31 ago. 2021

Que la democracia se parezca a una conversación entre iguales

 


Publicado hoy en LN https://www.lanacion.com.ar/opinion/que-la-democracia-se-parezca-a-una-conversacion-entre-iguales-nid31082021/?utm_source=n_

Cuando los grupos socialistas más combativos tomaron la decisión de abandonar las barricadas, para optar entonces por la vía electoral, dieron un paso decisivo en la consolidación de la democracia electoral, tal como hoy la conocemos. Como dijera Adam Przeworski, los socialistas dejaron de lado las “piedras”, para reemplazarlas por los “votos” -las boletas electorales. Los “votos” se convirtieron así en “piedras de papel”: el “medio” a través del cual iban a expresar la insatisfacción con el estado de cosas, y señalar a su vez la orientación ideológica preferida. Esa ilusión es la que desde hace décadas mantiene viva la llama democrática: poco a poco, pero regularmente, y a través del voto, vamos precisando, colectivamente, cuál es la dirección hacia donde queremos que los sucesivos gobiernos se orienten, a la vez que damos forma a los contenidos de las políticas que pretendemos se adopten. Allí reside la “esperanza” democrática: ésa es la razón que justifica que sigamos apostando por esta forma de organizar nuestra vida política. 

La verdad, sin embargo, parece ser más complicada. La realidad se muestra mucho más dura y áspera, cada vez que se abre -como ahora, en nuestro país- un nuevo período electoral. La idea de que “ahora sí, a través de las elecciones que llegan, vamos a cambiar el rumbo” parece vana; y la expectativa de reordenar, de una vez por todas, la vida en común, se revela -una vez más- carente de sustento. Lo más probable es que, como siempre, todo siga como estaba (o en todo caso peor de cómo estaba), y que los que hoy llegan no hagan nada demasiado distinto de los que ya estaban. Nuestra posibilidad de controlar a quienes alcanzan posiciones de poder parece muy reducida. Nuestra chance de precisar los contenidos de sus programas de acción parece directamente nula. En buena medida, la democracia electoral, tal como la conocemos, y en relación con lo que razonablemente esperábamos que fuera, ha fracasado. Es importante, sin embargo, que reconozcamos ese hecho, a pesar del dolor que implica ese reconocimiento, y sin el temor paralizante de pensar que la única alternativa disponible (que estaría implícita en la crítica que hacemos) es el autoritarismo que nos avergonzó y humilló en el pasado. No. Es y debe ser posible criticar a la democracia electoral, por lo poco, y no por lo mucho: por no haber hecho lo suficiente, y no por haber llegado demasiado lejos.

Ése es, precisamente, el punto que me interesa subrayar: tenemos que reconocer, de una vez por todas, las extraordinarias limitaciones de la democracia electoral, y empezar a pesar cómo volver a dotarla de algún sentido, del que hoy, en la práctica, carece. El problema, cabe aclararlo, no es sólo argentino, sino propio de todo el mundo occidental, aunque -por supuesto- se agiganta en países como el nuestro, dados el volcán de desigualdades sobre el que construimos nuestra organización política, y la precariedad, consecuente, del sistema institucional que erigimos sobre ese terreno anegado.

Ante todo, entonces: no deberíamos sorprendernos de la incapacidad del sistema de elecciones para darnos lo que pretendíamos del mismo. Y es que, en buena medida, esperamos de él lo que nunca estuvo en condiciones de asegurarnos. Los “votos” son, en el sentido más dramático, “piedras de papel”: mucho menos por la contundencia que encierran, que por la tosquedad bruta de su contenido. Para continuar con la metáfora de Przeworski: los “votos” son “piedras”, también, en el sentido de que no son palabras, no son ideas, no son diálogos, no representan una “conversación entre iguales.” Se trata de una expresión opaca y tosca de lo que queremos decir: a través del voto no se nos permite hablar sino, en el mejor de los casos, arrojar una “piedra” contra la pared…y que alguien interprete luego lo que hemos dicho con ese “ruido”. Basta con reflexionar un instante sobre lo que esperamos de las elecciones, para reconocer la abrumadora torpeza de nuestras expectativas (ilusiones, tal vez, intencionadamente promovidas por quienes se benefician del sistema electoral). Adviértase lo siguiente -y sólo para comenzar. Se pretende que nuestro solo y único voto periódico nos sirva para propósitos múltiples y a la vez en tensión entre sí: esperamos que nuestro único voto sirva para “castigar” a los representantes que actuaron mal; “premiar” a los representantes que actuaron bien; “alentar” las políticas que nos gustan; “desincentivar” las políticas que no nos gustan; “controlar” a los funcionarios elegidos; “orientar” las acciones de los que llegan al poder. Con solo voto, puesto en una urna cada dos o tres años! Mucho peor: después del comicio, inexorablemente, parte de la clase dirigente va a apresurar por acusar al electorado por el resultado de las elecciones (“qué mal eligen los argentinos!”). Pero lo cierto es que el problema ya estaba puesto desde el comienzo: no había que esperar el resultado electoral para reconocerlo. Porque: cómo leer el resultado del comicio? Qué respuesta inferir del mismo, cuando no está en claro lo preguntado, ni las respuestas dadas en el comicio?

Tomemos, por caso, las últimas elecciones nacionales (aunque cualquier ejemplo que se nos ocurra sirve por igual). Qué es lo que quisimos decir, con el resultado que, colectivamente, produjimos: “nunca más al neoliberalismo?”; “la corrupción no nos importa demasiado?”; “sí al aborto?”; “no al endeudamiento?”; “sí al cierre de importaciones?”; “no al dólar libre”? Ahí reside la falacia de la idea de “el pueblo nunca se equivoca”: si no está claro qué se le pregunta al pueblo, luego no podemos saber si el pueblo acierta o se equivoca, una vez que “decide”. Es decir, cualquiera puede interpretar cualquier resultado como más le convenga (el kirchnerista podrá decir “ahí está el castigo al neoliberalismo”; el peronista podrá decir “ahí está el reclamo por la industria nacional”; el macrista podrá decir: “fíjense los millones de votos, luego de cuatro años de gobierno”).

Finalmente, lograr que la democracia se parezca, cada vez más, a una “conversación entre iguales”, requiere, ante todo, terminar con la ilusión de obtener, del sistema electoral, lo que el mismo -nunca, y de ningún modo- estuvo en condiciones de darnos. Simplemente: si queremos que el pueblo “controle”, démosle instrumentos para lo haga (ya que el voto es una herramienta muy tosca para lograrlo); y si queremos que el pueblo “hable”, dejémoslo ingresar en la conversación pública (en lugar de impedírselo, en los hechos, a través de consultas electorales que no pueden ser respondidas con palabras). Necesitamos abrir institucionalmente el diálogo público (como intentamos hacer, en la Argentina, durante el debate sobre el aborto? Como se intentó hacer en Chile, en los comienzos del debate constitucional?), en lugar de permitir que la dirigencia infiera lo que se le ocurre, luego de cada elección, y a partir de preguntas que se niega a plantearnos de modo franco y abierto. 






24 ago. 2021

Aerolíneas/Aeropuertos Argentina 2000: "El distanciamiento es el otro"


 

Ayer, después de unos dos años, volví a tomar un avión, de Aerolíneas Argentinas. Luego del discurso del distanciamiento que nos hicieron en el Aeropuerto, subimos al avión. Nos encontramos con que:

1) La promesa de separar más las butacas, dentro del avión, por supuesto que no se había cumplido

2) La idea de dejar asientos (o, directamente, filas!) libres, entre pasajero y pasajero (o hileras de asientos libres) no se realizaba tampoco: todos amontonados, como en los viejos tiempos, sin espacio libre alguno, sin prevención alguna

3) Ninguna atención o supervisión sobre el uso de mascarillas, dentro del avión

4) Llegada a Aeroparque. Me imagino, obviamente, el uso de "mangas", dentro de un Aeropuerto fundamentalmente sin movimiento, con un 10 por ciento de los aviones de un día "normal". No, en absoluto: traslado desde el avión al edificio a través de autobuses, en donde somos "apiñados" como pocas veces lo he visto: unos encima de otros, a la fuerza. 

