18 ago. 2019

José Martínez Suárez, gloria del cine argentino

1-6, mon dieu

Alberto F. y los medios de comunicación

https://www.clarin.com/politica/alberto-fernandez-kirchnerismo-_0_E6f65sJyT.html
"Yo lo que creo es que siempre en el mundo hay un debate sobre el rol de los medios. Yo todos los días verifico que no existe mucha incidencia de los medios sobre el pensamiento de la gente. Creo que difícilmente nosotros podríamos haber sacado la cantidad de votos que sacamos si los medios pesaran sobre la conciencia ciudadana. Por lo menos en materia política. Tal vez en otras cosas sí, pero en materia política, no. ¿Qué quiero decir con esto? Que hay que sacarle dramatismo a lo que los medios dicen en materia política. Hay que sacar el dramatismo."

15 ago. 2019

Entrevista para Ámbito Jurídico (Colombia)

Gracias Leonardo "Sugar" García Jaramillo
https://www.ambitojuridico.com/noticias/constitucional-y-derechos-humanos/mi-vida-intelectual-esta-muy-marcada-por-las-tragedias

Leonardo García Jaramillo

Departamento de Gobierno y Ciencias Políticas, Universidad EAFIT


Con ocasión de la ceremonia de aceptación de su primer doctorado honoris causa por parte de la Universidad de Valparaíso (Chile), el reconocido jurista argentino Roberto Gargarella dialogó con el profesor Leonardo García Jaramillo, de la Universidad EAFIT.


Se trata de uno de los académicos más influyentes del Sur global. Ha contribuido a definir la agenda de investigación latinoamericana en los terrenos constitucional y teórico-democrático. Su obra ha influenciado, además, la doctrina y la jurisprudencia de países que han debido precisar el contenido definitivo vinculante de derechos como la libertad de información, la protesta social y la participación política.


Crítico de las posiciones contrarias a consultar a la ciudadanía cuestiones políticas fundamentales mediante plebiscitos (Ferrajoli), ha enfrentado también las viejas formas de la participación política en América Latina y la configuración del Derecho de tal forma que una gran cantidad de personas quedan a merced del eventual reconocimiento judicial de sus derechos fundamentales. Lo anterior tiene implicaciones prácticas y normativas que ha desarrollado en sus investigaciones.

 En este sentido, ha escrito y coordinado libros sobre los fundamentos legales de la desigualdad, el rol institucional del poder judicial respecto de los poderes Ejecutivo y Legislativo, las posibilidades del constitucionalismo para transformar sociedades desiguales y sobre la necesidad de reformar no solo la sección constitucional que consagra los derechos, sino también aquella que organiza el poder. Ha articulado su escepticismo acerca de una versión sustantiva del activismo judicial con sus trabajos previos en democracia deliberativa. En este campo de intersección se ha especializado en los últimos años en la historia del constitucionalismo latinoamericano y en el constitucionalismo dialógico.

 Parafraseando a John Plamenatz, filósofo político montenegrino: toda vez que cada autor está profundamente influenciado por las circunstancias de su propio tiempo, para comprender bien los temas sobre los cuales ha escrito Gargarella, y su enfoque, debemos saber algo acerca de las condiciones sociales y políticas de su época y su país, así como de las controversias relevantes entonces.

 ÁMBITO JURÍDICO: Existen numerosas entrevistas sobre diversos aspectos de su obra y, adicionalmente, por su activo rol como intelectual público, su pensamiento constitucional y democrático es ampliamente accesible. Por eso, y aprovechando esta grata efeméride, quisiera conducir esta breve entrevista desde sus influencias intelectuales y desde su contexto de formación.


Roberto Gargarella: A quien primero tengo que rememorar, por supuesto, es a Carlos Nino. Fue una persona muy estudiosa y curiosa con la historia de las ideas y con la historia política. Pero la historia se remonta un poco atrás.



Mi vida intelectual está muy marcada por las tragedias políticas argentinas. Me estoy formando hacia el final del largo periodo que dura la dictadura (1976 a 1983). Las lecturas a las que teníamos acceso eran muy limitadas y hay mucha censura, aunque uno no es consiente del todo o e sno e s turas son muy limita un periodo largo que es el que dura la dictadura me estoy formando. Las lecturas son muy limitade ella. Las lecturas, además, eran muy sesgadas. Mi hermano y yo, que estudiábamos juntos, éramos fanáticos de la historia, pero teníamos acceso a muy pocos libros. Cuando termina la dictadura y empieza a salir a la luz una gran cantidad de libros escondidos, nos rompía la cabeza, porque implicaba darse cuenta que, de esa materia que tanto te interesaba, no sabías nada. La caída de la dictadura fue un momento mentalmente revolucionario, pero no lo digo en términos heroicos, sino en términos de la pena que sentíamos por haber perdido tanto tiempo. De ahí que la avidez, la desesperación, por devorar tantas lecturas como fuera posible, era mayúscula.



Muchas de mis lecturas estuvieron marcadas entonces por lo que estuvo oculto y luego apareció abruptamente. Comienzo a estudiar Derecho en la Universidad de Buenos Aires en 1982 y la dictadura cae en 1983, o sea que vivo parte de la brutalidad de la enseñanza de esos años, que era autoritaria, vertical, violenta y machista, y también la explosión posterior.



En mi caso la explosión se da también cuando empiezo a estudiar Sociología. Eso también tiene que ver con la dictadura, porque como carrera había sido prohibida. La reabren, pero como secretamente, en el subsuelo de la Facultad de Derecho. Y la historia es que lo hacen, porque la hija de un general quería estudiarla. Entonces, como estoy yendo todos los días a la Facultad me doy cuenta de que se reabre, estoy súper interesado, y empiezo a estudiar Sociología. Eso me rompe la cabeza, otra vez.



Empezamos a acceder a lecturas y a materiales impensados. Empiezo Sociología en 1984 y resulta muy contrastante tanto en los contenidos como en la forma de su enseñanza. Por un lado, respecto de lo que estaba estudiando en Derecho durante la dictadura, e incluso después, y, por otro lado, en cuanto a la forma, pues era menos vertical, más crítica y, como era la época en la que renacía la Sociología en Argentina, se trató de su versión más radical. Teníamos además clases en las mismas aulas. Los profesores daban su clase de Derecho y las clases más importantes de Sociología se daban después en la misma aula. El uso del espacio era tan distinto que también me resultó muy chocante, digamos, poder ver esos dos mundos tan distintos que coexistían en el mismo espacio: lo peor de la formalidad del Derecho y lo más rupturista del momento que eran los estudios de Sociología. Todo eso tuvo un gran impacto.



Á. J.: Y en la segunda mitad de sus estudios de Derecho aparece Carlos Nino.



R. G.: Efectivamente. Empiezo a asistir a los seminarios de Nino, que se realizaban los viernes en la Facultad de Derecho, hacia 1985. Eso me resulta muy deslumbrante. Pero ese background que estaba formando en Sociología hace también que mi aproximación a la filosofía analítica, que se estudiaba mucho allí, fuera muy particular. Por eso en algún punto siempre fui el ala izquierda del “ninismo”. Llegaba con unas aspiraciones y una cabeza muy distintas respecto de quienes venían exclusivamente de Derecho. Teníamos demandas o expectativas diferentes. En la base de mi formación se encuentra esa combinación de lo que aprendía con Nino y lo que aprendía en Sociología, que eran dos mundos que también estaban en tensión entre sí, y a la vez los dos muy distintos de la formación dogmática, autoritaria, de Derecho.



Con Nino paso el primer año desesperado porque se habla un idioma que no entiendo. Recuerdo que me voy unas vacaciones a donde iba siempre, a una pequeña playa donde mis padres tenían un lugar para la familia, a donde viajaba la clase media, y me paso todo el tiempo con el libro Ética y derechos humanos. Ese verano siento que aprendí un idioma. Aprendí a hablar un lenguaje y a pensar de cierto modo. Vuelvo al seminario de Nino y hablo el idioma. Fue un proceso muy fuerte. Y eso fue central para mí, decisivo.



Esto es entre 1985 y 1986. Después hago la maestría y el Doctorado en Argentina, y en 1990 o 1991 me voy a Chicago a empezar otra maestría y doctorado. En ese lapso también trabajo con Nino en el Consejo para la Consolidación de la Democracia y, después, cuando termina el gobierno de Alfonsín en 1989, nos vamos a un instituto privado.



Esos años los recuerdo siempre como de gran aprendizaje, fuera de la formación universitaria, en las tardes con Nino discutiendo alrededor de la mesa de café, comiendo facturas y dulces, en almuerzos. Nino era muy inteligente y un discutidor infinito. Imposible ganarle una discusión, pero, al mismo tiempo, estaba desesperado por discutirlo todo. Hay algunas anécdotas famosas de subirse a un taxi y bajarse cuadras después de haber llegado a su destino para poder seguir argumentando. Esos son los años de formación dura. La discusión con él y el grupo que congregaba, sobre todo a Marcelo Alegre, Marcela Rodríguez, Otto Michelle… Son años muy bonitos vitalmente.



Á. J.: ¿Por qué se va luego a Chicago a hacer un segundo doctorado y después a Oxford?



R. G.: A la Universidad de Chicago me fui porque quería estudiar con los marxistas analíticos que estaban en la Facultad de Ciencia Política: Elster, Przeworski, Stephen Holmes, Bernard Manin… Si bien en Derecho era como un extranjero, ahí obtuve mi título. Mi supervisor fue Cass Sunstein. Él, ejemplar en cuanto a que era una persona inteligente y que nos daba a leer infinidad de cosas buenas. Estaba también muy en lo suyo, entonces la forma de dialogar con él, de que me leyera y corrigiera, fue hacer dos o tres de sus cursos. Era muy detallado en las correcciones. Por ese tiempo escribió After the Rights Revolution (1990) y The Partial Constitution (1993) que para mí son dos libros muy valiosos en constitucional.



