3 oct. 2019

Crónica de una entrega atrasada. Devolver El Federalista 33 años después





Hace muchos años -más de 30- asistía regularmente, cada viernes, al Seminario Nino (el famoso "Seminario de los Viernes") que reunía a un minúsculo grupo de alumnos, graduados, y profesores, en una pequeña sala del Instituto Gioja. En ese Instituto, muchos de nosotros aprendimos sobre Derecho Constitucional, Filosofía del Derecho y Filosofía Política, discutiendo textos (normalmente fotocopias) que Nino traía de sus viajes a tierras lejanas (para ese entonces, 1985, 1986, Nino viajaba recurrentemente a la Universidad de Yale, como profesor invitado), y que él se encargaba de presentar magistralmente, para luego coordinar la discusión que se abría. Para muchos, esos años en el Seminario resultaron más importantes que toda la educación universitaria, doctoral o post-doctoral, recibida antes o después: fueron años de democracia deliberativa puesta en práctica; años de goce en el aprendizaje; y años de enorme crecimiento personal. De allí, entre otras cosas, la gratitud y emoción de muchos de nosotros en relación con el Instituto Gioja (Instituto al que, durante muchos años, y por circunstancias diversas, tuvimos tan lejos; y que hoy, por fortuna, es dirigido por el amigo Marcelo Alegre).

Lo que me interesa contar, de todos modos, no es la historia del Seminario, sino la historia de un libro -El Federalista- y mi historia con él. Resulta que cada semana, durante más de un año, curioseaba los libros contenidos en las vitrinas de la Biblioteca del Instituto. Mientras esperaba el comienzo de las sesiones del Seminario, cada semana, miraba a través de esa vitrina -cerrada con llave- con la avidez de lectura que era tan propia de ese tiempo. Pensaba para mí: cuántos años hará que esta biblioteca no se abre? Cuánto tiempo hará que nadie saca un libro de allí! Había un libro, en particular, que llamaba mi atención, porque lo había visto citado en más de uno de los textos que leímos -El Federalista. Con la nariz contra el vidrio, miraba el libro -y el libro a mí- y me recordaba cada vez que debía leerlo.

Ocurrió, sin embargo, que un día llegué muy temprano al Seminario, y me encontré no sólo con la vitrina de siempre sino, también, con la llave de la vitrina. Sin mayores dudas o resquemores, abrí el armario, tomé el libro ansiado, un libro lleno de polvo, abandonado, solo y triste (en condición de encierro buena parte de su vida, cabe aclarar), y me puse a hojearlo con atención: el libro me interesaba muchísimo! (Me pareció escuchar: "sácame de aquí, sácame de aquí!". Una revelación diría). Carente de todo sentimiento de culpa, casi enseguida, decidí llevármelo a mi casa. Pensé: el libro allí dentro estaba casi muerto (encerrado, con frío, con un mundo dándole la espalda, privándolo de la posibilidad de ser), inmovilizado por años. Finalmente alguien le va a devolver la vida! Finalmente alguien lo va a leer! Finalmente la Biblioteca sin uso va a cobrar sentido!

La cuestión es que leí el libro, y el libro cambió el curso de mi vida. En lo sustantivo, me enojé muchísimo con los debates constitucionales norteamericanos (y así latinoamericanos), pero al mismo tiempo quedé fascinado con ese ejercicio de razonamiento que proponía el libro: cada decisión constitucional estaba justificada, meditada, razonada detenidamente. Un ejercicio de argumentación a través de razones públicas inigualable, fabuloso, claro, relevante. Extraordinario. 

Tal fue el impacto del libro que yo, que pensaba irme a estudiar un doctorado a Italia, terminé yéndome a completar mi doctorado a los Estados Unidos (me iría 4 años después), para escribir una tesis de crítica a lo que había aprendido, con la ayuda El Federalista, sobre esos debates constituyentes (crítica a la doctrina contemporánea que reivindicaba las argumentaciones de El Federalista). Desde entonces, también, me convertí (creo) en un gran difusor (y crítico) de los debates de El Federalista, en la Argentina y más allá (varios de mis primeros libros -Nos los representantes, La justicia frente al gobierno- giraron en torno a aquella obra, pero aún sigo escribiendo en sintonía con aquella forma de pensar).

Desde entonces me dije (tal vez en un mero ejercicio auto-justificatorio retrospectivo? Quizás como mera racionalización del hecho consumado?): "Qué importante haberme llevado esa obra! Cuánto aprendí de un libro que,  de otro modo, hubiera quedo muerto, perdido! Y cuánto ayudé a difundir y repensar aquellas ideas!" En otras palabras: Qué bueno haber tomado ese libro en préstamo, cuando ni sabía a quién pedirlo prestado! Un préstamo extendido, sí, excesivo quizás, algo inconsulto en sus formas, con el mejor ánimo, en cualquier caso.

