25 oct 2022

VII. LOS MARGINADOS DEL MUNDO (Apuntes un poco marxistas)

(De las CRÓNICAS DE UN VIAJE). Hago un intervalo temático, frente a la cronología geográfica que venia presentando. Y es que ya son demasiadas las veces que irrumpe entre lo que escribo y veo, la cuestión de los inmigrantes ilegales. Me detengo un poco en el tema, en código algo marxista.



Un fantasma recorre Europa: los marginados. De las notas comunes de todos estos días, en diferentes países, tomo primero la que dan los inmigrantes, los ilegales, los marginados: desarrapados, desparramados por el suelo, en todas las calles que recorro. Uno, en particular, me aterra. Estoy en el subte en París, y un africano fuera de sí, delgadísimo, los ojos rojos de pescado muerto, avanza por los pasillos del metro donde ya ni esperanzas caben, trastabillando como el espectro en la locura que es, mientras la gente a su paso contiene la respiración, contrae el cuerpo, horrorizada. Es un fantasma, un fantasma famélico, que avanza y se cae, avanza y se cae, herido en el alma, ya sea sin aire, ya sea sin cuerpo. El fantasma del metro, las piernas ausentes, doloridas, da pasos de marioneta, chillando como un gato, con un hilo de voz que apenas se escucha y duele, las manos negras, raquíticas, abiertas hacia arriba, rogando al dios de un rayo que lo fulmine. Los ojos de cada uno eluden sus ojos y él, cuando encuentra unos (aunque sea apenas), que no esquivan los suyos, se abalanza sobre ellos y por las llagas grita. Grita con sus gruñidos de vidrio que se resquebraja, grita con sus pantalones caídos, grita con su humanidad desnuda de animal perseguido, grita mordido una y otra vez por las fieras que somos, grita despedazado por los leones que habitan ahora en el metro, en cada rincón, junto a cada salida: ya no hay refugio, ya no hay afuera ni adentro. Un fantasma recorre Europa, avanza y cae, da un paso y trastabilla, parece vivo pero está sin vida.

***



Marginados del mundo: perdón! La frase “proletarios del mundo, uníos!” nace con la socialista peruana Flora Tristán (!), pero termina resultando popularizada por Marx y Engels (es, como sabemos, la frase con la que cierran el breve e influyente “Manifiesto Comunista” de 1848). Ahora bien, cómo entender el pedido que incluye Marx en su famoso escrito, siendo él quien era; habiendo escrito él lo que había escrito; habiendo elaborado con tanto detalle la docrina que él había elaborado? La extrañeza que genera su convocatoria tiene razones múltiples. Su llamado a la unión,

* tensiona con el materialismo histórico; 

* implica un gesto de mero voluntarismo; 

* desplaza los compromisos de su teoría con un cierto (y razonable) determinismo; 

* choca contra las fuerzas de la historia -y con una lectura histórica apropiada, sobre ese momento y contexto; 

* se focaliza en la superestructura; 

* es individualista (más allá de, si pudiera agregar, arrogante); 

* desconoce el significado de la organización colectiva; 

* busca liderar, en lugar de expresar, al movimientismo de base;  

* desconsidera o minimiza el papel de la clase obrera. 

Me pregunto, en todo caso, cómo es que hoy hubiera escrito Marx la última línea de su maravilloso Manifiesto Comunista: a quiénes hubiera invocado y qué les hubiera dicho. Sobre lo primero, pienso: a los marginados del mundo. Sobre lo segundo, quisiera pensar: qué, sino pedirles disculpas, en nombre de todos nosotros?

***

Ni las cadenas. Como los underclass del presente -los más desaventajados de nuestro tiempo- se encuentran marginados del sistema, por completo, no hay forma de explotarlos (nadie se interesa en ellos), ni ellos tienen forma de extorsionar, o al menos intentar torcerle el brazo, a los de arriba, a los privilegados. En lo que se advierte en Europa, los ofendidos y humillados demuestran un origen común: son inmigrantes indocumentados. Entre ellos y los de más arriba ya no hay patrones ni incumplimientos. Tampoco, por eso mismo, hay organización entre los más de abajo. Peor aún, no hay lazos (vínculos fuertes, como los que se desarrollan en una fábrica o en una mina; relaciones personales; afectos) verticales, pero tampoco horizontales. No existen, finalmente, las cadenas. 

Jugar. Cuando todo lo sólido ya se ha disuelto. En esta situación de tragedia griega -construida o destruida, más que desgraciada- sólo se advierte el espacio de comunidad entre grupúsculos de inmigrantes del mismo origen. Supongo que muchas veces se trata de los lazos de la familia extendida. Veo a un grupo de inmigrantes que parecen venidos de Irán o de Siria, al costado de la estación de Perrache, en Lyon. Son las 9 de la noche y han preparado sus tiendas de dormir: hay tres de ellas ya alistadas. Pero todavía no es hora de acostarse, y entre ellos hay varios adolescentes y, sobre todo, niños. Insomnes y activos como los niños que son. Quedo boquiabierto, como tantas veces, frente al despliegue de juegos que veo: lo tienen absolutamente todo, teniendo materialmente nada. Algunos juegan a las figuritas con papeles pintados; hay un despliegue de cartones rectangualres, sobre el piso, que intuyo sirven para un juego de cartas; una niña pinta, en soledad -recostada y tranquila, el estómago contra el piso- pero siempre cerca del resto, mientras una madre le lee un cuento a otra; hay un monopatín, que alguna vez fue eléctrico, descansando en una esquina de este apartado, y un triciclo plástico de recorrido ya breve, que queda a su lado. Es el salón de juegos más divertido del mundo. Todo se ha disuelto, todo se ha esfumado, menos las irrefrenables ganas de seguir junto a los otros niños, jugando.





24 oct 2022

VI. CRÓNICAS DE UN VIAJE. Francia

 PARIS



Viaje hippie, día uno: la conversación inifinita. Llego de Londres a París, a través del túnel, por debajo del Canal, en poco más de dos horas. Llevo una felicidad escondida, dentro, porque es el primer día de mi viaje por libre, del viaje hippie. En lugar de estallar el día, sin embargo, decido pasar todo el resto en compañía de mi amigo Carlos. Carlos H. es un personaje fascinante, socialista convencido y activo, profesor de derecho, culto y galante, que se aparece hoy, como tantas veces, con un pañuelo de seda atado al cuello, y otro que sobresale del bolsillo delantero del saco. Pasamos varias juntos, cenamos, y mantenemos una conversación sobre nuestros mundos enteros. Hablamos esta noche de todo, y sólo algo de todo eso enumero. Hablamos de la crisis en Francia y en Europa, y del cambio de gobierno que se produjo hoy en Inglaterra. Hablamos de Macron. Hablamos de la academia conservadora en Francia. Hablamos de Napoleón y de Bolívar (Napoleón, figura resistida antes que venerada, como pensamos desde la Argentina, y apropiada aquí sólo por la derecha -de allí la sorpresa, me cuenta Carlos, de cuando los Kirchner llegaron a Francia y pidieron ver la tumba en donde el pequeño corso yace). Hablamos de mujeres, de matrimonios y divorcios. Hablamos de Ríver y Racing, nuestros respectivos cuadros. Hablamos de cine, de la película1985, y de los Juicios. Hablamos de teatro, de Tolcachir y, sobre todo, de nuestro favorito Spregelburd. Hablamos de literatura, y de cómo nos aplasta Borges. Hablamos de Aira, de Piglia, de Saer, de J.L.Ortiz, de Caparrós, de Cabezón Cámara, de Almada. Hablamos del socialismo, del anarquismo, del trotskismo, de Nahuel Moreno. Hablamos de su amigo, mi admirado D.Dreizik, y de su fascinnante tiempo en Los Melli. Hablamos de afectos, de amigos, de enojos, de desencuentros. Hablamos de inversiones, y de nuestro descuido -la desatención- algo irresponsable en torno al dinero. Hablamos del valor de la amistad y de los encuentros. Hablamos de nuestro futuro, y de nuestros días no tan futuros como jubilados. Hablamos de mi viaje hippie, y de cómo piensso ordenarlo. Hablamos de Lyon y Marsella (que él comparó con Córdoba y Rosario). Pagamos la cena (me invita él), y él decide acompañarme al metro, para seguir charlando. Y como la conversación sigue animada, baja el metro conmigo, y como la conversación no termina, se sube a mi carro, aunque lo lleva en la dirección contraria. Finalmente, nos separamos cuando llego a destino: es que mañana tengo que levantarme temprano. Alabada sea la conversación infinita! Que valga la pena vivir por ella.

En chambre de seis, sin dormir. Tratando de no agotar en pocos días el acotado presupuesto que llevo, decidí esta noche dormir en una estancia para seis. No es la primera vez que lo hago, y caigo siempre en la trampa -busco un hotel económico, de precio bajo pero, una vez más, me resulta de costo alto. Es mi primera noche de hippie, pero no consigo dormirme. Me duermo tarde (dada mi conversación infinita de ayer), en la calle hay mucho ruido de autos, pero también hay un grupo de jóvenes que hablan en voz alta, entre botellas que caen y botellas que se arrojan. Voy a mi habitación: una entra a la misma hora que yo, otro llega una hora después, otro a las dos horas, otro a las tres. Es imposible. Además de todo, estoy preocupado, porque el hostel no ofrece un buen lugar en donde guardar pasaportes y pertenencias, y la gente va y viene del cuarto, como del mercado, como yo mismo, a cada rato. Es imposible. Además de todo, estoy preocupado, porque el hostel no ofrece un buen lugar en donde guardar pasaportes y pertenencias, y la gente entra y sale -como yo mismo- de mi cuarto, a cada rato. A las 4 y 40 decido que ya está, que me levanto. Tengo ganas de escribir, estoy motivado por todo lo que quiero hacer en el día, pero me molesta terminar sin dormir esta primera noche. Luego me digo: pero si, después de todo, el viaje en hippie es esto! Levantarse o acostarse a la hora que venga en ganas, sin plan, sin plano, sin mapas, sin dirección precisa. Muy bien, entonces, bievenido el día.