Discuto con la gente de Aerolíneas, que atribuyen toda responsabilidad al personal de "Aeropuertos A200", aunque reconocen que "sí, hay problemas". 

Los pasajeros no dan crédito de lo que viven, amontonados unos sobre otros en autobuses repletos, desbordantes de gente.

Finalmente, lo de siempre: discurso hueco, realidad para el lado contrario. La marca de una etapa: irresponsabilidad, chapucería y mentira.


13 ago. 2021

"Lo sé cuando lo veo". Sobre "Breve Historia del Antipopulismo", de Ernesto Semán

 


(Publicado hoy, en Revista Ñ)

“Lo sé cuando lo veo.” Sobre Breve Historia del Antipopulismo (Siglo XXI, 2021), de Ernesto Semán

Ernesto Semán acaba de publicar un trabajo importante –Breve Historia del Antipopulismo (Siglo XXI, 2021)- que examinaré críticamente en las líneas que siguen. Antes de hacer un repaso del libro, y detallar alguna de las reservas que me genera la obra, quisiera dejar señaladas las virtudes que, genuinamente (y no como compensación o caridad) encuentro en el trabajo. Breve Historia del Antipopulismo es un libro breve sobre la vida política argentina, escrito por un autor culto e informado -un autor que conoce de historia y que está bien versado en las ciencias sociales. En su libro, Ernesto -colega y amigo- toca una fibra importante y poco estudiada que, por eso mismo, genera inmediato interés en los lectores. Como si fuera poco, el libro se lee con gusto y facilidad, porque está muy bien escrito, por un autor que tiene buena pluma, y que -como el buen periodista que ha sabido ser- sabe redactar (y titular), y lo hace de un modo atrayente. El libro (que cuenta, por lo demás, con una significativa tapa) es caracterizado en su contratapa por “una escritura precisa y conmovedora”. Quisiera ratificar que lo dicho es así, que algo de eso hay, y que ello se agradece enormemente. Mejor todavía, el trabajo aparece lleno de ideas (ideas, muchas veces, más chispeantes que de gran calado, pero ideas al fin), y ofrece la enorme gracia de saber combinar detalles y coloridas anécdotas históricas con hermosas y apropiadas referencias literarias (las alusiones del autor a Domingo Sarmiento, Miguel Cané, Ricardo Piglia o Juan Filloy resultan particularmente encantadoras). Finalmente, se trata de un estudio histórico relevante sobre la vida política argentina, presentado por un autor con quien, en lo personal, comparto generación y, en buena medida, pertenencia política y social (transitamos con él por muchos lugares similares: desde los alrededores del alfonsinismo, a la Revista La Ciudad Futura, o el Club de Cultura Socialista; desde la Universidad de Nueva York a parte de una vida en Bergen, Noruega). Ello hace que me acerque al libro y a su autor con simpatía y empatía -más allá de las observaciones que a continuación presente. 

