Luego de una micro-polemica que se instalo por ahi abajo sobre borges, queria colgar un texto que se encuentra en la web, y que representa uno de los escritos mas politicos y polemicos de borges (con bioy): "La fiesta del monstruo," donde borges y bioy dan muestra, con formidable talento y manejo de la lengua popular, de su mirada anti-peronista mas furibunda. El texto es un manjar para quieren ver al borges mas anti-popular, pero tambien una muestra extraordinaria de su estilo mas filoso e ironico.
H. Bustos Domecq
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Te prevengo, Nelly, que fue una jornada cívica en forma. Yo, en mi condición de pie plano, y de propenso a que se me ataje el resuello por el pescuezo corto y la panza hipopótama, tuve un serio oponente en la fatiga, máxime calculando que la noche antes yo pensaba acostarme con las gallinas, cosa de no quedar como un crosta en la performance del feriado. Mi plan era sume y reste: apersonarme a las veinte y treinta en el Comité; a las veintiuna caer como un soponcio en la cama jaula, para dar curso, con el Colt como un bulto bajo la almohada, al Gran Sueño del Siglo, y estar en pie al primer cacareo, cuando pasaran a recolectarme los del camión. Pero decime una cosa ¿vos no creés que la suerte es como la lotería, que se encarniza favoreciendo a los otros? En el propio puentecito de tablas, frente a la caminera, casi aprendo a nadar en agua abombada con la sorpresa de correr al encuentro del amigo Diente de Leche, que es uno de esos puntos que uno se encuentra de vez en cuando. Ni bien le vi su cara de presupuestívoro, palpité que él también iba al Comité y, ya en tren de mandarnos un enfoque del panorama del día, entramos a hablar de la distribución de bufosos para el magno desfile, y de un ruso que ni llovido del cielo, que los abonaba como fierro viejo en Berazategui. Mientras formábamos en la cola, pugnamos por decirnos al vesre que una vez en posesión del arma de fuego nos daríamos traslado a Berazategui aunque a cada uno lo portara el otro a babucha, y allí, luego de empastarnos el bajo vientre con escarola, en base al producido de las armas, sacaríamos, ante el asombro general del empleado de turno ¡dos boletos de vuelta para Tolosa! Pero fue como si habláramos en inglés, porque Diente no pescaba ni un chiquito, ni yo tampoco, y los compañeros de fila prestaban su servicio de intérprete, que casi me perforan el tímpano, y se pasaban el Faber cachuzo para anotar la dirección del ruso. Felizmente, el señor Marforio, que es más flaco que la ranura de la máquina de monedita, es un amigo de ésos que mientras usted lo confunde con un montículo de caspa, está pulsando los más delicados resortes del alma del popolino, y así no es gracia que nos frenara en seco la manganeta, postergando la distribución para el día mismo del acto, con pretexto de una demora del Departamento de Policía en la remesa de las armas. Antes de hora y media de plantón, en una cola que ni para comprar kerosene, recibimos de propios labios del señor Pizzurno, orden de despejar al trote, que la cumplimos con cada viva entusiasta que no alcanzaron a cortar enteramente los escobazos rabiosos de ese tullido que hace las veces de portero en el Comité.A una distancia prudencial, la barra se rehizo. Loiácono e puso a hablar que ni la radio de la vecina. La vaina de esos cabezones con labia es que a uno le calientan el mate y después el tipo ?vulgo el abajo firmante- no sabe para dónde agarrar y me lo tienen jugando al tresiete en el almacén de Bernárdez, que vos a lo mejor te amargás con la ilusión que anduve de farra y la triste verdad fue que me pelaron hasta el último votacén, si el consuelo de cantar la nápola, tan siquiera una vuelta.
(Tranquila Nelly, que el guardaguja se cansó de morfarte con la visual y ahora se retira, como un bacán en la zorra. Dejale a tu pato Donald que te dé otro pellizco en el cogotito).
Cuando por fin me enrosqué en la cucha, yo registraba tal cansancio en los pieses que al inmediato capté que el sueñito reparador ya era de los míos. No contaba con ese contrincante que es el más sano patriotismo. No pensaba más que en el Monstruo y al otro día lo vería sonreírse y hablar como el gran laburante argentino que es. Te prometo que vine tan excitado que al rato me estorbaba la cubija para respirar como un ballenato. Reciencito a la hora de la perrera concilié el sueño, que resultó tan cansador como no dormir, aunque soñé primero con una tarde, cuando era pibe, que la finada mi madre me llevó a una quinta. Creeme, Nelly, que yo nunca había vuelto a pensar en esa tarde, pero en el sueño comprendí que era la más feliz de mi vida, y eso que no recuerdo nada sino un agua con hojas reflejadas y un perro muy blanco y muy manso, que yo le acariciaba el Lomuto; por suerte salí de esas purretadas y soñé con los modernos temarios que están en el marcador: el Monstruo me había nombrado su mascota y, algo después, su Gran Perro Bonzo. Desperté y, para haber soñado tanto destropósito, había dormido cinco minutos. Resolví cortar por lo sano: me di una friega con el trapo de la cocina, guardé todos los callordas en el calzado Fray Mocho, me enredé que ni un pulpo entre las mangas y las piernas de la combinación mameluco-, vestí la corbatita de lana con dibujos animados que me regalaste el Día del Colectivero y salí sudando grasa porque algún cascarudo habrá transitado por la vía pública y lo tomé por el camión. A cada falsa alarma que pudiera, o no, tomarse por el camión, yo salía como taponazo al trote gimnástico, salvando las sesenta varas que hay desde el tercer patio a la puerta de calle. Con entusiasmo juvenil entonaba la marcha que es nuestra bandera, pero a las doce menos diez, vine afónico y ya no me tiraban con todo los magnates del primer patio. A las trece y veinte llegó el camión, que se había adelantado a la hora y cuando los compañeros de cruzada tuvieron el alegrón de verme, que ni me había desayunado con el pan del loro de la señora encargada, todos votaban por dejarme, con el pretexto que viajaban en un camión carnicero y no en una grúa. Me les enganché como acoplado y me dijeron que si les prometía no dar a luz antes de llegar a Espeleta, me portarían en mi condición de fardo, pero al fin se dejaron convencer y medio me izaron. Tomó furia como una golondrina el camión de la juventud y antes de media cuadra paró en seco frente del Comité. Salió un tape canoso, que era un gusto cómo nos baqueteaba y, antes que nos pudieran facilitar, con toda consideración, el libro de quejas, ya estábamos traspirando en un brete, que ni si tuviéramos las nucas de queso Mascarpone. A bufoso por barba fue la distribución alfabética; compenetrate, Nelly; a cada revólver le tocaba uno de nosotros. Sin el mínimo margen prudencial para hacer cola frente al Caballeros, o tan siquiera para someter a la subasta un arma en buen uso, nos guardaba el tape en el camión del que ya no nos evadiríamos sin una tarjetita de recomendación para el camionero.
A la voz de ¡aura y se fue! Nos tuvieron hora y media al rayo del sol, a la vista por suerte, de nuestra querida Tolosa, que en cuanto el botón salía a correrlos, los pibes nos tenían a hondazo limpio, como si en cada uno de nosotros apreciaran menos el compatriota desinteresado que el pajarito para la polenta. Al promediar la primera hora, reinaba en el camión esa tirantez que es la base de toda reunión social pero después la merza me puso de buen humor con la pregunta si me había anotado para el concurso de la Reina Victoria, una indirecta vos sabés, a esta panza bombo, que siempre dicen que tendría que ser de vidrio para que yo me divisara aunque sea un poquito, los basamentos horma 44. Yo estaba tan afónico que parecía adornado con el bozal, pero a la hora y minutos de tragar tierra, medio recuperé esta lengüita de Campana y, hombro a hombro con los compañeros de brecha, no quise restar mi concurso a la masa coral que despachaba a todo pulmón la marchita del Monstruo, y ensayé hasta medio berrido que más bien salió francamente un hipo, que si no abro el paragüita que dejé en casa, ando en canoa con cada salivazo que usted me confunde con Vito Dumas, el Navegante Solitario. Por fin arrancamos y entonces sí que corrió el aire, que era como tomarse el baño en la olla de la sopa, y uno almorzaba un sangüiche de chorizo, otro su arrolladito de salame, otro su panetún, otro su media botella de Vascolet y el de más allá la milanesa fría, pero más bien todo eso vino a suceder ora vuelta, cuando fuimos a la Ensenada, pero como yo no concurrí, más gano si no hablo. No me cansaba de pensar que toda esa muchachada moderna y sana pensaba en todo como yo, porque hasta el más abúlico oye las emisiones en cadena, quieras que no. Todos éramos argentinos, todos de corta edad, todos del Sur y nos precipitábamos al encuentro de nuestros hermanos gemelos que, en camiones idénticos procedían de Fiorito y Villa Domínico, de Ciudadela, de Villa Luro, de La Paternal, aunque por Villa Crespo pulula el ruso y yo digo que más vale la pena acusar su domicilio legal en Tolosa Norte.
¡Qué entusiasmo partidario te perdiste, Nelly! En cada foco de población muerto de hambre se nos quería colar una verdadera avalancha que la tenía emberretinada el más puro idealismo, pero el capo de nuestra carrada, Garfunkel, sabía repeler como corresponde a ese fabarutaje sin abuela, máxime si te metés en el coco que entre tanto mascalzone patentado bien se podía emboscar un quintacolumna como luz, de esos que antes que usted dea la vuelta del mundo en ochenta días me lo convencen que es un crosta y el Monstruo un instrumento de la Compañía de Teléfono. No te digo niente de más de un cagastume que se acogía a esas purgas para darse de baja en el confusionismo y repatriarse a casita lo más liviano; pero embromate y confesá que de dos chichipíos el uno nace descalzo y el otro con patín de munición, porque vuelta que yo creía descolgarme del carro era patada del señor Garfunkel que me restituía al seno de los valientes. En las primeras etapas los locales nos recibían con entusiasmo francamente contagioso, pero el señor Garfunkel, que no es de los que portan la piojosa puro adorno, le tenía prohibido al camionero sujetar la velocidad, no fuera algún avivato a ensayar la fuga relámpago. Otro gallo nos cantó en Quilmes, donde el crostaje tuvo permiso para desentumecer los callos plantales, pero ¿quién, tan lejos del pago iba a apartarse del grupo? Hasta ese momentazo, dijera el propio Zoppi o su mamá, todo marchó como un dibujo, pero el nerviosismo cundió entre la merza cuando el trompa, vulgo Garfunkel, nos puso blandos al tacto con la imposición de deponer en cada paredón el nombre del Monstruo, para ganar de nuevo el vehículo, a velocidad de purgante, no fuera algún cabreira a cabrearse y a venir calveira pegándonos. Cuando sonó la hora de la prueba empuñé el bufoso y bajé resuelto a todo, Nelly, anche a venderlo por menos de tres pessolanos. Pero ni un solo cliente asomó el hocico y me di el gusto de garabatear en la tapia unas letras frangollo, que si invierto un minuto más, el camión me da el esquinazo y se lo traga el horizonte rumbo al civismo, a la aglomeración, a la fratellanza, a la fiesta del Monstruo. Como para aglomeración estaba el camión cuando volví hecho un queso con camiseta, con la lengua de afuera. Se había sentado en la retranca y estaba tan quieto que sólo le faltaba el marco artístico para ser una foto. A Dios gracias formaba entre los nuestros el gangoso Tabacman, más conocido como Tornillo sin Fin, que es el empedernido de la mecánica, y a la media hora de buscarle el motor y de tomarse toda la Bilz de mi segundo estómago de camello, que así yo pugno que le digan siempre a mi cantimplora, se mandó con toda franqueza su ?a mí que me registren?, porque el Fargo a las claras le resultaba una firme ilegible.
