18 jul. 2009

Apuntes sobre cine y desigualdad en América Latina




Esta nota la saqué hoy en la revista cultural Ñ. Ahí va:


Resulta claro que el tipo de cine que se crea en nuestro país, como en países vecinos, depende de las condiciones materiales, contextuales, en las que ese cine se produce. Decir esto no quiere decir mucho más que lo siguiente: cuando los tiempos cambian, las expresiones artísticas tienden a cambiar con ellos, por lo cual resulta de interés dar un paso atrás y prestar atención a esos vínculos entre la realidad y las imágenes que se eligen para (de alguna manera) expresarla. Para tomar un caso conocido: en nuestro país, el cine conformista y socialmente reconciliado de hace décadas resulta muy diferente del cine politizado que se hizo en los 70; o del cine de “apertura” (política, sexual) que tendió a presentarse apenas después de la dictadura; o del cine con mayor textura social, producido en los alrededores de la crisis del 2001; o del cine que tiende a hacerse en la actualidad.

Tomando en cuenta dicha afirmación general, puede tener sentido indagar un poco acerca de una cuestión más específica, relacionada con algunos de los cambios que han afectado a nuestra vida social en la última década, y que han de impactar, indudablemente, sobre las condiciones materiales de producción del cine contemporáneo. En particular, me interesa comenzar una reflexión sobre las relaciones entre el cine que hoy se genera y la desigualdad social y económica que, en la actualidad más que nunca, distingue a países como el nuestro. La pregunta que aquí más interesa es: de qué modo impacta esa desigualdad económico-social sobre el cine contemporáneo?

Un primer dato a considerar sería el referido a la influencia de las condiciones sociales de desigualdad sobre las elecciones que toman algunos de los directores contemporáneos. Por caso, dada la vocación auto-referencial que muestran muchos de tales directores (otro dato de época sobre el que convendría detenerse con más tiempo), el cine contemporáneo se muestra hoy muy impactado por las propias biografías de aquellos autores, y estas biografías, a su vez, por la pertenencia de clase de tales cineastas. Pensemos –sólo para tomar algunos ejemplos entre muchos otros posibles- en filmes como “Rapado,” en la Argentina, “Temporada de Patos” en México, “25 Watts,” en Uruguay; o “Gasolina,” en Guatemala –un film que convive con asombrosos rasgos de un clasismo extremo. Todas estas interesantes películas parecen reflejar de un modo especialmente cercano las biografías de sus autores, ofreciéndonos coincidentes imágenes de adolescentes deambulando por mundos vacíos de política; o jóvenes de condición privilegiada, viviendo inmunes o indiferentes frente a un conflicto social que resulta invisibilizado.

Esos aspectos autobiográficos y de clase reconocen expresiones más radicales (en más de un sentido del término) en algunos de los filmes más potentes producidos en la región en tiempos recientes. Pienso en películas como la mexicana “Batalla en el cielo,” de Carlos Reygadas; la argentina “La libertad,” de Lisando Alonso; la chilena “La nana,” de Sebastián Silva; o la magnífica “Santiago,” del brasileño Joao Moreira Salles. Notablemente, y por un lado, todos estos filmes describen situaciones de explotación o semi-explotación, curiosamente, llevadas a cabo por las propias familias de los directores citados (nos encontramos así con el chofer de los Reygadas; el mayordomo de los Salles; la “nana” de Silva; o el peón de los Alonso). Por otro lado, y lo que resulta más notable, estas películas aparecen reunidas por otro elemento común y llamativo. Me refiero el distanciamiento, la vocación de objetividad, la decisión de no abrir juicios de valor tomada por sus autores, frente a las difíciles, explosivas situaciones que ellos registran.

