20 oct. 2019

Crónicas columbianas 6: Elster feliz, bajando la montaña



Después de unos meses, volví a encontrarme, esta noche, con Jon Elster, el cientista social noruego. Como otras veces, pero también como nunca antes, en una noche luminosa, hablamos de la pasión por escribir, por el entusiasmo de hacer sólo lo que uno quiere, sin importar los costos de ello: Elster está por cumplir 80 años, y sigue escribiendo, embarcado en un proyecto personal al que espera concretar en 5 años! Dijo estar muy contento con el tema, y de advertir, con satisfacción, que sigue teniendo ideas. Elster insistió, además, sobre cuestiones que siempre ha remachado: sólo hay que escribir sobre lo que a uno le gusta, sólo hay que involucrarse con aquello que a uno le interesa. En otros términos, escribir sin calcular, sin hacer lo que hacen tantos: pensar en cuál es el tema con más mercado; cuál el “nicho vacío” del que uno, con astucia, podría apropiarse; cuál es el hot topic del momento (para quienes hacen estudios doctorales afuera, agregaría, otro problema es buscar el tema localísimo, pensando así en "zafar" el doctorado, reafirmándose en lo que uno ya sabe, y sin aprender nada nuevo).

Contó Elster que ahora estaba en prensa el volumen 1, de los 3 que publicará sobre lo que pasó a ser el gran tema de su vida: lleva 30 años comparando las Convenciones Constituyentes Francesa y Norteamericana (hace 30 años debutó en la cuestión tratando de publicar uno de sus artículos luego más citados: “Argumentación vs. Deliberación”, en la Revista de la Escuela de Derecho de Yale, y su artículo fue rechazado!). Contó también que los primeros dos volúmenes serán puramente históricos (reconstruir la historia que precedió a los debates, y la de los mismos debates); y que los historiadores (pocos gremios tan celosos de su territorio) aborrecían de esos escritos suyos. Pero concluyó: “no me importa para nada, escribir todo esto me divierte muchísimo, lo disfruto a montones, y sólo quiero seguir haciéndolo”.

Y también contó lo siguiente, excitado y moviéndose en la silla: “Yo miro cómo me siento mientras escribo. Si me siento subiendo una montaña, trabajosamente, me detengo enseguida, miro, y me digo: acá hay algo que no va. O el tópico no me interesa, o lo que escribo no me gusta. Entonces lo dejo. Pero cuando siento que voy bajando la montaña, ahhhh, esa sensación. Eso es maravilloso, conozco bien esa sensación, la sentí tantas veces” -dijo feliz, emocionado.







Chile: La hoguera de las desiguladades

Premio Seminario a la Cineasta de la Década

Petra Costa, actriz y directora de cine brasileña. Autora de filmes semi-documentales: refinada, talentosa, de cabeza abierta, con las emociones siempre cerca. Premio indiscutido por una obra intensa y reciente. Habíamos mencionado ya su trabajo sobre la caída del PT, The Edge of Democracy (2019), que se suma a Olmo & the Seagull (2015), Undertow Eyes (2009) y Elena (2012). Brillanta!

Sale el homenaje a Nun!


16 oct. 2019

Crónicas columbianas 5: Correr de atrás





Con la escritura del libro en el que estoy embarcado, me pasa algo extraño. Como nunca antes, he estado hablando del libro antes de publicarlo. Cómo puedo hablar de lo que todavía no he escrito? Cómo anticipar noticias sobre lo que todavía no he terminado? Anatema! Vergüenza en mí! Llegué varias veces a decir, incluso, que el libro ya lo tenía escrito en mi cabeza, completo, y que sólo necesitaba apretar el botón, dar la orden, para sacarlo: ponerme a escribirlo. Cuesta admitirlo, pero hasta ahora ha sido así, plenamente así (lo cual no dice nada, por supuesto, sobre la calidad de lo escrito, o sobre el interés que pueda generar, o no, el futuro libro). Un libro que no me cuesta escribir, en absoluto, porque ya está todo escrito por dentro. A veces me pregunto: A alguien le importará este libro? Y respondo: Es que no me importa! Tengo que completarlo!
***

Vivo estos días con la sensación de ir corriendo detrás del texto, me agoto escribiendo lo que interiormente ya tengo escrito. Me pasa lo que a un traductor simultáneo, que tiene que traducir al que habla demasiado rápido: no hago tiempo a tomar todas las notas que escucho; no alcanzo a traducir al texto todas las frases que se me dictan; no me da la velocidad de las manos para escribir lo que se me va hablando. Está bueno eso. No me había pasado muchas veces, escribiendo artículos. No me había pasado nunca, escribiendo un libro. Un libro ya escrito, que transcribo. Uno en papel del copista esmerado: un amanuense disciplinado.
***

Lo más sensacional de este estado de éxtasis expresivo, es la liviandad, la ligereza con la que siento que escribo (otra vez, esto no dice nada sobre el valor del libro). Ni el mínimo esfuerzo! Todo el trabajo ya terminado! Todo el pensamiento ya hecho! Siento que todo está ya procesado: se trata de pasar las notas al papel, simplemente. Qué fácil que es esto! La extraordinaria ventaja de la situación es ésta: escribo, literalmente, donde quiero, donde puedo, donde me encuentre. Lo comento un poco porque yo mismo me sorprendo: escribir en cualquier lado! Como en el juego de la silla: escribo en la silla que me toqué, y si me toca el piso sigo escribiendo (Ayuda muchísimo, para eso, estar en freakilandia. Es muy liberador ese estado! Hacer cualquier cosa, y que a nadie le importe un reverendo céntimo lo que uno hace. Habla, también, de las libertades que no tenemos, o que no nos damos). En estos días me encontré escribiendo:

* En las bibliotecas, la mayor parte del tiempo

* En la cama, como ahora

* En cafés (decenas, varios por día)

* En la sala común de NYU

* En el subte (Tomo el subte todos los días: trayectos larguíiiisimos. Esos son los mejores: cuanto más largos, mejores: más tiempo escribiendo. Me encanta tomar la computadora y escribir mientras el subte avanza, sobre todo cuando avanza lento, o cuando arranca y el maquinista dice: stay clear from the closing door. Buenísimo. (El multiculturalismo entero resumido en un vagón de subte. Como decía alguno: ayudame a mirar, que solo no puedo). Media hora de trayecto? Excelente! Un montón de tiempo por delante! 10 minutos solamente? Bien, adelanto unos párrafos!

* En un banco al costado del subte, esperándolo. A veces, si estoy entusiasmado, dejo pasar uno o dos trenes, hasta completar la idea: qué mundo el subterráneo! Me contaron, que bajo el asfalto…

* En un banco de la plaza-planeta que es Washington Square. Al sol, hermoso. Me canso un poco y levanto la vista: Esas caras! Esos cuerpos! Esos gestos! Un show permanente, infinito, inacabable, inabarcable! Qué planeta WS!

* En un banco del parque, mirando al Hudson

* En el Banco (el Citibank!!), esperando a que me atiendan (insoportables).

* En un banco interno de la Facultad de Filosofía, también esperando a que me atiendan.

* (Ésta es interesante:) En el pasto, junto a la cancha de fútbol, un viernes a la mañana, con los pantalones cortos y zapatillas, esperando que vinieran mis compañeros de fútbol de hace varios años (No vinieron! No se jugó! Dónde están? Dónde están jugando?). Me quedé más de una hora aguardándolos, con la vela de la ilusión prendida. No se apagó, porque estaba escribiendo, aunque llovía.

