Pero para aquellos que no tienen esa deformación profesional y/o aquellos que pueden dejar sus prejuicios de lado, terapia siempre difícil pero siempre saludable y que trae sus beneficios -este post es prueba de ello-, la poesía de Pedro Mairal es realmente una brisa de aire fresco. Nada artificial, simple y directa, amena pero con tintes ácidos. En fin, juzguen ustedes, en todo caso.
Trascribo cuatro poemas de Consumidor Final, que cayó en mis manos hace poco, en una de las últimas ediciones de Bajo la luna nueva del 2004. Acá, en el blog de Pedro M., me doy cuenta ahorita, hay una selección del autor, el libro enterito y mucho más. Muy recomendable. Disfruten, che.
Buscar departamento
Se busca algo intermedio entre una caja
y el sueño a la intemperie.
Hay que pagar en cuotas el oxígeno,
los milímetros cúbicos, el día,
el ángulo en la rosa de los vientos,
la tarde sin acero, sin pólvora en la sangre.
Cada bronquio expandido, una moneda,
monedas por las siestas sin sirenas,
por el metro cuadrado sin ladridos,
sin gotas en la sombra.
Se necesita un plano
donde dejar la huella de los muebles
para empezar la vida.
Los recuerdos no caben debajo de la cama,
hay que tirar el cielo de los viajes,
hay que poner candados a la almohada,
al pan, a la mañana, a las palomas,
y dormir abrazados en el miedo.
Por el pedazo azul de la ventana son otras dos monedas,
por las suelas encima de la tierra,
por el rincón que ocupan los huesos en la historia.
Sólo un metro sagrado sin catástrofes,
un metro sin insultos ni transportes,
unos pasos donde caerse vivo,
un agua donde pueda sumergirse,
el corazón cansado.
Con este cuerpo lleno de palabras,
de amor y mundo y sueño,
buscamos un pedazo de un espejo,
apenas una cruz de tiza que nos marque
un sitio en la llanura.
Un durazno
Morder el verano,
morder el sol entero
por 1,80 el kilo.
Este durazno recién llegado a casa
fue apenas sueño de árbol escondido
alentado por el fertilizante,
después fue flor y fruto verde solo
protegido de plagas y de heladas
por cinco pesticidas,
engordado por lluvias y riego por goteo,
cosechado por Pablo Luis Ojeda
oriundo de Río Negro
que tumba en un colchón de gomaespuma
su cuerpo dolorido cada noche.
Cargado en un camión que avanza bajo el cielo
maduró este durazno con el viaje,
después llegó al mercado,
atravesó las mafias,
fue a parar a una cámara de frío
que le fijó el color
y lo detuvo durante cuatro meses
cerca de San Cristóbal
hasta que lo compró Supermercados Disco,
y lo llevó a la sucursal 14
sector verdulería de autoservice
donde yo lo elegí, lo embolsé, lo hice pesar
lo tiré en el carrito
al lado del pan Fargo, las pechugas,
junto al Skip Intelligent y el queso,
lo llevé hasta la caja, le leyeron
su código de barras,
lo pagué, lo reembolsé con nailon,
lo traje caminando hasta mi casa
cruzando la avenida,
bordeando el hospital,
entre ciegos, cirujas, policías,
lo subí en ascensor
y llegó a la mesada de mármol sin golpearse.
Entonces lo libré de las dos bolsas,
le lavé el pesticida en la canilla,
le lavé todo el cansancio del camión, el humo,
la noche de las manos de Pablo Luis Ojeda,
le saqué la etiqueta de la marca
y lo mordí con ganas de matarlo,
lo asesiné con dientes, mandíbulas y lengua
y a pesar de la química, de la distancia muerta,
a pesar de la larga cadena intermediaria,
me encontré allá en el fondo de su sueño amarillo
con esa flor primera que perfumaba el viento.
Argentino
Argentino, naciste haciendo cola,
naciste tributario y deducido
por próceres fantasmas de billetes,
naciste intrasferible, mortal y semejante,
un fiel contribuyente del Estado,
el banco reguló tu corazón
y administró tu sangre y tus latidos,
gravó tus transfusiones
y te dio el beneficio
de respirar exento el aire de la patria,
creciste haciendo el trámite
de ser persona física en tu casa,
te tatuaron el cuit y así avanzaste
despacio a la intemperie
de todos los gobiernos,
inseguro, con tos, mal educado,
maduraste hasta el iva y las ganancias,
pero no era tu turno todavía,
una chica te dijo ¿me cuidás el lugar?
y vos te enamoraste de ella y de su ausencia,
y pasaron los años en la fila,
los planes nacionales te embargaron
medio riñón izquierdo
para una parrillada en el Senado,
los hijos de la clase dirigente
vaciaron tu heladera,
mordieron tus aportes y eructaron
discursos por cadena nacional,
vos seguiste en la fila,
de moneda en moneda y más cansado,
más viejo y entre canas a caballo,
vigilado, filmado, amenazado,
no perdiste el lugar y viste desde lejos
a unos gordos timbeando tus ahorros,
el sudor de tu frente
se usó para limpiarle el parabrisas
a cinco diputados,
el mar de la esperanza dolida de tu madre
se fue por el desagüe del Congreso,
y seguiste en la fila, cada vez más doblado
por la carga pesada del país,
seguiste con bastón, bajo el sol de la crisis,
saqueado hasta las migas del bolsillo,
esperando doscientos treinta pesos
para pan y fideos
y sopa y soledades,
y al fin una mañana llegate a ventanilla,
te sellaron de negro la libreta,
te anunciaron
que hoy no se pagan jubilaciones,
y te fuiste cayendo, desmayado,
sin seguro de muerte,
sin indicar la fecha en formulario
de tu fallecimiento,
sin bienes embargables, qué imprudente,
después de tanta vida de pie, de mano y sangre,
parecías apenas como un montón de ropa
tirado sobre el piso,
los diarios te imprimieron
un titular perdido y encontrado
porque no eras noticia:
un viejo jubilado murió haciendo cola.
La aurorita
Invierno en la avenida Juan B. Justo
y el viejo pedaleando en la Aurorita
rosada de la nena.
Un pullover y otro y camiseta,
la campera del Shopping Abasto está muy cara,
la motito alemana está muy cara,
la bici con seis cambios japonesa
también y las monedas
no son para ir en micro
sino para el puchero y al destino
hay que llegar igual.
Si caminando es lejos
entonces en la bici rosada de la nena.
Después de veinte años de baulera
vuelve a salir al viento.
Las ruedas chiquititas recién resucitadas.
No hay más vueltas manzana por el barrio,
no hay más chocolatines los domingos,
ahora no es juguete sino tracción a sangre,
segunda vida útil de transporte,
reciclado biciclo, tempranito,
la aurora de otros tiempos,
la infancia convertida en desencanto,
la nena limpia baños en Miami
y el padre, el inmigrante,
pelado y jubilado,
trepado a la Aurorita,
se aleja pedaleando.
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Salud!









