, y volviendo a la definición de “populismo” introductoria: en este caso (p.12), el más esmerado de todos, el “populismo” queda entendido como “la forma dominante de inclusión de las clases populares (obreros urbanos y campesinos) en la política de masas entre los años treinta y los sesenta del siglo XX”. Coincido con esa definición: el populismo como un concepto localizado en el tiempo, y vinculado con una peculiar coyuntura política y económica (los años de posguerra, la sustitución de importaciones, líderes políticos autoritarios, un período de inclusión de la naciente clase obrera, etc.). Para la Argentina (y parte del mundo) hablar de dicha idea es hablar del peronismo, como el autor nos aclara. El problema del libro es que, luego de localizar bien al fenómeno “populista” en relación con un período concreto y estrecho (digamos, los 30 años citados), el autor amasa y extiende el concepto (estira “la masa” obrera, digamos) hasta conseguir abarcar toda la historia del país y, con algo de esfuerzo, la historia del mundo. Ese concepto-lente (“populismo”) pasa a ser el punto de mira y comprensión de todo lo ocurrido en estos últimos doscientos años. Pero es claro que, de ese modo, aquel concepto más o menos preciso, relacionado con la incipiente clase obrera, una industria mediana, y la sustitución de importaciones, pasa a navegar por entre medio de situaciones -política, económica, socialmente- por completo diferentes. La secuencia “gaucho-compadrito-cabecita negra-choriplanero”, en la que Semán insiste, como hallazgo, implica vincular -como formando parte de la misma familia- a lo que es demasiado diverso. Por supuesto, existen vasos comunicantes entre tales categorías sociales (“gaucho, compadrito…”): la condición de “grupos subalternos”; el estatus de “grupo temido” por (ciertas franjas dentro de) la elite; su carácter como los “feos, sucios y malos” dentro de la historia contada por “los que ganan”. Sin embargo, cuando se examinan dicho categorías como sustrato del populismo, o del proto-populismo, o del post-populismo, las analogías imaginadas y los vínculos establecidos estallan: es demasiado lo que hay que forzar, para que todo quede incorporado dentro de la antítesis “populismo-antipopulismo”.

Para que se entienda lo dicho: el problema al que apunto sería similar al que enfrentaría un historiador francés que quisiera leer toda la historia francesa a partir de categorías igualmente localizadas en el tiempo, como las de jacobinismo (o “antijacobinismo”) o bonaportismo (o “antibonapartismo”). Sin duda, tales conceptos nos remiten a eventos históricos cruciales en la historia de aquel país, que expresan tendencias de cierto modo latentes o manifiestas en la vida política de Francia. Sin embargo, parece obvio que la pretensión de explicar toda la historia francesa a partir de cualquiera de tales categorías implicaría un ejercicio forzado, que requeriría aplanar toda la historia, para eliminar singularidades y diferencias manifiestas entre períodos históricos (digamos, para la Argentina, ese “aplanamiento” lleva a Semán clasificar a la provincia de Formosa del 2017, por ejemplo, como “populista”, mientras que a San Luis como “antipopulista”, p. 254). Del mismo modo, el problema que aquí señalo se reproduciría si el “martillo” conceptual que utilizáramos, para leer toda la historia (argentina) fuese el más promisorio, preciso, estudiado y universalizable concepto de clases. Con él, la secuencia que entusiasma a Ernesto (“gaucho, compadrito…”) se entendería mejor, pero igual -dada la opción por una sola, y limitada, herramienta de análisis- se nos dificultaría innecesariamente la comprensión de otros conflictos nacionales de importancia crucial (conflictos religiosos, geográficos, etc.).

Y una vuelta de tuerca todavía más grave: dado que, para la historia argentina, la única referencia histórica real y acordada del concepto de “populismo” aparece en relación con el peronismo, el riesgo que se genera entonces es el de “peronizar” toda la historia nacional, como si la misma pudiera ser re- construida, de punta a punta, a partir de los vínculos y enfrentamientos que pudieran darse entre “líderes populares” y “pueblo desobediente”. La cuestión, entonces, pasa a ser cuán parecido o distante, cuán idéntico o disímil resulta, cada período escogido, en relación con el peronismo -la esencia de la historia nacional. La historia nacional puede ser re-clasificada, en conclusión, como la pre-historia peronista, seguida por el largo período peronista, y luego por el post-peronismo. Parece claro, sin embargo, que la vida política del país trasciende al (decisivo) peronismo, y no puede ser reducida o atada al decurso de su existencia.