Bien me parece tener leído en uno de esos quioscos fetentes que no hay mal que por bien no venga, y así Tata Dios nos facilitó una bicicleta olvidada en contra de una quinta de verdura, que a mi ver el bicicletista estaba en proceso de recauchutaje, porque no asomó la fosa nasal cuando el propio Garfunkel le calentó el asiento con la culata. De ahí arrancó como si hubiera olido todo un cuadrito de escarola, que más bien parecía que el propio Zoppi o su mamá le hubiera munido el upite de un petardo Fu-Man-Chú. No faltó quien se aflojara la faja para reírse al verlo pedalear tan garufiento, pero a las cuatro cuadras de pisarles los talones lo perdieron de vista, causa que el peatón, aunque se habilite las manos con el calzado Pecus, no suele mantener su laurel de invicto frente a Don Bicicleta. El entusiasmo de la conciencia en marcha hizo que en menos tiempo del que vos, gordeta, invertís en dejar el mostrador sin factura, el hombre se despistara en el horizonte, para mí que rumbo a la cucha, a Tolosa.Tu chanchito te va a ser confidencial, Nelly: quien más, quien menos ya pedaleaba con la comezón del gran Spiantujen, pero como yo no dejo siempre de recalcar en las horas que el luchador viene enervado y se aglomeran los más negros pronósticos, despunta el delantero fenómeno que marca goal; para la patria, para el Monstruo; para nuestra merza en franca descomposición, el camionero. Ese patriota que le sacó el sombrero se corrió como patinada y paró en seco al más avivato del grupo en fuga. Le aplicó súbito un mensaje que al día siguiente, por los chichones, todos me confundían con la yegua tubiana del panadero. Desde el suelo me mandé cada hurra que los vecinos se incrustaban el pulgar en el tímpano. De mientras, el camionero nos puso en fila india a los patriotas, que si alguno quería desapartarse, el de atrás tenía carta blanca para atribuirle cada patada en el culantro que todavía me duele sentarme. Calculate, Nelly, qué tarro el último de la fila ¡nadie le shoteaba la retaguardia! Era, cuándo no, el camionero, que nos arrió como a concentración de pie planos hasta la zona, que no trepido en caracterizar como de la órbita de Don Bosco, vale, de Wilde. Ahí la casualidad quiso que el destino nos pusiera al alcance de un ónibus rumbo al descanso de hacienda de La Negra, que ni llovido por Baigorri. El camionero, que se lo tenía bien remanyado al guarda-conductor, causa de haber sido los dos ?en los tiempos heroicos del Zoológico popular de Villa Domínico- mitades de un mismo camello, le suplicó a ese catalán de que nos portara. Antes que se pudiera mandar su Suba Zubizarreta de práctica, ya todos engrosamos el contingente de los que llenábamos el vehículo, riéndonos hasta enseñar las vegetaciones, del puntaje senza potencia, que, por razón de quedar cola, no alcanzó a incrustarse en el vehículo, quedando como quien dice ?vía libre? para volver, sin tanta mala sangre, a Tolosa. Te exagero, Nelly, que íbamos como en onibus, que sudábamos propio como sardinas, que si vos te mandás el vistazo, el señoras de Berazategui te viene chico. ¡Las historietas de regular interés que se dieron curso! No te digo niente de la olorosa que cantó por lo bajo el tano Potasman, a la misma vista de Sarandí y de aquí lo aplaudo como un cuadrumano a Tornillo sin Fin que en buena ley vino a ganar su medallón de Vero Desopilante, obligándome bajo amenaza de tincazo en los quimbos, a abrir la boca y cerrar los ojos: broma que aprovechó sin un desmayo para enllenarme las entremuelas con la pelusa y los demás producidos de los fundillos. Pero hasta las perdices cansan y cuando ya no sabíamos lo que hacer, un veterano me pasó la cortaplumita y la empuñamos todos a uno para más bien dejar como colador el cuero de los asientos. Para despistar, todos nos reíamos de mí; en después no faltó uno de esos vivancos que saltan como pulgas y vienen incrustados en el asfáltico, cosa de evacuarse del carromato antes que el guarda-conductor sorprendiera los desperfectos. El primero que aterrizó fue Simón Tabacman que quedó propio ñato con el culazo; muy luego Fideo Zoppi o su mamá; de último, aunque reviente de la rabia, Rabasco; acto continuo, Spatola; doppo, el vasco Speciale. En el itnerinato, Monpurgo se prestó por lo bajo al gran rejunte de papeles y bolsas de papel, idea fija de acopiar elemento para una fogarata en forma que hiciera pasto de las llamas al Broackway, propósito de escamotear a un severo examen la marca que dejó el cortaplumita. Pirosanto, que es un gangoso sin abuela, de esos que en el bolsillo portan menos pelusa que fósforos, se dispersó en el primer viraje, para evitar el préstamo de Rancherita, no sin comprometer la fuga, eso sí, con un cigarrillo Volcán que me sonsacó de la boca. Yo, sin ánimo de ostentación y para darme un poco de corte, estaba ya frunciendo la jeta para debatir la primera pitada cuando el Pirosanto, de un saque, capturó el cigarrillo, y Morpurgo, como quien me dora la píldora, acogió el fósforo que ya me doraba los sabañones y metió fuego al papelamen. Sin tan siquiera sacarse el rancho, el funyi o la galera, Morpurgo se largó a la calle, pero yo panza y todo, lo madrugué y me tiré un rato antes y así pude brindarle un colchón, que amortiguó el impacto y cuasi me desfonda la busarda con los noventa kilos que acusa. Sandié, cuando me descalcé de esta boca los tamanguses hasta la rodilla de Manolo Morpurgo, l´ónibus ardía en el horizonte, mismo como el spiedo de Perosio, y el guarda-conductor-propietario, lloraba dele que dele ese capital que se le volvía humo negro. La barra, siendo más, se reía, pronta, lo juro por el Monstruo, a darse a la fuga si se irritaba el ciervo. Tornillo, que es el bufo tamaño mole, se le ocurrió un chiste que al escucharlo vos con la boca abierta vendrás de gelatina con la risa. Atenti, Nelly. Desemporcate las orejas, que ahí va. Uno, dos, tres y PUM. Dijo ?pero no te me vuelvas a distraer con el spiantaja que le guiñás el ojo- que el ónibus ardía mismo como el spiedo de Perosio. Ja, ja, ja.
Yo estaba lo más campante, pero la procesión iba por dentro. Vos, que cada parola que se me cae de los molares, la grabás en los sesos con el formón, tal vez hagas memoria del camionero, que fue medio camello con el del ónibus. Si me entendés, la fija que ese cachascán se mandaría cada alianza con el lacrimógeno para punir nuestra fea conducta estaba en la cabeza de los más linces. Pero no temás por tu conejito querido: el camionero se mandó un enfoque sereno y adivinó que el otro, sin ónibus, ya no era un oligarca que vale la pena romperse todo. Se sonrió como el gran bonachón que es; repartió, para mantener la disciplina, algún rodillazo amistoso (aquí tenés el diente que me saltó y se lo compré después para recuerdo) y ¡cierren filas y paso redoblado, marrr!¡Lo que es la adhesión! La gallarda columna se infiltraba en las lagunas anegadizas, cuando no en las montañas de basura, que acusan el acceso a la Capital, sin más defección que una tercera parte, grosso modo, del aglutinado inicial que zarpó de Tolosa. Algún inveterado se había propasado a medio encender su cigarrillo Salutaris, claro está, Nelly, que con el visto bueno del camionero. Qué cuadro para ponerlo en colores: portaba el estandarte, Spátola, con la camiseta de toda confianza sobre la demás ropa de lana; lo seguían de cuatro en fondo, Tornillo, etc.
Serían recién las diecinueve de la tarde cuando al fin llegamos a la Avenida Mitre. Morpurgo se rió todo de pensar que ya estábamos en Avellaneda. También se reían los bacanes, que a riesgo de caer de los balcones, vehículos y demás bañaderas, se reían de vernos de a pie, sin el menor rodado. Felizmente Babuglia en todo piensa y en la otra banda del Riachuelo se estaban herrumbrando unos camiones e nacionalidad canadiense, que el Instituto, siempre attenti, adquirió en calidad de rompecabezas de la Sección Demoliciones del ejército americano. Trepamos con el mono a uno caki y entonando el ?Adiós, que me voy llorando? esperamos que un loco del Ente Autónomo, fiscalizado por Tornillo Sin Fin, activara la instalación del motor. Suerte que Rabasco, a pesar de esa cara de fundillo, tenía cuña con un guardia del Monopolio y, previo pago de boletos, completamos un bondi eléctrico, que metía más ruido que un solo gaita. El bondi ?talán, talán- agarró p?al Centro; iba superbo como una madre joven que, soto la mirada del babo, porta en la panza las modernas generaciones que mañana reclamarán su lugar en las grandes meriendas de la vida... En su seno, con un tobillo en el estribo y otro sin domicilio legal, iba tu payaso querido, iba yo. Dijera un observador que el bondi cantaba; hendía el aire impulsado por el canto; los cantores éramos nosotros. Poco antes de la calle Belgrano la velocidad paró en seco desde unos veinticuatro minutos; yo traspiraba para comprender, y anche la gran turba como hormiga de más y más automotores, que no dejaba que nuestro medio de locomoción diera materialmente un paso.
El camionero rechinó con la consigna ¡Abajo chichipíos! y ya nos bajamos en el cruce de Tacuarí y Belgrano. A las dos o tres cuadras de caminarla, se planteó sobre tablas la interrogante: el garguero estaba reseco y pedía líquido. El Emporio y Despacho de Bebidas Puga y Gallach ofrecía un principio de solución. Pero te quiero ver, escopeta: ¿cómo abonábamos? En ese vericueto, el camionero se nos vino a manifestar como todo un expeditivo. A la vista y paciencia de un perro dogo, que terminó por verlo al revés, me tiró cada zancadilla delante de la merza hilarante, que me encasqueté una rejilla como sombrero hasta el masute, y del chaleco se rodó la chirola que yo había rejuntado para no hacer tan triste papel cuando cundiera el carrito de la ricotta. La chirola engrosó la bolsa común y el camionero, satisfecho mi asunto, pasó a atender a Souza, que es la mano derecha de Gouveia, el de los pegotes Pereyra ?sabés- que vez pasada se impusieron también como la Tapioca Científica. Souza, que vive para el Pegote, ews cobrador del mismo, y así no es gracia que dado vuelta pusiera en circulación tantos biglietes de hasta cero cincuenta que no habrá visto tantos juntos ni el Loco Calcamonía, que marchó preso cuando aplicaba la pintura mondongo a su primer bigliete. Los de Souza, por lo demás, no eran falsos y abonaron, contantes y sonantes, el importe neto de las Chissottis, que salimos como el que puso seca la mamajuana. Bo, cuando cacha la guitarra, se cree Gardel. Es más, se cree Gotuso. Es más, se cree Garófalo. Es más, se cree Giganti-Tomassoni. Guitarra, propio no había en ese local, pero a Bo le dio con “Adiós Pampa Mía” y todos lo coreamos y la columna juvenil era un solo grito. Cada uno, malgrado su corta edad, cantaba lo que le pedía el cuerpo, hasta que vino a distraernos un sinagoga que mandaba respeto con la barba. A ese le perdonamos la vida, pero no se escurrió tan fácil otro de formato menor, más manuable, más práctico, de manejo más ágil. Era un miserable cuatro ojos, sin la musculatura del deportivo. El pelo era colorado, los libros bajo el brazo y de estudio. Se registró como un distraído que cuasi se lleva por delante a nuestro abanderado, Spátola. Bonfirraro, que es el chinche de los detalles, dijo que él no iba a tolerar que un impune desacatara el estandarte y foto del Monstruo. Ahí nomás lo chumbó al Nene Tonelada, de apelativo Cagnazzo, para que procediera. Tonelada, que siempre es el mismo, me soltó cada oreja, que la tenía enrollada como el cartucho de los manises y, cosa de caerle simpático a Bonfirraro, le dijo al rusovita que mostrara un cachito más de respeto a la opinión ajena, señor, y saludara a la figura del Monstruo. El otro contestó con el despropósito que él también tenía su opinión. El Nene, que las explicaciones lo cansan, lo arrempujó con una mano que si el carnicero la ve, se acabó la escasez de la carnasa y el bife de chorizo. Lo rempujó a un terreno baldío, de esos que en el día menos pensado levantan una playa de estacionamiento y el punto vino a quedar contra los nueve pisos de una pared senza finestra ni ventana. De mientras los traseros nos presionaban con la comezón de observar y los de fila cero quedamos como sangüche de salame entre esos locos que pugnaban por una visión panorámica y el pobre quimicointas acorralado que, vaya usted a saber, se irritaba. Tonelada, atento al peligro, reculó para atrás y todos nos abrimos como abanico dejando al descubierto una cancha del tamaño de un semicírculo, pero sin orificio de salida, porque de muro a muro estaba la merza. Todos bramábamos como el pabellón de los osos y nos rechinaban los dientes, pero el camionero, que no se le escapa un pelo en la sopa, palpitó que más o menos de uno estaba por mandar in mente su plan de evasión. Chiflido va, chiflido viene, nos puso sobre la pista de un montón aparente de cascote, que se brindaba al observador. Te recordarás que esa tarde el termómetro marcaba una temperatura de sopa y no me vas a discutir que un porcentaje nos sacamos el saco. Lo pusimos de guardarropa al pibe Saulino, que así no pudo participar en el apedreo. El primer cascotazo lo acertó, de puro tarro, Tabacman, y le desparramó las encías, y la sangre era un chorro negro. Yo me calenté con la sangre y le arrimé otro viaje con un cascote que le aplasté una oreja y ya perdí la cuenta de los impactos, porque el bombardeo era masivo. Fue desopilante; el jude se puso de rodillas y miró al cielo y rezó como ausente en su media lengua. Cuando sonaron las campanas de Monserrat se cayó, porque estaba muerto. Nosotros nos desfogamos un rato más, con pedradas que ya no le dolían. Te lo juro, Nelly, pusimos el cadáver hecho una lástima. Luego Morpurgo, para que los muchachos se rieran, me hizo clavar la cortapluma en lo que hacía las veces de cara.
Después del ejercicio que acalora me puse el saco, maniobra de evitar un resfrío, que por la parte baja te representa cero treinta en Genioles. El pescuezo lo añudé en la bufanda que vos zurciste con tus dedos de hada y acondicioné las orejas sotto el chambergolino, pero la gran sorpresa del día la vino a detentar Pirosanto, con la ponenda de meterle fuego al rejunta piedras, previa realización en remate de anteojos y vestuario. El remate no fue suceso. Los anteojos andaban misturados con la viscosidad de los ojos y el ambo era un engrudo con la sangre. También los libros resultaron un clavo, por saturación de restos orgánicos. La suerte fue que el camionero (que resultó ser Graffiacane), pudo rescatarse su reloj del sistema Roskopf sobre diecisiete rubíes, y Bonfirraro se encargó de una cartera Fabricant, con hasta nueve pesos con veinte y una instantánea de una señorita profesora de piano, y el otario Rabasco se tuvo que contentar con un estuche Bausch para lentes y la lapicera fuente Plumex, para no decir nada del anillo de la antigua casa Poplavsky.Presto, fordeta, quedó relegado al olvido ese episodio callejero. Banderas de Boitano que tremolan, toques de clarín que vigoran, doquier la masa popular, formidavel. En la Plaza de Mayo nos arengó la gran descarga eléctrica que se firma doctor Marcelo N. Frogman. Nos puso en forma para lo que vino después: la palabra del Monstruo. Estas orejas la escucharon, gordeta, mismo como todo el país, porque el discurso se transmite en cadena.
Pujato, 24 de noviembre de 1947.
20 oct 2007
19 oct 2007
Ovejitas
Me había comentado mi amiga Carolina -y hoy lo vuelvo a leer en Página- que la campaña del Partido del Pueblo Suizo, el SVP, venía tomando un color más oscuro, si es que vale la expresión. Parece que la ciudad (Ginebra en el caso que me comentaban) está inundada con carteles en donde unas tiernas ovejitas blancas aparecen pateando a una oveja negra fuera del país, y fuera de la bandera rojiblanca suiza. Según Página, el “poster fue descripto por un comité controlador de la ONU como ´abiertamente racista’ y se cree que fue el factor que catalizó las protestas contra el SVP en la capital suiza, Berna, hace tres semanas." El millonario y ministro suizo de Justicia, Christoph Blocher, líder del Partido del Pueblo, dijo en una entrevista esta semana: “La expresión ‘oveja negra’ existe en todos los idiomas. ¿Cómo puede alguien pensar seriamente que estábamos señalando con el dedo a los africanos? Todos saben que ‘oveja negra’ quiere decir los delincuentes extranjeros que deben ser expulsados”. El cartel, como nos comentan abajo, puede verse en: www.svp.ch (una experiencia fuerte)
17 oct 2007
El poema favorito de mi amigo Felix O.
