24 mar. 2010

El indigente


Va una historia -real, claro- que le mandé al amigo Huili, en TP, acá, y que reproduzco abajo (incluye fotos de Igor S.)

El indigente

Hay un indigente, al menos uno, por acá en los alrededores de Harvard Square, que debió haber circulado por estos pasillos llenos de sombras, en otros tiempos, con otra elegancia. No sé porqué, pero estoy seguro de que se trata de un profesor de matemáticas que enloqueció en algún momento impreciso, y que sigue haciendo ecuaciones mentales, mientras nos mira y no dice nada, la mirada perdida o piadosa. Mezcla de ruso y de oso, al que llamaré Igor Strogonoff, se aparece puntualmente en cada sesión de los seminarios del mediodía. Igor es robusto, desagraciado, barbado apenas, despeinado, algo confuso en su forma de vestir. Los seminarios, mientras tanto, son prolijos, profesionales, impersonales, plenos de power points. Ellos pueden celebrarse en el Departamento de Estudios Latinoamericanos, en Antropología, en Matemáticas, o en cualquier otro lugar: lo importante es tener seminarios. Igor va a todos (en Derecho, en cambio, no lo ví nunca, Igor sabrá por qué).

Los seminarios del mediodía no suelen resultar especialmente atractivos. Los ponentes pueden ser amigos del Jefe del área; Profesores de la Casa que cubren a Invitados Faltantes; solicitantes que necesitan llenar algún hueco imprevisto en currículums de proyección creciente. Los seminarios se caracterizan, eso sí, por la inclusión de un almuerzo frugal -gratuito y almuerzo al fin- para todos los participantes. Se trate de unas pizzas (en el Departamento de Matemáticas), frijoles machacados (en Estudios Latinoamericanos), o comida etíope (en Antropología), la Universidad no piensa en los gastos, y no mira a quién. Cual dama oprimida, ella nos sirve la comida nomás, ella nada pregunta.

Y ahí va y viene Igor, cada mediodía en un Departamento distinto, o más de uno por vez, con el programa de los Seminarios en una mano, y un extraño y cargado valijín en la otra. Valijín lleno de papeles entre los que, estoy seguro, sigue incluyendo fórmulas indescifradas y ecuaciones irresueltas –tal vez, incluso, aquellas ecuaciones que lo postraron en este estado de locura aparente.

Igor es siempre el primero en llegar. Se sirve despacito, en el plato, y toma dos latas de Sprite no dietética (dietética no hay). Luego, en un amenazante, riesgoso equilibrio, que agrupa papeles, latas, plato, valijín y cubiertos, va avanzando su mole osesna hasta entrar al aula, tomar su silla, y acomodarse (dependiendo de la perspectiva) en el fondo o la cabecera de la mesa, siempre a las espaldas de donde se sentará el ponente. Igor come solo, en silencio, y espera que todos los demás asistentes, siempre tardíos, ocupen uno a uno sus puestos de simulado combate, por una simulada hora y media.

Nadie se inquieta por la presencia de Igor. Finalmente, aquí nadie se inquieta por nada y nadie, y mucho menos por alguien que es tan manifiestamente incapaz –es lo que parece al menos- de competir, en tiempos cercanos, inmediatos, por el mismo puesto al que aspirará uno. Pero hay un momento en donde las cosas cambian un poco, y ese momento ocurre bastante al comienzo de cada charla. Y es que Igor –que nunca tomaría su plato para escapar raudo y vergonzante, como otros, e incluso yo mismo, por la puerta lateral- permanece hasta el final de toda charla, pero se duerme al comienzo de cada una de ellas. Ahí las cosas se nos complican porque Igor ronca, despacio pero ronquido al fin, y las presentaciones y debates resultan interrumpidos, entonces, por recurrentes y rítmicos respirares hondos, suspiros nostálgicos llenos de viento de gélida temible, azul bramante estepa siberiana.

