20 oct. 2014

Para Enrique Petracchi, In Memoriam

Publicado hoy en el diario La Ley



Roberto Gargarella

Comienzo este breve escrito en memoria del Dr. Enrique Petracchi, a través de una anécdota personal que refleja, en mi opinión, el por qué del respeto intelectual y afecto que el juez supo ganarse dentro de la comunidad jurídica. Pocos días después de la sentencia de la Corte Suprema en la causa de la Ley de Medios, escribí algunos trabajos mostrando mis acuerdos y desacuerdos con la decisión del tribunal. El primer texto que publiqué sobre el tema circuló exclusivamente en las redes sociales, y en él comenté por separado los distintos votos de los jueces, para detenerme luego, con más detalle, sobre la opinión del Dr. Petracchi. Examiné su voto, especialmente, teniendo en cuenta el nivel de “escrutinio estricto” que él había escogido para fundar su fallo. En mi opinión, de la elección de dicho “escrutinio estricto” debía derivar un fallo (parcialmente) diferente del que finalmente firmara el magistrado. Aunque mi comentario había circulado de modo azaroso y limitado -como suele ocurrir con los textos expuestos en las redes sociales- sorpresivamente, y muy poco después de tal publicación, recibí una carta de tres páginas, en mi cuenta de correo. Se trataba de una comunicación que provenía del juez Petracchi. En su carta, el juez expresaba –como era habitual en él- de modo cortés, preciso, y con buenos argumentos, por qué es que había llegado a la conclusión a la que había llegado, partiendo de las premisas de las que había partido. La anécdota sintetiza, en mi opinión, lo mejor de Petracchi: en una situación en la que su salud ya daba muestras de fragilidad, en medio de innumerables compromisos públicos y obligaciones personales, a él le interesaba seguir discutiendo, aún frente a una opinión perdida en el entramado de las redes sociales, y que no había trascendido mayormente. En silencio, con perfil bajo, se preocupaba por mostrar que la razón apoyaba sus dichos. Y un detalle más: a él no le interesó en absoluto, en ese intercambio, hacer pública su opinión (tampoco me pidió, por tanto, que hiciera una aclaración sobre su postura, o una corrección en relación con la mía). Le entusiasmaba, simplemente, el desafío de los argumentos de alguien que de buena fe disentía con él, aunque se tratase de una discusión llamada a mantenerse en el anonimato.

Lo que sugiere la anécdota, sobre su disposición controversista, resulta, por lo demás, consistente con lo que expresara Petracchi en ocasión de una extensa entrevista que le hiciéramos (según entiendo, la última entrevista que concedió), desde la Revista Argentina de Teoría Jurídica.[1] Allí, el magistrado sostuvo que era habitual en él, luego de bosquejar una opinión, dársela a leer a sus colaboradores para reunirlos luego bajo un pedido: “ahora, disparen sobre el pianista.” Este compromiso franco con la discusión aparece como el resultado de un largo proceso de formación que Petracchi comenzara en el Colegio Nacional de Buenos Aires; que continuara en su calidad de ayudante y discípulo de algunas de las figuras jurídicas más influyentes de su tiempo (entre ellos, particularmente, los profesores Ambrosio Gioja y Carlos Cossio); y que profundizara en sus discusiones con los mejores juristas de su generación (muchos de ellos agrupados entonces en SADAF, la Sociedad Argentina de Análisis Filosófico). Más tarde, sería él quien ayudaría formar a una camada importante de jóvenes juristas, que colaborarían con su trabajo como juez de la Corte (de modo especial, Enrique Bianchi, pero también Hernán Gullco, Marcelo Ferrante, Irene Valiente, Mario Magariños, Patricia Ziffer, Eduardo Baistrocchi, Guillermo Garay, Raúl Lamuraglia, o María Eva Miljiker, entre muchos otros).