Itaca, de Constantin Cavafis
Cuando inicies tu viaje a Ítaca,
ruega que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de conocimiento.
No temas a los Lestrigonios
y los Cíclopes y al furiosos Poseidón.
Jamás encontrarás tales cosas en tu camino,
si tus pensamientos se mantienen elevados, si una bella
emoción toca tu cuerpo y tu espíritu.
Jamás encontrarás a los Lestrigonios,
a los Cíclopes y al fiero Poseidón,
si no los llevas contigo dentro de tu alma,
si tu alma no los alza frente a ti.
Ruega entonces que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas de verano,
en que entres a puertos por primera vez vistos
¡con qué placer, con qué alegría!
Detente en los mercados fenicios,
y compra mercadería fina,
nácar y corales, ámbar y ébano,
y perfumes agradables de toda especie.,
compra tantos perfumes agradables como puedas;
visita una multitud de ciudades egipcias,
para aprender y aprender de aquellos que tienen conocimiento.
Mantén siempre Ítaca fija en tu mente.
Llegar allí es tu meta última.
Pero no apresures el viaje para nada.
Es mejor dejarlo durar por largos años;
e incluso anclar junto a la isla cuando ya estés viejo,
rico con todo lo que has ganado en el camino,
sin esperar que Ítaca te dé riquezas.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te habrá defraudado.
Con la gran sabiduría que habrás ganado, con tanta experiencia,
ya habrás entendido para entonces lo que estas Ítacas significan.
Cuando inicies tu viaje a Ítaca,
ruega que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de conocimiento.
No temas a los Lestrigonios
y los Cíclopes y al furiosos Poseidón.
Jamás encontrarás tales cosas en tu camino,
si tus pensamientos se mantienen elevados, si una bella
emoción toca tu cuerpo y tu espíritu.
Jamás encontrarás a los Lestrigonios,
a los Cíclopes y al fiero Poseidón,
si no los llevas contigo dentro de tu alma,
si tu alma no los alza frente a ti.
Ruega entonces que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas de verano,
en que entres a puertos por primera vez vistos
¡con qué placer, con qué alegría!
Detente en los mercados fenicios,
y compra mercadería fina,
nácar y corales, ámbar y ébano,
y perfumes agradables de toda especie.,
compra tantos perfumes agradables como puedas;
visita una multitud de ciudades egipcias,
para aprender y aprender de aquellos que tienen conocimiento.
Mantén siempre Ítaca fija en tu mente.
Llegar allí es tu meta última.
Pero no apresures el viaje para nada.
Es mejor dejarlo durar por largos años;
e incluso anclar junto a la isla cuando ya estés viejo,
rico con todo lo que has ganado en el camino,
sin esperar que Ítaca te dé riquezas.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te habrá defraudado.
Con la gran sabiduría que habrás ganado, con tanta experiencia,
ya habrás entendido para entonces lo que estas Ítacas significan.
16 oct 2007
Trompeta
Mientras tanto, el millonario Donald Trump anuncia, a página completa en el NYT, su nuevo libro, Think Big and Kick Ass, realmente interesante, al menos por lo que el título sutilmente nos sugiere. El libro se publicita con una frase del autor, diciendo “Es lo mejor de todo lo que he escrito”(...) Y luego “Los secretos de mi éxito. Ahora puede hacerlos suyos.” En la portada del libro, el autor grita desbocado, logrando al menos que su peluquete color de oro no se mueva. Demasiadas emociones juntas.
Tiempos demasiado peligrosos
Perilous Times: Free Speech in Wartime From the Sedition Act of 1798 to the War on Terrorism By Geoffrey R. Stone
730 pages. W.W. Norton & Company.
En su libro “Tiempos Peligrosos,” el ex decano de la facultad de derecho de Chicago, Geoffrey Stone da cuenta de una historia interesante: muestra el modo en que, en los momentos en que más se la necesitaba, la libertad de expresión fue sistemáticamente coartada. Consistentemente, en tiempos de guerra, la voz de los disidentes resultó restringida, de distintas maneras. De modo habitual, tales iniciativas tomadas por el poder político fueron certificadas y legitimadas por la Corte Suprema (aunque, cabe notarlo, no siempre estos actos llegaron a los estrados del máximo tribunal).
Stone distingue 6 períodos fundamentales, que vienen a probar su tesis.
1)Durante la presidencia de John Adams, el partido en el poder dictó las vergonzantes Sedition Acts de 1798, que prohibieron que cualquier persona escribiera, publicara o utilizara frases de naturaleza “falsa, escandalosa y maliciosa” contrarias al gobierno -algo que sistemáticamente se utilizó para fortalecer el poder de los Federalistas en el gobierno.
2)Durante la Guerra Civil, el Presidente Lincoln suspendió el derecho a un habeas corpus en 8 ocasiones, al tiempo en que se arrestó a individuos que desarrollaron discursos contrarios al gobierno.
3)Durante la Primera Guerra Mundial, el gobierno de Wilson persiguió a más de 2000 personas por su opisición a la guerra. El Espionage Act de 1917 y la Sedition Act de 1918 permitieron condenar a opositores por períodos de hasta 10 o 20 años.
4)Durante la Segunda Guerra Mundial, 120,000 japoneses o descendientes de japoneses fueron internados en virtuales campos de concentración. El Alien Registration Act de 1940 (the Smith Act) prohibió, por su parte, los discursos destinados a derrocar al gobierno, mientras que un comité legislativo comenzó a investigar las actividades anti-americanas, y a quienes supuestamente las desarrollaban.
5)Durante la guerra fría, el Presidente Truman creó un programa de lealtad al gobierno para todos los empleados públicos; y el Un-American Activities Committee citó a más de 135 personas por actividades aparentemente contrarias al gobierno. Este fue el período en donde el famoso senador Joseph McCarthy desarrolló sus cuestionadas actividades de investigación sobre personas y asociaciones. La Corte acompañó condenando a líderes de partidos o agrupaciones de izquierda, como Eugene Debbs, bajo la vaga y no comprobada acusación de conspirar contra el gobierno.
6)Durate la guerra de Vietnam, el FBI desarrolló un programa destinado a neutralizar y disrumpir las actividades de los disidentes. El gobierno procuró por todos los medios impedir la publicación de los famosos “Pentagon Papers,” y al mismo tiempo persiguió a aquellos críticos que quemaban o faltaban el respeto a la bandera nacional o destruían sus cartas de reclutamiento. En 1968, la Corte condenó a un individuo por la quema de bandera, rechazando la idea de que esta fuera una expresión protegida. Cabe decir, sin embargo, que la Corte sí permitió la publicación de parte de los “Pentagon Papers.” Esta fue, según Stone, LA PRIMERA VEZ EN LA HISTORIA NORTEAMERICANA EN QUE LA CORTE SE PUSO DE PIE, EN EPOCA DE GUERRA, PARA TOMAR UNA DECISION PROTECTIVA DE LA LIBERTAD DE EXPRESION.
El período que queda para el análisis actual es el que nace luego del 11 de Septiembre, enmarcado por la vigencia de la Patriotic Act.
(El post resume las opiniones de varios sitios sobre el libro. El texto me fue recomendado por Adam Przeworski)
730 pages. W.W. Norton & Company.
En su libro “Tiempos Peligrosos,” el ex decano de la facultad de derecho de Chicago, Geoffrey Stone da cuenta de una historia interesante: muestra el modo en que, en los momentos en que más se la necesitaba, la libertad de expresión fue sistemáticamente coartada. Consistentemente, en tiempos de guerra, la voz de los disidentes resultó restringida, de distintas maneras. De modo habitual, tales iniciativas tomadas por el poder político fueron certificadas y legitimadas por la Corte Suprema (aunque, cabe notarlo, no siempre estos actos llegaron a los estrados del máximo tribunal).
Stone distingue 6 períodos fundamentales, que vienen a probar su tesis.
1)Durante la presidencia de John Adams, el partido en el poder dictó las vergonzantes Sedition Acts de 1798, que prohibieron que cualquier persona escribiera, publicara o utilizara frases de naturaleza “falsa, escandalosa y maliciosa” contrarias al gobierno -algo que sistemáticamente se utilizó para fortalecer el poder de los Federalistas en el gobierno.
2)Durante la Guerra Civil, el Presidente Lincoln suspendió el derecho a un habeas corpus en 8 ocasiones, al tiempo en que se arrestó a individuos que desarrollaron discursos contrarios al gobierno.
3)Durante la Primera Guerra Mundial, el gobierno de Wilson persiguió a más de 2000 personas por su opisición a la guerra. El Espionage Act de 1917 y la Sedition Act de 1918 permitieron condenar a opositores por períodos de hasta 10 o 20 años.
4)Durante la Segunda Guerra Mundial, 120,000 japoneses o descendientes de japoneses fueron internados en virtuales campos de concentración. El Alien Registration Act de 1940 (the Smith Act) prohibió, por su parte, los discursos destinados a derrocar al gobierno, mientras que un comité legislativo comenzó a investigar las actividades anti-americanas, y a quienes supuestamente las desarrollaban.
5)Durante la guerra fría, el Presidente Truman creó un programa de lealtad al gobierno para todos los empleados públicos; y el Un-American Activities Committee citó a más de 135 personas por actividades aparentemente contrarias al gobierno. Este fue el período en donde el famoso senador Joseph McCarthy desarrolló sus cuestionadas actividades de investigación sobre personas y asociaciones. La Corte acompañó condenando a líderes de partidos o agrupaciones de izquierda, como Eugene Debbs, bajo la vaga y no comprobada acusación de conspirar contra el gobierno.
6)Durate la guerra de Vietnam, el FBI desarrolló un programa destinado a neutralizar y disrumpir las actividades de los disidentes. El gobierno procuró por todos los medios impedir la publicación de los famosos “Pentagon Papers,” y al mismo tiempo persiguió a aquellos críticos que quemaban o faltaban el respeto a la bandera nacional o destruían sus cartas de reclutamiento. En 1968, la Corte condenó a un individuo por la quema de bandera, rechazando la idea de que esta fuera una expresión protegida. Cabe decir, sin embargo, que la Corte sí permitió la publicación de parte de los “Pentagon Papers.” Esta fue, según Stone, LA PRIMERA VEZ EN LA HISTORIA NORTEAMERICANA EN QUE LA CORTE SE PUSO DE PIE, EN EPOCA DE GUERRA, PARA TOMAR UNA DECISION PROTECTIVA DE LA LIBERTAD DE EXPRESION.
El período que queda para el análisis actual es el que nace luego del 11 de Septiembre, enmarcado por la vigencia de la Patriotic Act.
(El post resume las opiniones de varios sitios sobre el libro. El texto me fue recomendado por Adam Przeworski)
15 oct 2007
Una pelicula sobre el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria chileno)
Esta tarde (ultimo dia del festival de cine de ny), vi la pelicula "Calle Santa Fe," escrita, dirigida y protagonizada por Carmen Castillo. La pelicula cuenta la historia de la autora, dirigente historica del MIR, Movimiento de Izquierda Revolucionaria chileno (se pueden ver fotos y documentos del MIR en el sitio del movimiento:
http://www.mir-chile.cl/ ). Castillo fue la pareja del principal lider de la organizacion, Miguel Enriquez, muerto en un tiroteo el 5 de octubre de 1974, en la casa donde cohabitaban, en la calle Santa Fe. Ella pudo sobrevivir al hecho, y milagrosamente fue expulsada del pais, con vida, posiblemente gracias a que estaba embarazada, y a que su caso tuvo inmediata resonancia internacional. Varias cosas me conmovieron de la pelicula. Entre ellas, enumeraria
* La radicalidad de la directora/militante, para enfrentarse -dandole un debido lugar en la pelicula- a las criticas de algunos jovenes, sobre todo los participantes del "proyecto hogares." Notablemente, a traves de este proyecto muchos militantes (y Carmen misma) entregaron sus hijos a un proyecto comunitario, mientras ellos volvian a la militancia, desde el exilio. En su caso, ello implico separarse de su hija por mas de una decada, y desde la mas temprana edad de la chica. Una de las jovenes a las que entrevista le dice, sobre su madre, y con los ojos lagrimeantes: "Yo, despues de mucho tiempo, llegue a entender a mi madre, yo la entiendo. Pero lo se, que en el fondo de mi, todavia no puedo superar lo que hizo conmigo." Devastador.
* En un episodio similar, Carmen relata a un joven su proyecto de recuperar la casa donde ella viviera en la clandestinidad, un anio, con Miguel -la casa donde el encontro la muerte. Ella le pregunta su opinion a un joven, actual militante de izquierda radical, quien le dice, con una sinceridad abrumadora "es que estamos un poco cansado de los homenajes, los recuerdos, que vuelvan con el dolor y las fechas...Por eso es que el proyecto, la verdad, no nos calienta demasiado." Carmen queda golpeada por lo que le dicen. Finalmente, no recuperara la casa, pero dejara una placa frente a ella. (Y algo llamativo tambien: ninguno de los jovenes aparece al final de la pelicula, cuando vuelven con nombres, datos e imagenes los rostros de cada uno de los militantes que hablan en la pelicula)
* Tambien hay autocritica en Carmen, a pesar de su dureza, a pesar de nunca mostrar sus lagrimas, a pesar del caracter rasposo, duro, que le ha dejado una vida de esas caracteristicas. En un momento se pregunta "por que habremos causado tanto dolor." Y se queda en silencio. Mas tarde, cuenta que en sus primeras vueltas a Chile odiaba a su pais y a su gente: "para mi eran todos asesinos o traidores." Luego, en la propia filmacion de la pelicula, se encontrara con algunas sorpresas. Primero, un vecino rengo y maltrecho, que admite haber sido el que le salvo la vida, primero llamando a la ambulancia, con el unico telefono que habia en el vecindario, y luego subiendose a ella, y acompaniandola hasta el hospital, donde le salvaron la vida. Luego, el calor de sus padres, compartieran o no sus ideas; el recuerdo de medicos y enfermeros generosos, que le dieron calor y amparo cuando a ella ya no le importaba nada; el recuento con viejos militantes, en las poblaciones o villas de emergencia chilenas -gente que todavia seguia llena de ideales, militando, comprometida. Es curioso, pero otra vez Chile me sorprende con ejemplos de militancia extraordinaria (ya me habia pasado esto con los maravillosos documentales de Patricio Guzman), como pocas veces he visto. Lo mismo diria Carmen, al final de la pelicula, ante las preguntas del publico. Que explicara esos niveles de compromiso emocionantes, incondicionales, en medio de un pais que ella, en esas mismas preguntas, describio como frio, aburrido, sin vida.
