30 de ene. de 2008

Dworkin 2: Con las Madres y contra la tortura



En los últimos dos párrafos de su prólogo al Nunca Más, Dworkin se explaya sobre cuestiones políticas (Alfonsín, en ese momento, comenzaba a promover sus políticas de perdón/no persecución penal), y deja algunas líneas bien interesantes sobre la tortura. Dice Dworkin:

"Debemos esperar que el gobierno de Alfonsín tome los riesgos que enfrenta y persiga a todos aquellos que comprobadamente hayan torturado o matado civiles, aún cuando lo hubieran hecho bajo órdenes, y más allá de que finalmente sólo unos pocos de entre ellos puedan ser condenados. El mundo necesita de un tabú contra la tortura. Necesita una convicción asentada y sin dudas acerca de la tortura como acto criminal, en toda circunstancia. Necesita afirmar que no hay nunca una excusa o una justificación para la tortura, que todos los que toman parte de ella son criminales contra la humanidad. Argentina servirá a la causa de los derechos humanos del mejor modo si no pierde esta dramática oportunidad de suscribir dicha convicción. La tortura es, en la actualidad, condenada en casi todo el mundo; aún los oficiales más jóvenes de la Argentina sabían, de modo aparente, que lo que hacían era ilegal y equivocado; que tenían que proteger su anonimato con capuchas y nombres ficticios. Sin embargo, la tortura se sigue usando casi en todas partes, y tal discrepancia se debe, muy posiblemente, a la extendida opinión de que en ocasiones ella se justifica, de que es defendible cuando se la usa cuidadosamente para extraer la información necesaria para salvar -por ejemplo- a posibles víctimas del terrorismo."





"La pesadilla argentina muestra una de las varias falacias que se esconden detrás de dicha visión. La tortura no puede ser limitada de modo quirúrgico sólo para aquellos casos para los que se la necesite para un cierto fin: cuando el tabú resulta violado, la base de todos los demás límites civilizatorios, que se encuentra en la simpatía hacia los que sufren, resulta destruida. Las Madres de Plaza de Mayo y los demás que convocan a la persecución de todos los torturadores y asesinos de rango militar, tienen razón -no porque tengan títulos para ejercer una venganza, sino porque la mejor garantía contra la tiranía, en cualquier lado pero especialmente en países como la Argentina, en donde los tiranos han aparecido de modo habitual como aceptables para una mayoría, es un estricto sentido político que afirme por qué es que ella resulta repudiable. Los juicios que exploran y dan fuerza a la idea de que la tortura no tiene defensa, pueden fortalecer ese sentimiento. Permitir que torturadores conocidos permanezcan en lugares de autoridad, sin ser desafiados ni condenados, sólo puede debilitar ese sentido político."

28 de ene. de 2008

Dworkin sobre la Argentina, la CONADEP y las Madres de Plaza de Mayo





Una buena noticia: a través de la revista electrónica que dirijo, conseguimos los derechos para traducir un texto desconocido y excepcional: el prólogo que escribió Ronald Dworkin para la edición inglesa del Nunca Más -el libro que da cuenta de los procesos de tortura y desapariciones que tuvieron lugar en la Argentina, durante la última dictadura militar. Conocí el documento hace unos 15 años, en casa de unos amigos en Chicago, y cuando lo ví no pude creer lo que tenía en mis manos. Luego, el tiempo fue pasando y así también me fui olvidando del texto. Este año lo volví a buscar, lo volví a leer, y quedé otra vez maravillado: Dworkin hace, como pocas veces en su vida, un detallado, informado y cuidadoso análisis histórico -además, sobre un país que no es el suyo, ni es uno que haya frecuentado. Su descripción sobre la historia argentina, el Proceso y la llegada de Alfonsín al poder (descripción muy influida, para bien o mal, por los analistas norteamericanos que llegaron hasta aquí), es sorprendente. Dworkin parece conocer al detalle muchos aspectos de esa historia, toma posición y se mueve con evidente tranquilidad dentro de ese relato. Habla de los líderes de la dictadura, habla de Emilio Mignone, de Germán López, de Nino, de Sábato. Se muestra crítico con Perón (parece conmovido por una vieja y famosa anécdota: cuando una periodista del órgano periodístico del ERP le preguntó a Perón si estaba al tanto de la acción de grupos paramilitares en su gobierno, y Perón no le respondió pero mandó pedir el nombre de la periodista, que más tarde terminaría siendo secuestrada); discute con quienes proponían una amnistía, y elogia el “Nunca Más” de la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas), que ahora prologa. Se refiere a las “bandas terroristas de derecha que asesinaron a líderes de izquierda” antes de la llegada del Proceso; habla del fascismo de una buena parte de los miembros de las Fuerzas Armadas; y detalla las tremendas consecuencias de la guerra sucia. Habla, en particular, de “un grupo de mujeres de una bravura extraordinaria, que recibieron el nombre de las Madres de Plaza de Mayo, que se manifestaron semana a semana enfrente de la Casa Rosada, exigiendo información acerca de sus hijos desaparecidos.” Luego, se refiere al informe hecho por la CONADEP que, en su opinión, encierra “una historia que trata sobre dos temas principales: la máxima brutalidad y el capricho absoluto.” El texto muestra por parte de Dworkin una gran lucidez política, y una importante capacidad anticipatoria. Por caso, toda la última parte del prólogo queda dedicada a una condena incondicional de la tortura. Pero sobre ello trataremos en un próximo post.

27 de ene. de 2008

Allende/Pinochet

Escribiendo sobre justicia penal internacional, volví a concentrarme en el caso de Chile/Pinochet, que será objeto principal de mi análisis (junto con otros dos casos: "Barrios Altos" y "Simón"). Pero no quería hablar del escrito en curso, por ahora, sino sobre un par de recuerdos fílmicos que me volvieron a partir del texto en marcha. Uno, un corto de Ken Loach, sobre el 11 de septiembre en Chile (el día del golpe). El corto forma parte de una película sobre el otro 11 de septiembre (en donde participan, además de Ken Loach, Claude Lelouch, Danis Tanovic, Sean Penn, Shohei Imamura, Amos Gitaï, Samira Majmalbaf, Yusef Chahine, Idrisa Uedraogo, Mira Nair y Alejandro González Iñárritu). Loach, rebelde como siempre, hizo su parte pero en diálogo con (y a partir de) el golpe en Chile.

El otro recuerdo es el de la gran película de Patricio Guzmán, Salvador Allende, que dieron por aquí hace un tiempo, y que ahora se consigue fácilmente en video: una obra maestra. En su momento, escribí una nota, bastante emocionado, sobre el film, que ví en circunstancias bastante particulares. Acá van el video de Loach, entero, y la nota que yo escribiera sobre el film de Guzmán, que salió publicada en El Amante


El video:
acá

La nota:

Vi Salvador Allende hace dos años -la película recién se estrenaba- en Oslo, en el marco del Festival de Cine del Sur, en un teatro repleto, y repleto de chilenos en el exilio. En Noruega hay sólo dos tipos de inmigrantes chilenos, los de antes -los de la política- y los de ahora –los de la economía-, que no se llevan demasiado bien entre sí. La película hablaba, también, de dos Chiles, el de la política embravecida y el de la economía inodora e insípida. El film no había empezado y yo ya me había puesto a llorar, rodeado de chilenos morenos y friolentos, perdidos en tierras lejanas, tal vez como uno. Para colmo, empieza la película. Entonces aparece en la pantalla un mural enorme, blanquísimo, tan prolijo. Una pared que era una pura provocación para los amigos de la brocha y el pincel. Y ahí está el director, un hombre con una piedrita en la mano, y crich crich, crich crich, va raspando el muro, y un blanco que no resiste, un blanco sin convicciones, deja asomar por el costado una pared todavía llena de vida y furia. De algún modo, la película podía haber terminado ahí y hubiera estado bien. La pared era todo Chile, y ese hombre con la piedrita era todo Guzmán. El Guzmán que me gusta a mí, raspando con su piedrita lo que parecía un blanco eterno y era un blanco impostor, frágil. Pero Guzmán por suerte no se detiene en la raspadita. Como dice por ahí: “me siento como un extranjero errando por una geografía hostil...pero tras la frialdad de esta ciudad hay personas, sueños, luchas, que debo seguir buscando.” Guzmán sigue buscando, se encuentra con cantidad de rostros poco conocidos, muchas veces ancianos pero todavía tan llenos de compromiso, que ni él esperaba, y se deja sorprender por ellos. Está el maravilloso zapatero anarquista que inspiró al joven Salvador Allende. Están los cuatro viejos que fundaron el Partido Socialista. Están los parientes de Allende, amasando unas empanadas enormes, como las que me preparaba Elena Farías en Oslo, cuando se lo rogaba por teléfono -unas empanadas que quedaban mucho más grandes que sus manos, y que a mí me curaban de toda nostalgia.

Está también la secretaria y amante de Allende, con una presencia y una actitud devastadoras. Resulta que Guzmán insiste en entrevistarla, y ella que no y que no. Ella le dice, casi le grita: “pero por qué a mi, si yo no soy nadie.” Guzmán entrelaza estas declaraciones con imágenes y testimonios que nos muestran quién es la no-entrevistada. Por un lado, imágenes de cuando era joven, militante, hermosísima, de una sonrisa que duele en el pecho, que hacían imposible no enamorarse de ella (sea uno hombre o mujer, lo mismo da). Por otro lado están los testimonios que nos dicen que fue corriendo a esconderse cuando empezaban los bombardeos y Allende daba la orden de abandonar La Moneda. Ella había decidido que quería quedarse para morir junto con el presidente, pero la encuentran y la arrancan de la casa de gobierno. Y ahí está ella, casi a los gritos, diciendo “yo no soy nadie.” Ay! Quisiera abrazarla, ahora.

Después están los anteojos de Allende. Porque parece que el Museo de Historia Natural de Santiago está lleno de recuerdos de los presidentes de la República, pero que de Allende sólo aparece la mitad de los anteojos que lo sobrevivieron. Las gafas están metidas en una cajita que dice “anteojos ópticos encontrados en La Moneda después del bombardeo del presidente Allende.” Y uno no sabe cuándo pegar el grito primal. Si ahí o cuando ve cómo le destruyeron y saquearon la casa de Tomás Moro al Chicho, ya incapaz de defenderse. O cuando se entera de que ahora, tan lejos de entonces, el Estado chileno se negó a co-financiar la película de Guzmán, que finalmente recibió dinero de medio mundo -de Francia, España, Bélgica, Alemania, México- pero no de Chile (y hablo de Patricio Guzmán, el que había filmado la monumental La batalla de Chile –uno de los mejores documentales de la historia del cine- gracias a que, cuenta la leyenda, el cineasta francés Chris Marker le había cedido unos rollos vírgenes, y a que en Cuba lo ayudaron a terminarla). Es como dice Guzmán: “un país sin cine documental es como una familia sin álbum de fotografías. Una casa vacía.”