* (Ésta es increíble:) En el sillón del dentista, una hora y media, mientras el dentista esperaba que el seguro autorizara mi “gasto” (no lo autorizó!). Nota increíble 1: El dentista no tuvo otro paciente durante la primera hora de esa espera, y me dejó ahí sentado. Estaba en cualquier otra, con su cara de astronauta alunizado. Nota increíble 2: Había una televisión con un video puesto, que me interesó muchísimo (en tanto película para ver en el dentista, mientras le sacan a uno una muela): Tetro, de la fase onanista de Francis Ford Coppola. Filmada entre La Boca y San Telmo. Mirando un rato, escribiendo otro, hablando con la vieja asistente, dominicana, con la que nos reíamos un poco de la película.

Llevo poco más de una semana acá arriba, y ya tengo dos tercios del libro terminado. Pero qué bueno! Pero qué raro! Pero qué es esto?





15 oct. 2019

Crónicas columbianas 4: En mi cuarto




Vivo en un cuarto de 3 x 4, donde apenas entran una cama y un armario. En el cuarto puedo dormir o salir de él: para eso me sirve. El espacio no me alcanza para un escritorio, para elongar o hacer gimnasia, para poner una silla donde colgar las piernas.  Mi cuarto se encierra entre una ventana amplia y tres paredes llenas de cuadros. La ventana choca contra el edificio de al lado (al que veo sólo de espaldas), mientras que, por sus otros costados, la habitación linda con dos cuartos contiguos, todos ocupados. No sé, en verdad, cuánta gente vive en este mismo departamento: entran y salen de a muchos, se abren y se cierran las puertas, continuamente, todos se movilizan hablando. No sé, no sé cuántos son, ni como se distribuyen en los cuartos. Sé que no hubo una sola vez -ni una sola- en que quise entrar en la cocina y alguien no estaba cocinándose algo (y eso que probé cenar a la medianoche, cenar a las 8, cenar incluso al mediodía). Sé que no hubo una sola vez que no tomé el ascensor sin encontrarlo lleno de lado a lado. (En la soledad en que vivo aquí arriba, vivo todo el día rodeado). Sé, también, que las dueñas de este piso son dos mujeres mayores, dos mujeres brasileñas: madre e hija. Mientras la hija trabaja, durante el día, la madre se queda aquí, del otro lado de mi pared, esperando. La escucho, todos los días, escuchando la radio: temas viejos de samba, de brasileña samba, mientras se queda esperando. Debe hacer más de 30 años que está aquí instalada en los Estados Unidos, pero no parece haberse acogido ni a la televisión, ni al cine o teatro: sus recuerdos son los de su barrio. La voz de la radio, en portugués, ni se escucha, no la escucha ni ella, pero el idioma es lo que importa: el lenguaje de su país es su casa verdadera, la casa en donde ella vive.

Vivo en un vecindario latino, donde durante todo el sábado se oye merengue, cumbia, ballenato. Los vecinos parecen dividirse en tres bandos principales: los que cortan el pelo, los que hablan de cortarse el pelo, y los que se la pasan cortándoselo. Los sábados, en particular, los hispanos se quedan en las veredas, las ocupan, y desde allí se encuentran, se saludan, se insultan: vociferan irreproducibles improperios, de mujeres a hombres, de hombres a hombres, de jóvenes a mayores. Lo mejor de los fines de semana es verlos jugar al dominó, golpeando sobre la mesa, disfrutando. Eso es fantástico: verlos ahí, abstraídos del mundo, desinteresados por quienes pasan al lado, jugando entre ellos, acompañándose sin decirlo, como si sólo estuvieran jugando. En el barrio también hay pizzerías con nombres breves (Bill; Ben; Bernie); puertorriqueños con botellas de cerveza en la mano; dominicanos hablando del dinero que les tiene que llegar o que deben ir enviando; venezolanos con deudas de almacén, comprando indefectiblemente platos baratos (chip poteitos); argentinos con la camiseta de Racing (la misma que tengo yo, del tiempo en que nos auspiciaba Multicanal) revolviendo la basura. “Qué es lo que tu haces”, pregunta un cubano. A pesar de los dolores, me gusta el barrio. Me gusta, en particular, cuando los viejos, de orígenes y destinos cruzados, se juntan frente a alguna puerta y discuten sobre temas con los que no están comprometidos, burlándose. Malhablados pero gritando. Me encanta cuando lanzan las risotadas, tan poco americanos, tan poco contenidos, tan excesivos. Somos esto, parecen decirles, somos lo contrario.

La portera de mi edificio es de Puerto Rico. La vi recién, por décima vez en el día, luego de haber salido en horarios irregulares, desde las 7 de la mañana y hasta hace un rato, casi sobre la media noche. Le pregunté qué hacía todavía en el edificio: había pasado sentada en su mismo lugar, todo el día, todo el tiempo: to-do-el-tiem-po ahí sentada. Van dos días enteros así, me dijo. Me aclaró que igual cierra los ojos un poco, se queda dormida, durante la noche, cuando ya no hay nadie. Me confesó que va a tener todavía dos días más así, enteros así, y me lo dijo riendo. Imposible.

Vuelvo a mi cuarto. Estoy tan cansado que me acuerdo de la canción de Vivencia! Uy qué viejo! La canción decía:

En mi cuarto
en mi cuarto se refugian las heridas,
que me han hecho,
que me han hecho los golpes de la vida
Allí nadie me molesta, ni critica, ni protesta
estoy solo
En mi cuarto, en mi cuarto
tengo hermanos a montones
tengo libros, tengo libros
que aclararon mis errores




13 oct. 2019

Crónicas columbianas 3: Secta en naranja


Anoche terminé el día agotado, mareado. Así que, bien temprano, decidí salir a caminar, esta mañana de domingo, para quebrar una rutina que todavía no llego a establecer. Quiero despejarme andando junto al Hudson, sin nadie, nada que me perturbe. Mientras voy llegando, bajando las barrancas, veo un movimiento intenso, raro (aunque, a decir verdad, casi todo lo que veo por aquí me parece raro). En todo caso, lo raro de ahora es esto: un grupo grande de personas, en su mayoría chinos, se agolpan frente a la primera bajada de las barrancas. Remeras naranjas, banderas naranjas, gorras naranjas. Parece una secta y sus miembros actúan como si lo fueran, pero no. Simplemente otro grupo de locos, me digo. Me acerco un poco y busco leer lo que dicen sus remeras, los papeles que cuelgan de las mesas que han instalado: parece que es un grupo que “camina por el Alzheimer,” algo tan normal como eso. La demás gente que anda por allí (no se si los llamaría los “normales”: runners, maratonistas obsesivos, gimnastas ansiosos que miran su reloj digital o celular a cada rato, lectores tempranos que buscan un espacio verde) pasan junto al grupo, y pasan desapercibidos. Los de la secta, mientras tanto, se mueven en su propio mundo, detrás de los dos o tres líderes del grupo, buscando que llegue el resto, que se arme el conjunto, y que la actividad -vaya a saberse cuál- comience. Todos pasan, decía, y pasan desapercibidos. Sin embargo, cuando me acerco yo, que también quería pasar a través de ellos, sin que me noten, la cosa es distinta. Uy, me digo, porque lo advierto enseguida. Varios me saludan, algunos me sonríen, un hombre inclina su cabeza a mi paso. Qué les pasa conmigo? Una vieja se acerca, busca darme un abrazo. Me asusto un poco. Doy un paso atrás, apresurado. Querrán secuestrarme? Querrán que forme parte de la secta? (toman rehenes?). Ahí veo el problema. En mi mochila cuelga, todavía, el pañuelo naranja que traigo de la Argentina, el que pide la separación Iglesia y Estado. Ahí está la cuestión, ahí me percato. Espero salir de este lío. Ahora soy uno más de ellos.

10 oct. 2019

Crónicas columbianas 2: 36 burócratas están salvando al mundo


1) Cuando en el Talmud se explica la tradición de los Tzadikim, se habla de 36 hombres justos que existen sobre la faz de la Tierra. Esas 36 personas son las que, sin que los demás se den cuenta, sostienen al mundo, por lo que, si ellos desaparecen, el mundo entero desaparece. Ese relato maravilloso es el que retoma Borges, en su poema Los Justos, que concluye con esta línea referida a los 36 hombres justos: "Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo."