***



Samuel, el de Eritrea. Voy a abandonar París sin haberla recorrido ni apenas. Mi idea es la de seguir hacia pueblos menores, escondidos o de frontera. De este brevísimo París, uno de los mejores recuerdos que me llevo es el de Samuel, el recepcionista del hostel en donde me quedo. Samuel estaba aquí cuando llegué, bien por la noche, y está aquí cuando me levanto, apenas después de las 4. Me llama la atención que no hable perfecto francés, y al rato me doy cuenta de que, en parte como yo, él es un recién llegado. Me cae bien. A la madrugada, entonces, hablamos. Yo estaba solo, en la sala de desayuno, después de las 4, y él iba y venía, hacía que anotaba algo en su escritorio, y volvía a dar vueltas por acá: quería hablar. Entonces, hablamos. Samuel parece orgulloso de dónde está, de lo que hace, de lo que ha hecho hasta ahora. Intuyo que por lo que vivió, intuyo que por dónde viene: por cómo llegó. Y es así. Me cuenta que es de Eirtrea. Me cuenta que vino a Europa en un bote inflable, con otros 350. Me cuenta que alguno murió en el camino, y yo siento que se me hiela el cuerpo mientras él me habla. Me cuenta que vivió sus primeros cinco años en Italia. Me cuenta que por toda Europa se escurrieron sus antiguos compañeros. Me cuenta que habla -habla mal- cantidad de idiomas: árabe, marroquí, inglés, francés, italiano (como decía García Márquez, el idioma más extendido en el mundo es el inglés mal hablado). Quisiera abrazarlo y decirle "ya está, ya está, ya está Samuel, ya estás a salvo," pero me contengo. Samuel se preocupa porque coma bien, cuando ve que voy a retirarme sin desayuno. Me trae, casi en secreto, algunos croissantes, que no puedo: me falta el hambre a estas horas de la madrugada. Le pregunto de sus días aquí, y de su pasaporte, francés. Samuel, el sobreviviente, me relata su aventura con discreto orgullo: sabe que ellos, los ilegales, son los héroes anónimos de nuestro tiempo. 

Foto con Samuel, el de Eritrea

22 oct 2022

V. CRÓNICAS DE UN VIAJE. Inglaterra 2

LONDRES



Pero qué ciudad!  Volví ayer a Londres, después de tanto tiempo. La vez anterior fue en el 2014, en una estancia maravillosa en el University College. Ayer, llegué y tuve un primer y único comentario, que ocupó todo el espacio (mi espacio): “Pero qué pedazo de ciudad!" Me acordaba de ella, como de un amor viejo, sin recordar que me gustaba tanto. Ella lo da todo: vital, potente, diversa, rica; elegante y decadente; con un multiculturalismo radical y agresivo; altanera y sucia, acogedora y vengativa; llena de edificios de vanguardia y de los más viejos; repleta de parques, plazas y flores amorosamente cuidadas por japoneses; pletórica de ruido y de furia, pero también de silencio y de algunos pájaros; orgullosa de su ingenuidad y de su torpeza: Londres, que parece todo, no se parece a ninguna. Una ciudad que transpira llovizna, que exhibe en sus músculos energía y bravura, que es explosiva en consumo y en ofertas de cualquier rango - hasta la miseria, hasta la locura. Londres puede darle a uno lo que le pida y más, por un precio enorme. Y mientras, se pierde por siempre lo que ella decide dejar atrás y olvida.

***

Café en las venas. Antes de empezar mis seminarios, busco café. Supongo que cuando uno habla de “inyectarse café,” busca lo que ayer, aunque no siempre, encontré. Aún en los cafés de especialidad, uno no siempre puede dar con ese elemento deseado. Café que lo lleva a uno a hacer un alto, mientras va entrando en el cuerpo, mientras uno queda obligado a detenerse, para festejar el ingreso, saboreando la gloria del momento. Café que entra en las venas, café que desafía, café algo violento, que se anima, me anima, mientras va empujando la sangre que encuentra a su paso. 



***

Del desamparo al sin refugio.  Quería, desde mi llegada, hablar del refugio, del shelter, que la ciudad da cada vez menos, y de la soledad y el desamparo que vienen con ello. Pensé en el desamparo, primero, con la diaria llovizna, cuando se hizo intensa y busqué refugiarme bajo el alero de algún edificio. Sorprendentemente, caminaba y caminaba y el techo no aparecía -parecía más bien evitado- por lo que debía refugiarme al interior de alguna tienda que no me daba la bienvenida. En lugares así, pensaba, todos estamos a un paso del abismo; a varios pasos, en cambio, de la salvación.

***

Nostalgic vs. Romantic. Ayer, en la London School, presenté mi libro, y lo puse en diálogo con otro, publicado apenas días antes del mío: “Against Constitutionalism,” de Martin Loughlin. Afortunadamente, y más bien por azar, en esta semana misma había aparecido un comentario (review) mío, sobre el libro de Loughlin. En mi comentario, elogiaba menos que criticaba a Loughlin, creo. Lo elogiaba en lo que encontraba como un proyecto o, al menos, una preocupación común, la de revitalizar la democracia, en un marco político y legal dominado por un constitucionalismo pervasivo, invasivo, preparado para resistir más que para producir democracia (digámoslo así). Lo criticaba en algunos de sus supuestos y fines (que definiría como Schmittianos), y por estar asentado en una pintura de la sociedad y de la cultura política propia de otro tiempo: el tiempo de post-guerra, en el que ganaban los Labor, había sindicatos fuertes, una sociedad movilizada, un Welfare State emergente y lleno de promesas. Por todo eso -le decía- el libro se mostraba algo viejo: anhela el retorno a un pasado que no está llamado a volver. Sostuve entonces, en mi comentario, que su libro era “nostálgico.” Durante las discusiones que tuve al respecto, con Loughlin (primero por mail, luego durante la discusión de mi libro) él retomó esa crítica que yo le hacía, entre otras y antes que otras. Y me dijo entonces -usando una frase que me causó gracia y que me pareció resumía perfecto, el carácter de nuestros libros: “If my book is nostalgic, then yours is romantic” (“si mi libro es nostálgico, entonces el tuyo es romántico”). 

El subte de Londres. Me levanto temprano hoy, voy en dirección al subte, porque en un rato retorno al continente, en tren, desde Londres a Francia. Ingreso al metro de Londres, al que desde siempre le temo. El metro nos obliga a túneles infinitos, que exigen un andar largo, fatigoso siempre, por debajo, sin saber cuándo termina el camino. También las escaleras mecánicas, imposibles, que suben hasta el cielo y nos ponen a rogar que el sistema no falle, que la escalera no se detenga, que no nos veamos forzados a formar largas colas detrás de las puertas de ascensores que, suponemos, van al infierno. Leo que los túneles de Londres descienden, típicamente, y en promedio, unos 24 metros, aunque los hay que llegan hasta los 67. Leo que la escalera debajo de Hamstead Heath tiene 320 escalones: una pirámide cabeza abajo. Telaraña de Londres, que espera por la mañana a sus presas. Telaraña de Londres, que nos rodea y sin que nos demos cuenta nos encierra y deja que veamos sus dientes. Telaraña de Londres, que cada día se ríe de nosotros, mientras protestamos contra el metro y nuestro destino. Telaraña de Londres, que nos amenaza con suficiencia, porque sabe que al día siguiente, a pesar de todo, volveremos a requerir su ayuda (y allí nos espera).



21 oct 2022

IV. CRÓNICAS DE UN VIAJE. Inglaterra 1

OXFORD



***

Revisando que el mundo conocido siga en su lugar. Acabo de llegar a Oxford. Como me suele ocurrir, en particular con los lugares que supe amar, apenas arribo me toma el cuerpo una inmediata compulsión a recorrer lo conocido: necesito volver a cada uno de los lugares propios, hasta asegurarme de que todo ellos están, y están igual o mejor que la última vez, y que no han cambiado de lugar. En lugares como Buenos Aires, tan dominados por la crisis; o como Nueva York, tan dependientes de la lógica del dinero; o como Barcelona, tan marcados por la fiebre del turismo, suelo encontrarme con sorpresas preocupantes. Pero no lo esperaba en Oxford, tan hija de la tradición.