Cuando termino el doctorado me voy a Oxford a hacer un posdoctorado. Nino moriría en ese momento. Quien me recibe es un amigo suyo: Joseph Raz. Mi gran apuesta era trabajar con Gerald Cohen, que era otro de los grandes marxistas analíticos. Con ese grupo, que no se llevaba necesariamente bien entre sí, he seguido en relación. Con Cohen, que ya murió, fuimos muy amigos; con Przeworski hemos seguido trabajando mucho, y también con Elster, con quien acabamos de publicar un libro: Constituent Assemblies. Esos fueron mis segundos años formativos.



Después, hice como un proceso nuevo de tesis doctoral cuando empecé a escribir sobre constitucionalismo, porque siento que ha sido el mismo proceso de meterme, de zambullirme, en una discusión y de tratar de llegar hasta tan lejos como pueda, leyendo desesperadamente una literatura infinita. No sé hasta qué lugar llegué, pero he tratado de dar todo lo máximo para hacer una investigación que asumo como haber hecho otra tesis doctoral por el proceso de trabajo tan intenso. Estuve como 20 años más indagando, cavando, la piedra del constitucionalismo latinoamericano.



Ahora pienso escribir un libro con lo que he sedimentado de ello.



Á. J.: Usted ha sido uno de los pocos (y, en todo caso, uno de los principales) autores latinoamericanos que, muy sintonizados con el canon teórico constitucional y democrático anglosajón, han hecho un esfuerzo adicional por comprender las realidades locales, por hacer que las teorías tengan rendimientos contextuales.



R. G.: Puede venir en parte del contexto de violación de derechos humanos durante mi formación bajo la dictadura y luego con los reclamos por verdad y justicia de las víctimas. Es en parte también por los estudios en Sociología que me enrutaron desde el principio hacia la preocupación por lo social. Esas dos notas, que supongo estaban latiendo en mí, ayudaron a reforzar ese enfoque en mis estudios.



Por el aprendizaje que hice, sobre todo, en EE UU alrededor de sus debates constituyentes y los textos de El federalista, me siento hasta cierto punto un introductor de algunos de esos temas en América Latina, pero estaba muy en falta porque cuando volví de EE UU trabajaba en clases y conferencias temas interesantes, pero muy desde las discusiones anglo.



La dimensión de esos estudios constitucionales y democráticos sigue estando muy presente, pero hondas preocupaciones por el modo como pensamos el Derecho, las instituciones políticas y sus fundamentos, hizo rápidamente que en un momento pusiera el freno a esa aproximación teórica. Hasta cierto punto me daba hasta vergüenza sentir que tenía algo para decir sobre los debates constituyentes estadounidenses, pero casi nada sobre los latinoamericanos. Me acerqué a ellos con cierto prejuicio, pero encontré una riqueza extraordinaria y desde entonces les he dedicado mucho tiempo. Fue muy importante trabajar para ver las ideas que había estado madurando, y las intuiciones que iba sacando, en relación con las discusiones anglo, aplicadas a los casos de la región: cómo se daba, cómo se traducía y que pasaba en el medio. Eso sigue hasta ahora.



Sobre el control judicial de constitucionalidad (Judicial Review), por ejemplo, he estado revisando lo que escribí desde mi primera tesis doctoral, en la década de 1980 -muy en la línea de la reflexión estadounidense- frente a lo que he venido haciendo ahora, casi 40 años después, en la misma línea: cómo eso merece pensarse a la luz de los dramas de la historia latinoamericana.



Algo que reivindico y que me gusta de mi actividad académica es que sigo tirando del mismo hilo que empecé a tirar entonces, y lo he expandido por distintos lados, pero siempre en diálogo con la misma línea de trabajo. El control constitucional era, y ha sido desde entonces, una manera impresionante de pensar los problemas de la democracia, y de la democracia latinoamericana, y los problemas que suscita la tensión con el constitucionalismo. He estado tirando de ese hilo, buscado distintas manifestaciones, pero cada vez más desde preocupaciones y angustias regionales.



Á. J.: Y en esa línea se inscribe el libro que, mencionó, piensa escribir sobre constitucional.



R. G.: Tengo ahora la idea, si todo va bien, de aislarme un tiempo en EE UU para empezar a escribir un libro que tengo en la cabeza sobre cómo ha girado mi obra, desde su enfoque muy centrado en la discusión estadounidense, hacia ese aspecto que preguntaba, enfocado en lo latinoamericano. Un libro donde pongo fin a la tarea de escavar la piedra del constitucionalismo y de seguir buscando debates, autores y discusiones, para decir, bueno, ya tengo esto y qué decanto. Siento que se han decantado muchas cosas sobre cómo pensar críticamente lo que hay sobre frenos y contrapesos, control constitucional, organización de las relaciones entre derechos y poder, y sobre cómo pensar la Constitución y cómo debería orientarse. Ansío que llegue ese momento de poder empezar a sacar en hojas lo que tengo en la cabeza.



Sería sobre el constitucionalismo, pero sin fronteras, tiene su eje centralísimo en América Latina, pero desde la tradición amplia desde la que se inscribe, entre otras cosas, porque los sistemas se han ido acercando. Mucho de lo que uno puede decir por ejemplo sobre control constitucional o sobre los derechos, y cómo se litigan, es relevante en un contexto amplio. Es básicamente juntar el stock y ver qué quedó, que aprendí, que es lo que me emociona, y qué veo como problema.



Á. J.: Finalmente, el profesor Christian Viera en su discurso (Laudatio) enmarcó su obra en tres campos: el derecho a la protesta, el control judicial y el constitucionalismo latinoamericano (‘La sala de máquinas de la Constitución’). ¿Qué tan bien representado se siente por esa clasificación?



R. G.: Es una buena pregunta y en realidad Christian, que es amigo, hizo una síntesis muy adecuada. No sé si identifico como primer tema a la protesta. Es muy importante y expresa mucho de lo que me interesa, pero, si tuviera que escoger un primer tema serían las cuestiones sobre democracia que son hípercentrales para mí, que lo recorren todo. En esto que decía que siempre he estado tirando del mismo hilo, los hilos más gruesos tienen que ver con la democracia.



La cuestión sobre los derechos sociales ha estado muy presente, pero también se mezcla con las preocupaciones por el control constitucional y por la democracia. Al constitucionalismo latinoamericano le he dedicado mucho tiempo y merece estar. Él mencionó también el libro Las teorías de la justicia después de Rawls, que publiqué en 1999, que refleja lo iluminadores que fueron para mí los estudios de filosofía política. No he desarrollado el tema de las teorías de la justicia, sobre cómo pensar la justicia -que es riquísimo y merecería pensarse mucho más-. Me he dirigido más hacia cuestiones de teoría constitucional que de teoría de la justicia, pero la filosofía política es una parte inescindible y crucial en mis estudios en este campo.



Es lo que aprendíamos con Nino. En Derecho nos estábamos formando con lo peor de la dogmática argentina, que es paupérrima, y de repente con Nino estudiábamos a Rawls y a Habermas, y bueno era como sentir que por fin se respiraba y había vida en este mundo. Eso fue muy importante como formación de base y sigue estando ahí. Si no lo hubiera tenido, no hubiera podido permanecer de pie académicamente.



Me siento entonces muy identificado con la Laudatio. Solo diría que hay otras piezas, como teoría de la justicia y teoría de la democracia, que también son absolutamente centrales y que me han permitido pensar acerca de otras cuestiones muy importantes, como las constitucionales y su apropiación regional.



Fragmento del discurso de aceptación del Doctorado Honoris Causa:



“El derecho como conversación entre iguales”

“Quisiera tomar esta oportunidad que me otorgan para abogar por un particular ideal regulativo en torno al derecho. Pienso en un ideal en donde el derecho aparece como la expresión y el resultado de una conversación entre iguales. Esta visión del derecho puede ayudarnos a pensar críticamente sobre nuestra disciplina y contribuir también a que definamos cómo, y en qué sentido, modificar la práctica jurídica con la que estamos involucrados. Ante todo, concibo al ideal de la conversación entre iguales como un anhelo: el anhelo de dejar atrás la desesperanza en la que habitualmente nos sume la práctica efectiva del derecho”.

