18 may. 2008

Rabia / La Rabia














Esta semana vi Rabia, en Chile, y La Rabia, en la Argentina. Las dos son películas jóvenes, recientes, y motorizadas por algo de la rabia que se proclama desde el título de cada una. Luego de ver la primera sentí la necesidad de ver la segunda. La primera es de Oscar Cárdenas Navarro, y la segunda de Albertina Carri. Ambos están enojados, con razón, frente a objetos parecidos pero diferentes. Cárdenas, que se reconoce inspirado en el cine social de Loach y Kaurismaki (Aki), hace un semi-documental sobre el algunas de las víctimas más frágiles y menos visibles del sistema: las mujeres desempleadas buscando empleo. La película se centra en la búsqueda tan desesperada como de antemano vencida de Camila Sepúlveda (Carola Carrasco), secretaria, de 25 años. El enojo de Carri, en cambio, no es social ni económico, como el de Carrasco (nunca lo ha sido), sino más bien sicológico, como en todas sus películas: a ella le interesa la vida al interior de las familias, y la opresión y las violencias propias de esos mundos de vida -sobre todo las violencias sexuales. Dos caras de la vida en el capitalismo, aunque Carri no lo pondría en estos términos.

Las dos películas son, en buena medida, fallidas, pero lo son de distinto modo. Las dos películas, también, tienen sus méritos. La de Cárdenas fue filmada en dos días, y eso se nota. El director sigue a Camila-Carola en la espera previa a varias entrevistas laborales, y la escucha en sus diálogos con otras mujeres en fila, esperando cada una a su godot. Esa idea está bien, el foco está bien puesto. Miramos algo que nunca miramos, algo que es tan trágicamente fascinante y doloroso de mirar. Los diálogos son, notablemente, creíbles (salvo una fallida, imperdonable, inaudita, inexplicable, escena final, justo al final!). El manejo de las cámaras está muy mal, y el tono de las entrevistas del propio director (entrevistas que se intercalan entre las esperas y diálogos de la protagonista, aguardando las entrevistas de trabajo), puede ser tan inadvertidamente duro y patronal como el que le espera a Camila-Carola, puertas adentro (se le pregunta, por caso, “sos feliz?” a lo que ella responde, obvia y esperadamente, “no”). La película se salva, sin embargo, por su tema, en su pequeñez y, sobre todo, gracias a los ojos quebrados de Camila-Carola. Ojos vencidos a lo largo de toda la película que son la mejor metáfora de lo que el capitalismo ha hecho con nosotros.

La película de Carri, en cambio, es profesional, muy profesional (como lo fue la de su productor, en Nacido y Criado). Está muy bien filmada, tiene una fotografía por momentos alucinante, pocas vecea vista en el cine argentino, y cuenta con escenas de animación fabulosas -algo a lo que la directora ya nos tiene bien acostumbrados. Es, para mí, su mejor película (aunque para algunos, entre quienes no me cuento, Los Rubios es una obra maestra). Sin embargo, la película está mal actuada, algo que resalta a partir de diálogos muy poco creíbles, en el marco de un "estudio sicológico" sobre familia-ninios-sexo-violencia que, en sus pretensiones y límites, es capaz de recordar, ay, al cine de Jorge Polaco. Uno encuentra en el film todo lo que el porteño quiere escuchar decir a los muchachos del campo. No falta el “usted se me va pal rancho” (del campesino a la campesina), ni el “jueputa,” ni la botella de ginebra Bols que aparece en una de cada tres escenas. Desde el centro, los campesinos parecen ser especias situadas entre los hombres y los animales: salvajes, brutales, fuerza sin razón, puro sexo. En este sentido, la película de Carri retoma un camino habitual dentro del teatro off porteño: la búsqueda de inspiración y autenticidad en lo bestial, en la faceta más primitiva del hombre, en la vuelta a lo tribal, en la desaparición de las pátinas culturales de la modernidad. Lamentablemente, la búsqueda encuentra siempre lo que quiere hallar: gritos, muerte, sexo animal, muchos pelos despeinados. Faltan caricias, faltan sonrisas, falta la amistad, falta el amor. Es una pena que los críticos radicales de la opresión familiar no lo adviertan: la revolución está ahí, mucho antes que en el grito primal.

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