***



Sale Blackwell, entra Watestones. Los cambios que encontré a mi llegada en Oxford, fueron de todo tipo. Comienzo enumerando lo que sigue igual: la bruma, la niebla, la garúa permanente y mínima. Luego –muy importante- en el Covered Market seguían en su sitio las Cookies de Ben, como estaba también allí el siempre decadente café de Browns (aunque, cabe decir también, al mercado le faltaban algunas piezas imprescindibles), la carnicería surrealista, los quesos. Estaban, más allá, en Little Clarendon, los helados de George & Davies; el local de cerámicas; algunos pequeños localces de apoyo. Estaban, por supuesto, y sobre todo, los viejos Colleges, empezando por el mío –Balliol- en principio impecables. Pero luego...luego. La librería de Oxford University Press: pilar fundacional de la vida filosófica local, no estaba más! Completamente desarmado, y no hacía tanto! Se había ido asimismo el lugar en donde compraba mis indispensables italianos; también mi boulangerie favorita, y así. El estallido final fue cuando llegué a Blackwells. Blackwells! El templo sagrado al que Elster definió como la mejor librería académica del mundo! Tu también Blackwells!! Llego, voy a la sección de filosofía, y me encuentro con que el salón que ocupaba –un salón propio, distinguido, rectangular, enorme, central- estaba invadido por otros libros, mientras que los de filosofía –los que le daban identidad y parte de su sentido a la librería, y a la Universidad- habían quedado marginados en algunos estantes arrinconados, en la misma sala. Ahora, aparecían por ahí, donde antes vivían los otros –sus genuinos dueños- libros sobre Desarrollo, Religión y Seguridad! No puede ser! Y con Derecho también: de la franja amplísima que ocupaba, ya no había nada, y todos los libros aparecían amontonados, espalda contra espalda, en una nueva sección. Angustiado, voy a hablar con una empleada de las viejas. Ella, claramente con el alma partida, como yo, lo admite –sin lealtad empresaria hacia los nuevos: había nuevos dueños. Me cuenta que el viejito don Blackwells no daba más, y que la familia terminó cediendo la librería a su competencia: Waterstones (según The Guardian, de febrero del 2022, la mayor cadena de libros de Gan Bretaña compró la principal librería independiente, terminando con 143 años de administración familiar de Blackwell’s y llevando un paso más allá la concentración económica en la industria editorial). Sí. Es lo que parecía: es el fin! Todo tiene un final. Debía ser lo contrario: todo tenía que seguir igual, para siempre! Nada de esto tenía que cambiar, nunca! Nunca jamás!

***

Qué hacer, ante qué? Lo anterior -que ya no estén las gloriosas librerías de Blackwell, de Oxford University Press- nos dice algo más, pero qué? Hay algo allí, como también en el modo en que están trabajando las editoriales académicas (varios con los que he hablado, y que publicamos en ellas, coincidimos en la terciarización monstruosa que exhiben, que lleva a que los procesos de armado, producción, pero también corrección y estilo, queden en manos de mano de obra extremadamente inexperta, incalificada, hasta el asombro inepta). Será que se lee menos sobre teoría? Será que se buscan textos más prácticos? Será que el campo lo dominan las otras tareas, para nosotros menores, ajenas: business, marketing, programación, etc.? Será que los que pensábamos diferente hemos, simplemente, perdido?

***

Conservadurismo de los lugaresMe pregunto, igual, sobre el porqué de mi obsesión por ciertas permanencias; la necesidad de que ciertas cosas se preserven siempre idénticas a sí mismas: siempre. Me pregunto dos cosas. Primero: por qué tuve de Oxford, como de otros lugares, una experiencia tan reducida, tan poco aventurada, tan poco exploratoria, tan confinada a tan pocas cosas (esta heladería, aquel café, aquella biblioteca, la librería de más allá). Segundo: por qué ansío que esas cosas permanezcan siempre iguales a sí mismas, intocadas. La respuesta –para las dos preguntas la misma- es que no lo sé. Parte de la cuestión la pudo haber explicado bien, en su momento, el genial filósofo marxista, mi amigo Gerald Cohen. Jerry, poco antes de morir, escribió un texto -“Rescuing Conservatism”- en el que hizo una defensa “conservadora” de Oxford, y rescató el valor de preservar ciertos lugares, ciertas construcciones, ciertas historias. Algo de eso hay, en mi apego por lo que estaba, pero también hay cuestiones que intuyo más profundas, de las que tal vez no me enorgullezco. Las enumero porque no sé cuál es la causa más determinante, o cómo es que, en todo caso, tales causas se ordenan, y porque estoy confundido sobre el tema. Para explicar mi resistencia a navegar lejos de la costa, y explicar también mi apego al pasado, diría varias cosas: diría que muchas veces tiene que ver con el temor a perder el tiempo, en el no saber adònde ir; que hay algo de conservadurismo, sí; que hay algo de miedo al cambio, y el miedo a perderse, también; que hay algo de pereza, tal vez, y aunque me cueste admitirlo; que hay algo de no ser arrogante, aunque cueste creerlo (no presumir de todo lo que uno conoce, y por eso no conocer demasiado); que hay algo de “ya tengo suficiente,” y "estoy bien o feliz con lo que tengo". Hay algo de todo eso, sí. Pero, sobre todo, agregaría, hay algo del espíritu de la segunda guerra, que heredé de mis dos padres, inmigrantes italianos, sobrevivientes: de allí me viene la convencida, arraigada, firme necesidad de tomar lo que sirve y funciona para seguir viviendo, y nada más; y que no se pierdan más cosas, y la certeza de que ya demasiado se ha ido; y la urgencia de aferrarse a lo que hay, de tomar muy fuerte, con la mano, lo poco que uno tiene, y de no soltarlo: tal vez esto que queda conmigo, esto que escondo y que nadie ve, dentro del puño, sea lo que nos salve mañana, cuando no quede nada.



III. CRÓNICAS DE UN VIAJE: España 3






Gracia. Mañana podrá ser un día insignificante para casi todos -uno más tal vez para tantos, seguramente, no lo sé- pero estoy seguro de que será emotivo para mí. Ocurre esto: vengo a Barcelona muy seguido, desde hace casi 30 años, y siempre que llego me instalo en la misma área, siempre en el barrio de Gracia, siempre tomando como eje al Cine Verdi, la Plaza Rovira, la Plaza de la Revolución. Y mañana me tocará hablar, durante la Bienal del Pensamiento que organiza la ciudad, por primera vez, en una plaza: y será en una plaza de mi barrio adoptivo, del barrio de Gracia. Qué emoción poder saludar y agradecer a mi barrio de extranjero –agradecer por tantas alegrías calmas- desde una tarima, rodeado por algunos vecinos!






***

Hablando en las plazas de mi viejo barrio. Hoy fue la presentación en la Placa de les Dones del 36, una plaza renovada y nueva, que no conocía. Comencé con un comentario que confesé demagógico, sobre mis días felices en Gracia –algunos de los más felices que tuve- y la emoción que me provocaba estar allí. Aunque era mediodía de domingo, y hacía mucho calor (la luz hermosa como siempre, encaramándose entre ventanas y rejas; las paredes brillantes, viejas, coloridas, casi mexicanas; las caras de colores y expresiones distintas, entre tantas iguales), nos siguieron unas 60/70 personas, amontonadas en la sombra que quedaba. También un niño en bicicleta, que se estacionó un buen rato frente al palco, buscando entender o descifrar algo –no se si se lo permitimos, aunque lo intentamos. 






***
El chino cordobés. Terminada la conversación, fuimos a tomar algo a la Plaza del Diamante, con algunos de los amigos que habían venido a escuchar. Nos atendió un mozo chino –Ryan- con un humor excepcional. Luego, advirtiendo que uno de nosotros estaba todavía parado –la plaza estaba repleta- se ofreció presuroso a ir a buscar dentro otra silla. Y cuando alguien agregó si ya que estaba podía traer unas olivas, Ryan volvió a la carga y respondió: “la silla vaya y pase, pero además las olivas…” Era una gracia detrás de la otra. Le preguntamos por su nombre, y nos dice que adivinemos, que es el de una aerolínea, pero no “Lufthansa o British Airways”. Le mencionamos lo gracioso que era y apunta, al instante, “lo mío es humor amarillo.” Para mí que era un chino de Córdoba. Digo que tenía humor cordobés no sólo porque uno advierte en tantos cordobeses argentinos esa misma tonalidad de humor: rapidísima, repentina, ingeniosa. Lo digo, sobre todo, porque allí encuentro –como no he encontrado en ningún otro lado- un humor irreverente, con el cual quien aparece socialmente “abajo” (el chofer de taxi, el mozo, el empleado de la gasolinera, y así), le deja en claro al otro –típicamente, el cliente- que son iguales, o más, que el empleado tiene mucho más resto que quien se le acerca (Esa noción –la forma común en que, finalmente, en muchos lugares del país se opta por una actitud de desafío antes que de sometimiento a la autoridad, dio lugar a un conocido y hermoso texto de Guillermo O’Donnell. En él, el autor comparaba una frase, que tomaba por extendida en Brasil, en el diálogo entre desiguales - "Você sabe com quem está falando?”- con una respuesta que consideraba muy habitual en la Argentina “Y a mí qué mierda me importa”). 


***

Helados Anita. Más tarde, y como autopremio, fui a tomar un helado en la heladería israelí Anita –con sede en la Plaza del Reloj. Debo confesarlo –y es una confesión de peso, dado quien soy- que se trata de uno de los mejores helados que comí en mi vida (lo dice un militante de los helados, hijo de un padre que fuera eximio heladero). Nunca pensé que esto me ocurriría en España, que hasta hace poco tiempo (cuando no había recibido una última oleada de inmigración económica) era tierra infértil de muchos de los productos que buscaba (buen café, buenas pizzas, buenas boulangeries, buen helado).

