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18 may 2009

La boca de Benedetti



Aunque no he sido demasiado aficionado a la obra de Benedetti, siempre tuve alguna conexión especial con él, al menos por dos razones. Una es una bobada: cumplimos años el mismo día (14 de septiembre), lo que desde un principio me generó no se qué complicidad con el autor. La otra tiene alguna importancia, y es el impacto que tuvieron algunos de sus cuentos, sobre mí, cuando era chico. Muy en especial, recuerdo los hermosísimos cuentos que escribió en su "Montevideanos." Me gustaron mucho mucho esas pequeñas historias, y sobre todo el tono del libro: una tristeza suave, modesta, amigable, con la que desde entonces me identifiqué, y con la cual asocié para siempre a Uruguay.

Hubo un cuento, en particular, que releí mil veces, cuando tenía 9 o 10 años, ayudado por el hecho fundamental de que formaba parte del libro de literatura de mi colegio (qué importante, me digo, tener acceso a esos libros! qué importante, me digo, tener libros de literatura que ayuden a que nos entusiasmemos con la lectura!). El cuento es "Esa boca," y me lo ponía a leer -junto con otro cuento breve, de Tolstoi, que aparecía unas páginas después- cuando estaba aburrido o triste, en los recreos.

El cuento tiene algunas de las cosas que no me gustan, de Benedetti, pero lo recuerdo sólo por todo lo bueno que me dio. Ahí hay un chico que quiere desesperadamente ir al circo para ver a los payasos, y que en un instante de cercanía llega a ver al hombre cansado, detrás de la máscara del payaso. Recuerdo el impacto de esa imagen, de ese correr el velo, de ese ver que las cosas suelen ser diferentes de lo que dicen que son. Lloré muchas veces con ese cuento, supongo que porque yo también, como el niño protagonista, iba recibiendo ese balde de agua que significaba pensar el mundo de un modo, para encontrarse luego con que las cosas no eran así como uno quería o se ilusionaba que fuesen.

Claro, nadie encuentra en ningún lugar nada que no estuviera ya latente dentro de uno, en este caso una mirada algo escéptica o desencantada sobre la realidad. Pero agradezco tanto a Benedetti este ayudarme y enseñarme a ver. Le agradezco el poner la atención sobre ese descubrimiento del niño, el enfocarse en esa mirada, el vincular al niño, emocionalmente, y de inmediato, con el trabajador que hacía su parte tan cansado, en medio de las risas, en medio del ruido, en medio de los desentendidos aplausos de los demás.

Aquí va el cuento,

Esa boca
(Montevideanos, 1959)

Su entusiasmo por el circo se venía arrastrando desde tiempo atrás. Dos meses, quizá. Pero cuando siete años son toda la vida y aún se ve el mundo de los mayores como una muchedumbre a través de un vidrio esmerilado, entonces dos meses representan un largo, insondable proceso. Sus hermanos mayores habían ido dos o tres veces e imitaban minuciosamente las graciosas desgracias de los payasos y las contorsiones y equilibrios de los forzudos. También los compañeros de la escuela lo habían visto y se reían con grandes aspavientos al recordar este golpe o aquella pirueta. Sólo que Carlos no sabía que eran exageraciones destinadas a él, a él que no iba al circo porque el padre entendía que era muy impresionable y podía conmoverse demasiado ante el riesgo inútil que corrían los trapecistas. Sin embargo, Carlos sentía algo parecido a un dolor en el pecho siempre que pensaba en los payasos. Cada día se le iba siendo más dificil soportar su curiosidad.
Entonces preparó la frase y en el momento oportuno se la dijo al padre: “¿No habría forma de que yo pudiese ir alguna vez al circo?” A los siete años, toda frase larga resulta simpática y el padre se vio obligado primero a sonreír, luego a explicarse: “No quiero que veas a los trapecistas.” En cuanto oyó esto, Carlos se sintió verdaderamente a salvo, porque él no tenía interés en los trapecistas. “¿Y si me fuera cuando empieza ese número?” “Bueno”, contestó el padre, “así, sí”.
La madre compró dos entradas y lo llevó el sábado de noche. Apareció una mujer de malla roja que hacía equilibrio sobre un caballo blanco. Él esperaba a los payasos. Aplaudieron. Después salieron unos monos que andaban en bicicleta, pero él esperaba a los payasos. Otra vez aplaudieron y apareció un malabarista. Carlos miraba con los ojos muy abiertos, pero de pronto se encontró bostezando. Aplaudieron de nuevo y salieron —ahora sí— los payasos.
Su interés llegó a la máxima tensión. Eran cuatro, dos de ellos enanos. Uno de los grandes hizo una cabriola, de aquellas que imitaba su hermano mayor. Un enano se le metió entre las piernas y el payaso grande le pegó sonoramente en el trasero. Casi todos los espectadores se reían y algunos muchachitos empezaban a festejar el chiste mímico antes aún de que el payaso emprendiera su gesto. Los dos enanos se trenzaron en la milésima versión de una pelea absurda, mientras el menos cómico de los otros dos los alentaba para que se pegasen. Entonces el segundo payaso grande, que era sin lugar a dudas el más cómico, se acercó a la baranda que limitaba la pista, y Carlos lo vio junto a él, tan cerca que pudo distinguir la boca cansada del hombre bajo la risa pintada y fija del payaso. Por un instante el pobre diablo vio aquella carita asombrada y le sonrió, de modo imperceptible, con sus labios verdaderos. Pero los otros tres habían concluido y el payaso más cómico se unió a los demás en los porrazos y saltos finales, y todos aplaudieron, aun la madre de Carlos.
Y como después venían los trapecistas, de acuerdo a lo convenidó la madre lo tomó de un brazo y salieron a la calle. Ahora sí había visto el circo, como sus hermanos y los compañeros del colegio. Sentía el pecho vacío y no le importaba qué iba a decir mañana. Serían las once de la noche, pero la madre sospechaba algo y lo introdujo en la zona de luz de una vidriera. Le pasó despacio, como si no lo creyera, una mano por los ojos, y después le preguntó si estaba llorando. Él no dijo nada. “¿Es por los trapecistas? ¿Tenías ganas de verlos?”
Ya era demasiado. A él no le interesaban los trapecistas. Sólo para destruir el malentendido, explicó que lloraba porque los payasos no le hacían reír.

(1955)