2) Enfrentado a la burocracia universitaria de por acá arriba, veo -sin mayor sorpresa- que se repite aquí lo que uno ya conoce desde otros lados: burócratas que eluden sus responsabilidades; empleados que se señalan unos a otros; administrativos que se escabullen por la primera hendija que encuentran; colaboradores que a cada instante alegan tiempo de almuerzo o de descanso; oficinistas especializados en derivarlo a uno a la oficina de al lado; funcionarios que manejan el repertorio completo de las negativas disponibles; expertos en excusas departamentales; etc.

3) Pensando en 2 (la burocracia universalmente imposible) me pregunto entonces: Quién hace el laburo? Quién es el que lleva el trámite, si cada uno de los que están a cargo de algo, "le pasa la pelota" de su responsabilidad a quien tiene al costado? Recuerdo entonces a 1 (la historia de Los Justos), y me digo: creo que hay 36 burócratas, en la Tierra, que son los que hacen todo el trabajo. Todos los demás le pasan su tarea a los otros, y eluden así la tarea que tienen a cargo. "Esos 36 burócratas, que se ignoran, están salvando al mundo"

9 oct. 2019

Crónicas columbianas 1: Brazil en Columbia

Estoy por algunas semanas, tratando de empezar a escribir un libro, en la Universidad de Columbia. El libro es sobre constitucionalismo, hacía rato que tenía ganas de hacerlo, y ahora que tengo un tiempo sin clases, voy a ponerme en ello. 

Acabo de llegar, hace apenas horas, y aprovecho la jornada interrumpta para los trámites de rutina: obtener el ingreso a la biblioteca; acomodar las cuentas; abrir un correo.

Ocurre, sin embargo, y como era esperable, lo inesperado. Como en la película Brazil, de Terry Gilliam, parece que hace años, un burócrata, aplastó una mosca contra una hoja suelta de un folio, que resultó ser un folio de mi carpeta aquí, en la Universidad. Por el incidente, quedó registrado mal un número de mi expediente: un solo número. En Brazil, el hecho generaba un caso burocrático alarmante, que llevaba a que la vida completa del protagonista cambiara, y pasara a ser perseguido por las fuerzas del Orden hasta la agonía (depende de qué versión uno veía de la película, ese último momento era agónico o algo más esperanzador). La cuestión es que, por un número mal leído y mal escrito entonces, por un burócrata -un solo número- hace diez años, toda la maquinaria de la Universidad, frente a mi expediente, se traba: los trámites no pueden empezar, las paredes se agrietan, el techo cruje, se abre el abismo por abajo.

Finalmente, una solución a la argentina, provisional, con alambres ya usados, después de 5 horas, lo destraba todo. La máquina arranca, el trámite se soluciona: obtengo el número. Empiezo a escribir.

4 oct. 2019

Waldron en Colombia 3: El dinosaurio todavía está allí

Ante la respuesta del amigo Jorge Roa, sobre "el paso de Waldron por Colombia," (ver abajo) , sigue a continuación mi respuesta a su respuesta!


Cuando despertó,
el dinosaurio todavía estaba allí
(Augusto Monterroso)

Me alegra mucho poder mantener abierta esta conversación con el ilustre amigo Jorge Roa. Conociendo, sin embargo, el compromiso de ambos con la discusión pública sobre los temas que nos interesan, y la firmeza -o testarudez- con que sostenemos nuestras posiciones, prometo presentar una réplica de su réplica muy breve, y ayudar de este modo a apagar lentamente lo que promete ser un diálogo apasionante para nosotros pero continuo hasta el infinito. Tenemos y mantendremos dicha polémica, a lo largo del tiempo y por medios diversos, pero creo que al cabo de este ir y venir ya hemos dejado en claro nuestros respectivos puntos de vista, que es lo que por ahora importa. A continuación, por tanto, me centraré sólo en un punto de los varios que presenta Jorge en su rica e inteligente réplica. El punto que voy a hacer es pequeño pero no por ello menos relevante.

Lo que me interesó decirle a Jorge desde el comienzo de este intercambio es que en su texto original -como ahora en su réplica- él se pierde de tomar en cuenta la significativa crítica que Waldron está haciendo sobre el modo en que viene ejerciéndose en Colombia el control judicial. La crítica de Waldron es una que muchos compartimos, y por venir de quien viene, en el momento en que viene, gana especial sentido. Es una crítica hecha por quien es, seguramente, el analista más agudo sobre la materia; que es presentada en un momento en donde la Corte Constitucional Colombiana ha ganado un enorme reconocimiento internacional -más allá del que siempre tuvo, en América Latina-; frente mismo al tribunal; y en tiempos en donde él ya no sostiene la versión más radical y carente de matices que sostenía en un principio. Por todo ello, resulta particularmente interesante que Waldron -ése gran analista del control judicial- siga sosteniendo hoy -frente al reconocimiento alcanzado por la CCC, y en su “momento de moderación”- la crítica que sostiene. Pero Jorge -como otros buenos colegas- parece preferir que esa crítica “pase de largo”, como si Waldron no alcanzase a ver lo que está viendo, o no estuviera realmente preocupado por comprender lo que comprende, o estuviera hablándole al “mundo” o la “doctrina en general,” y no -muy específicamente- a los jueces y académicos del derecho colombianos.

El “core” de mi desacuerdo con Jorge se advierte, precisamente, en el preciso instante en que Jorge busca replicar mi señalamiento en este respecto. Allí, tratando de aclararme que él sí toma en serio la crítica de Waldron para Colombia y los colombianos, él revela lo contrario, al dejar en claro, de modo prístino, que él entiende que Waldron llegó a Bogotá para hablarle…a la doctrina mundial. Me dice Jorge, entonces, y con un énfasis pleno de amigables signos de admiración, que él no escribió “un artículo sobre Waldron en Bogotá para decirle a los lectores: “no lo escuchen, no tiene nada que ver con nosotros”. ¡¡¡Por el contrario!!!” -continúa- “lo escribí y le puse ese título porque creo que lo que Waldron dijo en Bogotá es muy relevante para el debate global sobre el judicial review”. No es así, Jorge -quisiera insistirle- él fue a Colombia para decir algo especialmente relevante, no para el “debate global,” sino para el debate colombiano. Jorge parece presentar a Waldron, en cambio, como si él hubiera hablado frente a los jueces de Angola -quiero decir, un país alejado de sus preocupaciones inmediatas- o los de Noruega -quiero decir, un país con un poder judicial básicamente deferente frente a la política, y un ejercicio del control de constitucionalidad sin mayores conflictos con el gobierno.