***

Jonás Trueba. De estos brevísimos días de Barcelona me llevo también una buena pila de films, que vi ya en el cine, ya en el ordenador. Alguna que me generó menos admiración que rechazo (Peter von Kant, de Ozon); otra que me interesó más de lo que esperaba (Fuego, de Claire Denis); un corto de limitada duración y atractivo (Cerdita, de la que en estos días se estrenó un exitoso largo); un meritorio paneo sobre las frustradas relaciones amorosas de una joven ilusionada (Girasoles silvestres, de Jaime Rosales); y la última del prolífico Jonás Trueba (Tienen que venir a verla), que comienza con un breve concierto del gran pianista Chano Domínguez. De Jonás he visto casi todo, y su cine me complace muchísimo, a pesar de (o en razón de) su minimalismo algo rohmeriano. Me gusta encontrarme con esos jóvenes que uno puede imaginar como amigos de uno, que deambulan, hablan poco o bajo, cruzan miradas, se sonríen, homenajean la amistad de manera calma, y tienen apenas conflictos. En el cine de Jonás no suele haber conflictos sociales, tampoco grandes dilemas personales (más allá de algunas dudas amorosas). Creo que siquiera he visto un acto maldad en sus películas: su territorio fílmico está sólo poblado por buenas personas. Me pregunto cómo será habitar un territorio semejante, ya que lo filmado parece apelar al mundo vital propio del director: sus amigos, sus estudiantes, sus compañeros de trabajo. Me pregunto también por qué disfruto tanto un cine de este tipo, basado en anécdotas ínfimas. Serán mis deseos de vivir en un mundo así? Será por “la nostalgia peor,” la de aquello que “nunca jamás existió”? Serán las ganas de un cine que ayude a sanar las propias heridas (en lugar de servir para ahondarlas, sublimarlas, hacerlas olvidar por un rato)?




II. CRÓNICAS DE UN VIAJE. España 2


La Bienal desde el suelo
. La Bienal de Pensamiento es la que me trae hasta aquí, en Barcelona. La ciudad se muestra, en parte, tomada por el encuentro: hay fiestas, reuniones, seminarios, discusiones, conferencias, desparramadas por todo el centro. Me causa cierta gracia que, la primera foto que llama mi atención, en la primera mañana, apenas llego desde el aeropuerto, es la de una miríada de libros, deshauciados, abandonados, sucios, peleando por su lugar en una esquina, entre botes de basura. Pareciera que el mensaje es un poco ése, no el que proclama la Bienal, sino el que gritan, desde la calle, los libros. El aprendizaje a través de los libros parece que se termina (volveré después sobre esto); las viejas ideas yo no pesan, no porque no digan lo cierto, sino por el momento temprano en que lo dijeron; el presente se impone a empellones, aunque no tenga mucho que decir. Con cultura y con compromiso, Margaret Mead parece llorar desde el cemento. 

Celebrities de la academia. El evento reunió a cantidad de celebridades académicas, que se suman a las que ya andaban por la zona. De los que me interesan, están Jennifer Mansbridge, Chantal Mouffe, Philip Pettit, Adam Przeworski. Me encuentro y disfruto estar con casi todos ellos (con Mouffe me disgusté mucho, hace algunos años, cuando salí en férrea defensa de mi querido John Rawls, ante sus injustísimos ataques, que querían avanzar impunes y severos, aprovechando la falta de control del público). Por supuesto, no es que todas estas celebrities se quieren o se llevan bien entre sí: están los celos, los viejos enojos, las comidillas. Mouffe va a escucharlo a Przeworski, Przeworski no parece interesado en escuchar a Mansbridge (tenemos una larga conversación sobre el trabajo de la última, y al final concede que hay cosas que están muy bien), Przeworski aprecia que Pettit ande por aquí, mientras que Pettit quiere pero no tiene tiempo de ir a verlo a Adam. Yo (se me aplican, a mí también, “las generales de la ley”, que vaya a saber cuáles son), voy a escuchar a los amigos: Jenny, Adam y Philip.

***

El arte de escuchar. Mansbridge habla, el martes, en un simposio sobre un libro que su discípulo, el colombiano Felipe R., acaba de editar en castellano, compilando sus textos. El jueves, mientras tanto, da una conferencia sobre “el arte de escuchar”. Sabía del suyo -de su propio arte- que el martes, al menos, puso en práctica conmigo: yo comentaba, algo críticamente, sus escritos sobre la representación política, y ella me respondió, y luego siguió respondiendo otras preguntas, mientras seguía mirándome atenta. Pero interrumpió de pronto sus respuestas para mirarme y decirme “quisiera saber qué pensás sobre mi respuesta, me interesa saber cómo es que responderías a lo que dije”. Al final de sus comentarios, entonces, se hizo un tiempo, volvió a mirarme, y me pidió que hable. Qué única que es.




***

Escepticismo explicativo. Mis queridos y admirados Przeworski y Jon Elster han pasado, ambos, del trabajo con las grandes teorías, que pretendían explicarlo todo –típicamente, el marxismo- a un escepticismo explicativo radical, que casi duele. Elster, maestro de los estudios sobre racionalidad y rational choice, se convirtió en pionero de los estudios sobre la irracionalidad y la “subversión de la racionalidad” (Alguna vez escribió que volvía a algo así como una “infancia explicativa”. Alguna vez escribí y le dije que, como Woody Allen, él aparecía cada vez más interesado en entender el papel de los accidentes y la suerte, en la forja de nuestro destino. Él sonrió y asintió con la cabeza). Lo de Przeworski es igual, pero es distinto. Adam no dice una palabra de más, no completa una frase que no esté debidamente respaldada o argumentada (no por nada él fue el fundador, con Elster, del “marxismo analítico” o -como él lo denominara- el non bulshit marxism). Sin embargo, o por eso, desde hace tiempo me es imposible leerlo o escucharlo sin que me deje con una sensación de angustia, de abstinencia explicativa. Típicamente, concluye cada una de sus reflexiones sosteniendo que, a pesar de lo que parece, las evidencias están divididas, que hay buenos estudios desde lados diferentes y que, para peor, muchos de esos estudios contribuyen a confundir la situación, por estar basados en meros criterios ideológicos, y por ser producidos, no para testear una hipótesis, o buscar una respuesta posible, sino para afirmar lo que ya quería decirse desde un principio. Yo, en cambio, quisiera que él, aunque sea, me mintiera: necesito que afirme algo de modo concluyente! Para decirlo de otro modo, necesito que me ilusione, o al menos no me lleve a perder todas las ilusiones.

***

I. CRÓNICAS DE UN VIAJE. España 1


Mi viaje hippie.
 Comencé, días atrás, un viaje académico que me llevó a Europa, y que está llamado a prolongarse por algunas semanas. La gira se inaugura con un seminario, y algunas presentaciones de mi último libro, sobre “la conversación entre iguales”; se interrumpe luego por unos diez días; para completarse finalmente con una temporada en el Instituto Europeo de Florencia. La idea de los relatos que siguen es la de hacer centro en esa interrupción, a la que llamaré “mi viaje hippie,” y en la que estaré deambulando sin plan ni camino prefijado, entre el final de mis primeras presentaciones del libro (en Oxford y en Londres), y mi llegada a Florencia. Serán unos diez días de trayecto libre, y mi propósito es el comentar algunos eventos, relacionados central, aunque no únicamente, con ese “viaje hippie”.

ESPAÑA

Una mallorquina. Hace largos meses que no vuelvo a Barcelona, y todavía más tiempo sin venir a Viader, en donde desayuno cuando puedo. El mozo me ve, después de no sé hace cuánto, señala el lugar adonde voy a sentarme habitualmente y pide, sonriéndome, y sin que yo haya mencionado palabra, “una Mallorquina para el caballero.” Así vale la pena, pienso. No se trata de creer que “ya me tratan como un local” -nunca ocurrirá. Tampoco se trata de que me comentarios así me hagan sentir que “ya no soy extranjero” -ni en mi patria dejaré de serlo. Se trata de la ilusión de reemplazar, por fin, los prejuicios por los sobreentendidos: “mira, ya está ella, la que se la pasa fumando”; “ahí llega aquel, el que viene a leer al diario”; ya vinieron los otros, los que discuten siempre.” Yo encuadro muy bien ahí, entonces: “aquí estoy yo, el de las dos mallorquinas.”

***

Eso me preocupa un poco. Desde la Plaza del Reloj, una de mis favoritas, se escucha el eco de un coro desacompasado: niños y padres parecen estar cantando juntos, impostadamente. Eso me preocupa un poco. Me acerco a ver qué es lo que pasa, y me encuentro con padres bailando de modo frenético, y chicos uniformados, mucho más quietos. Los niños, con barretinas y boinas; las niñas con faldas amplias y mantelinas. Eso me preocupa un poco (me pregunto, y me lo pregunto en serio, si por la mañana los niños habrán pedido vestirse así, como los niños que piden vestirse con el traje del Hombre Araña; si ayer se habrán ido a dormir nerviosos o ansiosos, deseando levantarse para ponerse el traje; si habrán tenido dificultades para reconciliarse con el sueño, imaginándose en la mañana, así disfrazados, deseando que suenen las 8). En un momento, los cantos viran hacia las viejas canciones revolucionarias –siempre en catalán- que los niños repiten sin fervor, o con ya reiterado fervor, lo que no obsta al festejo y la alegría de los padres: “mira lo que canta mi niño”. Eso me preocupa un poco. Ahora, las canciones revolucionarias son trastocadas, para darle lugar, en la rima, a una reivindicación de la lengua, de que todos se expresen en el mismo idioma. Eso me preocupa un poco (tal vez más que otras cosas): que no nos llegue nunca el día en que “en perseguidor se nos convierta el perseguido.”

***



9 oct 2022

Debate con Llinás sobre 1985

 


Lindo debate con el doctor Mariano Llinás (co-guionista del film, y la gran cabeza del cine nacional), sobre la película 1985. Gracias! (Y algo más, a su favor: desde que se enteró de la aparición de un twit mío, crítico, sobre la película, Llinás -en un largo ida y vuelta privado, que tuvimos- no dejó de insistirme para que escribiera algo, y para que lo hiciera público, por más crítico que fuera. Y volvía y volvía sobre mis mails, diciendo "y me quedé pensando en esto y en aquello que decías": Tan inusual!  Muy bien ahí)

https://seul.ar/argentina-1985-gargarella-llinas/


‘Argentina, 1985’ (III):

mapa y territorio

EL JURISTA ROBERTO GARGARELLA Y EL CO-GUIONISTA MARIANO LLINÁS DISCUTEN UN TEMA CENTRAL DEL DEBATE SOBRE LA PELÍCULA: LA RELACIÓN ENTRE LO QUE PASÓ Y LO QUE QUEDÓ.

