25 nov. 2015

A 30 años del juicio a las juntas

De Marcelo Alegre, en la Facultad de Derecho (UBA)

A 30 años del Juicio a las Juntas

Tuve el increíble honor de ser invitado a hablar en el acto de ayer en la Facultad.
Esta es la taquigráfica de mi breve intervención:

Buenas tardes.

Era estudiante en esta Facultad cuando se desarrolló el Juicio a las Juntas.
¿Cómo lo viví? Mi primera vivencia trasciende mi carácter de estudiante. Era un joven más, que había vivido su adolescencia en la dictadura. Como todos sufrí el clima de censura, de hostigamiento a la juventud, y la concepción retrógrada de la Universidad y del Derecho en mi primer año aquí, que fue el último del llamado Proceso. Dos recuerdos. El primero: en sexto grado una mañana de invierno los preceptores de mi escuela nos decían que los monjes palotinos asesinados la noche anterior  en la Parroquia de San Patricio a pocas cuadras de mi escuela no fueron víctimas de la guerrilla como informaban algunos diarios, sino del gobierno. El segundo es de la secundaria en el Liceo 10 de Almagro, donde varios de mis compañeros eran hijos de presos políticos, recuerdo como alguno de ellos era martirizado por su apellido (que era muy conocido) por la profesora de castellano.

Al ver a quienes fueron durante 8 años los dueños de la vida y de la muerte sometidos a la justicia civil, y ponerse de pie cuando ingresaban los jueces a la Sala la sensación era de gran alegría. Recién comenzaba a educarme en una justificación no retribucionista de la pena. En ese momento creo que viví el Juicio como un desquite, disfrutando lo que veía como la humillación de los máximos jerarcas de la dictadura al estar sometidos a la justicia de la democracia.  

Esa reacción visceral, no teórica, se fue enriqueciendo con el tiempo y con el desarrollo de mi vida académica en la Facultad. Como colaborador de Carlos Nino fui conociendo los detalles de la arquitectura jurídica del Juicio. Años después comprendí, gracias a Nino, una de las muchas claves del Juicio. A comienzos de los noventa, un jurista progresista de Yale, Bruce Ackerman, en su libro El Futuro de la Revolución Liberal, abogaba porque las nuevas democracias de Europa del Este se apartaran del sendero argentino. En vez de enfocarse en la justicia retroactiva, que según Ackerman divide a la sociedad y la vuelca al pasado, debían enfocarse en las reformas estructurales, que unen a la sociedad de cara al futuro. De la mano de Nino entendí el error de Ackerman. El Juicio, además de un ejercicio ejemplar e inédito de justicia transicional, fue una reforma institucional en sí mismo, ya que puso fin a la idea de una casta militar ubicada por encima de la ley.

Más tarde aún, viví el Juicio a través de los ojos de un conjunto de académicos extranjeros que asistieron a las audiencias y volcaron sus reacciones en ensayos inolvidables. Por ejemplo, el inolvidable texto de Ronald Dworkin, Doctor Honoris Causa de esta Universidad, titulado Un Informe desde el Infierno, que luego sería el prólogo de la edición inglesa del Nunca Más. Allí Dworkin, además de reivindicar el Juicio como un gran avance en la lucha universal para construir un “tabú contra la tortura”, reflejaba su perplejidad ante los hechos de violencia sexual reflejados en las audiencias.

Con el tiempo, y conversando con Luis Moreno Ocampo, también entendí que El Juicio es un gran orgullo para la Universidad de Buenos Aires. La mayoría de los jueces y fiscales del Juicio fueron estudiantes, graduados, y docentes de nuestra facultad. Varios fueron discípulos de dos grandes figuras de esta institución, Luis Jiménez de Asúa, el Presidente de la República Española en el exilio y eminente profesor de derecho penal; y de Ambrosio Gioja, profesor de Filosofía del Derecho. También fueron o son parte de esta institución los juristas como Malamud Goti, Carlos Nino o Martín Farrell que tomaron parte en el diseño del Juicio, en la integración del nuevo Poder Judicial de la Democracia, y muchos de los jueces de la Corte que un año después, en 1986, confirmó la sentencia del Juicio en la Corte Suprema como Genaro Carrió, Augusto Belluscio, Enrique Petracchi, y el actual miembro de la Corte, el Dr. Carlos Fayt.    

Esta Facultad, entonces, siente la responsabilidad de mantener vivo el legado del Juicio. En ese sendero, algunos hitos son la incorporación de Derechos Humanos como asignatura obligatoria en 1985; la graduación, en los 90 de los primeros egresados del nuevo Plan de Estudios que hoy son protagonistas de la lucha por los derechos humanos como presidentes de ONGs, magistrados, funcionarios, académicos dentro y fuera del país, etc; la creación de las clínicas jurídicas en la década del 90, plasmando la noción de que las Facultades de Derecho son parte de la estructura de soporte de los derechos humanos, como lo propone Charles Epp; la creación de la Maestría en Derecho Internacional de los Derechos Humanos en 2008; la creación hace un año del Centro de Derechos Humanos de la Facultad; y la elección como Decana de una Profesora Titular de Derechos Humanos, Mónica Pinto, que ha venido profundizando la mirada de derechos humanos y de género en la conducción de esta casa.

