23 mar. 2017

Argentina hoy: del sueño de Rousseau a la pesadilla de Hobbes

(publicado hoy en clarín, acá)

Si se presta atención al mapa de la protesta en la Argentina, se pueden reconocer, como datos comunes, al menos tres cuestiones salientes. 

La primera nota alude a la gravedad y extensión de las violaciones de derechos que se registran en nuestro país. Destacar este hecho tiene sentido, entre otras razones, porque nos ayuda a confrontar la peregrina idea según la cual la gente sólo protesta por divertimento o deporte, o porque así se lo pide o exige algún líder político o social ocasional. Nadie niega (y enseguida haré alusión a ello) la presencia de líderes oportunistas, o de políticos que quieren aprovechar en beneficio propio las necesidades ajenas. Sin embargo, tales certezas no deben convertirse en excusa para eliminar o limitar la protesta. Necesitamos cuidar la protesta, entre otras razones, porque nos permite reconocer los daños que el sistema institucional genera y esconde. Cuando se protesta por violaciones graves de derechos constitucionales, el problema –debiera ser obvio- no es de la Constitución, ni de la protesta, sino el que surge de las violaciones de derechos. 

El segundo hecho que destacaría refiere al nivel de desconexión que existe entre la clase dirigente –todo a lo largo- y la  ciudadanía. Este “hecho de la desconexión” explica la grave “dificultad para ver” que se advierte en toda la dirigencia, y que da lugar a conductas  políticamente suicidas. El propio gobierno, para empezar, actúa con una “ceguera de clase” que es llamativa a esta altura de nuestra vida democrática. Dicha ceguera  denuncia la radical deficiencia de nuestro sistema institucional para transmitir señales de alerta, apropiadas y en tiempo (la obstinación autoritaria que era propia del kirchnerismo, o las correcciones tardías y en “actitud sorprendida”, propias de este gobierno, resultan de este modo las dos caras opuestas de un mismo problema institucional). Parte de la oposición –en particular, la vinculada al gobierno anterior- se muestra ciega frente a lo que ha hecho, y ciega frente a las consecuencias de lo que hoy hace. Su persistente “actitud de combate” parece menos orientada a remediar dramas sociales profundos, que a hacer olvidar sus propias miserias. La clase empresaria simplemente no asume la responsabilidad primaria que le cabe en la construcción de la injusticia social que hoy tenemos, ni reconoce el modo en que su propia subsistencia queda -por su propia desidia- bajo amenaza. El núcleo duro de la dirigencia sindical, por su parte, hace décadas que ha roto amarras respecto con sus bases: de allí los desajustes habituales entre sus reclamos y modos, y los reclamos y modos que le exigen sus bases. Se conforma de esta forma un pacto suicida montado sobre una irracionalidad cruzada: irracionalidad de una dirigencia capaz de poner su propia permanencia en el poder en juego, no por coraje, sino por una combinación de impericia, miopía y ansioso cortoplacismo. Otra vez, el “hecho de la desconexión” (la falta de alertas y frenos) torna verosímil lo que, de otro modo, resultaría incomprensible.

Todo lo cual nos lleva al tercer y último punto al que quería referirme, y que tiene que ver con la “cultura del maltrato” en la que hoy nos movemos, que contradice la imagen, entre ingenua y salvífica, con que en los últimos años se aludía a las cualidades de carácter predominantes en nuestro medio. No se trata de una apreciación sicologista, sino de un hecho sociológico poco grato: la injusta desigualdad que todos reconocemos, opera hoy como principal justificativo para defender lo propio, arrasando a quien sea necesario en el camino. Todo vale, incluidas la crueldad o el comportamiento impiadoso. Es como si el país hubiera pasado del “sueño de Rousseau”, que primara a mediados del siglo pasado (i.e., todos remando en el mismo barco, hacia el mismo destino) a la “pesadilla de Hobbes” de estos últimos años (cada uno en la desesperación por salvarse en su bote, sin medir costos). 

Dentro del clima de guerra en el que vivimos; con un sistema de frenos y contrapesos debilitado; y un esquema de alarmas y alertas rojas (las que debiera proveer el sistema representativo) que no funciona, lo que se requiere no es un cambio de actitudes, como propician los consejeros del gobierno, sino de estructuras. Se trata de reparar la desigualdad que, desde los años 70 hasta hoy, todos los gobiernos –con diferentes retóricas, y honrando a distintos dioses- siguen alimentando.

8 comentarios:

Oscar Viera dijo...

Excelente análisis, considero que es la primera cosa lógica, coherente y criteriosa que leo de un argentino, en muchos años o décadas.
Lo felicito y quedo a su disposición
Mis saludos

Oscar Viera
olviera@icab.cat

Anónimo dijo...

El problema no es la “desconexión” entre la clase dirigente y la sociedad. El problema es COMO SE HACE para revertir la desigualdad. Porque es un problema mundial. En los últimos cuarenta años el mundo se ha convertido en un lugar más desigual. El funcionamiento del sistema económico provoca esto, mayor desigualdad, y nadie encontró como revertirlo. En ningún país, con dirigentes con las ideologías y tendencias más variadas, nadie encontró un proyecto que pueda sostener el crecimiento y revertir al mismo tiempo la desigualdad. Así que el tema es ese, COMO SE HACE. Si alguien acá tiene un proyecto que funcione que lo publique y listo, salvamos el planeta. Pero por lo que yo sé, nadie sabe cómo hacer eso. Y me pregunto si hay alguna forma de hacerlo.

Anónimo dijo...

excelente opinion

Anónimo dijo...

Coincido. Excelente opinión. Creo que al menos explica algo.

andresvas dijo...

Por ahí se trata de ceguera, por ahí, de intereses antagónicos y hegemonía. En el caso de la clase empresaria creo algo optimista pensar que su subsistencia está amenazada, por eso no son ciegos cuando se dedican al rapiñaje y al saqueo, sólo impunes. Aburriría dar innumerables ejemplos de eso.

Seba dijo...

Roberto muy buen post.De entre casa en innumerables oportunidades discuti la baja institucionalidad argentina como nuestro principal problema.

Alicia Rodriguez dijo...

Muy claro el artículo! Creo que cada vez va a resultar más difícil encontrar soluciones, el desarrollo de la robótica aniquila puestos de trabajo, la medicina prolonga nuestra vida mucho más allá de nuestra época productiva, lo cual es un gran peso económico para la sociedad, y seguramente debe haber muchos otros temas que están cambiando el paradigma económico-social en el que vivíamos. Tal vez esto sea parte del problema que nos lleva al mundo de Hobbes, salvese quien pueda. Se necesitarán Estadistas con mayúsculas para reorganizar las sociedades del planeta según los continuos avances de la ciencia.
Alicia Rodriguez

Alicia Rodriguez dijo...

Muy claro el artículo! Creo que cada vez va a resultar más difícil encontrar soluciones, el desarrollo de la robótica aniquila puestos de trabajo, la medicina prolonga nuestra vida mucho más allá de nuestra época productiva, lo cual es un gran peso económico para la sociedad, y seguramente debe haber muchos otros temas que están cambiando el paradigma económico-social en el que vivíamos. Tal vez esto sea parte del problema que nos lleva al mundo de Hobbes, salvese quien pueda. Se necesitarán Estadistas con mayúsculas para reorganizar las sociedades del planeta según los continuos avances de la ciencia.
Alicia Rodriguez