9 feb. 2017

Hispánicas V. El crimen de Cuenca/ Tortura y jurados en la era del Apocalipsis



Volví a ver la dura película El Crimen de Cuenca, antes participar en un evento académico en la ciudad del título. El film no ha envejecido en nada, y por el contrario, sigue diciendo: se muestra en buena forma, y sugiere cosas importantes sobre temas penales sobre los que merece la pena pensarse. Señalo algunas cuestiones:

* Lo primero, lo que ya todos le dijeron al presidente norteamericano: la tortura no sirve, entre otras razones porque lleva a que la víctima termine diciendo lo que el torturador quiere escuchar, con tal de frenar el martirio. Lo que la película muestra al respecto (además de torturas pocas veces exhibidas de ese modo tan explícito) es muy doloroso, en la traición cruzada de antiguos compañeros. (Sobre este punto, y en el contexto del cambio presidencial en USA, habrá que reforzar la idea de que la tortura sería inaceptable aún si sirviera -cosa que no ha sido señalada tan enfáticamente como se debiera).

* El populismo penal, y el castigo por (con) aclamación, viene de lejos, y merece ser a) desvinculado de aquello con lo que no está vinculado -fundamentalmente, del ejercicio democrático; y b) vinculado con aquello a lo que habitualmente está vinculado, esto es, a la manipulación y el ocultamiento de información por parte del gobierno. Repudiar el populismo debiera ser (contra lo que es) una forma de repudiar a la acción de los poderes políticos y económicos predominantes -y no una forma de repudiar la democracia.

* El juicio por jurados merece ser defendido como instancia de involucramiento cívico en la decisión de conflictos que son colectivos. En cambio, no merece ser tomado como fuente infalible de certeza, en torno a cuestiones empíricas. Aquí aparece un tema importante, vinculado con el modo en que, en la práctica, el jurado ha sido degradado: el jurado gana sentido como forma de reflexión colectiva sobre problemas morales compartidos, y pierde interés, en cambio, cuando se lo reduce a aquello que ha terminado siendo, esto es, una caja dedicada a dictaminar sobre cuestiones fácticas. Reducido a esto último, resulta vulnerable frente a lo obvio: cualquier cambio en los datos empíricos (i.e., aparición de información ausente o datos nuevos) deja al "veredicto popular" en ridículo.

* La amistad cívica es capaz de atravesarlo todo, de sobreponerse a todo. La resolución profunda de los conflictos más divisivos necesita pasar por allí, aunque ello no sea nada fácil, por supuesto. Como diría Michael Sandel, si la familia o la comunidad empiezan a ser capturadas o paulatinamente "tomadas" por las instituciones de la justicia formal (i.e., para dirimir problemas internos la familia debe apelar a mediadores externos) entonces llegamos al principio del fin. Tal vez, una justicia más dispuesta a convocar a las partes, a organizar diálogos entre las diferentes partes del conflicto, más preparada para mediar y fomentar conversaciones democráticas, podría ayudar a desandar el camino -ayudarnos a salir del lugar en donde estamos hoy, dominado por el formalismo legal y la burocratización política.

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