“I know when I see it”

Quisiera mencionar desde un comienzo cuál es el principal problema que encuentro en el libro, haciendo alusión a una conocida anécdota jurídica. En una de las líneas más célebres y resistidas, aparecidas alguna vez en un fallo de la Corte Suprema de los Estados Unidos (Jacobellis v. Ohio, de1964), el Juez Potter Stewart ofreció su propio test para censurar a una publicación en razón de su contenido “obsceno”. Sostuvo entonces: “lo sé cuando lo veo” -“I know when I see it”. Es decir, con solo ver a la imagen en cuestión -reclamaba el Juez- él podía distinguir sin problemas cuándo es que ella superaba el umbral de impudicia tolerado por el derecho de libre expresión, para resultar entonces pasible de censura. En su libro, Ernesto Semán pone en práctica su propia versión del “I know when I see it”: pareciera resultar algo más o menos obvio cuándo es que nos encontramos frente a un caso de “antipopulismo.” Así, como si no estuviéramos hablando de un concepto esencialmente controvertido, sino de algo que, finalmente, “reconocemos cuando lo vemos.” De hecho, Ernesto llega a afirmar, hablando del “populismo” (para mí, de modo sorprendente): “todos entendemos lo mismo y sabemos con claridad qué significa y qué no significa un término presuntamente tan ambiguo” (p. 245).1 Aquí radica mi principal y central objeción frente al valioso trabajo de Ernesto: el problema que afecta al libro es conceptual. Lamentablemente, el concepto que falta -o, más bien, los conceptos que faltan definir, esto es, básicamente, los de “populismo” y “antipopulismo”- no son marginales sino centrales en la obra. Sin ellos -es decir, sin poder determinar con precisión a qué nos estamos refiriendo- toda la estructura construida tambalea y, lo que es más grave, queda a la merced de un riesgo serio: que el autor invoque o remueva la categoría indefinida, conforme a su voluntad, convicciones o prejuicios.

Conceptos como “armas” para el combate político

El problema conceptual referido resulta agravado, en un libro como Breve Historia…, en razón de que el autor escoge pivotear justamente en torno a categorías como las de “populismo” o “antipopulismo” que, aún en (o a partir de) la eterna opacidad que muestran, se encuentran ya sobre-cargadas de sentido político, a la vez que llevan sobre sus espaldas una enorme carga emotiva: se trata de “conceptos de combate”, y así han sido utilizado en estos últimos años, en la discusión política local. El mismo Ernesto lo reconoce bien, al comienzo de su libro, cuando señala que el concepto de “populismo” - aparece “usado como arma más que como categoría de análisis” (p. 12). La dificultad que aparece entonces es que, tomando ventaja de la imprecisión propia de los conceptos centrales de la obra, el libro sirva para llevar adelante la propia batalla, y participar así en la disputa política diciendo lo que quiere decirse, con independencia de lo que la investigación del caso autorice a afirmar.3  De ese modo, la tesis que se explora en el libro puede pasar a entenderse no como el resultado de un largo trabajo de investigación, sino como premisa o punto de partida (o prejuicio) a partir de la cual se va ordenando y clasificando la historia que se examina -cual lecho de Procusto.