Pero no. Lo cierto es que -y esto es lo que dio especial atractivo y sentido al paso de Waldron por Colombia, y lo que me llevó a reivindicar esa visita suya- es que Waldron habló frente a los jueces de la CCC, con plena consciencia del lugar en donde estaba, y del modo en que en dicho lugar podían interpretarse sus dichos. Más todavía: lo hizo -y aquí el mérito que le destaco- poniéndose a estudiar algo de la jurisprudencia y doctrina colombianas, y tratando de responder en consecuencia (respondiendo de ese modo a la tradición celebratoria y auto-celebratoria que existe frente al gran tribunal colombiano). Adviértase que, interpretando de este modo al paso de Waldron por Colombia, ganan sentido pleno todos sus dichos, sus críticas, y sus matizaciones, de un modo que lo perderían si Waldron hubiera escogido un foro internacional cualunque -digamos, el de Angola o Noruega- como excusa para seguir refinando y modulando su postura inicial sobre el derecho, los desacuerdos y el “core of the case”. Por eso mismo, se entiende que Waldron le hable a grandes jueces y juristas como Manuel Cepeda, y no a la doctrina internacional en general: le dice a Cepeda -y, a través de él, a los grandes jueces y juristas de Colombia- que la objeción democrática no se salva alegando (como ellos han alegado) el derecho de la población a modificar la Constitución a través de procesos políticos de enmienda; ni se elude (como ellos la han aludido) apelando al hecho de que la Corte se haya abocado a una interpretación “sustantiva” y no meramente formalista de la Constitución (si la interpretación hoy requiere tomar en consideración principios, y valores, y derechos, y balancearlos de modo apropiado, por qué no reconocer, entonces, el carácter político de dicha tarea, que por tanto pasa a corresponderle centralmente al Congreso). Por eso también, hace pleno sentido que Waldron haya sostenido -reflexivo y auto-crítico como se mostrara- que años atrás sólo les hubiera dicho (a los colombianos, o a los noruegos o angoleños) que el control de constitucionalidad estaba “mal, mal, mal”. Por supuesto: hoy Waldron -como tantos de nosotros- ha abierto su postura inicial a matizaciones contextuales. Sin embargo -y esto es, precisamente (repito) lo que dio atractivo y sentido a su presentación en Colombia- Waldron se preocupó en señalar que, a pesar de todas las matizaciones que hoy reconoce a su postura inicial, y la admiración genuina que despierta el máximo tribunal constitucional colombiano, él todavía seguía advirtiendo problemas en los modos en que dicho control se ejercía (en Colombia) y se justificaba (a través de la doctrina y jurisprudencia colombianas). Waldron no fue hasta allí para apoyar la idea de que (lo cito a Jorge) “debemos aspirar a ser una sociedad core of the case.” No fue hasta allí, tampoco, para precisar (frente a la doctrina mundial) de qué modo podría ejercerse el control judicial en una sociedad “core of the case”, o para pensar, en abstracto, sobre cómo podrían ayudar los ciudadanos a construir una sociedad semejante (como lo sugiere Jorge en su respuesta). Waldron fue hasta Colombia, y habló frente a la CCC, para decir -en ese preciso lugar y tiempo- que, a pesar de todo -los cambios en su pensamiento; sus últimos escritos; la admiración que suscita la CCC; los buenos jueces y doctrinarios colombianos- el dinosaurio todavía estaba allí.

3 oct. 2019

Crónica de una entrega atrasada. Devolver El Federalista 33 años después





Hace muchos años -más de 30- asistía regularmente, cada viernes, al Seminario Nino (el famoso "Seminario de los Viernes") que reunía a un minúsculo grupo de alumnos, graduados, y profesores, en una pequeña sala del Instituto Gioja. En ese Instituto, muchos de nosotros aprendimos sobre Derecho Constitucional, Filosofía del Derecho y Filosofía Política, discutiendo textos (normalmente fotocopias) que Nino traía de sus viajes a tierras lejanas (para ese entonces, 1985, 1986, Nino viajaba recurrentemente a la Universidad de Yale, como profesor invitado), y que él se encargaba de presentar magistralmente, para luego coordinar la discusión que se abría. Para muchos, esos años en el Seminario resultaron más importantes que toda la educación universitaria, doctoral o post-doctoral, recibida antes o después: fueron años de democracia deliberativa puesta en práctica; años de goce en el aprendizaje; y años de enorme crecimiento personal. De allí, entre otras cosas, la gratitud y emoción de muchos de nosotros en relación con el Instituto Gioja (Instituto al que, durante muchos años, y por circunstancias diversas, tuvimos tan lejos; y que hoy, por fortuna, es dirigido por el amigo Marcelo Alegre).

Lo que me interesa contar, de todos modos, no es la historia del Seminario, sino la historia de un libro -El Federalista- y mi historia con él. Resulta que cada semana, durante más de un año, curioseaba los libros contenidos en las vitrinas de la Biblioteca del Instituto. Mientras esperaba el comienzo de las sesiones del Seminario, cada semana, miraba a través de esa vitrina -cerrada con llave- con la avidez de lectura que era tan propia de ese tiempo. Pensaba para mí: cuántos años hará que esta biblioteca no se abre? Cuánto tiempo hará que nadie saca un libro de allí! Había un libro, en particular, que llamaba mi atención, porque lo había visto citado en más de uno de los textos que leímos -El Federalista. Con la nariz contra el vidrio, miraba el libro -y el libro a mí- y me recordaba cada vez que debía leerlo.

Ocurrió, sin embargo, que un día llegué muy temprano al Seminario, y me encontré no sólo con la vitrina de siempre sino, también, con la llave de la vitrina. Sin mayores dudas o resquemores, abrí el armario, tomé el libro ansiado, un libro lleno de polvo, abandonado, solo y triste (en condición de encierro buena parte de su vida, cabe aclarar), y me puse a hojearlo con atención: el libro me interesaba muchísimo! (Me pareció escuchar: "sácame de aquí, sácame de aquí!". Una revelación diría). Carente de todo sentimiento de culpa, casi enseguida, decidí llevármelo a mi casa. Pensé: el libro allí dentro estaba casi muerto (encerrado, con frío, con un mundo dándole la espalda, privándolo de la posibilidad de ser), inmovilizado por años. Finalmente alguien le va a devolver la vida! Finalmente alguien lo va a leer! Finalmente la Biblioteca sin uso va a cobrar sentido!

La cuestión es que leí el libro, y el libro cambió el curso de mi vida. En lo sustantivo, me enojé muchísimo con los debates constitucionales norteamericanos (y así latinoamericanos), pero al mismo tiempo quedé fascinado con ese ejercicio de razonamiento que proponía el libro: cada decisión constitucional estaba justificada, meditada, razonada detenidamente. Un ejercicio de argumentación a través de razones públicas inigualable, fabuloso, claro, relevante. Extraordinario. 

Tal fue el impacto del libro que yo, que pensaba irme a estudiar un doctorado a Italia, terminé yéndome a completar mi doctorado a los Estados Unidos (me iría 4 años después), para escribir una tesis de crítica a lo que había aprendido, con la ayuda El Federalista, sobre esos debates constituyentes (crítica a la doctrina contemporánea que reivindicaba las argumentaciones de El Federalista). Desde entonces, también, me convertí (creo) en un gran difusor (y crítico) de los debates de El Federalista, en la Argentina y más allá (varios de mis primeros libros -Nos los representantes, La justicia frente al gobierno- giraron en torno a aquella obra, pero aún sigo escribiendo en sintonía con aquella forma de pensar).

Desde entonces me dije (tal vez en un mero ejercicio auto-justificatorio retrospectivo? Quizás como mera racionalización del hecho consumado?): "Qué importante haberme llevado esa obra! Cuánto aprendí de un libro que,  de otro modo, hubiera quedo muerto, perdido! Y cuánto ayudé a difundir y repensar aquellas ideas!" En otras palabras: Qué bueno haber tomado ese libro en préstamo, cuando ni sabía a quién pedirlo prestado! Un préstamo extendido, sí, excesivo quizás, algo inconsulto en sus formas, con el mejor ánimo, en cualquier caso.

Hoy, cuando volvía al querido Instituto Gioja a presentar un seminario, de la mano de mi amigo Alegre, decidimos -33 años después- que era hora de retornar el libro a su viejo anaquel! Cuánto había paseado ese libro por el mundo! Así que, antes de comenzar el seminario, en el que volvía a hablar sobre diseños institucionales, citando a El Federalista, hicimos la pequeña ceremonia de restitución, con el compañero Alegre. Hoy repatriamos a El Federalista, devolviéndolo a su viejo anaquel. Antes del (desgarrador) desprendimiento, arreglé y vestí al libro con sus mejores ropas (se había descascarado un poco en el camino; el cuerpo del texto le había soltado amarras a la tapa; el lomo lo develaba muy fatigado). 