* Entre los muchos momentos conmovedores del film, aparecen viejos retazos de imagenes de los 70. Entre ellas, dos tomas de tierra, encabezadas por campesinos pauperrimos y desdentados, con armas en la mano, a los gritos. Sorprendente, enmudeci y se me helo el estomago. Tambien una filmacion de un asalto con armas a un camion transportador de pollos, en medio de una "poblacion" hambrienta. Militantes del MIR, con capuchas y armas en la mano, tiraban los pollos desde el camion a la gente. Imagenes duras de tragar tambien, en todo sentido.
Ahora dejo de escribir, estoy contento, pero me duele un poco el estomago.
http://www.mir-chile.cl/ ). Castillo fue la pareja del principal lider de la organizacion, Miguel Enriquez, muerto en un tiroteo el 5 de octubre de 1974, en la casa donde cohabitaban, en la calle Santa Fe. Ella pudo sobrevivir al hecho, y milagrosamente fue expulsada del pais, con vida, posiblemente gracias a que estaba embarazada, y a que su caso tuvo inmediata resonancia internacional. Varias cosas me conmovieron de la pelicula. Entre ellas, enumeraria
* La radicalidad de la directora/militante, para enfrentarse -dandole un debido lugar en la pelicula- a las criticas de algunos jovenes, sobre todo los participantes del "proyecto hogares." Notablemente, a traves de este proyecto muchos militantes (y Carmen misma) entregaron sus hijos a un proyecto comunitario, mientras ellos volvian a la militancia, desde el exilio. En su caso, ello implico separarse de su hija por mas de una decada, y desde la mas temprana edad de la chica. Una de las jovenes a las que entrevista le dice, sobre su madre, y con los ojos lagrimeantes: "Yo, despues de mucho tiempo, llegue a entender a mi madre, yo la entiendo. Pero lo se, que en el fondo de mi, todavia no puedo superar lo que hizo conmigo." Devastador.
* En un episodio similar, Carmen relata a un joven su proyecto de recuperar la casa donde ella viviera en la clandestinidad, un anio, con Miguel -la casa donde el encontro la muerte. Ella le pregunta su opinion a un joven, actual militante de izquierda radical, quien le dice, con una sinceridad abrumadora "es que estamos un poco cansado de los homenajes, los recuerdos, que vuelvan con el dolor y las fechas...Por eso es que el proyecto, la verdad, no nos calienta demasiado." Carmen queda golpeada por lo que le dicen. Finalmente, no recuperara la casa, pero dejara una placa frente a ella. (Y algo llamativo tambien: ninguno de los jovenes aparece al final de la pelicula, cuando vuelven con nombres, datos e imagenes los rostros de cada uno de los militantes que hablan en la pelicula)
* Tambien hay autocritica en Carmen, a pesar de su dureza, a pesar de nunca mostrar sus lagrimas, a pesar del caracter rasposo, duro, que le ha dejado una vida de esas caracteristicas. En un momento se pregunta "por que habremos causado tanto dolor." Y se queda en silencio. Mas tarde, cuenta que en sus primeras vueltas a Chile odiaba a su pais y a su gente: "para mi eran todos asesinos o traidores." Luego, en la propia filmacion de la pelicula, se encontrara con algunas sorpresas. Primero, un vecino rengo y maltrecho, que admite haber sido el que le salvo la vida, primero llamando a la ambulancia, con el unico telefono que habia en el vecindario, y luego subiendose a ella, y acompaniandola hasta el hospital, donde le salvaron la vida. Luego, el calor de sus padres, compartieran o no sus ideas; el recuerdo de medicos y enfermeros generosos, que le dieron calor y amparo cuando a ella ya no le importaba nada; el recuento con viejos militantes, en las poblaciones o villas de emergencia chilenas -gente que todavia seguia llena de ideales, militando, comprometida. Es curioso, pero otra vez Chile me sorprende con ejemplos de militancia extraordinaria (ya me habia pasado esto con los maravillosos documentales de Patricio Guzman), como pocas veces he visto. Lo mismo diria Carmen, al final de la pelicula, ante las preguntas del publico. Que explicara esos niveles de compromiso emocionantes, incondicionales, en medio de un pais que ella, en esas mismas preguntas, describio como frio, aburrido, sin vida.
* Entre los muchos momentos conmovedores del film, aparecen viejos retazos de imagenes de los 70. Entre ellas, dos tomas de tierra, encabezadas por campesinos pauperrimos y desdentados, con armas en la mano, a los gritos. Sorprendente, enmudeci y se me helo el estomago. Tambien una filmacion de un asalto con armas a un camion transportador de pollos, en medio de una "poblacion" hambrienta. Militantes del MIR, con capuchas y armas en la mano, tiraban los pollos desde el camion a la gente. Imagenes duras de tragar tambien, en todo sentido.
Ahora dejo de escribir, estoy contento, pero me duele un poco el estomago.
12 oct 2007
El enemigo
Durante decenas de años, supo tratarse a la tortura como uno de los "puntos fijos en el universo moral" -una de aquellas categorías contra la cual se contrastaba todo lo demás. El amigo Rawls, por tomar un caso vecino, construyó su Teoría de la Justicia a partir de una estrategia de "equilibrio reflexivo" en donde la idea de tortura aparecía como contrincante permanente. Así, si algún paso de su construcción era compatible con la justificación de la tortura, entonces concluía que algo debía estar mal con el razonamiento desarrollado, y consideraba que había una buena razón para dejar de lado esa construcción específica, y volver a empezar con otra. Así, hasta llegar a una teoría que estuviera atrincherada contra ese tipo de resultados. Desde hace unos años, dentro del derecho, comenzaron a surgir una serie de escritos que vinieron a abrirle lentamente la puerta a aquella práctica detestada. Tal vez el mejor y más sofisticado ejemplo al respecto sea el reciente libro de dos de sus principales predicadores, Eric Posner (el hijo de Richard), y el peligrosísimo Adrian Vermeule. En "Terror in the Balance" dicen, por tomar un párrafo:
"Parece sensato limitar los interrogatorios coercitivos del mismo modo en que limitamos el uso mortal de la fuerza. La regla podría ser 'los agentes de policía podrán usar medios coercitivos de interrogación sólo cuando tengan la certeza razonable de que un individuo posee información suficiente capaz de prevenir un crimen inminente capaz de matar al menos a un número N de gente' donde N es es un número que refleja el balance de ganancias y pérdidas esperables de los interrogatorios coercitivos (mil? cien? uno?). Para el consecuencialista, N puede ser un número relativamente bajo; para el pensador deontológico, N podría ser un número muy alto (el escenario-catástrofe); pero, más allá de ello, ambos pensadores deberían aprobar nuestra regla."
"Parece sensato limitar los interrogatorios coercitivos del mismo modo en que limitamos el uso mortal de la fuerza. La regla podría ser 'los agentes de policía podrán usar medios coercitivos de interrogación sólo cuando tengan la certeza razonable de que un individuo posee información suficiente capaz de prevenir un crimen inminente capaz de matar al menos a un número N de gente' donde N es es un número que refleja el balance de ganancias y pérdidas esperables de los interrogatorios coercitivos (mil? cien? uno?). Para el consecuencialista, N puede ser un número relativamente bajo; para el pensador deontológico, N podría ser un número muy alto (el escenario-catástrofe); pero, más allá de ello, ambos pensadores deberían aprobar nuestra regla."
10 oct 2007
La frase más temida
Desde que vine, hace un mes, por unos meses, a los Estados Unidos, no hay nada que tema más que la palabra “Sir.” La cuestión es más o menos así. Yo voy caminando, y de repente escucho a mis espaldas –siempre a mis espaldas: “Sir.” Yo sigo caminando como si no escuchara nada. Y de nuevo, “Sir.” Yo sigo, mientras un hilo frío ya me recorre la espalda. “Sir,” más fuerte. Sigo. “Sir,” ya en tono enojoso. Entonces acelero, lo que no siempre es posible, o me doy vuelta cerrando los ojos por dentro, sabiendo que lo peor está por llegar. Ahí, mordiéndome los labios, pongo la cara más inocente que me queda, mientras me miro de frente con el portero de la biblioteca, un guardia, el jefe de la aduana en el aeropuerto, un policía, el encargado del local, el reponedor del supermercado, o quien sea. El problema es que siempre, SIEMPRE, estoy en falta. Para contar lo comentable. En el aeropuerto, todo lo mío está mal, todo lo que leo genera dudas (antológicamente, una vez me pusieron contra la pared mientras, a los gritos, me preguntaban qué hacía con tantos libros de derecho constitucional!), y siempre estoy volviendo de algún país sospechoso (la anteúltima vez que volví de Colombia fui a parar al salón de deportados, y fui rodeado por guardias temiblemente musculosos). Cuando escucho música, lo hago a través de medios heterodoxos. En la Universidad, siempre entro por donde no debo entrar, y salgo por donde no se debe salir. En la biblioteca, el carnet me falla, así que tengo uno arreglado provisionalmente, que me genera crisis de vez en vez. En el mercado, bien puede ocurrir que no haya pagado una fruta. En la impresora, abuso con toneladas de copias, y me muevo cada día en la delgada línea que separa lo indecoroso de lo ilegal. En la calle, cruzo mal, no respeto los semáforos, tiro la basura hogareña en los cestos para papeles (lo cual se penaliza con multas astronómicas). No tengo problemas de admitir mis pequeñas faltas, pero debo decir –lo denuncio- que, aquí, como en tantos lados, buena parte de la normalidad de uno genera sospecha o se criminaliza. Así no vamos a ir lejos.
Por qué admiro a John Rawls, parte 2
Rawls abre su último libro preguntándose: cuál es la audiencia de la filosofía política? Para quién hablamos? Cuál es nuestra audiencia en una democracia constitucional? Y también: cuáles son las credenciales de la filosofía política? Cuáles son sus reclamos de autoridad? Las preguntas me parecen cruciales, y su respuesta –abiertamente democrática- me resulta siempre muy buena.
Para él, la “en una democracia, la tradición (de la filosofía política) refiere siempre al trabajo conjunto de autores y lectores. El trabajo es conjunto, dado que autores y lectores, de manera colaborativa, producen y en todo caso valoran los trabajos de la filosofía política a lo largo del tiempo. Y siempre le corresponde a los votantes decidir si quieren incorporar tales ideas en sus instituciones básicas. Así, en una democracia, los autores de la filosofía política no tienen más autoridad que la de ninguno de los demás ciudadanos, y tampoco deben reclamarla.” Al mismo tiempo, los filósofos políticos, tanto como cualquier ciudadano, invocan la autoridad de la razón humana. Cualquier ciudadano “que, al referirse a cuestiones políticas o de otro tipo, se dirige a los demás ciudadanos hablando de modo razonable y consciente” invoca la autoridad de la razón humana. Y qué significa buscar la autoridad de la razón humana? Significa “tratar de presentar nuestros puntos de vista de modo fundado, razonable e inteligible, de manera tal que los demás pueden juzgar lo que decimos…Cualquier pensamiento razonado y consciente (en definitiva) busca la autoridad de la razón humana.”
Algunos trabajos (y cita, por ejemplo, la Declaración de la Independencia; el preámbulo de la Constitución; el discurso de Gettysburg de Lincoln; el “Segundo Tratado” de Locke, y el libro “Sobre la libertad,” de Mill) han tenido esa capacidad de trascender hasta llegar a ser parte de la cultura pública de la sociedad civil.
Para él, la “en una democracia, la tradición (de la filosofía política) refiere siempre al trabajo conjunto de autores y lectores. El trabajo es conjunto, dado que autores y lectores, de manera colaborativa, producen y en todo caso valoran los trabajos de la filosofía política a lo largo del tiempo. Y siempre le corresponde a los votantes decidir si quieren incorporar tales ideas en sus instituciones básicas. Así, en una democracia, los autores de la filosofía política no tienen más autoridad que la de ninguno de los demás ciudadanos, y tampoco deben reclamarla.” Al mismo tiempo, los filósofos políticos, tanto como cualquier ciudadano, invocan la autoridad de la razón humana. Cualquier ciudadano “que, al referirse a cuestiones políticas o de otro tipo, se dirige a los demás ciudadanos hablando de modo razonable y consciente” invoca la autoridad de la razón humana. Y qué significa buscar la autoridad de la razón humana? Significa “tratar de presentar nuestros puntos de vista de modo fundado, razonable e inteligible, de manera tal que los demás pueden juzgar lo que decimos…Cualquier pensamiento razonado y consciente (en definitiva) busca la autoridad de la razón humana.”
Algunos trabajos (y cita, por ejemplo, la Declaración de la Independencia; el preámbulo de la Constitución; el discurso de Gettysburg de Lincoln; el “Segundo Tratado” de Locke, y el libro “Sobre la libertad,” de Mill) han tenido esa capacidad de trascender hasta llegar a ser parte de la cultura pública de la sociedad civil.
