30 ene. 2021

Trilogía ranquel 2

Rudecindo Que ahí llegan ellos, que ahí llegan ellos! Cuánto se sorprendieron cuando los vieron! Dios guarde a los que llegaron! Con mujeres e hijos se vinieron: más de 50 de ellos. En son de paz marcharon, como lo hacían hace un tiempo, cuando se acercaban para el comercio. Como 50 de ellos. Dicen que se los veía entusiastas, tan confiados, por el acuerdo de paz recién firmado. Por eso, cuando escuchamos el grito de anuncio, tuvimos el ímpetu del festejo: por fin se termina todo esto! En busca del pan y del vino nos fuimos. Pero, ay! Enseguida supimos la dimensión del desencuentro. El ansia del miedo y el desgarro del dolor se confundieron. Ya en los alrededores de Villa Mercedes, nos contarían luego, algo ocurrió: los rodeó el silencio. Quedaron como incrédulos ellos. Ahora qué hicimos? Ahora qué quieren? Es que no tienen respeto? Hacía rato que habían dejado el papel de guerreros. Si el lonko que los guiaba, Yangkamil, se había casado como cristiano! Y cuánto hacía que no se metía en maloneras! Acuerdos de amistad? Él fue el primero que hizo todos los intentos: firmó todos los papeles que le pusieron. Nada sirvió! Como si gesto alguno tuviera sentido! Al llegar a Pozo del Cuadril, a una legua de su destino, los atajaron. Voluntad de Rudecindo Roca, el hermano de Julio, el que era el Ministro. Rudecindo, el de la delegación de Mercedes, ni verlos de cerca quiso. Pero si por la paz se vinieron! Como 50 ranqueles! Con los niñitos bien chicos, y con sus mujeres, contentos! Y qué pasó? Los detuvieron! Los hicieron prisioneros! Como a 50 de ellos! Apresados quedaron ellos, y eso fue solo el comienzo. La tragedia se desató pronta como aguacero. Todito lo seguí de cerca. Vi las Remington y las Mauser, que las cargaban. Vi a los indios, cuando los arrastraban a la fuerza, a los corrales. Vi a las mujeres descalzas, desgreñadas y rotas, cuando comenzaron el traslado (se las llevaban al norte, para el servicio). Vi a una soldadesca de nada, con el pecho henchido, la pose exagerada, por la inmensidad de lo que se tramaba. Perdidos, mareados por el temor de lo que presentíamos, varios nos juntamos en el galpón del fondo, en donde está al altar viejo. Ahí, todos juntos, amontonados, rogamos a la Virgen que no lo hicieran. Rezamos a todos los santos, cada uno al suyo, en un silencio cada vez más denso. Que no sea cierto lo que pensamos, que no sea cierto! Prisioneros desarmados son ellos! En son de paz se vinieron! Como 50 lo hicieron! Llegaron con las mujeres, con los chicos, sin armamento! Era el mes de noviembre, y los tiradores del Ejército, sin opción o sin pudor -lo mismo da- las inmisericordes órdenes del comandante Rudecindo cumplieron. **************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************** En noviembre de 1878, y por órdenes del comandante de frontera Rudecindo Roca, en Villa Mercedes, el ejército nacional detuvo y encerró a un grupo de ranqueles que se dirigía a comerciar en Río Cuarto, al amparo de los acuerdos de paz celebrados con el gobierno. Unos 60 de ellos fueron fusilados, y el resto enviados como mano de obra esclava a los ingenios tucumanos. Años después, desde el Congreso, el senador Aristóbulo del Valle denunciaría: “Hemos tomado familias de los indios salvajes, las hemos traído a este centro de civilización, donde todos los derechos parecen que debieran encontrar garantías, y no hemos respetado en estas familias ninguno de los derechos que pertenecen no ya al hombre civilizado, sino al ser humano: al hombre lo hemos esclavizado, a la mujer la hemos prostituido, al niño lo hemos arrancado del seno de la madre, al anciano lo hemos llevado a servir como esclavo a cualquier parte; en una palabra, hemos desconocido y hemos violado todas las leyes que gobiernan las acciones morales del hombre”.