Las cosas no mejoran tampoco cuando Igor despierta, promediando la charla. Según mis informantes, Igor escucha voces que nosotros desconocemos, y que lo llevan a reaccionar, cada vez, de las formas más dispares. En ocasiones, como este mediodía, su reacción es la de cubrirse parte del rostro con la parte de su saco más cercana. En otros casos, como la vez anterior, Igor comienza a darse suaves cachetazos en la mejilla izquierda (la misma que hoy se cubría con el saco). Y aún en otros, levanta la mano derecha, apenas, con el índice apuntando al cielo, como pidiendo la palabra, mientras murmura, revela, por lo bajo, en un ruso indescifrable, seguramente, aquellas fórmulas secretas todavía indescubiertas.

Igor tiene el pelo grasiento, los ojos de un niño perdido, la mirada siempre desencontrada, descentrada, desconcertante. Contrasta con todos nosotros, tan bien dispuestos, tan preparados para tolerarlo una sesión de seminario completa, porque se sabe fuera, fuera del juego, fuera porque en lo que importa es inocuo. Igor no disputa, tampoco, la comida o su lugar con nadie. Y a veces, cuando nadie lo espera (y nadie lo espera nunca), saca un bolígrafo y toma notas, uno o dos renglones urgentes, apresurado, preocupado por no perder aquellos prontos, sorpresivos llamados de su frágil memoria. Toma notas pero no de lo que escucha, que no son las charlas, sino sus propias voces. Me pregunto qué recuerdos le sacudirán, así de improviso, en dos desesperados renglones, escritos mientras van desapareciendo, inalcanzables. Me pregunto qué le dirán sus voces, que no nos dicen las nuestras, que ya no hablan, sin descanso. Me pregunto si serán sus propias voces, su voz en la infancia y luego adolescente, o las de sus padres, susurrándole que esté tranquilo, que no se preocupe, que a pesar de todo estarán siempre de nuevo con él. Me pregunto qué respuesta esperará él a sus intervenciones, las del dedo índice apenas levantado hacia el cielo, y si nosotros hubiéramos sido capaces de dárselas, de reconocerlo antes que tolerarlo, de estar a su altura con él.

Hace unos pocos martes me tocó presentar a mí, en la sesión seminario, y lo hice sin mayores problemas, convencido, apasionado pero sin inquietarme por todo lo que antes me hubiera perturbado (ni las preguntas, ni el ámbito, ni las formas), lo que me inquieta un poco. Sí pensé algo, en cambio, y desde unos días previos a la presentación, en los modos que tomaría la participación de Igor durante mi charla. Roncaría, en mi punto climático, desconcentrando al mismo tiempo a todos mis honorables pares? Levantaría su índice para quedar, apenas frustrado, con una nueva pregunta que antes de nacer ya se sabía irrespuesta? Se flagelaría, a mis espaldas, sin que yo pudiera atenderlo? Lo cierto es que, como me suele ocurrir, empecé a hablar, seguí hablando, y me olvidé de todo, y también de él, como otras veces, y llegué al final, y estacioné tranquilo, junto a mi acera, y me bajé sin rasguños, sin interrupciones, sin disrupciones ni indeseados conflictos.

Estaba hablando allí, junto a la mesa, con quienes me habían invitado. Hablábamos de detalles particularísimos, algo inútiles tal vez, hasta que una sombra inesperada, no-solicitada, nos cubrió a todos, de improviso, la noche más oscura sobre nuestras diurnas espaldas. Nos miramos sorprendidos –nada entendíamos. En un gesto de coraje inesperado, temiendo lo peor, me di vuelta presto, y ahí estaba él. Igor parado –ahora- frente a mí, mirándome a los ojos. El urso ruso me miraba sonriente, enigmático también, desde lo alto, mientras en un gesto único, irrepetido, amoroso, desvelado, novedosísimo, extendía su mano buscando la mía. Me miró fijo, parpadeó varias veces, como lo hace siempre, y sostuvo firme mi mano al tiempo que decía “quiero felicitarlo”, en un idioma extraño, un murmullo cubierto de brisas, apenas audible. El afectuoso saludo del matemático ruso Igor Strogonoff se convertiría, entonces, y para siempre, en el más preciado tesoro de mi suave estadía de Nueva Inglaterra.


25 comentarios:

CAMINANTE dijo...

Robert, bellisimo texto.
La lucidez tiene mucho de magico y de una sensibilidad que trasciende lo academico.
Talvez hagan falta mas Igores en las Universidades, y otros tantos decodificadores.
Abrazo grande,

L

rg dijo...