“Frente a esa desilusión a la que nos arroja, con mucha frecuencia, el derecho, me he encontrado muchas veces repitiendo, inconscientemente y para mis adentros, los versos del poeta Rafael Alberti. Desde el exilio en Francia, Alberti mostraba la impotencia que sentía en relación con la única arma que sabía manejar -el lenguaje- diciendo: “las palabras entonces no existen, son palabras.” Esta línea pertenece a su poema “Nocturno”, en donde el poeta escribió:

“Manifiestos, artículos, comentarios, discursos,
humaredas perdidas, neblinas estampadas,
¡qué dolor de papeles que ha de barrer el viento,
qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua…
Las palabras entonces no existen, son palabras…
Siento esta noche, heridas de muerte las palabras”

A pesar de todo: a pesar de las tristezas de tinta con que nos deja el derecho; a pesar de los libros que escribimos y que ha de borrar el agua, quisiera dedicar esta oportunidad a insistir otra vez. Quisiera volver a insistir por el derecho, una vez más, como si tuviéramos las fuerzas y las ilusiones todavía intactas. Propongo aquí, entonces, pensar en el derecho como una conversación entre iguales, y abogar por ello…”



Discurso completo, en: http://seminariogargarella.blogspot.com/2019/07/doctor-honoris-causa.html



Algunos artículos:



http://bibliotecadigital.uns.edu.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1515-73262004001100004&lng=es&nrm=iso



https://harvardilj.org/2019/02/reservations_peace/?fbclid=IwAR26L--3JKYV4uDJh-2vtos7eo3VscgW8K4Ij8MuisJXu8gGetcvGj9awj4



https://repositorio.flacsoandes.edu.ec/bitstream/10469/4173/1/RFLACSO-ED75-07-Gargarella.pdf



https://repositorio.cepal.org/bitstream/handle/11362/6162/S0900774_es.pdf?sequence=1&isAllowed=y



https://repositorio.utdt.edu/bitstream/handle/utdt/10615/RATJ_V14N2_Gargarella.pdf?sequence=1&isAllowed=y



https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=6198799



https://www.redalyc.org/pdf/522/52235600006.pdf



https://digitalcommons.law.yale.edu/cgi/viewcontent.cgi?referer=https://scholar.google.es/&httpsredir=1&article=1023&context=yls_sela



Columnas de prensa:



http://revistaanfibia.com/autor/roberto-gargarella/



https://elpais.com/autor/roberto_gargarella/a



https://www.clarin.com/autor/roberto-gargarella.html

12 ago. 2019

Democracia: hacia dónde?

Era importantísimo salir de donde estábamos, sancionando los imperdonables errores del actual gobierno. Sin embargo, como siempre, construir es diferente de destruir. Muchos, por propia ideología, tenemos en claro hacia dónde ir, pero en democracia no se trata de ir hacia donde uno quiere (yo), sino de ir hacia donde todos lo decidimos. Y aquí es donde volvemos a reconocer el encierro extorsivo, y funcional a las elites del poder, del "modelo democrático" dentro del cual vivimos. Aclaro los términos que utilizo:

El modelo es extorsivo porque nos impide discernir -nos impide hablar- obligándonos, en la complejidad de toda elección, a escoger paquetes completos y cerrados de nombres y propuestas, sin opción de salida: si elijo A, entonces quiere decir que también apruebo B (cuando, posiblemente, lo rechace), y C (que, tal vez, no me convenza demasiado), a la vez que me fuerza a deja afuera X (que resultaba, quizás, mi principal demanda). 

El modelo es favorable a las elites del poder, porque el mismo nos da piedras en lugar de un lenguaje, autorizando a los más favorecidos a hablar por el resto, el día después de la elección, para interpretar el resultado a su gusto. Para no quedarnos con abstracciones, pongamos en el cóctel sólo unos pocos nombres (todos presentes en el máximo nivel de la fórmula ganadora): "justicia social; pañuelos verdes; pañuelos celestes; derechos humanos; reivindicación de Milani; cierre de las causas por corrupción; juicios justos; rechazo de la Ley de Medios y la 125; reivindicación de la Ley de Medios y la 125". El día después, por tanto, permite a los mejor ubicados tomar de ese cóctel lo que quieren, ordenar los elementos a su gusto, y decirnos "esto es lo que realmente se votó."

En estos casi 40 años de democracia, perdí -por decisión propia- todas las elecciones en las que participé, o sea que la derrota descomunal de la izquierda, a esta altura, no me angustia demasiado. Me preocupa, sí, el infinito déficit democrático, y la posibilidad de que, a través de las elecciones, los poderosos de siempre (los ricos de toda la vida, los enriquecidos, los que controlan los aparatos del poder) sigan haciendo lo que quieren: a su propia conveniencia, pero en nombre de todxs. La solución, como siempre, requiere más y no menos democracia: poder conversar sobre todo, todos, todo el tiempo.

9 ago. 2019

Natanson y la relación política-moral

Ayer, cuando publicaba el artículo que aparece en el post anterior, sobre la indebida moralización de la política, leí este texto de José Natanson, que apareció en La Agenda Buenos Aires, que critica también la relación moral-política, pero de un modo muy distinto al que propongo. Acá el link al texto de JN, y un párrafo de los más preocupantes:

https://laagenda.buenosaires.gob.ar/post/186845110020/elecciones-2019-la-pol%C3%ADtica-no-tiene?fbclid=IwAR1xVwrMDqMhSZHqWV0T02smqbN1SjzsDbDFG1oBNLzO_W-rv5Y2Xpvs2yY

"Para mí hay un recurso que se usa mucho que es la apelación moral como argumento político, que para mí es una cagada atómica lo use quien lo use. Porque vos no podés discutir la política desde el punto de vista de la moral y la ética. Vos podés decir: “bueno, hagamos un balance del kirchnerismo”. Entonces decís que el kirchnerismo hizo la AUH, renegoció la deuda, pero tuvo una mala política con el INDEC, una mala política con los pueblos originarios y no solucionó el déficit en la Argentina. Ahora, vos no podés decir: “me gustaron las jubilaciones, la AUH y no sé qué, pero no me gustó que se chorearan la obra pública”, porque eso cancela la discusión política. Cuando vos metés la dimensión ética en la discusión política, cancelás la discusión política. Por eso es antipolítica la apelación ética de Carrió, y por eso Carrió tiene que recurrir a apelaciones cada vez más fuertes para ir corriendo su barrera. En una época, el límite de Carrió era no sé, el radicalismo; en otra época, era el macrismo. Cuando ella va ampliando su límite posible de alianzas, va aumentando cada vez más el volumen y el tono de la acusación contra los que están afuera, que ahora ya son narcotraficantes, qué sé yo...
La política no tiene absolutamente nada que ver con la moral. Son dimensiones diferentes. La moral es una cuestión individual, de conductas individuales, lo cual no quiere decir que la corrupción no pueda ser sistémica, y eso ya es otra discusión. Pero como cuestión filosófica más general, más conceptual, la política es lucha por el poder y la lucha por el poder no tiene que ver ni con la verdad ni con la moral. ¿Vos qué preferís, tener verdad o tener votos? Menos los trotskistas, que tienen verdades, todos quieren votos. Discutimos mucho con amigos sobre el kirchnerismo intenso, el kirchnerismo sunita, el kirchnerismo Batasuna."

Mi crítica a la cuestión "moralizar la política" es por completo diferente. Me interesó criticar el hecho de que la comunidad científica volviera una y otra vez al discurso de "el amor" propio de ciertos candidatos frente al "odio" que atribuye a otros. Este tipo de apelaciones me parecen vergonzosas en un científico, y sobre todo falsas: no tenemos compitiendo a candidatos que quieren "dañar" a la Argentina, contra otros que quieren "salvarla"; y es insólito defender o descalificar a alguno por sus "intenciones perversas" o "malignas" frente a las pretensiones "salvadoras" de otros. Muchísimo menos si ese tipo de argumentos sirven como coartada para no hablar de cuestiones "materiales" en relación con las cuales los del "bando propio" tienen problemas de papeles (qué hace o hizo en materia de seguridad; cuánto redujo o aumentó la desigualdad; qué política tuvo en materia de estupefacientes; etc.). 

Lo de Natanson excede por mucho lo que yo digo, y de un modo con el que desacuerdo por completo. La primera es una diferencia definicional seria, porque -contra lo que dice JN- no entiendo (ni corresponde entender) a la moral en términos individualistas (una "cuestión individual") sino como "lo que nos debemos los unos a los otros", esto es, en términos relacionales y colectivos.

Segundo, tampoco coincido con la idea de que "la política no tiene absolutamente nada que ver con la moral". Este tipo de afirmaciones expresan la visión antitética de la que suscribo: la política tiene todo que ver con la moral! (gran libro de C.Nino: Derecho, moral y política). Cada decisión que toma o deja de tomar un político se funda en ideas morales, y CADA UNA DE SUS APELACIONES (las apelaciones que le dan sentido a la política, legitimidad a una política pública, y autoridad a un gobierno democrático) son apelaciones fundadas en concepciones morales: "no a la amnistía: debemos hacer una política de juicio y castigo"; "estos niveles de desigualdad no pueden aceptarse!"; "este gobierno está en falta porque no cumplió su principal promesa, la de bajar la pobreza"; "condenamos a este gobierno hambreador". Todas estas son apelaciones absolutamente morales, y en tal sentido completamente políticas!

Como broche de oro, la afirmación de que "como cuestión filosófica (sic-casi) más general, más conceptual, la política es lucha por el poder y la lucha por el poder no tiene que ver ni con la verdad ni con la moral" Cómo se puede decir esto? Esta afirmación peca, ante todo, por confundir los planos normativos y descriptivos, y además, desde una teoría normativa pobre, y una concepción descriptiva errada. Porque: para la enorme mayoría de las personas que ingresan en política, la política es muchísimo más que "luchar por el poder". Aún la mayoría de nuestros políticos podría decir, con razón, que ingresa en política para "transformar" la realidad, no para "tomar el poder," que es un medio para lograr su objetivo (moral). Si fuera sólo o sobre todo lucha por el poder, todos competirían dentro del principal partido con chances de ganar. Y eso no ocurre (y alguien puede entrar en política desde un partido muy pequeño, o hacer política sólo desde allí) porque la política tiene sobre todo que ver -en principio y en lo más importante- con una disputa  sobre cómo organizar la vida en común. Luego, ello puede degenerar en una mera lucha por ganar a cualquier costo. Pero esto es una degeneración de la política, y no la política -como el uso de la política "para robar." Por eso, la afirmación de "la política es lucha por el poder", en términos descriptivos, es tan falsa y tan reaccionaria como la idea de "la política es robar." No: ni es eso en términos descriptivos (genuinamente, la mayoría de los que participamos en política no describimos así lo que hacemos), ni es ese el modo en que se entiende y se justifica el hacer política. Quien dice: "entro en política para cambiar la realidad" dice algo comprensible para cualquiera, normalmente descriptivo de lo que vino a hacer, y perfectamente justificado. 

