Quería comentar una nota reciente del querido colega Sebastián Etchemendy, con quien habitualmente –y esta vez no es la excepción- tenemos muchas diferencias de opinión. Sebastián es un buen amigo, con quien compartimos muchas encendidas tardes futbolísticas (ámbito éste en el que Sebastían reafirma que es un gran académico). A pesar de su fanatismo por Boca Jrs., fanatismo que –de modo preocupante- no excluye a la dirigencia de su club, SE muestra un comprometido, valioso posicionamiento político, que se advierte en notas como ésta (acá). De dicha nota, por ahora selecciono sólo un párrafo, porque dice mucho sobre nuestras diferencias, pero en general sobre las diferencias que separan a filósofos políticos de cientistas políticos. Criticando a ciertas posturas de izquierda y centro-izquierda, SE se involucra con un tipo de objeción habitual (que aparece, no casualmente, en el punto uno de su crítica), que –digámoslo así- me subleva. Dice SE:
"1. La apelación moralista como eje de construcción política tiene patas cortas. En el caso del Frepaso, la bandera primordial fue la “corrupción menemista”. Ahora, el purismo moral corre el riesgo de hegemonizar otra vez ciertos espacios de centroizquierda. Se invoca la corrupción del gobierno kirchnerista o se hace hincapié casi exclusivo sobre las multinacionales que depredan los recursos naturales. En esta visión, los malos generalmente son sectores más o menos difusos y lejanos para la clase media porteña, lo que permite bien acomodar conciencias. Es decir, este discurso “progresista” pone el foco en elites políticas impresentables del interior o del conurbano, o en sectores empresarios oscuros (paradigmáticamente “las mineras” o “los empresarios del juego”) antes que en, por ejemplo, el sistema de poder mediático o las patronales agrarias. Esto no quiere decir, obviamente, que hay que aceptar cualquier práctica, ni que haya que dejar de denunciar la corrupción o la minería a cielo abierto. Pero basar la construcción propia en discursos moralizantes y mundos ideales, en lugar de enfatizar pujas de poder más inmediatas, y posibles alianzas para incidir en ella, elude los problemas principales, abre la puerta al sectarismo y desorienta a los cuadros propios al agrandar todo el tiempo la brecha entre promesas y posibles realizaciones" (el subrayado es mío)
El párrafo me incomoda por varias razones.
En primer lugar, me incomoda porque no entiendo por qué la crítica a “las mineras” o a “los empresarios del juego” no puede estar en la primera línea de “nuestro” fuego. Reivindico ese tipo de crítica, por un lado, por la especial importancia del mantener bajo control estricto a quienes nos gobiernan (cualquiera sea su signo); porque dicha crítica es central, también, en cualquier disputa contra los sectores poderosos, en general -y que incluye, obviamente, la crítica a los demás sectores que SE menciona. De este modo, por los demás, nos separamos de buena parta del cartaabiertismo que –contra la política de crítica incondicional y no selectiva que aquí se sugiere- ha optado por una política de silencio y ocultamiento frente a los bolsones de corrupción extraordinarios y no marginales en esta administración. Algún día deberíamos hablar de ese silencio cómplice, porque es y ha sido ya muy grave.
En segundo lugar, es molesto que se sugiera que “nosotros” (los que reivindicamos los “discursos moralizantes” y los “mundos ideales”) no hemos sido críticos del “poder mediático o las patronales agrarias,” cuando una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, nos pronunciamos contra la desigualdad que este gobierno contribuyó a mantener en términos históricamente excepcionales (sino a expandir), en buena medida a través de pactos y concesiones hacia ambos sectores (el “poder mediático”, las “patronales agrarias”). No olvidemos, por lo demás, que las áreas de soja sembradas aumentan en un 50 por ciento con el kirchnerismo, y el monocultivo –y todos los males que arrastra- se torna política pública decisiva de esta administración. Tampoco olvidemos la renovación de licencias que concede NK, y que permite la consolidación del poder mediático que SE denuncia.