Ofrezco un breve ejemplo de aquello a lo que me refiero: Donald Trump. El autor de Breve Historia…rechaza la posibilidad de asociar a Trump con el “populismo”: Ernesto está pensando, de modo especial, en los líderes socialmente progresistas latinoamericanos, y por tanto, aquella asociación de Trump con el populismo -como la de Jair Bolsonaro y populismo- no encaja con lo que el libro quiere afirmar. La pregunta es, sin embargo: se encuentra la obra en cuestión en condiciones de demostrar por qué alguien como Trump no sería un “populista,” sino un “antipopulista”? Entiendo que no. Alguien podría preguntarle a Ernesto -basándose en los propios rasgos que él mismo elige subrayar, a la hora de hablar de líderes “populistas”: “Pero cómo así? No es que alguien como Trump era un caudillo, despreocupado u hostil frente a la cuestión institucional, que buscaba un vínculo directo con las masas, que tenía un discurso anti-establishment, y que era votado por los sectores subalternos más marginados y molestos (los desempleados, los huérfanos de la industria automotriz, el campesinado empobrecido, los “feos, sucios y malos” del sistema norteamericano)? No pasa por allí, acaso, la definición más común del “populismo”? (en el libro de Semán, rasgos tales aparecen, por caso, en la página 12, según veremos enseguida) Parece que no. Semán hace algunos esfuerzos importantes, en este caso (el de Trump) para demostrarnos por qué -a pesar de las apariencias- Trump no merece ser considerado como un “populista” (Notablemente, mientras que Casullo, en su libro, clasifica a Trump como un “populista neoliberal”, p. 132; Semán lo encasilla en el bando contrario, y como formando parte de la “derecha antipopulista”, p. 253). Así, el autor se apresura a aclararnos por qué, pese a que Trump pareció apoyarse en “marginales apremiados por la globalización”, debe considerarse que el ex Presidente se apoyó, en verdad, en un “grupo de fanáticos” compuesto sobre todo por “CEOs”, “abogados de firmas prestigiosas” y “fuerzas armadas”; y por qué ,aunque Trump pareció expresar la “rebelión de los de abajo contra el sistema” el trumpismo debe ser visto, en verdad, como expresando “una calculada manipulación desde arriba”; o por qué, aunque el discurso de Trump parecía mostrar un “carácter antiinstitucional”, el trumpismo se encontraba comprometido, en verdad, con “la mismísima constitución” (pp. 260-1). En este tipo de párrafos encontramos la versión menos atractiva del libro escrito por Semán. Lo que hallamos aquí es a un autor intentando de modo ansioso de “descontaminar” su “tesis” de contra-ejemplos molestos -tratando de encajar la historia con sus preferencias, “por la razón o la fuerza -especialmente la fuerza”.

La historia argentina como la historia del peronismo

En el párrafo conceptualmente más cuidado del libro (en la introducción, p. 12), Ernesto Semán define al “populismo” latinoamericano de un modo localizado y específico, asociado a la coyuntura político-económica posterior a la Segunda Guerra. Esta definición variará o se reemplazará por varias otras, más adelante. Semán hablará, por ejemplo, de “populismo como reacción a la injusticia”, (p. 97); o de “populismo” como “desorden” y “desobediencia a las jerarquías establecidas” (p. 245); de “populismo” como concepto asociado centralmente a “la noción de derechos sociales”; y de “populismo” en referencia a un “mundo plebeyo amenazante”, (p. 13); pero también de “populismo” entendido como sociedad ordenada en torno al líder (cap. 6), y de “populismo” como “obstáculo ingobernable” (p. 16).(Habrá que decir: peor será la suerte del término “antipopulismo”, porque, según queda claro desde el comienzo, para el libro resulta obvio que “no hay un antipopulismo, hay antipopulismos”, p. 11. Y los hay para todos los gustos: “frontales, conciliadores, defectuosos, aspiracionales, democráticos, violentos, violentísimos, efímeros” -enumera Semán, borgeanamente). 

En todo caso, y volviendo a la definición de “populismo” introductoria: en este caso (p.12), el más esmerado de todos, el “populismo” queda entendido como “la forma dominante de inclusión de las clases populares (obreros urbanos y campesinos) en la política de masas entre los años treinta y los sesenta del siglo XX”. Coincido con esa definición: el populismo como un concepto localizado en el tiempo, y vinculado con una peculiar coyuntura política y económica (los años de posguerra, la sustitución de importaciones, líderes políticos autoritarios, un período de inclusión de la naciente clase obrera, etc.). Para la Argentina (y parte del mundo) hablar de dicha idea es hablar del peronismo, como el autor nos aclara. El problema del libro es que, luego de localizar bien al fenómeno “populista” en relación con un período concreto y estrecho (digamos, los 30 años citados), el autor amasa y extiende el concepto (estira “la masa” obrera, digamos) hasta conseguir abarcar toda la historia del país y, con algo de esfuerzo, la historia del mundo. Ese concepto-lente (“populismo”) pasa a ser el punto de mira y comprensión de todo lo ocurrido en estos últimos doscientos años. Pero es claro que, de ese modo, aquel concepto más o menos preciso, relacionado con la incipiente clase obrera, una industria mediana, y la sustitución de importaciones, pasa a navegar por entre medio de situaciones -política, económica, socialmente- por completo diferentes. La secuencia “gaucho-compadrito-cabecita negra-choriplanero”, en la que Semán insiste, como hallazgo, implica vincular -como formando parte de la misma familia- a lo que es demasiado diverso. Por supuesto, existen vasos comunicantes entre tales categorías sociales (“gaucho, compadrito…”): la condición de “grupos subalternos”; el estatus de “grupo temido” por (ciertas franjas dentro de) la elite; su carácter como los “feos, sucios y malos” dentro de la historia contada por “los que ganan”. Sin embargo, cuando se examinan dicho categorías como sustrato del populismo, o del proto-populismo, o del post-populismo, las analogías imaginadas y los vínculos establecidos estallan: es demasiado lo que hay que forzar, para que todo quede incorporado dentro de la antítesis “populismo-antipopulismo”.