Lamentablemente, la idea de "la política es la lucha por el poder, independiente de la moral," es mucho más un invento de politólogos que pretenden "saber de qué va la realidad", que una descripción de esa realidad que quieren describir.


8 ago. 2019

Comunidad científica, cultura y política


(publicado hoy en Cl



Las elecciones que llegan ofrecen varios elementos llamativos. El primero tiene que ver con la asombrosa similitud de antecedentes y propuestas entre los dos contendientes principales, seguido por el radical antagonismo que acentúan sus partidarios: como si los inmensos parecidos que los unen no existieran realmente.  Las analogías entre los candidatos son tan explícitas, que sólo puede negarlas el que se obstina en no verlas. Ambos candidatos muestran, ante todo, i) similares antecedentes en cuanto a su pensamiento económico (lo cual se advierte, entre otros lugares notorios, en su “pecado original” junto al “cavallismo”); ii) continuidades sustantivas en el desarrollo de su carrera política (el candidato opositor rompió con el kirchnerismo por exactamente los mismos temas que dieron fuerza vital al macrismo: la defensa del campo frente a la “125”; el repudio a la Ley de Medios; el rechazo al tratado con Irán; la crítica por el tratamiento de la muerte de Nisman; la defensa del gran empresariado local frente a los modos más duros del estatismo); y  iii) una identidad notable en relación con todos los ejes centrales de esta campaña: en materia medio-ambiental, basta escuchar lo que dice cada parte frente a los debates más divisivos (medio ambiente, Vaca Muerta, glaciares o glifosato); en materia económica, basta con revisar las posturas históricas de cada uno de los referentes económicos de los candidatos; en materia de aborto, basta con ver en la ambigüedad que manifiestan ambas partes, amontonando irresponsablemente a pañuelos verdes junto a celestes.

Sorprende, por tanto, la indignación o condescendencia con que los adherentes de cada bando hablan de los adherentes contrarios. Asombra el terror con que cada uno de ellos anuncia la llegada posible de sus contrincantes. Dicen unos: “si reeligen van a implementar, ahora sí, el plan de exterminio de Martínez de Hoz”. Y los otros: “si vuelven, van a llevarnos, ahora sí, adonde está Venezuela”. Increíblemente, ambos grupos atribuyen al otro “la Mentira y el Odio” como motor de cambio. Cito a una de las partes: ellos quieren “perpetrar mezquinas vendettas clasistas”. Cita a la otra: lo que está preparándose es el “Ministerio de la Venganza.”

Que sostengan semejantes extremos unos políticos de la vieja guardia, en el tramo final de la campaña, vaya por hecho. Que lo sostengan, sin sonrojarse, científicos, académicos y referentes de la cultura resulta, en cambio, angustiante. Porque: cómo es que personas formadas pueden avanzar juicios semejantes, tan ajenos a la historia, al contexto internacional, a la coyuntura política? Si el kirchnerismo llegó en su tiempo tan lejos como llegó, ello se debió a una incontenible mayoría parlamentaria, respaldada en un contexto económico insólitamente expansivo. Si el macrismo resultó tan insustancioso en sus políticas ello se debió, en buena medida, a su carácter minoritario en el Congreso, sumado a un contexto económico restrictivo. Necesitamos volver sobre las bases materiales y estructurales de cada gobierno, para salir del lugar insólito en que los “intelectuales” de cada lado proponen situarnos: el lugar de las buenas o malas intenciones de los distintos grupos partidarios (¡). Como si al kirchnerismo y al macrismo lo explicaran mejor la bondad o maldad intrínseca de sus candidatos, antes que la estructura de alianzas y negocios sobre la que están parados.
Créase o no, desde el campo de las ciencias duras argentinas, normalmente afín al kirchnerismo, se escucha hablar (cito) de las motivaciones “cínicas y perversas” que explicarían al macrismo, frente a los impulsos amorosos (¡) que moverían a los líderes del viejo gobierno. Créase o no, desde ciertos círculos de intelectuales cercanos al oficialismo, se habla del “odio destructivo,” como razón capaz de dar cuenta del kirchnerismo. Otra vez: sorprende que representantes de las ciencias sociales y exactas suscriban discursos no sólo desopilantes (o, en el mejor de los casos, reservados a pobres comandos de campaña en plena lucha electoral), sino además teóricamente insostenibles, que ocultan lo que cualquiera sabe, y silencian todo lo que necesita saberse.

Lo dicho hasta aquí de ningún modo niega la existencia de diferencias significativas entre los principales grupos enfrentados. Sin duda, la llegada de una u otra facción al gobierno vendrá seguida de consecuencias muy distintas. Sin embargo, nadie, y mucho menos los sectores vinculados a la comunidad científica, merece tomar el lugar de político en campaña, para esconder la auto-crítica bajo ofensivas generalidades (“hubo algunos errores”; “no todo se hizo bien”); evitar dar nombre a los horrores cometidos; volver a hacer silencio público sobre referentes “propios” que (en privado) reconocen como impresentables; o –directamente- fundar sus análisis políticos sobre tonterías moralizantes. Si muchos resistimos a ambas alternativas de gobierno, ello es porque tomamos nota de los sectores con los que están aliados; porque recordamos la diferente historia negra de la que cada uno proviene; porque entendemos que la corrupción es el resultado de un modo de organización escogido; porque –finalmente- reconocemos que la política se explica mucho menos por la moral personal, que por intereses y estructuras. Se trata, en definitiva, de lo que aprendimos a los golpes: lo que se calla mientras se construye (porque “lo importante ahora es ganar las elecciones”), no se manifiesta (y por tanto no se remedia) mientras se gobierna (porque entonces sería “hacerle el juego a los opositores”). Apostemos a que nuestros mejores científicos nos ayuden a pensar este momento de modo crítico, lejos de sesgos y silencios comprensibles, en todo caso, en los militantes partidarios.





5 ago. 2019

La abogacía al servicio de la impunidad del poder (fragmento)


(fragmento de un texto que espero publicar completo en próximos días)


La abogacía al servicio de la impunidad del poder

Resulta claro, por lo examinado hasta aquí, que hay muchas cuestiones de ética profesional que involucran preguntas de difícil respuesta. En lo que sigue, de todos modos, me interesará situar a preguntas difíciles como las mencionadas, dentro de un contexto social, político y económico particular. Conforme anticipara, me interesará estudiar de qué modo temas como los referidos se despliegan en países como el mío –la Argentina- distinguidos por la presencia acuciante de injusticias graves. En definitiva, procuraré reflexionar sobre los problemas que se suscitan a partir de la relación abogado-cliente en contextos sociales y políticos marcados por la existencia de injustas desigualdades.

Tal vez convenga comenzar este análisis con una observación general, como la siguiente: en sociedades definidas por la injusticia social, aquellos que cuentan con más dinero (muchas veces, de modo injustificado), pasan a gozar al mismo tiempo del privilegio de poder pagar a los mejores abogados. Esta situación tiende a provocar que las cabezas jurídicas más notables de la comunidad queden al servicio de los más ricos. Tales abogados procurarán “obtener” tales casos, y ganarlos del modo en que sea posible, abandonando todo cuidado o atención especial hacia la situación de los más postergados. De hecho, la contracara habitual y más importante de este tipo de fenómenos (la asociación creciente entre dinero y abogados exitosos), es que los que cuentan con menos dinero (y, muchas veces, con mayores o más urgentes necesidades) no puedan acceder a los abogados más habitualmente exitosos dentro de la profesión. Dichos abogados, “naturalmente,” van a concentrar sus esfuerzos en la protección y defensa de los más adinerados. Mientras tanto, los ciudadanos más pobres, aunque pudieran querer lo mismo que sus pares más ricos –esto es decir, ser asistidos por los abogados más exitosos en el fuero- carecen de la posibilidad efectiva de contratarlos. Por razones como las señaladas, las causas vinculadas con los destinos de los miembros más desaventajados de la comunidad tienden a quedar, esperablemente, en las manos de los peores abogados (eventualmente, tales causas van a quedar a cargo de competentes pero habitualmente sobrepasados, abogados del Estado). 

Como consecuencia de estos fenómenos, tan comunes como injustos, nos encontramos de manera común con dos principales resultados, ambos gravosos para el ejercicio de la profesión. Por un lado, y gracias a las destrezas y/o influencias de los abogados que los asisten, los miembros más poderosos de la comunidad van a tender a sortear con éxito los desafíos jurídicos que enfrentan, no obstante la gravedad de las faltas que puedan haber cometido. Por el otro lado, y por el contrario, los miembros de los grupos más desaventajados, más allá de la gravedad de las faltas en las que pudieran (o no) haber incurrido, van a tender a terminar en la cárcel, procesados o condenados. Para decirlo brutalmente, el resultado típico del ejercicio del derecho, en comunidades socialmente injustas, es el de impunidad para los más ricos, y condena para los más  pobres. Se trata de un fenómeno que, finalmente, parece propio de una mayoría de las sociedades que conocemos: sociedades esencialmente multiculturales, homogéneas, que exhiben poblaciones carcelarias cada vez más amplias, pero esencialmente homogéneas, en términos sociales.

