31 oct. 2019

29 oct. 2019

Crónicas columbianas 11: Washington Square, el Aleph del mundo






I

Desde que llegué a Washington Square, alguna vez hace mucho tiempo atrás, lo supe: se trataba del Aleph de este mundo. La mejor vez fue cuando estuve de paso, unas cuantas semanas -frente a la plaza, en la Biblioteca Bobst- juntando información para mi trabajo sobre el constitucionalismo latinoamericano. Era verano aquí, y las Universidades no tenían mayor movimiento, parecían cerradas (mucho mejor para mí, que buscaba estar todo el día leyendo). Entonces, cada mañana temprano, llegaba a la Biblioteca, retiraba los 4 o 5 libros de la jornada, y me los llevaba a la plaza, donde me quedaba leyendo, sentado al sol, todo el día. Recuerdo, sobre todo, que fue ahí donde decidí incorporar a mi investigación a la tradición constitucional mexicana. Dudé mucho en abrir esa puerta, porque sabía que si la abría, lo que llegaba resultaría imparable, indetenible, el infinito: un camino de ida y sin regreso. Fue así. Una avalancha de lecturas. Recuerdo, en particular, estar ahí en la plaza, llorando, mientras leía sobre la historia de un indígena y luego Presidente, Benito Juárez. Juárez se había exiliado en los Estados Unidos, y aprovechaba el tiempo de la separación, del dolor, para apreder a hablar castellano, de la mano de su amigo, mi ídolo de entonces, Melchor Ocampo.

II

Decía de Washington Square como el Aleph del mundo, y que supe que lo era, desde un comienzo. Volví estos días a reunirme con esa plaza: tenía tantas ganas de reencontrarme con ella. Me senté, esta vez, dispuesto a mirarla, esperando, con papel y lápiz en mano, abierto a ver qué llegaba. Miré y vi a varios skaters, haciendo equilibrio incierto -imposible diría- sobre un umbral riesgoso, peligrosísimo, afilado. Lo vi a Thiru Kumar, de Sri Lanka, elaborando con cuidado las mejores dosas jamás preparadas, desde un puesto ínfimo, minúsculo, oculto, absurdo, donde cada mediodía (de 11 a 4), desde hace 18 años, lo esperan como devotos, religiosamente, sus comensales: es su reino en esta Tierra. Vi a un bro, obeso y cansado (el de la foto), armando pompas de jabón gigantescas, y vi a una banda de chicos que eran puro exceso, desenfrenados (los ojos encendidos como soles) desparramando los brazos para tomarlas. Vi a una pareja de chinos, distraídos ellos, que iban de la mano, como no van los chinos; y a un equilibrista, con el torso desnudo, dando el salto más alto del mundo, sin que nadie advirtiera la hazaña (él siguió como si nada). Vi a una señora vieja, con la mirada perdida, recordando un barco que se alejaba (un barco que se iría despacio, despacio, dejándola allí para siempre, sin retorno a su patria). Vi a una pareja de hipsters, paseando a su perro, ambos con las barbas bien recortadas (barbas que recordaban, a quien no lo advertía, que de hípsters se trataba). Vi a un ciego pidiendo limosnas; a 5 afros sentados frente a sus mesas, -el ajedrez preparado- aguardando a sus contendientes (sólo uno de ellos terminaría jugando, en esas horas tempranas, y ganaría, por supuesto). Vi a una par de pakistaníes, recién casados, junto a un fotógrafo que los posaba en escenas que daban pena. Yo también les tomaría unas cuantas fotos, pero a los 3 de ellos: fotos penosas. Vi a una anciana con peluca; a un pastor holandés junto a un pastor alemán; a un niño que sacaba a pasear a su dinosaurio de verde plástico. Vi a un hombre sentando en su banco, con la radio prendida, pero con el pensamiento en blanco; y a un anciano, en ese mismo banco, aprovechando a escuchar los sonidos que el otro dejaba libres y no tomaba. Vi a dos niñas jugando, como juegan las niñas, como si su mundo fue era el único mundo, el verdadero, y el resto del planeta no existiera. En ese mundo, el de ellas, los canteros eran murallas; los helechos, la selva; la fuente del centro, la tormenta, y los truenos; los caminos de las hormigas, carreteras; los reflejos del sol, unos rayos mágicos que venían y se iban -misteriosamente (me recordé feliz, cuando niño, rodeado y solo en mi planeta, como ellas). Vi a otro niño ahí cerca, mirando a su padre, necesitando de él, buscando ansioso el calor cercano, algún gesto: alguno. Aguardando que su padre lo mirara a él, que le sonriera, que le hiciera comentarios bobos o le diera un reto, como los otros padres a sus hijos. Pero su padre estaba ausente, otra vez, sin ni siquiera pensarlo: para su padre no estaba, no había estado nunca. Ni era el olvido para él, pero no importaba: esperando, esperando, esperando, con la sonrisa preparada. Vi a una monja que parecía filipina, y por eso misionera; vi dos mujeres hermosísimas, negras, de frente ancha, interminable, como sólo tienen la frente las etíopes. Vi a un oficinista apurando su almuerzo; y a su compañera, de espaldas a él, comiendo sólo para pasar el rato: estaban juntos, se conocían de siempre, pero no se hablaban. Vi al domador de perros, al paseador de perros, a una mujer soltera abrazada a su perro, ilusionada. Vi a un ángel cruzando fugaz, tratando de que no lo viera. Me miró. Vi al mismísimo demonio sonriendo, porque se creía victorioso: tenía razón y lo sabía. Vi ardillas varias; un pájaro; dos gatos negros; decenas de perros. Vi a una mujer vendiendo estampitas. Vi a un veterano de guerra ofreciendo chucherías de guerra. Vi a un viejo hippie, a menos de dos metros del otro, con anteojos Lennon, rematando pins insultantes a Trump. Vi un espejo. Y vi mi rostro, apenas reconocible, en el espejo. Y vi tu rostro también, reflejado ahí, y lloré al recordarlo. Vi a un payaso con sus globos, sus manos y zapatos exagerados, su sonrisa ancha, pintarrajeada. Pensé: quién podría reírse hoy de algo como esto? Vi a un abogado que recién salía de su despacho. Atravesaba con paso rápido la plaza, yéndose, por fin, y aún así, disimulando: una vida entera disimulando. Vi a la luna a lo lejos, y estaba hermosa. La vi, primero, en un trazo del agua (el que había dejado la lluvia de ayer, en un descuido), y luego en el alto. Se la veía amable, generosa, inmensa, como llamándome, como haciéndome un guiño: tómame. Vi, sobre la noche, a 10 pordioseros, juntos en la esquina norte, la más sombría. A uno de ellos le brillaba la mirada, y en su mirada se entreveía un rostro, y en ese rostro se entreveía la muerte. Y tuve miedo, pero ya era tarde para temer nada.





28 oct. 2019

Crónicas columbianas 10: Abducido/En trance. Y cuál será el final?


En estos días, y después de poco más que un par de semanas de haber iniciado el viaje, termino el  primer borrador del libro que vine a escribir por acá arriba. Me había planteado comenzar por aquí, y seguirlo a mi vuelta, en un total de 3 meses. Lo empiezo a cerrar ahora, después de apenas 15 días: unas 230 páginas a espacio simple, al promedio de unas 10 páginas por día, tardando más o menos 1 hora por página, unas 10-12 horas por día escribiendo. Y casi sin sentirlo: en trance.

Debo decirlo: "fue hermoso mientras duró". Pero lo que quería comentar del trance es lo siguiente. El punto alto de la experiencia ayahuásquica ha sido éste: Había reservado la mañana del sábado para comenzar con lo que debía ser el último capítulo. Tenía alguna idea acerca del tema que trataría, pero ni noción acerca de su contenido. Me preguntaba entonces: Cómo concluirá el libro? Cerrará con un final angustioso o esperanzador? ("Es que ganará la democracia, o triunfará, en cambio, ´finalmente, el constitucionalismo?"). Desde el viernes me mostraba ansioso con eso. Quiero decir, esperando con la respiración nerviosa, andando de una punta a la otra del pasillo: Qué pasará?? (Cómo preguntándome: "Y quién habrá matado al espía? Habrá sido el mayordomo el asesino?). Como gritando: Díganme ya, no puedo resistir más, necesito saberlo! Como era esperable: Me sorprendió el final! No me lo esperaba! (Como en los sueños, exacto así. Igual que cuando uno se despierta, asombrado o con susto por lo que ha soñado. Cómo es que uno puede sorprenderse, o despertarse sobresaltado, si es que uno mismo ha sido el autor de lo que ha soñado?).