Petracchi se autodefinía como un “liberal inglés”, un “liberal social”, un peronista de una sola línea (“la justicia social”), y se mostraba orgulloso de la descripción que hacían algunos sobre su carácter como magistrado: “un juez a la antigua,” “un juez pasado de moda.” Vivió intensamente sus más de 30 años en la Corte, y se esforzó por dejar en claro tanto el orgullo que sentía por su trabajo en la (así la llamaba) “Corte de Alfonsín”; como el pesar con que recordaba a la “Corte de Menem”. Durante la entrevista que le hiciéramos, el juez describió con una causticidad extrema a sus colegas más “alineados” con el gobierno menemista pero –piadoso al fin- pidió luego que omitiéramos tales referencias. Por el contrario, su rostro se iluminó al hablar del vínculo de republicano respeto que lo unía con el Presidente Raúl Alfonsín, y sobre todo al hacer referencia a dos de sus colegas en la Corte, por quien Petracchi mostraba un cariño entrañable: Genaro Carrió y Jorge Bacqué. Para ellos reservó las palabras más afectuosas.

Lo recordaremos por sus votos, a veces mayoritarios, y muchas veces -particularmente durante los años de la “Corte de Menem”- en disidencia. Volveremos a citarlo por su opinión en “Sejean” (el fallo que abriera el camino a la consagración del divorcio vincular en la Argentina) –una opinión que inmediatamente escogió como su “favorita”, cuando le pedimos que seleccionara alguna de entre las que había elaborado. Seguiremos admirando los muchos fallos “liberales” que él también reivindicaría como distintivos de la “Corte de Alfonsín”: los relativos a la libertad de prensa (“Ponzetti de Balbín;” “Campillay;” “Costa”); los protectivos de las garantías individuales (“Fiorentino,” sobre el allanamiento ilegal del domicilio); o los destinados a asegurar la igualdad ante la ley (“Arenzón,” sobre la discriminación de una persona por su escasa estatura).[2] Lo extrañaremos por su voto en “Bazterrica,” o su disidencia en “Montalvo” (ocasiones en donde Petracchi defendió una fuerte protección para la moral privada y la autonomía personal, como nadie lo había hecho hasta entonces, en toda la historia del máximo tribunal). Volveremos a leer, una y otra vez, su disidencia en el caso sobre la Comunidad Homosexual Argentina, “CHA” (disidencia escrita en buena medida en respuesta al muy conservador voto del juez Antonio Boggiano, y en donde Petracchi sostuviera que cualquier invocación en nombre del “bien común” debía encontrar su límite en los derechos constitucionales, y no a la inversa, como sugería Boggiano en su voto). Recuperaremos, asimismo, su opinión en el caso de la “Ley de Medios” (ley a la que consideró “obsoleta” e inútil desde su nacimiento, pero en torno a la cual sostuvo, también: “diferente es la pregunta acerca de si se ajusta o no a la Constitución”).

A la hora de mirar atrás, y revisar los 150 años de historia de la Corte Suprema, nos encontramos con una mezcla de aciertos, errores, e imperdonables abusos por parte del tribunal principal. Tranquiliza entonces saber que en nuestras reflexiones sobre esa historia amarga, siempre podremos reservar un espacio para el afecto y el sentido orgullo. Hablaremos entonces del legado que nos deja un amigo de lejos, Enrique Petracchi, ese jurista noble.





[1] La entrevista completa puede consultarse aquí: http://www.sigloxxieditores.com.ar/pdfs/entrevista_petracchi.pdf
[2] Petracchi se refirió a estos fallos, por ejemplo, en la otra importante entrevista que concediera, en este caso a la Revista Lecciones y Ensayos, y que puede encontrarse aquí: http://www.derecho.uba.ar/publicaciones/lye/pub_lye_entrevista_petracchi.php

1 comentario:

Anónimo dijo...

Una ley que es considerada obsoleta e inutil nunca puede superar el test del escrutinio estricto. Esto es así porque no constituye un medio apto para lograr el fin buscado por el legislador. El voto de Petracchi en la ley de medios es auto-contradictorio.