El viejo libro volvió hoy a su vieja vitrina. Ahora lo retornaba a su estante, en donde vivirá sus últimos años, sin llave, sin prejuicios, tranquilo: realizado, me animaría a decir. Cuando lo dejaba, me pareció verlo sonreír. Acercando mi boca a la contratapa, en voz bien baja, antes de soltarlo le dije gracias. Larga vida al Gioja! Larga vida a El Federalista! 


Debate y recontra debate con don Jorge Roa

Hace unos días, posteaba esta nota, en réplica a un texto de Jorge Roa sobre "el paso de Waldron por Colombia". Aquí abajo el replica a mi réplica, que entre hoy y mañana tiene mi recontra-réplica (ya está escrita)

http://www.eafit.edu.co/escuelas/derecho/iconscolombia/Paginas/opinion-respuesta-a-roberto-gargarella-sobre-waldron-en-bogota.aspx?fbclid=IwAR05Ezd5RcCSQHB6M5C1GGu0wBTYmI0_1f62d3jrJL0j0U2EUsgCnCr4k78

(ya pongo la versión extendida de su texto, y mi réplica a la réplica de la réplica)

El pobre estado de nuestras democracias

Pubicado hoy en LN, acá:
https://www.lanacion.com.ar/opinion/lore-con-verit-ip-ercip-nid2293544




Poco después de la seria derrota electoral que sufriera, y frente a una Plaza de Mayo colmada, el Presidente en ejercicio gritó, emocionado, que había escuchado la voz popular, y entendido el mensaje de las urnas. Fue virtualmente lo único que dijo en su discurso desde la Casa Rosada, pero eso poco que dijo resultó ya enormemente revelador acerca del pobre estado de nuestra democracia. Quisiera hacer referencia a esa pobreza de la democracia asumiendo, sin embargo, que de este modo aludiré a “males” que no son exclusivos de nuestro país (aún cuando nuestro país sea claramente representativo del deficiente estado de cosas al que voy a referirme).

La respuesta presidencial de “los escuché” –escuché lo que dijeron en las urnas- es interesante porque, obviamente, las urnas no hablan, y ese no hablar refleja en los hechos nuestra falta de “voz”, tanto como la incapacidad general del sistema para ayudar a que nos expresemos con palabras. De este modo, también, se manifiesta la indolencia u hostilidad del actual modelo democrático, frente a nuestra necesidad de conversar (entre nosotros y con los oficiales públicos) sobre los asuntos comunes que más nos interesan.

La pregunta que podemos hacernos, entonces, ante las dificultades que afectan a nuestra vida pública, es: cuánto nos ayudan a decir las elecciones, y cuánto es lo que ellas impiden que digamos? A veces (y esto pareció sugerir el resultado electoral) las autoridades no entienden o no reconocen el tipo y gravedad de las angustias que afectan a miles o millones de personas. Sin embargo, las elecciones no contribuyen a precisar o dejar en claro cuáles son esas dolencias; o cuáles son las quejas predominantes; ni mucho menos cuáles son los elogios y cuáles las sugerencias de cambio que pretende la mayoría, o exigen los más afectados. Carecemos de medios institucionales que favorezcan esa conversación entre iguales. Es que la mayoría del pueblo, con su voto desfavorable, pidió cambiar todo, o sólo algunas cosas (cuáles, y de qué modo)? Es que la mayoría le dijo a la oposición “vuelvan y hagan lo mismo que antes”, o es que en realidad quiso decir “vuelvan pero por favor no repitan tales errores” (“vuelvan pero sin corrupción;” “vuelvan pero sin autoritarismo”; “vuelvan pero con otro plan económico”; “vuelvan pero sin mentiras”)? No podemos saber nada de esto –otra vez- porque las elecciones revelan mucho menos de lo que ocultan o no dejan ver.

A resultas de dificultades expresivas como las señaladas, tiende a ocurrir que el gobierno (el Presidente en el ejemplo citado) diga “yo los escuché,” “ya los entendí”, pero lo cierto es que ni él ni nadie tiene constancia cierta, después de una elección, de lo que las mayorías quieren y de lo que rechazan. Pidieron otro plan económico? Demandan más planes sociales o menos? Quisieron decir que no les interesa la corrupción, o que este gobierno es corrupto también? No lo sabemos. Del mismo modo, la oposición puede decir –como algunos opositores han estado diciendo- “la ciudadanía exige que volvamos, para hacer lo mismo que ya hicimos”; o, más bien, “la ciudadanía reconoce que se equivocó al sacarnos del gobierno, se arrepiente de habernos votado en contra, y nos pide disculpas”; o, también, “el pueblo ahora entendió que teníamos razón.” La verdad es que todas estas afirmaciones (a mi entender disparatadas, en su mayoría) resultan compatibles con el resultado de las elecciones: cualquiera puede interpretar lo que le da la gana, del modo en que se le de la gana, a partir de lo que “dijimos” en las urnas. Simplemente, no sabemos casi nada de lo que el pueblo dice cuando vota, por lo cual tenía poco sentido sostener, como sostuvo el Presidente, “yo los escuché”, “ahora los entiendo”. Lo cierto es que, a través de medios institucionales tan precarios como los que tenemos, nadie puede decir sensatamente que entendió el mensaje de las urnas: quisimos decir muchísimas cosas a través del voto, pero no se nos permitió aclarar o precisar nada de lo que pensábamos. El hecho es que carecemos de la oportunidad de dialogar, de poner matices, de decir “apoyo esto, pero no esto otro, y aquello nunca más.” Simplemente: la democracia se convirtió en un sistema que en los hechos nos priva de la palabra. Nuestra democracia no nos ayuda a conversar, y sólo nos permite, cada tantos años, arrojar algunas piedras contra la pared y hacer un gran ruido, con la expectativa de que quienes están en el poder descifren ese mensaje diverso, matizado y rico que intentamos expresar con los muy toscos medios con los que contamos. Lo que termina ocurriendo, entonces, es que quienes tienen poder (dentro o fuera del gobierno) interpretan lo que quieren, del modo en que quieren, para actuar luego en consecuencia, y a nuestro nombre.

El problema en cuestión tiene que ver, entonces, con muchas cosas, que incluyen la absoluta carencia de herramientas institucionales que nos permitan hablar, intercambiar argumentos, dejar en claro “qué sí, qué no, y por qué” frente a cada elección. El problema en cuestión tiene que ver, también, con la enorme limitación que es propia del único instrumento democrático del que disponemos efectivamente –el voto- para dar cuenta de todo lo que queremos afirmar y rechazar frente a cada elección (el voto periódico es el único instrumento que sobrevivió, de los muchos que en su momento caracterizaron a la democracia, y que incluían asambleas y foros públicos, revocatoria de mandatos, instrucciones obligatorias, y un largo etcétera). Y el problema en cuestión tiene que ver, sobre todo, con la visión “minimalista,” restrictiva, limitadísima de la democracia, que comparten oficialismo y oposición: una visión de la democracia conforme a la cual democracia es sinónimo de elecciones periódicas: democracia es (sólo) votar. Por ello es que escuchamos tantas veces, de parte del gobernante de turno, ideas como la de “no los voy a defraudar” o “si no les gusta lo que hago, armen un partido y gánenme en las próximas elecciones”. Se trata de lecturas elitistas y excluyentes de la democracia; que se erigen sobre una gran ausencia, que es la del pueblo; que asumen la concentración del poder como un dato; que suponen la omnipotencia presidencial; y que desconocen lo más importante, esto es, que la democracia no sólo no se reduce a las elecciones, sino que es, sobre todo, lo que ocurre desde el día después de que las elecciones terminan. Hoy, sin embargo, todo está organizado para que todo siga como estaba: “gobierno de unos pocos, para unos pocos, en nombre del pueblo, pero sin el pueblo.” En razón de todo lo dicho, necesitamos recuperar el viejo lugar (y el viejo concepto) de la democracia como diálogo inclusivo: sabemos que es justo, sabemos que es necesario, pero sobre todo sabemos ahora que es posible.