27 oct. 2019

Crónicas columbianas 9: Levante frustrado en Manhattan


El breve que cuento, y que anticipa la foto, es real. Sábado a la tarde en Manhattan. Una especie de Mariel Hemingway se detiene sobre el paso de cebra, algo adelantada en su cruce. Tal vez intuye lo que va a pasarle. La detiene el semáforo. Veo allá atrás algo que de pronto se mueve. Es alguien: él. Aparece presuroso, urgido, urgente. Advierto que hay algo extraño y tomo la foto. El hecho captará el instante, el instante previo. Él apura el paso, ahora que se puso en rojo, y ella se ha frenado. Acelera. La alcanza. Frente a mí, se le acerca, acerca su rostro al de ella...y se le declara. Le dice que nunca vio a alguien igual. Que no puede creerlo. El semáforo se pone verde, ella roja. Lo mira con gesto amable, pero avergonzada. Le dice que no, que no, que no puede. Agacha la cabeza, cruza, y mientras sonríe frágil, delicada, con la mano abierta se cubre la cara.

26 oct. 2019

Crónicas columbianas 8: Crisis democrática: aún con los ojos cerrados.




A los fines de escribir este libro, decidí trasladarme, en la primera semana de octubre de 2019, a los Estados Unidos. Mi intención era aislarme de los compromisos, a veces agobiantes, en mi país, y escribir en compañía de grandes bibliotecas y profesores amigos. El contexto de los Estados Unidos también parecía propicio para escribir sobre lo que he estado escribiendo: una extendida situación de (lo que se ha denominado, de modo acertado) “fatiga democrática”, y que alguna vez he tratado de describir, hablando del derecho, como un estado asentado de “alienación jurídica”. Un sentido compartido de que las normas que nuestras comunidades aprueban, en nombre nuestro, nos resultan completamente ajenas.

Decía que el contexto político norteamericano parecía muy ajustado a mis preocupaciones, e incitante para avanzar en lo que estaba escribiendo. Llegué aquí en un momento muy especial, cuando ocupa la Presidencia un hombre inapto e impensado, y la sociedad norteamericana aparece muy dividida. Muchos de los profesores con los que estoy vinculado se encuentran escribiendo, en estos días, sobre los modos en que podría proceder un impeachment presidencial -un juicio político.

En el momento en que tomo un avión hacia aquí, el 9 de octubre, un colega y amigo me contacta, desde Barcelona, para que tengamos alguna participación conjunta en el juicio, frente a una sentencia que está por dictarse, en España, y que está llamada a generar un estallido en las calles: la condena a 9 líderes independentistas, luego del fallido (por varias razones) intento de la dirigencia catalana, por declarar la independencia política de Cataluña. Debo declinar la invitación a intervenir en el asunto, que amenaza con consumir el poco tiempo del que dispongo para sentar las bases de este libro, y lo hago también con dolor: estallan en estos días multitudinarias manifestaciones de protesta, en Barcelona, de una masividad nunca antes vista.

Esta misma mañana -cuando escribo esto es el 26 de octubre- me levanto dispuesto a escribir unas notas contextuales, destinadas a apoyar mis dichos en este capítulo que inicio, referido a la “erosión” y “fatiga” democráticas. Me dispongo a realizar una pequeña investigación para ofrecer una idea del tipo de problemas a los que quiero referirme, pero antes, como cada mañana, me preparo un café y leo los diarios del día. Apenas abro uno, me desbordan y abruman las noticias del día. Me resulta imposible asimilar todo lo que leo, en el momento en que me disponía a explicar qué es lo que entiendo por “erosión democrática.” Uno de los principales columnistas que leo, cada sábado como hoy, escribe en su columna del día sobre la perentoria necesidad de “evitar una tragedia en la Argentina”, relacionando la situación en mi país con la que ocurre en países vecinos, que caracteriza hablando de “levantamientos populares, repudio al poder constituido, muertes, represión, destrozos, amenaza a la gobernabilidad”. El columnista, Eduardo Fidanza, habla de “votantes desesperados que podrían decir de las elites gobernantes lo mismo que dijo Jacobo Burckardt de las grandes personalidades: ‘son todo lo que nosotros no somos.” Es el diario de hoy.

Mientras demoro un poco la lectura sobre las movilizaciones en Barcelona, y las manifestaciones en Francia (donde continúan las protestas, cada vez más violentas y extendidas en el tiempo, de los “chalecos amarillos”), leo que “una ola de furia” se ha apoderado de América Latina. La urgencia y actualidad de la situación es tal, que ni siquiera me concentro en un análisis de la situación de Venezuela, en donde un impecable informe de la ONU, elaborado bajo la dirección de la ex Presidenta Chilena Michelle Bachelet, habla de 6700 muertos en año y medio, 5 millones de exiliados. No. Me refiero a lo que ocurre en estos días -hablo de ayer mismo, o de mañana- en el resto de los países de la región.

Digo ayer mismo, y mañana mismo, y no en un sentido metafórico. Digo ayer, porque ayer, 25 de octubre, se produjo en Chile la movilización más grande en la historia del país: más de un millón de personas se volcaron a las calles de Chile para presionar al gobierno de Sebastián Piñera por cambios estructurales. El diario dice que no se veían manifestaciones semejantes desde hace al menos 30 años, cuando los chilenos se lanzaron a las calles luego del plebiscito de 1988 a través del cual se derrotó a Pinochet. La consigna de los manifestantes es: “Chile despertó”, “No estamos en guerra” (el Presidente del país, con una torpeza y una llamativa falta de sensibilidad para captar lo que allí está ocurriendo, había hablado hace días del problema social, diciendo “estamos en guerra”). En pocos días, desde el estallido del conflicto, el 18 de octubre, se produjeron en Chile 19 muertos y destrozos graves en una mayoría de ciudades. Conviene, también, dejar anotado cuál fue el hecho que desató el conflicto: apenas -diría- un aumento en el precio del boleto de subte, que a los pocos días, y asustado por la dimensión que cobrara el asunto, el Presidente Piñera decidió anular, reemplazándolo por ayudas sociales. Las manifestaciones en su contra no cejaron, sino que aumentaron, exigiendo su renuncia. Ayer. Un millón de personas.

Digo movilizaciones masivas, aumento en el precio de los servicios, pedidos de renuncia al Presidente, y consiguiente anulación presidencial de los aumentos decididos, para hablar de Chile, pero exactamente los mismos dichos, en esta misma semana, me hubieran permitido hablar de Ecuador. Diciendo exactamente lo mismo. Apenas unos días atrás (el 14 de octubre), el Presidente Lenin Moreno acaba de derogar el decreto 883, que eliminaba al subsidio a los combustible, y que había desatado una ola de protestas, radicalizadas movilizaciones indígenas, incendios y saqueos en todo el país.

Y dije mañana, también, porque mañana se celebran las elecciones, en mi país -la Argentina- pero no en un marco político y social de entusiasmo (en la Argentina las jornadas del comicio suelen ser de algarabía popular), sino de tristeza, bronca y desencanto. El país aparece política, y no sólo económicamente, quebrado: se habla de la existencia de una “grieta política” (un término que se viene utilizando en muchos países, desde España a Venezuela) para hacer alusión a la hostilidad que exhiben las dos principales facciones del país (en la Argentina, como en otros países), hoy enojadas entre sí, y políticamente enfrentadas. La futura vice-presidenta del país fue ya Presidenta de la Argentina en dos oportunidades, y llega a su nuevo cargo con seis pedidos de prisión preventiva y 12 procesamientos confirmados.

Me referí, en estas líneas, a lo ocurrido -apenas en un puñado de días- en una diversidad de países -desde España o Francia, a la Argentina, a Chile, Ecuador o Venezuela- pero pude haber hablado de casi cualquier otro país, en Occidente, y sobre todo en el continente americano. Pude haberme detenido, por caso, en un análisis de la situación en Bolivia: no en su situación histórica, sino en lo que viene aconteciendo desde el domingo pasado. Quiero decir, una sucesión de destrozos, incendios y enfrentamientos sociales, luego de las denuncias de fraude que se desataron apenas comenzó oficial de votos, luego de las elecciones presidenciales del pasado domingo.