Las bombas caen sobre las torres de Radio Portales, Radio Corporación, luego sobre La Moneda. Allende, un marxista de modales buenos toda su vida, ve que su vida termina por una conjura de traiciones y no invoca el odio. Las bombas caen y él habla de principios y de felonías. A horas de morir dice “mis palabras no tienen amargura, sino decepción, y serán ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron...Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una sanción moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.” Allende tuvo razón en el que fue, creo, su legado más importante para nosotros: por la razón o por la altura moral, no por la fuerza. Y finalmente aparece el poema de Gonzalo Millán. Me pregunto cómo hizo la gente para largarse a llorar ahí en Oslo, si ya estaban todos llorando. Todo el teatro en silencio y sollozando, mientras se escuchan desde la pantalla palabras como éstas:

El río invierte el curso de su corriente.
El agua de las cascadas sube.
La gente empieza a caminar retrocediendo.
Los caballos caminan hacia atrás.
Las balas salen de las carnes.
Las balas entran en los cañones.
Los oficiales enfundan sus pistolas.
La corriente se devuelve por los cables.
La corriente penetra por los enchufes.
Los torturados dejan de agitarse.
Los campos de concentración se vacían.
Aparecen los desaparecidos.
Los muertos salen de sus tumbas.
Los aviones vuelan hacia atrás.
Los “rockets” suben hacia los aviones.
Allende dispara.
Las llamas se apagan.
Se saca el casco.
La Moneda se reconstruye íntegra.

Demasiado para uno. Pero termino enseguida, junto con la película, y con una anécdota. Dio la casualidad que unas semanas atrás, y finalizado un seminario en Santiago de Chile, fui a visitar la casa de Pablo Neruda en Isla Negra. Un día de sol hermoso, yo feliz de estar ahí. De repente lo veo a Gustavo Noriega, a quien conocía de antes, y que estaba allí como jurado de un festival de documentales. Me acerco a saludarlo y él, bonachón y sonriente me dice: “Estoy acá con Patricio Guzmán, el documentalista chileno. No sé si lo conocés. ¿Querés que te lo presente?” Me acuerdo que me quedé paralizado y con la boca abierta. Desde que había visto la película había quedado conmovido por ella, por ella y por él. Fui a hablarle enseguida para decirle, supongo, alguna que otra tontera. Por eso aprovecho la ocasión, ahora que puedo, más tarde que temprano. Guzmán. Acá desde lejos, en la Argentina, quería agradecerle por lo que hizo. Por Allende, por el socialismo, por Chile.

Consensos indeseables, por Fernando Savater

Interesante artículo de Savater, acá

25 de ene. de 2008

2 días en Gualeguaychú







Estuve en Gualeguaychú, dos días, en plan turístico-sociológico (bueno, quizás algo más de lo primero que de lo segundo, pero en fin, deberíamos acordar a qué llamamos una cosa y a qué la otra). Había estado en debate hace un par de días con otros colegas blogales, que tomaban como punto de partida que los vecinos de Gualeguaychú eran "delincuentes" que había que...mejor no sigo. La verdad es que delincuentes no ví, y no porque esperara ver gente con antifaz y cachiporra antes de declarar avistaje, sino porque me encontraba sistemáticamente con la situación contraria: gente amorosamente abrazada a un río tranquilo, con el que se mezclaba de mil maneras diferentes. Una población entera que, a media tarde, sale de ojotas y reposera a la puerta de su casa, para tomar mate con los vecinos de la puerta de al lado (para quienes no están al tanto, luego de un proceso asambleario intenso y extendido, que todavía se mantiene, la población local cortó los puentes de acceso a Uruguay -normalmente uno o dos, muy ocasionalmente todos- en señal de protesta contra el país vecino, que permitió la construcción de una papelera -con obvios riesgos contaminantes- sobre el río que baña, y en torno al cual vive, Gualeguaychú)

Unos buenos amigos me decían, suspicaces, "pero, vamos, si la pastera la hubieran instalado de este lado del río...hubieran hecho lo mismo?" Me incomodan mucho este tipo de comentarios porque, más allá de que supongan lo que no es cierto (el reverdecer económico de la otra orilla, en Fray Bentos, a partir de una papelera que funciona con piloto automático, casi sin personal), este tipo de consideraciones toman como dato una antropología en la que descreo: personas que viven y se mueven sólo por el dinero; que nos hacen trampas buscando únicamente el negocio; y que sistemáticamente mienten llamando principios a sus intereses maltrechos. Por supuesto que hay de todo: intereses, malvados, mafiosos, negociados. Pero a la gente también les interesa otra cosas, tan básicas como estar con los pies dentro del río, ver a sus hijos en el agua con amigos, pescar y hacer un picnic al aire libre de toda la tarde. La vida se va en estas grandiosas pequeñeces.

Cómo explicar, sino, que cada local o comercio -cada uno- anuncie desde su puerta de entrada su rechazo a la papelera; que dulces artistas locales compongan sus temas más conmovedores en torno al tema de la contaminación; que adolescentes en bermudas se paseen por la plaza central a la una de la mañana, repartiendo volantes contra la pastera? Han sufrido todos un proceso de engaño colectivo, a pesar del hecho de que discuten permanentemente, en asambleas; de que hay plena libertad de prensa? Están todos confabulados en un gran negociado? Están todos amenazados o pagados? Contra este tipo de visiones, creo y quiero creer en el compromiso de la población de Gualeguaychú con la hermosa naturaleza que los rodea.

"Bueno, pero hacen justicia por mano propia" -agregan otros. "Violan los derechos de los demás." Frente a este tipo de reclamos, exploro algunas vías de respuesta.

Primero, pensemos en lo siguiente. Supongamos que la papelera fuera a contaminar, lenta y progresivamente, de aquí a unos meses o años (tal vez no lo haga nunca, pero nadie se ha ocupado nunca de demostrar esto de modo fehaciente y confiable). Supongamos, decía, la contaminación ya producida, de aquí a un tiempo. Cuando los hijos de los actuales protestantes se quejen, qué les deberán decir sus padres, como respuesta? Que no hicieron nada para impedirlo? Estoy seguro de que si estuviéramos en esa situación de río ya contaminado, y con la gente en la calle protestando airada por el desastre ya concretado, mis amigos escépticos me dirían: "Se acordaron un poquito tarde, no? Por qué no hicieron algo antes, en lugar de ponerse a gritar ahora, con el hecho consumado?" Bueno, ellos están tratando de hacer algo antes.

Segundo. Imaginemos que para no dañar a otros, los asambleístas decidieran no molestar más a sus vecinos, por lo que levantan los cortes a los puentes y se van a dormir la siesta cívica. Cuando se despiertan, un par de años después, la previsible o bien probable contaminación está con ellos, mezclada con el río. Han sufrido un daño, y es irreparable. Si este escenario, que no es inverosímil, ocurriera, podríamos ver con más claridad algo que hoy mismo ya resulta evidente: en ocasiones, la pasividad no es equivalente a una situación en donde "nadie daña a nadie," sino a otra en donde una deja de dañar y la otra continúa haciéndolo -o continúa involucrada en actividades que, de modo nada improbable, son susceptibles de generar daños graves.

Es ésa, entonces, la gran diferencia? Es que del lado Argentino se provocan males actuales, mientras que del otro lado sólo existe una hipótesis dudosa de daño? Al respecto diría lo siguiente: tal vez sea éste el gran caso de la papelera no contaminante, pero cuando la historia de las mismas es una de contaminaciones inequívocas, normalmente graves, es razonable que se sobre-exijan garantías, por más que ésta compañía que hoy se instala sobre el río Uruguay presente buenas credenciales. Repito, esto no significa justificar lo que se hace del lado argentino: sólo estoy tratando de pensar mejor sobre el punto referido a "evitar que se sigan prociendo daños"







Finalmente: Si la protesta fuera contra el gobierno local que traiciona los mandatos del pueblo o que obra a sabiendas de que produce o puede producir un daño inminente contra el pueblo que lo ha votado, sería algo más sencilla de evaluar. Muy habitualmente escuchamos a gente diciendo: "pero cómo puede ser que este pueblo aguante semejantes abusos sin hacer nada?" Y otros que justifican: "cómo no van a salir a la calle a hacer lío, con semejante mafia en el poder." Estas son dinámicas a las que estamos acostumbrados en Latinoamérica pero, qué hacer cuando el daño real, inminente o probable, viene desde el otro lado de la frontera? A quién le protestamos? Frente a quién nos quejamos? Cómo hacer, en este caso, para quitarle respaldo al representante del país vecino, si él se mantiene en el poder sin mi respaldo, si él no me necesita? Aquí, me parece, surge el problema de las dirigencias en el poder, de los dos lados del río -y tal vez más gravemente de éste. El gobierno argentino dejó su política exterior en la materia en manos de los asambleístas, y en su inacción frente a los cortes de puentes les dio su aval, de modo cómodo e hipócrita: no se quiere enemistar con ellos, por el enorme costo que le significaría enfrentarse a una población entera, pero tampoco demuestra esfuerzos serios para contener, impedir o disolver la posiblidad de una contaminación fluvial. Ni tampoco hace esfuerzos para demostrarles que tales daños nunca se producirán. De ese modo, finalmente, tolera que se produzcan afectaciones a los vecinos uruguayos, y no hace nada para impedir que se produzcan daños de este lado. Es decir, cuida su silla, al precio de tolerar daños hacia un lado y otro.

Frente a éste inaceptable accionar del gobierno local, el uruguayo no ha tendido la mano ni ha buscado el diálogo fraternal, sino que ha tomado las armas del enojo y la tibia imposición. Entre esos dos gigantes bobos que no se hablan, los vecinos de Gualeguaychú llevan a cabo asambleas incansables, trabajan, discuten, se la juegan, usan parte de su tiempo vital para transformarlo en energía cívica militante. Pero es cierto, sólo hablan entre ellos, y aunque su nivel de trabajo de base sea emocionante, admirable, difícil de imitar, también es cierto que se cierran a escuchar genuinamente a voces disidentes. Tal vez porque no las encuentren, tal vez porque ninguna persona con poder -de esta orilla o la otra- se les ha acercado, de buena fe, de modo creíble, abierta a discutirlo todo, y de raíz. Mientras tanto, mis dos buenos días terminaron, y me vuelvo a Buenos Aires, río afuera.

24 de ene. de 2008

Mangabeira Unger-Veloso

El profesor de la Harvard Law School, uno de los pioneros de los Critical Legal Studies, pensador social y político, escritor prolífico (chequear su web al margen), Roberto Mangabeira Unger fue varias veces candidato presidencial (antes de hacer esto) en Brasil. Eso lo sabíamos. Lo que me generó curiosidad fue encontrar este video con el grande de Caetano Veloso apoyando su candidatura.





Estimo que después de aquella elección, como cantan Jobim-Vinicius, "Tristeza nao tem fin".

22 de ene. de 2008

Siguiendo con la polémica sobre los cortes en la Ciudad




Hoy publiqué este artículo en Página 12

El bueno de Bertrand




El fin de semana estuvimos de visita en la casa del "criador de gorilas" (donde mantuvimos un buen pero algo "interruptus" debate, que puede verse acá, bajo el título "Nos pintamos la cara" -el que se pintó la cara fue él, aclaro). El tema es que, en su sitio, el "criador" tiene esquinalmente colgado el famoso test del "political compass," que uno hace pretendidamente para saber en qué lugar del cuadrante se encuentra, entre las variantes "autoritario," "libertario," "izquierda" y "derecha." De tanto verlo, me tenté y me puse a completar las preguntas del test. El test es bastante bobo y enojoso, y yo hubiera contestado buena parte de las preguntas con un "habría que ver," a la vez que hubiera repreguntado casi todo, en busca de precisiones. Pero en fin, puestos a jugar, me salió lo que figura abajo, hecho que me resulta bastante gracioso. Ahora bien, confieso que no entiendo cómo hay gente que queda ubicada en otro lugar que no sea ése. Más todavía, llegué a conocer gente que terminaba encontrando su lugar en otro cuadrante, y no en el mío! Increíble! Ni el "criador" se salió del cuadrito verde (aunque quedó, obvio, bastantísimo más a la derecha que uno)! Es que hay gente para todo! No se puede creer!





Es que si uno es consistentemente liberal, en el sentido de estar íntima y convencidamente comprometido con el respeto de la autonomía individual, y a la vez reconoce -como es obvio que toda persona respetuosa debe reconocer- que nadie merece ser premiado ni castigado institucionalmente por cuestiones ajenas a su voluntad (es decir, uno reconoce que, por ejemplo, nadie merece tener mejor o peor acceso a la salud o a la educación por el mero hecho de haber nacido en el seno de una familia rica o pobre), luego, uno no puede sino terminar siendo socialista, como Bertrand Russell pongamos.

Me acordé entonces de estos párrafos del buen Bertrand -párrafos que, como la mayoría de sus escritos, están siempre llenos de razón, son siempre persuasivos, están siempre plenos de luz

La coyuntura del socialismo

(...) Por una reacción inevitable, aquellos que no son proletarios han decidido, con pocas excepciones, que el socialismo es algo a lo que hay que resistirse; y cuando oyen a los que se proclaman a sí mismos sus enemigos predicar la guerra de clases, se sienten naturalmente inclinados a empezar ellos la guerra mientras todavía tienen el poder. El fascismo es una réplica al comunismo, y una réplica formidable. En tanto el socialismo se predica en términos marxistas, provoca tan poderoso antagonismo que su éxito en los países occidentales desarrollados se hace cada día más improbable. Por supuesto que, en cualquier caso, hubiese provocado la oposición de los ricos; pero tal oposición hubiese sido menos feroz y menos extendida.

Por mi parte, aun cuando soy un socialista tan convencido como el más ardoroso marxista, no considero el socialismo como un evangelio de la venganza proletaria, ni aun, primordialmente, como un medio para asegurar la justicia económica. Lo considero, en principio, como un ajuste a la producción mecanizada exigido por consideraciones de sentido común y calculado para incrementar la felicidad no sólo de los proletarios, sino de todos, excepto una exigua minoría de la raza humana. El que ello no pueda realizarse ahora sin un violento cataclismo, ha de atribuirse, en gran parte, a la violencia de sus defensores. Pero todavía tengo cierta esperanza de que una defensa más prudente ablande a la oposición y haga posible una transición menos catastrófica.

(...)

Las ventajas que pueden esperarse del establecimiento del socialismo, suponiendo que esto sea posible sin una devastadora guerra revolucionaria, son de muy distintos tipos, y en modo alguno se limitan a las clases asalariadas. Estoy muy lejos de confiar en que todas o alguna de tales ventajas resulten de la victoria de un partido socialista tras un largo y difícil conflicto de clases, que exacerbaría los ánimos, daría protagonismo a un tipo militarista cruel, aniquilaría por la muerte, el exilio o la prisión los talentos de muchos expertos de valía y daría al gobierno victorioso una mentalidad de cuartel. Todos los méritos que voy a reivindicar para el socialismo presuponen que éste haya triunfado por la persuasión y que toda la fuerza que pueda resultar necesaria sirva solamente para neutralizar pequeñas bandas de descontentos. Estoy convencido de que si la propaganda socialista se llevara a efecto con menos odio y acritud, haciendo un llamamiento, no a la envidia, sino a la evidente necesidad de organización económica, la tarea de persuasión se facilitaría enormemente y la necesidad de fuerza disminuiría en proporción. Desapruebo el recurso a la fuerza, excepto en defensa de lo que, por medio de la persuasión, haya llegado a establecerse legalmente, porque: a) se puede fracasar, b) la lucha ha de ser desastrosamente destructiva, y c) es posible que los vencedores, tras una lucha obstinada, hayan olvidado sus propósitos originales e instituyan algo completamente distinto, probablemente una tiranía militar.
Doy por supuesta, en consecuencia, como condición para un socialismo venturoso, la persuasión pacífica de una mayoría para la aceptación de sus doctrinas.

.....

(Siguen a estos párrafos sus "nueve argumentos" a favor del socialismo)

Este texto, que pertenece a "La coyuntura del socialismo," puede encontrarse en un sitio que incluye varios fragmentos de la obra de Russell,
acá

19 de ene. de 2008

Siguiendo debates....

Muchos saben que no se puede escribir una tesis y "caminar" al mismo tiempo. Mínimo eso se dificulta seriamente (o complica la empresa de la tesis). Mucho menos tener (tal vez demasiadas) obligaciones extra-tesis, pretender tener una vida social y exparcirse un poco en lo que a una/o puede disfrutar hacer en sus escasos ratos de ocio, dispersión o de directa evasión. Por lo tanto, no debería estar escribiendo este post, lo sé. Pero che! nos debemos a la causa. Todo sea por la discusión a la que hay que homenajear. Sobre todo cuando ésta se me/nos pasó totalmente desapercibida (y no nos perdonamos eso). Debe ser que relajamos las visitas en el tour blogueril durante el verano.

La cuestión, para ir al grano, es que en referencia a una nota de RG que fue publicada en Clarín y luego posteada acá (y que tuvo su intercambio de argumentos local) se generó este debate en el siempre polémico e interesante blog de "El criador de gorilas". El post se titula "La autoridad, no la verdad, hace las leyes". Vaya título!

Más allá de un título que promete, el post y las discusiones son muy actractivas y estimulantes. Del mismo participaron habitués del foro: Frontis, GArballo y el amigo Carlos V (pienso que no estoy olvidándome de nadie, si no es así, pido disculpas por adelantado). La discusión fue disparadora de temas tan diversos como complejos: parlamentarismo, activismo judicial, derechos sociales, sistemas electoras, sistemas institucionales, representación y accountability político (entre otros), y el debate tuvo referencias a autoras/es súper variados como Stimson, Calvo, Escolar, Weber, Benhabib, Ely, Nino, Hobbes, Schmitt, Arendt, Habermas, Gray, Rawls y Marx en una lista que recuerdo algo más larga.

Muchos de esos temas, ya estuvieron (y volverán a estar) presentes en este blog pero lo que pasó en aquel ida y vuelta de argumentos tenía una (potencial) arista muy interesante: el diálogo interdisciplinario que podía implicar discutir con los "commentaristas" de aquel foro, muchas/os de ellas/os más formados en las ciencias sociales -sociología, ciencia política, economía, etc.- con las cuales el Derecho -y sus operadores- necesitan siempre profundizar los diálogos para intentar salir de la endogamia jurídica inercial.

Quien pueda y quiera seguir la discusión puede hacerlo acá o allá.

17 de ene. de 2008

El castigo, según el chacal de Nahuel Toro





Resulta que ahora se vuelve a publicar el libro “La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile,” de Gabriel García Márquez. El libro trata de la vuelta del cineasta Miguel Littín a Chile, cuando su ingreso al país se encontraba todavía prohibido, en época de Pinochet. Littín consiguió filmar entonces una buena cantidad de metros de película, que luego se conviertieron en la obra “Acta general de Chile.” Pero no es de esta película de la que quería hablar, sino de su primera obra, estrenada en 1969: la magistral “El chacal de Nahuel Toro.”

Llegué a esta película gracias a mis amigos de la Universidad de la Plata (no revelo sus nombres porque no me gusta el “shaming” como castigo, y a ellos quisiera denunciarlos por haberme prometido un asado para fin de año, que aún no se ha concretado. Puedo esperar, pero no mucho más. Hasta ahora, ni señales de humo -humo de parrilla, menos). Decía que unos amigos (...) me recomendaron esta película cuando vieron que empezaba a trabajar sobre la (no) justificación del castigo. Y fue un gran acierto, una gran recomendación, muy especial para ese momento inciático.

La película formó parte del denominado Nuevo Cine Chileno, y salió a la luz en la misma época en que se estrenaba, por ejemplo, Tres Tristes Tigres, de Raúl Ruiz (otro gran personaje). El film aparece como un documental, en donde se relata la vida de José del Carmen Valenzuela quien, a mediados de 1960, y en una noche de borrachera, dio muerte a una campesina y a sus cinco hijos -de allí, y en razón de la ferocidad del hecho, el apodo de "El Chacal." La película comienza con la detención del asesino, para luego retroceder y reconstruir su vida de pobreza y privaciones. Más tarde, ella se detiene en la llegada del asesino a la cárcel, y en el modo en que José comenzó a rodearse de otras personas, aprendió a leer y escribir, y terminó desarrollando habilidades manuales antes nunca probadas (José se especializó en la construcción de guitarras). Convertido al catolicismo, José parecía, al cabo de un tiempo, otra persona, muy poco vinculada a aquella otra -desclasada y entregada al alcohol- que entrara tan poco tiempo atrás, a la prisión. Sin embargo, esta nueva vida se desmoronaría pronto, ya que José sería condenado a muerte, y finalmente fusilado.

El final de la película supo hacerme recordar una anécdota que me contara un buen colega, el sociólogo Gabriel K., en el 2001. Según Gabriel, las encuestas de opinión de la época, referidas al tema de la inseguridad, eran consistentes en relación con dos interrogantes. Frente a la pregunta por las causas del aumento de la delincuencia, las respuestas tendían a dar resultados ampliamente compartidos: la desocupación, la creciente pobreza. Frente a la pregunta por las soluciones ante la ola de inseguridad, las respuestas volvían a ser ampliamente compartidas: “mano dura.” Una pregunta seguía a la otra, y era notable (aunque no inexplicable) que lo que se identificaba en una pregunta como causa del problema, desaparecía enseguida, cuando se preguntaba por la solución a ese mismo problema. El estado chileno, como tantos otros (es claro que el argentino no tiene nada de lo que enorgullecerse en este respecto), transitaba por formas de razonamiento parecidas. Escogía entonces el camino de la venganza, el recurso a la misma (o peor) violencia asesina que reprochaba al criminal. No importaban las causas, no importaba la piedad, no importaba el arrepentimiento del condenado, no importaba su compromiso con una nueva forma de vida. Sólo la fuerza, la fuerza más bruta: nunca por la razón, siempre por la fuerza.

Toda mi admiración para el gran cineasta chileno Miguel Littín.

16 de ene. de 2008

Aclaraciones ---------ianas a las reglas de la discusión (II)

Hace un tiempo publiqué algunas lecturas sobre los textos de Habermas que hacían hincapié en las reglas que se aceptan al entrar en un diálogo. Eran unas líneas de exploración sobre lo que aceptamos implícitamente cuando entramos a debatir, dialogar, deliberar, intercambiar ideas, puntos de vista, disentir, discutir, etcétera. En definitiva, ¿Qué reglas implícitas aceptabamos cuando entramos en una discusión? Todas esas reglas, que como diría Wittgenstein son más fáciles de "mostrar" que de "decir", de definir, debían respetarse sino la práctica de dialogar entraba en una contradicción performativa, esto es, su dinámica resultará justamente lo opuesto a lo que la práctica del diálogo supone.

En esta ocasión, la cita viene a dar justo en aquel punto para profundizarlo, para seguir indagando, de una forma muy sorpresiva (por su no-autor) y con claridad expositiva (que contrasta con el habitual críptico estilo de ciertos textos del delegado cultural de Uppsala/profesor de la Universidad de Hamburgo) sobre cómo encarar un buen diálogo. No es una cita de Jurgen Habermas cuyas múltiples y diversas conversaciones deben ser siempre remarcadas y altamente recomendadas. No es un pasaje clásico del gran Carlos Nino cuya natural predisposición (tan presente en su filosofía) a la discusión inclusiva fue resaltada muchas veces en pasadas entradas y comentarios. No es una quotation del admirado Ronald Dworkin con su virtud de analizar y criticar tan distinguidamente los textos e ideas de los invitados a su vip coloquium de NYU. No es una de las lectures finales de John Rawls, sobre Hume o Marx "a su mejor luz", sugiriendo criticar los argumentos, dialogar, con la mejor versión de Locke o Hegel.

No es una trascripción de alguien que vivió dialogando (no al menos en ocasiones públicas) sino justamente, se dice, su recorrido fue del monólogo al diálogo.

Respondiendo a porqué se mantenía reacio a ciertas discusiones, polémicas, que le fueron contemporáneas nos ayuda a volver a explorar y ajustar un poco (nada más un poco más) las reglas del juego que continuamente queremos jugar, siempre fair play.

"Me gusta discutir y trato de responder a las cuestiones que se me plantean. Es verdad no me gusta participar en polémicas. Si abro un libro en el que el autor tacha a un adversario de "izquierdista pueril", lo cierro enseguida. Tales maneras de hacer no son las mías; no pertenezco al mundo de lo que se valen de ellas. Por esta diferencia, que mantengo como algo esencial: se trata de una moral, la que concierne a la búsqueda de la verdad y a la relación con el otro"

En el juego serio de las preguntas y de las respuestas, en el trabajo de elucidación recíproca, los derechos de cada uno son de algún modo inmanentes a la discusión. Simplemente marcan la situación de diálogo. El que pregunta no hace sino usar del derecho que le es dado: no estar convencido, percibir una contradicción, tener necesidad de una información suplementaria, hacer valer postulados diferentes o destacar una falta de razonamiento. En cuanto al que responde, tampoco dispone de ningún derecho excedente respecto de la discusión misma; está ligado mediante la lógica de su propio discurso a lo que ha dicho con antelación y, a través de la aceptación del diálogo, al examen del otro. Preguntas y respuestas derivan de un juego – un juego a la par agradable y difícil – en el que cada uno de los interlocutores se limita a no usar sino derechos que le son dados por el otro y mediante la forma aceptada del diálogo.

El polemista se aproxima acorazado de privilegios que ostenta de entrada y que nunca acepta poner en cuestión. Posee, por principio, los derechos que le autorizan a la guerra y que hacen de ésta una empresa justa; no tiene ante él a un interlocutor en la búsqueda de la verdad, sino a un adversario, un enemigo que es culpable, que es nocivo y cuya existencia misma constituye una amenaza. Para él, el juego no consiste, por tanto, en reconocerlo como sujeto que tiene derecho a la palabra, sino en anularlo como interlocutor de todo diálogo posible, y su objetivo final no será el de acercar tanto como se pueda una difícil verdad, sino el hacer triunfar la causa justa de la que desde el comienzo es el portador manifiesto. El polemista se apoya en una legitimidad de la que, por definición, es exluido su adversario.


Quizá será preciso hacer algún día la larga historia del a polémica como figura parasitaria de la discusión y obstáculo en la búsqueda de la verdad. Muy esquemáticamente, me parece que en ello se podría reconoer la presencia de tres modelos: modelo religioso, modelo judicial y modelo político. Del mismo modo que en la heresiología, la polémica se propone como tarea determinar el punto de dogma intangible, el principio fundamental y necesario que el adversario ha descuidado, ignorado o transgredido; y en esta negligencia, denuncia falta moral; en la raiz del error, descubre la pasión, el deseo, el interés, toda un serie de debilidades y vinculaciones inconfesables que la constituyen en culpabilidad. Como en la práctica judicial, la polémica no abre la posibilidad de una discusión en condiciones de igualdad; instruye un proceso. No se ocupa de un interlocutor, trata un sospechoso, reúne las pruebas de sus culpabilidad y, designando la infracción que ha cometido, pronuncia el veredicto y dicta condena. En todo caso, no estamos en el orden de una indagación llevada en común; el polemista dice la verdad en la forma de un juicio y según la autoridad que le es conferida a sí mismo. Pero hoy en día el modelo político es más poderoso. La polémica define alianzas, recluta partidarios, coliga intereses u opiniones, representa un partido; constituye al otro en un enemigo portador de intereses opuestos contra el que hay que luchar hasta el momento en el que, vencido, no le cabrá sino someterse o desaparecer.

Sin duda, en la polémica la reactivación de estas prácticas políticas, judiciales o religiosas no es otra cosa que teatro. Se gesticula: anatemas, excomuniones, condenas, batallas, victorias y derrotas no son, después de todo, sino maneras de decir. Y sin embargo son también, en el orden del discurso, maneras de hacer que no carecen de consecuencias. Se dan efectos de esterilización: ¿ se ha visto alguna vez surgir una idea nueva de la polémica? Y no podrá ser de otra manera desde el momento en que interlocutores son incitados, no a avanzar, ni a arriesgarse cada vez más en lo que dicen, sino a replegarse sin cesar sobre el buen derecho que reinvindican sobre su legitimidad que deben defender y sobre la afirmación de su inocencia. Ya hay algo más grave: en esta comedia se remeda la guerra, la batalla, las aniquilaciones o las rendiciones sin concidiciones; se hace pasar cuanto se puede ser su instinto de muerte. Ahora bien, resulta peligroso hacer creer que el acceso a la verdad puede pasar por semejantes caminos y validar de este modo, siquiera solamente bajo forma simbólica, las prácticas políticas reales que podrían asi autorizarse. Imaginemos por un instante que, en una polémica, uno de los dos adversarios recibe, mediante un golpe de varita mágica, el poder de ejercer sobre el otro todo el poder que desea. Algo que, por lo demás, resulta inútil imaginar: basta con ver cómo se desarrollaron en la URSS, no hace tanto tiempo, los debates en torno a la lingüística o a la genética. ¿Eran desviaciones aberrantes de lo que debe ser la auténtica discusión? En absoluto, antes bien, en tamaño real, se trataba de las consecuencias de una actitud polémica cuyos efectos habituales permanenecen en suspenso".


Esta no es una cita (Al menos, no una cita con autor/a).
------ -------- en The ------ ------- Reader.

15 de ene. de 2008

Un cuentito con La Nación y el fiscal Garavano

Según nos informa La Nación de hoy, "La reciente sentencia que envió a una decena de sindicalistas de la construcción a pintar escuelas por haber hecho piquetes simultáneos y sorpresivos en calles porteñas es sólo el principio de una nueva política de la justicia de la ciudad: el fiscal general porteño Germán Garavano reveló que pondrá en práctica una nueva estrategia para castigar los cortes de calles. Consistirá no sólo en identificar y sancionar a los piqueteros, sino en castigar a los líderes de las organizaciones gremiales o sociales que realicen estas manifestaciones fuera de la ley."

En su "análisis" de la noticia, Norberto García Rozada -de la redacción de La Nación-considera que la iniciativa constituye "un aporte apreciable para mejorar la convivencia social" -tal es el título de su nota.

De este modo, el comentarista se hace eco de las alegres declaraciones del fiscal Garavano, quien por su parte sostuvo: "Queremos preservar la convivencia haciendo responsables a los que tienen dentro de las organizaciones el poder para alterar ese equilibrio."

Así que éste es el modo de preservar la convivencia social? O sea que la prioridad frente al conflicto social es que los más perjudicados no nos molesten?

Pienso en esta historia:

Una mujer que grita cada noche, cuando llega el marido embriagado y comienza a golpearla. Cansados de tanto escándalo, los vecinos juntan firmas y escriben una carta a La Nación. Al tiempo, se apersonan frente a la casa conflictiva un cronista de La Nación, Macri, sus laderos Burzaco y Rodríguez Larreta (acompañados de personal adjunto, de planta), en delegación encabezada legalmente por el fiscal Garavano. Todos ellos en representación de los vecinos afectados por los gritos.

Tocan el timbre en la casa del marido golpeador y la mujer gritona. El fiscal labra un acta, y le indica a la mujer los horarios en que no puede gritar. "Los vecinos quieren dormir" -le dice, con gesto suave. "No queremos que moleste más a sus vecinos" afirma, sonriente pero firme.

Rodríguez Larreta, que es moderno, pide la incorporación de cristales aislantes en el dormitorio, que es el lugar de donde provienen los gritos (sin que nadie lo vea, les pasa un presupuesto).

"Que no nos despierte más con sus gritos!" -gritan los vecinos. "Ya estamos cansados" -brama algún otro, mientras aplaude al fiscal. "Bruja!" -se le escapa a Burzaco.

"¿Pero cómo, y el marido golpeador?" -pregunta una mujer (seguramente feminista) que pasaba por allí.

Mientras, la mujer golpeada grita (es que se trata de una mujer que no para de gritar): "Por favor, no me abandonen detrás de los vidrios aislantes" (Alguien le tapa la boca, parece que es el abogado de Di Zeo pero no logro identificarlo. Tal vez sea el propio Di Zeo. O tal vez el propio Garavano, con guantes que reparten en el FORES para las llamadas "operaciones especiales").

"Auxilmmm, me golpmmmm" -vuelve a protestar ella, tratando de zafar, infructuosamente, de quien la amordaza.

Y Macri: "Eh, otra vez con las ideologías" -se queja. "Ya lo decía Ayn Rand!" - agrega, mientras mueve la cabeza a uno y otro lado, como no entendiendo.

Y la troupe que lo rodea: "Eso, eso, basta de ideologías!"

"Zurda!" -se le escapa a Burzaco.

El periodista de La Nación vuelve a la redacción, y escribe su nota, a la que titula "Otro aporte apreciable para la convivencia social."

Scioli y el progresismo de la Provincia que lo acompaña toman cuidadosa nota de los avatares que sacuden a la ciudad. Al gobernador sólo le preocupa una cosa: la posibilidad de que la mujer que grita(ba), que trabaja en Provincia, pida ser atendida en un hospital de su jurisdicción. "Ahora que se la arreglen ellos" -piensa (o más bien exclama, sin pensarlo demasiado).

14 de ene. de 2008

Fiss en Spanish




Muy buena noticia. Salió el libro de Owen Fiss, The Law As It Could Be, traducido al castellano (por la editorial Marcial Pons, de unos amigos -entre ellos, J.J.Moreso- que andan haciendo las cosas bastante bien. Tradujeron, por caso, el libro de Waldron derecho y desacuerdo, entre varios hallazgos y otros por llegar). La traducción está muy bien, es del estimado colega colombiano Esteban Restrepo (pero, por qué le habrá cambiado el título original por "El derecho como razón pública"?).
Fiss, como sabemos, es profesor en la Universidad de Yale. Era el gran amigo de Nino por allá. Leal a morir, progre, buena gente, comprometido, con una pluma de calidad y potente, híper-paternalista. Trabajó en su momento con (ojo con esto:) el grandísimo juez T. Marshall, y más tarde en la Corte con el otro grandísimo juez Brennan (!), es de los liberales de izquierda que más bregaron por los derechos de grupo (autor del conocido ensayo sobre la cláusula de la igual protección y los derechos de grupo). Tenemos mucho que aprender de él, como persona y como académico.





El libro incluye varios artículos que me gustan mucho
* El excelente "Las formas de la justicia, en donde Fiss reflexiona, entre otros temas, y como pocos, sobre litigio estructural.
* La teoría política de las acciones de clase. Con el texto anterior, Fiss deja en claro qué significa ser un experto en procesal constitucional (nuestros expertos en el tema deberían sacar papel y lapiz y tomar nota de estos escritos)
* El otrora famoso artículo sobre el grado de independencia correcto que debe tener la justicia (reflexión de Fiss sobre la independencia judicial, luego de conocer las dificultades que se daban al respecto en la Argentina, en la post dictadura)
* La muerte del derecho, sobre los "ataques" provenientes del análisis económico y los estudios críticos (gran examen, sobre todo, del primero)
* Su texto contra los arreglos extrajudiciales. Otra vez, golpeando donde había que golpear: no buscamos paz, sino justicia
* Su crítica sobre las respuestas judiciales en materia penal. Bien, otro buen golpe adonde duele: ¿sirve el derecho penal, del modo en que hoy se lo interpreta y aplica, para responder a los problemas a los que quiere responnder, para atacar los males a los que quiere atacar?
Y hay más: Martha Nussbaum y su crítica a Rawls; Alasdair McIntyre y la irracionalidad; Bush v. Gore; el individualismo; la burocracia judicial; y siguen loss textos.

11 de ene. de 2008

Siguen los poemas enviados por el amigo Felix O.

LUIS ROSALES
De La casa encendida

Porque todo es igual y tú lo sabes,
has llegado a tu casa, y has cerrado la puerta
con ese mismo gesto con que se tira un día,
con que se quita la hoja atrasada al calendario
cuando todo es igual y tú lo sabes.
Has llegado a tu casa,
y, al entrar,
has sentido la extrañeza de tus pasos
que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras,
y encendiste la luz para volver a comprobar
que todas las cosas están exactamente colocadas como estarán
dentro de un año;
y después,
te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida,
y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas,
y te has sentido solo,
humanamente solo,
definitivamente solo porque todo es igual y tú lo sabes.

Has llegado a tu casa,
y ahora querrías saber para qué sirve estar sentado,
para qué sirve estar sentado igual que un náufrago
entre tus pobres cosas cotidianas.
Sí, ahora quisiera yo saber
para qué sirven el gabinete nómada y el hogar que jamás se ha encendido,
y el Belén de Granada
–él Belén que fue niño cuando nosotros todavía nos dormíamos cantando–
y para qué puede servir esta palabra: "ahora",
esta palabra misma: "ahora",
cuando empieza la nieve
cuando nace la nieve,
cuando crece la nieve en una vida que quizás está siendo la mía,
en una vida que no tiene memoria perdurable,
que no tiene mañana,
que no conoce apenas si era clavel, si es rosa,
si fue azucenamente hacia la tarde.

10 de ene. de 2008

El congreso y la negociación secreta, sin deliberación

Esto lo publiqué ayer, en clarín, tratando de llamar la atención sobre la importancia de que los jueces cuestionen las normas que -como suele ocurrir - se elaboran a espaldas de la discusión pública, y pueden ser vistas como mero resultado de la presión de grupos de interés
acá

8 de ene. de 2008

El derecho penal frente a los grandes crímenes





Un escrito que forma parte de una serie de reflexiones que vengo rumiando hace tiempo, en este caso relacionadas fundamentalmente con casos como el de ETA. Quién sabe qué sigue, pero andamos en la búsqueda, anti-dogmáticamente. Ahí va:


Las situaciones en que el derecho penal se enfrenta a casos extremos, de crímenes horrendos, a veces masivos, generadores de enorme conmoción social resultan, lamentablemente, cada vez más frecuentes. En los Estados Unidos, el poder judicial viene lidiando, con gran dificultad, con el tratamiento y persecución de los sospechosos de estar involucrados en actividades terroristas. En España, el Derecho Penal se ha vuelto a poner en marcha, con toda su fuerza, para salir al cruce de un aparente rebrote de la amenaza representada por la organización terrorista ETA. Conviene aclararlo desde ya: casos como los citados tienen una naturaleza muy diferente, y requieren de reacciones públicas también diferentes –es un riesgo, en definitiva, tratar a los mismos de modo conjunto. Sin embargo, quisiera incurrir en dicho riesgo para pensar a tales casos a partir de aquello en lo que están igualados: las dificultades que enfrenta el Derecho Penal para tratar situaciones excepcionales, de primordial gravedad.

Tomemos, por caso, el ejemplo de ETA en España. El juez Baltasar Garzón dispuso recientemente la detención de casi una veintena de dirigentes de Batasuna, bajo la razón de que ellos realizaban una “asamblea clandestina e ilegal” a última hora de la noche. La medida de Garzón vino a inscribirse dentro de una serie de decisiones más amplias que incluyen, decisivamente, al actual gobierno español -medidas orientadas a hacer sentir todo el peso de la ley (penal) sobre la organización terrorista. Esta nueva ofensiva estatal, como era de esperarse, fue tomada por los líderes de Batasuna como una “declaración de guerra.” De modo esperable también, jóvenes simpatizantes del movimiento separatista vasco salieron de sus casas para incorporarse otra vez en acciones de "lucha callejera" contra un Estado español al que consideran ilegítimo y opresor. Otra vez, España mostró sus fracturas con toda vehemencia.

Un ejemplo como el citado resulta importante para ilustrar algunos de los riesgos propios que aquí interesa explorar. Las preguntas que surgen, frente a éste caso y otros similares, resultan, en principio, comunes. Primero, una pregunta sobre la factibilidad: ¿Tiene poder el Derecho Penal para hacer frente a cataclismos sociales semejantes –procesos que abarcan a un número de gente tan elevado; problemas que cruzan de una punta a la otra al país; sucesos que incluyen tragedias familiares y sociales de una magnitud extraordinaria? Luego, preguntas sobre la eficiencia Por caso: ¿las herramientas con las que cuenta el Derecho Penal –castigos, imposición de dolor, prisiones- son las más apropiadas (¿o son las más torpes?) para hacer frente a crisis sociales como las referidas? ¿Son tales herramientas capaces de traer seguridad y tranquilidad colectivas, o más bien ayudan a lo contrario? Finalmente, una pregunta sobre el valor moral del emprendimiento: ¿Tiene sentido este tipo de iniciativas? ¿Tiene sentido el intento de resolver desacuerdos sociales tan profundos persiguiendo a más gente, poniendo a más gente presa?

La respuesta a tales interrogantes, según entiendo, es triplemente negativa: el Derecho Penal no tiene capacidad para lidiar con situaciones sociales complejas; cuenta con las peores herramientas para llevar a cabo una tarea que requiere de manos de cirujano, consenso y flexibilidad mayúsculas; y no tiene sentido, moralmente hablando, apelar fundamentalmente al lenguaje de la violencia, la coerción y la cárcel para resolver desacuerdos tan amplios y situaciones socialmente tan divisivas. Sin embargo, nos estamos acostumbrando a festejar, por derecha pero también por izquierda, cualquier súbita aparición del Derecho Penal, especialmente si ella concluye con más y más gente procesada y tras las rejas.

Conviene, de todos modos, separar las cosas, para no caer víctimas de malentendidos y abusos de ningún tipo. Primero, resistir el uso del Derecho Penal es un deber de cualquier ciudadano, especialmente de aquellos comprometidos con una visión igualitaria de la democracia: debemos ser capaces de llegar a convivir por el convencimiento -el convencimiento de que el derecho está genuinamente al servicio de todos- y no por el miedo. Segundo, rechazar la imposición de dolor como estrategia de reproche estatal no debe verse en absoluto como sinónimo del rechazo a la búsqueda de justicia. Por el contrario, la cuestión es afirmar la justicia categórica e incondicionalmente, repudiando sin matices cualquier violación de derechos humanos, pero sin tomar justicia y privación de la libertad como sinónimos. Tercero, reivindicar un papel más amplio para la político democrática frente a los problemas sociales más divisivos tiene muy poco que ver con la idea de que tales problemas debe resolverlos, según su criterio, el presidente o la dirigencia política de turno. Ése es el modo en que aquí y en otras latitudes se quiere leer siempre cualquier invitación a la política. Sin embargo, la reivindicación de una construcción democrática debe entenderse como antónimo de cualquier tipo de discrecionalidad presidencial o acuerdo de cúpulas. Los conflictos que tocan a todos deben ser resueltos con la intervención de todos, simplemente eso.

7 de ene. de 2008

Qué suerte para la desgracia




La generación post- Manuel Sadosky en ciencias duras siempre mereció mi admiración y cariño. Encontré a muchos de ellos en el extranjero y, por alguna razón, siempre me parecieron gente de primera. Ahora, uno de ellos -Lino Barañao- acaba de llegar al Ministerio de Ciencia y Tecnología. Algunos colegas me habían dicho "cuidado, que no es una buena noticia para las Ciencias Sociales." Y ahora viene este reportaje en Página, en donde él sale a desmentir ese temor con una declaración que arroja una piedra de una tonelada sobre cualquier esperanza que quedaba flotando. Parece que quienes nos dedicamos fundamentalmente a razonar hacemos "teología." Qué habría dicho de Kant, de Mill, de Rawls...Uy! qué suerte para la desgracia!

Extracto de la entrevista:

Ciencias sociales

–Usted habla de priorizar el desarrollo en software, biotecnología y nanotecnología, ¿qué pasa con las ciencias humanas?

–Es infundado pensar que son las cenicientas, porque tienen un financiamiento equivalente a cualquiera de las áreas de las ciencias básicas y durante mucho tiempo tuvieron un financiamiento superior en términos de los insumos que requerían. Insisto en que este cambio que queremos dar exige la participación activa de áreas humanísticas, desde la filosofía tradicional hasta la lingüística o la antropología. Pero a mí me gustaría ver un cierto cambio metodológico; estoy tan acostumbrado a la verificación empírica de lo que digo, que a veces los trabajos en ciencias sociales me parecen teología.

–Esto va a provocar un gran debate...

–Creo que no hay un motivo por el cual las áreas humanísticas deban prescindir de la metodología que usan otras áreas de las ciencias.

Entrevista completa en
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-97152-2008-01-07.html

6 de ene. de 2008

Lo que veía Borges a través del agujero del Aleph





Debo haber leído este párrafo 200 veces. Pocas veces lo terminé sin quebrarme (y si es en voz alta, como me pasó hace poco en una reunión pública, mucho peor). Para mí, el mejor párrafo en la historia de la literatura. Y, lo siento, está fuera de discusión: viene imbatible, muy tranquilo.
Es el encuentro de J.L.B. con el Aleph, y lo que ve a través de él. La maravilla.

"En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.
Sentí infinita veneración, infinita lástima."

4 de ene. de 2008

Los discípulos de Maier





En mi época de post-estudiante (no sabría decir mucho sobre la duración de esa época), y no durante la carrera, me sumé a los míticos seminarios de los viernes de Carlos Nino, adonde iba gente muy querida (algún día me gustaría hablar de algunos-as de ellos-as). Por entonces (comienzos de los 80), supe que, dentro de la misma Facultad, se organizaban otros seminarios similares, al menos en cuanto a su estructura: titular de cátedra, "discípulos-as" jóvenes, discusión abierta y horizontal (y no, como aún hoy se estila, y en el mejor de los casos: catedrático impartiendo, de arriba hacia abajo, una insustanciosa doctrina). Entre esos seminarios (los buenos), se encontraban dos o tres de mi interés: el que organizaba Enrique Marí, el que coordinaba Bulygin (del que me sentía lejos por cuestiones que dejo para otra vez), y otro que coordinaba el amigo Julio Maier (según entiendo, durante un tiempo, junto con Marcelo Sancinetti). La cuestión es que ayer, luego de casi tres años, reclamé y recibí (gracias Alberto B.!) mi ejemplar del libro de homenaje a J.M., que me correspondía como co-autor (bueno, para el homenaje escribí algo cortito, pero soy co-autor igual, así que un ejemplar me tocaba). El libro termina con un muy interesante y extenso reportaje de Mirna Goransky a Julio (pregunto entre paréntesis: habrá sido grabado el reportaje, o Julio respondió por escrito a preguntas pre-formuladas?). De esa entrevista, me shockeó muy en particular el apartado "Mis discípulos." Es una media carilla dentro de la entrevista, en donde Julio dice cosas como éstas:
"A pesar de que me desagrada generalizar, lo cierto fue que un grupo que, más allá de las particularidades individuales, pisaba fuerte como tal, terminó dividido, sin empresas comunes valiosas, genéricamente antipático para los demás, con una buena cantidad de actos de irresponsabilidad, sin actualizar su propia creación intelectual, etc...Desde el punto de vista de quien consiguió reunirlos, esta realidad, más allá de las culpas o de las casualidades, de fracasos y de derrotas, es triste."
Y también: "Hasta, en los últimos tiempos, he tenido que sufrir, por parte de una última generación...aquello que, desde mi punto de vista -quizá erróneo- significa una deslealtad, que yo, según también creo, no me hubiera permitido con quien fue mi maestro."
Epaaa! Sabía de la separación J.M. y M.S., pero no me esperaba que la ola expansiva hubiera sido tal, tan duradera, y con tantas derivaciones como la respuesta sugiere. Quisiera esperar que, más allá de cualquier dejo amargo, el enojo que trasunta la respuesta tenga que ver con cuestiones precisas, coyunturales, del tiempo en que se hizo la entrevista. En todo caso, no me interesa ingresar en la cuestión del cotilleo sobre qué cosas pasaron o no, ni quisiera (lo rogaría) usar este espacio para reavivar ninguna rencilla que ande por allí con las cenizas todavía prendidas. Sí anoto que -por varias razones- no esperaba una respuesta de este tipo, ante la pregunta sobre los discípulos. Me dejó apenado. Me pregunto también qué hubiera dicho Nino si le hacían la misma pregunta. Porque, y ésta es otra historia, en la época de su fallecimiento, su grupo de discípulos también se encontraba dividido, y Nino estaba personalmente muy molesto con algunos de ellos. Yo, por suerte, siempre formé parte del núcleo duro del ninismo ortodxo, junto con algunos (todavía hoy) buenos amigos-as. En fin, así vamos.

3 de ene. de 2008

La cárcel, según Bob Dylan




Para uno al que le provocan las cuestiones carcelarias, la (no) justificación del castigo, pocas cosas más conmovedoras y energizantes que este tema del gran B.D., especialmente en la versión de la gran Nina S.


I Shall Be Released

Bob Dylan

They say ev'rything can be replaced,
Yet ev'ry distance is not near.
So I remember ev'ry face
Of ev'ry man who put me here.
I see my light come shining
From the west unto the east.
Any day now, any day now,
I shall be released.

They say ev'ry man needs protection,
They say ev'ry man must fall.
Yet I swear I see my reflection
Some place so high above this wall.
I see my light come shining
From the west unto the east.
Any day now, any day now,
I shall be released.

Standing next to me in this lonely crowd,
Is a man who swears he's not to blame.
All day long I hear him shout so loud,
Crying out that he was framed.
I see my light come shining
From the west unto the east.
Any day now, any day now,
I shall be released.


Nina Simone cantando dos de Bob Dylan: Just like a woman, pero sobre todo, I shall be released, acá

Tres generaciones

2 de ene. de 2008

Sobre un programa socialista para América Latina. Apenas unas primeras notas






A raíz del fallecimiento del colega Juan Carlos Portantiero, algunos integrantes del Club de Cultura Socialista tomaron la iniciativa de publicar un libro en su homenaje. El libro, según la propuesta, va a versar sobre temas que interesaron al "negro" durante su intensa vida intelectual. Generosamente, me pidieron una colaboración para esta obra, y éste es el primer borrador de lo que quisiera presentar (va sin notas). Comentarios, benvenutti (ya que todavía estamos a tiempo de corregir, anular, o convertir en bollito).

Sobre un programa socialista para América Latina. Apenas unas primeras notas

Roberto Gargarella

Como pocos otros espacios, el Club de Cultura Socialista me motivó siempre a hacerme una pregunta importante, referida a la viabilidad del socialismo en América Latina, y al carácter que debía o podía tomar dicha propuesta en un contexto como el nuestro. No todas las respuestas que predominaban entre los miembros del Club eran las que más me convencían, pero en todo caso agradezco la persistencia de aquel interrogante.

De mi parte, el tipo de respuestas que pude imaginar sobre el proyecto socialista latinoamericano estuvieron, desde un comienzo, muy marcadas por la (aún creo) saludable literatura anglosajona que acostumbraba (y aún acostumbro) a consumir. Como Gerald Cohen, sigo viendo al modelo ideal socialista muy marcado por una fórmula que, en los términos de Cohen, podría resumirse como “liberalismo igualitario más comunidad.” El liberalismo igualitario al que se refiere Cohen es el que supieron desarrollar autores como John Rawls, Ronald Dworkin o Amartya Sen –corriente a la que sigo considerando enormemente atractiva y potente. Como Cohen, sin embargo, advierto que ese liberalismo igualitario tiene falencias que paliar, que amenazan la consistencia final de dicho proyecto. Por ello es que Cohen vinculaba al mismo con otro ideal, el de comunidad que –como los valores de libertad e igualdad- también parece bien asentado en la mejor tradición del pensamiento socialista.

En los últimos años, procuré re-pensar críticamente el significado de mi propio compromiso socialista. Especialmente, traté de cuestionar(me) el valor que podrían tener las enseñanzas de la filosofía anglosajona en contextos tan irregulares, imperfectos o peculiares como los propios de América Latina. Mi respuesta al respecto no fue tan escéptica como la que podrían sugerir algunos colegas: sigo creyendo que todavía queda demasiado por aprender de aquella filosofía. De todas formas, en estos años encontré al menos un modo, algo satisfactorio, desde donde re-pensar aquellas intuiciones igualitarias en –llamémoslo así- clave latinoamericana. Procuré, entonces, estudiar el “período fundacional” del constitucionalismo latinoamericano, tratando de prestar especial atención a los ideales más cercanos al igualitarismo surgidos en aquel momento. Y lo que encontré fue interesante pero no sorpresivo: existían fuertes vínculos entre el más sofisticado ideario socialista, re-elaborado contemporáneamente por la filosofía política anglosajona, y el pensamiento igualitario desarrollado en Latinoamérica, en el siglo XIX. Finalmente, ocurre que ambas cosmovisiones encuentran demasiados antecedentes comunes: ambas aparecen asociadas con el centenario republicanismo cívico, ambas resaltan los ideales de la Revolución Francesa, ambas encuentran referentes en el radicalismo inglés o en los movimientos radicales asociados con la Independencia norteamericana.

En lo que sigue, expondré algunos de los avatares que afectaron al radicalismo político latinoamericano, para destacar luego los rasgos –en mi opinión- distintivos de su doctrina.

Las dificultades del radicalismo en América Latina

Por una diversidad de razones que he explorado con más detalle en otro lugar, el radicalismo latinoamericano enfrentó fuertes dificultades -mayores de las que encontró, por caso, en Europa o en los Estados Unidos- para desarrollarse y, sobre todo, estabilizarse como proyecto político alternativo.

Las razones que ayudan a entender esta relativa debilidad del radicalismo –y, consecuentemente, su virtual ausencia de las convenciones constituyentes latinoamericanas- son diversas. Sin embargo, aventuraría algunas, de entre otras posibles.

En primer lugar, y aunque esta mención resulte obvia y reiterada, la debilidad del radicalismo político latinoamericano puede encontrar parte de su explicación en el tipo de colonización llevado adelante por la corona española. Al menos, resulta claro que durante los largos años de dominio español, las prácticas y experiencias locales de "autogobierno" tendieron a ser desalentadas.

En segundo lugar (y junto con el citado desaliento a las prácticas de autogobierno, propiciado por las autoridades hispánicas durante la época de la colonia) conviene destacar que el brote democrático que siguió a la revolución independentista apareció hundido en un contexto muy poco propicio a la expansión de los ideales del igualitarismo político. Ante todo, la ruptura de los privilegios monárquicos y la consiguiente reorganización social (que implicó el acceso al poder de sectores antes postergados en su llegada al mismo) se dio en un marco donde el poder militar era claramente predominante. Dicho poder, como bien señala Halperín Donghi, se convirtió prontamente "en una garantía contra una extensión excesiva [del proceso democratizador]".

Otra de las barreras encontradas por el radicalismo político, en los albores de la vida independentista, se vincula con la difusión y la fuerza del pensamiento religioso, que en la época (y salvo contadísimas excepciones) apareció como una institución defensora de valores y prácticas típicamente conservadoras. La Iglesia, junto con el ejército, se constituyó en uno de los actores más importantes durante el tiempo de la colonia. Pero además, la Iglesia, tanto como el ejército, siguió teniendo un papel central en la vida política de la región una vez terminada la época colonial.