2 oct. 2019

Palo y palo. Gobierno, oposición, Corte


Frente a la crisis económica profundísima que se ha generado, no me parece irracional, como primera respuesta, aliviar la situación de los que están peor, eliminado el IVA para productos de la canasta básica. Sin embargo, el modo en que nuestros sistema político-judicial ha procesado esa iniciativa ha sido calamitoso, y una buena muestra de la catástrofe institucional que vivimos, y los modos antitéticos con el diálogo democrático que tenemos para decidir.

El gobierno, ante una crisis gravísima, y la necesidad urgente de un acuerdo, y el riesgo de impactar indebidamente sobre el sistema de coparticipación, no tiende la mano a la oposición; no crea mesas de diálogo; no invita a los demás partidos a conversar; no impulsa, sobre todo, una decisión desde el Congreso. No: decide por decreto.

El principal candidato opositor, frente a la angustia generalizada, las necesidades desesperadas de una parte importante de la población, y en contra de lo que su mismo partido había propuesto en su plataforma de gobierno propuesta, dispara a matar: “no a la rebaja del IVA,” “que no se toquen los fondos de las provincias”.

La Corte Suprema, ante una medida política sensata, tomada -como corresponde- por la política (no es una cuestión sobre la que la justicia deba decidir), pero -como no corresponde- a través de un procedimiento indebido, no busca preservar lo importante en juego (las medidas de ayuda a los más vulnerables); no exhorta a buscar acuerdos; no facilita una solución al serio problema procedimental. No. Más interesada en escarmentar al gobierno, castigándolo por donde más le duele, lo pone contra la pared y le obliga a cargar con el peso de una medida que podía haberse conversado y resuelto de otro modo -un modo más feliz para el interés colectivo.

A los golpes, sin espacio para la conversación, ni abriendo las puertas al diálogo. Así vamos. Tragedia sobre tragedia.

27 sep. 2019

Nadie está de más


Gracias por la entrevista!!

24 sep. 2019

Hilda-Horacio

Interesante la respuesta de Hilda Sábato a Horacio González (por esta nota: http://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/horacio-gonzalez)

“Pienso que va a ser rehecha y reescrita”: con esta frase Horacio González inicia tres párrafos dedicados a la historia argentina en una larga entrevista,  donde se explaya sobre sus opiniones y expectativas políticas. Le sigue un puñado de declaraciones que oscilan entre enunciar como novedoso y revulsivo lo que hace rato ya no lo es y plantear un “deber ser” para la historia, a partir de diagnósticos superficiales sobre lo que ya existe y pretende cambiar. El ensayista y ex director de la Biblioteca Nacional respondió a un diálogo en el sitio de la agencia Paco Urondo,

La historia se rehace y reescribe desde el momento mismo en que la humanidad comenzó a revisar su pasado. Y la Argentina no ha sido una excepción. Páginas y páginas refieren una y otra vez a “lo que pasó”, fueron escritas no solo por historiadores de profesión sino por todos aquellos que lo hacen desde otros lugares. González incita a “ver de otra manera a Moreno, a Rosas, el Combate de Obligado, la Campaña del Desierto”, como si estos hechos y personajes no hubieran sido objeto de exploraciones e interpretaciones muy diversas. Este desconocimiento (¿o “ninguneo”?) alcanza su punto máximo al referirse extensamente a la necesidad “de incorporar una visión que reponga la presencia de la veta indigenista en la política y cultura argentina de otra manera.” Hace ya unos cuantos años que ese tema ocupa un lugar prominente en los análisis sobre la Argentina, tanto del pasado como del presente, y que estudiosos de diferentes campos lograron remontar la situación de carencia que por décadas hubo en ese sentido. Por lo tanto, seguir hablando como si las visiones que hoy tenemos estuvieran regidas por las concepciones de Alberdi y de Sarmiento, a quienes HG cita para validar sus diagnósticos, es por lo menos engañoso.


Desde ese lugar se propone reescribir la historia para “superar las divisiones” (¿cuáles?) pero, aclara, “no en esa especie de neoliberalismo inspirado en las academias norteamericanas de los estudios culturales, donde hay una multiplicidad graciosa y finita”. ¿De quién está hablando específicamente?


Más allá de la valoración que se haga sobre la academia de los EE.UU., que en su enorme complejidad difícilmente se pueda descartar de un plumazo, ¿puede la diversidad de historias que escribimos en la Argentina agruparse bajo el manto condenatorio de una “especie de neoliberalismo” sin más? González sabe que no, pero esta operación retórica le sirve para lo que sigue: proponer, en contraste con aquello, “una historia dura y dramática, que incorpore una valoración… positiva de la guerrilla de los 70 y que escape un poco a los estudios sociales que hoy la ven como una elección desviada, peligrosa e inaceptable”. De nuevo, el diagnóstico fácil y tramposo. Existen numerosos y variados escritos sobre la guerrilla de los 70, que van desde la reivindicación a la condena, y todos los matices intermedios. Por su parte, en el campo profesional específico que se conoce como “historia reciente”, no se ha tratado tanto de emitir juicios de valor sobre esa experiencia social como de explorar y entender, indagar e interpretar desde diversas perspectivas.

Ante este panorama ¿qué sentido adquieren las recomendaciones de González? ¿A quién se dirigen? No, por cierto, a los historiadores y otros estudiosos, pues lo que dice no es novedad alguna. Tampoco a la sociedad en su conjunto que difícilmente se interese por estas propuestas. ¿A quién entonces? Al próximo gobierno. Parte importante de la entrevista está destinada a recomendar políticas culturales para el gobierno que viene y es en ese contexto que su misión historiográfica cobra sentido. En el relato fuerte puesto en circulación por los gobiernos kirchneristas, el pasado ocupó un lugar prominente a través de una nueva historia oficial promovida desde el poder. Anticipando la pugna cultural que seguramente ha de llegar con el desembarco de la fórmula de Alberto Fernández y Cristina Kirchner en la presidencia de la república, González avanza ahora sus propuestas en ese sentido. En ese marco, la cuestión de la guerrilla, a la que dedica apenas una frase algo fuera de contexto, adquiere toda su relevancia. No porque los análisis existentes sobre esa cuestión sean blandos, neoliberales o finitos, como gusta presentarlos HG, sino porque le interesa instalar su propia versión y convertirla en verdad oficial. Esperemos que el nuevo gobierno opte por otros caminos y, en lugar de imponer una única historia, promueva una pluralidad de visiones sobre el pasado argentino.

H. Sabato es historiadora, profesora en la UBA e investigadora principal del Conicet. Trabaja en temas de la historia política y social argentina y latinoamericana del siglo XIX.  Entre sus obras se cuentan "Historia de las elecciones en la Argentina, 1805-2011" (en colaboración, 2011). 

20 sep. 2019

De "La desesperación" a "El grito" de Munch

Estuve en el programa de O'Donnell-Tenembaum. El programa, acá: https://www.canalnet.tv/programas/corea-del-centro/video_corea-del-centro-trato-la-evolucion-de-la-economia-y-la-transicion-politica_20190920/

Alrededor del minuto 31, me refería al momento en que Edvard Munch se dio cuenta que con la pintura "La desesperación", que repetía una y otra vez, no llegaba a manifestar su estado. La pintura reflejaba su situación de melancolía, se veía presente la amargura que sintió en el puente de Oslo (ver abajo), pero no era sólo eso lo que sentía. Logró expresarlo tiempo después, cuando pudo concretar "El grito", la obra que le daría reconocimiento hasta hoy (y que también repetiría varias veces, hasta quedar conforme). Pero todo ya estaba ahí, en "La desesperación." La transición acá:




Contaba Munch, del momento en que le estalló esa angustia:

"Paseaba por un sendero con dos amigos; el sol se puso. De repente, el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio: sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad. Mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad. Sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza."