9 oct 2007
Aviso para amigos con Blackberry
Si
por casualidad estás leyendo este blog,
sos mi amigo/a, y
tenés una Blackberry
te aviso por este medio que no voy a responder más tus mensajes de mail.
No quiero ni pensar en la situación de que estás con tus hijos, en situación amatoria con tu pareja, o jugando a las damas, y por mi culpa mirás la maquinita, pateás al costado a tu hijo o pareja y te ponés prestamente a responderme un mensaje absolutamente inútil. No lo tolero. Yo te avisé.
por casualidad estás leyendo este blog,
sos mi amigo/a, y
tenés una Blackberry
te aviso por este medio que no voy a responder más tus mensajes de mail.
No quiero ni pensar en la situación de que estás con tus hijos, en situación amatoria con tu pareja, o jugando a las damas, y por mi culpa mirás la maquinita, pateás al costado a tu hijo o pareja y te ponés prestamente a responderme un mensaje absolutamente inútil. No lo tolero. Yo te avisé.
8 oct 2007
Amigables con el poder
A veces me pregunto qué explica que tantos colegas tomen posiciones amigables o complacientes con el gobierno. Con éste gobierno o con los anteriores, o con cualquiera y, muy en especial, con gobiernos que conviven despreocupadamente con ambivalentes situaciones de opulencia y miseria. Me pregunto entonces por la misión de quienes dedicamos nuestra vida a estudiar, a escribir y a pensar en dicho contexto. Me pregunto por qué tantos de mis colegas comienzan a justificar aquello que cualquier marioneta de cualquier gobierno tendría dificultades o pudor de justificar.
Si uno les habla de la Constitución violada, ellos le miran a uno socarronamente, como si fuera un sobreentendido que hablar de la Constitución es hablar de un documento más o menos irrelevante. Pero no, debiera uno decirles, no es un sobreentendido, hay gente que ha perdido su vida, y hay gente que va presa, y hay derechos que se pelean, en nombre de la Constitución. Y si uno les dice de los niveles de corrupción existentes, se sonríen, como si fuera obvio que siempre han habido y nunca habrán de terminarse los delitos asociados con el Estado. Pero no, habría que decirles, ello no es obvio, porque siempre ha habido corrupción, pero sus niveles han variado en el tiempo, de país en país, de gobierno en gobierno. La corrupción, sin embargo, como las violaciones de normas, son para algunos detalles, aunque haya quienes se beneficien y haya quienes se perjudiquen extraordinariamente por esos detalles. La vida se nos va en los detalles.
Si uno les habla de la desigualdad, ellos responden inmediatamente, hablando de los modos en que se ha reducido la pobreza. Pasan así por alto el hecho de que este récord histórico de desigualdades se de en un marco de crecimiento con pocos precedentes; descuidando el hecho de que la desigualdad económica luego derrama sobre todos los dominios de la vida pública; olvidando que tales niveles de desigualdad son el germen de normas legales sesgadas a favor de unos pocos, y ciudadanos desinteresados por la suerte de los demás –ciudadanos que, previsiblemente, comienzan a pedir, como hoy lo hacen, medidas cada vez más drásticas destinadas a desplazar a quienes no piensan como ellos, o interfieren con la satisfacción plena de lo que quieren ellos. Acabar con la desigualdad les parece un lujo, como suele parecerlo cuando se mira la desigualdad desde los beneficios de la desigualdad.
Entusiasmados por la aparición de recaudaciones y superávits económicos históricos, respaldan la vocación no distributiva del gobierno, aunque ello implique tomar a algunos de sus compatriotas como meros medios; aunque ello conlleve pasarle por encima a derechos que podrían ser fácilmente resguardados –derechos sin rostro conocido, pero con cuerpo, familias y necesidades básicas insatisfechas. Con esa misma lógica con la que piensan la relación superávit-gasto, un día nos podrán decir que no es un problema que un gobernante no celebre una elección, dada la necesidad de preservar intactas las arcas el tesoro nacional. Para ellos, la inflexibilidad monetaria es una muestra de seriedad, y por lo mismo, la atención de necesidades fundamentales resulta un mero sentimentalismo. Para ellos, la realidad es la recaudación, y por ello, la distribución es fantasía pura, la negación de esa realidad.
Me pregunto por qué es que tantos colegas no utilizan sus conocimientos para convertirse en guardianes de los derechos de los que tantos no son conscientes. Me pregunto por qué no ponen sus destrezas al servicio de los que menos pueden, en lugar de ponerlas a disposición de los más aventajados. Me pregunto por qué no emplean su capacidad de influencia para denunciar -en lugar de cotidianamente encubrir o dejar pasar- lo que otros están demasiado lejos para ver. Me pregunto por qué, con la información privilegiada de la que disponen, no se dedican a criticar abusos y faltas, en lugar de elogiar lo que el poder hará por sí mismo, y sin necesidad de su poco útil ayuda. Me pregunto por qué se comportan de ese modo, y qué se les va con ello.
Si lo que buscan es ayudar a que nos tomemos el país en serio, habrá que decirles que en su ignorancia de las obligaciones constitucionales, contribuyen a que el país lo sea cada vez menos. Si lo que buscan es hacer un tributo a la realidad política, habrá que decirles que la realidad política se nos impone brutalmente, sin la necesidad de sus serviciales esfuerzos. Si lo que pretenden es darle estabilidad al crecimiento, habrá que recordarles que hace tiempo que de ese modo estabilizan la violación de derechos. Pero mis colegas amigables con quienes están en el poder se desinteresan por todo esto.
Curiosos los tiempos. Curioso que escribir este texto aparezca como un modo de buscar la aprobación fácil. Hablar de corrupción es abandonar lo importante para “hacer política.” Mencionar la palabra capitalismo es pecar de ideología. Pedir justicia es caer en la demagogia. Decir pueblo es atrasar medio siglo. Sin embargo, al mismo tiempo, la discusión está lejos de haber terminado. Y es que nos han privado aún de las palabras que necesitamos para empezarla.
Razones por las cuales admiro a John Rawls, parte I
(De su último libro publicado y no traducido, “Lectures on the History of Political Philosophy”)
“Otra cosa que intenté hacer (en mis clases) fue presentar el pensamiento de cada autor (examinado: Rousseau, Marx, Locke, etc.) del modo -según mi criterio- más fuerte. De esta manera, tomé bien en serio la sugerencia que hiciera Mill en su análisis del trabajo de (Alfred) Sedgwick: ‘La doctrina de alguien no puede juzgarse si no es en su mejor forma.’ Eso es lo que traté de hacer. Pero ello no me llevó –o al menos es lo que intenté- a hacerles decir a estos autores lo que yo pensaba que ellos deberían haber dicho. Sólo tomé lo que ellos dijeron, apoyado en lo que yo consideraba era la interpretación más razonable de sus textos. El texto tiene que ser conocido y respetado, y la doctrina presentada en su mejor forma. El dejar de lado el texto resultaría ofensivo, algo pretensioso de parte de uno. Si me alejaba del mismo –y aquí no se produce ningún daño- debía decirlo. En mi opinión, al enseñar de este modo, la visión del autor se tornaba más fuerte y más convincente, y de ese modo, el autor se convertía también en un objeto de estudio más interesante para mis estudiantes.”
“Otra cosa que intenté hacer (en mis clases) fue presentar el pensamiento de cada autor (examinado: Rousseau, Marx, Locke, etc.) del modo -según mi criterio- más fuerte. De esta manera, tomé bien en serio la sugerencia que hiciera Mill en su análisis del trabajo de (Alfred) Sedgwick: ‘La doctrina de alguien no puede juzgarse si no es en su mejor forma.’ Eso es lo que traté de hacer. Pero ello no me llevó –o al menos es lo que intenté- a hacerles decir a estos autores lo que yo pensaba que ellos deberían haber dicho. Sólo tomé lo que ellos dijeron, apoyado en lo que yo consideraba era la interpretación más razonable de sus textos. El texto tiene que ser conocido y respetado, y la doctrina presentada en su mejor forma. El dejar de lado el texto resultaría ofensivo, algo pretensioso de parte de uno. Si me alejaba del mismo –y aquí no se produce ningún daño- debía decirlo. En mi opinión, al enseñar de este modo, la visión del autor se tornaba más fuerte y más convincente, y de ese modo, el autor se convertía también en un objeto de estudio más interesante para mis estudiantes.”
Spiritual Voices
De Alexander Sokurov. Sokurov: cómo hacés para ser tan bueno. No califico a la película porque sería faltarle el respeto (como ponerle un 10 a la Gioconda). Para filmarla -340 minutos!- Sokurov se fue varios meses a la frontera con Afganistán, donde había tropas rusas asentadas, y filmó el día a día de un ejército de jóvenes adormecidos. Sokruov no filma, pinta obras de arte con una cámara. Sokurov: sos un maestro.
7 oct 2007
6 oct 2007
Gonzáles, por qué no te vas un poquito...
(Según documentos recién hechos públicos, reproducidos por el NYT). En diciembre del 2004, el Departamento de Justicia de los Estados Unidos declaró que la tortura era inaceptable, y la administración Bush reaccionó públicamente de modo positivo –aparentemente, abandonando su aquiescencia hacia dichas prácticas. Sin embargo, luego de la llegada de Alberto Gonzáles al gobierno, en febrero de 2005, el Departamento de Justicia emitió un dictamen de carácter secreto, a través del cual la administración suscribió del modo más amplio posible el uso de técnicas coercitivas para la interrogación de sospechosos (técnicas que la propia CIA se había resistido a utilizar). Gonzáles hizo saber entonces a una larga lista de oficiales públicos que el Departamento de Justicia apoyaba el uso de tales prácticas de tortura. El fiscal general James Comey decidió para esa época dejar su puesto, sosteniendo que el mundo se sentiría “avergonzado” si alguna vez se enterase de lo que entonces se estaba autorizando. Vale recordar, también, que al abandonar su cargo, en septiembre, González hizo un largo discurso hablando del modo en que el Departamento de Justicia había constituido para él un “lugar de inspiración” en donde se había actuado de un modo muy equilibrado entre dos objetivos: contar con la flexibilidad necesaria en la guerra contra el terrorismo y mantener al mismo tiempo el estado de derecho.
Owen Fiss vs. Moreno Ocampo. La justicia internacional no es un juego de niños
Artículo de Owen Fiss aparecido en el último Boston Review (hay respuesta de Moreno Ocampo en la misma revista). Lo discutimos un poco con Leo Filippini y Juan Bertomeu, quienes ven a Fiss diciendo cosas poco novedosas y no demasiado interesantes. Tiendo a no compartir esa opinión, creo que es un artículo bien informado, y bien afirmado en principios (muy largo para traducirlo, lo siento realmente)
Within Reach of the State
Prosecuting Atrocities in Africa Owen Fiss
Although human rights violations continue to plague Africa, in recent years greater effort is being made to bring to justice those responsible for such crimes. Some even venture that we are witnessing the end of impunity on the continent. The institutions seeking accountability for such atrocities, however, are international in character. It is a remarkable fact that although both the victims and the perpetrators of these crimes have been Africans, and although the abuses themselves have taken place on African soil, the pursuit of justice has been conducted largely by international institutions, and not Africans themselves.
At first glance, South Africa, which retained full control of its transition from apartheid, might seem to be an exception to this generalization, but this is not so. Although gestures were made at criminally prosecuting some of those responsible for human rights violations under the apartheid regime, the primary mechanism South Africa used to deal with its past was the Truth and Reconciliation Commission, and the proceedings conducted by the commission did not satisfy the elemental requirements of justice. Justice requires a public or official judgment of wrongfulness, or even more, illegality, as well as the infliction of some burden or punishment on the perpetrators of the wrong.
The South African Truth and Reconciliation Commission began its work in 1996 and submitted a final report in 1998. Influenced by the model pursued by Chile in 1990 in its transition from the Pinochet regime, the commission did not seek to hold accountable any of the persons responsible for apartheid or to punish those responsible for its many atrocities. The commission sought reconciliation rather than justice. Its work was premised on the idea that reconciliation of the victims of apartheid with their perpetrators would occur by uncovering the truth, and offered amnesty to those who testified and fully revealed their wrongdoing. Such testimony captured the public’s imagination, indeed that of the entire world. So did the testimony of thousands of victims. In the end, such public disclosure may have produced the desired reconciliation (I just don’t know—perhaps no one does). It might even have been necessary for the achievement of justice. But we should not confuse truth and the reconciliation it might have brought about with justice.
The transition in South Africa was a negotiated one, and we are assured by participants in that process that the leaders of the apartheid regime made it abundantly clear during the negotiations that they would not allow any system of accountability—indeed, they sought the kind of blanket amnesty that the government in Mozambique conferred on rebel forces in 1992 to bring an end to that country’s civil war. Given those conditions, the agreement obtained by the African National Congress may have been the best one possible, and perhaps necessary for a peaceful transition to occur at all. Yet we should not describe the result as anything more than that. Like truth, peace may be a precondition of justice or even one of its consequences, but it is not justice itself.
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In contrast with South Africa, the other proceedings responding to human rights abuses on the continent aspire to justice—they can properly be called trials—but they are largely in the hands of international authorities. One such authority is the International Criminal Court (ICC), which sits in the Hague and whose origins can be traced to the 1998 treaty known as the Rome Statute. The ICC is charged with trying individuals for crimes against humanity, war crimes, and genocide where the offense occurred in the territory of a signatory state, the accused is a citizen of a signatory state, or the UN Security Council authorizes a prosecution. The Rome Statute did not enter into force until 2002, once the requisite number of state signatories were obtained, and the court did not begin its work in earnest until 2003.
At the direction of the Security Council, in 2005, the ICC began its investigation of the genocide occurring in the Sudan and officially took jurisdiction of the case in 2007. Before taking the Sudan case, and acting in response to requests from the individual governments, the ICC initiated prosecutions against leaders of rebel forces in the Democratic Republic of the Congo and Uganda for human rights violations, most notably for forcibly inducting children into their fighting forces. Arrest warrants have been issued in the Sudan and Uganda cases, and the trial of the Congolese rebel leader Thomas Lubanga is scheduled to begin before the Hague tribunal later this year.