Pude haberme concentrado, sino, en el análisis de las divisiones que muestra Brasil, y la catástrofe que implica el gobierno de Jair Bolsonaro. O pude haber hecho referencia a la situación de tragedia social que se vive en Nicaragua, desde el estallido en 2018 por las reformas al sistema de seguro social, y las multitudinarias protestas desatadas desde entonces, denunciando una brutal represión policial, y exigiendo la renuncia del presidente Ortega. O pude hablar de México, y de la “nueva crisis de seguridad nacional”, que se disparara estos días, luego de que el gobierno -de perfil ideológico de izquierda- perdiera una nueva batalla al liberar al hijo del jefe narco mexicano, “el chapo Guzmán”, cediendo el control al narcotráfico de la ciudad de Culiacán. Si no era el caso, podría haber elegido hablar de Uruguay, y de las manifestaciones masivas que acaban de producirse en contra del plebiscito “Vivir sin miedo,” que incluye nuevas medidas que permiten a los militares actuar en la seguridad pública.

Quiero decir: pretendí ponerme a investigar sobre el contexto de crisis actual de la democracia, para explicitar qué es lo que entiendo al hablar de “erosión democrática,” pero me bastó ponerme a leer el diario de hoy mismo, cuando esto escribo. La situación nos estalla en el rostro, y es imposible no verla, aún con los ojos cerrados.

25 oct. 2019

Crónicas columbianas 7: Emoción de Public Library



Como en los últimos días me mudé -vivo ahora de prestado, en el departamento de unos amigos- mudé también, con mis cosas, el epicentro de mis investigaciones. Antes, el eje de mi trabajo lo ubicaba en la parte “alta” de la ciudad, y la Biblioteca de la Universidad de Columbia (eventualmente, luego de un viaje que disfruto, en la parte “baja” de la ciudad, con la Biblioteca de Derecho de la Universidad de Nueva York como destino). Con la mudanza, en cambio, mis lecturas y escrituras se trasladaron al “medio,” y desde hoy trabajo, centralmente, en la Biblioteca Pública de Nueva York -la Public Library.

Tengo, hacia esta Biblioteca Pública, un especial cariño. Por un lado, por un tema menor: aquí hice, para mi investigación más larga (el constitucionalismo latinoamericano), parte de mis búsquedas más raras. Por otro lado, me mueve un tema mayor: amo las bibliotecas públicas, y ésta, entre las que conozco, ranquea entre las de más arriba. Esta biblioteca ha sido siempre un gran ejemplo de las cosas buenas, amigables, generosas, que ofrece esta difícil, áspera ciudad -una ciudad que excluye a los sin-dinero, entre tantas otras cosas. Una de las Babel del mundo, la Biblioteca lo alberga todo pero, además, abre la mano y lo entrega.

Basta llegar a sus puertas para darse cuenta: la ciudad se ha apoderado de ella. Todo el mundo sentado en las escalinatas de la entrada, que aparecen plagadas de mesas y sillas de metal. Cada quien haciendo en el espacio, y de él, lo que se le ocurre: tomar sol, charlar, dormir la siesta (tomando un escalón como cama), escribir, pintar, jugar al ajedrez, ver pasar al universo.

Luego uno entra. Yo hacía rato que no venía, así que había olvidado las reglas. Entré, con la mochila a cuestas, reviviendo los miedos y molestias que me genera la Biblioteca Nacional, en mi ciudad -puertas cerradas; revisiones múltiples; negación del acceso a internet (¡); y también (cuesta creerlo, cuesta decirlo, cuesta admitirlo) prohibición de entrar con libros propios. Pero qué pena!

Me acerco a la Sala Principal, y me encuentro con un hombre sentado solo, sobre una silla, en la puerta. Miro más allá, y veo -como el protagonista de El Expreso de Medianoche- la libertad entera del otro lado. La libertad está ahí, apenas cruzando el umbral, a pocos metros: mesas de madera extendidas, todas ocupadas por personas leyendo, jugando, cada una con su lámpara, su enchufe, una hermosa luz, acceso a internet, silencio. Personas con auriculares, escuchando música; otras, mirando películas; otras más, avanzando con sus tesis doctorales; algunos jugueteando con sus celulares; otros, ya cansados, durmiendo; y otras más, buscando libremente en la red, lo que se les ocurriera; muchos leyendo, subrayando, haciendo cuentas; y todos los libros, de todo el mundo, disponibles: la libertad.

Le pregunto al hombre, algo temeroso, dónde me tengo que inscribir; dónde gestionar la autorización para entrar (al Paraíso, iba a decirle), con mi computadora y mis libros, para quedarme el resto del día. El hombre, vestido de gris, con corbata y saco, era especialmente amable. Me mira a los ojos, contento, me sonríe, y me dice: “no hay que pedir nada a nadie, entrás y te sentás donde quieras.” Me quedé un poco pálido ante la ausencia de protocolos, lo saludé y crucé el umbral. Enseguida, encontré uno de los pocos sitios vacíos. Me senté, y me puse a llorar.

No es que me conmoví un poco, que sentí cosquillas en el pecho, que temblé de emoción, que una electricidad en las manos. No. Me puse a llorar a mares. Por la alegría de estar ahí, con todo el día a disposición, en ese mundo infinito, amable. Por no tener que pedirle permiso a nadie. Por tener abrigo, para todo el día, en un lugar cálido. Por tener todo el tiempo del mundo. Por verme rodeado de ricos, pobres, estudiantes, nerds, raperos, freaks, viejos, nenes, personas con peluquín (y luego: musulmanes, negros, latinos, indios, judíos ortodoxos, africanos: todos los extranjeros del mundo). Por sentirme bien tratado, respetado, en un espacio digno, limpio! Pero, sobre todo, lo que me entristeció fue pensar en lo que no tenemos, pudiendo tenerlo, y pidiendo tan poco. Quiero decir, hablando hoy de bibliotecas: cultivar el espacio de la libertad en común, tratarnos algo así como si fuéramos humanos. O, lo que es lo mismo: no hace falta disponer de todos los libros del mundo, para tener lo que vale la pena, lo que se extraña, quiero decir, las condiciones básicas de la hospitalidad pública, el trato igual para todos, la apertura, la dignidad, el buen trato. Y ya nada de desidia, revancha, guerra, destrato. Nada de eso, en este pequeño mundo, por un rato.




24 oct. 2019

Conversación con Waldron, en NYU

Current Debates on Judicial Review and Democracy

Thursday, October 31, 2019  |  5:00 PM - 7:00 PM
Furman Hall, 330
245 Sullivan Street New York, NY 10012 

Professors Jeremy Waldron and Roberto Gargarella, two leading scholars on legal theory, will explore current debates about the problematic relationship between judicial review and democracy, and its connection with the protection of human rights in an unequal world. They will examine the evolution of these discussions in legal academia over the last decades and how legal theory scholars have shaped their positions over time. Special attention will be given to the role of the courts in different countries such as Colombia and South Africa.

Jeremy Waldron teaches law and philosophy at New York University. Until recently, he was also Chichele Professor of Social and Political Theory at Oxford University (All Souls College). He studied law and philosophy at University of Otago and pursued his D. Phil. in legal philosophy at Oxford University, under the supervision of Ronald Dworkin. Professor Waldron is one of the most active critics of judicial review.

Roberto Gargarella is Professor of Law at Universidad de Buenos Aires and at Universidad Torcuato Di Tella. He studied law and sociology at Universidad de Buenos, where he also obtained his first doctoral degree in law. He holds a J.S.D from University of Chicago, as well as an LL.M. from that university and another master's degree from FLACSO. His scholarship focuses on dialogic constitutionalism, Latin American constitutionalism and human rights.

The dialogue will include references to the following articles:

Jeremy Waldron, The Core of the Case Against Judicial Review, 115 Yale L.J. 1346 (2006);

Jeremy Waldron, Judicial Review and Political Legitimacy (2017), unpublished manuscript presented in Bogotá;

Roberto Gargarella, We the People Outside of the Constitution: The Dialogic Model of Constitutionalism and the System of Checks and Balances, 67 (1) Current Legal Problems 1 (2014);

Roberto Gargarella, Why do we care about dialogue, in Katharine G. Young, ed., The Future of Social and Economic Rights, Cambridge: Cambridge University Press, 212 (2019).

Reading these materials is not required to participate in the activity.

The event will take place in Furman Hall, Room 330.

Sponsored by the Latinx Law Students Association.

Abogados y abogadas que dicen Myriam al Congreso!

http://www.laizquierdadiario.com/Abogados-y-abogadas-dicen-MyriamAlCongreso?fbclid=IwAR2m8PzzYDuipkuP_U5CdgXLYjOGJGG_TPrulWU4PF0wvZScV4TmRB-KKZc
El constitucionalista Roberto Gargarella encabeza la lista de decenas de abogadas y abogados que los dieron su apoyo a la candidata a diputada por el FIT-U.