Hoy, cuando volvía al querido Instituto Gioja a presentar un seminario, de la mano de mi amigo Alegre, decidimos -33 años después- que era hora de retornar el libro a su viejo anaquel! Cuánto había paseado ese libro por el mundo! Así que, antes de comenzar el seminario, en el que volvía a hablar sobre diseños institucionales, citando a El Federalista, hicimos la pequeña ceremonia de restitución, con el compañero Alegre. Hoy repatriamos a El Federalista, devolviéndolo a su viejo anaquel. Antes del (desgarrador) desprendimiento, arreglé y vestí al libro con sus mejores ropas (se había descascarado un poco en el camino; el cuerpo del texto le había soltado amarras a la tapa; el lomo lo develaba muy fatigado). 

El viejo libro volvió hoy a su vieja vitrina. Ahora lo retornaba a su estante, en donde vivirá sus últimos años, sin llave, sin prejuicios, tranquilo: realizado, me animaría a decir. Cuando lo dejaba, me pareció verlo sonreír. Acercando mi boca a la contratapa, en voz bien baja, antes de soltarlo le dije gracias. Larga vida al Gioja! Larga vida a El Federalista! 


14 comentarios:

Damian dijo...

La justicia frente al gobierno no es el federalista pero es un buen libro también. Recuerdo que en los años noventa se lo encontraba a precio irrisorio en los saldos de corrientes. Un libro azul de editorial Ariel. En el mismo saldo se encontraba el juicio al mal absoluto de Nino. Ambos libros leí en esos años oscuros en los que esas lecturas no interesaban. Se estaban rompiendo los lazos de solidaridad entre nosotros. Comenzaba el sálvese quien pueda. Yo creo que ahí hubo en la sociedad un quiebre que aún hoy sufrimos.

Vladimir dijo...

El privilegio y gusto propio de haber estado ahí para presenciarlo todo. La idea de que los libros reviven, de que nos eligen y nos comunicamos. Sí a todo. Gracias por la crónica querido Robert.

Laura dijo...

Quien no ha sentido ese apego por uno o varios libros, muchos cambiaron mi rumbo. Ahora las ferias del libro me aburren, siempre lo mismo y demasiada gente

Anónimo dijo...

Pensaste en ese momento que lo "tomabas prestado"? Bueno que haya estado en tus manos y felicitaciones por devolverlo.

Bettina

Anónimo dijo...

Se hizo lugar a la suspensión del juicio a prueba (probation) propuesta por la fiscalía-Alegre- y la defensa-Gargarella-: Trabajo Comunitario del imputado por el término de 90 días hábiles de bibliotecario- ad honorem- en dicho Instituto y obsequio de Pastéis de Belem a cada concurrente a su sala de lectura.

Gonzalo dijo...

Qué hermoso post, profesor. Lo mejor que la vida académica puede dar de sí -el rigor, la pasión por años y décadas, el compromiso con asuntos públicos, la posibilidad de que una lectura transforme una vida entera- sintetizada en veinte líneas. Somos muchxs a quienes este relato nos alimenta algo más que el intelecto

Rodrigo dijo...

Hay una edición de Akal y otra de, si no me equivoco, Fondo de Cultura. ¿Saben cuál es la mejor traducción al castellano de 'El Federalista'?

Anónimo dijo...

Roberto, son esas las únicas historias que importan. Todo lo demás es hojarasca.

Unknown dijo...

Estuvo en buenas manos!

Anónimo dijo...

La idea que funciona como base del texto, me hizo acordar mucho al pensamiento de Raskólnikov de Crimen y Castigo, que decía que había ciertos actos que estaban justificados en ciertas personas que tenían un destino especial.
Un poco en broma, un poco en serio: algo de eso hay. Pero en tu caso dicho pensamiento se volvió certero y real; si ese acto llevó a que tomarás decisiones tan trascendentes y escribieras tantos libros que han sido muy útiles para muchos de nosotros, ¿cómo no creerlo de ese modo?
Por supuesto que tu acto se asemeja más a un préstamo unilateral que a un hurto (depende, más de uno diría que se trató de un hurto); muy lejano del acto que tuvo en mente y ejecutó aquel personaje creado por quien fue uno de los más grande escritores de este mundo.

Anónimo dijo...

es una retención indebida, ya que nunca pretendió apropiarse de la cosa entregada. el título de esa entrega fue válido inicialmente pero luego devino inválido ante la no devolución en tiempo oportuno. no obstante, nunca fue interpelado fehacientemente para restituir la cosa entregada por lo que no tenemos acreditada esa voluntad de mutar ese título originario válido en uno inválido. además prescribió

Franco dijo...

Todo lo que produjiste luego de sacar el libro hace treinta y pico de años -mutatis mutandi- es el fruto del árbol venenoso jajaja
Gracias por devolverlo y gracias por contarlo. Todos tenemos una historia parecida (excepto por la parte de escribir muchos libros).

Luis Henrique Madalena dijo...

História maravilhosa!!

Luis Henrique Madalena dijo...

História maravilhosa!!