6 oct 2011

Apuntes italianos. V. C'e una nave



Llego a una pequeña ciudad de Sicilia, en muy mala hora. Pregunto por algún albergue. Veo uno: 120 euros, me dicen. No, de ningún modo. Sigo caminando otras dos horas, con las valijas a cuestas (grave error, ya que nunca se debe buscar nada en condiciones de inferioridad). Me dicen: en el de la esquina hay habitaciones a 50 euros. Me acerco. Los dueños no están, pero está “el abuelo.” El abuelo me dice que el precio es 30, pero –como me ve quejoso- agrega que puedo pedir un “scontino.” Al rato largo llega la dueña. Me pregunta si ya me dijeron el precio. Dice que es 40. Me quejo. Me aclara que en realidad el precio es 64 (espectacular). Negociamos. Pago finalmente 30, pero sin “scontino.”

Entre otros rasgos poco atractivos, los italianos muestran una obsesión insoportable por el telefonino. El récord, hasta ahora, lo lleva un chofer de ómnibus que hablaba a la vez por dos teléfonos mientras manejaba –y esto también es cierto- con los codos.

Hay razón para contarlo todo –y digo todo- por teléfono? Hace falta comunicarlo todo –y repito todo- por teléfono? Pero esta historia. Por motivos del cambio de horario que no me deja dormir bien, y por encontrarme con la mejor luz de la mañana (aunque uno de los dos motivos pesaba más que el otro), estos días acostumbré a salir de mi habitación muy temprano, en horarios casi de escándalo. Una de esas mañanas, tempranísimo, una mañana en la que absolutamente todos los sicilianos debían (y lo digo descriptivamente) estar durmiendo (demasiado tarde para estar despiertos todavía, demasiado temprano para estar despiertos ya) llego a un balcón frente al mar y veo, primero, una barca que llega a la costa, con una luz tan bonita; y enseguida, casi al instante, escucho a un joven que llama a su amigo. “Marco” –dice él, buscando saber si Marco estaba ya despierto, a esa inverosímil hora. Viendo que apenas sí, agrega luego, con voz dulce: “C’e una nave”. Y corta.

En Nápoles, como en otros lados, tomé una primera decisión no del todo satisfactoria, movido por una cierta incomodidad propia del apenas llegado: albergarme cerca de la estación de trenes por la que entraba. Esto me ha deparado, obviamente, un contacto más directo con las gentes que rodean la estación por las noches, en cualquiera de ellas. En Nápoles, sin embargo, encontré una prostitución decadente y vieja, como sólo la recuerdo en Barcelona, Ramblas abajo. Muchas veces, al ver a alguna señora de estatura baja y anteojos negros, con tacos altos en los que ya no equilibra, pienso en un ruego: “no, abuelita, esta noche por favor no salgas, te lo pido; esta noche quedate mirando televisión en el sofá, hasta quedarte dormida.”

Entre mis inhabilidades turísticas se encuentra un agudo sentido de la contra-orientación. La situación es tan preocupante que he llegado a elaborar una regla, que al menos ha mejorado en algo mi promedio. Cuando tengo dudas acerca de dónde se encuentra el lugar que busco, rastreo a ver a qué lugar me lleva mi intuición, y luego me dirijo en la dirección exactamente contraria. En Nápoles, la fórmula tuvo uno de sus momentos más bajos, y me condujo a una zona poco recomendable para criminales de violencia sádica. Recordé entonces el dicho “ver Nápoles y después morir.” Me pregunto si quien enunció la frase la dejó escrita, antes de iniciar su recorrido.

Nápoles me interesó realmente, aunque llegara a ser demasiado. La ciudad me atrapó, sobre todo, por algunas de sus apuestas turísticas menos tradicionales. Tales apuestas incluyeron, por lo visto, personas especialmente obesas en motos especialmente pequeñas; ropa muy muy blanca colgada, como secándose al sol; y unos extraños palos, en variadas esquinas, con luces a tres colores.

