8 nov. 2009

Un marxista en Oxford



Publicado el sábado pasado, en la revista cultural Ñ

Hace tres meses murió Gerald Cohen, uno de los últimos y más refinados teóricos del marxismo. Cohen nació el 14 de abril de 1941 en un hogar judío y comunista de Montreal. Su madre era una militante sindical emigrada de Ucrania y su padre un sastre, anti-religioso y anti-sionista. Fue educado en una escuela judía, cuyos miembros estaban convencidos de que comunismo y democracia eran términos indisociables. Por un lado, creían que la igualdad que ellos defendían era necesaria para que la democracia que no fuese meramente "formal" y, al mismo tiempo, sabían que el comunismo sólo podía deshacerse de su tendencia a la tiranía si era el pueblo quien tomaba el control de la vida en común. El eco del Holocausto no hizo más que confirmar las conexiones ideológicas que Cohen, a su temprana edad, había ido trabando: el antinazismo implicaba la democracia, y ésta no podía darse sin la emancipación ciudadana que proporcionaba el comunismo. Estos primeros años marcarían para siempre su vida académica.

Como estudiante, Cohen pasó de la Universidad de McGill, en Canadá, a Oxford, en 1961, donde fue alumno de Gilbert Ryle y posteriormente de Isaiah Berlin. Del primero heredó el rigor que caracteriza a la filosofía analítica y que le sirvió para desmenuzar el materialismo histórico. Berlin le convenció de que el conflicto entre nuestros valores es inevitable y de que no existe una forma de solucionarlo que no descanse en nuestras intuiciones y que no implique una pérdida irreparable. Terminados sus estudios, dio clases durante veintidós años en el University College de Londres, para regresar a Oxford en 1985.

A lo largo de medio siglo, Cohen se dedicó fundamentalmente a estudiar a tres autores: el teórico del comunismo Karl Marx; el filósofo liberal conservador Robert Nozick, y el máximo representante del liberalismo igualitario contemporáneo, John Rawls. Su desembarco fue en todos los casos iluminador. Mediante un análisis riguroso y exhaustivo mostró los puntos débiles, las premisas sin fundamento y las inconsistencias que ensombrecen, o desmontan sus razonamientos.

Desde el seminario que conducía en Oxford, Cohen sometió a los escritos marxistas a un finísimo peine analítico. La herencia hegeliana y la entronización de Althusser como su intérprete principal, habían condenado al marxismo a la escritura críptica propia de la dialéctica. La publicación, en 1978, del trabajo de Cohen La Teoría de la Historia de Karl Marx: una defensa, supuso una revolución en la exégesis marxiana. Entre muchas otras cuestiones, a Cohen le interesó reflexionar sobre un problema que parecía afectar a los escritos de Marx: no quedaba claro si el motor de la historia eran las relaciones de producción, como parecía inferirse del Manifiesto Comunista, o las fuerzas productivas – i.e. los recursos productivos materiales de una sociedad–. En contra de la interpretación popularizada por quienes habían sido seducidos por la metáfora de la lucha de clases, Cohen reconstruye el materialismo histórico de modo que el desarrollo de las fuerzas productivas, y en especial la tecnología, acaba siendo el factor que tiene primacía explicativa. Su cuidadosa lectura atrajo la atención de varios académicos anglosajones de izquierdas como Jon Elster, Adam Przeworski o John Roemer, Philipp Van Parijs. Juntos crearon el grupo de los "marxistas analíticos" o "grupo de septiembre" (mes en el que se reunían a discutir marxismo), que renovó para siempre los estudios sobre los escritos de Marx. Cohen no sólo fue crítico de muchos de los dogmas marxistas, sino también crítico de sus críticos, y defendió un marxismo independiente del individualismo metodológico que abrazaban y difundían muchos miembros del grupo.

En el caso de Nozick, Cohen llevó a cabo una tarea de demolición tan minuciosa, tan radical, tan contundente que, después del pasaje de Cohen, hoy resulta difícil seguir defendiendo al núcleo duro del pensamiento del teórico del capitalismo. Los escritos de Cohen en esta materia –reunidos en el estupendo libro
Self-Ownership, Freedom and Equality(1995)– constituyen un ataque demoledor al pensamiento libertario. Por un lado, demuestran que, bien entendida, la libertad que tanto gusta invocar a los conservadores justifica, en lugar de contradecir, la redistribución de la riqueza: bastaría con fijarse en la autonomía que puede ganar un discapacitado si se le transfieren recursos. Por otro, sus trabajos cuestionan la legitimidad de la idea de "estado de naturaleza" que, desde Locke, ha sido utilizada para justificar la distribución desigual de la riqueza.

Cinco años más tarde, publicó una recopilación de conferencias bajo el título
Si eres igualitarista ¿por qué eres tan rico? –una ácida y agudísima ironía, dirigida a muchos de sus pares, y de manera especial al filósofo Ronald Dworkin–donde dejaba claro que no creía que la igualdad comunista fuese un estado de cosas inevitable. La historia le daba la espalda a algunas de las predicciones más decisivas del marxismo. El horizonte de una sociedad super-abundante se alejaba cada vez más. En tal contexto, se hacía más necesario argumentar a favor de la igualdad, y, hasta entonces, quien mejor lo había hecho era Rawls.

Cuando Cohen se sintió atraído por el pensamiento rawlsiano, criticar la
Teoría de la Justicia era ya una moda en la academia anglosajona. No obstante, sus objeciones son las más sofisticadas y las de mayor alcance, puesto que van desde la solución concreta al problema de la justicia distributiva al método que utiliza Rawls para justificar sus principios. En su último libro Rescuing Justice and Equality podemos encontrar la versión definitiva de sus argumentos: critica el modo en que Rawls justifica algunas desigualdades que se dan en una economía de mercado a través del sistema de incentivos, por considerar que son necesarias para mejorar la situación de los que están peor. Cohen no niega que, en ciertas ocasiones, defender la igualdad a rajatabla puede resultar un fetichismo. Pero no cree que las desigualdades generadas por los incentivos sean legítimas. A su juicio, la mayoría de desigualdades que se dan en el mercado no serían necesarias para mejorar la situación de los más desaventajados si quienes exigen salarios altos actuasen motivados por los valores de igualdad y comunidad, antes que por el auto-interés más egoísta. Esta objeción ha suscitado un importante debate acerca de si los principios de la justicia deben aplicarse sobre las reglas que establecen la "estructura básica" de la sociedad, como cree Rawls o si, además, deben aplicarse también sobre la conducta individual, como afirma Cohen. La idea de que la justicia de una sociedad depende de las actitudes y las decisiones personales que tomen sus miembros, tiene mucho que ver con la lealtad a las propias convicciones, y el ideal de vida comprometida, dos enseñanzas que Cohen aprendió en aquella escuela judía y comunista de Montreal. Como alguna vez escribió, citando a Scott Fitgerald "Una corriente muy poderosa me arrastra hacia atrás, de modo incesante, no importa hacia qué otro lugar trate de remar."

Roberto Gargarella, Jahel Queralt

1 comentario:

beto dijo...

Notable Roberto...

La verdad, es una pena que se haya ido Cohen...
Al menos nos queda Leonard, y a ese si que hay que aprovecharlo, pues el otro día supe que le vino un desmayo en Madrid...