Para que se entienda lo dicho: el problema al que apunto sería similar al que enfrentaría un historiador francés que quisiera leer toda la historia francesa a partir de categorías igualmente localizadas en el tiempo, como las de jacobinismo (o “antijacobinismo”) o bonaportismo (o “antibonapartismo”). Sin duda, tales conceptos nos remiten a eventos históricos cruciales en la historia de aquel país, que expresan tendencias de cierto modo latentes o manifiestas en la vida política de Francia. Sin embargo, parece obvio que la pretensión de explicar toda la historia francesa a partir de cualquiera de tales categorías implicaría un ejercicio forzado, que requeriría aplanar toda la historia, para eliminar singularidades y diferencias manifiestas entre períodos históricos (digamos, para la Argentina, ese “aplanamiento” lleva a Semán clasificar a la provincia de Formosa del 2017, por ejemplo, como “populista”, mientras que a San Luis como “antipopulista”, p. 254). Del mismo modo, el problema que aquí señalo se reproduciría si el “martillo” conceptual que utilizáramos, para leer toda la historia (argentina) fuese el más promisorio, preciso, estudiado y universalizable concepto de clases. Con él, la secuencia que entusiasma a Ernesto (“gaucho, compadrito…”) se entendería mejor, pero igual -dada la opción por una sola, y limitada, herramienta de análisis- se nos dificultaría innecesariamente la comprensión de otros conflictos nacionales de importancia crucial (conflictos religiosos, geográficos, etc.).

Y una vuelta de tuerca todavía más grave: dado que, para la historia argentina, la única referencia histórica real y acordada del concepto de “populismo” aparece en relación con el peronismo, el riesgo que se genera entonces es el de “peronizar” toda la historia nacional, como si la misma pudiera ser re- construida, de punta a punta, a partir de los vínculos y enfrentamientos que pudieran darse entre “líderes populares” y “pueblo desobediente”. La cuestión, entonces, pasa a ser cuán parecido o distante, cuán idéntico o disímil resulta, cada período escogido, en relación con el peronismo -la esencia de la historia nacional. La historia nacional puede ser re-clasificada, en conclusión, como la pre-historia peronista, seguida por el largo período peronista, y luego por el post-peronismo. Parece claro, sin embargo, que la vida política del país trasciende al (decisivo) peronismo, y no puede ser reducida o atada al decurso de su existencia.