El primer autobús que tomé, estando en Nápoles, me deparó una situación curiosa, aunque no por ello menos conocida: el trasporte cargaba al menos tres veces más gente de la que estaba autorizada a cargar (conforme a un número determinado por algún inspector en condiciones de soborno); la puerta de salida del micro no se abría; y la máquina en la que se validaban los boletos no funcionaba. Mientras tanto, el chofer se quejaba a los gritos- del tránsito y de los pasajeros- y los pasajeros daban muestra de un activismo cívico notable, protestando todos ellos a la vez, en direcciones contrarias aunque acumulativas.


fotos: Nápoli, che bella festa

Apuntes italianos. IV. Sirena en lila


Perdía el autobús hacia Nápoli, así que cuando supe de la posibilidad de hacer parte del tramo en barco, no dudé un instante. El barco, por lo demás, pasa por los consabidos pueblitos; y permite para colmo que uno se encuentre con pasajeros imposibles (había visto ya, cuando compraba el billete, a una rubia norteamericana, actriz de Hollywood de remate, con novio algo lelo, preguntándole al pobre ticketero siciliano si el barco tenía "life jackets". El italiano le decía "sí, sí," mientras le cobraba. Luego, ella viajaría todo el trayecto abrazada a su salvavidas!). El hecho es que la barca avanzaba, frente a los consabidos pueblitos, para luego internarse en aguas más distantes, rodeadas sólo de piedra y cielo. De repente la veo, en estas aguas que -cabe recordarlo- fueron aguas de Ulises: una sirena, sola, en medio de la absoluta nada. Con un vestido lila, una barca lila, unos telares lila por allí colgados. Atiné a sacarle una foto, desde lo lejos. Ella me vio, yo la vi, nos miramos. Sentí una extraña música que me atraía hacia ella. Sin embargo, nadie más en el barco la vio, nadie oyó nada (la ex actriz, en tanto, empezaba a retar a su novio porque tenía miedo).

foto: sirena en lila (Sicilia)

Política obrera

La política obrera del gobierno se intensifica, aunque en lo esencial siga idéntica a lo que fue siempre. Acá

4 oct 2011

Apuntes italianos. III. Italianos que gritan



Un jovencito de Catania, pinta de delincuente bueno, se pasó las 6 horas del viaje en tren –y no miento- yendo y viniendo por el pasillo, con andar frenético. Cada tanto abría la puerta de la “carusa” en donde yo me sentaba, y se ponía a hablar un italiano imposible, que apenas entendía el decano de mi vagón, un palermitano exiliado en Milano, que venía acompañado de su familia (ellos habían cruzado Italia en tren, ida y vuelta en dos días, para ir a un velorio en el pueblo de sus abuelos). El de Catania desequilibró por completo cuando el tren quedó varado sin explicaciones, por un buen tiempo: él perdía la conexión que lo llevaba a donde ni él lo sabía. En su italiano imposible comentó algo, enojado y tierno, que ninguno de los miembros de la familia entendió, salvo en la traducción que nos hizo el decano: “Ahora cuando me bajo voy a hacer un daño”, nos confesó el joven. El decano le respondió: “Si incendiás el tren, por favor primero por la otra punta.”

Una americana comentaba riendo, frente a los pescadores que sacaban los pescados de la barca, mientras cansados mascaban tabaco viejo: “They are having fun!” Fun, pienso, es lo que habrá tenido tu abuelo cuando vino al sur, amedrentando arma en mano a los antepasados de estos. Y me alegro, como otras veces, de que mis primeros pensamientos no se conviertan en políticas públicas, inmediatamente luego.

Cuando ven el escarpado de la montaña, que sube y se aferra contra las paredes del cielo; cuando ven la roca así empinada, que no duerme nunca por miedo de caerse en el sueño; cuando ven el verde salvaje y virgen, cortando vertical el azul del tirreno, dicen qué suerte los italianos, qué bendición que tuvieron. Es decir, la lotería de la naturaleza estuvo con ellos. Yo les digo sí, y ahora me digan qué ángel construyó esa Iglesia que cuelga del escarpado cielo. Y ahora me digan qué dios erigió esa plaza, esas torres que se elevan hasta la roca del sueño. En ese plano inclinado hoy vive un pueblo, un pueblo lleno de magia que no cierra los ojos nunca por no dejar de mirar al tirreno.

Los italianos del sur se la pasan gritando, me dicen. La vita e bella para éstos, es la dolce vita, me dicen. Yo no lo creo. Creo que primero se burlaron de sus rostros de oliva, cuando los vieron. Creo que luego les quitaron valor a sus palabras, cuando las oyeron. Creo que después los explotaron campesinos. Creo que más tarde los pusieron en guerras que ellos no pidieron (primero una, después la otra). Así, y como no era bastante, les ralearon sus familias -como a la mía (mi tío muerto por la segunda guerra, su madre –mi abuela- muerta por el dolor al saberlo). Los italianos del sur no gritan. Los italianos del sur tratan de ahogar los ecos de su memoria que grita.