28 ene. 2021

Trilogía ranquel 1

La excursión y la muerte Hoy. Cuando lo vi así, desafiando al bruto, torpemente empuñando el cuchillo con el brazo izquierdo, con esa abertura fatal (de un púrpura tan intenso, tan luminoso) en el derecho; cuando lo vi así, medio embriagado, quiero decir, cuando advertí que, en verdad, seguía estando en parte sobrio, até los lazos. Entendí que ésta era la última escena de una obra transcurrida en años. Se trataba del cierre del largo recorrido que le había conocido: del escepticismo a la euforia, de la euforia al desencanto, del desencanto al desatino. Días. Su escepticismo se hizo visible con los preparativos del viaje: un emprendimiento lleno de ambición, sospechoso y con final incierto; el ingreso a un territorio, material y moral, desconocido y temible. Jordán, llamémosle así, fue uno de los 11 soldados que, junto con 4 oficiales y 2 franciscanos, acompañaron en su expedición a Mansilla. Fue él uno de los protagonistas discretos de lo que muchos consideraron una histórica hazaña. Adentrarse así nomás, confiados, cargados de promesas y papeles, en tierra de los bravos ranqueles: cómo podía ser posible eso? Aventurarse así, entre las filas enemigas, con las espaldas cargadas de sospechas y las manos vacías de armas: cómo podía terminar bien el intento, con semejante comienzo? Llegar así, clamando paz y amistad, entre quienes se habían sabido ya traicionados. Cómo no tener recelos? Cómo, con un gobierno lleno de gritones, ladrones, adulones y señoritos? Y sus superiores, los que con él emprendían la odisea? Jordán apenas guardaba, secretamente, alguna módica fe en Mansilla. Todos los demás le parecían rústicos y pendencieros. Semanas. La euforia se la reconocí semanas después, pasados recién sus 15 días en las tolderías (Quién no, que lo hubiera vuelto a mirar? Quién no, que en él se interesara un poquito?). Quiero decir que así lo encontré después, cuando estuvieron de vuelta: los ojos de Jordán eran otros, brillantes, alborozados como nunca, por fin dichosos. Jordán, que era recatado y modesto, no paraba de hablar con quien se le arrimase, lleno como estaba de historias y de secretos. Jordán volvió de la excursión admirando a Mansilla -más ahora, con aquel sancionado- describiendo cada vez que podía la finura del jefe (esas “cartas zurcidas”), su poder de observación, sus cualidades para la palabra, sus escondidos excesos. Volvió fascinado, también, con el lonko (Mariano Rosas, a quien el Brigadier había secuestrado primero y después nominado), con su carácter firme y de candores pulido (“Hermano, cuando los cristianos han podido nos han muerto”). Volvió deslumbrado, sobre todo, con la vida que había aprendido junto a la indiada: la disciplina y la juerga, la organización estricta y el caos completo. Deslumbrado frente a esa hospitalidad sin límites de los ranqueles: para el desconocido y para cualquiera, fuese cristiano o renegado, fugitivo de la justicia o impío. Lo mismo daba, nada de eso importaba, sólo la buena fe y la disposición a colaborar con el resto. Además (o habré de decir, sobre todo) Jordán parecía habérsele arrimado a una china que, según me sugiriera cada vez que le fuera posible, había buscado y sonreído a su mirada, irrefrenablemente, desde el primer día. Ella estaba tan presente en él, tan en su cuerpo, que todavía no la extrañaba. Aún no era ausencia y ni siquiera recuerdos. Vivía él como si conviviese con ella. La dicha propia resultaba también, finalmente, de aquello en lo que se había convertido la travesía: una epopeya. La épica nacional como trasfondo que hacía posible la humilde felicidad de uno. Años. Por eso la decepción, por