The ICC also seems to be moving toward prosecuting crimes that were allegedly committed in the Central African Republic (CAR) between October 2002 and March 2003. During that five-month period, CAR’s current president, General Fran��ois Bozize, seized power through force of arms, overthrowing an elected president. In December 2004 General Bozize, acting as president of CAR, filed a complaint with the ICC, accusing government forces and foreign mercenaries who had resisted him with many human rights abuses, including mass rapes of civilians. In May 2007, after concern over the delay was expressed by a pretrial chamber, the chief prosecutor announced that he was launching an official investigation of the charges.
The ICC is by no means the only or the first international tribunal to operate in Africa. Nearly 10 years before the ICC began its work, an international tribunal was specially convened for Rwanda by the UN Security Council. This tribunal sits in Arusha, Tanzania, and is charged with the task of trying those responsible for the genocide that occurred in Rwanda in early 1994 of some 800,000 persons, mostly Tutsis but also Hutus deemed sympathetic to them. The genocide was led by the Hutu regime then in power, and ended when an armed Tutsi front restored order and took control of the government. The tribunal was established by the Security Council at the behest of Rwanda; the UN appoints the staff and funds the entire operation. By a strange coincidence Rwanda was a member of the Security Council during the genocide, but—despite the fact that the government had requested the tribunal—it was the only member of the council to vote against the November 1994 resolution.
Rwanda’s initial opposition was driven not by the international character of the tribunal—after all, the Rwandan government had requested it—but rather by its view that the tribunal had an insufficient number of prosecutors and judges and should have been given the authority to impose the death penalty. Over time Rwanda became increasingly disenchanted with the UN tribunal, particularly with the physical and psychological distance that separates the trials from Rwanda itself. In August 1996, Rwanda passed legislation allowing its national courts to try persons responsible for the genocide but confined itself to persons not within the ambit of the international tribunal. A supplementary national system thus emerged. Recently, the chief prosecutor of Rwanda requested that the international tribunal transfer one case to the Rwanda national courts, with assurances that the trial would be fair and that the death penalty would not be applied.
The Rwandan government has also expressed frustration with the slow pace of the Arusha proceedings; as of this writing, only 28 persons have been convicted by the international court and five acquitted. But Rwanda’s national court system has itself been overwhelmed. By 2001, five years after the national prosecutions began, 85,000 persons—and as many as 120,000—were reputed to be languishing in Rwandan jails, awaiting trial. To help break the enormous backlog the government opened a traditional lay-judge system, or gacaca. Although the gacaca courts do not have jurisdiction over the most serious crimes, such as organizing the genocide, they do cover crimes such as murder. Many have criticized their procedures, which, for example, do not contemplate counsel for the accused. A New York Times editorial called these procedural shortcomings “alarming.” Others have wondered whether these folk proceedings are more concerned with reconciliation and mediation than with justice. Although a gacaca court is authorized to impose a sentence as severe as 30 years’ imprisonment, the sentence actually imposed will be significantly less if the accused confesses to the crime and seeks forgiveness from the family of the victims.
Sierra Leone also turned to the UN for help after its recent civil war. The result was an agreement first signed in January 2002 by President Ahmad Tejan Kabbah and UN Secretary General Kofi Annan and soon ratified by the Security Council, establishing the Special Court for Sierra Leone. This tribunal is charged with trying those responsible for crimes against humanity and war crimes that occurred during the conflict. So far it has indicted 13 persons for numerous human rights offenses, including the use of child soldiers and the deliberate maiming and amputation of civilians.
Perhaps the most prominent defendant before the Special Court is former Liberian president Charles Taylor, who was charged with backing rebel forces in Sierra Leone and orchestrating many of their crimes. Following a civil war in his own country, Taylor was ousted from power in 2003, at which time he was indicted by the Special Court for Sierra Leone and a warrant was issued for his arrest. That warrant remained unexecuted for a three-year period, during which Taylor lived in Nigeria under a grant of asylum. In March 2006, Taylor was arrested by Nigerian officials and returned to Liberia, which chose not to prosecute him for his crimes in Liberia. (After its civil war, Liberia had opted for a truth and reconciliation process.) Liberia then turned Taylor over to the Special Court for Sierra Leone. Acting at the request of the presidents of Sierra Leone and Liberia, who feared that trying him in Sierra Leone would provoke new outbursts of violence in the region, the Special Court moved Taylor’s trial to the Hague (in a room rented from the ICC). His trial began in June 2007. At the same time—five years after it was first established—the Special Court for Sierra Leone, sitting in Freetown, handed down its first verdict against three local leaders of rebel forces for war crimes, most notably for forcibly conscripting children, but also for terrorism, rape, and murder.
The Sierra Leone tribunal is often described as a “hybrid court” because its judges are appointed by both Sierra Leone and the UN. Yet national judges on the court are in the minority and the UN secretary general appoints the chief prosecutor. The first prosecutor was former Pentagon official David Crane, who established the overall prosecutorial policies for the tribunal. The second was an English barrister, Desmond de Silva, who had served as Crane’s deputy. The current chief prosecutor is Stephen Rapp, a former US attorney in Iowa, who had, prior to this appointment, served as chief prosecutor for the Rwanda tribunal. The Sierra Leone tribunal is funded by voluntary contributions from other nations, now and then supplemented by subventions from the UN General Assembly. The international character of the tribunal was further highlighted not only by the decision to try Taylor in the Hague, but also by the earlier decision—highly contested in Sierra Leone—to indict a local chief, Sam Hinga Norman. He had served during the civil war as Sierra Leone’s minister of defense and was celebrated by his countrymen for his actions against the rebel forces. On February 22, 2007, following his trial but before judgment, Chief Norman died while undergoing medical treatment in Senegal.
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Turning to international tribunals to render justice is, in some cases, a necessity. In Sudan, for example, high officials in the current government are the ones being charged with human rights violations, and it is therefore unrealistic to rely on the national court system. The absence of a national adjudicatory alternative arguably justified such historical precedents as the Nuremberg tribunal and, more recently, the international tribunal for the former Yugoslavia. However, in the other African cases—Rwanda, Sierra Leone, the Congo, Uganda, and perhaps CAR—there was no such structural barrier to prosecution by national courts of the human rights violations. The crimes may have a global dimension—human rights, after all, are universal—yet national tribunals are capable of punishing persons for human rights violations under either ordinary criminal law or the same norms used by international tribunals.
In 1985, for example, leaders of the junta that ruled Argentina from 1976 to 1983 were convicted in Argentine courts under domestic criminal statutes for their roles in authorizing extrajudicial killings, torture, kidnapping, and other crimes. A decade earlier, in Greece, the leaders of another repressive military government known for brutal treatment of its subjects were convicted by a domestic tribunal for mutiny and high treason. The auxiliary national system of accountability that emerged in Rwanda in the years following the establishment of the UN tribunal may be of a similar import.
Pragmatic considerations, not structural necessities, may well have led some African nations to turn to international institutions. Justice requires not only a public judgment and the imposition of some form of punishment, but also that this judgment and punishment be the product of a fair trial, indeed countless trials. Fairness requires that these trials be held on a particularized basis, focusing on the individual or group of individuals responsible for a specific event or series of events. Courts must be staffed and lawyers appointed, parties must have the opportunity to gather and present evidence and to rebut contradictory evidence, and some system must be in place for reviewing the initial verdict. As a result, human rights trials require an enormous commitment of resources—time, energy, and money—that will be diverted from other pressing projects. It is estimated that the Rwanda tribunal has already spent more than $1 billion. The Sierra Leone tribunal spends about $35 million a year. The ICC will spend more than $120 million dollars in 2007 alone.
Human rights trials not only consume enormous resources; they also challenge the power of the regime, especially when the need arises to arrest suspects, compel witnesses to testify, and inflict punishment. Those who are prosecuted are likely to resist, and if, as is often the case, they were military commanders of either rebel or government forces, they may be able to call upon the loyalty of those they once led. Sometimes the perpetrators will have fled the country. Yet international tribunals often suffer from these same deficits of power—indeed, in some cases international tribunals may have even less power (to detain suspects, for example)—although effective resistance to their work does not put the authority of the ruling regime in question.
The pursuit of justice is a moral obligation. The practical burdens facing national tribunals may make them capable of realizing only partial justice, but that does not, as a moral matter, excuse or justify a regime’s failure to seek justice. Nor do these practical considerations justify the overwhelming tendency toward internationalization that now dominates the African continent. Justice is also a political obligation, for it defines the foundational commitments of a given regime. The willingness of a regime to punish human rights abuses reveals—to its own citizens and to all the world—its true character.
A regime’s commitment to human rights is all the more powerful when justice is sought in the face of great practical obstacles. The nation-state may, of course, seek ways of minimizing the costs. It could decide, for example, to prosecute only the most egregious abuses or only those at the highest levels of power. No nation has ever prosecuted every human rights crime that occurred in its past. A certain measure of selectivity is inevitable, though the nation-state should feel regret about choosing not to prosecute someone who has committed a war crime or crime against humanity. In order to lessen the burden, the nation-state may seek technical assistance or financial contributions from others, but never in a way that compromises its control of the process and thus its responsibility for the quality of justice achieved.
Admittedly, a national tribunal may become embroiled in local politics and thus be less capable of rendering justice than an international tribunal. For example, given the strength of Chief Norman’s supporters in Sierra Leone, his prosecution might never have taken place in the national court system, much as justice might have required it. But international tribunals can also fall subject to improper influences of both local and global origin. Many have criticized the international tribunal in Sierra Leone for its failure to indict President Kabbah even though he is alleged to be as guilty of human rights abuses as his one-time comrade in arms, Chief Norman. Of course, in some cases an international tribunal may be more likely to achieve justice, but delegating responsibility to such a tribunal qualifies the commitment of the nation-state to human rights and lessens the meaning of the trial that eventually takes place. Half a loaf is better than none, but it is still half a loaf.
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Today the ICC is the preeminent international tribunal for the prosecution of those responsible for human rights violations, and continues the tradition of internationalizing African justice, as represented by the Rwanda and Sierra Leone tribunals. Indeed, the ICC’s entire docket is devoted to Africa. The ICC can act on the referral of the UN Security Council or in response to a request by the government of the country in which an alleged violation has occurred, although in certain circumstances the prosecutor may initiate an investigation on his or her own. As a court of last resort, the ICC pursues cases only where it has determined that national courts are incapable or unwilling to prosecute crimes within their jurisdiction. Although the ICC has received requests from governments outside Africa, it has declined to take jurisdiction over any of them.
Furthermore, where the ICC has assumed jurisdiction, it is not always clear that national trials are not an option. Although the ICC’s prosecution of those responsible for the genocide occurring in Sudan is readily justified by the peculiar structural features of that case, no such justification exists in the other cases—the Congo, Uganda, and now CAR. Human rights violations are being prosecuted, but not by the nations whose citizens have been abused. The failure represented by these cases belongs not only to the nation-states for leaving it to others—or getting others—to discharge their responsibilities, but also to the ICC for acceding to their requests.
In the case of CAR a change in regime led to the ICC’s involvement. The ICC investigation appears aimed at high state officials, but these officials were ousted in a military coup led by the current president. Thus, in contrast with Sudan, the incumbent government of CAR is fully capable of prosecuting those who allegedly committed human rights abuses. Although the current president and the highest court of CAR assured the ICC that the national justice system was unable to investigate and prosecute the alleged crimes, there is good reason to be skeptical of these assurances, given the practical and political advantages to the regime of turning the work over to the ICC. Leaving the matter to an international tribunal can insulate a regime from the political consequences of an unpopular prosecution or a travesty of justice, or provide it with a convenient method of dealing with opposition to the prosecution by relieving it of direct responsibility for it.
Granted, some of the leaders of the prior regime of CAR, most notably the ousted president, have fled the country. But that should not prevent the national courts from prosecuting those responsible for the human rights crimes who are within their jurisdiction or from seeking the return of those in exile, either through a formal extradition proceeding or as an act of comity, exemplified by Nigeria’s decision to return Charles Taylor to Liberia and Liberia’s decision to turn him over to the Special Court for Sierra Leone. Nor does the fact, emphasized by the ICC, that the armed forces of neighboring states may have come to the aid of the previous regime and participated in the atrocities justify the assertion of jurisdiction over the former CAR officials. All it justifies is an international prosecution of CAR’s interloping neighbors.
In the cases of the Congo and Uganda, where there has been no regime change and the wrongs are unconnected to state policy, the assertion of international jurisdiction is even more questionable. Here, the ICC is charging rebel leaders, pure and simple, with human rights abuses (such as forcibly inducting children into their militias). This aspect of the Congo and Uganda prosecutions raises a basic issue about the scope of international human rights law, namely whether it applies to actions not sponsored by, or in some way connected to, the nation-state and its policies.
Specific treaties can place duties on private individuals and groups, and in fact the Genocide Convention of 1948 explicitly disavows��any state-action requirement. The Rome Statute is not of this character, however, and instead generically proscribes “war crimes” and “crimes against humanity.” These crimes probably could, as a purely formal matter, be committed by private individuals or groups, but as legal ideas they were forged in a historical context in which the perpetrators were state actors, and gained their persuasive power from this context. As a result, in internation national human rights law today, the paradigmatic perpetrator is the state. Indeed, it was not until the June 2007 verdict by the Special Court for Sierra Leone that an international tribunal ever held rebel leaders responsible for human rights crimes, and notably for forcibly conscripting children. The reluctance to extend human rights law in such a way stems not from an indifference to the atrocities committed by rebel leaders—sometimes truly horrendous—but rather should be seen as an effort to demarcate the proper bounds of international tribunals.
In the throes of an armed rebellion, the physical capacity of a nation-state to bring rebel leaders to justice for their crimes is limited. But as is evident in the case of Uganda and the ICC’s still unsuccessful pursuit of the leaders of the Lord’s Resistance Army, in such situations the physical power of the ICC is also limited—it has no army. Once the rebellion is suppressed, however, the nation-state can reasonably be expected to prosecute those who committed atrocities in the course of their rebellion. The wrongdoers are within reach of the state, and their action should be seen as an offense to the nation itself. Not every atrocity calls for an international court.