Des encuentro

El martes 04 a las 22:00, canal Encuentro emite “En el Medio”, un ciclo de 13 capítulos con la conducción de la periodista Gisela Busaniche.

Capítulo 5: “El Poder de la Política”. ¿quién detenta el poder político?, ¿cuáles son los instrumentos y mecanismos con que cuenta para lograr sus objetivos? ¿cómo se legitima este poder?¿cómo se participa?

Entrevistados: Eduardo Rinesi, Roberto Gargarella, Carlos Raimundi, Juliana Di Tullio.

Repeticiones: Martes 4:30 / 22:00 - miércoles 17:00 - jueves 11:00 - sábado 11:30 - domingo 20:30

Apuntes italianos. II. Inmigrantes



A él le saqué dos fotos nada más. Una en la estación de trenes, otra en el barco que unía Sicilia con Calabria. Las dos veces lo encontré fumando, solo, mirando hacia ningún lugar. Recién después reconocería que se trataba de la misma persona. En los dos casos al verlo a él vi a toda mi familia, cruzando de un continente al otro, sin nadie en torno, con la incerteza de lo que llegaba, pensando en lo que dejaban atrás y que no recuperarían nunca, sin decir palabra.

Bolsa laboral

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ACIJ contratará un/a abogada/o para su programa ¨ Derechos y Construcción comunitaria en villas¨.

Requisitos para el puesto:

- Haber finalizado los estudios de grado.

- Compromiso personal con la promoción de la igualdad social.

- Predisposición a realizar trabajo de campo en villas y barrios marginados.

- Conocimientos en litigio, específicamente en el fuero Contencioso Administrativo.

- Flexibilidad horaria

Preferencias:

- Experiencia en trabajo comunitario

- Experiencia en abogacía de interés público

- Conocimientos sobre derechos sociales

- Conocimientos sobre genero y derechos

- Experiencia en tareas de educación en barrios.

La contratación será desde mediados de octubre por un año, con una dedicación Full Time de 40 horas diarias-

Los/las interesados/as podrán enviar su CV, sin foto, a lbercovich@acij.org.ar , antes del 7 de octubre de 2011: “Búsqueda abogacía comunitaria”

3 oct 2011

15 mitos sobre la minería

Novedad editorial
15 mitos y realidades de la minería
transnacional en la Argentina
Guía para desmontar el imaginario prominero
Colectivo Voces de Alerta
Elaborado por Horacio Machado, Maristella Svampa, Enrique Viale, Marcelo Giraud, Lucrecia Wagner,
Mirta Antonelli, Norma Giarracca y Miguel Teubal. Aportes de Javier Rodríguez Pardo y Darío Aranda
Colección Cascotazos
Editorial El Colectivo y Ediciones Herramienta, Buenos Aires, Argentina, octubre de 2011,
ISBN 978-987-1497-46-1, 224 páginas.
Índice
Presentación
Mito 1
Son fundamentalistas, están en contra de todo tipo de minería.
Mito 2
La minería es un “motor de desarrollo” que impulsa la economía nacional.
Mito 3
La minería genera empleo y crecimiento económico local.
Mito 4
La minería crea muchos puestos de trabajo indirectos.
Mito 5
La minería se instala en zonas postergadas, crea un círculo virtuoso, genera desarrollo y eleva el nivel de vida de la población.
Mito 6
Los beneficios de la minería se quedan en los países donde se extraen los minerales, y las empresas contribuyen con el pago
de diferentes impuestos en el desarrollo del país.
Mito 7
La minería puede ser limpia, no contamina el ambiente, y se puede hacer sin riesgos ambientales.
Hay una solución técnica para cada problema ambiental.
Mito 8
Los emprendimientos cumplen con exigentes regulaciones ambientales y la minería es la única actividad
regulada por una ley ambiental en nuestro país.
Mito 9
Ningún proyecto minero se hace sin el consentimiento previo de las comunidades involucradas.
Mito 10
La minería fortalece el tejido social, reduce la migración y la descomposición de las comunidades.
Mito 11
Las empresas transnacionales garantizan transparencia y libertad de opinión en cuanto a la evaluación de sus actividades.
Mito 12
Cada país es autónomo y soberano en sus relaciones con empresas mineras transnacionales.
Las empresas mineras transnacionales respetan el marco legal de los países donde operan.
Mito 13
Las empresas transnacionales se comportan con responsabilidad social empresarial, robusteciendo el tejido socioeconómico de la zona.
Mito 14
Los que se oponen a la minería a gran escala, nacional o trasnacional, no tienen alternativas de desarrollo.
Mito 15
América tiene un destino mineral. Sin desarrollo minero, no hay futuro para nuestras sociedades.