3 ago. 2019

M.Svampa: desmedido es el glifosato

https://www.laizquierdadiario.com/Maristella-Svampa-Desmedido-es-el-glifosato-que-se-utiliza-e-incrementa-ano-a-ano?fbclid=IwAR3p_Md5nAfsWVMkYjWOjpu2V8DuIav_Cdl8z0VbAVKGEM59ElKkr89QrWo

Alberto Fernández calificó de “desmedido” el fallo de un juez de Entre Ríos que limita la fumigación con glifosato a un kilómetro de escuelas rurales. Macri en abril lo había tildado de “irresponsable”. Le pedimos opinión a Maristella Svampa, experta en cuestiones socioambientales y firmante de la declaración de intelectuales en apoyo al FIT Unidad.

2 ago. 2019

LA Constitución Comentada

Tremendo trabajo colectivo: 70 personas y un esfuerzo enorme para preparar una obra igualitaria, plural, diversa, equilibrada en materia de género, reflexiva, puntillosa, actualizada, exhaustiva en materia de jurisprudencia y doctrina, comparativa, con una apertura al derecho comparado, comprometida con la deliberación democrática. Esto es, imprescindible y -modestia aparte, pero el resultado es de los demás- la mejor.

1 ago. 2019

Alberto Fernández en el Partido Nazionalista (una anécdota personal)

Se escribieron algunas pocas notas, sobre el paso del actual candidato presidencial por el Partido Nacionalista Constitucional. Una es ésta
En ella, AF cuenta la "verdadera" historia de su ingreso al Nazionalismo. Nos dice el candidato:
 "La verdadera historia es esta. En el año 83, yo formaba parte del comando de campaña (Italo) Luder presidente, y me pidieron que ayudara a armar un partido para que pueda incorporarse al frente", relata el propio Fernández en diálogo con LA NACION. "Se trataba de un grupo de exradicales, el Movimiento Nacional Yrigoyenista; Asseff había sido radical y quienes lo acompañan también", justifica el exjefe de Gabinete de Néstor y Cristina Kirchner. ¿Y su incorporación al PNC? "Se llamaba nacionalista por Yrigoyen, y constitucional porque respetaba los parámetros democráticos", continúa. ¿Y las fotos en las que aparece dando discursos? "Me habrán pedido que hable en ese acto como parte de aquella campaña", agrega Fernández, quien de ese modo relativiza aquel acercamiento, aunque Asseff trae a la memoria un acto de 1984, con la inauguración de un local del PNC en Temperley.

Curioso, porque en esos tiempos yo ingresaba en la Facultad de Derecho, y me encontraba con la militancia política por primera vez. Por entonces (años 82/3), mis primeras lecturas "politizadas" eran las de Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz, gracias a un amigo de la familia; y a Hipólito Yrigoyen también yo lo tenía idealizado (y todavía). En mi primer curso en la Facultad, me encontré con dos personas super-politizadas. Una pertenecía al ultra-liberalismo (rama "Benegas Lynch"), y la otra al nacionalismo (rama Alberto Asseff). Como con la primera no enganchaba,  la segunda, entrando por mi yrigoyenismo, me invitó a entrevistarme con el Presidente del Partido, Asseff, en la sede del PNC.

Fui allí, en compañía de mi mejor amigo, y a pesar de la ingenuidad política que tenía (sobre todo) entonces, y mi desconocimiento pleno del modo en que funcionaba la política "real," tardé 5 minutos en reconocer que no se trataba de un grupo de "yrigoyenistas" "constitucionales" que "respetaban los parámetros democráticos". Por el contrario, me resultó obvio que se trataba de una cueva de Nazis, militaristas, cercanos a la dictadura, y vinculados a los peores miembros del ejército (el más notable -resultaba ya claro entonces, mucho antes de los levantamientos golpistas- era Mohamed Alí Seineldín).

AF dice que entonces los miembros del PNC eran constitucionalistas y democráticos, que varios años después tuvieron un desvarío nacionalista, y que quedaron relacionados por tanto con los "carapintadas" golpistas. La verdad es que no es así: ya en ese momento resultaba clarísimo cuál era el tipo de gente de que se trataba, aún para un ingenuo que entendía poco y nada de política: nazis hechos y derechos, anti-alfonsinistas (por la oposición de RA a la guerra de Malvinas), involucrados en operaciones violentas (que me llegaron a describir con lujo de detalles), y relacionados con las facciones más anti-democráticas del ejército de entonces (que no es poco decir). Recuerdo la palidez de nuestros rostros luego de esa primera y única visita, de la que con mi amigo salimos horrorizados. Lamento decirlo, pero: muy grave antecedente para el que pasó por ahí.

25 jul. 2019

20 años de Asambleas Ciudadanas: Un primer balance

Cuando pocas esperanzas nos quedan
https://www.lanacion.com.ar/opinion/columnistas/las-asambleas-ciudadanas-eficaz-instrumento-de-la-democracia-nid2270861

20 años de Asambleas Ciudadanas: un primer balance

Desde hace al menos dos décadas, se han venido realizando exitosas Asambleas Ciudadanas en las latitudes más diversas, y en torno a las cuestiones más difíciles y controvertidas. Menciono y describo rápidamente algunas de ellas, para luego someter a estas experiencias a un primer balance.

*Uno de los primeros ensayos en la materia ocurrió en Australia, en 1998, con una Asamblea Constitucional que, por primera vez resultó compuesta, en partes iguales, por ciudadanos de a pie y políticos profesionales. La Asamblea, que tuvo por misión determinar si Australia se convertía en una república, obtuvo un amplio reconocimiento internacional, en razón de su buen funcionamiento. 

*A los pocos años se produjeron dos hitos cruciales en este desarrollo, que fueron las dos primeras Asambleas Ciudadanas desarrolladas Canadá –en la Columbia Británica, en el 2005; y poco después en Ontario, en el 2006. Estas experiencias –que se extendieron durante varias semanas- introdujeron tres variaciones fundamentales en relación con el antecedente australiano. Por un lado, las Asambleas fueron conformadas exclusivamente por ciudadanos; por otro, sus miembros fueron escogidos a través del sorteo; y además, el procedimiento con que se organizaron las convenciones resultó muy distinto del que fuera seguido en Australia (estas Asambleas contaron con una “fase de aprendizaje,” en donde los participantes recibían aportaciones de “expertos”; seguida por una fase de consultas públicas; y luego recién una etapa de debate y elaboración de propuestas). Notablemente, ambas Asambleas se dedicaron a reformar un tema técnicamente complejo –el sistema electoral- que resultaba en los hechos inmodificable cuando los que quedaban a cargo de tal modificación eran los mismos que luego podían resultar perjudicados por los eventuales cambios (los políticos profesionales). Ambos procesos de reforma fueron seguidos (como en el caso australiano) por la convocatoria a un referendo general sobre el tema discutido,  destinado a permitir la intervención directa del resto de la ciudadanía.

*Más tarde apareció el  Foro Ciudadano Holandés, de  2006, que mostró  dos cambios significativos en relación con los casos de Canadá, que fueron tomados como modelos. Ante todo, el Foro tuvo una dimensión nacional más que local. Y además, en el ejemplo holandés, las recomendaciones de la Asamblea se presentaban ante el parlamento, quien tomaba la decisión final al respecto, en lugar de quedar sujetas a un referéndum popular. 

* Más acá en el tiempo, ocurrió el excepcional proceso de reforma constitucional de Islandia (2009-2013) que, como en otros ejemplos citados, tuvo como origen una situación de crisis política y económica muy fuerte. En este caso, y luego de varios pasos preparatorios, se organizó una Asamblea informativa, compuesta por 950 ciudadanos, que se encargó de determinar los temas a ser tratados en la reforma constitucional. Dicha Asamblea fue seguida por otra encargada específicamente de la reforma. La misma fue integrada también por ciudadanos escogidos por procesos de “lotería”, pero en donde el puro azar fue corregido de forma tal de asegurar siempre que la misma mantuviera ciertos rasgos distintivos (i.e., miembros provenientes de las distintas secciones del país; equidad de género; etc.). El proceso resultó especialmente notable por el modo en que los debates sobre la reforma fueron informados permanentemente por las demandas y propuestas enviadas por la ciudadanía (“crowdsourcing”). El producto final de las deliberaciones también fue sometido luego a un proceso de referendo.

*Finalmente, corresponde citar las experiencias ocurridas en Irlanda, con la Convención Constitucional de 2012, y la Asamblea de 2016. En estos casos, los procesos de discusión fueron organizados de modo algo diferente que los anteriores, debido al papel que volvió a dársele a expertos y a legisladores profesionales. Aquí, los ciudadanos de a pie (dos tercios de la Asamblea) debatieron junto con políticos tradicionales (el tercio restante), en procesos que fueron informados por expertos, pero en donde siempre se dejó la última palabra a los ciudadanos y políticos electos. Además, en ambos casos, las Asambleas se organizaron de modo tal de recibir los puntos de vista y críticas provenientes de ciudadanos organizados en asambleas a lo largo de todo el país. En un país de amplia mayoría católica, la primera Asamblea concluyó con un referendo que aprobó el matrimonio igualitario; y la segunda con otra consulta que aprobó la adopción de una postura más liberal en cuanto a la legislación sobre el aborto.

Como primer balance de lo ocurrido en estas dos décadas de Asambleas Ciudadanas, quisiera destacar algunos hechos llamativos sobre los que nos ilustran estas experiencias; y destacar algunas enseñanzas que se derivan de ellas.

