14 abr. 2019

Sobre y a partir de el último libro de Adam Przeworski

Publicado hoy en LN
https://www.lanacion.com.ar/opinion/instituciones-rigidas-vs-sociedad-en-movimiento-nid2237493


El nuevo libro de Adam Przeworski, Por qué tomarse la molestia de hacer elecciones? ofrece muchas de las virtudes que ya son propias de trabajos previos del autor. La obra está repleta de preguntas y observaciones lúcidas; que aparecen siempre apoyadas en citas entretenidas y datos empíricos sólidos. El resultado es un trabajo ameno e interesante, que puede leerse de corrido y relajadamente, o con lápiz y papel en mano. Otra vez: no se trata de un manual destinado a describir todo lo que existe en el área; ni de un conjunto de propuestas para el cambio institucional. Se trata de un trabajo de reflexión crítica, hecho por una persona a la vez curiosa y comprometida, que pretende entender el funcionamiento “real” del sistema de elecciones, antes que sugerir cómo cambiarlo. En su homenaje, quisiera subrayar tres problemas a los que apunta el libro, sugiriendo en cada caso preguntas o continuaciones posibles.

Las elecciones como modo de procesar conflictos y prevenir la violencia. Przeworski considera que la principal virtud del sistema electoral es su demostrada capacidad  para “procesar con relativa libertad y paz civil los conflictos que surgen en la sociedad.” La constatación es importante y sirve para precisar nuestras críticas al modelo institucional vigente. Subrayaría entonces que la virtud señalada -“canalizar la guerra civil”- resulta la contracara de uno de sus obvios defectos: su incapacidad para “promover el diálogo”. Se trata de un problema serio para quienes valoramos la “deliberación democrática”: todos los mecanismos e incentivos que ofrece el sistema operan en dirección contraria al diálogo. Lo que tenemos es un conjunto de “herramientas defensivas” que, como dijera James Madison, permiten “disparar” ante el “ataque seguro de los demás” (i.e., el veto presidencial; el control de constitucionalidad; el juicio político.). Necesitamos preguntarnos, por lo tanto: qué cambios institucionales se requieren para favorecer la conversación político-social?

Por qué los pobres no expropian a los ricos? Uno de los interrogantes más dramáticos que plantea el sistema de elecciones es el siguiente: Cómo se explica que, siendo los pobres habitualmente la mayoría, no usen las elecciones para unirse, ganarlas, y expropiar a los ricos? Las respuestas posibles son muchas, y en ningún caso sencillas. Siguiendo al autor, diría que: i) nuestro sistema institucional nació como un pacto entre elites poco sensibles a lo que hoy denominamos democracia (su primera preocupación era la de “filtrar y refinar la voz del pueblo”); ii) luego de más de 200 años de constitucionalismo, hemos demostrado poca imaginación institucional, y mantenemos básicamente intocada la organización del poder entonces diseñada (en mis términos, mantuvimos indemne la “sala de máquinas” de la Constitución); por lo cual iii) hoy afrontamos un duro contraste entre nuestras -cada vez más amplias- demandas democráticas, y nuestras –cada vez más estrechas- posibilidades institucionales. De allí el ciclo de “esperanza y decepción” permanente al que se refiere el autor, y de allí también la urgencia de emprender cambios institucionales capaces de expandir nuestra, hoy muy limitada, capacidad de “decisión y control” políticos.

Democracia, derechos y extorsión. Finalmente, quisiera hacer referencia a otro problema señalado por Przeworski, y que refiere a las dificultades que muestra la ciudadanía para distinguir entre, por un lado, políticas que parecen contribuir a su bienestar inmediato y, por otro, medidas dirigidas a socavar a la democracia en el largo plazo. La pregunta es: cómo alentar unas medidas y desalentar las otras, cuando contamos con un solo voto? La cuestión nos invita a pensar críticamente, otra vez, sobre los arreglos institucionales de que disponemos. Ellos nos ofrecen elecciones “a libro cerrado”; nos obligan a elecciones del tipo “todo o nada;” nos dejan sin posibilidad de establecer matices. Caemos víctimas, entonces, de extorsiones indebidas, que nos fuerzan a optar por un bien (“más derechos”), a cambio de políticas que no queremos (“re-elección”). Luego, para peor, se nos culpabiliza por nuestras “elecciones equivocadas.” Conviene, entonces, dejar en claro la cuestión en juego: enfrentamos no tanto el problema de una ciudadanía que no sabe elegir, sino el de un sistema institucional que no nos permite actuar como soberanos, discerniendo entre lo que reclamamos con convicción, y lo que rechazamos con igual énfasis.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Si el sistema institucional no es representativo, el derecho no es vinculante. Ni para las autoridades ni para sus destinatarios