Por SEÚL


9 de octubre de 2022


El domingo pasado, un tuit de Roberto Gargarella, donde expresaba una serie de incomodidades sobre Argentina, 1985,  generó un ida y vuelta entre el jurista, uno de los más respetados del país, y Mariano Llinás, co-guionista de la película y autoproclamado, medio en joda, su “ministro de Relaciones Exteriores”. Como la redacción de Seúl hizo, inesperadamente, de intermediaria en esa conversación, los involucrados ofrecieron mandarnos un texto cada uno con sus ideas, a lo cual por supuesto accedimos. Los publicamos –primero el tuit engordado de Gargarella, después la respuesta de Llinás– acá abajo. Ambos son excelentes y sus méritos exceden con mucho la materia específica de la que están hablando.



El motor de la historia

por Roberto Gargarella

Días atrás tuve la fortuna de ver Argentina, 1985, un film que aguardaba con enormes expectativas, tanto por el tema del que la película trata –el histórico Juicio a las Juntas– como por el afecto y respeto que tengo hacia sus guionistas (Santiago Mitre y Mariano Llinás). En las líneas que siguen quisiera explicar un poco (y explicarme), algunas de las incomodidades que sentí al ver la película. 


La fuente más importante de mi preocupación se relacionó con el hecho de que la historia que 1985 contaba no reflejaba bien la historia que yo había conocido, en los libros y en la calle, y mucho menos aquella que había entrevisto “desde las entrañas del monstruo”. (Formé parte, durante aquellos años, del estrecho círculo de asesores de Carlos Nino, la principal cabeza jurídica detrás del Juicio a las Juntas). En todo caso, me apresuro a dejar en claro que las incomodidades que sentí no se relacionan con cierto celo por mi propia historia, o el deseo íntimo de ver como protagonistas del film a las personas con las que yo había trabajado. Por el contrario, considero un gran acierto que la película ingrese a ese momento histórico (el único momento de la historia jurídica argentina del que me siento orgulloso) del modo en que lo hizo: a través de Julio Strassera. Se trata de una elección que dota de universalidad a la película, al hacer foco en el personaje gris de tribunales –un personaje de pasado más bien gris oscuro, cabría decir– que se enfrenta a decisiones cruciales, y las acepta, y sigue adelante, y asume sobre sí y su familia los altos costos de su decisión, para terminar haciendo –simplemente– lo que correspondía. Esa parábola moral que recoge la obra es la que le otorga su mayor atractivo, más allá de las dificultades que allí se generan, acerca de cómo presentar un mensaje universal, a través de un problema local, sin dejar de considerar cuestiones fundamentales. Precisamente, quisiera concentrarme en lo que sigue, en este último punto: la ausencia –o, más bien, la omisión– de algunos datos determinantes, en torno a la historia del Juicio a las Juntas.


Aun aceptando de forma entusiasta el recorte de la historia del Juicio que Argentina, 1985 propone (el recorte en torno a Strassera y el joven Luis Moreno Ocampo), lo que más llama la atención del film es todo lo que no muestra, o calla. Son muchas las cuestiones y las personas que, en la película, se tornan omnipresentes a partir del modo en que se las oculta: la clamorosa presencia de ciertas ausencias. La principal ausencia que se advierte, la que daña a la vista, es la del ex presidente. Raúl Alfonsín fue el único héroe real, si es que hubo alguno, en la puesta en marcha del juicio: el verdadero motor de esta historia.


Raúl Alfonsín fue el único héroe real, si es que hubo alguno, en la puesta en marcha del juicio.


Probablemente, buscando dotar al film de algún tipo de imparcialidad (imparcialidad como no-irritación), y con el calculado fin de no ofender a ciertos susceptibles círculos culturales, los autores retiraron al ex presidente de la historia del juicio, que en buena medida es su propia historia. De Alfonsín sólo se escucha un susurro –la imitación de su voz– a la distancia, mientras se permite conocer al público la negativa del ex presidente a presionar, en modo alguno, al fiscal Strassera: “¡Independencia de poderes!”, subraya entonces la esposa del fiscal, cuando escucha el relato de su encuentro con Alfonsín. 


Ese episodio –el de Alfonsín sin cuerpo– se convierte así en una metáfora que resume bien varios de los problemas del film. En primer lugar, la película opta por “retirar” de la historia del juicio a quien fue el responsable de hacerlo posible. Uno se pregunta entonces: ¿era necesario tanto para no irritar a ciertos grupos culturales de referencia? Resulta obviamente irreprochable que los guionistas elijan, libre y tranquilamente, cómo hablar de un tema, y sobre todo es irreprochable que ellos escojan a quién hablarle (a qué auditorio). La idea de Mitre y Llinás pudo ser la de no transformar a la obra en un “panegírico radical,” o la de no irritar innecesariamente a aquellos grupos políticamente situados del lado contrario al alfonsinismo. Pero, si alguna de tales nobles actitudes fuera cierta –digamos, la intención de no provocar políticamente a nadie, de forma innecesaria–, ¿cómo entender la decisión de presentar a un tosco y reaccionario Antonio Tróccoli como representante exclusivo y genuino de todo el radicalismo? Y, sobre todo, ¿cómo encajar esa decisión –la interesante e irritante decisión de hacer visible algo políticamente oculto– con la de, al mismo tiempo, invisibilizar a Alfonsín? Entonces, se evita mostrar al mejor Alfonsín, para no causar resquemores, pero se muestra la peor versión de Tróccoli, provocándolos.


Pongamos que, al respecto, la idea que movió a los autores fue aprovechar la oportunidad del film para denunciar alguna “culpa grave” de la política, injustamente olvidada (los radicales han querido borrar de su memoria testimonios tan brutales como el de Tróccoli). Pero si eso fue así: por qué entonces traer a cuento la declaración judicial de Luder, eximiéndolo de responsabilidad (se trata de su alegato aclarando que el decreto de “aniquilación” que firmó en 1975 no pretendió abrir el camino para muerte o desaparición alguna), mientras se encubre su momento infame, el que lo avergüenza a él y a todo el peronismo. Me refiero a que, en el momento bisagra de la historia argentina, Luder se comprometió, como candidato presidencial del peronismo, a respetar la autoamnistía militar en caso de llegar al gobierno. Se trata, me parece, de sesgos innecesarios de la película.


INFORMACIÓN FALSA

En segundo lugar, el film queda comprometido, a través de sus recortes, con información falsa o por completo errada. En efecto, el extraordinario mérito del gobierno de entonces, en relación con el juicio, no fue –como sugiere 1985– el republicanismo institucionalista de los radicales, esto es decir, la decisión de Alfonsín de respetar a rajatabla la división de poderes. En absoluto. Es un error del film (y es un error muy grave, seguramente el más importante de todos) presentar a Alfonsín y a su gobierno como “el gobierno que dejó hacer a la justicia”. No fue así: se trató, muy por el contrario, del gobierno que hizo posible lo que estaba destinado a no hacerse. Aclaro que digo “hizo posible” no en un sentido meramente retórico o poético; ni sólo en un sentido histórico (jamás se había montado un juicio semejante en la historia de la humanidad). Digo “hizo posible,” sobre todo, en un sentido material y jurídico.


Literalmente, el juicio no era posible –imaginable siquiera– porque el juzgamiento de los militares se encontraba jurídicamente impedido por la Ley 22.924, la Ley de Pacificación Nacional promulgada por el general Bignone el 22 de septiembre de 1983, antes de abandonar el poder. Se trataba –valga aclarar– de una ley avalada por lo que Alfonsín denominó el “pacto sindical-militar”, lo cual explica la tranquilidad de los militares, antes de las elecciones, cuando ellos esperaban confiados la victoria del peronismo. Por tanto, el gobierno de Alfonsín debió destruir, primero, ese tremendo candado de impunidad, para habilitar luego, y a partir de allí, el juzgamiento de los militares. De hecho, la derogación de la Ley 22.924 fue, en cumplimiento de su promesa de campaña, la primera medida que impulsó y aprobó el Congreso, una vez que Alfonsín asumió su cargo. Sin ese homérico esfuerzo, nada de lo que vino después hubiera sido posible. 


Es un error del film presentar a Alfonsín y a su gobierno como “el gobierno que dejó hacer a la justicia”. No fue así.


Mucho más que eso: cuando digo que el gobierno de Alfonsín “hizo posible” el Juicio a las Juntas, lo digo porque sin un centenar de otras decisiones similares (decisiones pensadas, discutidas, peleadas, sufridas, lloradas, temidas) el juicio no hubiera comenzado nunca. Ello así –y por citar sólo un dato de especial relevancia para la película– porque nadie consideraba a la Cámara Federal como habilitada para intervenir en ningún juzgamiento al pasado. De hecho, el supuesto más extendido dentro de la comunidad jurídica de entonces era que sólo los tribunales militares tenían jurisdicción en el caso, en la remota eventualidad de que algún intento de juicio se pusiera en marcha. Entonces, cuando la película muestra en acción a la Cámara Federal; cuando exhibe las audiencias públicas celebradas por ella; o cuando se concentra en el trabajo del fiscal y su fiscal adjunto en la sala, está tomando como “supuesto natural” lo que en verdad fue producto de titánicos combates políticos y jurídicos: todo aparecía alineado en contra de lo que luego pudimos asumir como un supuesto. Conclusión: lejos de “permitir que la justicia siga, como forma de respetar la separación de poderes”, lo que hizo el gobierno de Alfonsín fue más bien lo contrario: la construcción política y jurídica del juicio, una construcción que la película no mostró, y tomó, erróneamente, como “natural” supuesto. 