Tal distanciamiento emocional –un dato que es tendencia dentro del cine regional del momento- nos señala la importancia de prestar atención no sólo a las biografías de los nuevos jóvenes directores, sino también a las circunstancias temporales en las que ellos filman, incluyendo a las relaciones de ellos con sus colegas. En buena medida, dicho distanciamiento puede leerse como una respuesta dada por muchos de estos jóvenes directores frente a sus antecesores inmediatos que –en filmes mejores o peores que los actuales- optaron por obras con vocación de crítica social; una decidida ternura hacia sus desclasados personajes; y una más clara toma de partido política frente a las injusticias que elegían reflejar (pienso, en el caso de la Argentina, en el cine surgido en los años del post-menemismo: en “Mundo Grúa,” de Pablo Trapero; o en “Pizza, birra y faso” o “Bolivia,” de Adrián Caetano, para citar sólo dos casos notables).

Cuando tomamos en cuenta estos datos -desigualdades sociales abismales y consolidadas; una mayoría de autores provenientes de la clase media, media-alta; y el inevitable diálogo intergeneracional que se va produciendo entre los nuevos directores y sus antecesores (antecesores que empezaron a filmar en épocas de profunda ruptura social), entendemos mejor el cine que se hace hoy en día (el que emerge, de modo notable, de las mejores Universidades de Cine). Contamos hoy, entonces, con un cine producido con más y mejores recursos que en el pasado; un cine de un extraordinario virtuosismo formal; un cine que es más auto-biográfico que socialmente comprometido; un cine más brillante que el de hace una(s) década(s), en una mayoría de rubros. Al mismo tiempo, sin embargo, podemos describir al cine que se hace en la actualidad como uno vaciado de amor y libre de ánimos contestatarios (cuestión que nos invita a pensar de qué modo y desde qué condiciones contestarán a este cine los jóvenes que vendrán a filmar mañana).

8 comentarios:

Cris dijo...

Roberto muy bueno el articulo. De las pelis que nombras me impacto en especial Bolivia,excelente, me gusta ese cine que refleja la realidad que a veces se tapa como en el cine de otras epocas donde era vacio de contenido social y era mas bien pasatista por ej Porcel y Olmedo,salvo, que tampoco son de mi gusto, las de Sarli que en ese momento eran prohibidas hoy seria cine naif.
Recuerdo una peli que vi hace un tiempo "El mismo amor la misma lluvia" que trata sobre el amor y tambien otra peli que me impacto en lo personal y me senti identificada es "Derecho de familia" que se refiere a la vocacion y los mandatos familiares...
La falta de valores y de sentimientos en el cine actual es el hoy en el que vivimos donde abunda la corrupcion, engaños politicos, el acomodo, la impunidad, la ausencia de derechos que afectan a determindas clases sociales y de género, sigue el todo vale...

Anónimo dijo...

Muy buena nota, tu dedo cae pesado sobre una de las teclas de la expresión, ojala se escuche entre contemporáneos cineastas, inmersos en quimeritas tibias, adormecidos en sueños desalados con diseños de vanguardia.
Es invisible la profundidad de muchos cineastas, son vendedores de productos malos convencidos de que son buenos, de que muestran sinceridad en cada escena. Creen inmolarse y decir verdades que sólo ellos se atreven a reproducir, ofreciendo sus vísceras en cada toma. Pero no se ve, no se siente y no se huele.
El compromiso social del cine de hoy es verborragia silenciosa, es palpar texturas vacías, es oír la más absoluta nada. Y es presenciar el caprichito aniñado de un alfeñique con laptop, tuneado de soberbia y de premeditado descuido.
Pero esta carencia de contenido se repite en otras artes, ¿Por qué pasa esto? ¿Habrá carencia de materia prima? ¿Cuál es la nueva leña que alimenta el fuego de los artistas?
Las artes que otrora daban contenido al derecho de libertad de expresión, se van transformando en un icono más de la barra de herramientas. La poesía reclama vocales, los pentagramas tienen arreglos en claves bancarias y los cuadros tienen olor a toner.
Ojala que vuelva un cine que dilate las pupilas, que haga chasquir los dientes, que inflame la aorta y que golpee fuerte al pecho.
Los corazones piden pista...y taría bueno construir caminos! Saludos

