2 sept 2018

Nuevo doc del Espacio Autónomo de Pensamiento Crítico

http://espacioautonomodepensamientocritico.blogspot.com/2018/09/la-argentina-de-los-contrastes-que.html

http://www.perfil.com/noticias/elobservador/la-argentina-de-los-contrastes-que-merecen-ser-pensados.phtml


La Argentina de los contrastes que merecen ser pensados
Agosto de 2018
Inmersos en una crisis económica y financiera que el gobierno no consigue revertir, dos hechos contrastantes y altamente significativos se presentan ante nosotros. Tanto por su carácter radical como por la imprevisibilidad de los escenarios que abren, estos procesos exigen una reflexión.
Por un lado, abruman los datos reveladores del carácter extendido de la corrupción, su condición estructural, su transversalidad histórica, su amplitud en términos de actores sociales involucrados, su impacto en la alarmante estructura de desigualdades en el país.
Por otro lado, se destacan las inmensas movilizaciones sociales producidas con motivo del tratamiento parlamentario del tema de la legalización del aborto. Dichas oleadas de movilizaciones tienen la particularidad de abrir a nuevos horizontes de prácticas democráticas, desnaturalizando la idea de que el debate sobre ciertos temas parecería estar clausurado, e instalan la posibilidad de pensar colectivamente desde nuevos escenarios de igualdad. 
Sin pretender exhaustividad, nos interesa en este documento reflexionar sobre la significación y alcance de estos dos hechos significativos para la historia de nuestro país.

