26 abr. 2015

La viejita de Chicago

Volví esta semana a la Facultad de Derecho de la Universidad de Chicago, luego de más de 20 años de haberla dejado. Había llegado allí, por primera vez, en 1991, para completar mi doctorado con un grupo de “marxistas analíticos” afamado. Mis años en Chicago fueron cortos pero sin embargo ajetreados. A los pocos meses de llegar, y sabiendo que no contaba con el dinero suficiente para afrontar mis estudios, las autoridades de la Universidad me llamaron para hacerme una propuesta. Me informaron entonces que un Profesor de la Universidad (uno de los más conservadores del departamento, que enseñaba “Property” en la “escuela de Chicago”¡) viajaba a Alemania para realizar una investigación durante casi un año. Su mujer, algo anciana ya, se quedaba entonces sin quien la acompañara, y por ello me ofrecían  un cuarto gratis, en el altillo-biblioteca de la mansión que habitaban. Eran tiempos de dura violencia racial, y ella –la viejita- no quería quedarse sola (se sucedían entonces los agrios levantamientos de Rodney King) en la inmensidad de la casa. La invitación me causaba algo de gracia, pero la tomé a bien. No tenía dinero y me ofrecían una gran oportunidad para quedarme en un barrio querible, junto a la Universidad, y a cambio de pago alguno. En la casa adjunta, por ejemplo, vivía Gary Becker (a quien vería festejar su Premio Nobel en calzoncillos, desde mi ventana); y  dos casas más allá un mecánico retirado que me contaba, preocupado, de las cartas que le escribía regularmente a Gabriela Sabatini: “Ella no saca bien y yo quiero enseñarle cómo es que tiene que hacerlo”, me decía. “Pero no me contesta” –me confesaba después, desconsolado. En la casa (mi casa) viviríamos la viejita y yo, durante casi un año. Yo temía los detalles de la contraprestación con ella, pero el intercambio terminó resultando de una amabilidad completa. Convivimos muy bien: ella sólo quería de mí un poco de conversación, cada día, a mi llegada. Entonces, cuando yo volvía de la Facultad, durante la noche, escuchaba de alguien los pasos apresurados, hacia la cocina o la sala de estar, en donde yo por ventura me acomodaba. Como cuestión de magia, simulando coincidencia, ella se aparecía por ahí y me saludaba casual (“Hello¡ How are you¡”) necesitada al fin de conversar un rato. El tiempo en la casa resultó estupendo, sobre todo –debo confesarlo- en los meses en que, para reencontrase con su esposo, ella viajaba a Alemania. Entonces, yo pasaba a ser el dueño de la mansión aquella, que de inmediato se convertía en albergue de puertas abiertas para la larga colonia de argentinos que estudiaban en Norteamérica. Recuerdo tardes gloriosas con Guillermo O’Donnell, y sobre todo noches sin sueño, con Roberto Saba, Christian Courtis, Alberto Fohrig, Martín Abregú y montón de etcéteras, cocinando y riendo sin límite alguno, en la ciudad ajena. Recuerdo aquellos días y noches de desternillados excesos. Recuerdo una mañana con el jardinero rumano, cantándonos sentidamente canciones de su infancia abandonada. Recuerdo alguna noche de efluvios eslavos, perfume capaz de poner en crisis amistades de antaño. Recuerdo las reservas de alcohol de la casa que yo miraba con terror, por encontrarlas cada día con menos destilado (luego, a fuerza de ilegítimos reemplazos -algo de té en lugar del whisky; algo de agua en lugar del vodka- todo volvía a la normalidad, y la vieja podía, a su regreso, reafirmar su confianza en el inquilinato). Todo esto para decir que ayer, terminado el primer recreo de la conferencia, retorno al salón-seminario apresurado, cuando veo que algo o alguien bloquea mi ingreso a la sala. Se trataba de una figura frágil, venida a menos, moviéndose torpe y tímidamente en el mundo hostil de los académicos profesionalizados. Hago espacio para que la persona salga mientras voy entrando, pero la persona queda inmóvil frente a mí, respirando aliviada. “Es a vos a quien estaba buscando” –me dice en inglés y me conmueve. La reconozco entonces de inmediato. La viejita de Chicago estaba ahí, andando a ciegas en medio de la conferencia, buscándome, perdida ella también en un contexto lejano. “Es que mi marido me mostró el programa y me dijo mira quién viene a la conferencia” –se apresuró a aclararme, los ojos brillosos, como excusándose por haberse acercado. Sentí que la miraba desde muy arriba (ella había encogido tanto), así que me agaché un poco, le pedí permiso y le di un abrazo bien largo. Acercando mi voz a su oído le dije en susurros: “gracias por venir hasta acá, me alegra tanto que hayas venido a buscarme”, mientras los dos, entre profesores-maletín y estudiantes-power point, emocionados, sin poder hablar más y sin querer mirarnos, lentamente nos separamos.  



9 comentarios:

Anónimo dijo...

Que bonito!

julieta eme dijo...

lloré...

rg dijo...

:)

Anónimo dijo...

Besos en la frente,.... China Zorrilla Sbaraglia.

Gustavo Arballo dijo...

Hermoso. Pasé la mitad del texto (que feo de mi parte eso de no poder dejar de "presentir" como dice la letra de Uno) pensando en que iba a terminar apareciendo el hijo o un pariente de la viejita y soltar algo tipo she passed away. Verla ahi te debe haber parecido en un punto inverosímil.

rg dijo...

gracias che, sí, en efecto, shockeante, le tenía cariño finalmente. del marido, un duro, y un férreo property scholar, otro día hablamos

Carlos Luque dijo...

Simplemente entrañable...

Corina dijo...

Precioso.

Mª Elisa Lorenzoni dijo...

Una maravillosa y muy conmovedora historia, gracias por compartirla. Abz.