22 oct. 2019

Myriam tiene que estar



En las elecciones de octubre, además de Presidente, se eligen diputadxs y senadorxs.
En las PASO, los resultados ubicaron a Myriam Bregman a pocos puntos de disputar con las dos listas mayoritarias la última banca de diputadxs por la Capital Federal. Que pueda ingresar al congreso dependerá de sumar nuevos apoyos.
Los abajo firmantes damos nuestro apoyo a Myriam Bregman   candidata por el Frente de Izquierda Unidad, para que ingrese como diputada, por expresar una trayectoria de lucha por los derechos humanos, de las mujeres, la juventud y lxs trabajadorxs, en defensa del medio ambiente. Es necesario que haya una voz opositora a los bloques políticos mayoritarios que van a conformar el Congreso,  con referentes que han demostrado estar siempre del mismo lado, especialmente en momentos de crisis y ajuste como el que atraviesa hoy el país.

PRIMERAS FIRMAS

Roberto Gargarella – Abogado constitucionalista
Gustavo Gallo - Defensor Público de Niñez
María del Carmen Verdú – CORREPI
Ismael Jalil -CORREPI
Liliana Mazea – Abogada Lesa Humanidad
Sofia Caravelos, Presidenta del CIAJ y abogada Defensoria del Pueblo de la PBA
Javier  Spaventa - Abogado laboralista
Andrea Forgueras, abogada laboralista y de DDHH.
Alejo Caivano, Abogades en Cooperativa.
Paula Kerle, integrante de Abogades en Cooperativa
Alejandra Yael Bernat, integrante de Abogades en Cooperativa
Joaquín Corti Bielsa, integrante de Abogades en Cooperativa
Daniel A. Stragá
Nicolás Tassara, abogado de Fundación Anahí.
Marta Ungaro, hermana de Horacio Ungaro y trabajadora del Poder Judicial.
Carolina Vilchez, abogada del Colectivo La Maza.
Luis Bonomi, abogado de causas de Lesa Humanidad.
Florencia Kordich, integrante de Abogades en Cooperativa
Ester Ali, abogada docente de la Facultad de Derecho UBA.
Mario Villareal, abogado de Daniel Ruiz.
Daniela Bernardette Porcel de Peralta
Rubén Tripi,
Edgardo Moyano
Luz Santos Morón
Celina Tidoni
Matías Aufieri
Maia Hirsch
Natalia Hormazábal
Daniel Vicente Rijavec
Brian Nadir Magnaghi
Micaela Romina Corzo -CORREPI
Juan Ignacio Maurin - CORREPI
Silvia Luján Góngora Federico Pollevik
Agustín Comas
Carlos Platkowski
Lilén Reyes,
Ingrid Hirsh
Constanza Villanueva
Eric Soñis
María Jazmín Zapata
Jorge Osvaldo Sillone
Gabriel Ignacio Dellagiovanna
Vanina Gutierrez
Adrian Krmpotic, abogado docente de la Facultad de Derecho UBA y Unpaz.
Erika Solange Lopez
Rodrigo Andrés Godoy
Pablo Bentivegne, integrante de Abogades en Cooperativa
Andrea Nibeyro
Mauro Tabak
Natalia Gutierrez
Gustavo Intrieri,
Enrique Jasid,
Mara Martini,
Mariana Derni,
Paolo Zaniratto,
Luciano Sívori,
Sebastián Hugo Maidán,
Vaneza Rodríguez,
Gabriela Campos,
María Cristina Luna, abogada. Investigadora.
Augusto Huerta,
José Chiarello,
Lautaro Miranda,
Jessica Bandoni
Lorena Novella
Gastón Berra, abogado y docente de la UNLP
Damian Brumer. Abogado. Militante del Colectivo de abogadxs populares La Ciega
Jairo Castro Moreno. Abogado. Militante del Colectivo de abogadxs populares La Ciega
Maria Laura Jorajuría, Abogada y ayudante de catedra de Sociologia Juridica de la UNLP
Hernan Alexis Navarro, abogado integrante del Colectivo de abogadxs populares La Ciega

21 oct. 2019

Locura en Chile/ "Estamos en guerra"

Cuando la política queda en manos de una elite desatada

20 oct. 2019

Crónicas columbianas 6: Elster feliz, bajando la montaña



Después de unos meses, volví a encontrarme, esta noche, con Jon Elster, el cientista social noruego. Como otras veces, pero también como nunca antes, en una noche luminosa, hablamos de la pasión por escribir, por el entusiasmo de hacer sólo lo que uno quiere, sin importar los costos de ello: Elster está por cumplir 80 años, y sigue escribiendo, embarcado en un proyecto personal al que espera concretar en 5 años! Dijo estar muy contento con el tema, y de advertir, con satisfacción, que sigue teniendo ideas. Elster insistió, además, sobre cuestiones que siempre ha remachado: sólo hay que escribir sobre lo que a uno le gusta, sólo hay que involucrarse con aquello que a uno le interesa. En otros términos, escribir sin calcular, sin hacer lo que hacen tantos: pensar en cuál es el tema con más mercado; cuál el “nicho vacío” del que uno, con astucia, podría apropiarse; cuál es el hot topic del momento (para quienes hacen estudios doctorales afuera, agregaría, otro problema es buscar el tema localísimo, pensando así en "zafar" el doctorado, reafirmándose en lo que uno ya sabe, y sin aprender nada nuevo).

Contó Elster que ahora estaba en prensa el volumen 1, de los 3 que publicará sobre lo que pasó a ser el gran tema de su vida: lleva 30 años comparando las Convenciones Constituyentes Francesa y Norteamericana (hace 30 años debutó en la cuestión tratando de publicar uno de sus artículos luego más citados: “Argumentación vs. Deliberación”, en la Revista de la Escuela de Derecho de Yale, y su artículo fue rechazado!). Contó también que los primeros dos volúmenes serán puramente históricos (reconstruir la historia que precedió a los debates, y la de los mismos debates); y que los historiadores (pocos gremios tan celosos de su territorio) aborrecían de esos escritos suyos. Pero concluyó: “no me importa para nada, escribir todo esto me divierte muchísimo, lo disfruto a montones, y sólo quiero seguir haciéndolo”.

Y también contó lo siguiente, excitado y moviéndose en la silla: “Yo miro cómo me siento mientras escribo. Si me siento subiendo una montaña, trabajosamente, me detengo enseguida, miro, y me digo: acá hay algo que no va. O el tópico no me interesa, o lo que escribo no me gusta. Entonces lo dejo. Pero cuando siento que voy bajando la montaña, ahhhh, esa sensación. Eso es maravilloso, conozco bien esa sensación, la sentí tantas veces” -dijo feliz, emocionado.







Chile: La hoguera de las desiguladades

Premio Seminario a la Cineasta de la Década

Petra Costa, actriz y directora de cine brasileña. Autora de filmes semi-documentales: refinada, talentosa, de cabeza abierta, con las emociones siempre cerca. Premio indiscutido por una obra intensa y reciente. Habíamos mencionado ya su trabajo sobre la caída del PT, The Edge of Democracy (2019), que se suma a Olmo & the Seagull (2015), Undertow Eyes (2009) y Elena (2012). Brillanta!

Sale el homenaje a Nun!


16 oct. 2019

Crónicas columbianas 5: Correr de atrás





Con la escritura del libro en el que estoy embarcado, me pasa algo extraño. Como nunca antes, he estado hablando del libro antes de publicarlo. Cómo puedo hablar de lo que todavía no he escrito? Cómo anticipar noticias sobre lo que todavía no he terminado? Anatema! Vergüenza en mí! Llegué varias veces a decir, incluso, que el libro ya lo tenía escrito en mi cabeza, completo, y que sólo necesitaba apretar el botón, dar la orden, para sacarlo: ponerme a escribirlo. Cuesta admitirlo, pero hasta ahora ha sido así, plenamente así (lo cual no dice nada, por supuesto, sobre la calidad de lo escrito, o sobre el interés que pueda generar, o no, el futuro libro). Un libro que no me cuesta escribir, en absoluto, porque ya está todo escrito por dentro. A veces me pregunto: A alguien le importará este libro? Y respondo: Es que no me importa! Tengo que completarlo!
***

Vivo estos días con la sensación de ir corriendo detrás del texto, me agoto escribiendo lo que interiormente ya tengo escrito. Me pasa lo que a un traductor simultáneo, que tiene que traducir al que habla demasiado rápido: no hago tiempo a tomar todas las notas que escucho; no alcanzo a traducir al texto todas las frases que se me dictan; no me da la velocidad de las manos para escribir lo que se me va hablando. Está bueno eso. No me había pasado muchas veces, escribiendo artículos. No me había pasado nunca, escribiendo un libro. Un libro ya escrito, que transcribo. Uno en papel del copista esmerado: un amanuense disciplinado.
***