CAMINANTE dijo:

Robert, bellisimo texto.
La lucidez tiene mucho de magico y de una sensibilidad que trasciende lo academico.
Talvez hagan falta mas Igores en las Universidades, y otros tantos decodificadores.
Abrazo grande,

L

rg dijo...

gracias, tenes que verlo a igor, que personajon extraordinario

sl dijo...

roberto, qué buen texto, siempre llegando hondo, felicitaciones

e. dijo...

muy buena crítica al elitismo epistémico pero...de los académicos y su falta de sensibilidad.
bellísimo texto.
me uno a las felicitaciones,
e.

julieta dijo...

lloré al final.

rg dijo...

en las fotos, que se me movieron, aparece valijin, latas (en este caso de coca), y tremenda libreta llena de papeles, en donde anota. que tendran esos papeles?? que diran??

Anónimo dijo...

Excelente su prosa, profesor Debería hacerlo más seguido

Daniel F. dijo...

Que gran historia!! tanto por su contenido como por la forma en la que es relatada... felicitaciones Roberto!! Espero conocer màs acerca del enigmatico Igor...

DO dijo...

Muy buena la historia, linda forma de contarlo

DO dijo...

crei que era ficción, gracias por la foto

Hildorien dijo...

lindo, lindísimo (yo también lloré, como Julieta); mis respetos a Igor!!

Anónimo dijo...

mucho festival de cine independiente, mucha peli rara pero despu´´es filmamos una de tom hanks eh....bueno, bueno, see que lindo todo, casi lloro, casi lloro

María Fernanda dijo...

Roberto, es una de las cosas más lindas que leí en mi vida. Ya estoy yendo a mi pieza a largar el llanto.

GENIALISIMO

Fernanda K.

isi dijo...

sublime, que se repita!
me pregunto qué hará igor el resto del día, durante la noche, si conversará con gente de vez en cuando, qué estaba mirandp y qué estaría pensando en esa segunda foto...

rg dijo...

che, momento, que igor no merece ningun llanto. ya mucho ha padecido en medio de la estepa, esperando el 60 :)

rg dijo...

hoy salia yo para otro seminario -el de scanlon que comentaba el otro dia (es un seminario sin comida)- y me cruce con igor en el camino (es pura verdad). lo iba a seguir pero...no me podia perder la clase

Laura dijo...

Me gustó mucho, no solo el texto en sí, sino la mirada, el registro del otro, tan cuidado en la descripción.Muy lindo, inspira ternura.
Laura

Anónimo dijo...

qué alivio! con el 60, la "pura verdad" y el egoísmo estudiantil aliviamos un poco, ya casi que estábamos en los oscar....mi dios! :)

Peronismohistorico dijo...

Por qué no te ponés a hablar con Igor, y le preguntás su historia?

Qué desgracia que el acceso a la universidad sea tan elitista en USA, y que gente como Igor tenga que contentarse con asistir a los seminarios como oyente.

Era la primera vez que le dabas la mano a un indigente? Me imagino que habrá sido toda una experiencia.

Saludos,

Peronismo histórico

rg dijo...

no che, trabaje en la villa un tiempo largo. vos seguis sirviendole cafe al petrolero?

Hugo Lafranconi dijo...

Muy bueno Roberto. Realmente conmovedor. Pienso que puede ser el matemático que se volvió loco en la maravillosa película Pi de Darren Aronofsky. Sería bueno que en alguno de los seminarios le ofrezcan a Igor la presentación, en una de esas los sorprende a todos. Quizás tenga muchas cosas para decir y quizás nunca hable porque nunca nadie le dirige la palabra. Saludos,
Hugo L.

Anónimo dijo...

Parabéns. Narrativa muito bonita. Que personagem!

David (Acre/Brasil).

Peronismo histórico dijo...

Por qué no te ponés a hablar con él?

Decile que se venga para Argentina, que acá tendrá mejor salud y alimentación que las que puede tener allá. (Además de que se puede ganar la vida enseñando ruso).

Peronismo historico dijo...

Y no te lo trajiste a Igor? Acá se puede comer un asadito con los muchachos de la unidad básica, mejor que la comida chatarra que comen en yankilandia.