1 sep. 2015

Cali

En la plaza de San Antonio, junto a la Iglesia, bailaban todos. No de a uno o de a dos, no exhibiendo su cuerpo o presumiendo su arte: eran todos juntos, entrelazados. En la plaza de San Antonio, aquí ya en Cali, andaban todos, tomándose de las manos. Hacían ronda los jóvenes, los viejos, los más duros y los mejor dotados. Salen desbordantes los niños: los pies pequeños, enfáticos; y los mocitos, ensimismados. Ahora zapatean la tierra¡ Ahora saltan al sol¡ Ahora abren los brazos al cielo¡ Los ojos buenos: iluminados. En la plaza de San Antonio, junto a la Iglesia, no había naciones. Los de más lejos, de otros idiomas, perdían sentido, salteaban pasos, lo erraban todo. Pero nadie evaluaba, nadie burlaba. Cuando llegaba el turno, alzaban los brazos, abrían las manos, y los otros prestos, atentos, sus dedos se los tomaban. Era la fiesta entre todos. Buscando el ritmo, se acompañaban. Una madre recién parturienta, con su niñita de días, junto a su cuerpo la apretujaba. La dama la miraba a los ojos; las dos bailaban. Un padre con su hijo en hombros levanta un pie, luego la mano. Y mientras tanto, bien serio el chico, muy concentrado sigue sus pasos. Una abuela, llena de arrugas, se une a la ronda. De cerca conoció la muerte, de su brazo a su hijo se lo quitaron, pero aquí está, se mueve lenta, y lo olvida todo (por un instante al menos, no piensa en nada -borra el pasado). Una pareja con rastas, túnicas largas, atraídos por la música, curioseando el barrio. Miran felices desde los bordes, y al rato están dentro, los brazos de los otros entre sus brazos. Un joven solo, que es casi enano, gira muy pronto, como volando (piensa en lo que ha perdido, lo que se fue y no vuelve, y así en silencio, ojos cerrados, como si nada sigue cantando). Una morena audaz, de rasgos firmes, quiebra con su sola risa la talla dura del empedrado. Una niña rebelde, llena de rulos, desteje el alma, y al rato su cuerpo emerge, luego de tanto, desenredado. Andrés Caicedo, que es un fantasma, mueve los pies al son, como inspirado. Se emociona, aunque esté muy lejos, el pelo al viento, siguiendo todo desde lo alto. Transpira y bailotea el grupo, limpiando todos el cuerpo, así entregados. En la plaza de San Antonio, junto a la Iglesia, nadie le teme al otro, nadie reprocha, nadie que deje al resto abandonado. El instructor se adelanta como gacela¡ Marcha hacia al centro, enseña los pasos. Se bambolea solo, en fintas complejas, contornea su cadera de lado a lado. Al instante se suma el primero, casi enseguida el otro que lo escoltaba. Ahora los sigue el resto: cabriolean lento algunos, otros replican descontrolados. El viejo habla suavecito, les dice a todos: “Abran el pecho, aprovechen, expandan. O es que tan pronto ya están cansados?” Todos sonríen, nadie está afuera, nadie está solo, nadie es juzgado. Frente al oscuro polvo que se levanta -tierra muerta, de dolor seca- en la plaza de San Antonio, junto a la Iglesia, húmedas gotas de luz: granos de vida germinan, como un milagro.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Estás en colombia?

rg dijo...

estuve la semana anterior

Anónimo dijo...

Es tuyo el escrito? Una maravilla

rg dijo...

si, gracias. gran plaza