La Bruna

rg dijo...

es lindo lo que decis -dicen. De todos modos, desde ya, la nota apuntaba a marcar algunos rasgos que parecen tendencia, pero eso no implica estar hablando de todos y todo. No todo esta en la misma bolsa, y espero no haber dado la impresion de que pensaba eso. Pero si, estan los caprichitos, los arreglos en clave bancaria, la falta de amor y anarquia. Y seguro que eso se reproduce mas alla del cine, entre nosotros los que escribimos...

rubén dijo...

Roberto: hay una cosa un poco, digamos, estalinista en tu texto. Tómese esto entre pinzas, claro. Ojo: en literatura, lo sostienen tipos como David Viñas, absolutamente respetables y que formaron tantas generaciones de escritores y críticos. Pero digo: eso de que el arte debe tener una tendencia emotiva hacia lo social, o debe reflejarlo, o debe ser un tópico inevitable en sociedades desiguales, es muy discutible, claro, y yo no coincido con tu posición. Por lo demás, me parece que muchas veces hay películas (como "Sábado", o como la propia "Rapado") que detrás de su mutismo o su autismo social, realmente expresan toda una posición política (y también metapolítica, pues reflexionan sobre sobre su ausencia-presencia), que no necesariamente es conservadora (sería largo discutirla, pero es lo que creo).
Sin embargo, rescato tu idea sobre el "origen social" o de clase de los directores, y creo que hay que hacerlo extensivo a todo lo que sale de la Universidad argentina en general, y eso incluye obviamente al Derecho.
Un abrazo, R.

rg dijo...

pero ruben, QUIEN DIJO QUE EL ARTE TIENE QUE TENER UNA TENDENCIA EMOTIVA HACIA LO SOCIAL, O REFLEJARLO??? Por que deberia ser asi? a quien le interesa? digo que tiende a no ocurrir, es un hecho. y es cierto que preferiria que hubiera mas amor y politica en el cine local, pero que relacion tiene eso con la idea de que TODO el cine -todo el arte!- debiera ser asi???

Dalma dijo...

Si ahondamos en las biografias de los directores, como vos decís, Silva (el director de la nana) es el nieto de una de las familias mas pinochetistas de Chile- pero, parajodicamente, una persona que nunca se ha sentido parte de esa familia; mientras que Trapero u otros que nombras forman parte de la clase media más urbana. La realidad siempre está, y la complejidad social no es invisible.- pero si lo combinamos como propones, yo creo que los mecanismos autobiograficos reflejan como se vive esa desigualdad y esa exclusión - que no necesariamente es de clase, sino que esta más relacionada con los procesos de concientización (por identificación o por oposición) de clase en si y clase para si.

Daniela Arripe dijo...

Creo que hablar de un genero hoy en día, pleno s xxi, nos deja a la distancia para comprender la realidad circundante.
¿Qué es el nuevo cine? ¿ existe el “nuevo cine” argentino? ¿qué es el documental? ¿por qué expresamos una falta de amor?
Creo que en toda acto comunicacional, en donde hay un dialogo de ida y vuelta, apartado de la búsqueda conductista, hay amor.
La comunicación, en cualquiera de sus planos, trabaja la esperanza, pero como dice López Aguirre, citando a un rabino “la esperanza formaba parte de la tormenta”.
Y el comunicador, entiéndase (periodista, cineasta, fotógrafo, pintor, etc. etc.) debe tener al momento de enunciar cuidado de no caer en el cinismo.
Wilde expresa “cínico es el que conoce el precio de todas las cosas y el valor de ninguna”.
Nos queda, en un mundo marcado por el mercado, poner la ETICA como valuarte para diferenciar el VALOR del PRECIO.

Daniela Arripe dijo...

la frase más apropiada es "la ETICA como estandarte para diferenciar el PRECIO del VALOR"