Ante todo, casos como los citados nos ayudan a despejar una larga serie de prejuicios habitualmente asociados con las iniciativas de este tipo. Por un lado, las Asambleas no se llevaron a cabo, exclusivamente, en países pequeños y homogéneos (Islandia), sino también en otros muy poblados y multiculturales (Australia, Canadá). Por otro lado, ellas no se ocuparon, solamente, de temas en principio abstractos y ajenos a los intereses de la mayoría (monarquía-república), sino que fueron capaces también de abordar los asuntos más conflictivos y socialmente divisivos (aborto, matrimonio igualitario). Además, en tales debates no participaron, únicamente, técnicos y personas expertas, sino –muy mayoritariamente- una multitud de personas sin estudios superiores ni actividades profesionalmente calificadas. Otra de las notas salientes de estos procesos fue el modo en que –en todos los casos, y luego de un proceso de información y discusión colectiva- personas del común terminaron convirtiéndose en expertos en cuestiones de relevancia pública, a veces de complejo contenido técnico (sistemas electorales, reforma constitucional).

Merece subrayarse, además, de qué forma todas las Asambleas mencionadas se contrapusieron a los dos modelos de decisión colectiva más comunes en nuestros países: el modelo de la deliberación elitista, en donde los grandes “expertos” sociales –jueces, científicos, o como se les llame- deciden en nombre de todo el resto y sin consultar con la ciudadanía; y el modelo de la participación sin diálogo –un modelo cada vez más habitual en América Latina- en donde se empuja a la ciudadanía a decidir, abruptamente, por sí o no, sobre cuestiones de interés público, descuidando por completo todo el proceso previo de discusión y esclarecimiento mutuo.

Por lo demás, las Asambleas ayudaron a desmentir un supuesto muy extendido dentro de las ciencias sociales contemporáneas: el supuesto según el cual la mayoría de las personas son apáticas y están poco motivadas para involucrarse con cuestiones políticas complejas. Más bien, las personas desconfían de la política partidaria, y se resisten a participar activamente en política cuando advierten que sus voces o aportes no van a ser tomados en serio, o van a considerarse sólo como respaldo a lo ya decidido por otros. Sin embargo, cuando los ciudadanos reconocen que su palabra puede ser tomada en cuenta en la decisión de los asuntos que le interesan, los ciudadanos procuran hacerse escuchar, y se motivan para lograrlo. 

Las Asambleas demostraron, además, que no es verdad que, frente a cuestiones que involucran la propia identidad, o creencias profundas, las personas no pueden cambiar sus opiniones, luego de confrontarlas con las de otros. La evidencia con la que contamos demuestra que aun en países de fuerte conformación religiosa, y luego de procesos de amplio debate público, muchos cambiaron de posición o matizaron sus posturas iniciales sin mayores problemas -lo mismo comprobamos en la Argentina, meses atrás, en la discusión sobre el aborto. Reconocimos entonces, además, el sentido y valor de seguir discutiendo, aún en contextos de fuerte polarización política. 

Tal vez, entonces haya llegado la hora de dejar de una vez de lado muchos de los infundados prejuicios que ayudaron a que no viéramos o a que negáramos aquello de lo que no queríamos hacernos cargo. La discusión y decisión ciudadanas sobre temas de primera importancia pública resulta, además de deseable, perfectamente posible.



18 jul. 2019

Con don Atienza

Servicio Cívico Voluntario: Pourquoi?

Bien la Asociación de Pensamiento Penal en la resistencia al "servicio cívico" a cargo de gendarmería. Si no se tratara de otro invento bobo, improvisado, mal fundado, y electoralista, habría que tomar más tiempo para criticarlo. Pero no es el caso.
http://www.pensamientopenal.org/app-expresa-su-rechazo-a-la-creacion-del-servicio-civico-voluntario-en-valores-a-cargo-de-la-gendarmeria-nacional/

16 jul. 2019

Socialismo

Estupenda "entrada" al tema "socialismo", vía Pablo Gilabert y Martin O'Neill, para la Stanford Encyclopedia of Philosophy. Aplauso y gracias a ambos, que le han puesto un enorme trabajo!!

https://plato.stanford.edu/entries/socialism/?fbclid=IwAR3PrQWbR-N3N8lgNysVLFW_CfsYt90x-NAFIRjcANUd5ZFARhkHl6oepis

11 jul. 2019

Elecciones: Con el FIT y con peros

https://www.laizquierdadiario.com/Mas-de-cien-intelectuales-docentes-y-artistas-impulsan-declaracion-en-apoyo-al-FIT-Unidad?utm_content=buffer081d3&utm_medium=social&utm_source=facebook.com&utm_campaign=buffer&fbclid=IwAR2pbRTVRWJHzC4ZlLJv6qNjUXNW84ejhPNkryIFmJcdkGAQ9XzXPfaNIS8

Incómodo frente al modo de funcionamiento interno, y con peros frente a algunos temas cruciales (i.e., Venezuela), vuelvo a apoyar al FIT (Frente de Izquierda y los Trabajadores), como opción de crítica y protesta frente a las dos principales alternativas hoy en juego, y persuadido siempre de que la salida es por izquierda. Esa salida requiere más democracia económica y más democracia política (como demanda, hoy, un claro sí en el tema del aborto, y una política diferente en materia de recursos naturales). Adherir, entonces, con convicción, sin ocultar reservas, y sin abdicar de la propia capacidad crítica.

10 jul. 2019

Atención este libro/ Gratis todavía

"Entendiendo la debilidad institucional"
De la colección de brevísimos de Cambridge, tres grandes jóvenes autores (los más grandes?) de la joven ciencia política: Vicky Murillo, Steve Levitsky y Dan Brinks (dos argentinos y un argentinólogo)
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Impresentables

1 jul. 2019

Discurso en el Honoris Causa






El derecho como conversación entre iguales

Quisiera tomar esta oportunidad que me otorgan, para abogar por un particular ideal regulativo en torno al derecho. Pienso en un ideal en donde el derecho aparece como la expresión y el resultado de una conversación entre iguales. Esta visión del derecho puede ayudarnos a pensar críticamente sobre nuestra disciplina; y contribuir también a que definamos cómo y en qué sentido modificar la práctica jurídica con la que estamos involucrados. Ante todo, concibo al ideal de la conversación entre iguales como un anhelo: el anhelo de dejar atrás la desesperanza en la que habitualmente nos sume la práctica efectiva del derecho.

Frente a esa desilusión a la que nos arroja, con mucha frecuencia, el derecho, me he encontrado muchas veces repitiendo, inconscientemente y para mis adentros, los versos del poeta Rafael Alberti. Desde el exilio en Francia, Alberti mostraba la impotencia que sentía en relación con la única arma que sabía manejar –el lenguaje- diciendo: “las palabras entonces no existen, son palabras.” Esta línea pertenece a su poema “Nocturno”, en donde el poeta escribió:

“Manifiestos, artículos, comentarios, discursos,
humaredas perdidas, neblinas estampadas,
¡qué dolor de papeles que ha de barrer el viento,
qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua…
Las palabras entonces no existen, son palabras…
Siento esta noche, heridas de muerte las palabras”

A pesar de todo: a pesar de las tristezas de tinta con que nos deja el derecho; a pesar de los libros que escribimos y que ha de borrar el agua; quisiera dedicar esta oportunidad a insistir otra vez. Quisiera volver a insistir por el derecho, una vez más, como si tuviéramos las fuerzas y las ilusiones todavía intactas. Propongo aquí, entonces, pensar en el derecho como una conversación entre iguales, y abogar por ello.

El derecho debiera resultar de una conversación entre iguales,  porque todos tenemos la misma dignidad moral; porque compartimos dudas semejantes sobre lo que está bien y lo que está mal; porque nos equivocamos frecuentemente; porque con el diálogo podemos ayudarnos mutuamente a reconocer y adoptar las difíciles decisiones acerca de cómo seguir viviendo juntos, de un modo respetuoso hacia los demás. Junto con mi maestro, Carlos Nino, diría que la conversación puede ayudarnos, sobre todo, en la tarea de educarnos cívicamente: educarnos en la obligación de atender y prestarle atención al otro; de escuchar y dejar hablar a nuestros pares; de pensar dos veces lo que vamos a decir antes de responderles; de reconocer que aún o sobre todo aquel a quien, por prejuicios, no escuchamos, puede tener algo de interés para contarnos.

El derecho debiera resultar de una conversación entre iguales, y en los términos en que lo enunciaba el filósofo Jurgen Habermas, debe esforzarse por incluir a “todos los potencialmente afectados” porque, sólo de ese modo –a través de ese esfuerzo inclusivo- es que se pueden construir decisiones efectivamente imparciales. El origen de esa conexión que Nino, Habermas, o tantos otros han establecido entre discusión, inclusión e imparcialidad se encontraba ya en Aristóteles, quien en la Política hablaba sobre la “sabiduría de la multitud.” Aristóteles apoyaba su idea al respecto en el hecho de que –según sus palabras- “cada individuo dentro del todo posee una parte de la excelencia y la sabiduría práctica,” por lo cual –agregaba- cuando todos se reúnen para decidir, ese actuar común impacta también en el carácter y en el pensamiento del conjunto: se agrega así diversidad y se expande de esta manera el conocimiento.

Más acá en el tiempo, el filósofo John Stuart Mill formuló de modo todavía más claro ese mismo punto, al afirmar que cada individuo debía ser tomado como el “último juez” en lo relacionado con sus intereses.  Mill postulaba una idea de sentido común, conforme a la cual la imparcialidad necesitaba alimentarse del punto de vista de cada individuo, por considerar que cada una de esas perspectivas resultaba irreemplazable: por más empatía que sintieran los demás en relación con uno, nadie podía comprender las propias necesidades y las propias búsquedas, mejor que uno mismo.

