30 oct. 2012

Familiares de presos



Recién hoy pude leer el interesante informe de la ADC sobre el modo calamitoso en que se organiza (...) la prisión preventiva en la Argentina. La principal virtud del informe, en mi opinión, tiene que ver con el tema que me llevó a abordarlo: el especial (y fuera de lo común) foco que han puesto en la situación de los familiares de los detenidos con prisión preventiva.
Se puede acceder al informe desde acá:
http://www.adc.org.ar/sw_contenido.php?id=927

Transcribo el testimonio de un familiar



“Cuando Julio fue detenido, yo trabajaba en relación de dependencia en
una oficina. En ese tiempo la indemnización era doble, entonces pedí
que me echaran del trabajo para tener plata y tiempo para ir a verlo y
ocuparme de la causa… Tener un hijo preso es como tener un hijo bobo:
hay que pagar abogados, ir al Juzgado, hablar, ir a Tribunales, tener plata
para el viaje, para llevarle de comer, ropa, tarjetas de teléfono… Eran
como mil pesos por mes, en el 2004. Igual tuve que vender la casa donde
vivíamos y mudarme a la casa de mi mamá.
Lo único que yo hacía era venir de la cárcel, ir al almacén, preparar todo
para el otro día y hablar por teléfono a todo lugar que se me ocurría
para tratar de sacar a mi hijo. Esa fue mi vida durante seis meses. Fui al
psicólogo, al psiquiatra, me medicaron; yo quería que me internen porque
creía que me había vuelto loca. El papá de Julio había muerto cuatro años
antes, así que todo me tocaba a mí. Mis otros hijos me preguntaban por
qué lloraba, reclamaban porque nunca estaba en casa, uno repitió de
grado…
No sabíamos nada: cómo hacer para pasarle una tarjeta de teléfono, qué
cosas llevarle… el pollo sin hueso, la ensalada de papa y huevo… A veces no
quería lo que le llevaba porque los demás presos le iban a pegar. Una vez
fui a hablar con el director del módulo y le dije que esos chicos le habían
pegado a mi hijo, y le habían robado las zapatillas… El director creyó que
yo lo estaba tomando de tarado, pero yo le decía «¿cómo puede permitir
que les peguen?». Yo no creía que van y te pegan, y que en pleno invierno,
con el frío, te dejan en calzoncillos o shorcitos… Nadie piensa que eso es
verdad, y cuando lo escuchas, pensás: «lo dijo aquel negrito, pibe chorro,
porque quiere zafar de la situación». Cuando castigaron a mi hijo, y estuvo
10 días en celda de castigo pensé en encadenarme en Tribunales, no sabía
que hacer.
Si yo no hubiera hecho todo lo que hice, quizás mi hijo se hubiese comido la
preventiva de dos años, quizás ahora tendría otros problemas. Y cuando
sale, también tenés que acompañarlo muchísimo, porque si no, también le
quedan las secuelas. Tenés que dedicarte”.
 (Ana, mamá de Julio.)  





2 comentarios:

Anónimo dijo...

El trato inhumano, el estado de las prisiones y la actuación de un servicio penitenciario militarizado y brutal, son un inmenso grano en el orto de nuestro estado de derecho.
Y nadie se hace cargo, justamente, porque los abogados, los academicos, los profesores, los jueces, y los ajenos al sistema de justicia, lo último que les interesa es mirarse el orto.
Bien por ADC, CELS, y alguno que otro, que todavía nos muestran esa cruda realidad.

Anónimo dijo...

Lo más triste de todo, RG, es que muchas de las cosas que dice esa madre son exactamente las mismas que dicen muchas otras madres no ya respecto de los hijos que van a parar a la cárcel sino de los hijos que mandan a la escuela. Sí, que van a la escuela! Creo que el siguiente recorte personal de la entrevista que le hacen a la madre de Julio -con perdón del atrevimiento -podría salir de la boca de muchas madres de bajos recursos que mandan a sus hijos a escuelas marginales:
“Tener un hijo en la escuela es como tener un hijo bobo:
hay que pagar tutores, ir personalmente a la escuela, hablar, tener plata
para el viaje, para llevarle de comer, ropa, tarjetas de teléfono, útiles escolares, apuntes, libros …
A veces no quería lo que le llevaba porque los demás compañeros le iban a pegar. Una vez
fui a hablar con el director de la escuela y le dije que esos chicos le habían
pegado a mi hijo, y le habían robado las zapatillas… El director creyó que
yo le estaba tomando de tarado, pero yo le decía «¿cómo puede permitir
que le peguen?». Yo no creía que van y te pegan, y que en pleno invierno,
con el frío, te dejan en calzoncillos o shorcitos… Nadie piensa que eso es
verdad, y cuando lo escuchas, pensás: «lo dijo aquel negrito, pibe chorro,
porque quiere zafar de la situación».

El Imparcial del Norte