12 sep. 2019

El giro

http://www.laizquierdadiario.com/El-kirchnerismo-se-reperfila-a-la-derecha?fbclid=IwAR0PB4VWSBvq9ApSV5UwwmoXfDyI1V0odFUjfNeQOeE-XcwxPu1ScVzsOFU

"Primero fue el aborto, pero no importó. Después la reconciliación con Clarín y las patronales del campo, pero tampoco importó. Más tarde Alberto apoyó la devaluación y prometió “honrar” las deudas con el FMI. Pero como había que ganarle a Macri, tampoco importó. Hoy vienen por la protesta social para enfrentar a quienes resisten en las calles."

Lucas C. y violación: Progreso extraordinario y locura penal

El juicio a Lucas C. por violación luego de una relación que había comenzado de modo consentido, tiene infinidad de aristas, incluso políticas (sobre las que no voy a abundar: dos de los pocos miembros de la "nave insigne" 678 cargan con causas por violación -no es un dato insignificante). 

Quisiera, sin embargo, poner el foco sobre dos otros lugares: primero, lo extraordinario -importantísimo- que ha ocurrido, con un tribunal que entiende que la violación no necesita vincularse con el criminal que irrumpe, sino que puede darse con el compañero ocasional o la pareja, y luego de un comienzo (en la relación sexual) de mutuo acuerdo. Allí hay algo crucial, novedoso, capaz de marcar un antes y un después en nuestra práctica social y penal. Tiene que ver con lo positivo de la "ejemplaridad" de la que hablan los "expertos" (nota sobre el tema, hmm: acá). 

El segundo dato tiene que ver con los "peros" o problemas serios de lo hecho y dicho. El primer "pero" tiene que ver con la idea (que se deriva de la nota) de "ejemplificar" usando a algunos como "meros medios": les imponemos, como en este caso, una pena altísima, para que todos los demás aprendan que esa conducta está mal, que no debe hacerse. Por supuesto, un impulso común (promovido por el periodismo) que es inaceptable, y que no debemos disfrazar de derecho. 

El otro problema que veo vuelve sobre la cuestión de la pena: así como resulta increíblemente importante que el Estado deje en claro que puede haber violación al interior de una pareja, en el propio hogar, con el compañero habitual u ocasional, debe rechazarse también la insistencia vieja, errada, enloquecida, de "devolver mal con mal", de vengar (que no es hacer justicia) a través de penas altísimas. Claro que sí: debe quedar en claro que lo que hizo Lucas C. (como tantos otros, todos los días) es inaceptable. Debe condenarse. Debe reivindicarse y protegerse a las víctimas. Pero otra cosa es machacar con la idea de resolver nuestros enojos e injusticias a las trompadas, encerrando gente. Se trata de un modo de creer que hacemos bien, cerrando los ojos, y poniendo un enorme esfuerzo para no pensar sobre lo que sigue: el destino del "criminal", de quien cometió la falta gravísima. 

Pregunta: nos ayudamos mutuamente encerrando a alguien durante año, sabiendo además (y debe subrayarse esto) que no sólo lo encerramos, sino que lo confinamos a condiciones brutales, bestiales, inhumanas, durante años? No tengo dudas de que no, y de que nos equivocamos al hacer lo que vamos a hacer y venimos haciendo ("x cometió una falta: privación de libertad prolongada y en el infierno"). Tenemos que condenar lo ocurrido (en este caso, la violación por parte de un conocido), dejar en claro que se trata de una aberración, y de que los principios que organizan al Estado se encuentran del lado opuesto. Debemos, incluso, sancionar -por supuesto- a Lucas C. Pero hay modos distintos de la sanción, y la que imponemos necesita de que cerremos los ojos y no pensemos en lo que sigue: no tenemos que pensar, porque si pensamos nos damos cuenta de la crueldad (la nuestra) y de que de ese modo pasamos a ser parte de la violencia irracional. Aplicamos una respuesta brutal, y nos desentendemos de lo que sabemos que ocurrirá luego (con esa persona encerrada en esas condiciones): nada bueno puede salir de ahí. Y seremos responsables de eso, de responder, frente a la tragedia, con otra desgracia.

11 sep. 2019

Robert Frank, maestro

Muere a los 94 el maestro de la fotografía callejera. Él y su Leica






9 sep. 2019

Corrupción: Donatella Della Porta


En un área donde se han dicho cantidad de zonceras (en la Argentina se ha querido presentar, desde la izquierda, a la corrupción como un problema de burgueses), Donatella Della Porta, politóloga italiana, viene trabajando particularmente bien.

Algunos trabajos de ella, recientes, sobre el tema, por ejemplo, acá

un texto que comienza con la idea, importante, según la cual "la corrupción política puede considerarse una forma a través de la cual el dinero influye en la política", y la hipótesis -a contra-corriente de parte de la literatura en el área- según la cual " la corrupción [no es propia de partidos débiles, sino que] se [ve] favorecida por la omnipotencia y omnipresencia de los partidos políticos, maquinarias fuertes y bien organizadas, capaces de controlar la sociedad civil y el sistema económico".

Sostiene además, que "los intercambios corruptos hacen que prevalezca la política oculta en comparación con la visible, la lógica del grupo pequeño y restringido en comparación con la búsqueda de una participación más amplia. La evidencia de que hay despilfarros vinculados a la mala administración impide a la larga que los políticos corruptos busquen atraer a un electorado de opinión, presentándose como portadores de bienestar y progreso. El pragmatismo de los acuerdos bajo cuerda reemplaza los ideológicos."

Y concluye: "si bien es cierto que los partidos funcionan como garantes de los intercambios ocultos, sin embargo ellos no son los únicos en hacerlo. En realidad, junto a los partidos se localiza una serie de agregaciones, algunas formales, otras informales, todas fundamentalmente poco visibles. La corrupción política, como intercambio oculto, resta de hecho poder a los lugares visibles. Las arenas donde se toman las decisiones se desplazan pues de la política visible a la política invisible, donde los partidos no son forzosamente los actores predominantes. Debilitados por la difusión de la corrupción política, los partidos se vuelven corresponsables, detrás de bastidores, del criptogobierno en cuyo seno se toman las decisiones pertinentes para la cosa pública."

Vomarro post-Paso

Bien ahí, don Gabriel Vomarro, hoy en el órgano partidario P12
https://www.pagina12.com.ar/217131-el-gobierno-se-contamino-con-el-discurso-que-construia-para-

7 sep. 2019

Abraham post-Paso

Reportaje a Tomás Abraham, hoy en Ñ, análisis post-Paso

"Estoy triste, porque está todo mal. No veo buenas noticias y me da mucha pena todo. Me da mucha tristeza, no porque haya ganado (Alberto) Fernández, Macri no era bueno, pero (vacila) hay que hacer algo mejor que él, y a esto no lo veo mejor. Por otro lado, Lavagna para mí es el pasado. No se logró algo superador. A mí no me interesan los políticos, sí la política. Esto es quilombo e, indudablemente, el macrismo dejó al país mal...

En estos cuatro años yo descansé. Porque no me peleé, descansé, porque pude criticar pero sin que me devuelvan odio. Tuve libertad y al no recibir odio, no odié. Eso es a favor. Ahora, fueron unos inútiles en lo demás. Macri nunca se dio cuenta de que era presidente...Macri no conoce el mundo y no tiene calle, eso es un peligro. y pusieron una bomba financiera, que es una locura, fueron corriendo al FMI y ahí se terminó la política..."