1-La corrupción como alianza
La actual crisis económica y financiera, así como sus impactos sociales, se instala sobre una sociedad profundamente dañada. El daño no se mide solamente por la dificultad que muestra la sociedad argentina para romper con los esquemas binarios que continúan empobreciendo la política y obstaculizan la construcción de espacios políticos superadores. En gran medida, el daño se mide hoy por el carácter estructural que ha asumido la corrupción.
La corrupción no es algo nuevo en la sociedad argentina, aunque sí lo es su carácter creciente y expandido. La llamada “Patria contratista” ligada a la obra pública, por ejemplo, hunde sus raíces en la época de la última dictadura militar, e ilumina como pocas la  connivencia entre militares y empresarios en esos años nefastos. Ese pacto se continuó en los años de la democracia, ya entre  la “nueva” clase política y empresarios, alimentada por las privatizaciones de empresas y servicios públicos, y se amplificó mediante un estilo de hacer política, basado en la estrecha asociación entre delito, conductas políticas y negocios financieros y empresariales. Esta alianza encuentra una expresión palmaria en el financiamiento oscuro de las prácticas de la clase política y en el  notorio enriquecimiento económico de sus miembros y de la clase empresarial. Esta oscuridad está saliendo hoy a la luz y aparece ilustrada por la Argentina de los bolsos de dinero y de los registros de operaciones ilícitas, que eran de conocimiento de gran parte de la clase dirigente, pero  también incluye a la menos iluminada Argentina offshore, de la evasión y del endeudamiento masivo.
El resultado de ello ha sido la consolidación de una casta política y económica que sin duda atraviesa las diferentes administraciones y cuyos negocios son indiferentes al color político bajo el cual se presentan. Su contracara no es otra que la profundización de las desigualdades, que afecta a gran parte de las clases medias y las clases populares. Ciertamente, la acumulación de la riqueza en un grupo reducido de personas y de corporaciones nacionales y trasnacionales es un hecho que no sólo está ligado a las políticas económicas y sociales aplicadas, sino también a la corrupción, a la impunidad, a la falta de controles horizontales y verticales, a la ausencia de independencia de las instituciones del Estado.
El carácter organizado, sistemático y exponencial que adquirió la corrupción y el enriquecimiento personal durante la pasada administración, implica un saqueo de los recursos del Estado y se ha hecho visible de un modo tan abrumador, constituyéndose en un hecho político-institucional de tal magnitud, frente al cual no cabe ninguna excusa. No cabe la posibilidad de negar estos hechos a través de expresiones descalificadoras (“los cuadernos son meras fotocopias”) o simplemente minimizando su alcance como si todo esto fuera una “farsa”, pura persecución política o una cortina de humo para negar el carácter crecientemente excluyente de las políticas económicas del actual gobierno. No cabe tampoco disminuir los hechos de corrupción diciendo que la Justicia argentina o algunos de sus jueces no están preparados, forman parte de una trama de poder, o no están a la altura de tales acontecimientos. Las evidencias son ya múltiples y variadas.
A esto hay que agregar que  la sucesión vertiginosa de hechos relevantes que golpea a la sociedad argentina y el tratamiento de los mismos en los medios de comunicación dificulta la instalación de procesos transparentes, al estilo “mani pulite”. Existe la posibilidad de que, pese a la espectacularidad de las denuncias y las confesiones de los personajes involucrados, estos hechos de corrupción se diluyan de modo frustrante en el corto plazo,  como ya sucedió en el pasado. De este modo, cabe la posibilidad de que esto no conlleve el desmantelamiento de la trama histórico-estructural que lo sostiene, más allá de la visible cadena de responsabilidades políticas. Tampoco la tendencia a la unilateralidad en la información es garantía de imparcialidad. Dicho de otro modo, no es sólo el gobierno nacional anterior el que está claramente comprometido con la trama de la corrupción, aunque éste aparece como el que la ha perfeccionado como sistema a gran escala; también es necesario indagar sobre la participación de los gobiernos provinciales, municipales, de la ciudad de Buenos Aires, de los poderes legislativos y judiciales en todas las jurisdicciones, para desentrañar esas tramas de corrupción que desconocen de banderías políticas y atraviesan a la clase dirigente en el país.
En suma, el arraigo de una trama de corrupción de gran parte de la clase dirigente argentina, que desborda las diferencias políticas entre los partidos de gobierno, expresa el vínculo estructural entre corrupción y desigualdad, e ilustra asimismo el enorme daño –político, moral, económico, cultural- sobre el tejido social y la sociedad en su conjunto. Pensar la sociedad y la política argentinas desde un horizonte de igualdad y de mayor democracia exige desmantelar dicho vínculo, ir hasta el fondo de la corrupción como matriz que define prácticas políticas, económicas y sociales en sus diferentes ramificaciones.
2-La brecha democrática
Contrastando con lo anterior, la discusión por el derecho al aborto en la Argentina, representa un episodio positivo y extraordinario en la historia del país, en base al cual podemos, muy provisionalmente, derivar algunas primeras reflexiones.
El fracaso de nuestras instituciones representativas, y en particular el papel lamentable del Senado en el procesamiento de la ley de aborto, no solo exponen la magnitud de nuestra crisis política sino también reflejan la profundidad de la “brecha democrática” que se advierte en nuestro país. En términos democráticos, son dos los elementos que merecen destacarse. En primer lugar, llama la atención el extendido sentido de protagonismo democrático que la ciudadanía reclama. Asumimos, cada vez más, que todos los asuntos públicos relevantes y que afectan nuestras vidas son asuntos sobre los que estamos llamados a intervenir y decidir: desde la fijación de tarifas, hasta las problemáticas socio-ambientales, la discusión sobre la enseñanza religiosa en las escuelas públicas, o la más reciente ley del aborto. Asumimos, con razón y sin dudarlo, que se trata de temas que nos competen, y sobre los que nos toca decidir. Al mismo tiempo, esta firme y estable vocación por el “protagonismo democrático,” de gran parte de la sociedad se traduce en el valor de las discusiones habidas en el ámbito de la sociedad civil, pero también choca con el carácter extremo de la “exclusión democrática” puesta en juego por las instituciones construidas para procesar estos debates y demandas.
Los debates que se dieron en la sociedad, en torno al aborto, tuvieron un carácter excepcional. Prima facie, se pudo pensar que estábamos frente a un tema “imposible” –divisivo como pocos, en el marco de una sociedad políticamente polarizada, y en torno a cuestiones marcadas por la fe, las convicciones, y los prejuicios. A pesar de encontrarnos en un escenario que sólo prometía reafirmar la imposibilidad (o absurdidad) del debate democrático, lo cierto es que el debate se dio, y adquirió ribetes excepcionales: todas las personas que nos involucramos en el proceso aprendimos en el camino, reconocimos que la cuestión –aparentemente extrema y de “todo o nada”- era susceptible de matices y cambios, o precisamos nuestras posiciones iniciales. En breve, un éxito mayúsculo de la deliberación democrática.
En segundo lugar, más importante todavía es destacar que en este proceso se evidenció la magnitud de la brecha existente entre la vocación democrática de la ciudadanía y el carácter elitista y excluyente de nuestro sistema representativo y de nuestros representantes. El hecho es que nuestras instituciones, diseñadas por un pacto de elites en el siglo XIX, todavía permanecen sólidamente inmodificadas en su núcleo esencial: se trata de un marco institucional contra-mayoritario, elitista, y montado sobre supuestos de “desconfianza democrática”. Allí anida la contradicción esencial: la radicalidad de nuestras demandas de protagonismo democrático chocan hoy con el máximo deterioro de las cualidades representativas de nuestras instituciones de gobierno, y nuestro sistema de toma de decisiones (del cual la trama de corrupción es parte ineludible). La votación en el Senado (y las intervenciones de los senadores y las senadoras, incluso de muchos diputados y diputadas que votaron en contra del proyecto de ley, la impermeabilidad de éstos a los cambios y demandas sociales, en contraste con su permeabilidad a las presiones de grupos de poder reaccionarios e intimidantes, como así también la vetustez cuando no ignorancia que reflejaron sus posiciones) sólo evidenció de un modo especialmente notable, hasta la caricatura, la dimensión de la “brecha.” Claramente, para avanzar hacia un horizonte de mayor igualdad y participación democrática, este “corset” que hoy imponen nuestras instituciones a la común vocación democrática debe romperse aunque es incierto cuándo, cómo y con qué consecuencia es que irá a producirse dicha inevitable ruptura.
Por otro lado, conviene tomar nota sobre el significado e implicaciones posibles de las movilizaciones producidas alrededor de la discusión sobre la legalización del aborto. En esta gran movilización convergieron dos olas: la primera, representada por aquellas mujeres y colectivos feministas que desde décadas vienen luchando por la ampliación de derechos; la segunda, ilustrada por la flamante vitalidad antipatriarcal de las jóvenes, que a la lucha contra los femicidios y la violencia de género, sumaron el pañuelo verde por la legalización del aborto y la autonomía de los cuerpos. La primera ola, referida al movimiento social feminista, ha sido objeto de recurrentes estudios y debates: sabemos algo acerca de sus orígenes, su fuerza y su capacidad transformadora. Sobre la segunda, en cambio, es poco lo que sabemos, y mucho lo que todavía debemos aprender.
En buena medida, el colectivo integrado, en una parte relevante, por jóvenes en sus primeros años de adolescencia, mostró una espontaneidad y vitalidad únicas, y una presencia llamada a tener un protagonismo imprevisible en los tiempos por venir. No es fácil anclar a este movimiento en tradiciones de lucha construidas a lo largo de décadas. Emparentado con el “movimiento de los pingüinos” en Chile (muchos de cuyos líderes han asumido ya un papel protagónico en el Congreso chileno), o el más reciente movimiento de jóvenes contra la portación de armas, en los Estados Unidos, ligado también a los feminismos populares que se expanden en América Latina, el movimiento de los “pañuelos verdes” nos interpela, interroga y exige nuestra atención. La historia argentina contemporánea no reconoce otros fenómenos similares, salvo otro igualmente notable y de consecuencias profundas: las movilizaciones por los derechos humanos nacidas en las postrimerías de la dictadura.
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La Argentina continúa siendo un país de grandes contrastes. El escenario actual y el agravamiento de la crisis económica y financiera van delineando un preocupante proyecto de sociedad que conlleva no sólo una ampliación de las desigualdades sino un peligroso regreso a la polarización social. Desde el punto de vista económico, tal como dijimos en un documento anterior,[1]  no estamos frente a un ensayo novedoso y original: nuestra historia muestra recurrentes ciclos que van de la crisis de políticas de “expansionismo proteccionista” a la crisis de políticas de “aperturismo neoliberal”. En esa línea, el gobierno de Cambiemos resucita visiones y políticas cuya inconsistencia y fracaso se ha probado de modo acabado en el pasado, tanto aquí como en otras economías; políticas que llevan a mayores desigualdades distributivas, inconsistencias y desbalances macroeconómicos y que tarde o temprano terminan en crisis del sector externo, monetarias y fiscales.
Hasta hace poco tiempo, algunos analistas y políticos todavía apelaban a la tesis de la “herencia recibida” para justificar los frustrantes resultados económicos y sociales del actual gobierno. Casi tres años después, dichas coartadas están desgastadas. Basta señalar un ejemplo: el propio gobierno en su acuerdo con el FMI indica como uno de los principales detonantes y peligros de la actual crisis a los títulos de la deuda del Banco Central (Lebac); pues bien, la acumulación de esa deuda es resultado de las erradas políticas de este gobierno y no del anterior. La confusa y errática política cambiaria, la incapacidad de encarar reformas tributarias progresivas, la improvisación e irracionalidad de los recortes de gastos públicos, son sólo algunas evidencias de que gran parte de los actuales problemas económicos y sociales han sido generados por el propio gobierno de Cambiemos. 
Más allá de la complicada herencia económica recibida, la política económica y social de este gobierno está en el centro de la explicación de la persistencia de alta inflación, los aumentos imparables de tarifas, la caída del salario real, el aumento del desempleo, el desbalance creciente de las cuentas externas, el exponencial aumento del endeudamiento, el desfinanciamiento cada vez más preocupante de la educación pública, etc. Asimismo, el incremento de los indicadores de pobreza, desempleo y precariedad laboral, de las demandas de alimentos en los comedores y escuelas, dan cuenta de la ampliación de las brechas de la desigualdad y advierten sobre las tendencias hacia el aumento de las privaciones en los grupos sociales más desfavorecidos.
En diciembre próximo se cumplirán 35 años de vida institucional ininterrumpida en el país, período que trajo grandes transformaciones sociales, políticas y culturales. Al calor de los hechos recientes y con la mirada puesta en siete lustros de régimen democrático, necesitamos repensar los contrastes, entre la persistencia de la élite político-empresarial, cuya corrosión es ostensible, y la esperanza que genera la sociedad civil, organizada detrás de ideas-fuerza, con capacidad de canalizar demandas colectivas a través de promisorios procesos de discusión democrática. La irrupción de un nuevo movimiento social nos revela de modo notorio que la política es algo más que las reglas fijas del sistema institucional o los pactos de dominación existentes, pero también pone de manifiesto la fuerza y capacidad de dicha élite política para obstaculizar y obturar esas demandas.