Dentro de un contexto como el descripto, poco propicio para la consolidación de un proyecto radical, la celebración de un pacto liberal-conservador, a mediados del siglo XIX, terminó por ahogar las aspiraciones de las fuerzas radicales en la región, al menos por un buen tiempo. En efecto, para ese entonces, liberales y conservadores, que durante décadas se habían enfrentado entre sí de modo sangriento, decidieron aunar sus fuerzas, normalmente motivados por el temor de un aparente resurgimiento de las iniciativas radical-democráticas latinoamericanas –un resurgimiento fogoneado por las rebeliones democráticas que tomaban lugar en la Europa de 1848. En América Latina, también, grupos de artesanos organizados por líderes que estaban bien al tanto de lo que ocurría en Europa, intentaron reproducir aquellos movimientos. Ellos alcanzaron cierta fortuna, sobre todo, en tres países de la región: Colombia, Perú y Chile. En los tres casos, encontramos organizaciones que unieron a intelectuales y artesanos, reclamando por protecciones arancelarias y una apertura democrática. Tales iniciativas asociacionistas tuvieron impacto, además, en otros países latinoamericanos pero, en todos los casos, y a pesar de la extraordinaria fuerza inicial que alcanzaron tales grupos (notablemente, en Colombia, desde los tiempos de la llegada al poder de José Hilario López, y hasta 1870 aproximadamente), los movimientos radicales tendieron a ser reprimidos y sus demandas denegadas (la represión fue especialmente intensa frente a los artesanos peruanos, mientras que en Chile la Sociedad de la Igualdad apenas llegó a vivir un año en la legalidad).

Rastros del radicalismo en América Latina (1810-1860)

Lo dicho hasta aquí no niega, sino que afirma, la existencia de pensadores y escritos vinculados con el radicalismo político –autores que, de hecho, alcanzaron a terciar en los principales debates de la época. Francisco Bilbao y Santiago Arcos, en Chile; José Artigas, en la Banda Oriental; Manuel Murillo Toro, en Colombia; Ignacio Ramírez, Ponciano Arriaga, Melchor Ocampo, en México; Juan Montalvo, en Ecuador, son algunos de los nombres más interesantes que, con matices, pueden asociarse con el pensamiento radical (o, liberal/radical) latinoamericano. Por lo demás, la historia de la región está plagada de eventos que muestran el modo en que sectores importantes (aunque minoritarios) de la población, llegaron a brindar su respaldo efectivo a un ideario cercano al radicalismo. El pequeño pero activo grupo igualitario forjado en torno a la “Sociedad de la Igualdad,” en Chile, representa una buena muestra de lo que digo. El extraordinario movimiento asociacionista, en la Nueva Granada de 1850, o poco después en Quito, también se gestó y consolidó en torno a ideas de orientación radical. Algunos de los miembros más destacados de la Convención Constituyente Mexicana, en 1857 –los que bregaron de modo insistente por la introducción de reformas en la organización y distribución de la propiedad- merecen asociarse, sin dudas, con este tipo de pensamiento crítico. Los levantamientos de artesanos en Perú, pueden vincularse también con ideas radicales.

Frente a esta diversidad de pensadores y eventos, quisiera entonces, y a continuación, delinear algunos rasgos que, según entiendo, distinguieron al incipiente, débil, y combatido movimiento radical latinoamericano. Mi caracterización del radicalismo, entonces, se basará en un “ida y vuelta” entre dos puntos de apoyo. Por un lado, procuraré entresacar los “rasgos comunes” propios de experiencias similares (aunque no idénticas) emergidas en distintos países de la región, en distintas épocas, y siempre orientadas por visiones críticas (sino directamente confrontativas) con las prácticas y teorías propiciadas por liberales y conservadores. Por otro lado, mi búsqueda estará orientada por la experiencia de lo que han sido las manifestaciones de los movimientos radicales en Inglaterra, Francia o los Estados Unidos –experiencias que, a la vez, sirvieron de inspiración y estímulo para las agrupaciones radicales latinoamericanas.

Por lo dicho, no deberá sorprender que caracterice al radicalismo latinoamericano a partir de tres valores usualmente asociados con el discurso radical, siendo éstos la libertad, la igualdad y la fraternidad o comunidad –tres valores que, según veremos, serán leídos en directo contraste con el modo en que liberales y conservadores se acercaron a ellos. A continuación presento, entonces, y de forma estilizada, algunos de los rasgos distintivos de lo que fuera el frágil pero atractivo radicalismo latinoamericano.

Libertad como “no dependencia”

Una de las primeras características salientes del radicalismo latinoamericano fue la defensa de una noción robusta y exigente de libertad –una idea de libertad que venía a desafiar a la que era habitualmente defendida por liberales y conservadores. En efecto, durante el “período fundacional” de la región, buena parte de la dirigencia liberal-conservadora local tendió a leer la idea de libertad como sinónimo de laissez faire. Conforme a esta idea, el Estado era visto como el primer y más importante riesgo para la libertad, por lo cual se propiciaba la limitación de los poderes del mismo tanto como fuera posible. El brillante pensador (liberal primero, conservador después) colombiano José María Samper caracterizó bien esta noción liberal de la libertad, en su famoso “Ensayo” sobre las revoluciones políticas en Colombia. Allí, sostuvo que él abrazaba una visión “individualista, anti-colectivista y anti-estatista,” defensora de la “espontaneidad social” –es decir, defensora de los arreglos sociales espontáneos, y crítica del dirigismo estatal. En tono similar, el influyente constitucionalista argentino Juan Bautista Alberdi propuso trazar una grave división entre “libertades económicas” -que proponía distribuir “a manos llenas”- y “libertades políticas” –que sugería limitar, en contra de posiciones a las que calificaba de fanáticas e inexpertas. Para él –que supiera defender una extrema postura spenceriana- también resultaba necesario limitar los poderes del Estado, de modo tal que la vida social se organizara conforme a las iniciativas personales de cada individuo.

Contra dicha visión que, con matices, pareció ser compartida por buena parte de la dirigencia regional, pensadores de extracción radical comenzaron a proponer otras lecturas. Un primer ejemplo valioso, al respecto, es el del colombiano Manuel Murillo Toro (quien llegaría a ser Ministro de Finanzas, y luego Presidente de su país en dos oportunidades). En su primera época, más cercana al liberalismo radicalizado, Murillo Toro no perdió oportunidad para defender una concepción más robusta de la libertad que la defendida por muchos de sus pares. En una famosa polémica con Miguel Samper, por ejemplo, Murillo Toro atacó la defensa que hiciera el primero de la libertad entendida como “dejar hacer.” En un escrito titulado, justamente, “Dejar Hacer,” Murillo sostuvo que el laissez faire que defendían sus colegas generaba la “explotación sistemática” de una mayoría de la población. Para él, una sociedad regida por una idea tan inapropiada de libertad sólo podía terminar en una situación ofensiva para la “igualdad política,” y regida por una “dominación aristocrática”. Mientras “una décima parte de la sociedad” fuera capaz de mantener para sí toda la tierra del país –proclamaba- al resto se le haría imposible la libertad: sólo quedaba para ellos la promesa de una vida en “absoluta dependencia” –afirmaba.

Esta misma idea de libertad como no-dependencia aparece, por caso, en los trabajos de Francisco Bilbao. Bilbao fue un radical de enorme influencia en su país, Chile, tanto como en Perú (donde fue uno de los responsables intelectuales de la abolición de la esclavitud). En un fabuloso documento que publicara con el nombre de “El gobierno de la libertad,” en 1855, Bilbao reivindicó otra mirada del constitucionalismo y de la libertad. Allí, rescató a la Constitución jacobina francesa de 1793 como la única Constitución de la historia que merecía ser recordada, y presentó un proyecto de organización constitucional propio, en donde la libertad era conceptualizada en torno a la idea de no-dependencia. “Ningún hombre debe depender de ningún otro hombre,” decía. Obviamente, este entendimiento de la idea de libertad se contradecía con las propuestas de un “orden espontáneo” que avanzaban sus colegas liberal-conservadores, quienes parecían desentenderse de las consecuencias conocidas y previsibles de esa “espontaneidad” basada, para peor, en un punto de partida extremadamente injusto y desigualitario.

De modo similar, el notable publicista mexicano Ignacio Ramírez, quien estuviera al frente del periódico satírico Don Simplicio, cumplió una función docente muy importante dentro de la Convención Constituyente Mexicana de 1857. Desde allí, él también bregó por un entendimiento distinto de la idea de libertad capaz de asegurar la “emancipación” de la mujer y de los sectores explotados. Como Murillo Toro, Ramírez criticó a los “sabios economistas” que trabajaban en la Convención, y que proclamaban en vano “la soberanía del pueblo”. Dicho reclamo, sostenía Ramírez, sólo podía tener sentido si los trabajadores dejaban de ser privados de los frutos de su trabajo. Por ello, rechazó la redacción final de la Constitución de 1857, y propuso en su lugar otra, basada en el “privilegio de los necesitados, los ignorantes, los débiles.”


Más que “igualdad formal”: La prioridad de los desaventajados

Otro eje importante de la disputa ideológica de la época giró en torno al valor de la igualdad. Junto con muchos liberales, políticos de orientación radical trabajaron en pos del logro de una sociedad más igualitaria. De modo saliente, y por ejemplo, ambos grupos exigieron el fin de la esclavitud, o la abolición del tributo indígena. Estos logros cruciales, sin embargo, tendían a dejar intocadas las igualdades más severas, lo cual volvía a iniciar el circuito de las injusticias. Una mayoría de liberales, sin embargo, se negaron a ver como un problema (al menos, uno que el Estado tuviera a su cargo resolver) el hecho de que los ex esclavos debieran re-iniciar sus vidas como hombres libres sin los recursos necesarios para satisfacer sus necesidades más básicas. Los liberales tampoco consideraron obvia la necesidad de proveer de un apoyo especial a los indígenas, luego de que las propiedades colectivas de estos últimos fueran fraccionadas en propiedades individuales –una decisión que tendió a provocar que los aborígenes perdieran sus propiedades luego de unos pocos meses, como resultado de los engaños y abusos a que eran sometidos. Contra dicha visión, el radicalismo político tendió a poner el acento, en cambio, en la necesidad de asegurar las bases “materiales” de la igualdad.

El pensador y religioso peruano González Vigil supo exponer en términos teóricamente sofisticados una visión robusta y exigente sobre la igualdad –desafiante, en todo caso, de los criterios de igualdad formal entonces dominantes. Lúcidamente, González Vigil distinguió entre las desigualdades “naturales,” creadas por Dios y difíciles de reparar, y las desigualdades “sociales,” que resultaban en principio inaceptables. Para él, los humanos “violamos nuestros deberes y afectamos el orden social [cuando las desigualdades] no responden al mandato de la providencia y a los fines de la sociedad en la que ellas aparecen.” De ese modo, González Vigil ponía en jaque tanto a las visiones más conservadoras sobre la igualdad, que consideraban que cada persona debía ocupar el lugar que Dios le había reservado; como a las liberales, que asumían que el Estado no tenía responsabilidad sobre la generación de las mismas.