eso el desengaño que terminaría por resquebrajarse años después, hacia los 80, cuando supo lo que llegaba. Todos los acuerdos de paz, los que él había visto cerrar y celebrado, como si no existiesen. Todas las frases dichas, las manos apretadas, las miradas finalmente relajadas, confiadas, se convertían en nada. La palabra dada! Las promesas francas! Jordán creyó enteramente en todo lo que habían ofrecido! Años de obstinados intentos por mantener o revivir tales acuerdos! Por qué este vandalismo de arrasarlos? Como si se hubieran adentrado allí -semejante bravura- sólo para la repartija de cigarros, de vino, de azúcar y de botas duras. Como si fuera eso lo que los ranqueles buscaban. Como si los dejáramos reducidos a eso: unos miserables llenos de carencias pero sin pensamiento. Pero, qué podía esperarse de Roca? Por los rumores que corrían, Jordán lo entrevió así desde un comienzo: se trataba de un bravucón, un arrogante, un pillo. Alguien menos interesado en los destinos de la patria, que en dejar en claro la inquebrantable autoridad de sus designios. Ahí estaban, para probarlo, los resultados: la expropiación de las tierras de otros, la deportación a reservas que daban miedo, la mano de obra forzada, y ay! la violación salvaje de las apresadas. Cómo? Cómo, de aquel comienzo esperanzado, había podido llegarse a este infierno? Hoy, otra vez. Fue ayer que Jordán se enteró de la nueva. Él también era convocado. Él también habría de emprender la conquista, el camino hasta convertirse en otro, en un fratricida, en un nuevo huinca, homicida de sus hermanos. Cómo iba a transformarse él de ese modo, con lo que orgullosamente había visto y contado? Cómo él, con las amistades que para siempre -así lo creía- había forjado? Cómo él, frente a la única mujer que habitaba en sus recuerdos (la única a quien se animaba a invocar, cuando la noche se dobla y se encoge hasta quedar pequeña, en la antesala del sueño)? Por eso -ahora lo sé- hoy se había mostrado así, tan extraño, desde la mañana: enajenado y confuso, perdido. Iba y venía de una punta a la otra del cuarto. Como tigre viejo que sabe que se le vienen encima, y no puede huir ni enfrentar al enemigo. Recién ahora entendí el alcohol, la desusada daga que se colgara en la cintura, su inusitada provocación al bruto. Recién ahora comprendí todo, cuando vi avanzar a Jordán, como amenazante, como delirado de alcohol, como extraviándose en un grito, mientras abría descuidado el brazo, invitando así, ya gentil, ya sin fe, una última puñalada contra su pecho.

10 ene. 2021

Nuevo año, el mismo cuento

Cuando acá en la Argentina hablamos de grieta, yo pienso en esto (circunstancias como las que la solicitada a favor del ex vice presidente, y que agrego abajo, evidencia). Dos minorías intensas, que refieren a los "mismos hechos" de modo radicalmente opuesto, y que se miran unas a otras con perplejidad, sin comprender cómo quien está enfrente puede decir semejante disparate. En este caso: convertir a un bandolero de cuarta (un pillo habitual, que estafaba sin problemas a su mujer o a sus amigos, el ladrón de la fábrica de hacer billetes, que actuó a orden de su superior), en un perseguido por la justicia y los medios, en razón de su lucha incansable a favor de los derechos del pueblo. Leo algunos de los nombres que firman la solicitada -amigues, gente que respeto- y me dan ganas de llorar. Pero asumo es lo mismo que ellxs piensan de uno. Tremenda pena, verguenza ajena, síntoma de un tiempo que ojalá el viento del olvido arrase pronto. p.d.: https://www.eldestapeweb.com/politica/amado-boudou/libertad-a-amado-boudou-20211922310 foto: trapitos al sol