Un párrafo aparte merece el Programa reciente de la Facultad llamado: “Los Estudiantes Vamos a los Juicios”. En el punto 30 de la Sentencia del Juicio a las Juntas la Cámara Federal ordena abrir nuevas causas para investigar a los comandantes de zona y subzona así como “a todos aquellos que tuvieron responsabilidad operativa en las acciones”. Si el Juicio a las Juntas contribuyó por un lado a lo que Kathryn Sikkink llama una “cascada de justicia” global contra la impunidad frente a las violaciones masivas de derechos humanos,  también activó una cascada interna de justicia, que continúa en nuestros días. La Facultad acompaña decididamente la continuidad de los juicios, por ejemplo  ofreciendo un seminario teórico-práctico sobre Justicia y Memoria, que incluye la asistencia a juicios en trámites por delitos de lesa humanidad.

También con Moreno Ocampo tomé conciencia de la potencialidad del Juicio para iluminar e inspirar las políticas públicas que el país precisa. Por ejemplo, primero, se trató de una estrategia jurídica y política afirmada en una profunda solidez técnico-jurídica. Segundo, se trató de una estrategia que buscó desde el comienzo la más amplia base de sustentación política, comenzando por el apoyo de los dos partidos mayoritarios. Tercero, se trató de una estrategia que se llevó adelante con mucha eficacia y celeridad, ya que en menos de dos años se anuló la autoamnistía, se reformaron las leyes que hicieron posible El Juicio, se superó la instancia de la justicia militar, se llevaron a cabo las audiencias de juicio, en las que centenas de testigos documentaron el horror de la represión clandestina, se produjeron los alegatos (incluyendo el histórico alegato que concluyó con la famosa expresión de Julio Strassera: “Señores Jueces, Nunca Más”), y se dictó sentencia.

Debo mencionar a quien con su visión y liderazgo hizo posible el Juicio a las Juntas. Confesé al inicio que mi reacción inicial frente al Juicio fue de desquite, al ver sometidos a proceso y luego condenados a quienes se habían investido en los custodios de la moral nacional. Esa comprensión primera fue enriqueciéndose y modificando con el tiempo. En la campaña electoral de 1983 los jóvenes cantábamos “paredón, paredón…” y el orador siempre nos hacía reflexionar, diciéndonos, “Nunca más la violencia en la Argentina”. Me llevó mucho tiempo entender el alcance de su política de justicia transicional, que eclipsaba cualquier lectura del Juicio en clave revanchista u oportunista. Se trataba, en cambio, de sentar la base ética de la democracia. Owen Fiss, también Doctor honorario de la UBA y uno de los académicos invitados a presenciar el Juicio, lo expresó recientemente en términos difíciles de mejorar. Fiss es constitucionalista y un crítico intransigente de las políticas pro-tortura de Bush y de la decisión de Obama de no investigar estos abusos. En un libro reciente, para evaluar a Obama a este respecto, lo compara con nuestro Presidente de entonces, con estas palabras que elegí para concluir:
“Obama tal vez pensó que su poder era limitado. O que una política más robusta en derechos humanos habría dificultado otras iniciativas… Es imposible saber si fue así y si ese miedo estaba justificado. Nunca sabremos bien las razones por las que Obama decidió continuar muchas políticas antiterroristas de Bush y no investigar los abusos, pero las consecuencias son innegables. Obama incumplió su promesa de ser leal a los valores de la nación. Esto me ha llevado, de manera más profunda que nunca, a apreciar qué líder extraordinario fue el Presidente Alfonsín y por qué el Juicio de 1985 siempre tendrá un lugar de honor en la historia. Los desafíos que Alfonsín confrontó en la transición fueron, desde toda perspectiva, mucho más graves que los que enfrentó Obama. Pero Raúl Alfonsín lo arriesgó todo por ver que se hiciera justicia.”  

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias!!! por compartir esa dimensión que aporta Owen Fiss (pensar que parece extraña en estos tiempos de miseria"s"...)
Andrea

Anónimo dijo...

Y pensar que un tipo con la trayectoria de Alegre tiene que soportar los embates de un joven advenedizo que, por fortuna, saldrá muy pronto de las estructuras institucionales del estado.

Miguel A. dijo...

Un lujo Marcelo. Gracias por subirlo, Roberto. Lástima no haber podido estar ahí.

Anónimo dijo...

No entiendo algo, muchos que defienden los DDHH, repudian la editorial del lunes del diario La Nación, y después piden cárcel común para los torturadores. Sabemos lo que pasa en una cárcel común. Puercos!

Carlos Luque dijo...

Roberto:
Un lujo el profesor Alegre.
Felicitaciones por el Premio a la "Sala de Máquinas" extremademente merecido.
Ahora falta la parte dos (en dicho texto): la ampliación de las soluciones conclusivas.
Un saludo.