El derecho debiera resultar de una conversación entre iguales. En su forma ideal, esa conversación nos ayuda a definir no sólo qué es lo que deberíamos considerar derecho, sino también aquello que deberíamos considerar, en todo caso, derecho no justificado. En tren de tornar visible aquello a lo que me refiero, en lo que sigue voy a examinar tres anomalías o imperfecciones, y tres patologías o defectos graves que, de modos distintos, socavan el ideal de la conversación entre iguales. Me referiré primero a anomalías que afectan a alguno de los tres pilares sobre los que –a mi entender- se funda la conversación entre iguales. Pienso en los pilares de la igualdad, la inclusividad, y la deliberación. Luego, haré referencia a las situaciones en que esas anomalías se conviertan en patologías, esto es decir, me referiré a lo que ocurre cuando imperfecciones como las citadas sobrepasan el umbral de lo circunstancial o marginal, para convertirse en defectos graves, extendidos y estables.

La primera anomalía a la que voy a referirme es la que se produce cuando la conversación se lleva a cabo en comunidades insuficientemente igualitarias. Sostengo entonces que el derecho debiera resultar de una conversación entre iguales, pero enseguida también, que dicho diálogo se ve amenazado cuando el mismo se crea y despliega en contextos que desafían nuestra común igualdad. Piénsese, por ejemplo, en la concepción política que era compartida por muchos de los juristas y “padres fundadores” del constitucionalismo latinoamericano, a mediados del siglo xix. Juan Bautista Alberdi, en la Argentina, tanto como Andrés Bello en Chile, o José María Samper en Colombia, defendieron con ardor la conformación de sociedades capaces de igualar a sus miembros en relación con sus derechos civiles, pero sin embargo, al mismo tiempo, aceptaron la desigualdad política de su época como una anomalía a ser remediada sólo muy gradualmente. Alberdi sostuvo entonces que no participaba del “fanatismo inexperimentado, cuando no hipócrita, que pide libertades políticas a manos llenas para pueblos que sólo saben emplearlas en crear sus propios tiranos”. En cambio, agregó, resultaba imprescindible asegurar libertades civiles “ilimitadas y abundantísimas para nuestros pueblos” (Alberdi 1920, tomo xiv, 64-65). Lo mismo expresaba desde Chile Andrés Bello, cuando escribía que  “los pueblos son menos celosos de la conservación de su libertad política, que de sus derechos civiles.” Y agregaba: “Raro es el hombre que se sienta más herido cuando arbitrariamente se le priva, por ejemplo, del derecho del sufragio, que cuando se le despoja violentamente de sus bienes” (Jaksic 2001, 212). Quiero decir, Alberdi, tanto como Bello y muchas figuras públicas de la época, defendieron la construcción de sociedades progresivamente igualitarias, asumiendo que, por el momento, era necesario concentrar la preocupación igualitaria en la igualdad civil –la que permitía negociar, contratar, comerciar- antes que en la igualdad política. Alberdi, tanto como Bello y otros, defendieron de este modo anomalías circunstanciales a las que hoy no podemos ya resignarnos. Y ello así, no sólo porque ya ha llegado el tiempo de las libertades políticas que pre-anunciaba Alberdi, sino también porque en ningún caso podemos pensar adecuadamente sobre las libertades civiles o económicas, en ausencia de las voces de quienes, en nombre de esas libertades que tal vez padezcan, encuentran sus más básicos derechos políticos postergados.

El derecho debiera resultar de una conversación entre iguales. Sin embargo, ese ideal resulta desafiado, también –y ésta es la segunda anomalía a la que quiero referirme- cuando se afecta la condición de inclusividad que, en una sociedad democrática, debiera distinguir siempre al debate público. Piénsese, por caso, en las dificultades que son propias de una conversación sobre asuntos públicos que se limita tan solo a expertos o técnicos; o piénsese, sino, en los casos en que el diálogo se encapsula en representantes que actúan con plena independencia de los criterios de sus representados. Estas formas de deliberación que hoy podemos considerar tan imperfectas eran, precisamente, las que propiciaba uno de los más grandes pensadores políticos del conservadurismo de todos los tiempos, Edmund Burke. En su famoso discurso de Bristol, en 1774, y frente a la propuesta de sus adversarios más radicales, que concebían a los representantes como meros delegados de sus electores, Burke presentó una célebre defensa del valor de la deliberación. Fundó entonces su presentación en la importancia de que los representantes pudieran cambiar de opinión frente a los mejores argumentos que encontrasen en el debate, y más allá de las demandas particulares o ambiciones locales de sus electores. La de Burke resultó una defensa fuertemente elitista de la deliberación, que desde entonces distingue a una parte importante de la teoría política. Sostuvo Burke entonces:

“Su representante le debe a usted su juicio; y él le traiciona, en lugar de servirle, si sacrifica ese juicio por la opinión de quienes lo han elegido... el gobierno y la legislación son cuestiones de razón y juicio, y no de meras inclinaciones.” (Burke 1774).

Desde el punto de vista que aquí propongo, la postura de Burke resulta muy controvertida. Primero, porque la política difiere de la ciencia, en cuanto a que ella se desarrolla en un marco dominado por el pluralismo y los desacuerdos razonables, y no en un ámbito en donde la verdad puede ser develada a través de la investigación empírica. Segundo, porque para un representante siempre debe ser posible acomodar o matizar los criterios generales sostenidos por sus electores, con los mejores argumentos que encuentre en el foro político. Tercero –y esto es lo que más me importa señalar- la postura de Burke resulta poco aceptable, cuando tomamos en cuenta criterios como los ofrecidos por John Stuart Mill o Robert Dahl, relacionados con el supuesto de que cada quien es el mejor conocedor de sus propios intereses. Esta última postura contrasta radicalmente con la concepción epistémica elitista sostenida por Burke, y que concibe a la política como ciencia, y a la ciudadanía como incapaz de reflexionar críticamente sobre los asuntos públicos. Contra dicha visión, sostengo aquí que si en la deliberación no se escuchan las voces de todos los afectados, ella va a convertirse, previsiblemente, en vehículo de decisiones parciales, y así, irrazonables.

El derecho debiera resultar de una conversación entre iguales. Sin embargo, ese ideal se frustra –y ésta es la tercera anomalía a la que quiero referirme- no sólo cuando la conversación queda bajo el exclusivo control de una elite, sino también cuando la gran mayoría de los afectados participa dentro de un marco institucional que dificulta o impide el debate. Pensemos, por caso, en el ideal participativo avanzado por Jacques Rousseau. Según el cientista político Bernard Manin, quien ofreciera, contemporáneamente, uno de los estudios más iluminadores sobre la concepción Rousseauneana, el ginebrino favorecía las decisiones que reflejaban la "voluntad general", y que requerían la participación de todos los afectados; pero, al mismo tiempo, condenaba de modo firme todo “intercambio de argumentos” entre las partes. Para Rousseau, tales intercambios producían confusión y parcialidad, y por lo tanto hacían imposible la formación de la voluntad general. Por ese motivo –agregaba- la comunicación entre las partes debía evitarse (Manin 1987, 345). Desde la posición que aquí sostengo, el diálogo limitado a una elite resulta tan condenable como la participación masiva sin diálogo. Piénsese, sino, en plebiscitos como el implementado por la dictadura chilena, en 1988 –un plebiscito celebrado en un contexto de restricciones a la libertad de expresión; limitaciones severas sobre el libre funcionamiento de los partidos políticos y sindicatos; y un uso fundamentalmente discrecional de los poderes coercitivos del Estado. Lo que el ejemplo nos recuerda –más allá de sus resultados- es que la participación masiva tiene poco sentido, si no se aseguran al mismo tiempo las precondiciones elementales de la libre expresión, la crítica y el diálogo. Todavía más: el ideal de la deliberación entre iguales no requiere solamente la posibilidad de que discutamos sobre las decisiones públicas que van a recaer luego sobre nosotros; sino que podamos reflexionar y decidir también sobre los matices de lo votado. Por ejemplo, si se nos convoca a tomar una decisión sobre un Acuerdo de Paz o sobre un texto constitucional, necesitamos tener también la posibilidad de discernir entre un artículo y otro; la de escoger un derecho pero no los siguientes; la de matizar o reforzar cada uno de esos derechos que se nos presentan como ofrendas. Necesitamos impedir lo que Rosalind Dixon denominara el uso de “derechos como sobornos” que se produce cuando, por ejemplo, la ciudadanía es llamada a votar por la adopción de nuevos derechos sociales, que sólo puede obtener si vota, al mismo tiempo, en favor de la reelección presidencial o la mayor concentración del poder.