Una nota final

El importante libro de Ernesto Semán presenta una mirada renovada y refrescante en torno de la historia argentina. Sobre ese análisis histórico-político (que, salvo en relación con los últimos años, comparto casi en su totalidad) Ernesto injerta, como si fuera ajena al libro, una controvertida tesis central, referida a las tensiones entre “populismo” y “antipopulismo”. Dicha tesis, según entiendo, no termina de integrarse a la obra, aun cuando el autor pretenda transformarla en el eje que la articula. Ello, entre otras razones, porque -como sostuve antes- los conceptos centrales del trabajo terminan siendo “blancos móviles” que nunca se terminan de definir con precisión. En todo caso, el libro puede leerse (y, en lo personal, es así como prefiero leerlo) como un buen y novedoso ensayo sobre la historia nacional, con independencia de (o poniendo entre paréntesis) la tesis sobre el “antipopulismo” que parece haber motivado al autor a escribirlo. Más allá de las críticas que -con la admiración y el respeto que me genera la obra- me interesaron presentar en los párrafos anteriores, entiendo que debemos agradecerle a Ernesto Semán por el saludable y más que bienvenido aporte que ha hecho, a través de la original relectura de una historia que, en más de un sentido, compartimos. 


[1] En otros casos, mientras tanto, el autor afirma (de un modo que se encuentra en tensión con lo señalado recién) que conceptos como los de “populismo” o “antipopulismo” pueden llegar a “significar cualquier cosa” para “el observador desprevenido”, pero no para “la mirada atenta” (del lector cultivado?) que sí sería capaz de detectar “los sentidos precisos y certezas compartidas” sobre los significados en juego (p. 244).

[2] Notablemente, el “descuido conceptual” que caracteriza al libro de Semán, en relación con los términos centrales de su obra, contrasta con el esforzado trabajo conceptual que procura hacer María Esperanza Casullo -principal referente e interlocutora de Semán en el área, según él mismo comenta- en su libro Por qué funciona el populismo? (Siglo XXI, 2019). En mi opinión, la definición por la que se inclina Casullo, a la hora de presentar al “populismo” (una definición que ata al término a la idea de “discurso mítico”), es equivocada e inatractiva (el “populismo” merece ser entendido como fenómeno no sólo discursivo y político, sino también -sino sobre todo- sociológico y económico, algo que Casullo directamente descarta, p. 43). Casullo confunde, desde mi punto de vista, una dimensión de interés, pero finalmente secundaria, en la caracterización del “populismo”, con un rasgo esencial del mismo. Sin embargo, el empeño y cuidado que pone Casullo en la clarificación conceptual del término (podría decirse que todo su libro está dedicado a ello) es muy valioso, y como tal, digno de encomio.

[3] La bienvenida, refrescante y controversial “mirada propia” del autor, sobre la historia argentina, se extrema y torna más difícil de aceptar, cuando Semán se involucra en el análisis político de los últimos años (particularmente con los años del “macrismo”). Allí se advierte, más que en ningún otro caso, el uso del libro como “arma de combate” político. Ilustro lo dicho con un par de afirmaciones. Por ejemplo, la idea según la cual post 2019, y durante la crisis pandémica- millones de personas, en la Argentina, abrazaron las banderas de “muerte” y “libertad económica”, resultan más asombrosas que polémicas (p. 261). En la Argentina, a diferencia de lo ocurrido en Estados Unidos o parte de Europa, el movimiento anti-vacunas se mostró (notablemente) inexistente. De manera similar, la idea según la cual, desde 1983, el “antipopulismo que se hizo dominante…se convirtió en el depositario de las esperanzas más recalcitrantes que habían movido al régimen militar”, no es sólo injusto frente a millones de opositores al actual gobierno sino, sobre todo, palmariamente falso (p. 204). En la Argentina, a diferencia de otros países de la región, el rechazo masivo a la dictadura (en particular, dentro de la clase política) resultó, desde 1983, casi unánime.

[4] Adviértase que no se trata sólo de un concepto al que se lo define de modo diferente: ocurre que cada una de esas definiciones diferentes tiende a entrar en conflicto con cualquiera de las otras: los derechos sociales nos remiten a un mundo jurídico eminentemente judicializado; la idea de “desorden” nos remite a lo contrario; la apelación a la justicia social nos remite a una sociedad que se empodera, pero el poder concentrado en el líder nos remite a lo opuesto, etc.


3 ago. 2021

Paglieta

 En Paglieta (Abruzzo), el pueblito de mi papá