A lo largo de todo el siglo XIX hubo muchas y notables iniciativas destinadas a darle vida a esa mirada crítica sobre las desigualdades sociales, y propulsoras de un modelo de igualdad material. El notable “Reglamento provisorio de la Provincia Oriental” promovido por José Artigas representa, en este sentido, un buen y temprano ejemplo de este punto de vista. Artigas, como sabemos, impulsó dicho Reglamento con el objeto de promover la redistribución de las tierras. Conforme al mismo, las tierras disponibles debían distribuirse con prioridad a favor de los grupos más desaventajados de la sociedad. Ellos –los “negros,” “zambos,” “viudas insolventes con hijos”- eran los que pasaban a ocupar el primer lugar a la hora de iniciar el reparto.

La relación libertad política-igualdad material fue bien resaltada, más adelante, por Murillo Toro, para quien “cada porción de tierra representa una porción equivalente de soberanía.” Para él, como para otros activistas del radicalismo, el establecimiento de límites en la adquisición de tierras aparecía no sólo como un modo de “asegurar la subsistencia de las masas,” sino también, y sobre todo, como un modo de “preservar la libertad política”. De forma más aguda todavía, Murillo Toro supo conectar su propuesta sobre la reforma en la propiedad de la tierra con su encendida defensa del sufragio universal (Murillo Toro tuvo un rol decisivo en la adopción del sufragio universal en su país). La igualdad económica –finalmente, la independencia económica de cada uno- era vista como una condición indispensable para asegurar la independencia política de los votantes. La fórmula de Murillo Toro era, en este sentido, paralela a la que por esa época avanzara el notable radical Santiago Arcos: “Pan y Libertad” –proclamaba el chileno- como “bandera de la independencia latinoamericana.”

Otra notable expresión del mismo tipo de principios aparece en los discursos del mexicano Ponciano Arriaga, quien llegara a ser presidente de la Convención Constituyente de 1857. Para Arriaga, la nueva Constitución debía ser, ante todo, “la ley de la tierra,” es decir, un instrumento destinado a asegurar la igualdad material entre sus miembros. “Este país –decía Arriaga- no puede ser libre, republicano o exitoso…como consecuencia del absurdo sistema económico que tenemos.” Dentro de la Convención, la postura de Arriaga no quedaría aislada, sino que por el contrario recibiría el apoyo de algunos de sus miembros más salientes: el mencionado Ignacio Ramírez, por caso, el Convencional Olvera, o Castillo Velasco. Los cuatro, en definitiva, consideraron que la reforma en marcha debía dirigirse, fundamentalmente, a a asegurar la igualdad material entre los mexicanos a través de una reforma agraria.

Comunidad y mayoritarismo

Una de las principales fuentes de diferencias entre el pensamiento igualitario/radical y el de conservadores y liberales, tuvo que ver con los presupuestos que defendieron cada uno de ellos para fundamentar sus proposiciones políticas. Pensadores de cuño liberal, como Samper en Colombia o Alberdi en la Argentina, coincidieron con muchos de sus pares en la defensa de un régimen basado en las meras iniciativas personales. Ellos partían de la certeza de que el “egoísmo bien entendido” –el individualismo más acentuado- representaba un comportamiento virtuoso, antes que vicioso. Más aún, consideraban que era el cultivo de dicho rasgo lo que había traído “opulencia y grandeza” a los países del Norte, a los que buscaban emular. El crecimiento de las sociedades que admiraban debía verse como “producto del egoísmo, antes que del patriotismo.” “Contribuyendo a su propia grandeza” –concluía Alberdi- “cada individuo contribuye a forjar la grandeza de su país”.

Ésta era, sin embargo, la visión que Murillo Toro había querido atacar en su crítica al “sistema de laissez faire”, que contraponía a un “principio de asociación y fraternidad”. En esta defensa del asociacionismo, el líder colombiano no estaba solo. Como dijéramos, muchos activistas de su época se entusiasmaron con ideales y principios similares, particularmente a partir de mediados del siglo XIX. La “Sociedad de la Igualdad” chilena, por caso, había sido constituida en esos años, justamente, para favorecer el logro de una sociedad ordenada por los valores de “libertad, democracia y solidaridad”. Asociaciones como la propia “Sociedad de la Igualdad,” se esperaba, iban a servir para habituar a las personas en nuevas prácticas, basadas en relaciones interpersonales más estrechas, y vínculos fraternos.

En su discurso inaugural de la “Sociedad Republicana,” el ecuatoriano Juan Montalvo se manifestó partidario de ideales similares. Para él, el “aislamiento, la separación entre los ciudadanos,” implicaba abrir el camino al triunfo de los líderes despóticos. El despotismo, tanto como la anarquía, sólo podían ser eficiente y exitosamente combatidas desde “una asamblea de hombres de buena voluntad,” a través del “apoyo mutuo de los buenos ciudadanos” –sostenía Montalvo

Esta defensa de las asociaciones era expresión de una compartida confianza en la acción colectiva (antes que en los emprendimientos individuales), propia de los pensadores radicales. No es de extrañar, por tanto, que una mayoría de ellos mostrara una visión tan escéptica sobre los beneficios de la delegación del poder y la representación, y tan favorable al control directo del pueblo sobre sus propios asuntos. En definitiva, y de este modo, lo que estaban haciendo era invertir - poner cabeza abajo- los presupuestos políticos propios del liberalismo individualista. Los liberales, conviene recordarlo, acompañaban su confianza hacia el individualismo con una fuerte desconfianza a toda iniciativa que pudiera provenir de los individuos actuando en masa. Ésta era la visión que, decisivamente, había propuesto James Madison en los Estados Unidos, en sus escritos de El Federalista. Para Madison, en efecto, todo el sentido del constitucionalismo residía en poner freno al accionar de las “facciones” -facciones que se manifestaban de modo predominante a través del accionar de las mayorías (movidas por la pasión) en las legislaturas. Ésta era, también, la lectura de la política que –con sus componentes elitistas expuestos de modo más descarnado- habían adelantado los miembros de la Generación del 37, en la Argentina, con su defensa de la “soberanía de la razón” por encima de la “soberanía del pueblo.”

Frente a ellos, los radicales repudiaban al egoísmo como “combustible” posible, imaginable o deseable de las nuevas sociedades. En su lugar, defendían al accionar colectivo de las asociaciones y cuerpos pluripersonales. Una de las versiones más lúcidas de esta forma de pensar la política se encuentra, otra vez, en el trabajo de Francisco Bilbao, quien llegó a considerar a la delegación de poder como “esclavitud disfrazada de soberanía.” Para él, “el gobierno de la libertad” implicaba “la abolición de la delegación, la abolición de la presidencia, la abolición del Ejército, la abolición de los fueros”. Delegar la autoridad representaba, en su opinión, “transmitir, renunciar, abdicar la soberanía…El que delega…se convierte en una máquina o un esclavo…No tenemos el derecho de delegar nuestra soberanía. Tenemos el deber de ser inmediata, permanente y directamente soberanos” –afirmaba.

Como resultado de tales criterios, los radicales se destacaron por defender una diversidad de propuestas institucionales, críticas respecto de las que predominaban en su tiempo. En contra de las tendencias centralistas y concentradoras de la autoridad, ellos defendieron siempre el federalismo y una fuerte limitación de los poderes del Presidente. En ocasiones, como ocurriera tempranamente en Perú o Venezuela, defendieron un Ejecutivo pluripersonal, bajo el presupuesto de que “muchas cabezas” no podrían unirse para oprimir: el fantasma autoritario de Simón Bolívar resultó, entonces, una amenaza frente al cual quisieron estar siempre prevenidos. En Colombia, ya a mediados de siglo, algunos radicales propusieron y obtuvieron la creación de un Ejecutivo de tiempo híper-acotado: su mandato no podría extenderse nunca más allá de los dos años. En Colombia, también, se alentaron propuestas de un federalismo extremo (y aún la libre distribución de armas de fuego), con el solo objeto de impedir toda pretensión centralizadora del Ejecutivo.

En consideración de principios similares, los radicales criticaron a instituciones como la del Senado, o la revisión judicial de las leyes; y defendieron los mecanismos de elección directa sobre los de elección indirecta (así, por caso, en la citada Convención Mexicana). Los radicales se cuentan, también, entre quienes propusieron las instrucciones obligatorias y la revocatoria de mandatos; rechazaron el principio de la reelección; propusieron mandatos legislativos de corta duración; y defendieron la creación de Parlamentos numerosos, capaces de constituirse en un “espejo” fiel de las sociedades a las que pretendían representar. Con este tipo de iniciativas, pensaban, iban a favorecer el logro de una sociedad más democrática, más cercana a los modelos europeos que ellos admiraban.

Radicalismo y socialismo, de ayer a hoy

A pesar de las enormes dificultades que encontraron y debieron enfrentar en su camino, los radicales latinoamericanos nos legaron una serie de principios de enorme valor, claramente vinculados con algunos de los principales ideales históricamente asociados con el socialismo. Dichos ideales, según entiendo, hablaban para las realidades de su tiempo pero nos siguen hablando hoy, ya que se referían a problemas que atraviesan la vida política de la región, al menos desde su independencia, y que están lejos de haber desaparecido.

Destacan, en primer lugar, la lucha contra la dependencia (personal y colectiva), y contra la explotación del hombre por el hombre; o la defensa de una idea de libertad que no se relacionaba con el “dejar hacer,” sino con la posibilidad de que cada uno desarrollara su vida conforme a sus propias decisiones. Al mismo tiempo, encontramos entre tales principios radicales la reinvindicación de una idea robusta de igualdad, que estaba lejos de agotarse en la mera (pero necesaria) igualdad formal entre las personas. Este compromiso con la igualdad material se manifestó, por un lado, en una clara toma de partido a favor de los grupos más desavenajados de la sociedad, y por otro en la fundamental certeza de que la libertad política requería de la relativa igualdad de recursos entre las personas. Para los radicales, resultaba obvio que las reformas políticas no tenían sentido si no servían para expandir los derechos políticos de las personas, y si no se acompañaban por cambios en la estructura de la propiedad, capaces de asegurar en el terreno económico los mismos criterios que eran defendidos en el terreno político -criterios que permitían que la voluntad de cada uno contase tanto, y sólo tanto, como la voluntad de cada uno de los demás. Finalmente, debe resaltarse la confianza depositada por los radicales en las asociaciones, en las organizaciones colectivas, en la voluntad de las mayorías -una confianza que se llevaba claramente de bruces con la hostilidad demostrada al respecto por la casi totalidad de la clase dirigente de la época. Conviene no olvidar, por lo demás, que esta misma reivindicación de la voluntad de las mayorías fue la que llevó a los radicales, sistemática, decidida e indeclinablemente, a combatir los personalismos, los Ejecutivos fuertes, y la concentración de poderes en una persona o grupo de personas. Como se advierte, no hay uno solo de estos reclamos que haya dejado de tener vigencia. Más bien lo contrario: aquel programa latinoamericano, de fibra distintivamente radical, merece recordarse y reivindicarse hoy, más que nunca, cuando en el nombre de la izquierda y los ideales del socialismo se respalda con la fuerza la explotación capitalista organizada; se mantienen o amplían las desigualdades sociales ya existentes; y se refuerzan como nunca antes los poderes de Presidentes ya todopoderosos.