El derecho debiera resultar de una conversación entre iguales, pero a veces, como anticipara, queda afectado por patologías que frustran completamente dicha posibilidad.  Dentro de estas patologías me ocuparé, en primer lugar, del caso de la desigualdad que se enquista hasta convertirse en elemento constitutivo de una institución o práctica. Pensemos, por tomar un ejemplo, en el caso de una conversación que se da al interior de una familia dominada por un padre autoritario. Pudiera ocurrir que, dentro de ese marco, el padre convoque a los integrantes de su familia para conversar sobre algunos de los muchos asuntos comunes: el trato de unos a otros; los aportes de cada uno a la vida en común; la mayor o menor liberalidad de costumbres reclamada por algunos de los miembros de la familia; etc. En un contexto semejante, no resultaría sorprendente que en algún momento, y cansado de encontrarse con argumentos con los que disiente, o posturas que no está acostumbrado a escuchar, el padre ponga abrupto fin al diálogo por él mismo convocado, levantado la voz, o dando un golpe sobre la mesa: “Ya está, se terminó, me tienen cansado” –podría decir el padre. Por supuesto, no pretendo predecir la ocurrencia de tales reacciones, sino criticar las estructuras que permiten su recurrencia. Se trata de estructuras muy poco hospitalarias para la conversación –estructuras mal preparadas para el desarrollo de una conversación entre iguales, que en los hechos autorizan a una de las partes a pronunciar siempre la “última palabra”, desentendiéndose de las razones y de los reclamos de todos los demás. En sociedades multiculturales, marcadas por el “pluralismo razonable” (al decir de John Rawls), o por el “hecho del desacuerdo” (al decir de Jeremy Waldron), la presencia de autoridades a las que nos cuesta desafiar como ciudadanos; o de políticos con los que no podemos conversar institucionalmente; o de magistrados que guardan el poder de imponer sus decisiones sin ofrecernos derecho a réplica, ilustran las formas indebidas del diálogo entre desiguales.

El derecho debiera resultar de una conversación entre iguales, pero dicha conversación tampoco se obtiene cuando aparecen otras dos patologías, que suelen funcionar en espejo: la patología de la política capturada por grupos de interés; y la de la vida pública afectada por la exclusión sistemática de algunas voces. Cuando el proceso de creación legal queda, efectivamente, en las manos de una parcialidad, el derecho comienza a sesgarse, en línea con las pretensiones de la minoría que lo escribe, aplica o interpreta. Ello así, no por la acción conspirativa de esos pocos; ni necesariamente en razón de la mala fe de algunos sino, sobre todo, por la dificultades que mostramos los humanos para ponernos en los zapatos de los demás –la dificultad que cualquiera de nosotros muestra para reconocer o procesar debidamente los reclamos de aquellos a quienes no ha escuchado, o de aquellos con quienes no ha hablado. Se producen entonces hechos tan obvios como inesperados; tan previsibles como sorprendentes: Parlamentos compuestos exclusiva o casi exclusivamente por hombres, que muestran dificultades extraordinarias para lidiar con cuestiones relacionadas con la violencia marital o la salud reproductiva; sociedades multiculturales, plurales, heterogéneas, con poblaciones carcelarias por completo homogéneas; órganos políticos vacíos de representación indígena, que ignoran durante siglos las demandas históricas de una minoría aborigen. Se trata, en todos los casos, de resultados tan injustos como previsibles desde el primer instante -resultados que contemplamos con extrañeza, sin reconocernos en ellos; y sin advertir que, en buena medida, somos nosotros mismos los responsables o autores de semejantes agravios. Somos nosotros –en tales casos- quienes cargamos los dados institucionales de modo indebido, y los que finalmente construimos los injustos resultados que luego nos dejan perplejos.

El derecho debiera resultar de una conversación entre iguales. Sin embargo, de forma habitual, el derecho es creado bajo condiciones que excluyen, sistemáticamente a una parte significativa de la población, cuyas voces comienzan a resultar inaudibles para el resto, y cuyos puntos de vista resultan así, poco a poco, invisibilizados. El sistema institucional, de ese modo, no nos permite reconocer cuáles son los reclamos de aquellos que se sienten, por todos los demás, maltratados. Se expande, de tal forma, el riesgo de que decidamos inapropiadamente; de que no sepamos balancear de modo justo el peso de las demandas de los más desaventajados. De allí la importancia única que adquiere la protesta en democracia: necesitamos escuchar por qué es que se queja quien se queja; necesitamos saber qué tienen para decirnos quienes se muestran disconformes con lo que hacemos. Por ello, también, es que resulta tan desafortunado que una mayoría de nuestros jueces obre, comúnmente, en el sentido contrario al sugerido, y opte ligeramente por perseguir o procesar a quienes protestan. Nuestros magistrados debieran entender que no hay voz más importante, en una democracia que no es justa, que la voz de quien nos manifiesta su queja. Debemos proteger esa voz, como si fuera la propia, pero no por meras razones de compasión, solidaridad o altruismo, sino por la necesidad que tenemos todos de que no se tomen, en nuestro nombre, decisiones que nos benefician perjudicando indebidamente al resto.

El derecho debiera resultar de una conversación entre iguales, y la buena noticia es que la práctica constitucional contemporánea demuestra que el ideal por el que abogamos es un ideal asequible, y no meramente imaginario. En tal sentido, quienes consideren que la conversación entre iguales nos refiere a un objetivo fundamentalmente alejado de nuestra vida real, harán bien en recordar de qué modo, recientemente, ciudadanos del común mostraron capacidad y disposición a intervenir activamente en complejos debates constitucionales. Ello es lo que ocurrió, por tomar un caso reciente, en un país como Islandia, en el 2010. Quienes se apresuren a objetar ejemplos como el citado por considerarlo propio de tierras exóticas, despobladas, y de composición homogénea, harán bien en llamarse a la prudencia, para informarse acerca del modo en que actuaron las Asambleas Ciudadanas en otros ámbitos –ahora multiculturales y heterogéneos- como los propios de British Columbia y Ontario, en Canadá, abocadas al rediseño de los sistemas electorales. Quienes desmerezcan estos nuevos ejemplos, alegando que refieren a temas poco divisivos o demasiado técnicos, deberán revisar con detenimiento de qué forma, en un país tan religioso como Irlanda, la discusión ciudadana logró resolver, en tiempos recientes, asuntos tan polémicos, concretos y disputados como los relacionados con la salud reproductiva o el matrimonio igualitario. Quienes todavía se obstinen en dejar de lado ejemplos como los anteriores, aduciendo que ellos se vinculan a casos propios de países con poblaciones muy educadas, o culturas sofisticadas, deberán recordar de qué modo, en la Argentina de hoy, jóvenes en apariencia apáticos o políticamente desinteresados, nos dieron lecciones de compromiso público y conocimiento informado, en los extraordinarios debates sobre el aborto que se llevaron a cabo en los meses pasados. Y quienes se empeñen aún en descartar tales casos, aludiendo a la historia de movilización popular propia de países como la Argentina –una historia de movilizaciones que explicaría por qué allí pudo darse lo que no podría darse en otros casos- les convendrá volver a tomarse un tiempo, para rememorar de qué modo los “pingüinos” y los estudiantes secundarios, en Chile, permitieron oxigenar y llenar de vida discusiones públicas tan olvidadas, mal atendidas, y estancadas en el tiempo, como las referidas al derecho a la educación. Ejemplos tan maravillosos como los anteriores, contemporáneos, y provenientes de los confines más disímiles del planeta, nos ayudan a ver lo que ya deberíamos haber reconocido hace tiempo: i) primero, que los derechos fundamentales son creaciones humanas, sobre cuyo contenido y alcance debemos poder discutir; ii) segundo, que las personas se motivan para participar en los asuntos que les interesan, cuando advierten que sus demandas pueden ser tomadas en serio; iii) tercero, que no es cierto que las personas del común carezcan de la capacidad para comprender y decidir sobre temas complejos; iv) cuarto, que tiene sentido seguir apostando al diálogo, aún o sobre todo en contextos de polarización política; y v) quinto, que aún frente a cuestiones fundamentales, relacionadas con la identidad, la tradición o la fe, las personas se muestran abiertas y dispuestas a debatir, matizando o cambiando directamente sus posiciones iniciales. Tal vez haya llegado la hora de dejar de lado muchos de los infundados prejuicios que ayudaron a que no viéramos o a que negáramos aquello de lo que no queríamos hacernos cargo.

Comencé esta presentación recordando a un gran poeta; y quisiera concluirla citando a otro gran escritor. Empecé rememorando a Rafael Alberti, en el exilio, y remembrando su dolor frente a la impotencia de las palabras, en un mundo obstinado en hablar sólo el lenguaje de la violencia. Quisiera terminar esta presentación, entonces, como la he seguido, esto es decir, apostando  por el valor del diálogo, aún o sobre todo en el marco de comunidades más cerradas o endurecidas, empeñadas en hablar sólo con quienes están de acuerdo, y dispuestas a marginar a quienes consideran molestos. Por lo dicho, quisiera concluir homenajeando a un escritor chileno, Pedro Lemebel. Tuve la fortuna de escuchar a Lemebel, en Buenos Aires, en los días previos a su muerte. Decir que pude escucharlo, de todos modos, es exagerado, porque –aunque Lemebel estaba allí para leernos sus crudos textos- él se encontraba ya demasiado débil. Afectado por un cáncer de laringe, mostraba sólo jirones, apenas audibles, de su voz. La metáfora que se nos representó entonces no pudo ser más elocuente: al final de una vida en la que había recibido, una y otra vez, los más humillantes azotes del destrato, el escritor se ponía de pie, nuevamente, para usar la palabra como modo de expresar su disconformidad, dispuesto a enunciar nuevamente su dolorosa e imprescindible queja. Con la garganta desgarrada y una vocecita fina, final, ya casi muerta, Lemebel pedía una vez más lo más básico, esto es, afirmando su derecho a ser diferente, pedía se tratado como un igual. Casi imposibilitado de hablar, mostraba su fe obstinada en el valor de la palabra. Quisiera finalizar entonces, con él, reivindicando la capacidad crítica y transformadora de las palabras, aún o sobre todo cuando nos sentimos sin fuerza o sin mayor esperanza. A pesar de todo, quisiera reivindicar el valor de estas tristezas de tinta que tal vez, una vez más, barra el viento y borre el agua. Insisto entonces con lo que empezara: el derecho debiera resultar de una conversación entre iguales.

BIBLIOGRAFIA

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