Espacio Autónomo de Pensamiento Crítico

Roberto Gargarella, Rubén Lo Vuolo, Maristella Svampa, Beatriz Sarlo, Pablo Alabarces, Alicia Lissidini, Enrique Viale, Gabriela Massuh, Patricia Pintos, Silvina Ramírez, Horacio Tarcus.
http://espacioautonomodepensamientocritico.blogspot.com








[1] http://espacioautonomodepensamientocritico.blogspot.com/2018/05/hacia-una-caracterizacion-del-gobierno_11.html

30 ago 2018

Imprescriptibilidad de la corrupción: un viaje hacia lo lejano

https://www.infobae.com/sociedad/policiales/2018/08/29/la-camara-de-casacion-declaro-imprescriptibles-los-delitos-de-corrupcion/

La Cámara de Casación, integrada por los jueces Borinsky, Gemignani y Hornos, declaró imprescriptibles los delitos de corrupción. Anticipo ya: estamos MUY en contra del proyecto de Código Penal en el que Borinsky y otros han trabajado (muy mal en términos de aborto, punitivista, conservador).

Ahora bien, el tema de la imprescriptibilidad de la corrupción es otra cosa. Dos breves comentarios al respecto. Uno: la imprescriptibilidad de los crímenes de lesa humanidad es, también, un "invento," que no tiene base legal cierta. Que sea un "invento" colectivo (en la medida en que sea "democrático," y lo es más o menos), no está mal: nos permite dejar de lado la ilusión iusnaturalista de que los crímenes tales o cuales son "imprescriptibles" por derecho natural, porque lo dijo Dios, o porque está en la Biblia. No: se trata de una decisión humana, colectiva, que en todo caso puede ser justificable o no. Lo mismo con la imprescriptibilidad de otros crímenes aberrantes o que nos producen particular "horror", como la pedofilia o, en este caso, la corrupción: por qué no? Otra vez, se trata de un "invento", que tenemos que ver en todo caso si se justifica o no.

El segundo punto al respecto es el siguiente: tal vez nunca se lo miró bien, pero la redacción del art. 36 de la Constitución es bastante impresionante en la materia, y bastante explícito. En lo personal, yo no se si hubiera escrito un artículo así en la Constitución, pero el hecho es que tenemos este artículo, y su contenido en la materia es bastante contundente. Así que los Camaristas leyeron de un modo posible, y no irrazonable, la misma letra de la Constitución. Transcribo el texto del art. 36, con destaques:


Artículo 36.- Esta Constitución mantendrá su imperio aun cuando se interrumpiere su observancia por actos de fuerza contra el orden institucional y el sistema democrático. Estos actos serán insanablemente nulos. Sus autores serán pasibles de la sanción prevista en el Artículo 29, inhabilitados a perpetuidad para ocupar cargos públicos y excluidos de los beneficios del indulto y la conmutación de penas.

Tendrán las mismas sanciones quienes, como consecuencia de estos actos, usurparen funciones previstas para las autoridades de esta Constitución o las de las provincias, los que responderán civil y penalmente de sus actos. Las acciones respectivas serán imprescriptibles.

Todos los ciudadanos tienen el derecho de resistencia contra quienes ejecutaren los actos de fuerza enunciados en este artículo. Atentará asimismo contra el sistema democrático quien incurriere en grave delito doloso contra el Estado que conlleve enriquecimiento, quedando inhabilitado por el tiempo que las leyes determinen para ocupar cargos o empleos públicos. El Congreso sancionará una ley sobre ética pública para el ejercicio de la función.

Tomas y clases públicas

https://www.pagina12.com.ar/138761-tomas-y-clases-publicas-en-la-previa-de-la-marcha

Y mañana hacemos una clase pública en la F. de Derecho de la UBA, a las 18hs (organiza V. Donda), donde hablaremos sobre el sistema judicial.

26 ago 2018

Las bases morales del igualitarismo

Publicado en Nueva Sociedad
http://nuso.org/autor/roberto-gargarella/

Va el artículo completo, que pretende dar una discusión que entiendo es relevante en momentos en que tantos siguen hablando de los problemas de corrupción como "preocupaciones pequeño-burguesas", y consideran que es perfectamente compatible tener conductas personales corruptas, y llevar adelante programas igualitarios. 
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«Si eres igualitario, cómo puedes ser tan rico»
Las bases morales del igualitarismo


Roberto Gargarella

En este escrito, quiero reivindicar a la ética personal igualitaria como condición necesaria, aunque no suficiente, de un programa igualitario: ningún programa puede (merece) ser considerado igualitario en ausencia de ese componente ético. En términos teóricos, me interesa mostrar que dicha convicción reconoce raíces muy profundas dentro del pensamiento igualitario. Para ello, haré un largo rodeo inicial, a través del cual revisaré brevemente parte del pensamiento socialista contemporáneo, el feminismo radical y la antigua tradición política republicana. Mostraré entonces la importancia y centralidad de aquella idea conforme a la cual la igualdad y la justicia requieren no solo de iniciativas políticas y económicas igualitarias, sino también de ciertas cualidades de carácter, más específicamente, disposiciones morales igualitarias orientadas a honrar y sostener ese proyecto igualitario conjunto. Finalmente, como veremos, «lo personal es político». 

Esa larga reflexión teórica será, de todos modos, la antesala de unas conclusiones «prácticas» en las que procuraré mostrar –con la ayuda de ejemplos provenientes de la política latinoamericana contemporánea– la elevada correlación y la fuerte imbricación (causal) existente, entre políticas corruptas y políticas no igualitarias. Me ocuparé de subrayar la importancia de estas conclusiones, en particular, a la luz de un discurso político que llegó a tornarse predominante en la región, y que pretendió minimizar o desdeñar toda preocupación efectiva por la corrupción –personal y grupal. Ello, como si fuera posible o imaginable derivar políticas sociales igualitarias de conductas personales fuertemente motivadas por el autointerés, u orientadas decisivamente en dirección del propio beneficio.

La justicia y la igualdad en debate

Uno de los últimos grandes debates de la filosofía política contemporánea fue el que protagonizaron el pensador igualitario John Rawls, y el marxista oxoniense Gerald Cohen. La crítica presentada por Cohen impactaría sobre su objeto de estudio como pocas otras, luego de casi 50 años de discusión en torno a la casi mítica Teoría de la Justicia de Rawls .1 Cohen puso el foco de su objeción en el lugar marginal que reservara la teoría de Rawls a la ética personal –en sus términos, al ethos particular requerido por una concepción igualitaria de la política–. Y es que, en efecto, y luego de un comienzo más ambicioso –el estudio de una teoría de la justicia, digámoslo así, «todo a lo largo»– Rawls pasó a concentrar su trabajo en los específicos principios de justicia que deberían organizar las bases de una sociedad justa. La Teoría de la justicia, entonces, fija ciertos principios de justicia destinados a gobernar la estructura básica de la sociedad (sus normas constitucionales fundamentales, su esquema económico), dejando de ese modo a salvo a la vida privada de cada uno. Para ejemplificar lo dicho de un modo sencillo: si una sociedad justa define unos niveles de impuestos extraordinariamente altos –capaces de absorber, pongamos, un 90% del salario de cada habitante– y el sujeto en cuestión los paga disciplinadamente a la vez que no viola ninguno de los preceptos de la convivencia que define el derecho (i.e., no matar, no robar, etc.), luego, esa persona cumple con sus deberes cívicos fundamentales. Un Estado justo no puede, entonces, exigirle a ese individuo, además, que se comporte de determinada manera –supongamos, conforme a los ideales de perfección humana que algunas autoridades públicas pudieran querer imponerle (i.e., que participe activamente en política; que realice actividades solidarias: que tenga una vida pública ejemplar y austera; etc.)–. Ese Estado justo pretende ser, en materia de moral personal, liberal, antes que confesional o perfeccionista. El Estado justo, para Rawls, no solo asegura la justicia social, sino que procura preservar y hacer respetar la autonomía de las personas. En este sentido, se trata de un Estado social igualitario, y a la vez liberal en términos de moral individual.

Frente a dicho cuadro, Cohen vino a argumentar que la consistencia con los principios de justicia definidos por Rawls –y que él podía aceptar–2  requería de conductas personales particulares dirigidas a sostener aquellos principios de justicia. En ausencia de tales compromisos personales, los principios de justicia no podían autosostenerse. Esta línea de reflexión se encuentra en su principal libro de críticas a Rawls –Rescuing Justice and Equality 3– pero ya se encontraba anticipada en su trabajo, tan irónico como agudo, If you are an egalitarian, how como you are so rich .4 Desde el propio título de la obra ya se advertía el punto de fondo: para ser un igualitario y cumplir con los deberes públicos de justicia, no bastaba con asumir ciertas obligaciones cívicas tan formales como fundamentales, tales como la de pagar impuestos o no violar el Código Penal. Se requería asumir cierto tipo de comportamiento personal igualitario, destinado a reflejarse en actitudes constantes y cotidianas.

«Lo personal es político»

Despreocupado acerca de las vinculaciones de su lectura sobre la justicia con otras corrientes de pensamiento vigentes en su época, Cohen no exploró los puentes existentes entre su crítica a Rawls y la tradición política republicana y apenas hizo referencia del contacto existente entre sus estudios y el feminismo. En particular, las objeciones presentadas por Cohen, frente a Rawls, pueden resumirse en el apotegma feminista «lo personal es político», el mismo que pasaría a caracterizar a la «segunda generación feminista» (la primera era la que había peleado por el sufragio femenino), desde que Carol Hanisch publicara un texto con ese título en 1969 .5

El feminismo «radical» de entonces –y como lo haría Cohen, bastante después– avanzó dicha idea, ante todo, como un modo de recuperar el carácter político de las conductas personales. Ello, como crítica a una visión liberal tradicional que, en parte, pudo ser la propia teoría de Rawls en sus comienzos (de hecho, frente a las críticas feministas, Rawls terminaría modificando parte de la presentación de su teoría en Liberalismo político , que publicara en 1991, es decir 20 años después de su libro original). La idea feminista acerca de «lo personal» como «político»6 venía a criticar la distinción, muy habitual en el pensamiento liberal, entre la «esfera privada» y la «esfera público».

Originariamente, y de modo razonable, el liberalismo había querido decir –como vimos– que el Estado debía respetar las elecciones personales de cada uno, y que por tanto no debía tratar de imponer a nadie una «concepción del bien» oficial o preferida por el gobierno de turno: cada uno debía ser libre de vivir su vida privada como quisiera sin importar si la persona en cuestión se convertía luego en un ser culto, en un profesional, o en alguien dedicado al puro ocio o a la bebida: cada uno debía hacerse responsable de su propia vida y vivir conforme según sus propias elecciones. En los orígenes del constitucionalismo, Thomas Jefferson había defendido una postura semejante, al hablar de la importancia de erigir un «muro de separación» entre el Estado y la Iglesia. Lo que quería decir Jefferson es que la Iglesia no debía usar su influencia, y a partir de dicha influencia, eventualmente, la fuerza del poder estatal, para imponer determinadas convicciones religiosas a quienes sostuvieran otras opuestas, o ninguna. 

El problema con la posición liberal fue que muchos no entendieron que la misma se basaba en la idea (propia de John Stuart Mill) acerca del «no-daño a terceros», y consideraron que lo que el liberalismo hacía era, en verdad, defender la autonomía de lo «privado» (entendido ahora, por ejemplo, como «lo que ocurriera al interior del hogar») autorizando así –en los hechos– la opresión de género, la violación marital, la violencia masculina, etc. 7. El feminismo salió a criticar, entonces, al liberalismo que distinguía entre lo «privado» y lo «público» para reivindicar la politización de las relaciones personales, y dar fundamento a la crítica de las costumbres y los valores familiares, cultivados en el interior del hogar. Si había discriminación o desigualdad o daño a las mujeres, aún «puertas adentro» de la propia casa, se trataba de un problema público, que debía ser abordado y puesto a término por el Estado. El Estado no podía mantenerse indiferente, entonces, a ciertas conductas personales.

La tradición republicana: el capitalismo y la corrosión del carácter
El énfasis especial en las conductas personales, tanto como la defensa de una idea fuerte de la igualdad, no nació, por supuesto, ni con el trabajo reciente de Cohen, ni tampoco en los años 60 con el advenimiento del feminismo radical. Lo que aquí está en juego es una particular y centenaria aproximación a la filosofía política, que fuera propia de la tradición republicana .8

El republicanismo –ya en su mayoría de edad– es una concepción teórica que reconoce versiones muy diferentes, pero hay algunos elementos que pueden considerarse propios del «núcleo duro» del republicanismo. A ese núcleo duro lo definiría haciendo referencia a una preocupación igualitaria que podía expresarse, de modo especial, en instituciones políticas abiertas a –e inductoras de– la participación popular, a una organización económica destinada a consolidar la igualdad, y también –y esto es lo que nos importa en este artículo– a ciertos rasgos de carácter o disposiciones morales a los que tradicionalmente se ha definido con la noción de virtudes cívicas. De hecho, podría decirse, si hay un rasgo dominante en todos los enfoques republicanos que conocemos, es ese acento en las virtudes cívicas que deben ser propias de una comunidad republicana. Las virtudes ciudadanas fundamentales fueron entendidas de modo distinto en distinto tiempo, pero ellas giraron, muy habitualmente, en torno a la participación política, la solidaridad, el compromiso con los asuntos comunes, etc.

Sostener una política de las virtudes implicó afirmar –contra el liberalismo– que el Estado no puede ser neutral en materia de concepciones del bien. Otra vez, y como en los casos anteriores, la idea fue que los compromisos personales resultaban un componente indispensable de las políticas y prácticas igualitarias –y no irrelevantes, o triviales, o indiferentes–. Para autores como Jean-Jacques Rousseau, en particular, tanto como para el republicanismo en general, eran al menos tres las condiciones de posibilidad necesarias para el tipo de sociedad ideal a la que aspiraban: un sistema político-institucional favorable a la participación política; un sistema económico igualitario; y una ciudadanía dotada de ciertas virtudes cívicas necesarias para la vida en común .9 Sin este último elemento, se asumía, todo el resto del andamiaje no iba a tornarse posible, al menos de un modo estable en el tiempo. En la expresión del antifederalista George Mason –figura destacada en los tiempos fundacionales del constitucionalismo norteamericano– «las virtudes» conformaban «el principio vital de una república», ellas requerían «la frugalidad, la probidad y la moral estricta» y se contraponían a la «venalidad y la corrupción que inevitablemente predominaban en las grandes ciudades comerciales» .10

Los dichos de Mason son interesantes porque reflejan bien criterios considerados esenciales por el republicanismo de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX; es decir, también, durante tiempos de cambio económico estructural. Muchos se preguntaron entonces acerca del modelo de organización económica a seguir, y fue allí que los republicanos propusieron reflexionar sobre el tema teniendo en cuenta, sobre todo, en el impacto moral que pudiera tener cualquier elección económica en relación con el carácter y comportamiento de las personas. Para el republicanismo de la época, resultaba obvio que la opción por un modelo de desarrollo basado en el comercio era indeseable, por el modo en que el mismo iba a favorecer los comportamientos autointeresados, insolidarios, competitivos –finalmente, la corrupción política–. De allí que fuera común, en los republicanos de la época, la producción de «escritos agrarios», destinados a defender una organización social que, se esperaba, iba a resultar más afín al desarrollo de conductas cooperativas y sociales. Piénsese, por caso, en los trabajos que tanto Thomas Paine como Jefferson escribieran en la materia .11 Para ambos, la promesa de un crecimiento económico basado en el comercio solo parecía conducente al desarrollo de comportamientos individualistas y apolíticos. Por el contrario, la utopía republicana de los «40 acres y una mula» se vinculaba con una forma de organización material amigable con (y funcional a) los valores del republicanismo. 

Como dijera, más de dos siglos después, el filósofo político Michael Sandel, solo una organización económica más igualitaria –afín al socialismo– podía generar las «cualidades de carácter» y «disposiciones morales» necesarias para hacer posible una política republicana. De allí la necesidad (del Estado) de «cultivar la virtud», asumiendo los riesgos propios de dicha delicada tarea .12 De manera similar, el citado Gerald Cohen (sin conocer o reconocer de qué modo sus dichos retomaban las bases del discurso republicano), sostendría también que el modelo comercial-capitalista resultaba indeseable, sobre todo, por su impacto negativo en el carácter de las personas: el capitalismo, a diferencia del socialismo, alimentaba dos rasgos de comportamiento repudiables: la ambición de obtenerlo todo y el miedo de todo perderlo.

Ética personal igualitaria y corrupción: de la teoría a la práctica

Muchos de los criterios examinados en las páginas anteriores nos ayudan a reconocer las líneas maestras de cierta crítica republicana, feminista y socialista frente a posturas rivales –en particular, el liberalismo–. Vimos entonces de qué modo el foco sobre las conductas personales o (en cierta medida, su contracara) la crítica a la corrupción propia de las sociedades comerciales, compuestas por individuos egoístas o desinteresados por la vida común, venía a contrarrestar ciertos supuestos fundamentales del liberalismo: la pretensión de erigir un «muro de separación» entre el Estado y los individuos; la obsesión por establecer una distinción tajante entre las esferas de lo «privado» y lo «público»; la determinación de asegurar un Estado «neutral», imposibilitado de fomentar una concepción particular del bien.

Tales batallas teóricas resultan de una importancia extraordinaria, muy en particular si somos capaces de reconocer de qué modo ellas no se limitan a fijar ciertas pautas abstractas y ajenas al mundo «real», sino que nos interpelan directamente en nuestro acercamiento a la práctica política concreta de nuestros países. En lo que sigue, voy a ofrecer una lista –no exhaustiva– de las implicaciones políticas que pueden tener los criterios teóricos recién examinados. Me interesará subrayar, en particular, de qué modo el igualitarismo necesita –para tener lugar primero, y luego para estabilizarse-– de disposiciones morales igualitarias, de una cierta ética personal que va más allá de las reformas políticas y económicas igualitarias que, ocasionalmente, puedan impulsarse. Sin asumir que tales políticas hayan tenido lugar en las últimas décadas (en lo personal, estoy convencido de que no es el igualitarismo lo que ha prevalecido en nuestra región), me preocupará decir que las iniciativas (reales o en apariencia) igualitarias adoptadas, en todo caso, estaban condenadas a muerte, desde un comienzo, en razón del radical descuido o desdén que los líderes políticos de nuestro tiempo mostraron respecto de la necesidad de expresar, cultivar y fomentar una ética personal igualitaria. Este análisis puede ayudarnos, en particular, a confrontar un discurso que resultó por demás frecuente en ciertos círculos académicos que –tal vez frente a la voluntad de defender a gobiernos, políticas o líderes políticos particulares involucrados con actividades sabidamente inmorales o ilegales– se propuso trivializar, desconocer o directamente ridiculizar (como «pequeño-burguesa») toda objeción a las prácticas por ellos favorecidas, si es que las objeciones del caso incluían referencias sobre el carácter corrupto de las mismas.

Motivaciones. Primero, el sostén de políticas igualitarias –siempre, pero muy en particular cuando aquellas no resultan dominantes o, peor aún, cuando las mismas no se han estabilizado– requiere de motivaciones y compromisos personales muy fuertes por parte de quienes las impulsan (y, sin duda también, de parte de quienes van a verse, positivamente o no, afectados por ellas). Las inercias en la dirección contraria (es decir, en dirección del favorecimiento personal; la corrupción; la toma de ventajas indebidas) son tan poderosas  que, sin convicciones personales muy asentadas, no es dable esperar que la dirigencia política sostenga (mucho menos por mucho tiempo) prácticas que tienden a ir a contramarcha de los mecanismos institucionales y el sistema de incentivos prevaleciente. El riesgo, entonces, es que el líder de turno que convive –tal vez a su pesar– con prácticas corruptas, termina siendo devorado por ellas. Tal vez el ejemplo del gobierno de Dilma Rousseff resulte ilustrativo de lo dicho (pongámoslo así, una dirigente en apariencia muy honesta que, tal vez a su pesar –y por las «necesidades de la gobernabilidad»– termina conviviendo con una serie de prácticas corruptas que finalmente contribuyen a deslegitimar a su gobierno, facilitando de ese modo su caída, un hecho paradójico si la corrupción era tolerada en nombre de la gobernabilidad perdida. 

Si eres igualitario, ¿cómo es que eres tan rico? En línea con lo sostenido en el parágrafo anterior, las cosas resultan más gravosas cuando el líder político de turno no solo no está profundamente convencido de, y comprometido con, el valor del igualitarismo, sino que no actúa, en lo personal, conforme al sistema de valores propios del igualitarismo que predica o pretende poner en práctica. Para citar algunos casos conocidos: si dicho líder político, por ejemplo, es millonario (como el actual presidente Mauricio Macri), o se convierte en millonario a través de la política (como el ex presidente Carlos Menem); o predica la necesidad de convertirse en millonario, como condición necesaria para hacer política (como el ex presidente Néstor Kirchner), luego, las posibilidades de que desde dicha administración impulsen políticas igualitarias deben reconocerse como muy extrañas (contra la absurda idea difundida a veces, de modo intencionado, acerca de que «como el dirigente X ya es millonario, entonces ya no necesita del dinero»). Piénsese, como ejemplo, en casos como el de Luiz Inácio Lula da Silva: por diversas razones, buenas o malas, el ex presidente brasileño estableció, en los últimos años, estrechos vínculos con buena parte del empresariado de su país: socializó con ellos, los visitó más que a los círculos obreros a los que antes frecuentaba, trabó amistad con muchos de ellos. Los resultados esperables de tales «tejidos de red» con el empresariado corrupto (como el que ilustra el caso citado), particularmente en contextos no-igualitarios como los latinoamericanos son muy preocupantes. En primer lugar, el líder de turno pierde motivación de llevar adelante políticas radicales o de avanzada. Más bien, tiende a distanciarse de las políticas más igualitarias de su plataforma (cuya sola posibilidad genera duras y constantes críticas al interior de su nuevo círculo). Por otro lado, tiende a asumir compromisos nuevos compromisos con el empresariado, que le promete dinero, poder o la estabilidad que considera amenazada (tal vez, por la conflictividad social que surge de la no-satisfacción de las demandas de los más postergados). Finalmente, el líder en cuestión comienza a reconocer como necesarias o plausibles las políticas o propuestas que recibe de su nuevo círculo. El ejemplo de Brasil, otra vez, resulta demasiado evidente. No por políticas económicas adoptadas por el gobierno del Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil, que reflejaba las inquietudes del empresariado conservador, sino también por la designación, en los círculos decisorios del gobierno, de personal proveniente de ese círculo empresarial (el caso más notable es el del actual presidente Michel Temer –figura paradigmática del empresariado corrupto brasileño– que el propio PT colocara en, su momento, en la vice-presidencia de la república.

Funcionarios públicos que devienen corruptos. Las posibilidades del igualitarismo resultan todavía más radicalmente afectadas, por supuesto, si lo que tenemos frente a nosotros no es, simplemente, un líder que predica un igualitarismo en el que no cree o que no practica sino –mucho peor– un líder que desmiente cotidianamente ese igualitarismo, a través de prácticas corruptas. En los últimos años, fueron muchos los que descalificaron las críticas a gobiernos en los que creían, por ser críticas que incluían, en su «núcleo duro», objeciones al carácter corrupto de tales administraciones. Muchos sostuvieron entonces que tales críticas pretendían «en verdad» atacar las iniciativas sociales que dichos gobiernos («progresistas») habían impulsado o decían impulsar. Sin lugar a dudas, dichas críticas provinieron de los lugares más diversos, y tuvieron motivaciones también diferentes (incluyendo, por supuesto, la pretensión de criticar el carácter social de ciertas políticas, a través la «excusa» de la corrupción). Pero nada de ello debería privarnos de subrayar el punto que aquí venimos destacando: es muy difícil que un gobierno corrupto avance políticas igualitarias –mucho menos de forma amplia, profunda y consistente en el tiempo–. Otra vez, las razones son múltiples, pero ellas incluyen algunas como la siguiente: un gobierno corrupto necesita «cubrirse» de las posibles delaciones o denuncias que dejen en evidencia las prácticas ilegales e inmorales que auspicia o en las que está comprometido. Y para ello lo habitual es que termine extendiendo (o radicalizando) la corrupción ya generada hacia buena parte de las instituciones restantes: corrupción en los órganos de investigación, en los servicios de inteligencia, en las distintas esferas de la justicia, en el resto de la clase política (i.e, el Mensalão en Brasil ).13 La corrupción, entonces, pasa a ser un medio indispensable y generalizado, para tornar posible y convertir en estable al esquema de corrupción existente, al que busca preservarse. 

Credibilidad y posibilidad. Las políticas igualitarias requieren de un sostén social amplio y profundo. Como sostuviera el filósofo canadiense Charles Taylor, tales políticas no pueden ganar estabilidad cuando una parte significativa de la sociedad ve a las mismas como injustas porque «solo ellos pierden»; o cuando advierte que los esfuerzos exigidos se distribuyen de modo muy inequitativo .14 Lo que resulta esperable, en casos tales, es que los que se vean afectados comiencen a retirar el apoyo al gobierno de turno, o pasen a desafiarlo directamente, impugnando las políticas que son vistas como injustas. Ello es lo que tiende a ocurrir, por ejemplo, cuando una buena parte de la sociedad ya no emplea los servicios de salud o educación comunes porque tales bienes compartidos se han privatizado y ellos obtienen esos servicios de calidad pagando de su propio bolsillo: ¿por qué, entonces, van a tener que pagar por los servicios (públicos) que recibe el resto? ¿No será que estos («holgazanes») se «aprovechan» indebidamente del esfuerzo que hacen quienes «sí pagan por lo suyo»? En definitiva, si las autoridades en cuestión no actúan de modo igualitario (i.e., usando, ellos y sus familias, servicios de salud o educación privados), sus políticas y discursos igualitarios no van a resultar creíbles, a la vez que, socialmente, van a tornarse más inestables o más difíciles de concretar. Parafraseando a Rousseau: la «voluntad general» no puede constituirse dentro de un contexto marcado por la desigualdad, ya que lo que va a tender a primar allí son «voluntades fragmentadas», probablemente en conflicto entre sí.

Fractura de la confianza. En casos como los citados en el parágrafo anterior (i.e., políticos que se involucran en actividades corruptas, inmorales o ilegales), y conforme a la gravedad o frecuencia de los comportamiento de que se trate, puede producirse una «fractura de confianza» hacia el político o gobierno de turno. Dicha fractura puede tener efectos inmediatos, o también dilatados –cuando la sociedad acepta o tolera comportamientos ilegales o inmorales de los que está en conocimiento, pero (a la luz de las pocas herramientas políticas de que dispone) privilegia mantener el apoyo a lo actual, hasta que sigue obteniendo beneficios significativos–. Durante el gobierno de Carlos Menem en Argentina, muchos electores mantuvieron su voto oficialista, a pesar de que sabían o intuían que el mismo era un gobierno enormemente corrupto, posiblemente en razón de los beneficios generados por el plan antiinflacionario o de estabilización monetario aplicado entonces. Algo similar, aunque por otras razones, ocurrió durante el reinado de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, y actos tan atroces como los ejemplificados por la destrucción (literal) del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC). En ambos casos, sin embargo, y de modo consistente con lo que aquí hemos expuesto, la sociedad pudo aceptar, aunque finalmente nunca olvidó las faltas graves cometidas, a su tiempo, por el gobierno: buena parte de la sociedad advertía que se trataba de hechos serios e injustificables, aunque ocasionalmente pudiera convivir con ellas. Tales inconductas –que los gobiernos del caso entendieron, con satisfacción, que la sociedad perdonaba– habían producido ya una «fractura de confianza» hacia la administración de turno. La sociedad solamente dilató el «cobro» de tales reclamos: en el momento en que los beneficios obtenidos se vieron afectados de modo (subjetivamente) relevante, la comunidad sancionó demoledoramente a sus representantes. 15 Las quejas no habían desaparecido en absoluto: simplemente se habían postergado.


[1] J. Rawls: Teoría de la justicia FCE, Ciudad de México, 1995 [1971].
[2] El primer principio es sobre el respeto de las libertades personales; el segundo, el que establecía que las únicas desigualdades justificables eran las dirigidas a mejorar la suerte de los más desaventajados.
[3] Harvard U.P., 2008.
[4] G. Cohen: Si eres igualitarista, ¿cómo es que eres tan rico?, Paidos, Barcelona, 2001.

[5] J. Rawls: Liberalismo político, FCE, Ciudad de México, 1996.
[7] J. S. Mill: Sobre la libertad, Tecnos, Madrid, 2008.
[8] R. Gargarella: Las teorías de la justicia después de Rawls, Paidós, Barcelona, 1999; Philip Pettit: Republicanism: A Theory of Freedom and Government, Oxford: Oxford University Press, Oxford, 1997; Quentin Skinner: «Machiavelli on the Maintenance of Liberty», en Politics Vo. 18, Nº 1983; Q. Skinner: «The idea of Negative Liberty: Philosophical and Historical Perspectives», en Richard Rorty, J.B. Schneewind y Quentin Skinner (comps.): Philosophy in History, Cambridge University Press, Cambridge, 1984; Q. Skinner: «The Republican Ideal of Political Liberty», en G.Bock, Q. Skinner, M. Viroli (eds): Machiavelli and Republicanism, Cambridge: Cambridge University Press, 1990; Skinner, Q. (1998), Liberty Before Liberalism, Cambridge: Cambridge University Press.



[9] Juan Jacobo Rousseau: El contrato social, Unam, Ciudad de México, 1984.
[10] Herbet J. Storing: The Complete anti-Federalist, Chicago: The University of Chicago Press, Chicago, 1981; H. J. Storing: What the anti-Federalists were for, The University of Chicago Press, Chicago, 1981.

[11] Thomas Paine: Political Writings, ed. B. Kucklick, Cambirdge University Press, Cambridge, 1989, Thomas Jefferson: Political Writings, Cambridge University Press, Cambridge, 1999.
[12] Michael J. Sandel: Democracy’s Discont. America in Search of a Public Philosophy, Harvard University Press, Cambridge, 1996.

[13] El término, «gran mensualidad», hace referencia al escándalo por la «compra» de votos en el Parlamento brasileño revelado en 2005.
[14] Charles Taylor: «Cross-Purposes: The Liberal-Communitarian Debate» en Nancy L. Rosenblum (ed.): Liberalism and the Moral Life, Harvard University Press, Cambridge, 1989.

[15] Valdría la pena reflexionar aquí sobre la imposibilidad y el carácter paradójico que tendría el “actuar de modo principista por razones estratégicas”.

Seminario sobre “Constitucionalismo revolucionario”. Reporte final/ El cierre

La clausura del seminario sobre el nuevo libro de Ackerman queda a cargo del propio autor. Don Bruce se ha mantenido callado buena parte del encuentro, reservando su palabra para los 4 minutos finales de cada panel (y fueron 7), y salvo por su acalorada disputa con Arato (ver aparte), dijo muy poco hasta ahora. Hay cierta expectativa sobre lo que dirá. Sabemos que leyó todos los trabajos de réplica (y fueron 21), y que hizo comentarios para todos. Sin embargo, Ackerman parece estar en tensión interna, entre atenerse a los comentarios que escribió, o responder a lo que escuchó durante las 21 presentaciones. Se decide por esto último pero lo hace mal. Su presentación es inarticulada al extremo, va y viene entre temas diversos y cuesta seguirlo. En parte la excitación del cierre, en parte por la duda sobre cómo proceder, en parte procurando dar cuenta de errores descriptivos y críticas que –lo deja ver- reconoce como certeras, en parte –cabe admitirlo- porque está llegando al final de su tremendamente exitosa carrera, se queda –nos deja- con una presentación/defensa muy deficiente. En un punto no sabemos qué dice. Una pena.

(En la foto se ve a los expositores Gardbaum, Markovitz, mientras habla D. Grimm, de espaldas)


Seminario sobre “Constitucionalismo revolucionario”. Reporte 6 /Neil Walker



Ninguno me cae tan bien, en el seminario, como Neil Walker. Escocés de Glasgow, profesor en Edimburgo, lo conocí hace unos años cuando fui invitado a dar una charla en el seminario que él dirige, heredero del que durante décadas coordinara Neil McCormick. Amable, abierto, lúcido, pelirrojo, inquieto, es un resumen de lo mejor de Escocia, que ya es mucho decir. Fanático de Italia (estuvo viviendo 7 años en Florencia, mientras trabajaba en el notable “Instituto” florentino), es también un apasionado del fútbol (estuvimos largo rato solazándonos con anécdotas de Marcelo Bielsa, recordamos el inolvidable gol de Archie Gemmil en el Mundial 78, y contando historias de amor sobre los escoceses que visitaron Córdoba, donde entrenaba la selección escocesa). Amigo de otros buenos amigos (Antony Duff); conocedor de la obra de Carlos Nino; políticamente comprometido, como McCormick, se lo ve activo simpatizante –como lo era aquel- del movimiento independentista escocés. Pidió, además, por más “aplicaciones” de argentinos hacia su Universidad (que hoy, luego de F. Atria, viene recibiendo a una importante colonia de colegas y amigos chilenos) Una joya en el norte de Europa.

Seminario sobre “Constitucionalismo revolucionario”. Reporte 5/La pelea



Bruce Ackerman y Andrew Arato tienen puntos de vista diferentes sobre muchos temas, tanto en lo descriptivo como en lo normativo. Por lo que aquí se vio, y en términos descriptivos, difieren sobre todo en cuanto a cómo entender lo ocurrido en los procesos constitucionales en Europa del Este (Polonia, Hungría) y Asia (Irán, Irak). Y difieren, en términos normativos, en cuanto a cómo evaluar esos procesos, y cómo concebir caminos de salida frente a las dificultades políticas que todos reconocemos. Por ejemplo, Arato en un severo crítico del presidencialismo y la concentración del poder (“tengo alergia a los líderes y los héroes” –le citamos ya), mientras que Ackerman, según admitió, pasó de una crítica (Linziana/Liphartiana) al presidencialismo, a una defensa calificada de él, para evitar situaciones de anarquía, como en Medio Oriente. En un momento del seminario, sobre el comienzo, comienzan a hacer explícitas sus diferencias. Ackerman levanta la voz, y Arato es especialista en enojos (sus peleas con el/en el mundo académico son míticas). Se empiezan a gritar, y todos nos tomamos la cabeza. No sabemos en qué va a terminar esto. Ackerman le espeta entonces: “lo entenderías si hubieras leído mi capítulo”. Y Arato, rápido de reflejos (y ante el hecho cierto de los numerosos borradores de su libro enviados por Ackerman, antes del encuentro), le responde, también a los gritos: “Claro que lo leí. Tal vez sea otra nueva versión de tu manuscrito”. Cae la bomba y quedamos todos con el aliento contenido: puede ocurrir lo peor. Pero un milagro ocurre, y advirtiendo la escena, ambos guardan las armas, y se bajan de la discusión.


(la foto es de unos instantes después de la pelea. se ve en los sillones, sentados, a Bruce A. a la derecha, y a Arato, sentado en el de la izquierda. más atrás se los ve a P. Kahn y a N. Walker, y de espaldas, D. Grimm)

25 ago 2018

Kemelmajer: es más importante que devuelvan la plata que ponerlos presos

https://www.mdzol.com/nota/811147-kemelmajer-necesitamos-que-la-plata-vuelva/

La magistrada mendocina Aída Kemelmajer de Carlucci se refirió a los cuadernos de la corrupción y le puso un paño frío a las expectativas que está generando el caso en la opinión pública y aconsejó revisar la experiencia italiana sobre leyes de arrepentidos y de cómo afrontar desde la justicia los casos de corrupción.

 "Ellos (los italianos) tienen una ley anti mafia. Es cuestión de copiarles la ley. No digo copiar tal cual. Otros países ya han pasado por esto y han encontrado respuestas. Veamos de la ley antimafia italiana, qué funciono y qué no. Si no estudiamos y creemos que los argentinos somos los únicos desgraciados, las cosas no funcionan", expresó la magistrada y dijo que el caso de los cuadernos le recuerda al del Mani Pulite (manos limpias) italiano. "En Italia, muchos empresarios estuvieron presos pero por poco tiempo, y al final hubo pocas condenas frente a todo lo que significó ese proceso. No es bueno generar en la población expectativas de que ahora todo el mundo va a ir preso. Después las cosas no son así de fáciles".

En los 90, la investigación "manos limpias" (mani pulite), dirigida inicialmente por la Procuradoría de la República de Milán y posteriormente extendida en toda la península, se desarrolló en un contexto político de corrupción, extorsión y financiación ilegal de los partidos políticos de Italia. En este caso hubo ministros, diputados, senadores, empresarios e incluso los expresidentes del Consejo involucrados.

Por otra parte, la mendocina sostuvo que "no hay que creer que si la causa no va por el lado de la asociación ilícita que todo irá al fracaso" y consideró que lo más importante es que aparezca el dinero:

"Si es cierto que hablamos de tanta millonada de dólares, es más importante que devuelvan toda la plata que ponerlos presos. Y lograr que los inhabiliten para ejercer cargos públicos y la contratación pública. Requiere un cambio de mirada de parte de todos. Es una desgracia creer que cuando fracasa el derecho penal fracasa todo el derecho. Hay otras variantes antes que meter a la gente en la cárcel. Necesitamos que la plata vuelva y se destine a la educación, seguridad, salud... ", completó. 

Seminario sobre "Constitucionalismo revolucionario". Reporte 4. Gardbaum/México

S. Gardbaum desafió la visión de Ackerman, diciendo que la teoría de éste no reconocía la presencia de revoluciones-constitucionales no-carismáticas, carentes de los Washington, Mandela, Ben Gurion, Gandhi que caracterizan a la reconstrucción que ofrece Ackerman. Como diría Arato: "por favor, sin héroes ni grandes líderes, les tengo alergia." Lo curioso es que para dar su caso de revolución que termina en Constitución sin líderes carismáticos, Gardbaum usó el ejemplo de México, al que mostró conocer con algún detalle. Dijo entonces que ahí no evolucionó el proceso (como predice Ackerman) hacia la "normalización de la revolución," vía judicial review, en parte porque no había una clase de "founding fathers" a los que venerar. Supongo que se equivoca, entiendo que largamente sí existe en México una galería de "padres fundadores venerados, como mínimo a través de la generación dorada de Benito Juárez, Melchor Ocampo, Álvarez y cía. Pero en todo caso, el punto nos lleva más lejos: las variaciones de casos que hay, y la torpeza de las herramientas que están siendo usadas, para aprehender y clasificar esas variaciones. En América Latina, típicamente, hubo "muchas revoluciones, muchas Constituciones," y todas acumuladas unas sobre otras (de allí que no haya, como en Estados Unidos, "un" proceso revolucionario que venerar). El problema muestra también el sesgo "norteamericano" de la visión de Ackerman, que aparece leyendo la historia constitucional moderna, con los ojos puestos en el proceso de su país.

Seminario sobre "Constitucionalismo revolucionario." Reporte 3/ Ackerman

Al final, hablo del seminario sobre el libro de B.Ackerman, pero no digo nada del libro, así que ahí van unas primeras notas. Se trata del primer volumen de -en la promesa- tres en total. Ackerman se explaya, en su proyecto, sobre tres caminos principales del constitucionalismo. En el primer caso -objeto de este primer volumen- se refiere a las Constituciones que emergen de procesos revolucionarios. En el segundo se ocupará de Constituciones que emergen de "arreglos internos" dentro del establishment: no se trata de revoluciones hechas por "outsiders", sino de construcciones hechas por "insiders" (ejemplo principal, Gran Bretaña), y en el tercer volumen se ocupará del Constitucionalismo elitista, en donde el proceso no surge de masas desafiando al régimen (España o Japón por ejemplo). 

El tomo actual, entonces, refiere al constitucionalismo revolucionario, y trata, en casi cada capítulo, de una experiencia distinta: en Francia, en Italia, en Sudáfrica, en Irán (!), en India, en Polonia, en Burma e Israel. Y lo hace, enfocándose en cada caso a los 4 "grandes momentos" o "tiempos" del proceso: la revolución; la constitucionalización del carisma; la normalización o rutinización de la revolución; la judicialización del proceso. 

Como se ve desde ya, se trata de una empresa extraordinariamente ambiciosa. Como se ve también, se trata de una empresa riesgosa: cómo tratar de tantos casos diferentes, de modo informado y preciso (recordar que para estudiar y explorar la historia similar que escribió sobre su país, Estados Unidos, tardó toda su vida académica!). Como se ve además, se trata de una empresa extraña: en qué sentido se relacionan países como los citados? Como se ve además, se trata de una empresa dudosa: en qué sentido se dieron esas mismas fases en todos esos diferentes países? (Judicialización en Francia e Italia? Revolución en Sudáfrica? Constitucionalización en Irán?). Como se ve además, se trata de una mirada "norteamericana": demasiado centrada en "revolucionarios principistas", "constitucionalistas comprometidos", "jueces heroicos". Como se ve además, se trata de un análisis que va a mezclar permanentemente el plano pretendidamente descriptivo, con otro más normativo (que había prometido al comienzo "dejar entre paréntesis").

24 ago 2018

Seminario sobre "Constitucionalismo revolucionario." Reporte 1/ La "generación de oro"


La nueva decana de la Facultad de Derecho de Yale, Heather Gerken, dio un amable, breve, lúcido y sustancioso discurso inaugural del seminario, en donde –obviamente- elogió a Bruce Ackerman. Notablemente, lo definió como uno de los símbolos principales de la “generación de oro” de profesores de la Facultad. La calificación me resultó luminosa y exacta. Pienso, primero, en Owen Fiss, pero también en Bo Burt, Robert Post, Mirjan Damaska, Guido Calabressi, George Priest, Paul Kahn, Susan Rose-Ackerman (ahora Catharine MacKinnon). Profesores de concepciones ideológicas muy diferentes, en donde, alguno ya no está, otros están semi-retirados, otros un poco golpeados en sus trabajos y por su edad. Pero sí, no hay dudas, fue la “generación de oro,” en Yale y más allá de Yale.


Seminario sobre "Constitucionalismo revolucionario". Reporte 2/ La crítica principal

Segundo breve reporte desde el seminario sobre “Constitucionalismo revolucionario”, en torno al nuevo libro de Ackerman, y con él. Empezó rompiendo el hielo Stephen Holmes, diciendo graciosamente lo que muchos pensamos: “nos sentimos acá como mosquitos en un campo nudista, no sabemos por dónde empezar” (para criticar el libro). Yo fui bastante duro, en una línea de crítica que varios otros retomarían: el libro falla por varias razones, comenzando por sus problemas definicionales, conceptuales y metodológicos. Clasifica formas de creación constitucional (revolucionarias, etc.) de modo impreciso; usa conceptos-clave que no define bien (carisma, revolución rutinización de la revolución); usa tipos ideales de modo algo incoherente. Andrew Arato insistió, entre otros, sobre el mismo punto (y, como siempre, levantó la temperatura del seminario hasta límites extremos –casi a los gritos con Ackerman, en un momento, al punto que parecía que “todo se terminaba”). Stephen Gardbaum (autor de un gran libro sobre el nuevo “modelo –commonwealth- de constitucionalismo) volvió sobre la imprecisión de conceptos como el de “supremacía judicial”; Paul Kahn marcó los problemas generados por una idea muy imperfecta de legitimidad, etc. Richard Albert hizo unas observaciones interesantes –pero estoy en desacuerdo con ellas- sobre la tradición plebiscitaria, y las tensiones e incongruencias que generó en Inglaterra con el Brexit (supremacía parlamentaria o supremacía popular?). Con suerte, vuelvo más tarde con más reportes.

Bonadío y los procedimientos

Nunca confiamos en Bonadío, ni antes ni ahora. Para mí, él nunca fue garantista, y el procedimiento vigente antes (sin figura del arrepentido), como el de ahora (con figura del arrepentido), tiene problemas, pero el principal problema no está en la herramienta (la nueva, la que defiendo), sino en los jueces que pusieron para usarlas. Otro problema es cuando algunos consideraban al juez garantista entonces (cuando favorecía la impunidad del poder), para denunciarlo por no garantista recién ahora -pero con ellos no vale la pena discutir sobre esto.
Acá, aquel viejo fallo del Bonadío "garantista," según la página oficial de la Corte Suprema
https://www.cij.gov.ar/nota-4261-Cierran-causa-contra-el-matrimonio-Kirchner-por-compra-de-dos-millones-de-d-lares.html

22 ago 2018

Allanamientos

Me parece un error centrar la lucha contra la mega-corrupción en una persona. El objetivo no puede ser nunca "tener a X preso." Lo crucial es revelar los mecanismos, las empresas involucradas, la trama política-negocios, la continuidad en el tiempo, dejar en claro lo que ocurrió y en parte sigue ocurriendo. Como contra la dictadura, lo importante es el "Nunca más", que ayude a terminar la impunidad político-empresarial -y por eso mecanismos al estilo CONADEP -comisión de figuras irreprochables sosteniendo la investigación- no vendrían nada mal.