Un punto para Graham Greene
“When you visualized a man or woman carefully, you could always begin to feel pity….When you saw the corners of the eyes, the shape of the mouth, how the hair grew, it was impossible to hate. Hate was just a failure of imagination.”Graham Greene, El poder y la gloria
4 oct 2007
9 teorías sobre la relación entre pobreza y delito
En todos estos años, se desarrollaron numerosas teorías sobre los vínculos existentes entre pobreza y delito. Qué hacer con esas teorías? Algunas de ellas tiene razón? Todas ellas un poco? Y cómo leerlas, en caso de que las tomemos en cuenta? Se deriva algo de ellas? La consecuencia obvia que uno derivaría sería la siguiente: "si usted quiere reducir el delito, tiene que asegurarse de reducir antes la pobreza," pero no todos llegan a éste tipo de conclusiones. En todo caso, aquí va un resumen de estas teorías, que tomo de un trabajo de Andrew Karmen.
i) Teoría de la anomia (Robert Merton): Ante las intensas presiones sociales existentes para el ascenso social o para alcanzar ciertos niveles de bienestar material, algunos individuos caen en la tentación de “tomar atajos” destinados a alcanzar posiciones de mayor riqueza; mientras que otros sufren “derrotas” personales y quedan “desenganchados” de la sociedad.
ii) Teoría de las oportunidades diferenciales (Richard Cloward): Las oportunidades legales compiten cabeza a cabeza con las que no lo son. Para algunas personas pobres, las últimas pueden ser –racionalmente- atractivas, si se las compara con los trabajos de salarios bajos, inseguros y con pocos beneficios. Para esta postura, bajar el delito requiere, primordialmente, lograr que las oportunidades ilegales se tornen escasas en relación las legales.
iii) Teoría de la privación relativa (Judith Blau): El mayor involucramiento de los pobres en la violencia criminal tiene que ver con el resentimiento que surge de las fuertes desigualdades sociales y económicas que sufren. De la frustración social en medio de situaciones de consumo conspicuo, surgen comportamientos agresivos.
iv) Teoría de las subculturas de violencia (Marvin Wolfgang): El hecho de que los pobres se involucren más en actividades criminales violentas tiene que ver con que ellos se han socializado en medios en donde el uso de la violencia física resulta un medio más legítimo para resolver conflictos y reparar agravios. Ellos tienen menos opciones y recursos para lidiar con tales disputas de modo pacífico.
v) Teoría de la cultura de la clase baja (Walter Miller): Los jóvenes de ambientes de clase trabajadora ponen un énfasis en la dureza, la construcción de una reputación de desafío al peligro, en la lucha por la autonomía contra la autoridad (comportamientos de “gans” o “bandas”).
vi) Teoría de la subcultura de delincuencia (Albert Cohen): frente a ambientes movidos por la competencia, algunos individuos optan por destacarse a partir del desarrollo de pautas de comportamiento que invierten las dominantes. Se cometen entonces actos de delincuencia que aparecen como negativos, maliciosos o no-utilitarios para quien no pertenece al grupo en cuestión, pero que implican la obtención de respeto y aceptación para quienes se encuentran dentro del grupo.
vii) Teoría sobre la desorganización social (Clifford Shaw): Muchos individuos nacen en ámbitos en donde las organizaciones de vecinos, las cooperadoras de padres, los grupos eclesiásticos, las asociaciones de maestros, etc., se encuentran ausentes. Las comunidades que carecen de este tipo de mecanismos, que orientan a los sujetos a respetar las normas más tradicionales, abren la puerta al desarrollo de actividades ilegales.
viii) Teoría del control (Travis Hirschi): Las rupturas familiares y el deterioro en las posibilidades de la crianza de los hijos, resultan en un debilitamiento de los lazos sociales, los compromisos con los demás, el involucramiento en las actividades comunes. Las familias disfuncionales, y sobre todo su impacto, suelen ser mayores entre los más pobres de la sociedad.
ix) Teoría de la asociación diferencial (Edwin Sutherland): Las personas con las que uno interactúa en las etapas tempranas de su vida, durante largos períodos, tienden a ser las más influyentes sobre nuestra vida futura. Y la mayor concentración de personas con comportamientos criminales se da en los barrios más pobres.
1 oct 2007
Constitución y locura. La violenta irracionalidad de la interpretación constitucional
La Corte Suprema de los Estados Unidos acaba de aceptar un caso, que decidirá en los próximos días, sobre la pena de muerte (Baze v. Rees). El caso es idéntico a uno que suelo utilizar como ejemplo en mis clases sobre interpretación constitucional, para hablar sobre la irracionalidad a la que hemos llegado en términos de interpretación -sobre lo que a veces llamo la alienación jurídica. Se trata de un caso del que supe hace unos años, escuchando la radio en Cornell (Ithaca), y que me causó mucha gracia en su momento, cuando un profesor de derecho hacía referencia al mismo en términos hipotéticos. Cada vez que me refiero a este hipotético, en mis clases, todos reímos. Hoy el caso llegó a la Corte. La Corte va a decidir acerca de si el particular modo en que se aplican las inyecciones letales constituye una violación a la 8a Enmienda, referida a la prohibición de los castigos crueles e inusuales. Ello, debido a la "alta probabilidad de que se generen dolores innecesarios en la aplicación de las inyecciones." La Corte tiene que decidir si va a leer a la Constitución como ordenando sólo un cierto tipo de formulaciones químicas. Este tipo de casos no sólo me generan tristeza, sino el deseo de dejarlo todo, de abandonar el derecho de una vez. No lo abandono porque todavía la bronca es más fuerte que la tristeza.
La verdad de Satanás en Colombia (de la corresponsal María Luisa Rodríguez, en Bogotá)
“-Lo terrible del caso, Enrique, es que ese hombre es como tú o como yo. No es un esquizofrénico o un psicópata incurable. Es un individuo normal, un hombre bueno acorralado por las fuerzas oscuras de la necesidad, una víctima de una maldad mayor. Eso es lo que me impresiona, lo que me tiene turbado y confundido.
-Uno ve a menudo gente mala, Enrique, envidiosos, asesinos, ladrones, en fin, hay para todos los gustos. Pero son contadas las ocasiones en las cuales tenemos la oportunidad de ver gente realmente buena poseída por el mal contra su voluntad”.- Satanás, Mario Mendoza
La verdad de Satanás
En 1986, a tan solo un año de las tragedias del Palacio de Justicia y Armero, y cuando el clima de incertidumbre ya comenzaba a ser parte de las costumbres nacionales, Colombia volvió a estremecerse con un aterrador acontecimiento.
Un hombre ordinario, con una vida ordinaria, en un día ordinario, decidió realizar un recorrido de muerte con un total de treinta víctimas. Convertido en un “ángel exterminador”, inició su itinerario quitándole la vida a su estudiante y culminando con la suya propia. En medio, tres sitios distintos y una sola finalidad, el asesinato de una estudiante y la madre de ella al norte de la ciudad, el de su propia madre –posterior incineración- y muerte a 7 vecinos del edificio en que vivían en chapinero (los que, alertados por el humo, abrieron su puerta), y por último, el de 20 comensales en un restaurante “Pozzeto” en plena digesta. Lo más corrosivo del hecho, lo inexplicable e irracional del mismo.
El autor de la matanza Campo Elias Delgado, tenía una particularidad que entonces parecía explicar algo, era un excombatiente del Vietnam. Un episodio de estrés postraumático habría podido desatar la furia del soldado y generado, en medio de su confusión, la muerte del enemigo. Así vistos, estos seres resultaban como bombas de tiempo inactivas en forma indefinida pero que ante cualquier estimulo cotidiano podrían explotar.
La explicación apenas resultaba meridianamente tranquilizadora. Nuevos interrogantes enrarecieron el ambiente ¿qué diablos hacía un colombiano en Vietnam? ¿Acaso ya no hay suficiente guerra en Colombia como para ir a otras? Y lo más preocupante ¿Un país en constante conflicto armado estaba gestando en sus entrañas a una sociedad de post-traumáticos?
No obstante, un dato adicional, al parecer irrelevante, resulta ahora el elemento fundamental que mediante la narrativa de Mario Mendoza y su obra Satanas –Seix Barral Premio Biblioteca Breve 2002- se nos da a conocer, Campo Elias era estudiante de literatura, en medio de su recorrido de muerte buscó al mismo Mendoza, entonces también colega, no lo encontró, pero además su tesis de grado estudiaba el libro sobre el doctor Jekyll y Mr. Hyde.
En palabras de Mendoza “Él estaba escribiendo una tesis de grado sobre el doctor Jekyll y Mr. Hyde... los temas de la duplicidad de conciencia, una vieja discusión en el terreno de la filosofía y la psicología sobre si nosotros somos nosotros, si el Yo existe, si eso que llamamos Yo es una entidad monolítica o si más bien lo que parece existir en el cerebro es una confluencia de vectores que pugnan por salir y que la identidad es en realidad una ficción, un relato más. Estamos atravesados por ciertas fuerzas que nos lanzan hacia un lado o hacia otro, ciertas inclinaciones, tendencias… De ahí nuestra extraordinaria capacidad de contradecirnos permanentemente, de decir una cosa y hacer otra, de tener miles de inclinaciones que incluso llegan a avergonzarnos.” [1]
Este último aspecto resulta el más fascinante para explicar no solamente la acción de Campo Elias sino la de una sociedad en el que la violencia resulta las más de las veces gratuita y de una crueldad innecesaria. De hecho desde la versión de Mendoza, la maldad es una fuerza que nos ronda dentro, merodea nuestro propio interior, en combate con el bien. En donde el individuo es vencido por aquella fuerza estimulada por el sentimiento de frustración e impotencia propia de una sociedad injusta. El triunfo del mal que desde el interior fluye hacia el exterior es solo la consecuencia de una sociedad malsana, putrefacta.
Así ¿que tienen en común un hombre que antes de ver morir de hambre a su mujer y sus hijos decide quitarles la vida, una joven huérfana por el conflicto armado que se dedica a engatusar hombres para robarles, una adolescente posesa que mata a su madre y cuidadora y, por último, Campo Elias? Todos se encuentran inmersos en una sociedad destructiva, excluyente y odiosa, en donde el mal se ha apoderado de ellos, y Bogotá es un ejemplo de esa sociedad.
Campo Elias forma parte de la galería de asesinos de Colombia que por la ausencia de fundamentación política, por encontrarse por fuera de la “violencia política” resulta aún más difícil de comprender. No obstante ello no significa que sea el peor, de hecho el llamado “el monstruo de Genova” o “el monstruo de los Andes” Luis Alfredo Garavito superó con creces la brutalidad de “Pozzeto”.
Garavito secuestró, violó y decapitó a alrededor de 172 niños entre 8 y 16 años “pobres, estudiantes y campesinos” por 11 departamentos del país, entre 1992 y 1998, según su escalofriante confesión. No obstante, “Después de confesar los relatos de los múltiples asesinatos, Garavito añadió que él no era un monstruo, como lo denominaba la prensa y medio país, si bien los actos fueron realizados a plena consciencia, los atribuyó a un "fuerza extraña" que lleva dentro, y pidiendo perdón al país, a su madre y a Dios, se excusó diciendo que todo se debía a los malos tratos recibidos por su padre, ya fallecido, durante su infancia.” [2]
El estreno de la adaptación cinematográfica de Satanas, de la mano del director colombiano Andrés Baiz y su reciente reconocimiento en el Festival de Mónaco, ganadora de dos categorías como mejor película y mejor actor, ha vuelto a poner sobre la palestra a Campo Elias y lo que en realidad pasó en “Pozzeto”. En la versión cinematográfica la interconexión de eventos, el entrelazamiento de las vidas de los personajes genera un efecto dominó en el que el resultado final difícilmente puede ser atribuido a una sola de las piezas. Pero si bien la historia es la misma, el escenario ha cambiado.
Justamente a principios de 2007, uno de los personajes más temidos en los últimos años, el desmovilizado jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia –AUC- Salvatore Mancuso, se presentó ante un Fiscal de justicia y Paz y en versión libre confesó ser el autor intelectual, en manguala con generales activos del Ejercito, de más de tres centenares de personas.
“Los asesinatos ocurrían (…) en acciones comando que ejecutaban encapuchados, en sorpresivos ataques en áreas rurales o zonas urbanas o desde motos al estilo de sicarios que segaban la vida de sus víctimas. En un gran porcentaje, las personas eran baleadas indefensas y desarmadas.
Sin embargo, Mancuso sostuvo que se trataba de miembros de la guerrilla, según datos que le suministraba la propia inteligencia militar. Muchos de los muertos son profesores, líderes estudiantiles, voceros campesinos y dirigentes sindicales.
Aunque Mancuso insistió en que las víctimas hacían parte del aparato armado o logístico de la guerrilla, hay varios casos en los que estos eran niños o ancianos.”[3]
La confesión enmarcada por las exigencias planteadas por la Ley de verdad, justicia y reparación, ofrece detalles sobre como se planearon y ejecutaron masacres como la del Aro o de Mapiripán por la cual fue condenado el Estado colombiano por vulneración de los Derechos Humanos. Así mismo el relato de Mancuso señaló nombres de generales y fiscales que contribuían a la causa. Aunque la versión resultó espeluznante, se considera que en ella no llegó a reconocer ni siquiera el 10% de las acciones realizadas bajo ordenes suyas por las AUC. Esta vez ni los medios ni los ciudadanos se han atrevido a ponerle un adjetivo que se corresponda con la imagen de Mancuso.
Hace tan sólo unas semanas, en su segunda versión libre, Mancuso con aspecto más frío y en ocasiones sonriente, comenzó a mencionar nombres sobre la estructura financiera de las AUC. Una estela nauseabunda empezó a apoderarse de la política colombiana. Esta vez Mancuso acusó a la influyente familia Santos, nietos de un expresidente y propietarios del único diario de circulación nacional, así como a Álvaro Leyva, de fraguar con complicidad de la guerrilla y los mismos paramilitares la caída del gobierno de Samper. Pero además incriminó al Presidente Uribe Vélez de participar en el origen del paramilitarismo en Antioquia. Con las nuevas acusaciones, al parecer, Mancuso buscaría obtener algunos beneficios judiciales ante Estados Unidos.