Lo más sensacional de este estado de éxtasis expresivo, es la liviandad, la ligereza con la que siento que escribo (otra vez, esto no dice nada sobre el valor del libro). Ni el mínimo esfuerzo! Todo el trabajo ya terminado! Todo el pensamiento ya hecho! Siento que todo está ya procesado: se trata de pasar las notas al papel, simplemente. Qué fácil que es esto! La extraordinaria ventaja de la situación es ésta: escribo, literalmente, donde quiero, donde puedo, donde me encuentre. Lo comento un poco porque yo mismo me sorprendo: escribir en cualquier lado! Como en el juego de la silla: escribo en la silla que me toqué, y si me toca el piso sigo escribiendo (Ayuda muchísimo, para eso, estar en freakilandia. Es muy liberador ese estado! Hacer cualquier cosa, y que a nadie le importe un reverendo céntimo lo que uno hace. Habla, también, de las libertades que no tenemos, o que no nos damos). En estos días me encontré escribiendo:

* En las bibliotecas, la mayor parte del tiempo

* En la cama, como ahora

* En cafés (decenas, varios por día)

* En la sala común de NYU

* En el subte (Tomo el subte todos los días: trayectos larguíiiisimos. Esos son los mejores: cuanto más largos, mejores: más tiempo escribiendo. Me encanta tomar la computadora y escribir mientras el subte avanza, sobre todo cuando avanza lento, o cuando arranca y el maquinista dice: stay clear from the closing door. Buenísimo. (El multiculturalismo entero resumido en un vagón de subte. Como decía alguno: ayudame a mirar, que solo no puedo). Media hora de trayecto? Excelente! Un montón de tiempo por delante! 10 minutos solamente? Bien, adelanto unos párrafos!

* En un banco al costado del subte, esperándolo. A veces, si estoy entusiasmado, dejo pasar uno o dos trenes, hasta completar la idea: qué mundo el subterráneo! Me contaron, que bajo el asfalto…

* En un banco de la plaza-planeta que es Washington Square. Al sol, hermoso. Me canso un poco y levanto la vista: Esas caras! Esos cuerpos! Esos gestos! Un show permanente, infinito, inacabable, inabarcable! Qué planeta WS!

* En un banco del parque, mirando al Hudson

* En el Banco (el Citibank!!), esperando a que me atiendan (insoportables).

* En un banco interno de la Facultad de Filosofía, también esperando a que me atiendan.

* (Ésta es interesante:) En el pasto, junto a la cancha de fútbol, un viernes a la mañana, con los pantalones cortos y zapatillas, esperando que vinieran mis compañeros de fútbol de hace varios años (No vinieron! No se jugó! Dónde están? Dónde están jugando?). Me quedé más de una hora aguardándolos, con la vela de la ilusión prendida. No se apagó, porque estaba escribiendo, aunque llovía.

* (Ésta es increíble:) En el sillón del dentista, una hora y media, mientras el dentista esperaba que el seguro autorizara mi “gasto” (no lo autorizó!). Nota increíble 1: El dentista no tuvo otro paciente durante la primera hora de esa espera, y me dejó ahí sentado. Estaba en cualquier otra, con su cara de astronauta alunizado. Nota increíble 2: Había una televisión con un video puesto, que me interesó muchísimo (en tanto película para ver en el dentista, mientras le sacan a uno una muela): Tetro, de la fase onanista de Francis Ford Coppola. Filmada entre La Boca y San Telmo. Mirando un rato, escribiendo otro, hablando con la vieja asistente, dominicana, con la que nos reíamos un poco de la película.

Llevo poco más de una semana acá arriba, y ya tengo dos tercios del libro terminado. Pero qué bueno! Pero qué raro! Pero qué es esto?





15 oct. 2019

Crónicas columbianas 4: En mi cuarto




Vivo en un cuarto de 3 x 4, donde apenas entran una cama y un armario. En el cuarto puedo dormir o salir de él: para eso me sirve. El espacio no me alcanza para un escritorio, para elongar o hacer gimnasia, para poner una silla donde colgar las piernas.  Mi cuarto se encierra entre una ventana amplia y tres paredes llenas de cuadros. La ventana choca contra el edificio de al lado (al que veo sólo de espaldas), mientras que, por sus otros costados, la habitación linda con dos cuartos contiguos, todos ocupados. No sé, en verdad, cuánta gente vive en este mismo departamento: entran y salen de a muchos, se abren y se cierran las puertas, continuamente, todos se movilizan hablando. No sé, no sé cuántos son, ni como se distribuyen en los cuartos. Sé que no hubo una sola vez -ni una sola- en que quise entrar en la cocina y alguien no estaba cocinándose algo (y eso que probé cenar a la medianoche, cenar a las 8, cenar incluso al mediodía). Sé que no hubo una sola vez que no tomé el ascensor sin encontrarlo lleno de lado a lado. (En la soledad en que vivo aquí arriba, vivo todo el día rodeado). Sé, también, que las dueñas de este piso son dos mujeres mayores, dos mujeres brasileñas: madre e hija. Mientras la hija trabaja, durante el día, la madre se queda aquí, del otro lado de mi pared, esperando. La escucho, todos los días, escuchando la radio: temas viejos de samba, de brasileña samba, mientras se queda esperando. Debe hacer más de 30 años que está aquí instalada en los Estados Unidos, pero no parece haberse acogido ni a la televisión, ni al cine o teatro: sus recuerdos son los de su barrio. La voz de la radio, en portugués, ni se escucha, no la escucha ni ella, pero el idioma es lo que importa: el lenguaje de su país es su casa verdadera, la casa en donde ella vive.

Vivo en un vecindario latino, donde durante todo el sábado se oye merengue, cumbia, ballenato. Los vecinos parecen dividirse en tres bandos principales: los que cortan el pelo, los que hablan de cortarse el pelo, y los que se la pasan cortándoselo. Los sábados, en particular, los hispanos se quedan en las veredas, las ocupan, y desde allí se encuentran, se saludan, se insultan: vociferan irreproducibles improperios, de mujeres a hombres, de hombres a hombres, de jóvenes a mayores. Lo mejor de los fines de semana es verlos jugar al dominó, golpeando sobre la mesa, disfrutando. Eso es fantástico: verlos ahí, abstraídos del mundo, desinteresados por quienes pasan al lado, jugando entre ellos, acompañándose sin decirlo, como si sólo estuvieran jugando. En el barrio también hay pizzerías con nombres breves (Bill; Ben; Bernie); puertorriqueños con botellas de cerveza en la mano; dominicanos hablando del dinero que les tiene que llegar o que deben ir enviando; venezolanos con deudas de almacén, comprando indefectiblemente platos baratos (chip poteitos); argentinos con la camiseta de Racing (la misma que tengo yo, del tiempo en que nos auspiciaba Multicanal) revolviendo la basura. “Qué es lo que tu haces”, pregunta un cubano. A pesar de los dolores, me gusta el barrio. Me gusta, en particular, cuando los viejos, de orígenes y destinos cruzados, se juntan frente a alguna puerta y discuten sobre temas con los que no están comprometidos, burlándose. Malhablados pero gritando. Me encanta cuando lanzan las risotadas, tan poco americanos, tan poco contenidos, tan excesivos. Somos esto, parecen decirles, somos lo contrario.

La portera de mi edificio es de Puerto Rico. La vi recién, por décima vez en el día, luego de haber salido en horarios irregulares, desde las 7 de la mañana y hasta hace un rato, casi sobre la media noche. Le pregunté qué hacía todavía en el edificio: había pasado sentada en su mismo lugar, todo el día, todo el tiempo: to-do-el-tiem-po ahí sentada. Van dos días enteros así, me dijo. Me aclaró que igual cierra los ojos un poco, se queda dormida, durante la noche, cuando ya no hay nadie. Me confesó que va a tener todavía dos días más así, enteros así, y me lo dijo riendo. Imposible.

