11 ene. 2013

Lincoln 1: La película y el derecho

Ahora que la película Lincoln, de Spielberg, se llevó todas las nominaciones para la próxima entrega de los premios Oscar, haría algunos comentarios en torno a ella. Lo primero que destacaría es lo notable del hecho de que, finalmente, una película norteamericana, de tinte político, no haga foco exclusivo en el Poder Ejecutivo -para alabar las dotes del líder- o en los rasgos salientes del Poder Judicial -para elogiar la imparcialidad, los formalismos o la sapienza judicial- sino que de lugar privilegiado (también) al Congreso. Porque, aunque obviamente el film gira en torno al presidente Lincoln, el mismo vuelve una y otra vez sobre el Congreso y sus procedimientos, romantizando en parte su funcionamiento (con sus virtudes y vicios), del mismo modo en que tantas veces el cine yanqui romantizó a la justicia, con sus magistrados en toga y con pelucas, los martillos pidiendo silencio, los alegatos de los abogados heroicos, la enunciación de fallos bravíos o históricos. En este caso, lo que se resalta son los cabildeos en el Congreso, los tejes y manejes, la votación de la Enmienda XIII (anti esclavista) uno a uno de los representantes -con apellido y nombre, con suspenso, con crescendo dramático.

El segundo punto que destacaría es uno ya sugerido: el modo en que el cine -como lo hace habitualmente la ciencia política contemporánea- idealiza al Poder Judicial y mira con cierta fascinación a los sabios magistrados, mientras suele presentar al Congreso, fundamentalmente y a pesar de las excepciones, como antro de negociación espuria y corrupción (en el caso judicial la ecuación suele ser la inversa). Como diría Mark Tushnet, se trata de una operación habitualmente tramposa: si se contrasta al Poder Judicial a su mejor luz con el Poder Legislativo en su peor versión, el resultado es obvio. En todo caso, Spielberg va por allí también, y nos muestra una política legislativa llena de pillos, racistas y coimeros.



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