En tercer lugar, me incomoda la permanente presentación que hace SE de los que nos interesamos en las ideas abstractas y teorías, como ingenuos, frente a los demás, “ellos,” que sí, según parece, saben de qué se trata la política. Me resulta molesta esa manera de reírse de quienes enarbolamos “discursos moralizantes”, porque implica tratarnos como si no supiéramos que en el país hay ricos dispuestos a defender sus intereses aún con la muerte del adversario; que hay pobres que luchan por sus derechos; coaliciones que se forman; grupos de presión; alianzas necesarias pero que no son óptimas. Me gustaría saber qué es lo que no sabemos, que “ellos” supuestamente sí saben. Muchísimos de nosotros nos hemos embarrado (más que muchos de “ellos”) en la militancia en barrios carenciados, y nos hemos puesto a estudiar la desigualdad que criticamos. Cuál es, entonces, el aleph que no miramos de la “política real”?
En cuarto lugar, y siempre sobre el mismo párrafo, me irritan, en particular, las referencias a los "discursos moralizantes" y "mundos ideales" que distinguirían a “nuestros” juicios políticos. Frente a tales afirmaciones, me gustaría hacerles algunas preguntas a quienes hablan de coaliciones, alianzas, poder crudo, a quienes –como “ellos”- sí saben que en la política hay suciedad, trampa, “impurezas.” A "ellos," los que sí saben de todo eso, me gustaría preguntarles: Saben con quién aliarse y por qué? Cómo definen cuándo negociar y cuándo no, y con quién? De qué forma seleccionan las batallas que deciden pelear? Es que no necesitan de razones? Es que no requieren del apoyo de la teoría? Es que no necesitan de ideales regulativos que los guíen?
Imagino a SE respondiendo a este comentario con frases del tipo “no necesito leer a Dworkin para negociar con los muchachos de Moyano;" o "a los punteros de Lomas de Zamora tal vez no les caiga bien si les hablo del principio de diferencia de Rawls." Pero esa burla, ese ninguneo de todo lo que tenga que ver con principios, seguramente nos ayuda a entender por qué maestros de la política como los que nos gobiernan deciden como jugada maestra aliarse con Cobos, que los traiciona a la primera de cambio; nos explica por qué los duques de la negociación han llevado tan patéticamente la disputa con "el campo;" nos sugiere por qué es que los que entienden realmente de qué va la cosa no tienen empacho en juntarse con explotadores (mineros) como los Gioja o monopolistas mediáticos como Jenefes; nos ilumina y hace ver por qué el gobierno lleva adelante una elección como la última, cometiendo decenas de errores garrafales (desde la nacionalización de la elección a las “candidaturas testimoniales”). Es curioso, entonces, que desde sectores afines al kirchnerismo sean tan habituales las acusaciones de ingenuidad hacia los críticos.
Decir esto no quiere decir que, necesiaramente, los que pensamos la política desde los principios hubiéramos forjado mejores alianzas, puestos a negociar. Intuyo, sin embargo, que no sólo no hubiéramos cometido ciertos errores, sino que además siquiera hubiéramos considerado concebibles ciertas políticas (como las citadas en el apartado anterior).
Pero advierto también, entonces, cuál podría ser la respuesta de SE, en este caso. En realidad, él podría decirnos, “nuestra” preocupación por la moral explica algo más básico, y es que “nosotros” ni siquiera estaremos nunca en condiciones de cometer errores como los que le señalamos al kirchnerismo: nuestro “purismo” explica que estemos tan alejados de la política real. Pero la sugerencia de que el principismo moralista no es capaz de hacer política en serio y transformativa tampoco es cierto, en absoluto: la historia política argentina y latinoamericana está llena de figuras que pensaron y actuaron la práctica de modo diferente, reivindicando no la socarronería y la picardía, sino la intransigencia y la política de las convicciones: desde Yrigoyen a Allende, desde Haya de la Torre a Scalabrini Ortiz.
Si SE me replicara diciendo que no, que figuras como Scalabrini Ortiz sí sabían de política, por más que hablaran de principios y tuvieran discursos moralizantes, entonces ya no entendería de qué es que me habla SE. Lo suyo ya sería una estructura construida demasiado “ad hoc,” no contra los principios y la moral, sino contra ciertos principios y discursos moralizadores que, ocasionalmene, no le están gustando. Si ése es el caso, entonces, que critique -a Carrió o a quien quiera, con nombre y apellido- en lugar de tomársela con un modo extendido de pensar la política.
En definitiva, SE: que se rompa pero que no se doble!! Larga vida al discurso moralizador de la izquierda!