25 sep. 2012

Crónicas bolivianas 6: Mi propia personal Bolivia


Mi propia personal Bolivia

Entre finales de la década del 80 y principios de la siguiente, trabajé en la villa 31 con una comunidad de bolivianos. Colaboraba entonces con Gualberto y su gente, tratando de poner el pecho junto con ellos en algunos de los infinitos problemas que hundían a los líderes de la comunidad en el desconcierto. Ellos parecían no saber dónde estaban parados, a la vez que tenían la certeza de que los vecinos locales se aprovechaban de su origen foráneo. Con ellos también conocí lo desesperante que es asumir el papel de abogado o médico, en medio de grupos desahuciados y ansiosos de protección: la sola llegada del profesional los tranquiliza, en la convicción de que el problema se termina entonces (mientras que uno sabe lo que no quiere decir, esto es, la extensión del proceso que habitualmente sigue, y los resultados habituales de los mismos). Mis recuerdos de los días bolivianos son, de todos modos, y en todos los casos, siempre y por siempre bonitos. Recuerdo, en particular, a Gualberto dedicándome un huayno, y también una ceremonia solemne, de designación. El acto en cuestión culminó con un papel escrito en birome (la increíble importancia de los papeles firmados!), varias veces sellado (¡) y ratificado personalmente por todos los integrantes de la comunidad. Entonces me designaron su abogado y doctor ad honorem. Conservo aún ese papel, al que vuelvo a mirar de tanto en tanto, extasiado por esos nombres norteamericanos, esas firmas propias de inmigrantes esperanzados.

En esos años me vinculé, sobre todo, con una familia de bolivianos: la de Ezequiel y Brian. El padre de los dos niños había viajado a los Estados Unidos, de modo ilegal, mientras la madre era explotada en un taller clandestino, en Buenos Aires. Ella trabajaba todo el día, confeccionando camperas y chalecos de cuero. Brian era un vago sin par, rebelde y buenazo, que admiraba a su hermano mayor, a quien yo ayudaba con sus deberes. Ezequiel era un gordo alegre, al que recuerdo revolcado infaltablemente por el piso de tierra y con las manos gordotas y torpes, como las de tantos de su comunidad. Recuerdo haberme preguntado, muchas veces, cómo alguien podía tener tan buen corazón, cómo alguien podía estar tan exento de maldad como Ezequiel.

En el 92, partí a estudiar a los Estados Unidos, aunque volví al país recurrentemente. En uno de esos breves retornos, en el 95 si mal no recuerdo, recibí un extraño llamado. Era la madre de Ezequiel, a quien no veía desde hacía años. Ezequiel había caído preso, portando un arma, aparentemente luego de salir en apoyo de sus amigos, todos enterrados de drogas. Conmovido y apenado, sin creer lo que estaba pasando, llegué al juzgado, hablé con el juez, y acordamos en ubicar a Ezequiel con una tía que administraba una verdulería. Al rato lo ví aparecer al gordo buenazo, hecho un gigante de pelo largo y ojos oscuros hundidos, llevado en custodia por un policía. Me miró, me dijo robeeeerto, nos dimos un abrazo y desde entonces no nos volvimos a ver.

El hecho me golpeó fuertemente, y marcó casi todo lo que escribí desde entonces en materia de derecho penal.

2 comentarios:

gracia dijo...

hmmmm... q triste historia .... :(

Anónimo dijo...

Chapeau Roberto.
Silvina