NO ESTABAN SOLOS

Tercero, el film se equivoca, también, al transformar un episodio único de movilización y acción colectivas en la épica genial de dos individuos. Apesadumbrados, en algún momento de la película, los fiscales se miran el uno al otro mientras uno de ellos dice “estamos solos en esto”. Si, de alguna forma, los autores del film escribieron esa línea de diálogo creyendo que su contenido era cierto, entonces, el problema de comprensión histórica sobre lo ocurrido resulta muy serio. Yo les preguntaría a los autores, a los actores, a alguno de los viejos protagonistas, si es que suscribieron o trasmitieron la idea: “¿Solos? ¿Realmente creen que estuvieron solos?”


Strassera y Moreno Ocampo tuvieron, detrás de sí, y desde mucho antes de que ellos comenzaran a actuar, a un verdadero ejército de juristas, intelectuales y activistas de todo tipo, junto a una sociedad de pie y movilizada. Me detengo aquí, un instante, sólo en lo que conozco mejor, que tiene que ver con la cantidad de personas y decisiones que antecedieron, rodearon, y dotaron de su contenido esencial al juicio. Para empezar: en 1984 (la película comienza en 1985), la Conadep (institución que la oposición de entonces repudió y se negó a integrar) ya había entregado su informe final: el Nunca Más. Por eso, cuando Strassera cierra su histórico alegato (que la película, en su momento cumbre, reproduce) haciendo alusión a la idea de “nunca más,” menciona “una frase que no me pertenece, porque pertenece ya a todo el pueblo argentino.” La Conadep ya había hecho el trabajo más importante en términos de recolección de testimonios, es decir, los fiscales no estaban solos.


Fueron ellos (esos otros funcionarios invisibles) los que concretaron un sinfín de tareas jurídicas y respondieron decenas de preguntas de filosofía jurídica.


Muchísimo más que eso, por supuesto. Para entonces –para los comienzos del Juicio– ya se había dado la intervención activa de amplios equipos de abogados e investigadores, que habían trabajado y puesto su creatividad jurídica en movimiento. Fueron ellos (esos otros funcionarios invisibles) los que concretaron un sinfín de tareas jurídicas y respondieron decenas de preguntas de filosofía jurídica, difíciles e imprescindibles: cómo invalidar la ley militar de autoamnistía; cómo quitarle sus efectos de “ley más benigna”, luego de anulada; cómo evitar ser acusados por violación del art. 18 (“jueces naturales”; “comisiones especiales”; “ley previa”); cómo no aparecer ignorando la jurisdicción militar; cómo combinar la justicia militar con la justicia civil (haciendo posible la apelación, ante la Cámara Federal, de las decisiones tomadas por las instancias militares); cómo escaparle a las normas del Código Militar en materia de obediencia debida; etc.


Por supuesto, los autores de la película pueden optar, a piacere, por dejar el foco de la cámara puesto sobre el devenir de las vidas de dos individuos, que ayudan a cambiar la historia desde su lugar perdido en medio de los tribunales. Para Mitre y Llinás –pienso- esa legítima decisión de contar una historia (la historia del Juicio a las Juntas) de un cierto modo (digamos, a través de las solitarias y heroicas acciones de Strassera y Moreno Ocampo) era por completo compatible con sugerir, de cien modos diversos, que la política partidaria, los activistas jurídicos, la sociedad entera, vibraban, en ese mismo momento: estaban encendidas de fuego, ardientes de movilizaciones y compromiso. No se trató del trabajo solitario de dos lobos convencidos, sino de una tarea que empujó toda la sociedad, y que lideró un gobierno y un amplio grupo de colaboradores comprometido con esa causa.


CANDIDEZ POLÍTICA Y JURÍDICA

Finalmente, diría que el film se resiente, también, por una cierta candidez política y jurídica. Hablo de candidez política porque la película presume (y nos insta a aceptar) que, en un contexto caracterizado por la presencia de 1) un Poder Judicial reaccionario; 2) brutales presiones militares; y 3) la indiferencia política del gobierno de turno (todo esto, subrayo, según el retrato de los guionistas), fue la buena voluntad de dos fiscales, las aprendidas impostaciones teatrales de Strassera y el entusiasmo de un grupo de adolescentes rockeros, lo que hizo avanzar un Juicio único en la historia de la humanidad, lo que permitió conseguir sentencias condenatorias para una cúpula militar que actuaba en bloque, temerariamente, y con espíritu de cuerpo. Debiera resultar claro: si los datos históricos presentes hubieran sido los que la película muestra –indiferencia política, presiones militares, una justicia reaccionaria– entonces no se hubiera llegado ni a comprar la lapicera con la que firmar la esquela de la convocatoria a las audiencias preparatorias del juicio. Nada hubiera sido posible por más tesón que pusieran dos fiscales aventureros y por más espíritu de campamento que animara a su equipo. 


Esa candidez política que aparece en el film se vincula también con cierta ingenuidad jurídica, entendible en parte (pongamos, por desconocimiento de los detalles del proceso judicial) e injustificable por otro lado (cuando se advierte desconocimiento sobre cómo funciona o funcionó el derecho, en ese particular caso). Hay un problema, sobre todo, cuando la película asume que el juego jurídico trata sobre cómo persuadir, cómo decir bien, cómo encontrar e hilvanar los buenos argumentos a través de una presentación teatral, bien articulada. Y la verdad es que no: que nada de eso. Las condenas, en el Juicio a las Juntas, poco tuvieron que ver con el emocionado alegato final de Strassera. No es así como se activa el derecho. Lo crucial, diría, es todo el resto. Empujar a la elefantiásica, inercial, pesadísima estructura de los tribunales –destrabar y poner en movimiento a algunos de los engranajes de la condena– resulta, de modo habitual, casi imposible.


Peor que eso: los operadores jurídicos más astutos (como vimos en los estrados judiciales en estos días) disponen de infinidad de recursos y apelaciones a su alcance, triquiñuelas, impugnaciones y teorías interpretativas para lograr que los poderosos resulten absueltos. Ésa es, finalmente, la historia común del derecho en la Argentina, la que los abogados del poder consiguen: la historia de la impunidad de los privilegiados. Lo difícil –lo desafiante– entonces, reside en lo otro: explicar cómo, de qué forma y por qué, a pesar de todo, cuando nada, nada, nada se podía, cuando las puertas se cerraban, las ventanas se oscurecían y los desesperados golpeaban con sus puños los muros de los tribunales, alguna vez ocurrió eso, ese milagro absoluto que fue el Juicio a las Juntas: aquello que siempre habíamos creído imposible.


 



Así opina el cine

por Mariano Llinás

El doctor Gargarella ha tenido la gentileza de hacerme llegar sus observaciones sobre el film del que me ha tocado ser co-guionista y que en las últimas semanas ha acaparado gran parte de la atención pública. Dado que la tendencia a utilizar el film como excusa para hablar de otras cosas parece ser irreversible, me parece bien que eso suceda en el nivel más elevado posible y habiéndole prestado al film la máxima atención. (Los ejemplos contrarios se acumulan: en una reciente entrevista televisiva, Jesús Rodríguez nos reclamó haber omitido el testimonio de Adriana Calvo de Laborde, al cual el film le dedica un extenso fragmento central, señalado por todas las críticas; y no haber mencionado a la Conadep, cuyo trabajo ya había concluido en el momento en que el film se inicia y dos de cuyas integrantes (Mabel Colalongo y María del Carmen Tucci) son personajes del film y cuya emisión televisada aparece también en una larga escena, que no olvida tampoco al doctor Tróccoli y su pintoresco prólogo de aquella noche. En tal sentido, las observaciones de Gargarella resultan atinadas y desafiantes, además de dar cuenta de una visión del film lúcida y atenta.


Lo primero que debo decir es que mi discusión con Gargarella no tiene que ver con cuestiones de fondo sino con formas de representación de lo sucedido. Manifiestamente, él habla desde su lugar de persona de leyes y yo (me atrevo a incluir en estas palabras también a Santiago Mitre), como una persona cuyo material de trabajo es la ficción. Si el asunto presenta alguna posibilidad de contacto es, precisamente, porque a nuestro criterio el film establece la idea de que la construcción del Juicio a las Juntas (que, como nadie ignora, no sólo incluyó a Strassera y a Moreno Ocampo, sino también la decisiva influencia del dramaturgo Carlos Somigliana) incluyó en su cara más pública determinados elementos propios de lo que podríamos llamar la estrategia cinematográfica.


Ellos, si se me permite la demasía, también habían imaginado su trabajo como un film.


Más de una vez, al llevar adelante junto a Mitre la escritura del film, comprendimos que estábamos rehaciendo un camino –el de llevar a conocimiento del público hechos que acaso resultaran ya desconocidos u olvidados u ocultos por la irritación y la desconfianza– que no distaba mucho del recorrido por los auténticos protagonistas de la historia. Ellos, si se me permite la demasía, también habían imaginado su trabajo como un film. Mi punto es que esa observación no debería resultar en modo alguno peyorativa: la reciente entrevista publicada en este mismo medio a Jaime Malamud Goti –extensamente celebrada por gran parte de su público lector, y revestida desde luego del máximo interés– me hizo preguntarme cuál hubiese sido el impacto real del Juicio a los Ex Comandantes si su suerte se hubiese jugado sólamente en las sofisticadas discusiones entre él y el doctor Nino y no hubiese recibido el refuerzo del pathos que Strassera fue capaz de insuflarle en sus múltiples alocuciones.


