28 abr 2022

Marx, crítico de Bolívar y del poder concentrado

 


Se reedita en estos días, en formato de libro, un pequeño, curioso y afilado trabajo que escribiera Karl Marx sobre -o contra- Simón Bolívar. El texto, publicado en España, cuenta con un prólogo inteligente y erudito del (ya fallecido) intelectual argentino, de origen marxista, José Aricó. El manuscrito en cuestión, que apareciera en 1858, fue redactado a partir de una invitación del entonces director del diario New York Daily Tribune, Charles Dana, quien instó a Marx (como luego, también, a Friedrich Engels) a que colaborara con él en una investigación sobre biografías e historia política que pensaba reunir, al poco tiempo, en un volumen enciclopédico. La reedición de este meditado y crítico panfleto de Marx sobre Bolívar resulta oportuna, por lo demás, en momentos en que, tanto en España como en América Latina, se ha vuelto a reflexionar sobre el valor y sentido de los gobiernos que concentran el poder, y los líderes que gobiernan discrecionalmente pero invocando un discurso emancipatorio, anti-imperialista, o con apelaciones populares. La reedición es pertinente, además, a la luz de las dificultades que han mostrado ciertos grupos (bien o mal) auto-denominados de izquierda, para reflexionar críticamente sobre los significados e implicaciones habituales del poder concentrado, en países tan desiguales e injustos como los nuestros.

Sobre el escrito de Marx cabe señalar que el mismo sorprende, de manera especial, por la impiadosa virulencia de la prosa de su autor, que se mantiene constante a lo largo de todo el trabajo. A lo largo de su muy breve obra, Marx le dedica a Bolívar los calificativos más duros. Marx describe al venezolano como “cobarde, brutal y miserable,” y desde las primeras páginas busca desmitificarlo, presentándolo como un traidor (Marx alude entonces, y por ejemplo, al modo en que Bolívar traiciona, aprisiona y entrega a Francisco de Miranda a los realistas), describiéndolo como un “aristócrata,” o designándolo a partir del mote con el que se mofaban de él (el “Napoleón de las retiradas”). En todo caso, resulta claro que lo que más indigna a Marx, frente a Bolívar, no son las pobres cualidades morales del venezolano (aunque el autor hace reiteradas referencias a las ambiciones y a la arrogancia del líder independentista), sino su persistente decisión de concentrar todo el poder en sus manos. Marx demuestra de qué modo Bolívar impulsó, una y otra vez, reformas legales (un Código de inspiración napoleónica) y constitucionales (desde la Convención de Ocaña) con el único objeto de expandir su autoridad, u “otorgar nuevos poderes al ejecutivo” para quedar investido, en los hechos, con “poderes dictatoriales”.

Horrorizados frente a las críticas de Marx hacia el líder independentista, algunos quisieron descalificar su trabajo sobre Bolívar como “europeísta” y desinformado acerca de las realidades latinoamericanas, y otros acusaron al pensador alemán por haberse basado, exclusivamente, en fuentes muy sesgadas contra Bolívar. Sin embargo, y como reconoce con honestidad brutal José Aricó en su prólogo (a pesar de que él tampoco simpatizaba con la lectura de Marx sobre Bolívar), lo cierto es que el escrito en cuestión se basó en una investigación exhaustiva y que -lo que resulta más notable, y cito aquí a Aricó- “Marx redactó su diatriba no siguiendo el juicio de sus contemporáneos sino contrariándolo”: Marx había leído, sobre todo, textos favorables a Simón Bolívar, pero tales lecturas no le impidieron reconocer lo que le resultaba obvio: para una concepción ideológica como la que él defendía, la conducta despótica y antidemocrática de Bolívar resultaba naturalmente indigerible. La sorpresa, en verdad, es la contraria. Quiero decir, reconocer de qué forma la defensa que muchos intentan de un guerrero que gobernó inequívocamente de modo autoritario, los lleva a minimizar o desconsiderar decenas de prácticas aberrantes, propias del personaje que reivindican. Piénsese, para el caso de Bolívar, en su decisión de crear una Constitución aristocrática y a su medida (una Constitución que establecía el poder permanente y vitalicio del presidente); o la de suprimir las asambleas y las elecciones populares; o la de mantener la propiedad latifundista; o la de despojar a los indígenas de sus tierras; o la de prohibir las enseñanzas de las doctrinas radicales de Bentham (a las que reemplazó por cursos de religión católica).

El ejemplo de lo ocurrido con Bolívar resulta, por lo dicho hasta aquí, profundamente contemporáneo. Ello así, en primer lugar, por la asombrosa decisión de tantos que -todavía hoy- prefieren “no ver” u “ocultar” las conductas inaceptables de los líderes políticos que, por otras razones, defienden. Asimismo, lo ocurrido con Bolívar ilustra bien las dificultades que evidencian ciertos sectores de izquierda para reconocer -como, sin dificultad alguna, lo reconocía Marx- que el radicalismo democrático no se lleva bien con el poder concentrado, ni con los mandones aristocráticos del momento: más bien todo lo contrario.

 

No hay comentarios.: