4 feb 2025

CUADERNO DE VIAJE: INVIERNO EN EL PAIS VASCO III (III de IV)

 


Día 5, domingo 26 (continuación): Hondarribia

Hondarribia: éste ya es un paisaje que me emociona, con ciudad amurallada en altura desde donde se ve -ahí cerca- el mar, la montaña, el verde, Hendaya, San Juan de Luz, más allá Biarritz. Pueblo tranquilo, caminable, lleno de pasarelas y miradores. La muralla que alguna vez sirvió para atacar, o defenderse, hoy sirve para mirar y, sobre todo, para ser mirada, admirada. Otra vez, con una gastronomía (en pescados, sobre todo) maravillosa. Me alojo en uno de los lugares más económicos del pueblo, que resulta ser un antiguo palacio -el Palacio Pampinot, que me sienta muy bien- y por la noche cenaría en un lugar extraordinario, a pocos metros, la Gastroteka Danontzat, ilustrada con dos gallos. 










Día 6, lunes 27: De Hondarribia a Hendaya camino a Biarritz

Me acuesto tarde, y me despierto demasiado temprano (a las 5 de la mañana hoy). Tengo ganas de escribir algo sobre las ganas de escribir. Anoto:

Hoja en blanco para mundos infinitos

Sí, entiendo el síndrome de la hoja en blanco, y seguro que pasa, sobre todo al que quiere forzar, antes que permitir que fluya, o dejar que emerja, lo que tiene para expresar. Y es que, en verdad, lo que puede ocurrir es el atascamiento contrario: cuáles de los miles de elementos posibles - notas musicales, colores, formas, palabras- combinar, y de qué modo. Lo que ocurre bien puede ser la maravilla contraria, entonces: hay infinitas historias posibles ahí afuera, la imaginación aparece sin límites, y uno puede optar por mezclar esas opciones del modo absolutamente libre en que se le ocurra. Es el frenesí del todo: uno puede escribir sobre personas o animales fantásticos que vuelan, se mezclan, se transforman en una, mueren y reviven, lloran, se aman, se convierten en pájaros: ¡todas las posibilidades están disponibles! ¡Es increíble!

***

A la tarde me ocurre una pequeña anécdota, en un café del pueblo. Anoto:

Casablanca blues

Llego al café de la muralla, estoy escribiendo y el lugar es pequeño y está repleto. Por eso, cuando advierto que sigue llegando gente le ofrezco la silla a una persona -resultó ser una médica marroquí- que bebía su cerveza de pie. Con un inglés muy malo, y en poco más de un minuto -mientras oteaba que su “just friend” (no) volviera del baño- la marroquí me pidió y me dio su teléfono (ella partía al rato), y me envió varios mensajes, llenos de imágenes de besos labiales, diciéndome “I like your style” -eso, estando ya sentada junto a su “just friend”, del que no parecía estar muy orgullosa. 80 segundos calculé. Qué brevedad de encuentro -diría David Lean, me digo. Anoto, por las dudas: visitar Casablanca.

***

Salgo temprano de Hondarribia, destino a Hendaya. Quiero ir en barco, como me aconsejó el de la Oficina de Turismo. Sin embargo, llego al puerto y los barcos en enero no salen (estamos en 27 de enero y el de la Oficina ni se enteró!). Voy a Irún en autobús, entonces, y desde ahí en tren a Hendaya. Cuando voy llegando, advierto la sorpresa: pensé que era el último pueblo español, pero es el primer pueblo francés. Me gusta la sorpresa, y me gusta el pueblo, y me sorprende una luz blanca estremecedora: no es posible interrumpir la sesión fotográfica. Por lo demás, me encanta practicar el francés, aunque temo mucho ser como un gringo tratando de hablar español: siempre mal, siempre incomprensible. Hasta ahora bien. Los franceses, en cambio, superan y revierten mi buena disposición hacia ello: como si el punto general fuera poner distancia con uno (extranjero) y hacerle saber que uno molesta o incomoda, aunque esté comprando un café au lait o un billete de autobus.


Biarritz: Llego a Biarritz en tren, y la estación queda bastante lejos del centro de la ciudad. Al llegar, me sacude las vistas a los acantilados rocosos. Juan Carlos Torre (nuestro gran estudioso del sindicalismo, y autor -junto con Elisa Pastoriza- de Mar del Plata: Un sueño de los argentinos), me había anticipado que comparara Biarritz con Mar del Plata: parece que uno de sus fundadores (junto con Patricio Peralta Ramos) fue Pedro Luro, un vasco-francés llegado al país, que pensó Mar del Plata (el célebre balneario, la “Biarritz Argentina”) bajo el modelo de Biarritz, y a partir de las similitudes que encontraba en acantilados y colinas lindantes. Hoy, Juan Carlos me recuerda el aviso, que por primera vez certifico.

Viva Biarritz! -como dice el árbol.



Es un día de mucho viento, el mar está enloquecido, y las olas se sacuden cerca, altas y amenazantes. Como el mar, a la altura del centro, termina siendo encerrado por varios cúmulos de roca, desparramados por cada costado, entre colinas y acantilados, el oleaje es caótico y furioso. El espectáculo resultante es una maravilla, y -entre la luz que llega, el viento que empuja al mar, y el rebote que provocan las piedras- la textura que toman las aguas es, sencillamente, escandaloso. Se trata de una textura densa, de un blanco audaz, azul, y un tibio amarillento, que convierten a cada fotograma -con independencia de quien lo saque- de maravilla: las fotos resultan indistinguibles de pinturas, Sorollescas. 









Apenas me acerco a la costa, por lo demás, presencio un número espectacular. Anoto:

Amazona en Biarritz



Seguramente arribada recién desde el mar Negro, veo que se acerca al agua -muy decidida- una mujer guerrera, cuando todo el resto de la localidad buscaba refugio o techo. El mar aparecía particularmente violento esta mañana, pero allí se encontraba la amazona, por completo despreocupada de semejantes peligros. A un costado, desentendida también de quiénes podían estar mirándola -luego advertiría que sólo yo me encontraba haciéndolo- la amazona se quitó sus ropas y, parsimoniosamente, se calzó un bañador. Desafiando al viento, al frío, a las embravecidas olas, ella avanzó tranquila hacia el mar -todos los demás, más allá, se mostraban huyendo- y desafió el inclemente tiempo sin plantearse dudas: no concebía la posibilidad de hacer otra cosa que la que estaba haciendo, no se representaba la situación de encontrarse en un lugar diferente del lugar en el que encontraba. Con ese espíritu, ingresó y salió del mar las veces que quiso, hasta que, simplemente, desapareció del lugar, y de mi vista, sin que yo advirtiera cómo. Marchó a través del mar, supongo, quizás de regreso a Temiscira.





***

Por la noche ceno (mal) sentado en el “Café de la Plaza,” añorando el “tapeo” que rige en las comidas, apenas pasos más allá, cruzando la frontera. Anoto

La estrella del tapeo

Hay algo maravilloso en el tapeo español -racimos de gente de pie, apiñados amontonados junto a la barra del bar, comiendo “tapas” o “pinchos” diferentes, con una conversación que llega de todos lados, en voz alta, que sumado a la música que suena impide que nadie entienda algo: ni a quien tiene a su lado, ni a quien le grita desde más allá, ni la música, ni nada. Las historias que dan origen del tapeo remiten todas a reyes tomando algo en el sur de España, junto a un mesero que le “tapa” la copa con una feta de queso o una loncha de jamón, para que no entren polvos o moscas (los Reyes Católicos en una taberna de Cádiz, enfrentados al levantisco viento del Levante; Alfonso XIII tomándose un jerez en el (todavía hoy abierto) mesón del “Ventorrillo del Chato”), en medio de una “levantera”. Hoy, el “tapeo” es el aperitivo, un tentempié, la comida de entretanto pero, sobre todo, un modo breve y efectivo de la socialización ibérica. Me recuerda al de los italianos, no en el aperitivo (abundante y sentado, no de parados) sino en una de las varias ceremonias del café o del “Amaro”, que ejercitan durante el día: de pie, junto a la barra, apiñados, y conversando con el de al lado -en este caso, un ocasional y coincidente parraquiano -antes que los compañeros de la fugaz salida. Un parroquiano que posiblemente retorne al día siguiente, con quien tendrá conversaciones de instantes, calificativos el hecho político, futbolístico o climático del día. La estrella a mirar, en cualquier caso -tanto en España, como en Italia- es el mesero o encargado de la barra: figura notable, eficientísima, de calibrada memoria, que retoma y resuelve sin fallas, decenas de pedidos al mismo tiempo, desde una amigable distancia. Algún día alguien debería escribir unas buenas páginas sobre esta especie, abundante y a la vez única. Es habitual que recuerden el nombre y alguna característica del parroquiano de turno, que le permita el contacto visual y verbal de apenas segundos, con el comentario preciso, la palabra exacta, que al instante se esfuma: Puede ser, en España, “Otro papelón del Barza; “o en Italia: ¿un Lucano come sempre, dottore?”.





3 feb 2025

CUADERNO DE VIAJE: INVIERNO EN EL PAÍS VASCO II (II de IV)

 

 


Día 3, viernes 24: Zumaya

Zumaya: Pueblo muy bonito y amable, de tradición ballenera, con unos acantilados sorprendentes. Sin saber, alquilé una habitación casi sobre el acantilado que le da su foto más famosa, a la localidad.

(a la izquierda, mi foto del lugar junto al que vivía, que es la foto que suele ilustrar los catálogos turísticos de la zona, como se ve acá: https://turismovasco.com/gipuzkoa/que-ver-gipuzkoa/flysch-de-zumaia/)

"Flysch": La playa de acantilados incluye formaciones rocosas muy antiguas y muy hermosas, como capas talladas en forma aserrada (como los frotados en madera de Max Ernst, según mi amiga Cata), una sobre la otra (leo que las capas rocosas se conocen como “Flysch”, que encierran 60 millones de años de historia, y que son compartidas, en sus acantilados, con Deba y Mutriku). También me gustó mucho una larga franja de verde, sobre el río (“la ría del Urola"), hasta internarse en el bosque. Gran gastronomía.

Como me resulta difícil expresar con palabras la belleza de estas escarpadas, geométricas, filosas rocas (la belleza del "Flysch"), agrego algunas fotos, que tampoco sabrán nunca dar cuenta de la hermosura de lo visto.



Guetaria: Entre Zumaya y Zarauz (a menos de diez minutos de cada uno, a cada lado), destaca por una gastronomía, a base de pescado, bastante impresionante. Prometo: me comprometo a dejar atrás el desdén con que -desde mi admiración por Italia- me acerqué a la cocina ibérica, durante todos estos años. Lo cierto es que (más allá del boom de las grandes estrellas Michelin, de estos años), la tradición de la comida de estos lares es, también, admirable.

Pruebo, además, creo que por primera vez, el Txacoli (Chacolí), un vino (el vino) vasco, ligero y fácil de tomar, elaborado con uvas de la variedad Courbu (conocidas en España como hondarrabi zuri (blanca) u hondarrabi beltza (tinta).



Los días vienen con pérdidas, de las que no me repongo. Anoto:

Pérdidas

Tal vez la llegada de los años tenga que ver, sobre todo, con eso. Se van de a poco los padres, y lo dejan a uno, ahí encima, a la cabeza. Se va, por primera vez, un amigo cercano, después otro, varios más lejanos. Se pierden pelos, destrezas, talentos, fuerzas, células cerebrales. Se pierde el andar despreocupado sin pensar en todo: cuando resultaba ininteligible pensar en el final de las cosas. Un amor le dice a uno que ya está, que ya ha pasado mucho tiempo. Otro que por qué comenzar, que qué sentido tiene. O se termina otro más, antes de haber comenzado. Se pierden partidas que antes se ganaban; carreras que antes daba gusto correr; peleas que uno quería dar, y que ahora uno ni intenta o le asustan. Se pierde la fe, la motivación, la confianza en otros, en uno mismo. El optimismo. Se pierden oportunidades que antes uno buscaba, y que ahora uno ya no pretende. Se pierden ilusiones. Tal vez la madurez tenga que ver con eso, con las cosas que ya no se consiguen, con las que se van, con estas pérdidas que preparan el camino, que lo acostumbran y le quiten el miedo a uno, hasta que llega la propia, la que a todas las demás termina.

Día 4, sábado 25: Zarautz




Zarautz: De los pueblos que más me gustaron, de la costa vasca, mezcla mar, verde, gran gastronomía (de acá es el chef Karlos Arguiñano, ídolo local). Me gustó mucho la gente, aunque, en general me pareció encontrar buena gente por todas partes. En el primer bar al que entré, vi llegar a un inmigrante africano -a quien instantes antes había encontrado vendiendo medias y paraguas- con un local, que lo invitaba a comer tapas, a su lado, y que mostró la mejor actitud hacia él: sin demagogia ni condescendencia, de pocas palabras. Se separaron sin decir mucho, mirándose con afecto, con un apretón en el brazo.










Zarautz tiene cine, una costa muy cuidada, una pasarela hermosa que separa la playa del campo de golf, un atracadero extraño y bonito, en uno de sus extremos. Tomando el autobús, en la zona, advertí un fenómeno que no había reconocido: el de los latinos preocupados, perdidos. Luego -volviendo de Francia- volveré sobre esto.

Día 5, domingo 26: De Zarautz a San Sebastián a Hondarribia

El domingo a la mañana partí de Zarautz, para volver brevemente a San Sebastián. Necesitaba recoger mi bolso más pesado (cargado de ropa que había preparado -de más- para la lluvia y el frío que se han mostrado tolerables), que había dejado en la pensión de Iñaki, en la que me alojé a mi llegada vasca. En el poco tiempo en que me quedé, antes de partir hacia el oriente (y dando por terminada mi incursión por la costa vasca occidental), fui a reponer mi cuota de café de especialidad, que ya echaba en falta en los pueblos más pequeños. De ahí, anoto esta pequeña historia.

Domingo de padre

Es salida de domingo, y salida de divorciado, entre padre e hijo pequeño y muy entusiasta. Han pedido un café cargado para él, una chocolatada para el pequeño, y dos tostados. El hijo, bien peinado y prolijo, puesto entero por su madre, le pregunta al padre, ilusionado, por su café. Han venido a una cafetería de especialidad, recién abierta, y se espera -ellos esperan- sólo lo máximo: el mejor servicio, el mejor producto, la mejor calidad, el mejor trato. El niño todavía se reserva el final de la chocolatada, mientras que el padre ha terminado su café hace rato. “¿Te ha gustado el café?” -le pregunta entonces el chico, aunque sabe la respuesta. El padre va mirando los resultados de la liga, un viejo deber laboral, y dos comunicaciones que tenía pendientes, con sendas amigas. Va de nuevo entonces, el niño, con la voz un poco más en alto: “Estaba muy bueno tu café ¿no es cierto?” -vuelve a preguntar, seguro de su pregunta, pero ya dudando El padre no se da cuenta de que le hablan, todavía, por lo que el niño mira ahora hacia arriba, mira ahora hacia los costados, se concentra en su leche chocolatada enseguida. La decoración es hermosa, la puesta es moderna, el pedido que ha hecho ha estado genial. La visita al café ha sido una idea fantástica de su padre, su padre sabía que un lugar así le encantaría.

CUADERNO DE VIAJE: INVIERNO EN EL PAIS VASCO I (I de IV)

 

Siguen a continuación unas notas del cuaderno de viaje por la costa del País Vasco: de Lekeitio a Biarritz, a fines de enero del 2025. Van organizadas en cuatro entregas, cada una cubriendo dos días.




Día 1, Miércoles 22, viajo a San Sebastián

Habiendo llegado desde la Argentina el lunes, y luego de pernoctar la primera noche en Barcelona, en la Residencia Erasmus de Gracia, parto el martes a la tarde hacia el País Vasco, comenzando por San Sebastián. Para el viaje, me llevo dos libros recién comprados. Uno, de la Nobel Han Kang, de quien no he leído nada –Blanco- y otro, que me pareció pertinente, una pequeña obra de teatro escrita a varias manos –“en colectivo”- por un jovencísimo Albert Camus (de 22 años) con tres amigos: Rebelión en Asturias, sobre el levantamiento de los mineros en Mieres, en Octubre del 34. A la traducción de éste de Han Kang la venía esperando hace rato -una recopilación de microrrelatos unidos por el color blanco- y me gustó mucho: delicado, sencillo, sentido, sin grandes pretensiones. Pequeñas viñetas marcadas por el dolor y los recuerdos (Ella cuenta, al comienzo, que el libro se inició con ella escribiendo una lista de palabras vinculadas con el blanco, sobre el que quería escribir. Escribió entonces: “manta de bebé, bata de recién nacido, sal, nieve, hielo, luna, arroz, ola, magnolia blanca, pájaro blanco, risa blanca, papel en blanco, perro blanco, canas, mortaja”). La obra de teatro, en cambio, no me interesó, o al menos no llegué a involucrarme en ella.





Viajo en tren, sobre todo, porque me encantan esos tramos largos, sentado junto a la ventanilla, mirando. Anoto:

La vida pasando a través de la ventanilla

El dulce papel del espectador pasivo, que recibe sin pedir, y toma sin saber lo que llega, a través de una ventanilla. Puede ser la ventanilla de un auto alquilado, camino a Tiraxi, y que entonces se cruce un caballo blanco y alado, que aparece de repente, de la nada, y luego me sobrepasa y luego desaparece, sin que uno atine a hacer o decirle nada (y entonces un anciano me hace señas desde lo lejos, para que me detenga, y lo lleve hasta la estafeta postal del pueblo, a cambio de una docena de huevos). O también una ventanilla sucia de tierra, en un colectivo maltrecho, con destino norteño, para distinguir entonces una súbita nube de niños llegando a la escuela en sus uniformes blancos, o las llamas y guanacos inamistosos, o los kilómetros y kilómetros de desesperanzadora sequía. O puede ocurrir, sino, que sea desde una ventana de altura, de un avión que nos inquieta, atravesando la cordillera hacia Chile. Entonces, sucede que las montañas son las que quedan pintadas de blanco, y son de blanco blanco azulado o de pronto grisáceo o amarronadas, que rozan el piso de la nave con la cúpula de sus techos, para abrirse luego a un curso de agua, y luego a cultivos, y enseguida a Santiago. Y desde allí perderse, sin hablarnos más, entre las brumas citadinas. O así también, como ahora, bien puede ser la ventanilla del tren, hacia el País Vasco, y que sea un valle de piedras el que se abre, con húmedas rocas que ya no pueden ocultar el verde, una pradera que alimenta y contiene y oculta y resguarda, que es tan hermosa que llega a herir de hermosura mis ojos, que entonces no alcanzan a tomar tanto de bueno.

San Sebastián: ciudad señorial, muy elegante, con un paseo de costa (el Paseo de la Concha) muy disfrutable: es para hacerlo de ida y vuelta todo el día, todos los días, toda el resto de la vida. El centro histórico me pareció que se había perdido un poco, en el turismo y en manos extranjeras (indios, rusos), pero, en todo caso, una tremenda ciudad, muy vivible, con todo lo necesario para estar bien, y muy entregada a su costa. No había advertido, hasta hoy, los comunes rasgos de la mujer vasca: rostro fino, alargado, no muy expresivo, piernas largas, el trazo más bien delgado, el pelo lacio. Duermo en una pensión barata, donde trabo buena relación con la persona a cargo, un viejo rengo, Iñaki. Como vengo demasiado preparado para la lluvia y el frío, con un bolso bastante pesado, y una mochilita, le dejo a Iñaki en custodia mi bolso, con el compromiso de volver el domingo. Con mi bolso dejo también, por estos días, un pequeño anafe, con cafetera Bialetti y café Vergnano, que extrañaré en los días subsiguientes (hasta el domingo)



Por la noche, tengo un mal sueño, de los varios malos que tengo estos días. Anoto:

La asfixia

Pensaba ayer cómo expresar el dolor que me trae este momento, el temor también, el asombro que me provoca esta situación de creciente asfixia, esta sensación de encontrarme sin salida. Y hoy soñé que por el aire detectaba la llegada de unos aparatos, como aviones de vuelo bajo, que se movían cerca de mí, y a uno de cuyos pilotos le escuchaba decir “dale duro”, que dispare apenas pueda. Y yo advertía que algo de mal llegaba, y quería ocultarme. Y veía gente con armas que se acercaba, y me veía obligado a armarme. Y casi en risa, porque no lo creía, me movía hacia el bosque, donde me encontraba con otra gente como yo, intentando esconderse, quedar a la espera. Pero allí nos dábamos cuenta, de repente, incrédulos, que habían liberado algunas fieras salvajes contra nosotros, que andábamos por ahí, buscando refugio. Y nos alegrábamos todavía, cuando notábamos que algunos de los felinos no procuraban atacarnos, tal vez porque aparecían bien alimentados, todavía. Y nos mirábamos unos a otros, sin creer todo esto, cómo podía ser dónde estábamos, hacia dónde íbamos.

Día 2, Jueves 23: De San Sebastián a Lekeitio

Luego de tomarme un buen café en el “Old Town”, que es café de tostadores, paseo toda la mañana por la maravillosa costa (la Concha). Al final de la playa de Ondarreta, es sabido, se encuentra el Peine del viento, que se ha ido convirtiendo en los emblemas más conocidos y buscados de la ciudad. Se trata, en verdad, de una serie de esculturas -tres- de Eduardo Chillida, a partir de una obra del arquitecto vasco Luis Peña Ganchegui. El conjunto tiene mucha gracia, y representa un gran cierre para el tramo occidental del paseo. 

“En paseando,” advierto la siguiente obviedad: toda esta zona es zona activa en bancos y banqueros (de los que sobreviven todavía: el banco de Vizcaya, el de Santander), presto atención, con horror, a las publicidades banqueras que encuentro. Anoto:

Banqueros

Movido por cierta innata antipatía, cantidad de justificados prejuicios, algunas intuiciones en contra, fui a escudriñar algunas publicidades de bancos, tratando de ver mejor qué es lo que me irritaba tanto de ese mundo Comencé entonces una búsqueda, que fue más que breve, porque lo que encontré en la primera redada (obviamente confirmatorio de lo que, sí, había salido a buscar) me dejaba (literal y literariamente) sin palabras. Agrego entonces algunas de las de ellos, sin aditar nada, editando muy poco (recortar y pegar), dejándoles que digan lo suyo. “El amor a primera vista no está hecho para los bancos. Por eso, puedes probar nuestra app de forma gratuita y sin ser cliente. Y, quién sabe, quizá te acabes enamorando. Experiencias únicas que te enamoran. (Sigue diciendo la publicidad, cuando la copio: Ilustración de dos personas caminando por la calle despreocupadas. Ilustración de una mujer saltando mientras baila. Ilustración de una clienta siendo atendida en una oficina del Banco). Probar app. Esto es lo que te damos siendo solo amigos. Sin compromiso. Disfrutar de lo que más te gusta por mucho menos. Inspirarte y aprender de los mejores. Cuéntanos, ¿qué necesitas? Te acompañamos cuando más lo necesitas. ¿Tienes que gestionar la herencia de un ser querido? Te orientamos y guiamos a lo largo del proceso, seas o no del banco. Tu banco te valora. ¡Salta! Venga, ¿nos cogemos de la mano?”

***




Al comienzo de la tarde, parto hacia Lekeitio desde la estación de autobuses. Pregunto si puedo pagar con tarjeta bancaria, me dicen que sí, pero al subir al autobús, ya sobre la hora de partida (que es cuando nos abren las puertas) el conductor me dice que sólo se acepta efectivo. Yo no tengo y él se toma la cabeza, está muy preocupado, porque además no me da el tiempo para llegarme a un cajero. Él sigue preocupadísimo -yo no- hasta que, despeinado y jovial al fin, me dice, “subí igual y te llevo, ya me lo pagarás en algún momento.”

Lekeitio: En Vizkaya (Bilbao), con una isla enfrente, una bahía agradable, un centro histórico pequeño, cuando llegué, mucho estaba cerrado, niñas de una escuela de remo (un deporte muy cultivado ahí) salían a remar, en un ejercicio muy colectivo y amable entre ellas: muy vasco. Luego de tomar algunas fotos de las niñas remando, me encuentro con un mural, hacia el final del pueblo, sobre niñas remando. Ah, me digo, pasa por acá la cuestión.

Ondarroa: lo vi de pasada, parecía un pueblo abierto, muy sobre el mar, bonito

Mutriku: Más pequeño todavía, ya del lado de Donostia (San Sebastián), algo abigarrado en poco espacio, rodeado de mar también.

En estos días todavía no consigo -ni quiero- despegarme de la coyuntura, del momento horrible en la Argentina y el mundo. Uso bastante tiempo para avanzar en una nota a cuatro manos que queremos escribir con Graciana Peñafort. Con ella, y sobre tantas cosas, pensamos distinto, pero nos parece importante hacer el gesto de sumar fuerzas para entender y criticar mejor lo que está pasando.

En este comienzo es, también, cuando se me despierta el recuerdo de la Tarta de Queso Vasca, o Tarta Idiazábal (anotar: la original, la de “La Viña”, se hace con el queso vasco, de Idiazábal). Anoto (del National Geographic, luego de que en el NYT se la considerara “el sabor del año,” en el 2021): “Se trata de una tarta de queso suave, sin corteza, horneada en un horno muy caliente con el objetivo de que la parte superior se caramelice al tiempo que el interior se mantiene suave y cremoso. Además, cuenta con el punto justo de azúcar para que sea capaz de saborearse el queso.”

Han pasado pocos días, lo sé, pero todavía no puedo desenganchar de las angustias personales y los lastres políticos con los que inicié el viaje. Vamos viendo.


25 ene 2025

Banqueros






Movido por cierta innata antipatía, cantidad de justificados prejuicios, algunas intuiciones en contra, fui a escudriñar algunas publicidades de bancos, tratando de ver mejor qué es lo que me irritaba tanto de ese mundo Comencé entonces una búsqueda, que fue más que breve, porque lo que encontré en la primera redada (obviamente confirmatorio de lo que, sí, había salido a buscar) me dejaba (literal y literariamente) sin palabras. Agrego entonces algunas de las de ellos, sin aditar nada, editando muy poco (recortar y pegar), dejándoles que digan lo suyo. “El amor a primera vista no está hecho para los bancos. Por eso, puedes probar nuestra app de forma gratuita y sin ser cliente. Y, quién sabe, quizá te acabes enamorando. Experiencias únicas que te enamoran. (Sigue diciendo la publicidad, cuando la copio: Ilustración de dos personas caminando por la calle despreocupadas. Ilustración de una mujer saltando mientras baila. Ilustración de una clienta siendo atendida en una oficina del Banco). Probar app. Esto es lo que te damos siendo solo amigos. Sin compromiso. Disfrutar de lo que más te gusta por mucho menos. Inspirarte y aprender de los mejores. Cuéntanos, ¿qué necesitas? Te acompañamos cuando más lo necesitas. ¿Tienes que gestionar la herencia de un ser querido? Te orientamos y guiamos a lo largo del proceso, seas o no del banco. Tu banco te valora. ¡Salta! Venga, ¿nos cogemos de la mano?”


21 dic 2024

Del sueño noble del constitucionalismo a una crisis estructural de la representación

 https://www.lanacion.com.ar/ideas/democracias-debiles-del-sueno-noble-del-constitucionalismo-a-una-crisis-estructural-de-nid21122024/





La crisis en la representación política que se advierte en la Argentina, como en una mayoría de países, no depende de motivos coyunturales, ni de factores personales o cuestiones actitudinales (i.e., representantes corruptos o poco comprometidos con los intereses generales). Se trata de una crisis estructural, y probablemente irreversible, ya que ella parece depender de cambios en la organización social que se han ido consolidando con el paso del tiempo, desde hace décadas. Dicha crisis tiene que ver con modificaciones que han afectado las condiciones (sociales) de la representación política, que hacen un llamado a la modestia de aquellos que hoy viven la euforia de la popularidad: los aplausos de un momento pueden virar a abucheos (o viceversa) en apenas instantes. Explico brevemente el problema en el que estoy pensando, y por qué considero que el mismo no tiene fácil solución. 

Pienso, ante todo, en ciertos cambios que se han dado en (lo que podríamos llamar, ambiciosamente) la sociología política del constitucionalismo. Básicamente: el esquema fundamental de nuestro sistema institucional  -división de poderes, checks and balances, declaración de derechos- nació a partir de problemas y amenazas efectivas (la amenaza de las facciones; el poder arbitrario que solían ejercer los monarcas, etc.), y en relación con condiciones sociales muy específicas: sociedades pequeñas, homogéneas, con unos pocos grupos en tensión entre sí. Los “padres fundadores” del constitucionalismo asumieron, en su momento, que los inevitables conflictos que se suscitaban entre sectores sociales diversos podían, y por tanto debían, ser reconducidos institucionalmente: se trataba de “canalizar”, y así contener, la amenaza de la “guerra civil.”  La propuesta de vincular al diseño institucional con la organización y la dinámica social fue una idea muy propia del “período fundacional” en los Estados Unidos (1785-1787, cuando se escribe la Constitución), pero que se remonta a la Antigüedad de Grecia y Roma. La idea de base fue siempre la misma: existen (unos pocos) intereses diversos y enfrentados, en cualquier sociedad, que deben encontrar expresión institucional, de modo tal de evitar las “opresiones mutuas”, favoreciendo a la vez la cooperación entre esos grupos enfrentados. El sistema institucional debía servir, entonces, incorporar a las diferentes partes de la sociedad, y canalizar de ese modo los conflictos. 

Conforme a la noción del “gobierno mixto” (que en la Antigüedad avanzaron Aristóteles y Platón, y que luego retomó Polibio) las principales secciones componentes de la sociedad (pongamos, las partes “aristocrática, monárquica y democrática”), debían combinarse en la formación de gobierno: la legislación debía resultar de acuerdos entre todos ellos. De esta forma, se asumía, dicha legislación resultaría imparcial, y tomaría en cuenta (se nutriría de) los intereses de todas las partes. La idea de la “Constitución mixta” o “Constitución balanceada” que fue tomando lugar en Inglaterra desde el siglo xvii, también reprodujo, con sus diferencias, aquellos supuestos. Otra vez, la idea era que el poder debía dividirse entre ramas diferentes, vinculadas con los diversos intereses sociales existentes -típicamente, expresados en las demandas del Rey, los Lores y los Comunes. Hoy, todavía, el sistema político inglés sigue estando organizado a partir de aquellos supuestos.

En el debate norteamericano, del cual se derivaría la Constitución de 1787 -de decisiva influencia en toda América Latina- la retórica justificatoria cambió (nadie quería aparecer defendiendo el modelo institucional inglés, con el que estaban rompiendo amarras), pero las ideas de fondo siguieron siendo las mismas. Ante todo, el sistema institucional debía saber incorporar los intereses diversos de “mayorías y minorías” (acreedores y deudores; grandes y pequeños propietarios, en el lenguaje de El Federalista y el razonamiento de James Madison). Se trataba de intereses asumidamente homogéneos, a los que se debía asignar una porción de poder (institucional) equivalente. Ello así porque -como decía Alexander Hamilton, “si le damos todo el poder a las mayorías, las mayorías van a oprimir a las minorías; pero si le damos todo el poder a las minorías, las minorías van a oprimir a las mayorías”. Por lo tanto -y ésta era la conclusión a la que se llegó entonces- “debemos darle poder (equivalente) a ambos grupos: es así como evitamos las mutuas opresiones”. El sistema de “frenos y contrapesos” resultó (y sigue siendo) fundamentalmente aquello: un modo de darle lugar equivalente a “mayorías y minorías”, favoreciendo el equilibrio entre tales partes. De este modo, se recuperaba la idea conforme a la cual las distintas ramas de gobierno debían (porque podían) “incorporar” intereses sociales diferentes (ie., la Cámara Baja iba a albergar fundamentalmente a los intereses mayoritarios; la Cámara Alta o el Poder Judicial iban a resultar especialmente sensibles a los intereses de las minorías, etc.). De esta forma -se suponía- “toda” la sociedad iba a quedar representada y protegida en sus intereses y derechos básicos. 

Éste era, según entiendo, “el sueño noble” del constitucionalismo: integrar al esquema de gobierno a “toda” la sociedad, para evitar así las “mutuas opresiones” -asegurando la paz social, en definitiva. Se trataba de un “sueño” poco democrático (la regla mayoritaria quedaba desplazada, a favor del objetivo de dotar de poder “equivalente” a “mayorías” y “minorías”), que implicaba un ideal “noble” al fin: como se asumía que el riesgo mayor que se enfrentaba (“la tragedia del tiempo”) era el del accionar faccioso, se procuró poner todo el diseño institucional al servicio de evitar esa tragedia, la “guerra” entre facciones. Lamentablemente, ese “sueño noble” del constitucionalismo (interesante y controvertido como podía serlo) hoy ya resulta imposible. Terminó. Ello así, porque nuestras sociedades ya no son ni pueden ser entendidas como lo fueron en el pasado, esto es decir, como sociedades pequeñas, divididas en unos pocos grupos, internamente homogéneos. Muy por el contrario, vivimos hoy en sociedades multiculturales, diversas y plurales, compuestas por infinidad de grupos, que además tienen una composición heterogénea, y en donde la propia identidad de cada individuo se abre en muchas facetas diversas. Por eso es que hoy resulta inconcebible (directamente imposible) el ideal de “representar a todos los grupos”: los hay de a miles y, mucho más que eso, cualquiera de esos grupos muestra una composición por completo heterogénea. De allí que en la actualidad aparezcan como absurdas ideas que, en su momento, formaron parte del sentido común. Fue posible, en su momento, y por ejemplo, pensar que un partido “obrero” (digamos, el Partido Laborista en Inglaterra, el Partido Socialista o Comunista en Italia), podría ser capaz de representar a “todos los obreros” y así, por caso, a la mitad o a un tercio de la sociedad. Hoy, para un obrero, resulta ininteligible la idea según la cual, porque él o ella es de la “clase obrera”, tiene los mismos intereses que cualquier representante “obrero” que llegue al Congreso: nadie piensa eso. Actualmente, entonces, obreros, empresarios, ecologistas, mujeres, indígenas, víctimas de la violencia vial, homosexuales, importadores, críticos del cambio climático, etc., son algunos de los miles de grupos que forman parte de la sociedad, con intereses internamente variados y cambiantes. 

Una ilustración notable de lo que digo -la radical crisis de representación política que es propia de nuestro tiempo- es el que ofrece la reciente crisis en Chile, y el proceso que se abrió entonces para reformar la Constitución. El debate constitucional chileno nació, fundamentalmente, a partir de una profundísima crisis de los partidos políticos (el estallido social de octubre del 2019), por lo cual todo el proceso de convocatoria constitucional procuró, ante todo, responder a, y remediar, ese desbordado clamor popular. Por eso mismo, se dispuso la habilitación de “candidaturas independientes” de los partidos políticos; y por ello también es que se promovieron estrategias adicionales, como las bancas reservadas para representantes de las comunidades indígenas, o la representación paritaria de las mujeres. Sin embargo, ninguno de esos enormes y muy valiosos esfuerzos sirvió: a los pocos días de electos, los convencionales constituyentes ya eran desconocidos y repudiados por sus propios votantes. De esto se trata: la crisis de representación es estructural y, lamentablemente, irreversible, muy difícil de remediar. Mucho menos, recurriendo a las herramientas tradicionales: más representantes, más elecciones (como si la democracia se agotara en el momento de las elecciones, y el “mandato” que otorgan los ciudadanos a sus representantes fuera “estable”, pudiendo extenderse en el tiempo posterior a esas elecciones, sin problemas).

Los líderes (así llamados) “populistas”, como Milei o Trump u Orban o Erdogan, buscan aprovecharse de esa situación: advierten que la gente descree (con razón) de sus representantes, con quienes no se identifican (y a quienes, cuanto más conocen menos toleran). Por tanto, dichos líderes procuran “saltearse” las “intermediaciones institucionales” (el Congreso, los órganos de control) a las que señalan con burla y desprecio. “Allí la casta” -vociferan. Tales líderes ganan adhesión con esos señalamientos e insultos, porque muchos ciudadanos “entienden” y reconocen el sentido de críticas semejantes: “los representantes (tradicionales) ya no nos representan”; “el sistema no sirve”. Es un hecho: se trata de un problema que llegó para quedarse, y que no se soluciona con la eventual elección de representantes (en apariencia) angelicales o exóticos. La mala noticia para la dirigencia política tradicional (la “clase política”) es que el problema de representación que enfrentan es estructural: las instituciones no están preparadas para procesar los nuevos modos de la representación (nuestras instituciones siguen moldeadas conforme a una “sociología política” que pudo tener sentido siglos atrás, pero ya no). Los líderes “populistas”, sin embargo, también tienen una mala noticia: la crisis radical de representación que afecta a la dirigencia tradicional no los torna inmunes a ellos. Ellos también forman parte de esa dirigencia impugnada (“la casta”). Aunque descrean de la dimensión de estos cambios, lo cierto es que estos “nuevos” líderes se mueven, también, sobre montañas de arena, sujetas a los amenazantes vientos que ya son datos propios de nuestra era. En cualquier momento, esas mismas tormentas (de bronca y odios, que alegremente fomentan), pueden arrastrarlos a ellos.













12 dic 2024

El gobierno, como pareja violenta





https://www.clarin.com/opinion/gobierno-como-pareja-violenta_0_ltZvEtbjTU.html

Resulta extraño, a esta altura de los tiempos, que haya que aclararlo. Si nuestra pareja nos insulta, nos humilla, se expresa hacia nosotros con violencia, busca compulsiva, enfermizamente, ofendernos -todos los días, todo el día, cada vez que puede- no puede decirse luego, que se trata de una pareja que “cumple con lo importante, pero falla en las formas”. Ello es así, aún si se trata de alguien que, a fin de mes, paga las cuentas, o “nos trae el cheque”. Hablamos, en estos casos, de una persona que, simplemente, no merece quedarse a nuestro lado.  Es más: ese individuo no puede ser descripto como apenas “desprolijo,” como “un poco excesivo”, como alguien que “cumple con las finalidades propuestas”, aunque “se equivoca en las formas” Se trata de una persona que hace mal (nos hace mal), y falla, precisamente, en aquello que debiera hacer incondicionalmente bien: tratar a su pareja (a todos quienes le rodean), con debida consideración y respeto.

Sostuvo el Presidente, días atrás, en la Conferencia de Acción Política Conservadora: “No hay lugar para quienes reclaman consenso, formas y buenos modales. Las formas son los medios, se las evalúa según su efectividad para alcanzar determinados fines.” Es importante tomar en serio estos dichos, ya que se trató de una formulación presidencial muy precisa, de lo que en verdad es inaceptable: para el Presidente, el buen trato tiene que ver con la debilidad, la tibieza, y finalmente con una mera formalidad sin importancia. Lo importante reside en otro lado (ie., la prosperidad económica). La verdad del asunto -sugiero aquí- parece estar justo en el polo opuesto de lo que él propone. Ni en una pareja, ni en democracia, pueden considerarse al respeto y buen trato, a la tolerancia hacia el otro, como detalles menores: se trata de la esencia que le da significado y valor a la práctica. Sin ello, todo lo demás no sirve, no tiene sentido.

Vuelvo sobre el discurso presidencial de días atrás, en la Conferencia de Acción Política Conservadora. Dijo el Presidente “someternos hoy a la exigencia de las formas es levantar una bandera blanca frente a un enemigo inclemente. El fuego se combate con el fuego, y si nos acusan de violentos les recuerdo que nosotros somos la reacción a cien años de atropellos” Pensemos la cuestión, una vez más, retomando nuestra analogía inicial. Imaginemos que una persona (atenta a los dichos del Presidente, sobre la necesidad de argumentar pensando en la historia, o comparando con las alternativas pasadas) le dijera a quien sufre la violencia permanente de su pareja, algo como lo siguiente: “Pero acordate de tu pareja anterior. Ella era mucho peor! Ni el cheque de fin de mes te traía!” O sino: “fíjate todo lo que vos hiciste, para que ahora reaccione así”. O también “pero antes vos no decías nada, cuando te maltrataban”. Entiendo que miraríamos a dicha persona con desconcierto: ¿De qué habla? ¿Ahora tenemos que quedarnos callados porque nuestra pareja actual sí nos deposita el cheque? O: ¿las agresiones que sufrimos hoy no deben contar como suficientes (i.e., como para terminar con la relación) porque en el pasado nos aguantamos unas terribles palizas? O: ¿nuestro enojo de hoy resulta “sospechoso”, porque antes, cuando nos pegaban, nos quedábamos callados?

Demás está decir que todo lo escrito hasta aquí asume, como obvio, y a los fines argumentativos, lo que no lo es: estoy suponiendo que ahora, económicamente, estamos bien, que llegamos a fin de mes, que pagamos las cuentas. Más todavía: todo lo escrito hasta aquí omite cualquier referencia a problemas por demás cruciales, como los relacionados con el accionar discrecional del que se jacta el Presidente; el gobierno por decreto; el veto permanente; las leyes obtenidas de modo irregular; las propuestas judiciales de espanto. Me concentré, en cambio, en sólo una línea de problemas, vinculada con la habitualidad de los insultos; el uso de un lenguaje perverso; los aplausos contra quienes piden o reivindican violencia; los agravios contra quienes no piensan como el Presidente; las burlas contra quienes -como uno- participan de una ideología opuesta a la oficial. En la democracia contemporánea, como en la vida en pareja, existen “modos” exigibles de forma incondicional: el respeto hacia quien piensa diferente, el buen trato que todos nos merecemos. La debida consideración hacia el otro no puede confundirse nunca con “rendirse”, ni con “usar la bandera blanca,” ni con “cosa de débiles” Aún si (en la utopía o el delirio) nuestra pareja nos convirtiera en millonarios, o nuestro Presidente, al final del día, nos dejara más prósperos, la violencia lingüística, el insulto, no pueden ni deben convertirse nunca en el precio a pagar -los “medios necesarios” (¿?)- para la obtención de los “fines propuestos”. A la pareja violenta, como a la autoridad que nos maltrata, hay que obligarles a que se corrijan: siempre, y para siempre. Y si no lo hacen, en un caso como en el otro, hay que señalarles la puerta de salida. Hoy ya no son aceptables las aberraciones con las que la humanidad pudo convivir en siglos pasados.



9 dic 2024

Retiro 2024, La Plata otra vez

 Increíble, como siempre: el milagro de cada año













22 nov 2024

15 películas recientes



* "Emilia Pérez," de Jacques Audiard (El Profeta), como película francesa es increíblemente mexicana, muy buena 8

* "The Truffle Hunters", como documental norteamericano, es hermosamente italiano, muy muy bueno 8

* "La sustancia:" lo peor que puede dar el cine contemporáneo. Al nivel de la patética Triangle of Sadness” que ganó Cannes en el 2002, de Ruben Östlund, 2 (para ambas)

* "Gladiator", de Ridley Scott, etapa "Napoleón": Otro plomazo con puras mega- luchas 2

* "El tiempo que tenemos," romántico, uuh, enfermedad, se nos va la vida, nos queda poco, mal, 5

* "Small Things Like These", Irlandesa, de Tim Mielants, con guión de la escritora Claire Keegan, responsable del libro de la hermosa "The quiet girl" ("Tres luces"): 9, muy bonita, conmovedora

** Dos muy buenos documentales de Andrés Di Tella: "Mixtape la Pampa," excelente, 9; "327 Cuadernos" (sobre Piglia), muy bien, 8

* "Lo que quisimos ser", de Alejandro Agresti: bien la vuelta al origen, pero se queda a mitad de camino y no llega, 5

*"Le belle state," italiana, no creíble, muy ficticia 4

** Dos iraníes muy fuertes. "Shayda" muy bien actuada, 6; "The Seed of the Sacred Fig": por favor, qué película, y qué tragedia infinita Irán. Dilemas morales entre política corroída y familia que se quiebra, fantástica y dolorosa, 9

* "Golpe de suerte", de Woody Allen, en el sube y-baja-baja de los últimos años, ésta está abajo, aunque algo más arriba que las últimas de más abajo, 4

* "Segundo acto", que abrió Cannes, del mismo chanta que hizo la pésima "Daaaalí": " Quentin Dupieux ("soy original, soy distinto, rompo la cuarta pared y filmo arbitraria y caprichosamente lo que se me ocurre"). Lejos de ser mi taza de te, fuera: 5 (acá se salva mitad de la película, gracias a las improvisaciones de cuatro grandísimos, que aceptaron trabajar con el chanta: Léa Seydoux,Vincent Lindon, Louis Garrel y Raphaël Quenard) 

*"El sabor de la noche," de Wong Kar Wai, que no había visto (del 2007), manierista que cansa (y hacía tiempo que no veía cosas de él), pero siempre tiene lo suyo, 6


18 nov 2024

Rinoceronte (o, El precio a pagar)*



El joven ministro siempre utilizaba su tribuna para escandalizar a las personas respetables; era un provocador de raza, a pesar de sus cortos años. Para algunos -pongamos, por poner un nombre, Alejandro R.- toda esa escena resultaba por demás entretenida, sobre todo al reconocer de qué modo algunos de sus amigos se alborotaban, frente al espectáculo de la política oficial. “Pero ríanse, aprendan a gozar un poco, relájense, busquen el placer, sean positivos!” -les arengaba. Las pullas siguieron así, por un buen tiempo, aún cuando las bravatas ministeriales -las del joven empleado, y las de muchos de sus vistosos asesores- subían en su tono y arrojo. Una de sus asesoras, en particular, bromeaba siempre recurriendo a gracejos que implicaban, de una manera menos sutil que torpe, la misma reivindicación de la dictadura. “Ay, qué escándalo que hacen” -les decía entonces, Alejandro, a sus amigos: “enfóquense en el lado luminoso de las cosas: vivan su vida, anímense a ser felices”. Sin embargo, la espiral de oscuridad no cesaba en su descenso. Cada día, el repertorio público incluía alguna nueva incitación o reto, destinada a agitar la paciencia de los adversarios. Primero, algunas agrupaciones juveniles, muy cercanas al gobierno, comenzaron a hablar, vestirse y actuar como si fueran parte de un ejército de legionarios. Daban miedo. Alejandro, simplemente, los ignoraba: ¿qué sentido tenía preocuparse por ello? Más tarde, algunos partidarios del gobierno, exhibiendo impudicia y desenfreno adolescentes, empezaron a llevar a la práctica algunas de las amenazas que, en un comienzo, sólo parecían exhibir teatralmente, como en un juego. Así, tomaron como práctica la de emboscar a partidarios de las fuerzas contrarias, descargando sobre ellos sus propios resentimientos, una sed de protagonismo que llegaba al delirio. En más de una oportunidad, la celada había concluido con alguna víctima de la furia oficial, internada: directo al hospital. “¿Por qué tanto lío? Son peleas entre adolescentes” -comentaba Alejandro, y seguía- “¿o ustedes nunca se pelearon con los de la escuela de enfrente?” Alejandro se sonreía, no paraba de bromear, en parte como un modo de ridiculizar a sus indignados pares. “No hay que preocuparse por todo: ¡Así no se puede vivir! ¡Necesitan cambiar de actitud, muchachitos! Van camino a convertirse en unos viejos amargos” -amonestaba a sus cófrades. Siempre sonriendo, burlándose de ellos. Pasó que después la violencia dejó de estar sólo en manos de bobaliconas banditas de adolescentes. Por ejemplo, un militante arrepentido dio a conocer imágenes de uno de los principales voceros del gobierno, mientras arengaba a un grupo parapolicial, a cargo, según parece, de la “limpieza social” de la Ciudad. Alejandro quiso ignorar lo ocurrido, pero al final, insistentemente impugnado, en su pasividad, por sus amigos, les convino: “¡Déjense de embromar! Uno no se puede preocupar por cada noticia que no le gusta: ¡dejen pasar alguna, no se enganchen con cada episodio que les cuenten desde los medios! ¿No ven que el objetivo es ése, ganar audiencia, sacándolos a ustedes de la comodidad de sus sillas?” Alejandro, que había sido un radical crítico de la violencia, en años anteriores; que no había dejado de tildar como nazi o fascista a cualquier episodio de agresión política, se mofaba ahora de quienes parecían repetir, en tiempo presente, sus viejos dichos. “¡Es todo un espectáculo, y…les cuento, bastante divertido!” -exclamaba ahora. El colmo fue cuando el propio Presidente convocó a sus fieles, desde la cadena nacional, a arrollar físicamente a quienes criticaban al gobierno: “yo me comprometo a respaldarlos con la policía y el ejército” -agitó el Presidente. “¡Tumbar a diez de ellos, por cada agresión que reciba alguno de los nuestros!” -se exaltaba. Para Alejandro, el discurso presidencial resultaba poco llamativo y nada preocupante: “Siempre hay que intentar comprender” -sostuvo. “Hay que hacer un esfuerzo intelectual honesto”. Poco después, el Presidente agregó: “Es hora de despanzurrar a los enemigos del proyecto: atormentarlos hasta que sangren; extirparles los dientes; arrancarles las pezuñas”. Alejandro volvía entonces a apostar por la respuesta sedada, moderna, canchera: “recomiendo tener, de entrada, un prejuicio favorable o si no, al menos, una neutralidad, una apertura de espíritu propia de la mentalidad científica. Tratar de entender la lógica de esto. Comprender es justificar”. Agregaba, por las dudas: “Todavía no murió nadie ¿por qué tanto griterío?” Y también: “¡Celebren esto! Pasan cosas a cada momento, todos los días algún hecho nuevo que comentar, finalmente las cosas se mueven, un país que por fin aparece despierto” La argumentación podía cambiar y sofisticarse, pero la conclusión seguía siendo la misma: “¡Todo esto está muy bueno! ¡Permítanse disfrutarlo! ¡Es divertidísimo!”

*Muchas de las líneas del texto están tomadas de “El rinoceronte”, de Eugène Ionesco


16 nov 2024

Vuelve El Rinoceronte

 




Es  insólito q si tu (nueva) pareja te insulta y golpea, pero (a diferencia de la anterior, pongamos) trae el cheque a fin de mes, te digan "y bueno..." o "no te quejés x las formas" o "antes te pegaban y vos callada". El maltrato no es precio a pagar, nunca: Rechazalo, siempre

.............................................................................................................

PD: Van algunas de El Rinoceronte, de Ionesco (no de Alejandro Roz.)

* No pienses más. No hay que tener remordimientos. El sentimiento de culpa es peligroso. Vivamos nuestra vida, seamos felices. Tenemos el deber de ser felices

* Otro silogismo: todos los gatos son mortales. Sócrates es mortal. Por lo tanto Sócrates es un gato.

* No juzgue a los otros si no quiere ser juzgado. Y además, si uno se preocupara por todo lo que pasa, no podría vivir.

* Siempre hay que intentar comprender. Y cuando se quiere comprender un fenómeno y sus efectos, hay que remontarse hasta sus causas por medio de un esfuerzo intelectual honesto. Pero hay que intentar hacerlo, porque somos seres pensantes. Yo no lo he logrado, no sé si lo lograré. De todos modos, debemos tener, de entrada, un prejuicio favorable o si no, al menos, una neutralidad, una apertura de espíritu que es lo propio de la mentalidad científica. Todo es lógico. Comprender es justificar.


11 nov 2024

Terminar con el país a-jurídico que promueve este gobierno

 Publicado hoy, acá: https://www.clarin.com/opinion/papel-corte-guardian-constitucion_0_HHTK3N7Vzr.html




Nuestro país, como muchas democracias constitucionales de nuestro tiempo, se encuentra atravesando una crisis institucional inédita. Dicha crisis se manifiesta de formas diversas, que incluyen, de manera especial, a Ejecutivos que actúan discrecionalmente, y se ocupan de socavar el accionar de los órganos encargados de controlarlos. Lo que hoy ocurre es diferente de lo que ocurría en el siglo xx, cuando la crisis solía implicar golpes de estado que traían un cambio de régimen, de un día al siguiente, y los militares pasaban a tomar el control de todos los órganos de gobierno. En la actualidad, lo que vemos son procesos de deterioro o “erosión” de los sistemas de “frenos y controles”, a través de maniobras en apariencia legales, que van dejando al sistema en manos de una elite que procura actuar a su arbitrio. Ya no se trata del fin de la democracia “de muerte violenta” (un golpe de estado) sino de lo que Guillermo O’Donnell llamara procesos de “muerte lenta” (“la muerte de la democracia a través de mil cortes”).

En los casos más extremos, como el de Venezuela, el desgaste de los mecanismos de control ha llegado tan lejos, que los rastros de la democracia constitucional resultan irreconocibles. En México, desde fines de Septiembre, se ha puesto en marcha un intento de Reforma Judicial que se propone terminar con el clásico sistema de controles jurisdiccionales. En la Argentina actual, nos encontramos con un gobierno que, desde su llegada al poder, se ha propuesto gobernar por decreto y sin controles. Hoy, el gobierno ha convertido en práctica la de resistir -a través de un apoyo minoritario- el control legislativo sobre sus decretos, amparado en una ley inconstitucional -la ley 26122 del 2006- diseñada en su momento por el kirchnerismo para sortear cualquier supervisión sobre sus actos (una ley que incentiva el uso de decretos, y torna casi imposible la tarea de controlarlos). De modo más serio aún, algunos legisladores, cercanos al oficialismo, se resisten hoy a modificar la ley 26122 que, cuando eran oposición, denunciaban y urgían eliminar. Para algunos la discrecionalidad del poder no es siempre un problema: el problema no existe cuando les toca a ellos el turno de ser arbitrarios. No se dan cuenta que nadie ocupa el poder por siempre, y que de ese modo preparan las condiciones para que el futuro gobierno -en instantes- se deshaga de sus “logros”, y también de ellos.

El tipo de enfrentamiento que vemos hoy, entre el oficialismo y la Constitución, se manifiesta en casi cada acto de gobierno. Ignorante de la Constitución, el Presidente ha calificado al mandato constitucional en favor de la “justicia social” (art. 75 inc. 19) como una “aberración” que representa un “robo”; ha denunciado al “garantismo” “responsable de un baño de sangre”, cuando desde 1853, la Constitución exige firmes garantías para todos -aún para los presos (art. 18); se ha negado a suscribir la Declaración sobre la Igualdad de Género, desconociendo los deberes que le impone el art. 37 (que exige “acciones positivas” a favor de las mujeres). Mucho más que eso, este actuar anti-constitucional del Ejecutivo aparece reafirmado cuando el Presidente encarna una política anticientífica (art 75 inc. 19); cuando promueve con irresponsabilidad medidas que dañan al medioambiente (art. 41, 43); o cuando denigra y desfinancia, en lugar de expandir y promover, la educación pública (art. 75 inc. 18-19). Mucho peor aún: el Presidente no deja pasar un día sin insultar a quienes no piensan como él; incitar a la violencia; mostrar intolerancia hacia las ideas diferentes; burlarse de las personas con discapacidades; injuriar a los miembros de las demás ramas del poder; acusar infundadamente de crímenes a sus opositores.

El Presidente no puede seguir actuando de ese modo, por una diversidad de razones: el poder y la posición de privilegio de la que goza; el impacto diferencial de sus acciones; el control del que dispone sobre el aparato coercitivo; los deberes de decoro que derivan de su función; las obligaciones institucionales que son propias de su cargo; las exigencias de cooperación que tiene con las demás ramas de gobierno; las responsabilidades propias de los funcionarios públicos (más cuanto más alto el rango).

En este marco, los demás poderes del Estado adquieren una obligación especial, hacia todos nosotros, y en favor de la Constitución, en pos de salvaguardar la “república representativa y federal” (art. 1). La justicia, y de modo muy especial la Corte Suprema, debe abandonar su habitual pasividad, disfrazada de prudencia y revestida de cálculo, para asumir activamente el papel que le corresponde de guardián de la Constitución, y garante de los procedimientos de la democracia. Décadas atrás, dichos deberes podían traducirse en obligaciones de especial cuidado frente al accionar de los grupos de interés; y exigencias de una vigilancia firme contra habituales discriminaciones (i.e., contra minorías discrete and insular, como podían serlo las minorías raciales y sexuales). Hoy, los riesgos presentes son mayores, por lo que una lectura atenta al contexto, en torno a los alcances del control judicial, merece incluir cuidados adicionales, en particular frente a las comunes prácticas de socavamiento o “erosión” constitucional, impulsadas desde el Ejecutivo. La Constitución necesita que la Corte se ponga de pie, en su defensa, cuando los demás poderes no pueden hacerlo, o defeccionan, o son las responsables mismas de poner al derecho en crisis. No se trata de un actuar deseable, preferible o facultativo de la justicia: hablamos de una obligación constitucional, que nos incube a todos, y de la que ella es principal responsable.