El asunto, claro está, es la pregunta de cómo se le habla a una sociedad, y de cuánto de profundidad y delicadeza se pierde en la medida en que la escala de dicha alocución es más grande. El doctor Gargarella nos señala que esa tarea fue apuntalada por un gobierno y por un apasionado aparato jurídico. Me apresuro a coincidir con él, y le añado: también por los testigos y las víctimas, que tomaban la decisión –que considero, ahora sí, heroica– de contar sus dramáticas experiencias a un año y meses de concluida la dictadura. La línea de diálogo que tanto incomoda a Gargarella (“estamos solos”) refleja apenas una frase de un personaje a lo largo de su peripecia dramática: solo mediante un desconocimiento del cine y sus procedimientos –y nada más lejos de ello que el cinéfilo Gargarella– puede llegar a pensarse que ello sugiere una opinión pronunciada por el film o sus autores y menos aún una convicción que el relato aspira a comunicar. He allí una característica de la ficción que resulta intolerable para los neófitos: los relatos no tienen convicciones; sólo avanzan a tientas mediante sospechas e hipótesis, sin ser verdaderamente conscientes de la propia moraleja. Dicho de otra manera: un film solo es capaz de ofrecer pistas.


He allí una característica de la ficción que resulta intolerable para los neófitos: los relatos no tienen convicciones; sólo avanzan a tientas mediante sospechas e hipótesis.


Me permito un ejemplo: en un momento del desarrollo del film, Mitre y yo nos vimos en el aprieto de narrar el momento en el que los jueces de la cámara debatían las condenas. Como todo el que conozca del tema sabe, ello sucedió en una escena que de por sí tenía bastante de cinematográfico. Los jueces se retiraron a la pizzería Banchero y allí tomaron sus decisiones, incluyendo una –el célebre Punto 30, que permitiría que los juicios continuaran más allá de los Comandantes– llamada a generar polémica y malestar en las Fuerzas Armadas e incluso en algunos sectores del gobierno. Ahora bien: ¿cómo dar cuenta de ello? Evidentemente, si el film nunca había hecho pie en el punto de vista de los jueces, permitirle a la cámara formar parte de dicho encuentro hubiera sido visto por los espectadores del film como una trampa. Ninguna ley cinematográfica es más justa que esa, ni su infracción se vuelve más evidente.


Elegimos entonces el viejo recurso de narrar la situación desde un observador exterior (el hijo de Strassera) que no conoce sino que sospecha lo que está pasando. Allí, nos relata el muchacho, los jueces discuten, se preocupan, piensan, están tensos, parecen llegar a una solución, brindan, anotan las cosas en una servilleta. El Punto 30 está ahí, para quien quiera o pueda verlo. Hasta ahí llega el cine.


CIERTAS VENIAS

El doctor Gargarella se muestra después molesto por ciertos perdones, ciertas venias, ciertas omisiones. No cae, como tantos imprudentes han hecho en estos días, en la necedad de lamentar que 1985 no sea más dura con el peronismo (como si un film estuviese llamado a ejercer la función censora de Marco Porcio Catón o de los monólogos satíricos de Tato Bores). Pero sí deplora cierto benévolo silencio en torno de la aparición de Ítalo Luder, a quien se muestra como el primer testigo del juicio (lo fue) y no como el manifiesto impulsor de la autoamnistía a los genocidas (también lo fue, aunque no en soledad). Gargarella percibe cierta injusticia en la atención puesta en el parsimonioso y pusilánime recitado de la teoría de los dos demonios del ministro del Interior de Alfonsín y la exclusión en ese mismo punto de tantos otros.


Acaso tenga razón, y las cuestiones relativas a la pertinencia o no dentro del relato nunca lleguen a convencerlo. Nadie más que quienes escribimos el guión es consciente de las cosas que no están en el film y que, por cuestiones de espacio o síntesis, debimos dejar afuera. Falta el estremecedor discurso de Massera, que con satánica eficacia les señala a los presentes –palabra más, palabra menos– que de no ser por sus crímenes y sus matanzas ninguno de ellos estaría allí. Falta el episodio en el que el general Lanusse describe su estupor e indignación al recibir las explicaciones de Bignone sobre el accionar clandestino e ilegal. Falta la descripción del asesino Radice, hombre de Falcon y metralleta, que en una muestra de perverso cinismo explica sin que se le mueva un pelo las características de su particular oficio. Cada una de estas situaciones conmovedoras ha debido ser sacrificada en aras de una mayor coherencia del objeto final, y he ahí donde los cineastas debemos asumir lo difícil de nuestras decisiones.


En una sola cosa no habré de dar el brazo a torcer con Gargarella: en la forma en que se muestra al doctor Alfonsín.


En una sola cosa no habré de dar el brazo a torcer con Gargarella: en la forma en que se muestra al doctor Alfonsín. En un ensayo poco conocido, Portraits oficiels, Sartre registra un párrafo que él mismo reconoce como anónimo: “Vi a un gordo de tez cerúlea en una calesa tirada por cuatro caballos al galope: después me dijeron que era Napoleón”. Sartre celebra en el párrafo la eficacia de lo apenas entrevisto, y lo pone de relieve como forma de retrato de las figuras históricas, en oposición a la magnificencia un tanto impostada de los monumentos. Del mismo modo, en uno de sus mejores films, The Iron Horse, John Ford presenta a un Lincoln casi anónimo, campechano y distante (muchos años después, en The Thin Grey Line, tomaría la decisión inversa con Eisenhower, con opuestos resultados estéticos). Gargarella interpreta que la decisión de no mostrar el rostro de Alfonsín (a la sazón, de un actor disfrazado de Alfonsín) implica una forma de restarle peso en la Historia. Me atrevo a decir que para quienes hicimos el film la puesta en escena funciona en el sentido contrario: el pudor que transmite esa figura apenas sugerida, esa voz llana y cordial que sólo atina a decir vaguedades y que cierra el encuentro diciendo “no tengo ninguna indicación que darle” nos permite entrever el peso de una figura histórica y, tal vez, una forma de ejercer el poder. Pero sólo tal vez.


Una vez más: así opina el cine.


 

23 sept 2022

El "discurso de odio" como excusa para capturar la crítica polìtica

 


https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-discurso-del-odio-una-excusa-para-anular-la-critica-politica-nid23092022/

La discusión sobre los “discursos de odio,” la posibilidad de regularlos (limitarlos) y la decisión de responsabilizar (sancionar) a sus autores, ha emergido en estos días, en la Argentina, en el marco de una creciente polarización y crispación política. En lo que sigue, quisiera señalar por qué la regulación de “discursos de odio” representa una solución inatractiva y, sobre todo, por qué dicho debate aparece mal motivado, y mal dirigido. 

Comienzo por dejar en claro cuál es el defecto fatal que, en nuestro país (como en otros casos de la región), viene afectando a la conversación pública en materia de “discursos de odio". El defecto que se advierte en la materia es el siguiente: las iniciativas de censura al “discurso de odio” aparecen dirigidas, casi exclusivamente, a incluir dentro de ese tipo de figuras “regulables,” precisamente, al tipo de expresiones que la categoría “discursos de odio” deja de lado. Me refiero a las expresiones de crítica política. En efecto, en casi todo el mundo, los discursos políticos críticos se consideran, antes que blanco posible de limitaciones jurídicas, discursos sujetos a una especialísima sobre-protección. Tal vez por ello (porque reconocen la dificultad de su empresa), los funcionarios públicos más ansiosos por censurar a lo que es más protegido, apelan a una categoría de discursos que, ocasionalmente, ha sido objeto de regulación (los “discursos de odio”) como “último recurso” o excusa para “atrapar,” dentro de esa red de censura, a las expresiones que a ellos más les disgustan (los discursos de quienes los critican).

El hecho es que, desde sus orígenes, la idea de “discurso de odio” aparece orientada a lidiar (no con expresiones políticas, sino) con casos extremos, vinculados con historias de agresiones ejercidas -especial, pero no únicamente, desde el Estado- contra minorías impopulares (grupos contra los que las mayorías muestran persistentes prejuicios). Hablamos así, de forma habitual, de minorías raciales, étnicas, lingüísticas, sexuales o religiosas. Comúnmente, se trata de casos en donde existe una historia de agresiones graves, que los Estados en cuestión quieren impedir que se repitan. Así, y por ejemplo, en Alemania se legisló en contra de las expresiones de “odio”, a la luz del holocausto y del genocidio, y como forma de evitar la reiteración de una historia en la cual el Estado terminó encarnando la persecución y la violencia contra las minorías étnicas y religiosas. En los Estados Unidos, en cambio, las regulaciones sobre “el discurso de odio” (“odio racial,” sobre todo, dirigido contra los afroamericanos) se han discutido de modo ocasional, pero siguen siendo resistidas doctrinaria y judicialmente, con buenas razones. 

Por ejemplo, recientemente, en el caso Matal v. Tam, de 2017, la Suprema Corte de los Estados Unidos rechazó toda iniciativa destinada a limitar los “discursos de odio” bajo un viejo principio (propiciado por el venerado Justice Holmes, a comienzos del siglo xx) según el cual “el derecho de libertad de expresión protege la libertad de expresar el pensamiento que odiamos.” El máximo jurista del siglo XX, Ronald Dworkin, defendió ideas similares, que ejemplificó con el caso de Salman Rushdie, un escritor que fue censurado y perseguido por los fundamentalistas a partir de la “certeza absoluta” (la de los fundamentalistas) de que Rushdie estaba equivocado, y la convicción de que muchas personas se sentirían heridas o insultadas en caso de que se publicaran sus ideas. “Cuidado” -decía Dworkin, citando el ejemplo de la persecución a Rushdie- de los “principios jurídicos que sólo le resultan confiables cuando su aplicación queda en manos de personas que piensan como Usted”. 