La reacción de la familia Santos, con Juan Manuel como Ministro de Defensa y su hermano Francisco como Vicepresidente, no se hizo esperar. El primero de ellos reconoció dos reuniones con Mancuso “Lo hice en la búsqueda de la paz” volviendo a repetir una frase, denominador común, entre sus explicaciones y la de la mayoría de los congresistas investigados por la Corte Suprema de Justicia y actualmente detenidos por sus vínculos con el paramilitarismo. Por su parte Francisco Santos condenó preliminarmente a los investigados congresistas “al menos 40 serán condenados por sus vínculos con el paramilitarismo”. Pero en forma más sutil entre los generales, exdirectores de la Policía Nacional y demás políticos en entredicho a raíz de las declaraciones del líder paramilitar, se dejó entrever los cuestionamientos directamente a la credibilidad que puede tener un confeso delincuente. En primer lugar ¿cómo creerle a un asesino? Espetó un condecorado expolicía, pero además ¿Cuánto le falta decir? Y ¿cuanto va a ocultar?. Pese a las dudas, la verdad de Mancuso, contrastada y verificada, es una pieza fundamental en el esclarecimiento de la vida política de los últimos años de Colombia.
Ante los nuevos reclamos sobre la verdad, la de Campo Elías y Garavito resulta inexplicable y perturbadora, pero la de Mancuso, tan racional como descabellada, revela un plan fraguado por un grupo de empresarios y políticos que consciente y claramente se beneficiaron de la violencia paramilitar para cumplir un fin legítimo por medios macabros, obtener votos, perpetuarse en el poder, y de paso, enriquecerse. En este caso no se trató de un día de furia de un poseso de la humillación y la desesperanza; al contrario: se trató de un proyecto político y económico asistido de una conjunción militar y paramilitar, al que se acudió por convicción y beneficio personal, por personas “decentes”, estratégicamente diseñado, fríamente ejecutado, con resultados previsibles y controlados, para, mediante el terror, poseer y hacer suyo al estado colombiano.
NOTAS: [1] Entrevista a Mario Mendoza, narrador y periodista colombiano; Jurado de Cuento del Premio Casa 2006, por Deny Extremera. La ventana portal informativo de la Casa de las Américas. http://laventana.casa.cult.cu. // [2] Manuel Carballal, El archivo del Crimen, las creencias como factor criminógeno “Luis Alfredo Garavito Trujillo el monstruo de Genova”. Febrero 20 de 2007. http://manuelcarballal.blogspot.com/2007/02/luis-afredo-garavito-cubillos-el.html. // [3] Semana.com “Monumental escándalo por revelaciones de Salvatore Mancuso sobre masacres planeadas con militares de alto rango”. Sección Justicia, Enero 16 de 2007.
María Luisa Rodríguez Peñaranda es profesora de Derecho Constitucional en la Universidad del Externado en Bogotá, Colombia.
-Uno ve a menudo gente mala, Enrique, envidiosos, asesinos, ladrones, en fin, hay para todos los gustos. Pero son contadas las ocasiones en las cuales tenemos la oportunidad de ver gente realmente buena poseída por el mal contra su voluntad”.- Satanás, Mario Mendoza
La verdad de Satanás
En 1986, a tan solo un año de las tragedias del Palacio de Justicia y Armero, y cuando el clima de incertidumbre ya comenzaba a ser parte de las costumbres nacionales, Colombia volvió a estremecerse con un aterrador acontecimiento.
Un hombre ordinario, con una vida ordinaria, en un día ordinario, decidió realizar un recorrido de muerte con un total de treinta víctimas. Convertido en un “ángel exterminador”, inició su itinerario quitándole la vida a su estudiante y culminando con la suya propia. En medio, tres sitios distintos y una sola finalidad, el asesinato de una estudiante y la madre de ella al norte de la ciudad, el de su propia madre –posterior incineración- y muerte a 7 vecinos del edificio en que vivían en chapinero (los que, alertados por el humo, abrieron su puerta), y por último, el de 20 comensales en un restaurante “Pozzeto” en plena digesta. Lo más corrosivo del hecho, lo inexplicable e irracional del mismo.
El autor de la matanza Campo Elias Delgado, tenía una particularidad que entonces parecía explicar algo, era un excombatiente del Vietnam. Un episodio de estrés postraumático habría podido desatar la furia del soldado y generado, en medio de su confusión, la muerte del enemigo. Así vistos, estos seres resultaban como bombas de tiempo inactivas en forma indefinida pero que ante cualquier estimulo cotidiano podrían explotar.
La explicación apenas resultaba meridianamente tranquilizadora. Nuevos interrogantes enrarecieron el ambiente ¿qué diablos hacía un colombiano en Vietnam? ¿Acaso ya no hay suficiente guerra en Colombia como para ir a otras? Y lo más preocupante ¿Un país en constante conflicto armado estaba gestando en sus entrañas a una sociedad de post-traumáticos?
No obstante, un dato adicional, al parecer irrelevante, resulta ahora el elemento fundamental que mediante la narrativa de Mario Mendoza y su obra Satanas –Seix Barral Premio Biblioteca Breve 2002- se nos da a conocer, Campo Elias era estudiante de literatura, en medio de su recorrido de muerte buscó al mismo Mendoza, entonces también colega, no lo encontró, pero además su tesis de grado estudiaba el libro sobre el doctor Jekyll y Mr. Hyde.
En palabras de Mendoza “Él estaba escribiendo una tesis de grado sobre el doctor Jekyll y Mr. Hyde... los temas de la duplicidad de conciencia, una vieja discusión en el terreno de la filosofía y la psicología sobre si nosotros somos nosotros, si el Yo existe, si eso que llamamos Yo es una entidad monolítica o si más bien lo que parece existir en el cerebro es una confluencia de vectores que pugnan por salir y que la identidad es en realidad una ficción, un relato más. Estamos atravesados por ciertas fuerzas que nos lanzan hacia un lado o hacia otro, ciertas inclinaciones, tendencias… De ahí nuestra extraordinaria capacidad de contradecirnos permanentemente, de decir una cosa y hacer otra, de tener miles de inclinaciones que incluso llegan a avergonzarnos.” [1]
Este último aspecto resulta el más fascinante para explicar no solamente la acción de Campo Elias sino la de una sociedad en el que la violencia resulta las más de las veces gratuita y de una crueldad innecesaria. De hecho desde la versión de Mendoza, la maldad es una fuerza que nos ronda dentro, merodea nuestro propio interior, en combate con el bien. En donde el individuo es vencido por aquella fuerza estimulada por el sentimiento de frustración e impotencia propia de una sociedad injusta. El triunfo del mal que desde el interior fluye hacia el exterior es solo la consecuencia de una sociedad malsana, putrefacta.
Así ¿que tienen en común un hombre que antes de ver morir de hambre a su mujer y sus hijos decide quitarles la vida, una joven huérfana por el conflicto armado que se dedica a engatusar hombres para robarles, una adolescente posesa que mata a su madre y cuidadora y, por último, Campo Elias? Todos se encuentran inmersos en una sociedad destructiva, excluyente y odiosa, en donde el mal se ha apoderado de ellos, y Bogotá es un ejemplo de esa sociedad.
Campo Elias forma parte de la galería de asesinos de Colombia que por la ausencia de fundamentación política, por encontrarse por fuera de la “violencia política” resulta aún más difícil de comprender. No obstante ello no significa que sea el peor, de hecho el llamado “el monstruo de Genova” o “el monstruo de los Andes” Luis Alfredo Garavito superó con creces la brutalidad de “Pozzeto”.
Garavito secuestró, violó y decapitó a alrededor de 172 niños entre 8 y 16 años “pobres, estudiantes y campesinos” por 11 departamentos del país, entre 1992 y 1998, según su escalofriante confesión. No obstante, “Después de confesar los relatos de los múltiples asesinatos, Garavito añadió que él no era un monstruo, como lo denominaba la prensa y medio país, si bien los actos fueron realizados a plena consciencia, los atribuyó a un "fuerza extraña" que lleva dentro, y pidiendo perdón al país, a su madre y a Dios, se excusó diciendo que todo se debía a los malos tratos recibidos por su padre, ya fallecido, durante su infancia.” [2]
El estreno de la adaptación cinematográfica de Satanas, de la mano del director colombiano Andrés Baiz y su reciente reconocimiento en el Festival de Mónaco, ganadora de dos categorías como mejor película y mejor actor, ha vuelto a poner sobre la palestra a Campo Elias y lo que en realidad pasó en “Pozzeto”. En la versión cinematográfica la interconexión de eventos, el entrelazamiento de las vidas de los personajes genera un efecto dominó en el que el resultado final difícilmente puede ser atribuido a una sola de las piezas. Pero si bien la historia es la misma, el escenario ha cambiado.
Justamente a principios de 2007, uno de los personajes más temidos en los últimos años, el desmovilizado jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia –AUC- Salvatore Mancuso, se presentó ante un Fiscal de justicia y Paz y en versión libre confesó ser el autor intelectual, en manguala con generales activos del Ejercito, de más de tres centenares de personas.
“Los asesinatos ocurrían (…) en acciones comando que ejecutaban encapuchados, en sorpresivos ataques en áreas rurales o zonas urbanas o desde motos al estilo de sicarios que segaban la vida de sus víctimas. En un gran porcentaje, las personas eran baleadas indefensas y desarmadas.
Sin embargo, Mancuso sostuvo que se trataba de miembros de la guerrilla, según datos que le suministraba la propia inteligencia militar. Muchos de los muertos son profesores, líderes estudiantiles, voceros campesinos y dirigentes sindicales.
Aunque Mancuso insistió en que las víctimas hacían parte del aparato armado o logístico de la guerrilla, hay varios casos en los que estos eran niños o ancianos.”[3]
La confesión enmarcada por las exigencias planteadas por la Ley de verdad, justicia y reparación, ofrece detalles sobre como se planearon y ejecutaron masacres como la del Aro o de Mapiripán por la cual fue condenado el Estado colombiano por vulneración de los Derechos Humanos. Así mismo el relato de Mancuso señaló nombres de generales y fiscales que contribuían a la causa. Aunque la versión resultó espeluznante, se considera que en ella no llegó a reconocer ni siquiera el 10% de las acciones realizadas bajo ordenes suyas por las AUC. Esta vez ni los medios ni los ciudadanos se han atrevido a ponerle un adjetivo que se corresponda con la imagen de Mancuso.
Hace tan sólo unas semanas, en su segunda versión libre, Mancuso con aspecto más frío y en ocasiones sonriente, comenzó a mencionar nombres sobre la estructura financiera de las AUC. Una estela nauseabunda empezó a apoderarse de la política colombiana. Esta vez Mancuso acusó a la influyente familia Santos, nietos de un expresidente y propietarios del único diario de circulación nacional, así como a Álvaro Leyva, de fraguar con complicidad de la guerrilla y los mismos paramilitares la caída del gobierno de Samper. Pero además incriminó al Presidente Uribe Vélez de participar en el origen del paramilitarismo en Antioquia. Con las nuevas acusaciones, al parecer, Mancuso buscaría obtener algunos beneficios judiciales ante Estados Unidos.
La reacción de la familia Santos, con Juan Manuel como Ministro de Defensa y su hermano Francisco como Vicepresidente, no se hizo esperar. El primero de ellos reconoció dos reuniones con Mancuso “Lo hice en la búsqueda de la paz” volviendo a repetir una frase, denominador común, entre sus explicaciones y la de la mayoría de los congresistas investigados por la Corte Suprema de Justicia y actualmente detenidos por sus vínculos con el paramilitarismo. Por su parte Francisco Santos condenó preliminarmente a los investigados congresistas “al menos 40 serán condenados por sus vínculos con el paramilitarismo”. Pero en forma más sutil entre los generales, exdirectores de la Policía Nacional y demás políticos en entredicho a raíz de las declaraciones del líder paramilitar, se dejó entrever los cuestionamientos directamente a la credibilidad que puede tener un confeso delincuente. En primer lugar ¿cómo creerle a un asesino? Espetó un condecorado expolicía, pero además ¿Cuánto le falta decir? Y ¿cuanto va a ocultar?. Pese a las dudas, la verdad de Mancuso, contrastada y verificada, es una pieza fundamental en el esclarecimiento de la vida política de los últimos años de Colombia.
Ante los nuevos reclamos sobre la verdad, la de Campo Elías y Garavito resulta inexplicable y perturbadora, pero la de Mancuso, tan racional como descabellada, revela un plan fraguado por un grupo de empresarios y políticos que consciente y claramente se beneficiaron de la violencia paramilitar para cumplir un fin legítimo por medios macabros, obtener votos, perpetuarse en el poder, y de paso, enriquecerse. En este caso no se trató de un día de furia de un poseso de la humillación y la desesperanza; al contrario: se trató de un proyecto político y económico asistido de una conjunción militar y paramilitar, al que se acudió por convicción y beneficio personal, por personas “decentes”, estratégicamente diseñado, fríamente ejecutado, con resultados previsibles y controlados, para, mediante el terror, poseer y hacer suyo al estado colombiano.
NOTAS: [1] Entrevista a Mario Mendoza, narrador y periodista colombiano; Jurado de Cuento del Premio Casa 2006, por Deny Extremera. La ventana portal informativo de la Casa de las Américas. http://laventana.casa.cult.cu. // [2] Manuel Carballal, El archivo del Crimen, las creencias como factor criminógeno “Luis Alfredo Garavito Trujillo el monstruo de Genova”. Febrero 20 de 2007. http://manuelcarballal.blogspot.com/2007/02/luis-afredo-garavito-cubillos-el.html. // [3] Semana.com “Monumental escándalo por revelaciones de Salvatore Mancuso sobre masacres planeadas con militares de alto rango”. Sección Justicia, Enero 16 de 2007.
María Luisa Rodríguez Peñaranda es profesora de Derecho Constitucional en la Universidad del Externado en Bogotá, Colombia.
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