Vuelvo a mi cuarto. Estoy tan cansado que me acuerdo de la canción de Vivencia! Uy qué viejo! La canción decía:

En mi cuarto
en mi cuarto se refugian las heridas,
que me han hecho,
que me han hecho los golpes de la vida
Allí nadie me molesta, ni critica, ni protesta
estoy solo
En mi cuarto, en mi cuarto
tengo hermanos a montones
tengo libros, tengo libros
que aclararon mis errores




13 oct. 2019

Crónicas columbianas 3: Secta en naranja


Anoche terminé el día agotado, mareado. Así que, bien temprano, decidí salir a caminar, esta mañana de domingo, para quebrar una rutina que todavía no llego a establecer. Quiero despejarme andando junto al Hudson, sin nadie, nada que me perturbe. Mientras voy llegando, bajando las barrancas, veo un movimiento intenso, raro (aunque, a decir verdad, casi todo lo que veo por aquí me parece raro). En todo caso, lo raro de ahora es esto: un grupo grande de personas, en su mayoría chinos, se agolpan frente a la primera bajada de las barrancas. Remeras naranjas, banderas naranjas, gorras naranjas. Parece una secta y sus miembros actúan como si lo fueran, pero no. Simplemente otro grupo de locos, me digo. Me acerco un poco y busco leer lo que dicen sus remeras, los papeles que cuelgan de las mesas que han instalado: parece que es un grupo que “camina por el Alzheimer,” algo tan normal como eso. La demás gente que anda por allí (no se si los llamaría los “normales”: runners, maratonistas obsesivos, gimnastas ansiosos que miran su reloj digital o celular a cada rato, lectores tempranos que buscan un espacio verde) pasan junto al grupo, y pasan desapercibidos. Los de la secta, mientras tanto, se mueven en su propio mundo, detrás de los dos o tres líderes del grupo, buscando que llegue el resto, que se arme el conjunto, y que la actividad -vaya a saberse cuál- comience. Todos pasan, decía, y pasan desapercibidos. Sin embargo, cuando me acerco yo, que también quería pasar a través de ellos, sin que me noten, la cosa es distinta. Uy, me digo, porque lo advierto enseguida. Varios me saludan, algunos me sonríen, un hombre inclina su cabeza a mi paso. Qué les pasa conmigo? Una vieja se acerca, busca darme un abrazo. Me asusto un poco. Doy un paso atrás, apresurado. Querrán secuestrarme? Querrán que forme parte de la secta? (toman rehenes?). Ahí veo el problema. En mi mochila cuelga, todavía, el pañuelo naranja que traigo de la Argentina, el que pide la separación Iglesia y Estado. Ahí está la cuestión, ahí me percato. Espero salir de este lío. Ahora soy uno más de ellos.

10 oct. 2019

Crónicas columbianas 2: 36 burócratas están salvando al mundo


1) Cuando en el Talmud se explica la tradición de los Tzadikim, se habla de 36 hombres justos que existen sobre la faz de la Tierra. Esas 36 personas son las que, sin que los demás se den cuenta, sostienen al mundo, por lo que, si ellos desaparecen, el mundo entero desaparece. Ese relato maravilloso es el que retoma Borges, en su poema Los Justos, que concluye con esta línea referida a los 36 hombres justos: "Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo."

2) Enfrentado a la burocracia universitaria de por acá arriba, veo -sin mayor sorpresa- que se repite aquí lo que uno ya conoce desde otros lados: burócratas que eluden sus responsabilidades; empleados que se señalan unos a otros; administrativos que se escabullen por la primera hendija que encuentran; colaboradores que a cada instante alegan tiempo de almuerzo o de descanso; oficinistas especializados en derivarlo a uno a la oficina de al lado; funcionarios que manejan el repertorio completo de las negativas disponibles; expertos en excusas departamentales; etc.

3) Pensando en 2 (la burocracia universalmente imposible) me pregunto entonces: Quién hace el laburo? Quién es el que lleva el trámite, si cada uno de los que están a cargo de algo, "le pasa la pelota" de su responsabilidad a quien tiene al costado? Recuerdo entonces a 1 (la historia de Los Justos), y me digo: creo que hay 36 burócratas, en la Tierra, que son los que hacen todo el trabajo. Todos los demás le pasan su tarea a los otros, y eluden así la tarea que tienen a cargo. "Esos 36 burócratas, que se ignoran, están salvando al mundo"

9 oct. 2019

Crónicas columbianas 1: Brazil en Columbia

Estoy por algunas semanas, tratando de empezar a escribir un libro, en la Universidad de Columbia. El libro es sobre constitucionalismo, hacía rato que tenía ganas de hacerlo, y ahora que tengo un tiempo sin clases, voy a ponerme en ello. 

Acabo de llegar, hace apenas horas, y aprovecho la jornada interrumpta para los trámites de rutina: obtener el ingreso a la biblioteca; acomodar las cuentas; abrir un correo.

Ocurre, sin embargo, y como era esperable, lo inesperado. Como en la película Brazil, de Terry Gilliam, parece que hace años, un burócrata, aplastó una mosca contra una hoja suelta de un folio, que resultó ser un folio de mi carpeta aquí, en la Universidad. Por el incidente, quedó registrado mal un número de mi expediente: un solo número. En Brazil, el hecho generaba un caso burocrático alarmante, que llevaba a que la vida completa del protagonista cambiara, y pasara a ser perseguido por las fuerzas del Orden hasta la agonía (depende de qué versión uno veía de la película, ese último momento era agónico o algo más esperanzador). La cuestión es que, por un número mal leído y mal escrito entonces, por un burócrata -un solo número- hace diez años, toda la maquinaria de la Universidad, frente a mi expediente, se traba: los trámites no pueden empezar, las paredes se agrietan, el techo cruje, se abre el abismo por abajo.

Finalmente, una solución a la argentina, provisional, con alambres ya usados, después de 5 horas, lo destraba todo. La máquina arranca, el trámite se soluciona: obtengo el número. Empiezo a escribir.

4 oct. 2019

Waldron en Colombia 3: El dinosaurio todavía está allí

Ante la respuesta del amigo Jorge Roa, sobre "el paso de Waldron por Colombia," (ver abajo) , sigue a continuación mi respuesta a su respuesta!


Cuando despertó,
el dinosaurio todavía estaba allí
(Augusto Monterroso)

Me alegra mucho poder mantener abierta esta conversación con el ilustre amigo Jorge Roa. Conociendo, sin embargo, el compromiso de ambos con la discusión pública sobre los temas que nos interesan, y la firmeza -o testarudez- con que sostenemos nuestras posiciones, prometo presentar una réplica de su réplica muy breve, y ayudar de este modo a apagar lentamente lo que promete ser un diálogo apasionante para nosotros pero continuo hasta el infinito. Tenemos y mantendremos dicha polémica, a lo largo del tiempo y por medios diversos, pero creo que al cabo de este ir y venir ya hemos dejado en claro nuestros respectivos puntos de vista, que es lo que por ahora importa. A continuación, por tanto, me centraré sólo en un punto de los varios que presenta Jorge en su rica e inteligente réplica. El punto que voy a hacer es pequeño pero no por ello menos relevante.

Lo que me interesó decirle a Jorge desde el comienzo de este intercambio es que en su texto original -como ahora en su réplica- él se pierde de tomar en cuenta la significativa crítica que Waldron está haciendo sobre el modo en que viene ejerciéndose en Colombia el control judicial. La crítica de Waldron es una que muchos compartimos, y por venir de quien viene, en el momento en que viene, gana especial sentido. Es una crítica hecha por quien es, seguramente, el analista más agudo sobre la materia; que es presentada en un momento en donde la Corte Constitucional Colombiana ha ganado un enorme reconocimiento internacional -más allá del que siempre tuvo, en América Latina-; frente mismo al tribunal; y en tiempos en donde él ya no sostiene la versión más radical y carente de matices que sostenía en un principio. Por todo ello, resulta particularmente interesante que Waldron -ése gran analista del control judicial- siga sosteniendo hoy -frente al reconocimiento alcanzado por la CCC, y en su “momento de moderación”- la crítica que sostiene. Pero Jorge -como otros buenos colegas- parece preferir que esa crítica “pase de largo”, como si Waldron no alcanzase a ver lo que está viendo, o no estuviera realmente preocupado por comprender lo que comprende, o estuviera hablándole al “mundo” o la “doctrina en general,” y no -muy específicamente- a los jueces y académicos del derecho colombianos.

El “core” de mi desacuerdo con Jorge se advierte, precisamente, en el preciso instante en que Jorge busca replicar mi señalamiento en este respecto. Allí, tratando de aclararme que él sí toma en serio la crítica de Waldron para Colombia y los colombianos, él revela lo contrario, al dejar en claro, de modo prístino, que él entiende que Waldron llegó a Bogotá para hablarle…a la doctrina mundial. Me dice Jorge, entonces, y con un énfasis pleno de amigables signos de admiración, que él no escribió “un artículo sobre Waldron en Bogotá para decirle a los lectores: “no lo escuchen, no tiene nada que ver con nosotros”. ¡¡¡Por el contrario!!!” -continúa- “lo escribí y le puse ese título porque creo que lo que Waldron dijo en Bogotá es muy relevante para el debate global sobre el judicial review”. No es así, Jorge -quisiera insistirle- él fue a Colombia para decir algo especialmente relevante, no para el “debate global,” sino para el debate colombiano. Jorge parece presentar a Waldron, en cambio, como si él hubiera hablado frente a los jueces de Angola -quiero decir, un país alejado de sus preocupaciones inmediatas- o los de Noruega -quiero decir, un país con un poder judicial básicamente deferente frente a la política, y un ejercicio del control de constitucionalidad sin mayores conflictos con el gobierno.