A dicha línea de argumentos teóricos o filosóficos contra la regulación de los “discursos de odio” podemos agregar otra, referida a la poca eficacia que suelen mostrar tales regulaciones, en relación con los principales fines que persiguen. La pregunta clave, en este caso, es si los defensores de la “censura al odio” cuentan con datos más o menos confiables que ratifiquen el sentido de adoptar ese tipo de normas, tan riesgosas en términos de libertad de expresión (riesgosas, sobre todo, por la trágica “pendiente resbaladiza” que abren). Existe, por caso, alguna razón para pensar que en Alemania, luego de haber regulado el “discurso de odio”, o prohibido la “negación del holocausto”, ha disminuido el peso de ese tipo de discursos? O es que más bien tenemos datos que nos sugieren lo contrario? Han servido para algo semejantes normas prohibitivas o -en cambio, y tal como parece- han ayudado más bien a alentar o tornar atractivo al tipo de discursos que pretendían desincentivar? (Adviértase, por lo demás, que la no-limitación de los “discursos de odio" es obviamente compatible con la investigación, prevención y sanción de todo daño efectivo producido contra cualquier figura pública) En definitiva, no contamos, hasta hoy, con razones públicas conclusivas para confiar en el valor y la efectividad de tales normas de censura. 

Ahora bien, si la defensa de las regulaciones contra los “discursos de odio” es de por sí ya difícil, la misma resulta directamente imposible cuando -como en la Argentina- se pretende extender tal censura hasta abarcar, de manera central, a las expresiones de crítica política. Estas expresiones, como adelantara, no sólo no se consideran parte habitual de los “discursos de odio” -no sólo no suelen ser limitadas en el derecho comparado- sino que más bien, y por el contrario, resultan de forma habitual expresiones ultra-protegidas por la legislación. En efecto, en materia de libertad de expresión, los discursos de crítica política se encuentran en el nivel más alto dentro de los discursos protegidos. Allí no hay enojo, cinismo o virulencia que sirva como excusa. Más bien lo contrario (sobre todo, desde fallos como New York Times v. Sullivan -un fallo que, en la Argentina, hemos invocado reiteradamente para solicitar protección a la protesta política desarrollada en las calles). Desde hace décadas, resulta un principio asentado en el derecho internacional que los debates públicos pueden (como suelen) incluir “ataques vehementes, cáusticos y, a veces, desagradablemente agudos contra el gobierno y los funcionarios públicos". Mucho más que eso: desde entonces, resulta claro que la crítica a quienes ocupan posiciones de poder debe prevalecer frente a cualquier invocación al “derecho el honor” que pueda hacer el funcionario de turno; y también (notablemente) que el derecho a la crítica ampara aún a las informaciones falsas, si es que las mismas no fueron introducidas con “real malicia” (“malicia” que debe probar el agraviado).

Concluiría esta breve introducción crítica a un tema vastísimo, con una pequeña observación política, referida al elitismo y la soberbia que caracteriza a los defensores de la censura. Resulta curioso advertir de qué modo, quienes propician limitaciones a los “discursos de odio” (“odio político”, en particular) se ven a sí mismos como por completo inmunes frente a las provocaciones y fake news frente a las cuales parte de la población caería hipnotizada (al punto de animarse a cometer un magnicidio, si es que así lo sugieren, subliminalmente, los grandes medios). Un argumento semejante (que asume que parte de la ciudadanía se comporta como zombie frente a lo que dicen los medios) requeriría limitar el sufragio sólo a los propios: cómo permitirles el voto a personas susceptibles de ser obnubiladas por discursos falsos u odiosos -esos discursos que necesitamos, imperiosamente, impedir que ellos escuchen!



19 sept 2022

Variaciones sobre un mismo tema: Chile y el "desapruebo" constitucional

 


Variaciones sobre un mismo tema: Chile y el "deapruebo" constitucional

Publicado hoy acá: https://www.clarin.com/opinion/nueva-constitucion_0_lYJt7U4ckK.html

Leo con cierta perplejidad los análisis que siguieron al plebiscito chileno del pasado 4 de septiembre, cuando se le dijo “no” al proyecto propuesto para el cambio constitucional. Encuentro, en la mayoría de tales estudios, reflexiones algo cómodas, en donde los analistas del caso derivan de los resultados obtenidos, básicamente, aquello que desde un principio tenían intenciones de derivar de los mismos.


Se trata de una actitud favorecida por este tipo particular de consultas al pueblo, que plantean cientos de temas diferentes al ciudadano (en este caso, casi 400 artículos sobre temas muy diversos), frente a los cuales sólo se le permite a cada uno dar una sola respuesta (por sí o por no). La herramienta en cuestión (el “plebiscito de salida”) es tan mala, que cualquier reconstrucción posterior del resultado parece posible, aunque resulte finalmente caprichosa y arbitraria.


Con total liviandad (y cito testimonios que efectivamente he escuchado en estos días), alguien puede aventurar que el pueblo votó “no” para castigar a los intelectuales de izquierda; el de al lado puede decir que, en verdad, se trató de sancionar a los Convencionales Constituyentes; otro más puede asegurarnos que fue para reprochar la inclusión de nuevos derechos; otro decir que, en realidad, lo que pasó tuvo que ver con el rechazo a la pluriculturalidad y los derechos indígenas; otro que fue por las pocas protecciones a la propiedad; otro más puede referirse a la supuesta supresión del Senado; y el último de la fila puede citar la inseguridad, y por qué no los inmigrantes que entran por el Norte y, ya que estamos, por qué no agregar una mención sobre los mapuches en el Sur. Todo esto se ha repetido estos días: quiero decir, ha sido posible alegar cualquier cosa.


Mi impresión es otra. Propongo leer lo ocurrido de otra forma, que no ignora, sino que busca dar sentido al cualunquismo anterior. Entiendo que, frente a pregunta tan complejas y diversas como las que plantean este tipo de plebiscitos, los ciudadanos terminan concurriendo a las urnas para responder algo distinto, mucho más concreto y preciso.


Típicamente, los ciudadanos utilizan la oportunidad que la consulta les abre, para expresarse políticamente, de forma tal de castigar o dar su aprobación al gobierno de turno. Si se encuentran en un momento de simpatía hacia el gobierno, buscarán favorecerlo con su voto, y de lo contrario, aprovecharán la posibilidad que se les ofrece para castigarlo.


Este elemental planteo nos ayuda a explicar por qué muchos plebiscitos constitucionales han sido aprobados (cuando fueron convocados por presidentes en tiempos de creciente popularidad, como Chávez o Morales); y por qué -en cambio- se votó en contra de otras consultas, en apariencia populares, pero puestas en marcha por gobiernos que atravesaban una situación de impopularidad (así en el voto a favor del Brexit, como modo de castigar a Cameron; o la votación en contra del Acuerdo de Paz en Colombia, como forma de castigar a Santos). La lógica anterior explica perfectamente la votación casi unánime en favor del cambio constitucional en Chile (cuando la popularidad de Boric estaba en ascenso), y la derrota estruendosa sufrida por la nueva Constitución, apenas meses después (cuando la popularidad de Boric se encontraba en descenso). Tan sencillo como eso.


Esta explicación nos ayuda a dejar atrás las críticas entusiastas de los sectores más conservadores, que aprovechan la oportunidad que hoy encuentran para despacharse contra sus adversarios de siempre (donde cada uno escoge a su blanco favorito: indígenas; cuestiones de género; impuestos; Estado grande, lo que sea). Y, a la vez, dicho esquema nos permite escapar de las defensas y consuelos a los que se aferran, también torpemente, algunos sectores de izquierda (sectores que, como suele ocurrir, denuncian a las fake news y a los “grandes medios,” como si el pueblo al que reivindican en sus discursos fuera susceptible de caer hipnotizado frente a discursos engañosos -discursos ante los cuales sus voceros y representantes resultarían obviamente inmunes).


Finalmente, el planteo que sugiero no pretende ser complaciente con el proyecto constitucional rechazado, sino que busca impedir una “distribución de culpas” a partir de caprichos.


El proyecto hoy rechazado (lo sostuve innumerables veces en los meses pasados) mejoraba a la Constitución vigente, al alinear al constitucionalismo chileno con el constitucionalismo contemporáneo del que se había alejado (alejado, sobre todo, por su resistencia a incorporar nuevos derechos económicos y sociales; hablar de la igualdad de género; reconocer a los pueblos indígenas; etc.).


Sin embargo, el mismo mostraba fallas sustantivas importantes, al repetir el “viejo error” constitucional latinoamericano (el error de la “sala de máquinas”), este es, el de renovar y expandir las declaraciones de derechos (derechos estilo “siglo xxi”), mientras mantenía una organización del poder cerrada, concentrada y vetusta, propia del siglo xviii (por tomar un ejemplo, piénsese que la innovación más revolucionaria del proyecto, en materia de justicia, fue la creación de un “consejo de la magistratura”). Y algo más, en términos procedimentales: fue un error (y parece un error llamado a repetirse) “cerrar” la Convención Constituyente, eliminando o no construyendo puentes entre la ciudadanía y los convencionales, durante los debates.


La “conversación pública” sobre la Constitución debe darse precisamente en esa instancia, en lugar de quedar relegada a un sí o no distante y final. Esta peculiar opción plebiscitaria deshonra, en lugar de homenajear como debiera, al diálogo democrático.