Bonasso, K y la Barrick Gold

Sobre el libro de Bonasso, acá

2 oct 2011

Apuntes italianos. I: Tutti mafiosi

Estoy en Italia haciendo tiempo entre dos seminarios, así que no me queda otra que aguantar. Italia es demasiado, y me gana por (casi) todos los costados. Llevo apenas unas horas por acá, y ya estoy desbordado. Es que hay más vida en un día italiano que en un año en los Estados Unidos. Para decir lo mismo de otra manera: mientras el anglosajón tira la papa entera sobre el agua hirviendo (y luego se la come semicruda), el italiano con esa misma papa hace gnocchis. Simplemente incomparable. Van breves apuntes de mis primeras horas, porque ya exceden el cuaderno de notas.

Arranco por el sur extremo, en Sicilia. Estoy en una ciudad costera, una plaza atractiva, el día soleado. Un siciliano escéptico, típicamente disconforme, pasa al lado mío mientras comenta, quejoso, mirando a la hermosa fuente: “Je, e la fontana non funziona...” Es la primera frase que escucho en Sicilia, y es lapidaria (además, el tipo dice "e", o sea que ya venía enumerando cosas que funcionan mal).

Prefiero no almorzar, y en cambio me voy a tomar el primero de los incontables cafés que voy a tomar en el día (los italianos no tienen cafetales, pero tienen y hacen el mejor café del mundo). Entro a un bar del que salen 3 jóvenes, que han tomado lo suyo. Los tres se despiden del mozo diciendo lo mismo, con el mismo tono, cada uno un instante apenas después del otro: “Ciao Caetano”. “Ciao Caetano.” “Ciao Caetano.”

Subo al autobús y el chofer empieza a burlarse sutilmente de todos nosotros, desconocidos turistas. Aparece un caucásico con su bonita mujer. El chofer se niega a venderle un ticket y manda al caucásico a comprar el pasaje correspondiente a un par de cuadras de allí. Mientras el caucásico se baja, el chofer enciende el motor y riendo para sus adentros dice, para quienes lo rodean (todos extranjeros que no entienden italiano) “y ahora, nos llevamos a la señora”.

Un cura se despide con caricias y sospechosos besos de dos monaguillos, menores de edad. Uno de los chicos se esconde del otro y le dice al cura, en voz baja, “Signore," le he traído "un piccolo presente.” Glup.

Una rusa, exaltada y de abultado coraje, va parando locales, les da su cámara y les pide que le saquen una foto, mientras ella va posando con los brazos hacia arriba (¿?) contra cualquier piedra del siglo xv con la que se encuentra. Los italianos le siguen el juego, siempre con el facón en la cintura. Al italiano no se lo encuentra distraído en ningún área. Primero hace foul, y luego se tira al piso y hace que la amarilla se la pongan a uno.

Tanto la estación de tren como la de autobús, muy cerca la una de la otra, aparecen muy degradadas. Se ven autobuses que llegan y se van, llenos con rumanos; africanos con televisores desarmados; y formas de sexualidad muy decadentes. Italia en (con) los estratos bajos es crudelísima.

Esas caras, esas caras, esas caras. Les sacaría fotos todo el día. Sería lo único que haría en todo el día. Y para colmo la gente habla como Massimo Troissi en “Che ora é?”. Yo también hablo así, claro.

Acabo de salir del bar “La Sapienza,” y enseguida entro en el bar “Il professore.”

Los italianos, está comprobado, son los reyes Midas de la gastronomía. Todo lo que cocinan lo transforman en oro, todo lo que toman es una delicia.

Ernesto, el delirio

Reportaje a don Laclau, mon dieu, aca