Publicado en Clarín, acá: https://www.clarin.com/opinion/fin-representacion_0_rIeXmrr0Mb.html
Entre
fines del siglo xviii y mediados del xix, los “padres fundadores” del
constitucionalismo americano, desde los Estados Unidos hasta nuestro país,
diseñaron una maquinaria institucional que todavía hoy nos rige, basada en
mecanismos de “frenos y balances” (los famosos checks and balances). Ellos
previeron, además, con cuidado y detalle, algo que hoy tendemos a desconsiderar:
los modos de “activar” tal maquinaria, y de mantenerla funcionando. Para ello,
montaron un sistema representativo particular, dotado de incentivos varios, y
un “combustible” controvertido: el egoísmo o autointerés. Así, y por una parte,
se establecían comicios periódicos, directos o indirectos, destinados a permitir
la elección de los representantes de las distintas “facciones” en que se
dividía la sociedad. Por otra parte, se definían controles “internos” y
“externos” sobre esos funcionarios seleccionados. El principal (único?) control
externo, fueron las elecciones periódicas. Mientras tanto, y en relación con
los controles “internos”, se establecieron múltiples mecanismos de control
cruzado entre las distintas ramas de gobierno: el “poder de veto” presidencial;
el control judicial de constitucionalidad; el juicio político; etc.
Este
complejo esquema de incentivos, según se preveía, iba a ponerse en marcha y
funcionar, a partir del “combustible” del “egoísmo” que era considerado, con
cierta razón, la principal fuente motivacional que movilizaba a las personas.
Como dijera James Madison en uno de sus textos más conocidos (“El Federalista”
n. 51): “debe contraponerse la ambición a la ambición”. Así, y por ejemplo, por
su ambición de ser re-electo, el político iba a tratar de responder (“agradar”)
a sus electores; y por su ambición de mantener el poder y no ser arrasados por
la rama de poder contraria, los legisladores iban a resistir los “excesos” del
Presidente, como el Presidente iba a usar su “veto” contra los “excesos”
legislativos; etc. Sobre la racionalidad de todo este esquema, conviene notar
al menos dos cosas. Ante todo, se trata de la misma lógica con la que Adam
Smith pensaba el funcionamiento de la economía: “el panadero tendrá preparado
el pan, por la mañana, no por solidaridad sino por su ambición de ganar dinero”.
Con eso basta para que funcionara el esquema. Aquí lo mismo, pero con la
política. Crudamente: el político no tomará decisiones favorables a la
ciudadanía por su generosidad, sino por la ambición de ser reelecto, y con eso
nos basta. La contracara de esto es que el esquema que se diseñaba, movido por
el combustible de la ambición y el egoísmo, se desentendía por completo de la
“virtud cívica” en la que pensaban los republicanos de entonces. En otros
términos, nuestros ancestros descuidaron las cuestiones relacionadas con la
necesidad de “cultivar” valores como los de la solidaridad, el compromiso
cívico, la lealtad, etc.
Y
aquí es donde comienzan las complicaciones, que hoy llevan a que padezcamos o
seamos víctimas de un sistema que alguna vez funcionó de manera aceptable.
Entre decenas de problemas, mencionaría en primer lugar que la “correa de
transmisión” entre ciudadanos y electores -el sistema representativo diseñado-
se rompió, y difícilmente pueda repararse. Dicho sistema, en efecto, nació
pensado para sociedades pequeñas, divididas en pocos grupos internamente
homogéneos, en donde -esperablemente- cualquier obrero representaba los
intereses de toda su clase; del mismo modo que el gran propietario los de la
suya. Hoy, en sociedades multitudinarias, divididas en miles de grupos
internamente heterogéneos, aquel “sueño” de la representación “plena” se
terminó (ie., que haya un obrero o empresario en el Congreso dice poco o nada
sobre la representación de los intereses de cualquier otro obrero o empresario,
fuera del Congreso). Es decir, nos enfrentamos a un problema extremo y
estructural (no coyuntural ni personal) de representación, que afecta la
protección de los intereses de los diversos grupos sociales. Por lo dicho,
también, las principales herramientas diseñadas para suplir o reforzar esa
representación (el castigo de la no-reelección; el control desde la “rama de
poder” contraria) pierden efectividad y sentido. En cuanto a los controles
“externos”, hoy el Senador o Diputado electo sabe que su reelección depende
mucho menos de lo que piensen los ciudadanos de su distrito, que de sus
vínculos con el gobernador de su provincia o jefe partidario. Y, en cuanto a
los controles “internos”, los funcionarios públicos hoy saben que la ciudadanía
difícilmente pueda sancionarlos o corregirlos. Por ello mismo (y,
esperablemente, dado el “egoísmo” por el que se apostó) los incentivos vigentes
mueven a esos dirigentes (ya sean políticos o jueces) a aliarse, pactar, o
eventualmente enfrentarse a los demás funcionarios o “ramas del poder”, de
acuerdo a sus cálculos de maximización de poder: el interés público, el destino
común o las demandas ciudadanas desaparecen del mapa, y el “radar” de la
ambición sólo les lleva a estar atentos a sus vínculos con el poder establecido
o los grupos dominantes. Se trata, supongo, de un escenario muy preocupante
para la democracia, y a la vez muy descriptivo del estado actual de la vida
pública en la Argentina.
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