Pero no. Lo cierto es que -y esto es lo que dio especial atractivo y sentido al paso de Waldron por Colombia, y lo que me llevó a reivindicar esa visita suya- es que Waldron habló frente a los jueces de la CCC, con plena consciencia del lugar en donde estaba, y del modo en que en dicho lugar podían interpretarse sus dichos. Más todavía: lo hizo -y aquí el mérito que le destaco- poniéndose a estudiar algo de la jurisprudencia y doctrina colombianas, y tratando de responder en consecuencia (respondiendo de ese modo a la tradición celebratoria y auto-celebratoria que existe frente al gran tribunal colombiano). Adviértase que, interpretando de este modo al paso de Waldron por Colombia, ganan sentido pleno todos sus dichos, sus críticas, y sus matizaciones, de un modo que lo perderían si Waldron hubiera escogido un foro internacional cualunque -digamos, el de Angola o Noruega- como excusa para seguir refinando y modulando su postura inicial sobre el derecho, los desacuerdos y el “core of the case”. Por eso mismo, se entiende que Waldron le hable a grandes jueces y juristas como Manuel Cepeda, y no a la doctrina internacional en general: le dice a Cepeda -y, a través de él, a los grandes jueces y juristas de Colombia- que la objeción democrática no se salva alegando (como ellos han alegado) el derecho de la población a modificar la Constitución a través de procesos políticos de enmienda; ni se elude (como ellos la han aludido) apelando al hecho de que la Corte se haya abocado a una interpretación “sustantiva” y no meramente formalista de la Constitución (si la interpretación hoy requiere tomar en consideración principios, y valores, y derechos, y balancearlos de modo apropiado, por qué no reconocer, entonces, el carácter político de dicha tarea, que por tanto pasa a corresponderle centralmente al Congreso). Por eso también, hace pleno sentido que Waldron haya sostenido -reflexivo y auto-crítico como se mostrara- que años atrás sólo les hubiera dicho (a los colombianos, o a los noruegos o angoleños) que el control de constitucionalidad estaba “mal, mal, mal”. Por supuesto: hoy Waldron -como tantos de nosotros- ha abierto su postura inicial a matizaciones contextuales. Sin embargo -y esto es, precisamente (repito) lo que dio atractivo y sentido a su presentación en Colombia- Waldron se preocupó en señalar que, a pesar de todas las matizaciones que hoy reconoce a su postura inicial, y la admiración genuina que despierta el máximo tribunal constitucional colombiano, él todavía seguía advirtiendo problemas en los modos en que dicho control se ejercía (en Colombia) y se justificaba (a través de la doctrina y jurisprudencia colombianas). Waldron no fue hasta allí para apoyar la idea de que (lo cito a Jorge) “debemos aspirar a ser una sociedad core of the case.” No fue hasta allí, tampoco, para precisar (frente a la doctrina mundial) de qué modo podría ejercerse el control judicial en una sociedad “core of the case”, o para pensar, en abstracto, sobre cómo podrían ayudar los ciudadanos a construir una sociedad semejante (como lo sugiere Jorge en su respuesta). Waldron fue hasta Colombia, y habló frente a la CCC, para decir -en ese preciso lugar y tiempo- que, a pesar de todo -los cambios en su pensamiento; sus últimos escritos; la admiración que suscita la CCC; los buenos jueces y doctrinarios colombianos- el dinosaurio todavía estaba allí.

3 oct. 2019

Crónica de una entrega atrasada. Devolver El Federalista 33 años después





Hace muchos años -más de 30- asistía regularmente, cada viernes, al Seminario Nino (el famoso "Seminario de los Viernes") que reunía a un minúsculo grupo de alumnos, graduados, y profesores, en una pequeña sala del Instituto Gioja. En ese Instituto, muchos de nosotros aprendimos sobre Derecho Constitucional, Filosofía del Derecho y Filosofía Política, discutiendo textos (normalmente fotocopias) que Nino traía de sus viajes a tierras lejanas (para ese entonces, 1985, 1986, Nino viajaba recurrentemente a la Universidad de Yale, como profesor invitado), y que él se encargaba de presentar magistralmente, para luego coordinar la discusión que se abría. Para muchos, esos años en el Seminario resultaron más importantes que toda la educación universitaria, doctoral o post-doctoral, recibida antes o después: fueron años de democracia deliberativa puesta en práctica; años de goce en el aprendizaje; y años de enorme crecimiento personal. De allí, entre otras cosas, la gratitud y emoción de muchos de nosotros en relación con el Instituto Gioja (Instituto al que, durante muchos años, y por circunstancias diversas, tuvimos tan lejos; y que hoy, por fortuna, es dirigido por el amigo Marcelo Alegre).

Lo que me interesa contar, de todos modos, no es la historia del Seminario, sino la historia de un libro -El Federalista- y mi historia con él. Resulta que cada semana, durante más de un año, curioseaba los libros contenidos en las vitrinas de la Biblioteca del Instituto. Mientras esperaba el comienzo de las sesiones del Seminario, cada semana, miraba a través de esa vitrina -cerrada con llave- con la avidez de lectura que era tan propia de ese tiempo. Pensaba para mí: cuántos años hará que esta biblioteca no se abre? Cuánto tiempo hará que nadie saca un libro de allí! Había un libro, en particular, que llamaba mi atención, porque lo había visto citado en más de uno de los textos que leímos -El Federalista. Con la nariz contra el vidrio, miraba el libro -y el libro a mí- y me recordaba cada vez que debía leerlo.

Ocurrió, sin embargo, que un día llegué muy temprano al Seminario, y me encontré no sólo con la vitrina de siempre sino, también, con la llave de la vitrina. Sin mayores dudas o resquemores, abrí el armario, tomé el libro ansiado, un libro lleno de polvo, abandonado, solo y triste (en condición de encierro buena parte de su vida, cabe aclarar), y me puse a hojearlo con atención: el libro me interesaba muchísimo! (Me pareció escuchar: "sácame de aquí, sácame de aquí!". Una revelación diría). Carente de todo sentimiento de culpa, casi enseguida, decidí llevármelo a mi casa. Pensé: el libro allí dentro estaba casi muerto (encerrado, con frío, con un mundo dándole la espalda, privándolo de la posibilidad de ser), inmovilizado por años. Finalmente alguien le va a devolver la vida! Finalmente alguien lo va a leer! Finalmente la Biblioteca sin uso va a cobrar sentido!

La cuestión es que leí el libro, y el libro cambió el curso de mi vida. En lo sustantivo, me enojé muchísimo con los debates constitucionales norteamericanos (y así latinoamericanos), pero al mismo tiempo quedé fascinado con ese ejercicio de razonamiento que proponía el libro: cada decisión constitucional estaba justificada, meditada, razonada detenidamente. Un ejercicio de argumentación a través de razones públicas inigualable, fabuloso, claro, relevante. Extraordinario. 

Tal fue el impacto del libro que yo, que pensaba irme a estudiar un doctorado a Italia, terminé yéndome a completar mi doctorado a los Estados Unidos (me iría 4 años después), para escribir una tesis de crítica a lo que había aprendido, con la ayuda El Federalista, sobre esos debates constituyentes (crítica a la doctrina contemporánea que reivindicaba las argumentaciones de El Federalista). Desde entonces, también, me convertí (creo) en un gran difusor (y crítico) de los debates de El Federalista, en la Argentina y más allá (varios de mis primeros libros -Nos los representantes, La justicia frente al gobierno- giraron en torno a aquella obra, pero aún sigo escribiendo en sintonía con aquella forma de pensar).

Desde entonces me dije (tal vez en un mero ejercicio auto-justificatorio retrospectivo? Quizás como mera racionalización del hecho consumado?): "Qué importante haberme llevado esa obra! Cuánto aprendí de un libro que,  de otro modo, hubiera quedo muerto, perdido! Y cuánto ayudé a difundir y repensar aquellas ideas!" En otras palabras: Qué bueno haber tomado ese libro en préstamo, cuando ni sabía a quién pedirlo prestado! Un préstamo extendido, sí, excesivo quizás, algo inconsulto en sus formas, con el mejor ánimo, en cualquier caso.

Hoy, cuando volvía al querido Instituto Gioja a presentar un seminario, de la mano de mi amigo Alegre, decidimos -33 años después- que era hora de retornar el libro a su viejo anaquel! Cuánto había paseado ese libro por el mundo! Así que, antes de comenzar el seminario, en el que volvía a hablar sobre diseños institucionales, citando a El Federalista, hicimos la pequeña ceremonia de restitución, con el compañero Alegre. Hoy repatriamos a El Federalista, devolviéndolo a su viejo anaquel. Antes del (desgarrador) desprendimiento, arreglé y vestí al libro con sus mejores ropas (se había descascarado un poco en el camino; el cuerpo del texto le había soltado amarras a la tapa; el lomo lo develaba muy fatigado). 

El viejo libro volvió hoy a su vieja vitrina. Ahora lo retornaba a su estante, en donde vivirá sus últimos años, sin llave, sin prejuicios, tranquilo: realizado, me animaría a decir. Cuando lo dejaba, me pareció verlo sonreír. Acercando mi boca a la contratapa, en voz bien baja, antes de soltarlo le dije gracias. Larga vida al Gioja! Larga vida a El Federalista! 


Debate y recontra debate con don Jorge Roa

Hace unos días, posteaba esta nota, en réplica a un texto de Jorge Roa sobre "el paso de Waldron por Colombia". Aquí abajo el replica a mi réplica, que entre hoy y mañana tiene mi recontra-réplica (ya está escrita)

http://www.eafit.edu.co/escuelas/derecho/iconscolombia/Paginas/opinion-respuesta-a-roberto-gargarella-sobre-waldron-en-bogota.aspx?fbclid=IwAR05Ezd5RcCSQHB6M5C1GGu0wBTYmI0_1f62d3jrJL0j0U2EUsgCnCr4k78

(ya pongo la versión extendida de su texto, y mi réplica a la réplica de la réplica)

El pobre estado de nuestras democracias

Pubicado hoy en LN, acá:
https://www.lanacion.com.ar/opinion/lore-con-verit-ip-ercip-nid2293544




Poco después de la seria derrota electoral que sufriera, y frente a una Plaza de Mayo colmada, el Presidente en ejercicio gritó, emocionado, que había escuchado la voz popular, y entendido el mensaje de las urnas. Fue virtualmente lo único que dijo en su discurso desde la Casa Rosada, pero eso poco que dijo resultó ya enormemente revelador acerca del pobre estado de nuestra democracia. Quisiera hacer referencia a esa pobreza de la democracia asumiendo, sin embargo, que de este modo aludiré a “males” que no son exclusivos de nuestro país (aún cuando nuestro país sea claramente representativo del deficiente estado de cosas al que voy a referirme).

La respuesta presidencial de “los escuché” –escuché lo que dijeron en las urnas- es interesante porque, obviamente, las urnas no hablan, y ese no hablar refleja en los hechos nuestra falta de “voz”, tanto como la incapacidad general del sistema para ayudar a que nos expresemos con palabras. De este modo, también, se manifiesta la indolencia u hostilidad del actual modelo democrático, frente a nuestra necesidad de conversar (entre nosotros y con los oficiales públicos) sobre los asuntos comunes que más nos interesan.

La pregunta que podemos hacernos, entonces, ante las dificultades que afectan a nuestra vida pública, es: cuánto nos ayudan a decir las elecciones, y cuánto es lo que ellas impiden que digamos? A veces (y esto pareció sugerir el resultado electoral) las autoridades no entienden o no reconocen el tipo y gravedad de las angustias que afectan a miles o millones de personas. Sin embargo, las elecciones no contribuyen a precisar o dejar en claro cuáles son esas dolencias; o cuáles son las quejas predominantes; ni mucho menos cuáles son los elogios y cuáles las sugerencias de cambio que pretende la mayoría, o exigen los más afectados. Carecemos de medios institucionales que favorezcan esa conversación entre iguales. Es que la mayoría del pueblo, con su voto desfavorable, pidió cambiar todo, o sólo algunas cosas (cuáles, y de qué modo)? Es que la mayoría le dijo a la oposición “vuelvan y hagan lo mismo que antes”, o es que en realidad quiso decir “vuelvan pero por favor no repitan tales errores” (“vuelvan pero sin corrupción;” “vuelvan pero sin autoritarismo”; “vuelvan pero con otro plan económico”; “vuelvan pero sin mentiras”)? No podemos saber nada de esto –otra vez- porque las elecciones revelan mucho menos de lo que ocultan o no dejan ver.

A resultas de dificultades expresivas como las señaladas, tiende a ocurrir que el gobierno (el Presidente en el ejemplo citado) diga “yo los escuché,” “ya los entendí”, pero lo cierto es que ni él ni nadie tiene constancia cierta, después de una elección, de lo que las mayorías quieren y de lo que rechazan. Pidieron otro plan económico? Demandan más planes sociales o menos? Quisieron decir que no les interesa la corrupción, o que este gobierno es corrupto también? No lo sabemos. Del mismo modo, la oposición puede decir –como algunos opositores han estado diciendo- “la ciudadanía exige que volvamos, para hacer lo mismo que ya hicimos”; o, más bien, “la ciudadanía reconoce que se equivocó al sacarnos del gobierno, se arrepiente de habernos votado en contra, y nos pide disculpas”; o, también, “el pueblo ahora entendió que teníamos razón.” La verdad es que todas estas afirmaciones (a mi entender disparatadas, en su mayoría) resultan compatibles con el resultado de las elecciones: cualquiera puede interpretar lo que le da la gana, del modo en que se le de la gana, a partir de lo que “dijimos” en las urnas. Simplemente, no sabemos casi nada de lo que el pueblo dice cuando vota, por lo cual tenía poco sentido sostener, como sostuvo el Presidente, “yo los escuché”, “ahora los entiendo”. Lo cierto es que, a través de medios institucionales tan precarios como los que tenemos, nadie puede decir sensatamente que entendió el mensaje de las urnas: quisimos decir muchísimas cosas a través del voto, pero no se nos permitió aclarar o precisar nada de lo que pensábamos. El hecho es que carecemos de la oportunidad de dialogar, de poner matices, de decir “apoyo esto, pero no esto otro, y aquello nunca más.” Simplemente: la democracia se convirtió en un sistema que en los hechos nos priva de la palabra. Nuestra democracia no nos ayuda a conversar, y sólo nos permite, cada tantos años, arrojar algunas piedras contra la pared y hacer un gran ruido, con la expectativa de que quienes están en el poder descifren ese mensaje diverso, matizado y rico que intentamos expresar con los muy toscos medios con los que contamos. Lo que termina ocurriendo, entonces, es que quienes tienen poder (dentro o fuera del gobierno) interpretan lo que quieren, del modo en que quieren, para actuar luego en consecuencia, y a nuestro nombre.

El problema en cuestión tiene que ver, entonces, con muchas cosas, que incluyen la absoluta carencia de herramientas institucionales que nos permitan hablar, intercambiar argumentos, dejar en claro “qué sí, qué no, y por qué” frente a cada elección. El problema en cuestión tiene que ver, también, con la enorme limitación que es propia del único instrumento democrático del que disponemos efectivamente –el voto- para dar cuenta de todo lo que queremos afirmar y rechazar frente a cada elección (el voto periódico es el único instrumento que sobrevivió, de los muchos que en su momento caracterizaron a la democracia, y que incluían asambleas y foros públicos, revocatoria de mandatos, instrucciones obligatorias, y un largo etcétera). Y el problema en cuestión tiene que ver, sobre todo, con la visión “minimalista,” restrictiva, limitadísima de la democracia, que comparten oficialismo y oposición: una visión de la democracia conforme a la cual democracia es sinónimo de elecciones periódicas: democracia es (sólo) votar. Por ello es que escuchamos tantas veces, de parte del gobernante de turno, ideas como la de “no los voy a defraudar” o “si no les gusta lo que hago, armen un partido y gánenme en las próximas elecciones”. Se trata de lecturas elitistas y excluyentes de la democracia; que se erigen sobre una gran ausencia, que es la del pueblo; que asumen la concentración del poder como un dato; que suponen la omnipotencia presidencial; y que desconocen lo más importante, esto es, que la democracia no sólo no se reduce a las elecciones, sino que es, sobre todo, lo que ocurre desde el día después de que las elecciones terminan. Hoy, sin embargo, todo está organizado para que todo siga como estaba: “gobierno de unos pocos, para unos pocos, en nombre del pueblo, pero sin el pueblo.” En razón de todo lo dicho, necesitamos recuperar el viejo lugar (y el viejo concepto) de la democracia como diálogo inclusivo: sabemos que es justo, sabemos que es necesario, pero sobre todo sabemos ahora que es posible.