Justicia Restaurativa y minoridad

Gran jornada sobre el tema, organizada por Raúl Calvo, quien lleva adelante un fantástico programa en la materia. Fotos con Aída, la mejor de todos

https://www.lanacion.com.ar/seguridad/justicia-restaurativa-una-formade-recuperar-a-jovenes-en-riesgoel-avance-en-el-pais-nid2283432

https://www.lanacion.com.ar/seguridad/destacan-la-importancia-del-trabajo-comunitario-nid2283433





5 sep. 2019

Democracia más allá del voto


Publicado hoy en Clarín
https://www.clarin.com/opinion/democracia-agote-voto_0_vHDzosfA2.html
Las recientes elecciones en el país volvieron a dejar en evidencia el carácter estrecho, demasiado imperfecto y finalmente fallido de nuestro sistema democrático. Me refiero a problemas que la Argentina comparte con muchos otros países, vinculados con los modos en que el sistema institucional dificulta, distorsiona, y permite reinterpretar discrecionalmente la voluntad expresada por los electores. Para quienes concebimos a la democracia como un ideal que exige la inclusión, participación y deliberación de “todos los afectados”, la práctica real de la democracia comienza a convertirse en su caricatura. Pensando en formas que nos permitan salir de semejante atolladero, menciono a continuación sólo algunos de los problemas que socavan el valor de nuestra democracia.

El primer problema al que voy a referirme tiene que ver con lo que en ocasiones se denomina una concepción minimalista de la democracia –un problema que, por bien conocido, sólo voy a mencionar. Se trata de la reducción de la idea de democracia a los procesos de elecciones periódicas. Esta visión tan irritantemente estrecha de la democracia es asumida como natural, sin embargo, por buena parte de nuestra dirigencia: el matrimonio Kirchner siempre insistió con la idea de que “si no le gusta lo que hacemos, arme su propio partido político y gánenos en las próximas elecciones”; mientras que el actual Presidente nos mandó recientemente “a dormir”, porque ya habíamos cumplido con la única tarea democrática que aparentemente nos tocaba: ya habíamos votado. Simplemente, y contra dicha visión, diré que la concepción de democracia que aquí sostengo es exactamente la contraria, y considera que mucho de lo más importante de la democracia comienza justamente el día después de las elecciones (y tiene que ver con cómo se toman las decisiones en el día a día; quiénes las toman; cómo se controla a quienes las toman, etc.).

El segundo problema al que quiero aludir tiene que ver con el modo en que los sistemas de elección, que prometen ayudarnos a “revelar” nuestras preferencias, vienen a servir, en realidad, a fines contrarios. Se nos impide, en los hechos, expresar la mayoría de nuestras demandas, mientras se favorece que quienes están en posiciones de poder avancen sus propias pretensiones, diciendo que promueven las nuestras. Ilustro este problema –al que, a falta de un nombre mejor, denominaría el problema del caballo de Troya- con un ejemplo recurrente, tomado de la actual historia latinoamericana. Pienso en ocasiones recientes, cuando en varios países de la región se sometió la aprobación de un nuevo texto constitucional a consulta popular. Un primer gran problema planteado por tales comicios tuvo que ver con la cantidad de cuestiones que estaban en juego (pongamos, nuevos artículos sobre la división de poderes, sobre derechos económicos, sobre derechos de la naturaleza, etc.), frente a las cuales se le otorgaba a la ciudadanía un solo voto. En una situación semejante, cualquier persona medianamente involucrada en la discusión puede tener la voluntad de decir varias cosas, mucho más allá del “sí” o “no” al paquete completo y cerrado que se le presenta. Alguien podría decir, por ejemplo: “me parece excelente este artículo, pero no tanto este otro, y me hubiera gustado que incluyeran a este también”. Sin embargo, la elección a la que se los enfrentaba servía para aplanar su voluntad, en lugar de expresarla o expandirla. Cuando un ciudadano, entonces, “aprobaba” la Constitución, automáticamente terminaba dando luz verde a una cantidad extraordinaria de cuestiones sobre las que perdía toda capacidad de discernimiento. 

El tercer gran problema que quiero mencionar se encuentra íntimamente vinculado con el anterior, y representa una versión demasiado común –la más trágica tal vez- del mismo asunto. Me referiré a la misma hablando del problema de la extorsión democrática. La dificultad en cuestión aparece cuando –en esa elección que en realidad es sobre muchas cosas diferentes, y frente a la cual cada persona cuenta con un solo voto- el votante tiene mucho interés en respaldar una de las cuestiones en juego, pero a la vez está muy interesado en rechazar alguna otra. Vuelvo a ilustrar este caso con el ejemplo anterior. En tales comicios, muchos ciudadanos querían respaldar de modo entusiasta la Constitución reformada, porque ella incluía derechos que antes no eran reconocidos y que consideraba que debían aprobarse (derechos indígenas; nuevos derechos sociales). Sin embargo, al mismo tiempo, muchos de esos ciudadanos aparecían interesados en votar en contra de la Constitución, porque ella incluía algún tipo de cláusulas que rechazaban fervorosamente (típicamente, la re-reelección presidencial). La elección los colocaba entonces frente a un dilema dramático. En los hechos, millones de personas se vieron en la disyuntiva de votar a favor de la Constitución, teniendo que aceptar y votar también, para conseguirlo, cláusulas que rechazaban enfáticamente. Entiéndase lo que digo: no estamos aquí frente a un simple caso de “democracia no ideal”: ya sabemos que vivimos en un mundo imperfecto. Se trata del grave y común problema de que se nos fuerce a aceptar exactamente lo que rechazamos, para conseguir algo que convencidamente valoramos. Se nos fuerza entonces a aceptar paquetes cerrados, a todo o nada, que nos ponen en el dilema de resignarnos a lo que repudiamos, para lograr lo que pretendemos (en el ejemplo: “más derechos, entonces re-reelección”; “no-re-reelección, entonces no hay derechos”). Éste es el problema que denominé el de la “extorsión democrática” –un problema que, para el caso de las reformas constitucionales, la profesora australiana Rosalind Dixon resumió con la idea de los “derechos como sobornos” (Presidentes que ofrecían a sus votantes “nuevos derechos,” a cambio de su re-elección).

La moraleja de esta historia depende, por supuesto, de nuestro punto de partida teórico. En el caso de este texto, y por partir de un ideal de democracia exigente, mi conclusión no es que “como las elecciones no nos ayudan a obtener lo que pretendemos, entonces acabemos con ellas.” Dada aquella visión “dialógica” o “deliberativa” del constitucionalismo, mi conclusión es exactamente la contraria. Necesitamos que la democracia no se agote en (sino que vaya mucho más allá de) las elecciones. Necesitamos muchas más oportunidades de participación, decisión y control democráticos. Necesitamos de la posibilidad de conversar (entre nosotros y con los funcionarios políticos y judiciales); de poner matices, de discernir entre lo que aprobamos y lo que rechazamos; de responsabilizar a todos los funcionarios públicos por cada una de sus acciones y omisiones. Necesitamos que los procesos de elección nos ayuden a “revelar” (y no a “opacar”) nuestro modo de pensar: que el acto de ir a votar no se convierta en equivalente al acto de arrojar piedras contra la pared (luego de las elecciones recientes, el actual Presidente dijo que, ahora sí, nos había “escuchado”: pero qué pudo haber escuchado, si sólo fuimos capaces de producir un “gran ruido”?). Alguna vez, el cientista político Adam Przeworski sostuvo que los comicios democráticos permitían dejar atrás los tiempos en que los conflictos políticos se dirimían arrojando piedras desde atrás de las barricadas. Habló entonces de las votos como piedras de papel. Es tiempo, según creo, de que la democracia recupere ahora el lenguaje: reemplazar las piedras de papel por palabras, que nos permitan –a nosotros, y no a quienes actúan en nuestro nombre- criticar, dialogar y tomar decisiones sobre nuestro destino común, cada día.