Una nota final

El importante libro de Ernesto Semán presenta una mirada renovada y refrescante en torno de la historia argentina. Sobre ese análisis histórico-político (que, salvo en relación con los últimos años, comparto casi en su totalidad) Ernesto injerta, como si fuera ajena al libro, una controvertida tesis central, referida a las tensiones entre “populismo” y “antipopulismo”. Dicha tesis, según entiendo, no termina de integrarse a la obra, aun cuando el autor pretenda transformarla en el eje que la articula. Ello, entre otras razones, porque -como sostuve antes- los conceptos centrales del trabajo terminan siendo “blancos móviles” que nunca se terminan de definir con precisión. En todo caso, el libro puede leerse (y, en lo personal, es así como prefiero leerlo) como un buen y novedoso ensayo sobre la historia nacional, con independencia de (o poniendo entre paréntesis) la tesis sobre el “antipopulismo” que parece haber motivado al autor a escribirlo. Más allá de las críticas que -con la admiración y el respeto que me genera la obra- me interesaron presentar en los párrafos anteriores, entiendo que debemos agradecerle a Ernesto Semán por el saludable y más que bienvenido aporte que ha hecho, a través de la original relectura de una historia que, en más de un sentido, compartimos. 


[1] En otros casos, mientras tanto, el autor afirma (de un modo que se encuentra en tensión con lo señalado recién) que conceptos como los de “populismo” o “antipopulismo” pueden llegar a “significar cualquier cosa” para “el observador desprevenido”, pero no para “la mirada atenta” (del lector cultivado?) que sí sería capaz de detectar “los sentidos precisos y certezas compartidas” sobre los significados en juego (p. 244).

[2] Notablemente, el “descuido conceptual” que caracteriza al libro de Semán, en relación con los términos centrales de su obra, contrasta con el esforzado trabajo conceptual que procura hacer María Esperanza Casullo -principal referente e interlocutora de Semán en el área, según él mismo comenta- en su libro Por qué funciona el populismo? (Siglo XXI, 2019). En mi opinión, la definición por la que se inclina Casullo, a la hora de presentar al “populismo” (una definición que ata al término a la idea de “discurso mítico”), es equivocada e inatractiva (el “populismo” merece ser entendido como fenómeno no sólo discursivo y político, sino también -sino sobre todo- sociológico y económico, algo que Casullo directamente descarta, p. 43). Casullo confunde, desde mi punto de vista, una dimensión de interés, pero finalmente secundaria, en la caracterización del “populismo”, con un rasgo esencial del mismo. Sin embargo, el empeño y cuidado que pone Casullo en la clarificación conceptual del término (podría decirse que todo su libro está dedicado a ello) es muy valioso, y como tal, digno de encomio.

[3] La bienvenida, refrescante y controversial “mirada propia” del autor, sobre la historia argentina, se extrema y torna más difícil de aceptar, cuando Semán se involucra en el análisis político de los últimos años (particularmente con los años del “macrismo”). Allí se advierte, más que en ningún otro caso, el uso del libro como “arma de combate” político. Ilustro lo dicho con un par de afirmaciones. Por ejemplo, la idea según la cual post 2019, y durante la crisis pandémica- millones de personas, en la Argentina, abrazaron las banderas de “muerte” y “libertad económica”, resultan más asombrosas que polémicas (p. 261). En la Argentina, a diferencia de lo ocurrido en Estados Unidos o parte de Europa, el movimiento anti-vacunas se mostró (notablemente) inexistente. De manera similar, la idea según la cual, desde 1983, el “antipopulismo que se hizo dominante…se convirtió en el depositario de las esperanzas más recalcitrantes que habían movido al régimen militar”, no es sólo injusto frente a millones de opositores al actual gobierno sino, sobre todo, palmariamente falso (p. 204). En la Argentina, a diferencia de otros países de la región, el rechazo masivo a la dictadura (en particular, dentro de la clase política) resultó, desde 1983, casi unánime.

[4] Adviértase que no se trata sólo de un concepto al que se lo define de modo diferente: ocurre que cada una de esas definiciones diferentes tiende a entrar en conflicto con cualquiera de las otras: los derechos sociales nos remiten a un mundo jurídico eminentemente judicializado; la idea de “desorden” nos remite a lo contrario; la apelación a la justicia social nos remite a una sociedad que se empodera, pero el poder concentrado en el líder nos remite a lo opuesto, etc.